CAPÍTULO 3. La aparición del Dragón.
A estas alturas, Hyoga ya no podía aguantar más semejante humillación. Desde la misma inauguración se había dado cuenta que no era el único con ese sentimiento. Le dirigió una mirada cómplice al Pegaso y supo que se sentía de la misma forma, por lo que le llamó con una seña. Entre tanto que el Caballero Fénix ofrecía una efusiva felicitación a su hermano, y el caballero del León Menor era retirado por el personal paramédico, aprovechó para dar inicio a la conversación.
- Tú sabes que esto es un embuste, ¿no es así, Pegaso? –la respuesta vino en forma de un asentimiento silencioso.
- ¿Quién es tu maestro? –inquirió Hyoga.
- Shaina de Ofiuco –contestó Seiya sin más detalles.
- ¿De dónde vienes? –insistió el rubio.
- Del Santuario.
- Como lo pensé. Tú y yo somos los únicos que conocemos el sistema del Santuario y la forma de obtener una armadura dorada. Esa mujer es una impostora. Él único que tiene la autoridad de Athena para asignar las armaduras doradas es…
- El patriarca –interrumpió Seiya.
- Correcto –confirmó Hyoga.
- Tenemos que detener esta tontería. Pelear cuerpo a cuerpo sin nuestra armadura, usando nuestro cosmos, va a terminar en la muerte de alguno de nosotros, y probablemente por una armadura que ni siquiera sea real.
No fueron necesarias más palabras, porque el siguiente enfrentamiento anunció que los dos interlocutores se enfrentarían, y ambos se miraron con determinación. Subieron al escenario y la gente los aplaudió, pero lo que vino a continuación, era algo que nadie se esperaba.
El rubio se agachó con una rodilla en tierra para poner sus manos en el suelo del escenario, que comenzó a congelarse de inmediato, y el frío se extendió al resto del coliseo. Entre tanto, el castaño infló su cosmos y le dio la orden al público de abandonar el lugar, a menos que quisieran morir. Ante semejante amenaza, y observando como todo se iba congelando a su alrededor, la gente no tuvo más opción que salir huyendo. La mirada del Pegaso se posó directamente en los demás participantes, que ya habían encendido su cosmos, pero atónitos ante lo sucedido y viendo el caos general, habían permanecido sin actuar.
- ¡Todos aquí han sido engañados por esa mujer! –exclamó señalando al estrado del que Tatsumi intentaba llevarse a la joven Saori.
- ¿Qué quieres decir con eso? –preguntó el Fénix, visiblemente irritado.
- Pegaso, déjame explicar a mí –pidió Hyoga en un tono mucho más sereno-. Escuchen, sé que lo que hemos hecho parece una locura, pero la verdadera ofensa es la que nos ha hecho esa mujer. Mírense y díganme si no estuvieron todos ustedes en el orfanato Kido, en esta misma ciudad. ¿No les parece extraño que solo estemos aquí diez caballeros de bronce? Si esto fuera algo oficial deberían estar todos los caballeros.
Las miradas de los caballeros se mezclaron y enseguida los cosmos disminuyeron.
- ¿Qué significa esto, señorita Kido? –gritó Nachi de Lobo, en un aullido que repercutió por todo el coliseo.
Pese a la agitación, Saori no había permitido que Tatsumi se la llevara. Su semblante estaba completamente blanco.
- Yo… debo decirles la verdad. Aunque esperaba hacerlo al final de esta noche, porque pensé que si lo hacía antes se marcharían sin escucharme.
- ¿Entonces hay una explicación para esto? –exigió Seiya, sintiendo de nuevo esa intensa conexión que lo obligaba a escucharla.
- Es cierto que todos ustedes estuvieron en el orfanato Kido –la voz de Saori comenzaba a quebrarse, pero decidió seguir-. Y que todos ustedes fueron enviados a ser entrenados como caballeros por mi abuelo. La razón por la que él los envió es que… -tragó saliva antes de atestar el golpe- Yo soy Athena.
- ¿Qué es lo que acabas de decir? –Gruñó Jabú de Unicornio.- ¿Qué TÚ eres Athena? No nos hagas reír.
- ¿Nos crees idiotas? Todos sabemos que Athena reposa en el Santuario –replicó Hyoga.
- Pero… ¡La armadura de Sagitario! ¡Todos la vieron! –contestó Saori angustiada.
- La armadura de Sagitario está perdida –sentenció Seiya con una voz sepulcral.- Y aún si fuese la real, todos saben que su portador fue un traidor que intentó asesinar a la diosa Athena cuando era una bebé.
Los rostros de los demás caballeros, incluso el de Hyoga, giraron en dirección del castaño, atónitos por lo que acababan de escuchar. Saori se quedó de piedra, y entonces Tatsumi tomó la vocería.
- Eso es imposible. El Caballero que dejó a la señorita Saori en brazos del Señor Kido nos encomendó que cuidáramos de ella, puesto que el verdadero traidor estaba en el mismísimo Santuario. Hemos cuidado de ella y los enviamos a ustedes a prepararse para que fuesen sus guardianes.
Las cosas parecían estar fuera de control, hasta que el silencio se materializó entre todos cuando sintieron las vibraciones emanando de la caja de Pandora que contenía las piezas de la armadura de Sagitario. El espíritu de Aioros seguía emitiendo su cosmos a través de la misma y Saori tuvo que contener las lágrimas ante aquel acontecimiento.
