CAPÍTULO 2. El Torneo Galáctico.

Glacial del Norte, Siberia

- ¡Esto debe ser una broma! –espetó el joven de cabellos rubios, arrojando la carta que tenía en sus manos a la débil hoguera que calentaba su habitación.

No creía posible lo que sus ojos leían. ¿Un torneo para ganar una armadura dorada? ¡Menuda broma era esta! ¿Cómo se atrevían a semejante deshonra? Él mismo había entrenado por seis largos años con el fin de obtener una armadura de bronce, y ahora, de la nada, una jovencita opulenta le enviaba la invitación para concursar en un torneo de combates y obtener, en menos de una semana, el privilegio de portar una armadura dorada.

Lo único que le hacía mantener la ira en su lugar era la clara orden de su maestro de ir a eliminar a cualquier santo que aceptara participar en semejante estupidez. Haber sido escogido para tan grande misión lo hacía sentirse honrado, y al mismo tiempo algo temeroso. No estaba seguro de qué clase de santos se atreverían a ir a aquel enfrentamiento, tan solo sabía que de cualquier forma debía derrotarlos. No tardó en empacar las pocas pertenencias que le quedaban, y en poco tiempo se vio partiendo hacia su destino.

Una semana después. Tokio, Japón.

El viaje había sido agotador, especialmente transportando la enorme caja de piedra en la que se albergaba su armadura. En Japón todo era muy distinto a lo que él conocía. Si bien había pasado un par de años en un orfanato en esa misma ciudad, la mayor parte de su infancia y Juventud las había vivido en Siberia. Todo lo que conocía era el frío, las noches prolongadas y la serenidad. Tokio le parecía la ciudad más bulliciosa de todas y el ambiente comenzaba a irritarlo más de lo que hubiese querido. Al presentarse como participante del torneo en el coliseo preparado especialmente para el evento, su equipaje y cosas fueron recibidas y ubicadas en una habitación privada. Sus ojos se llenaron de ira al ver que las personas del común estaban pagando las entradas para el show. Nunca en su vida había tenido tanto odio contra alguien como lo tuvo por Saori Kido, y juró en su corazón nunca perdonarle aquella infamia.

Mansión Kido

- Los preparativos están listos, Señorita Saori.

- Gracias Tatsumi.

La chica de cabellos lilas tomó aire. Sabía que probablemente esto que estaba haciendo no era lo más correcto, pero no sabía de qué otro modo podía conseguir que los caballeros vinieran a ella. En un principio había pensado en hacer el evento incluso transmitido a través de la televisión, pero pensándolo bien, era demasiado exponerse de esas forma, aún más sabiendo que los enemigos que habían intentado asesinarla podrían aún estar con vida. Por otro lado, permitir la entrada del público era algo que hacía más atractivo el jugoso premio, pues no solo se obtendría un objeto material, sino también la fama entre aquellos que presenciaran la hazaña.

Hasta ahora todos los participantes invitados, excepto dos, se habían presentado y estaban ya instalados en sus habitaciones. Los faltantes eran el caballero de Pegaso, y el otro el de Dragón. La puerta sonó, era una de las criadas de la mansión.

- Señorita, hay un joven que insiste en verla esperando a la entrada de la mansión. Se hace llamar Seiya y exige ser atendido de inmediato…

- ¡Déjalo entrar! –interrumpió Saori, sintiendo que su corazón se desbocaba. La mujer, sorprendida del repentino proceder de su ama, procedió a cumplir la orden recibida en completo silencio.

Saori sintió que un nudo se atoraba en su garganta. El nombre que había mencionado la criada le había hecho erizar la piel, y tensar cada músculo. Algo dentro de ella le pedía con urgencia recibir aquella inesperada visita. Escuchó los pasos que se aproximaban por el pasillo y se puso de pie tras del escritorio de su honorable abuelo. Su boca se secó cuando vio al joven que entraba por la puerta. Su mirada denotaba un resentimiento incontenible, aunque la serenidad de su rostro contrastaba enormemente con ello.

- Señorita Kido, su criada me ha dicho que es imposible que me presente ante el Señor Kido y que es usted la única que puede atenderme.

- En efecto, joven… Seiya. –Masculló su nombre sintiendo que su corazón se desbordaba.- Mi abuelo falleció hace cinco años en un accidente aéreo.

La mirada del caballero se nubló de inmediato, pero su resignación duró solo un par de segundos. Volviendo a fijar la mirada en la jovencita, levantó sonoramente la voz.

- Su abuelo me prometió que al obtener la sagrada armadura de Pegaso me permitiría estar de nuevo con mi hermana. Por el honor que le tiene al nombre de su familia, le pido que por favor mantenga esa promesa para conmigo.

A pesar de haber escogido cuidadosamente sus palabras, su voz sonaba exigente. La muchacha se sintió un poco intimidada por el joven. Era decididamente audaz y estaba segura de que aún si ella se negaba, buscaría hacer cumplir su petición a como diera lugar.

- ¡Tatsumi! –llamó de un grito, a lo que el mayordomo acudió presto.

- ¿Qué desea, señorita Saori?

- Ayúdale al joven a averiguar el paradero de su hermana.

