CAPÍTULO 1. La Resolución de Athena
Mansión Kido
- ¡Señorita Saori! ¡Señorita Saori! –exclamaba Tatsumi tras la puerta.
Eran las 10:00 am y Saori aún no bajaba a desayunar. Preguntándose cuál era la razón para semejante demora, Tatsumi había ido personalmente a llamar a su puerta. Entre sus sueños, Saori alcanzó a escuchar esa voz tan familiar, y logró abrir sus ojos lentamente. Sentía un cansancio terrible, como si acabara de correr una maratón, pero su cuerpo se sentía ligeramente más pequeño y liviano.
- ¡Estoy bien, Tatsumi! ¡Solo me quedé dormida! –gritó contestando a los insistentes golpes en la puerta.
- Oh… disculpe, Señorita Saori. Pensé que le había pasado algo. Mil disculpas. El desayuno la espera en el comedor –contestó Tatsumi evidentemente apenado por su indiscreción.
Al sentarse en su cama se sintió extraña. Algo de todo esto le parecía confuso. Miró detenidamente las sábanas de color rosa, la mesita de noche en la que reposaba una revista de moda y sus pantuflas con orejas de conejo. Todo se veía tal como lo había dejado al irse a la cama. Se levantó perezosamente y se miró al espejo, observando el delicado rostro que le miraba perplejo al otro lado del vidrio.
"Athena" dijo un susurro en su cabeza. Los ojos de Saori se abrieron como platos. En un parpadeo observó vagamente los eventos sucedidos hace más de 200 años y entonces lo supo. Ella era la reencarnación de la diosa griega Athena. Su respiración se agitó de inmediato. Los pensamientos eran confusos en su mente. ¿Quién podía revelarle la verdad?
Rápidamente se vistió y en lugar de dirigirse al comedor, salió corriendo al despacho de su fallecido abuelo. Tatsumi la vio pasar corriendo y se apresuró a ir tras ella. La encontró rebuscando entre los papeles del viejo escritorio del Señor Kido, y se admiró del semblante decidido de la jovencita.
- ¿Qué es lo que busca, Señorita Saori?
- Tatsumi… ¿tienes idea de qué relación tuvo mi abuelo con… Athena? –su voz sonaba algo insegura. Pensó que Tatsumi la tomaría por loca, per el rostro del mayordomo la contempló con reverencia.
- Señorita… por favor, sígame.
Saori no lo pensó dos veces, y acompañó al mayordomo que bajó lentamente las escaleras que conducían a una habitación bajo la primera planta de la mansión. Allí abrió con cuidado la puerta empolvada, y Saori logró ver al final del oscuro recinto una brillante armadura de oro: la sagrada armadura de Sagitario. La joven se acercó lentamente, casi embebida en el brillo de la armadura, como si hubiese entrado en trance.
- Señorita Saori, lamento decirle que… usted en realidad no es la nieta del Señor Kido.
Saori lo volteó a mirar tranquilamente. No le sorprendía lo que acababa de revelarle, por el contrario, tenía una increíble curiosidad por saber qué era lo que diría a continuación.
- Usted es… la reencarnación de la diosa Athena. El noble caballero que portó esta armadura le pidió en su lecho de muerte al Señor Kido que cuidara de usted. Dijo que su vida estaba en grave peligro, pero que era necesario que usted sobreviviera.
Saori volvió su mirada a la armadura. No podía entenderlo claramente, pero un profundo sentimiento de tristeza la embargó. Alguien había dado su vida para que ella viviera. Con un respeto casi indescriptible acercó su mano a la diadema de la armadura, y al tocarla su mente fue arrebatada en una especie de visión. El espíritu del caballero de Sagitario guió su mente hasta el Santuario y le enseñó que él no era el único que la protegería. Otros caballeros como él eran sus aliados.
- Tatsumi… ¿dónde están los demás caballeros?
El hombre la miró perplejo. Estaba seguro de no haber mencionado en ningún momento que algunos chicos habían sido enviados a entrenar a los lugares más distantes del mundo para convertirse en los protectores de la diosa.
- ¿Sabes algo de los demás caballeros? –Insistió la joven.
- Están en sus respectivos lugares de entrenamiento, Señorita Saori.
- Quiero verlos –Exigió la muchacha.
- No es posible en este momento, Señorita.
- ¿Por qué?
- Ellos no saben que la reencarnación de Athena ya está en este mundo, y revelarlo ahora sería muy peligroso.
- Necesito verlos. Haré que vengan a mí. No hay necesidad de revelarles mi identidad, solo debemos darles una razón para venir.
La angustia le consumía el pecho. No entendía por qué tenía esa absurda necesidad de ver a sus caballeros, pero haría lo que fuera por tenerlos frente a ella.
