Los Cullen eran extraños. Ni siquiera la población del Eileen Collins Institute, después de dos semanas de clase, podía ignorar eso. Se mantenían alejados de los demás, un exilio evidentemente impuesto solo de su parte, ya que cualquiera estaba dispuesto a unirse a su selecto grupo, solo hablaban con otros cuando era estrictamente necesario, se sentaban juntos en una mesa en la cafetería que se había convertido, de la noche a la mañana en "la mesa de los Cullen", y como si no fuera poco, estaban juntos.

Cuando digo juntos no me refiero al uso general de la palabra "juntos", sino al hecho de que Rosalie y Emmett eran pareja, al igual que Jasper y Alice. Como esperaba que debía ser en cualquier escuela secundaria, eso revolucionó el instituto. Ricci lo consideraba un horror, una abominación, y no dejaba de mencionarlo a cualquier persona que se lo permitiera, argumentando, muchas veces cuando yo estaba cerca y en voz lo suficientemente alta para que pudiese oírlo, que mi casa se había convertido en una especie de casa de citas, y muchas veces subía el tono diciendo que era un hostal. Yo hacía caso omiso a los comentarios, no era mi asunto, sin embargo pude notar que ella era la única que mantenía tal posición.

Los demás estudiantes mantenían un nivel de curiosidad tal, que ni los comentarios de Ricci sobre lo retorcido que era que hermanos adoptivos estuviesen juntos, parecía siquiera ser escuchado. Empezó como un rumor pero se convirtió en un hecho cuando Emmett y Rosalie compartieron un beso en la fila de la cafetería. Como si fuera posible eso le dio a los nuevos miembros de mi familia un status de exclusividad e inalcanzabilidad, además de privacidad. Nadie quería intentar nada con Rosalie Hale, solo un tonto se metería con Emmett Cullen, y Alice, bueno, Alice y Jasper prácticamente estaban unidos de la cadera, sin embargo eran mucho más reservados.

El rumor de que no eran hermanos de sangre y de que los mellizos Hale habían llegado a vivir con los Cullen cuando ya eran mayorcitos, le quitó un poco el tabú a las relaciones que antes tenían aire de incestuosas; si no habían sido criado juntos, como hermanos, pues entonces no había problema. La idea de que dormían bajo el mismo techo aceleraba las mentes de mis compañeros adolescentes, que se preguntaban sin cesar que clase de reglas al respecto habría en la casa de los Cullen. Secretamente, yo me preguntaba lo mismo.

"¿Se puede ser tan idiota?" Escuché a Edward gruñir mientras entraba por la puerta doble al edificio principal. Se veía molesto, una mueca de descontento se dibujaba en su rostro. Su uniforme estaba desarreglado, como si acabara de pelearse con alguien.

"¿Qué sucede?" Me atreví a acercarme y preguntarle solo por el par de veces que habíamos hablado de gustos musicales, él me había mostrado su extensa colección de cd's y habíamos hablado de otros gustos, además, estaba preocupada.

Se detuvo un poco y me miró con sorpresa, se recuperó rápidamente de aquello y reaccionó en cuanto vio como estaba mirando su aspecto.
"Me peleé con Emmett antes de venir. Si Carlisle se entera me mata." Confesó en tono conspiratorio y casualmente intentando alisar con las manos su arrugada camisa. Aún se veía disgustado.
"¿Por qué? ¿Qué te hizo?"

"¿No viste lo que Rosalie y él, par de idiotas, hicieron el otro día en la cafetería?" Se pasó una mano por el cabello, frustrado. "Saben que ese tipo de demostraciones no son permitidas para ellos, mucho menos aquí. Lo último que necesitamos es una llamada del director a Carlisle diciéndole que sus hijos están teniendo conductas inapropiadas en la escuela, pero claro, no pueden ser como Alice y Jasper."

Su confesión mientras caminábamos por el pasillo fue inesperada, pero me hizo sentir cómplice, parte de algo.

"Pero estás bien, ¿verdad?" Lo escaneé en busca de heridas y el soltó una carcajada.
"Claro que si, Emmett es mi hermano, nunca me lastimaría, pero es un idiota." Dijo, ladeando la cabeza.

Me dejó en el salón, pensativa sobre las reglas que tendría el doctor Cullen para la relación entre sus hijos. Era algo bastante inestable en mi opinión, qué pasaría si terminaban o se peleaban? Apenas eran tan jóvenes como yo, eso sería un problema. Además, caí en cuenta de que entre ellos eran muy propios y relajados cuando estaban en casa, de no ser por los sutiles y luego no tan sutiles gestos entre ellos en el instituto, habría jurado que no tenían nada entre ellos. Sus relaciones en casa eran de amigos, fraternales, no me cabía duda de que Rosalie y Alice eran bff's y que los chicos eran hermanos, pero cuando estaban todos juntos eran un combo.

