Hola de nuevo :3
Muchas gracias a todas las personitas que se dan el tiempo de leer la historia y que además le dan Fav y Follow :)
Al parecer el capítulo de hoy es más largo que el anterior :3
Espero que lo disfruten y dejen sus reviews ;)
El restaurante en que nos encontramos, corresponde también a los servicios que el hotel ofrece. A diferencia de la mayoría de estos locales que se encuentran en la superficie, aquí nos encontramos bajo el mar. Estamos rodeados por un acuario espacioso que va desde las paredes hacia el techo, se aprecian distintos tipos de peces, mantarrayas, anemonas, pequeños tiburones, caballos de mar, estrellas y erizos.
Espero que el vidrio sea lo suficientemente resistente para que toda esa agua no salga de allí. Hay momentos en que este lugar me genera asfixia, saber que estamos bajo el agua y con todos esos seres vivos es atemorizante.
—Muy buena chica. —Dice, cuando he terminado mi plato.
Bebo un sorbo del champán y Christian sirve un poco más en las copas.
No sé dónde clavar mi vista; además que no sé qué es más espeluznante, si ver toda esa agua marina o la mirada penetrante de Grey.
—Lo cierto es que debiese temerme —enfoco mi vista en él—, una mujer inteligente lo haría.
Su voz no tiene rastro de burlas. Este hombre habla en serio. Y me desespero buscando algún punto débil que me revele lo que piensa.
— ¿Temerle? —Pregunto cómo una idiota, sin entender nada.
Deja de mirarme y creo que el tema se ha cerrado, se incorpora en su asiento y me dice:
—Le tengo un regalo.
Rebusca en su americana y saca una cajita roja de tamaño mediano, me la tiende y al momento de tomarla nuestros dedos se rozan levemente.
Me quedo mirando el regalo y temo abrirlo, más bien temo lo que encontraré.
— ¿No piensa abrirla? —Lo miro a los ojos, hay un deje de temor en ellos.
¡Oh Dios mío! Christian Grey está nervioso.
Saboreo este momento porque no se da siempre.
Levanto la tapita y me encuentro con un brillante, elegante y costoso Rollex de oro y diamantes.
Ahogo un gritito de sorpresa, contemplo un poco más el obsequio y se lo devuelvo por sobre la mesa.
—No tiene por qué regalarme joyas, usted y yo no somos nada. —Se lo digo seriamente.
—Acéptelo... Por favor; y no me haga repetir lo que he dicho.
Vaya, al parecer el Señor Grey no está acostumbrado a que le devuelvan los regalos o a aceptar un no como respuesta.
Y hago lo que toda mujer cuerda haría en mi situación, le doy las gracias.
Mi mente es una contradicción de situaciones y sentimientos, no entiendo nada y este hombre no me da explicación, además no acepta negativas.
Bebo otro sorbo de champán, que está heladita y me sienta bien.
— ¿Por qué está haciendo esto?, de verdad que no estoy entendiendo nada. —Le susurro.
Los camareros aparecen para retirar los platos y dejar los postres.
Agarro la pequeña cuchara y disfruto del majalabille gimo de satisfacción y cierro los ojos, creo no haber probado algo más delicioso que esto.
Cuando los abro, Christian me está mirando intensamente.
Trago saliva. Siento que debería pedir disculpas por mi comportamiento pero prefiero quedarme callada.
—Anastasia, somos personas adultas, ya le he dicho antes que la seguí hasta aquí, que fui yo quien le envío las rosas azules —sonríe—, y soy muy consciente de que estuvo presente en la cena que ofrecí, junto con su amiga.
Inspiro profundamente.
— ¿Qué es lo que quiere de mí Señor Grey? —Lo interrogo.
—Lo quiero todo de usted. —Su respuesta es seca y directa. Y no sé cómo reaccionar. Me he quedado literalmente de piedra.
—Usted es casado —susurro—, y yo tengo novio.
—Un novio que no ama y que no la hace feliz. —Me responde rápidamente.
Una rabia emana de mi cuerpo; como se atreve a juzgar mi relación y a proponerme algo indecente. Es un cerdo.
Le devuelvo la mirada enfadada, tiro la servilleta sobre la mesa, agarro la caja roja, me levanto rápidamente y salgo de allí.
¡Arg! Como se atreve. Maldito bastardo. He caído en su trampa como una mosca.
Camino lo más deprisa que me dan estos tacones inmensos; maldigo el momento en que se me ocurrió elegirlos.
— ¡Anastasia! —Lo escucho gritar mi nombre. Sé que viene tras de mí y apuro el paso.
