He demorado en traer el nuevo capítulo, pero espero de todo corazón que les guste tanto como a mí escribirlo.
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Besos!:3
Ha pasado una semana y las cosas están extrañas, la señora Elena ha cambiado el trato hacía mí, me habla de una manera más fría y cortante.
¿Debería sentirme culpable por algo?
Con José las cosas no van mejor, a la mañana siguiente de su llegada hemos hecho como si nada hubiese sucedido, ninguno de los dos tuvo el valor de sacar el tema así que lo damos por olvidado.
Hoy hemos decidido cenar fuera, en un lujoso restaurante cerca del centro de la ciudad. A pesar del tiempo que llevamos juntos siento que no nos conocemos en absoluto; y una nube triste cae sobre mí.
Entramos al local y un chico joven vestido de etiqueta nos da la bienvenida, otro recibe nuestros abrigos y el maitre nos lleva hacia una mesa cerca de la ventana y la pared, me siento mirando hacia la puerta de entrada por lo que la pared está detrás de mí, José decide sentarse frente a mí.
Tomamos asiento, el camarero nos pasa nuestros menús y anota nuestros pedidos.
De pronto me siento un poco nerviosa, repaso con la vista el local y veo gente glamorosa con bastante clase y dinero conversando amenamente.
Coloco mis manos sobre la mesa y tomo un trago de agua helada. Cuando dejo la copa en su lugar, José aprovecha la oportunidad de tomar mi mano. Me mira a los ojos y me dice:
- Te ves hermosa.
Me he vestido de manera sobria pero elegante con una falda de tubo de cuero negra, una blusa de seda blanca, accesorios y mis tacones preferidos.
-Gracias- sonrío.
- Ana, de verdad que siento lo que ha pasado, no pensé que nuestra vida juntos fuese a transcurrir así.
- Yo tampoco la verdad- mis ojos se llenan de lágrimas que no quiero derramar.
El camarero nos interrumpe mientras coloca los platos sobre la mesa. Comenzamos a comer en silencio, apenas pruebo bocado, revuelvo la comida y escucho el murmullo de la gente.
De pronto escucho al Maitre:
- Por aquí señor Grey, esta es su mesa.
¡Está aquí!
Levanto la mirada y allí está frente a mí, con sus orbes grises fijas en mis ojos azules.
- Ana… ¿sucede algo?
Desvío la mirada rápidamente.
- Estoy bien- susurro, mientras bebo un poco de agua.
- ¿Estás segura?, te ves pálida cariño- José expresa su temor tomando mi fría mano.
Sólo asiento.
Me atrevo a mirar hacia su mesa que está cerca de la nuestra y lo veo mirar fijamente mi mano que José tiene tomada entre las suyas.
- Tu madre me ha llamado, se le oía preocupada- presto atención a lo que dice- está recibiendo tus correos a las tres de la madrugada. ¿Qué está pasando?
Me mira con un deje de desesperación y en sus ojos vislumbro al antiguo hombre del que me enamoré.
- Solo he tenido bastante trabajo y las horas se me pasan rápido- lo digo tan rápido que las palabras salen atropelladamente.
- Sabes que no tienes por qué trabajar, yo me puedo encargar de todo.
Retiro mi mano de su agarre. Trago saliva.
- No voy a depender económicamente de ti- ya habíamos tenido esta conversación antes, la primera vez que salió del país a trabajar. Mi independencia es importante para mí, detesto sentirme inútil o una novia de adorno.
Él solo asiente y sigue comiendo.
-¿Desde cuándo que mi madre te llama? – le digo en un tono acusatorio.
- Desde hace unos meses- responde secamente.
Realmente me sorprendo porque Carla no soporta a José, recuerdo que cuando le conté que estábamos saliendo se opuso de manera categórica, su excusa perfecta tenía relación con su delgada billetera.
Ahora que las cosas han cambiado y José gana una remuneración lo bastante buena como para comprarse trajes Armani y camisetas Lacoste, mi madre debe estar en su gloria.
Quizás incluso le esté enviando dinero y la idea me resulta inquietante.
Como me he quedado callada, él retoma la conversación.
- Me iré nuevamente a Rusia mañana- lo dice lentamente como prediciendo mi reacción.
¡Rabia! Eso siento.
Mi mirada se desvía a la mesa del frente, lo veo sonreír y soltar una carcajada.
Siento que mi pecho se aprieta y se me cruza el pensamiento de que me gustaría ser la causante de esa risa.
- Te deseo lo mejor en tu vuelta a Rusia- se lo digo mirándolo a los ojos.
Mi cabeza es un completo lío.
Él me mira extrañado- Pensé que reaccionarías con enfado.
Si el supiera que estoy a punto de explotar, sólo me estoy conteniendo para no hacer el ridículo.