El doctor Cullen, sin embargo, debió escuchar algo de la escuela al respecto, pues los llamó a su recién construida oficina en casa y al hacerlo Edward me dedicó una mirada que claramente entendí, él había tenido razón en todo.

La casa estaba silenciosa ese día, seguramente la charla con el doctor les había bajado el ánimo, cuando alguien entró al salón mientras yo practicaba, de inmediato imaginé que era Edward, así que seguí tocando sin meditarlo mucho. Él llegó hasta un punto del salón pero no se acercó más, sus pisadas eran silenciosas como siempre que trataba de no interrumpirme, pero igual lo había escuchado.
"¿Por qué te quedas ahí? Pensé que venias a regodearte sobre los problemas de Emmett." Comenté, corriéndome un poco para darle lugar en la banca mientras seguía tocando.

La persona que menos esperaba que se sentara a mi lado era Adrianne. Me detuve bruscamente y casi me caigo de la silla. Ella rio en voz baja. Estaba usando aún ropa de trabajo, reposó su bolso Prada sobre el piano casualmente, era evidente que acababa de llegar de fuera.
"Me alegra que se lleven bien con Edward pero no esperaba que se regodearan juntos de los problemas de Emmett."Apuntó, sujetándome suavemente con una mano para evitar que me cayera por la sorpresa.
"Yo…no es como suena, es algo que me dijo antes." Musité, incómoda. "Has llegado temprano a casa." Atiné a decir, mi sorpresa era evidente. Ella mantuvo su sonrisa.
"El día ha estado flojo en la oficina." Dijo casualmente pero presentí que era mentira, los días nunca eran flojos para ella, el trabajo nunca terminaba. "Pensé que podríamos hacer algo juntas esta tarde, una tarde de chicas." Si su llegada me sorprendió, esto lo hizo aún más.

"¿Segura?" Inquirí titubeante, preguntándome si no sería algo descortés con el resto de miembros de nuestra familia. "¿Sólo las dos?" Intenté dilucidar, para asegurarme que había entendido bien.
"Sí, solo las dos. Tengo boletos para Matilda, he escuchado que es muy divertido y pensé que luego podríamos ir a cenar a Daniel." Propuso animada, su sonrisa era contagiosa y el plan me gustaba mucho. Broadway, ella quería que fuéramos juntas a una obra de Broadway como lo habíamos hecho cuando, de niña, me había llevado a ver el Rey León.

"Genial, me encantaría." Era la respuesta que ambas queríamos oír.
"Salimos en media hora entonces." Me dio un beso en la coronilla, se levantó y se fue.

La sonrisa que llevaba en el rostro seguro era radiante, corrí a mi habitación y me cambié a algo más apropiado, olvidando por completo los planes que había hecho ese día para ir a ver más teatro callejero, después de todo mi hermana iba a llevarme a ver una obra en Broadway.

Fuimos en el Rolls Royce, Demitri manejó en silencio todo el tiempo y nosotras no hablamos mucho, solo un par de comentarios sobre la escuela y las reseñas que ella había leído sobre la obra. Explicó que la había escogido porque nos vendría bien una buena comedia, a mi me importaba poco, podríamos haber ido a ver Les Miserables y yo estaría feliz.

Adri había comprado asientos en primera fila, mis ojos estuvieron pegados a la acción en la tarima durante las dos horas y treinta y cinco minutos, me reí sin parar, me encantó la historia y la niña que hacía de Matilda estuvo brillante. Adri sonrió al ver mi emoción y aplaudió educadamente al final del musical. Adri cedió después de que insistí un montón, me dejó comprar una camiseta negra del show que dice Matilda en letras de Scrabble.

Rodó los ojos en cuanto me la puse de inmediato pero sonrió igual.
"Luces como cuando fuimos a Disneyworld" Soltó, agitando la cabeza. "Broadway no es mi escenario favorito pero me alegra que te haya gustado. A la próxima la ópera." Sugirió y yo asentí, la opera también me gustaba, en especial las de Shakespeare.

Daniel estaba a reventar, todos los lugares ocupados al igual que el lounge, había fila en espera. Los Markins no esperan, una sonrisa de parte de mi hermana y el maître d' ya estaba ordenando que preparan una mesa para las señoritas Markins. Adri parecía estar de buen humor, sus ojos brillaban e inclusive insistió para que tomara una copa de vino con ella, para enseñarme a degustar la cepa perfecta que iría bien con nuestra cena.