- Pero señorita, pensé que este muchacho vendría como participante del torneo.

- ¿Qué torneo? –Masculló el Pegaso.

- El torneo en el que los caballeros lucharán para obtener una armadura de oro. –Contestó Tatsumi inocentemente.

La mirada del caballero se posó directamente en la joven, en una expresión que mezclaba enojo y al mismo tiempo desprecio.

- ¿Te atreves a ofrecer una armadura dorada como premio? Ni siquiera debe ser real. Los caballeros que hayan venido a eso deben ser los más tontos del mundo.

- Es real. –Contestó la joven de inmediato.

Los ojos cafés del caballero se posaron en los ojos aguamarina de la muchacha procurando buscar la verdad en ellos y por un leve momento sintió una especie de conexión que lo embriagó por completo. Su mente le decía que aquello era ridículo, pero en lo más profundo de su conciencia, algo le decía que le creyera.

- Si participas en el torneo, prometo ayudarte a encontrar a tu hermana. –Ofreció amablemente la chica.

- Lo haré solo porque quiero comprobar que la armadura que tienes en tu poder es verdadera. Lo de mi hermana es una promesa que debes mantener como heredera del viejo Kido.

La tosca respuesta del caballero tomó por sorpresa a la muchacha. Aunque no recordaba haber sido tratada con tanta insolencia jamás, no pudo sentir ningún tipo de resentimiento hacia el muchacho. Seguramente el entrenamiento que había sufrido para obtener la armadura de bronce había calado demasiado fuerte en su carácter.

Coliseo del Torneo Galáctico

La ansiedad embargaba el pecho de Saori mientras se preparaba para dar el discurso inaugural del torneo. Su breve encuentro matutino con el caballero Pegaso le había propiciado serias dudas de si esta era una forma correcta de proceder. ¿Acaso los demás caballeros invitados pensarían de la misma forma que él? Eso era algo que no había previsto. Las luces sobre ella le hicieron saber que ya era hora, y haciendo caso omiso al discurso que ya había preparado y ensayado, dejó que las palabras fluyeran en ese momento.

- Sean todos bienvenidos al Torneo Galáctico. Mi nombre es Saori Kido, y soy la organizadora de este magno evento que reúne a un grupo de guerreros que han sido entrenados alrededor del mundo. Cada uno de ellos es portador de una armadura de bronce, sin embargo, han venido hasta esta arena a medirse para saber cuál de ellos es merecedor de la más noble armadura. La armadura de Oro…

La muchacha percibió la mirada del caballero Pegaso y de otros tantos. No todos estaban del todo de acuerdo con sus palabras. Debía arriesgarse a hacer un movimiento que los retuviera, al menos hasta que pudiera revelarles que ella era la reencarnación de Athena.

- Los he convocado aquí… bajo la autoridad que me ha sido otorgada por la misma Athena.

Sabía que se estaba jugando el todo por el todo. Algunos caballeros quedaron perplejos ante sus palabras, sin embargo, dos de ellos parecían seguir mirándola con notable odio: Seiya de Pegaso y Hyoga de Cisne. Pero antes de que alguno de ellos pudiera mencionar algo, el público había prorrumpido en aplausos.

La primera pelea fue anunciada y los caballeros de Shun de Andrómeda y Ban de León Menor subieron al escenario, ambos despojados de sus respectivas armaduras, pues las reglas así lo establecían. El menor, de cabellos verdes como la esmeralda se apreciaba notablemente inquieto. En su interior, nunca había gustado de la lucha, sin embargo todos los acontecimientos ocurridos en su lugar de entrenamiento habían hecho que su corazón se volviera firme. Por su lado, Ban, un muchacho varios años mayor, se veía seguro de sí mismo, creyendo que su diferencia en años de entrenamiento le daría la ventaja definitiva.

- Ven aquí pequeño. Prometo que solo voy a noquearte, y tal vez, a chamuscarte un poco.

- No me subestimes solo por ser menor que tú. –Respondió el menor desafiante.

El león río y de inmediato encendió su cosmos. La multitud permaneció en silencio. Era algo que no acostumbra verse todos los días. Shun apenas pudo esquivar el repentino ataque de su oponente, pero en una rápida reacción encendió su cosmos de igual forma. La gente le aplaudió. La furia de Ban se apoderó de él; el público claramente se compadecía del pequeño, pero eso no iba a impedir que él disminuyera la fuerza de sus ataques. Andrómeda, totalmente intimidado por los gritos de la multitud tan solo se dedicaba a esquivar los ataques.

- ¡Tú puedes hacerlo Shun! –Escuchó desde la banca de los demás caballeros.

Aquella voz era inconfundible, sin duda alguna era la de su hermano Ikki. El reencuentro de ambos gracias al torneo había sido más que emotivo, pese a que el carácter de ambos había cambiado por completo desde la última vez que se habían visto. Sus ánimos impulsaron al joven a encender aún más su cosmos, y Ban entendió que le había desestimado. Shun lanzó una ráfaga de cosmos que hizo caer al león y lo dejó completamente aturdido. Luego saltó sobre él y le atestó un fuerte golpe en el pecho que lo terminó de noquear. La confusión de la gente era increíble. ¿Qué era lo que acababa de pasar?