Convenientemente cuando llego al ascensor, el hombre que antes me saludó ya no está por ninguna parte y tengo que llamar por mi cuenta el cacharro elegante de metal.
Christian me da alcance y me toma del hombro, me da vuelta y me besa. Por la sorpresa del movimiento no soy capaz de responderle. Pero de pronto reacciono y sus labios son cálidos y duros contra los míos, nuestras lenguas danzan juntas y cuando trato de subir mis manos hacia sus mejillas él las retiene contra su pecho.
¡Quiero acariciar su pelo!
Cuando deja de besarme, juntamos las frentes y ambos suspiramos a la vez. Sonreímos como bobos y me doy cuenta de lo que acabo de hacer.
He besado a Christian Grey; he besado a un hombre casado. Y no sé si sentirme feliz o sentir tristeza.
—No lo analice tanto Anastasia —Lo dice cerca de mis labios—, ambos nos deseamos.
Mi madre siempre me dijo que el pecado se presentaba en pequeñas oleadas de placer, con las cosas o personas que son prohibidas. Y que cuando te das cuenta de lo que has hecho, ya es muy tarde porque necesitas de ese pecado para vivir.
¿Qué debo hacer?, miles de cosas pasan por mi mente. ¿Debería tomar una decisión racional o emocional; o quizás dejarme llevar solo por el deseo? Me siento en una gran encrucijada, más bien como en un laberinto sin salida.
Entramos en el ascensor. Creo que ahora preferiría andar por las escaleras, necesito más tiempo para pensar. Aunque no hay nada a lo que darle vueltas, esto está mal.
La maldita tensión está ahí, mi corazón toma un ritmo acelerado, mi respiración cambia y él se da cuenta. Lo siento tan imponente dentro de este lugar, tan dueño de sí mismo, es como si no dudara de lo que es capaz de hacer.
Me está mirando fijamente, con la mandíbula apretada, sus ojos queman en los míos; bajo mi vista hacia mis zapatos, estoy tan nerviosa que mis dedos juegan con la cajita roja mientras la giro rápidamente entre mis dedos.
Su mano toma la mía y cesa el movimiento que estoy haciendo; también está nervioso, sus dedos están frías.
—No haré nada que usted no quiera. —Me dice de manera tranquila y sincera.
Y es a eso a lo que le temo. Temo querer más de este hombre que conozco poco. Temo que todo lo que esté sucediendo sea un sueño en el que despertaré tan bruscamente, que perderé todo en el proceso; mi mente y mi corazón, quizás mi cuerpo también.
El pasillo donde se encuentra su suite es parecido al mío, espacioso y brillante. La puerta de caoba nos da la bienvenida y nos promete esconder nuestro secreto.
La abre con la tarjeta, el control de seguridad lanza un pequeño pitido y el me deja pasar primero. Sin quitar la vista de mí.
Es tres veces más grande que mi habitación del hotel, mil veces más decorada y un millón de veces más cómoda.
Estoy segura que la ha pedido con el color crema de las paredes y colores tenues en los muebles, porque aquí todo es de tonalidades fuertes. Y me parece que ese no es su estilo.
Me quedo boquiabierta mirando el mármol, el piso reluciente sin alfombras y los pocos adornos de las paredes.
Tonight Best You Ever Had suena calmadamente dentro de la habitación. Sonrío.
¡Ains!
Se respira suntuosidad en este lugar.
—Tome asiento. —Me indica el sillón que está ubicado al lado de una mesilla de cristal, deja la americana sobre la silla y se acerca hacia una cubitera, sirve dos copas; se mueve con una elegancia que envidio. Vuelve a mi lado, me ofrece una de ellas y se sienta a una distancia prudente en el sofá beis.
Me quedo observando lo delgada de la base de la copa, y del cristal tan fino del que está elaborada. Me pierdo contando las burbujas que suelta el alcohol.
Haría cualquier cosa para que me tragara la tierra, esto es demasiado incómodo. Por alguna extraña razón los hombres siempre logran ponerme nerviosa, y por ende decir tonterías.
No sé cuánto tiempo pasa —quizás segundos o minutos— hasta que él toma mi mentón y me hace mirarlo. Me sonrojo, como siempre.
—Usted me intimida. —Le suelto de pronto. Frunzo el ceño, porque ni siquiera he pensado en decir eso; debe de ser el efecto de tanto alcohol.
—Debería temerme y salir huyendo. —dice con toda naturalidad bebiendo un sorbo de la bebida.
Tiemblo. Otra vez me está previniendo de algo, pero no sé de qué.
— ¿Por qué?
—Soy peligroso para usted —Hace una larga pausa, mientras sus ojos siguen clavados en los míos—, pero la deseo tanto que correré cualquier riesgo.