- Claro que no, comprendo que es tu trabajo y es lo que te gusta realizar- me encojo de hombros y le doy una sonrisa tranquilizadora.
Suelta un suspiro como si se hubiese sacado un gran peso de encima y me sonríe.
José me ayuda a levantarme de la silla, me toma de la mano y me da un suave beso en los labios. Pasamos por el lado de la mesa de Grey, nos colocamos nuestros abrigos y volvemos a casa.
El trayecto de vuelta es silencioso. No tenso pero si cargado de tristeza. La furia ya ha disminuido, no del todo pero si gran parte de ella.
Cuando llegamos al departamento la oscuridad nos envuelve. Prendo la luz de la cocina y me sirvo una copa de vino blanco. Mientras mi novio se dirige al dormitorio para hacer su maleta. Me apoyo en la encimera y desde allí vislumbro las luces de la ciudad que parecen pequeñas estrellas en el firmamento.
Éste es mi castillo, la fortaleza que me esconde del mundo exterior, la que me sostiene cuando me derrumbo. Cuando salgo a la calle reprimo todo el dolor y la soledad para crear una imagen fuerte, pero me estoy cansando de todo eso; ahora ha llegado Christian a complicarlo todo o mejorarlo, depende de como lo mire.
Me pregunto como se verán esos ojos grises envueltos en deseo y lujuria.
Doy un sobresalto al sentir una mano en mi brazo.
José toma la copa y la deposita sobre la encimera, me atrae hacia él y me abraza. Su calor es en cierta manera reconfortante, me hace sentirme menos sola pero ese consuelo dura poco al recodar que mañana ya no estará.
- Te extrañaré preciosa- me susurra.
Sólo escondo mi cara en su hombro. Y lo abrazo mas fuerte.
- Te traeré un regalo cuando regrese.- Me suelta y toma mi cara entre sus manos- pero tienes que prometerme que te portarás bien.
¿Portarme bien?
- Lo haré.- Lo miro a los ojos y aunque no son grises, son de un marrón hermoso y brillantes, llenos de vitalidad.
Realmente ese hombre me tiene mal, que hasta en estos momentos aparece en mi pensamiento.
- Vamos a dormir- me toma de la mano y caminamos al dormitorio.
Sueño con la maleta de José, que me sonríe de forma burlona desde el rincón.
- Señorita Ana.
Abro de golpe mis ojos cuando siento una mano en mi hombro.
- Lamento asustarla, pero se ha quedado dormida.
- Mierda- susurro- gracias Joseph.
Salgo de un salto de la cama, me doy una ducha rápido y me visto con una tenida simple, pero elegante.
Al pasar por la cocina niego con la cabeza el desayuno que me ha preparado mi querida ama de llaves y le prometo comer algún bocadillo cuando llegue a la oficina.
El tráfico está horrible, y cuando salgo del ascensor llevo veinte minutos tarde, veo a Claire - la chica de recepción- con un gran ramo de rosas azules. Frunzo el ceño.
- Buenos días querida Anastasia- me saluda con un sonrojo en sus mejillas pálidas.
- Buenos días- sonrío.
De pronto aparece mi jefa a nuestro lado- ni siquiera pronuncia un buenos días- se queda mirando el ramillete con una gran sonrisa.
- Pero que flores tan bellas- toca el pétalo de una de ellas y se aproxima para sacar la pequeña tarjeta blanca.
- Lo siento Señora Elena, pero las flores no son para usted- dice Claire.
Se nota que está disfrutando el momento.
La aludida la mira aún con la sonrisa en los labios, y levanta su ceja.
- Son para Ana- ella me entrega el ramo, mi jefa me queda mirando y de mala gana me concede la tarjeta.
La retiro de su sobre y la leo rápidamente.
- No sabía que tenías algún admirador, Anastasia- lo dice con ese tono venenoso cuando las cosas no resultan como ella quiere. Da media vuelta y cierra de un portazo la puerta de su oficina.
Claire se manda a reír, mientras trato que no se me note la sonrisa que estoy a punto de soltar.
- Me debo ir, suerte con el admirador secreto-. Me guiña el ojo y desaparece por el ascensor aún riendo.
Me dirijo con el hermoso ramillete de rosas a mi oficina. Lo dejo sobre la mesa mientras ordeno mi escritorio, me acomodo en mi asiento y vuelvo a leer la nota:
"Para la bella mujer de ojos azules"
Creo recordar que solo una vez recibí flores y fueron de José, la primera vez que tuvimos una cita. El recuerdo es doloroso. Pero es inevitable que una sonrisa enorme aparezca en mi rostro, luego la confusión se apodera de mí.
Sólo él pudo haberme enviado este obsequio tan refinado. Pero ¿Porqué?