- Vendrán para ganar esta armadura de oro –Sentenció.
Tatsumi la miró con inquietud, sin embargo, ante las órdenes de la joven heredera no tenía más opción que hacer lo que ella pedía.
Santuario, Grecia
Había llegado el momento de la batalla decisiva. Un joven muchacho de cabello castaño se preparaba para la batalla que decidiría quién sería el digno heredero de la armadura de bronce. Su rostro reflejaba serenidad mientras se acomodaba las vendas de la mano.
- ¡Seiya! ¡Ya es tiempo! –Lo llamó una voz femenina, dulce pero enérgica.
- ¡Ya voy! –Contestó el joven de ojos chocolate.
Ambos se dirigieron al coliseo donde el gran Patriarca anunció la decisiva pelea.
- Acaba con él. –Decretó su maestra.
Seiya asintió vigorosamente y se apresuró a lanzarse al coliseo. Su adversario era poderoso, mucho más grande que él y posiblemente más fuerte, pero tenía la suficiente confianza de vencerlo. Su maestra le había impuesto un duro entrenamiento en el que había aprendido más de lo que hubiese pensado. No la decepcionaría.
Con valentía enfrentó a su oponente. Sus ojos se clavaron en el gigante que tenía frente a él: Cassios. Hasta ahora se mantenía invicto. En sus anteriores enfrentamientos de entrenamiento Seiya no había sido capaz de derrotarlo, pero en esta ocasión tenía que ser diferente. No podía perder la armadura, era un lujo que no podía darse. Si regresaba a Japón sin la misma, el anciano Kido no permitiría que volviera a ver a su hermana Seika.
Cassios se abalanzó contra su contrincante con una fuerza difícil de igualar, haciendo retroceder a jovencito. El gigante río mostrando sus horribles dientes.
- No tienes nada que hacer contra mí, niñito –le escupió en tono burlón.
Por un momento la angustia se apoderó del muchacho, pero se armó de valor para enfrentarlo. Era ahora o nunca. Lanzó un par de golpes, aunque sin mucha eficacia, y en los segundos posteriores se vio aprisionado en las garras de su adversario.
- ¡Maldita sea, Seiya! ¡Eso no es lo que te enseñé! –Escuchó gritar a su maestra.
Sabía muy bien a lo que se refería. Se lo había repetido incansablemente: "Enciende tu cosmos". Una y otra vez, cada día, en todos los entrenamientos. Era algo que solo había logrado en contadas ocasiones, pero tenía muy claro que si no lo lograba ahora, su arduo entrenamiento sería en vano. Aún con la sensación de las manos de su contrincante aprisionándole la garganta, cerró los ojos para concentrarse.
"¡Enciéndete! ¡Enciéndete!" rogaba en su mente. Entonces lo percibió. Una onda de calor naciendo desde lo más profundo de sus entrañas, inundando cada célula y tejido de su cuerpo, llegando hasta sus músculos y su cerebro. Sus piernas se tensaron, impulsándolo lejos de Cassios que lo miró consternado.
- ¿Qué sucede contigo? –Gruñó ferozmente.
- ¿Alguna vez… -Preguntó Seiya entre jadeos- has sentido el poder del Universo… fluyendo dentro de ti?
El rostro de Cassios anunció que no tenía clara la sensación a la que se refería su oponente. El muchacho de ojos chocolate sonrío. "Naciste bajo la constelación de Pegaso", se recordó a sí mismo. "¿Cómo era técnica que mencionó?" se preguntó, tratando de recordar las enseñanzas de su maestra. "Meteoros…"
- ¡Meteoros de Pegaso! –Gritó mientras concentraba todo el cosmos que podía en su puño derecho.
Fue como si su cuerpo se moviera solo. La energía fluyó a través de su brazo atestando repetidos golpes de fuerza incalculable en el abdomen y cabeza del gigante que en seguida quedó noqueado y fue a parar al suelo. Entre los jadeos del muchacho, la gente rompió en vítores al unísono. Seiya tomó aire. Lo había logrado.
- Bien hecho, Seiya. –Dijo el Patriarca con mucha tranquilidad- Te has ganado el honor de ser el portador de la armadura de Pegaso. Es lo que estaba escrito en tu destino.
El chico sonrío a pesar de sus evidentes lesiones. Se volteó hacía su maestra y exclamó:
- ¡Lo hice, Shaina! ¡Lo hice!
Su maestra le hizo una seña de evidente complacencia. Su alumno había demostrado la tenacidad que se necesitaba para ser un caballero. Se acercó a él y poniendo su mano en el hombro le dijo:
- Ahora puedes ir a recuperar a tu hermana, pero recuerda, en cuanto la encuentres debes volver al Santuario. Ahora tu fidelidad está con este sagrado recinto de Athena.