"¿Qué tal? ¿Te gusta el Pinot Noir?" Preguntó ella, riendo un poco ante la cara que seguro estaba haciendo yo, el sabor era bueno pero es difícil acostumbrarse a lo amargo.
"Si." Dije, contra mi voluntad. "Todo ha sido genial, inclusive el vino. Gracias."

"Opino igual, necesitábamos una tarde de solo nosotras…se que esto ha sido mucho a lo que adaptarse." Dijo, sus ojos en los mios, algo de preocupación en ellos. Me volví cautelosa enseguida.

"Todo va bien." Aseguré. "Yo…"
"No me tienes que mentir, kiddo. Se que no es fácil acostumbrarte a esto, siempre hemos sido solo nosotras dos y nunca hemos necesitado a nadie más, pero una familia es una cosa maravillosa, con el tiempo lo verás." Su voz sonaba convencida e imaginé que recordaba a su familia, con papá y mamá intactos. "No importa lo que pase, siempre vamos a estar juntas, siempre estaré aquí para ti."
"Lo se, gracias Adri." Susurré, una sonrisa débil en mi rostro.
"Que me case con Carlisle no va a cambiar nada entre nosotras, lo prometo y de eso se trata esta noche."

Demitri nos llevó a casa, Adri me dio un beso en la frente de buenas noches y me dirigí a mi habitación, estaba agotada. No me costó trabajo dormirme, ni siquiera medité en hacerlo, pero no fue un descanso placentero. En la madrugada desperté de un sobresalto sin razón alguna. El silencio se extendía por toda la casa, o así debía ser, era esa hora de la noche en que inclusive la caída de un alfiler se oiría en cualquier rincón, pero lo que escuchaba no eran alfileres, alguien estaba llorando.

Salí de la habitación descalza, mis medias deslizándose por el piso de madera lacada. Supe enseguida de donde venía el sonido, la oficina de Adrianne. Mis pies, casi con mente propia, me llevaron hasta allí y con cuidado me asomé por la rendija de la puerta entreabierta. La escena ante mis ojos me dejó de piedra, la sorpresa hizo que casi perdiera el equilibrio y entrara de bruces a la habitación; por suerte logré sostenerme.

Ella estaba sentada en el sofá blanco de la oficina. Se veía minúscula en la enorme chaqueta de hombre que tenía puesta sobre la pijama. Su cabello estaba desordenado, sus mejillas rosadas, cubiertas de lágrimas. Nunca había lucido tan hermosa como en ese instante. Frente a ella, en la mesa frente al sofá, se encontraba una caja de pañuelos de papel, a su alrededor muchos ya habían sido usados y descartados. Ella intentaba limpiarse el rostro y la nariz con uno que sostenía en su mano pero no parecía tener mucho éxito. Otro sollozo hizo que su delgada forma se agitara, como si algo le estuviese rompiendo desde dentro.

Pude distinguir que en sus manos sostenía una foto enmarcada. El marco fue lo que me hizo reconocer la foto enseguida. Era la que conservaba en uno de sus estantes, una foto de papá, mamá, ella y yo en uno de esas escenas para la fotografía de navidad, para enviar en las postales, tomada por un fotógrafo profesional, llevada a la perfección, no recordaba ese día, yo era apenas un bebé. Adrianne abrazaba la foto, el dolor estaba escrito en su rostro. No había duda del por qué lloraba. Algo en mí se agitó al caer en cuenta de la razón detrás de esta escena, que había dejado pasar la fecha más importante desde que tengo memoria. Era once de septiembre, el aniversario de la muerte de papá y mamá.

Me quedé junto a la puerta, mirándola, transformada por el dolor. Nunca había visto llorar a Adri, ni siquiera recordaba haberle visto en el funeral, pero claro, yo era muy joven para recordar todo lo que pasó. Sabía que había una razón para que estuviese sola, en medio de la noche, abrazando esa foto, sin nadie que pudiera verla. Adrianne Markins no iba a permitir que nadie la viera en un estado de vulnerabilidad como este, y es por eso que no la interrumpí mientras sollozaba envuelta en la chaqueta que todo indicaba, había pertenecido a nuestro padre.

Le hice compañía en su dolor, nuestro dolor, aunque yo hubiese sido demasiado pequeña para comprender lo que había pasado en ese entonces. Solo hasta bien entrada la madrugada, noté como recogía los pañuelos usados, y supe que la vigilia y el luto de la noche había pasado. Con sigilo, y antes de que me viera, regresé a mi cuarto. Me envolví con las cobijas y me sumí en un sueño profundo.