- No es posible… -susurró Seiya para sí mismo.- La armadura… es real.
- ¿Sorprendidos? –preguntó un joven de cabellos negros y ojos aguamarina. Evidentemente acababa de llegar, dado que aún traía la caja de piedra sobre sus hombros-. Y aún no han escuchado la peor parte.
Todas las miradas se posaron en el caballero de Dragón, mientras este se dirigía lentamente hasta el estrado en donde la joven diosa intentaba mantener la compostura. Depositó suavemente la armadura en el suelo y poniendo rodilla en tierra, hizo reverencia ante ella.
- Mis respetos están con usted, Señorita Athena. Sepa que aunque sea el único que le crea, y deba defenderla sólo de todos estos caballeros, mi lealtad está con usted.
Los ojos del resto de caballeros se posaron sobre el recién llegado. A pesar de seguir completamente confundidos, no había uno solo que no quisiera escuchar una explicación de parte del recién llegado.
- ¿Quién eres? –preguntó Hyoga en tono inquisidor.
- Mi nombre es Shiryu, caballero de Dragón. Entrenado a los pies del Maestro Dohko. Mi anciano Maestro me advirtió de todo el caos que causaría toda esta situación. He venido para aclarar el asunto, ya que, aunque la Señorita Saori los convocó con las mejores intenciones, era muy seguro que la mayoría de ustedes desconocieran la verdad y la tomaran por una impostora. Es mi deber, por lo tanto, informarles que lo que la joven Athena y su sirviente les han dicho es totalmente cierto.
- ¿Y cuál es entonces la peor parte? –preguntó el Fénix riendo irónicamente.
- Ciertamente la peor parte es que el verdadero traidor de Athena no es otro que el Gran Patriarca.
La tensión regresó sobre los caballeros. Ninguno tenía muy claro qué era lo que estaba sucediendo, ni siquiera los dos alborotadores.
- Yo me largo de este lugar –gruñó de nuevo el Unicornio-. Todos ustedes están completamente locos. Tanto que la nieta del viejo Kido sea Athena, como que el Patriarca haya traicionado el Santuario, son hechos igualmente ridículos.
Otros tantos caballeros concordaron con Jabú, y mirándose entre ellos decidieron retirarse. Solo cinco de ellos se quedaron: Seiya de Pegaso, Hyoga de Cisne, Ikki de Fénix, Shun de Andrómeda y Shiryu de Dragón. La tensión era tan densa que podría haberse cortado con una daga. Ninguno se atrevía a decir nada.
El primero en actuar fue el Cisne. Tomando aire, recogió su caja de pandora y se retiró, no sin antes sentenciar que este no sería su último encuentro. El caballero de Pegaso lo secundó, siguiéndolo con la misma actitud. Por su parte, los hermanos se habían mirado el uno al otro, pensando que tal vez debían escuchar todo lo que el caballero de Dragón y la señorita Saori tenían que decir.
- Gracias por quedarse –susurró Saori, realmente aliviada de que no se hubiese originado una batalla campal.
- Vamos a escuchar todo lo que tienes que decir, Dragón –espetó gruñonamente el peliazul.
- Y también lo que usted quiere decirnos, Señorita Saori –dijo Shun amablemente.
- Usted primero –dijo Shiryu suavemente, dirigiéndose a la muchacha.
- Bien. ¿Por dónde empiezo? –Su nerviosismo casi rayaba en el pánico-. Como ya les dije, los cité aquí para darles a conocer que soy la reencarnación de Athena. Yo misma lo desconocía hasta hace poco. Fue Tatsumi quien me lo confirmó y quien me mostró la armadura que mi abuelo guardaba celosamente. El día que entré en contacto con la armadura me fue revelado que como diosa tenía un grupo de caballeros destinado a protegerme, pero que en algún momento algunos de ellos habían traicionado su voto y habían procurado matarme. El caballero portador de esta armadura dorada fue quien me salvó, aunque en el proceso terminó mortalmente herido y por eso me dejó a cargo de mi abuelo adoptivo.
Shiryu asintió confirmando la versión de la joven, y luego prosiguió con el relato.
- Mi anciano Maestro es un gran conocedor de los sucesos que se han desarrollado en el Santuario. Él mismo supo de la traición por parte del Gran Patriarca y de algunos de los caballeros del más alto rango, sin embargo nada pudo hacer debido a su avanzada edad. También tenía el presentimiento de que la diosa seguía con vida, aunque desconocía su paradero. Mi llegada a China confirmó sus sospechas, aunque aún ignoro de qué forma lo supo. Él me advirtió que debía venir a defenderla y confirmar su historia, puesto que nadie le creería.
- ¿Tú qué opinas, Shun? –preguntó Ikki celosamente.
- Pienso que el cosmos de la Señorta Saori, a pesar de ser casi imperceptible, es el más dulce que haya sentido jamás.
La respuesta del peliverde los dejó a todos un poco confundidos.
- ¿Acaso ninguno lo percibió? Cuando la armadura de oro comenzó a agitarse, el cosmos de la señorita se puso en evidencia como respuesta –aclaró sonriente. Shiryu correspondió de la misma forma.
- Sí Shun lo dice, yo lo creo –sentenció el Fénix, alzándose de hombros.
