CAPÍTULO 4. Maestros
Mongolia, 12 días después
- No puedo creer que esté regresando a Grecia sin mi hermana –gruñó el caballero Pegaso.
- Debemos informar los sucesos en el Santuario –respondió Hyoga sin prestar demasiada atención a las quejas del castaño.
Ambos habían decidido buscar a sus respectivos maestros para aclarar las dudas que les había acarreado el encuentro en Japón. Ahora se encontraban a mitad de un viaje que duraba casi un mes, de vuelta a Atenas.
- Seiya, ¿estás completamente seguro de lo que dijiste del caballero de Sagitario? ¿De qué fue un traidor?
- Ya te he contestado esa pregunta cómo mil veces, Hyoga. Te digo que sí. Mi maestra no hace más que refunfuñar porque su hermano se convirtió en el caballero de Leo y dice que ninguno de esa familia debería volver a ser admitido como santo de Athena.
- Tu maestra suena bastante irritante –dijo el rubio en un tono muy serio.
- ¿Ah sí? ¿Cómo es tu maestro entonces?
- Bastante sereno, aunque muy firme. Me sorprendió un poco que me enviara a matar a otros caballeros, pero en su momento tuve la seguridad de que era lo correcto. Siempre he pensado que es alguien muy justo, por eso no dudé ni un momento de su voluntad.
- Bueno, si mi maestra hubiera sabido de ese torneo me habría dado exactamente la misma orden… creo.
El caballero del Cisne asintió. Por un momento tuvo algo de temor al no haber ejecutado la orden que se le había dado, sin embargo, recordar las vibraciones de la armadura de Sagitario y las palabras del Dragón le causaban una seria conmoción. Algo no encajaba completamente. Por ahora no tenía una mejor opción que buscar a su maestro en el Santuario e informarle de los acontecimientos.
Santuario, Grecia, 15 días después
Los jóvenes caballeros se aproximaron a la entrada del Santuario. A pesar de lo largo del viaje, ambos se encontraban en perfecto estado y la noticia de su llegada no tardó en esparcirse entre los soldados rasos y sirvientes del santuario. Ambos se dirigieron a la Casa de Ofiuco, ubicada en la llanura que precedía a la montaña en la que estaban incrustados los doce templos zodiacales. La llamada de Seiya a su puerta no tomó por sorpresa a la dueña, puesto que horas atrás había percibido el cosmos de su alumno aproximarse, pero lo que sí la dejó totalmente desconcertada fue la persona que le acompañaba.
- Creí que me habías dicho que tenías una hermana, no un hermano… -dijo en son de broma, aunque a Hyoga no le hizo nada de gracia.
- Shaina, sé que me fui a Japón por esa razón, pero el caballero que me acompaña y yo tenemos algo importante para informar a todo el santuario.
La maestra percibió un tono de preocupación muy poco usual en la voz de su alumno, por lo que los hizo entrar y cerró la puerta tras de sí de un solo golpe.
- Los escucho.
- Para empezar, te presento a Hyoga. Él es el caballero que porta la armadura del Cisne, dice que su maestro se encuentra ahora mismo aquí en el santuario, aunque desconoce su ubicación exacta.
- ¿Cómo se llama tu maestro, niño?
Hyoga volvió a sentir que la vena de su sien palpitaba irritada. Parecía que su predicción sobre la maestra de Seiya no había sido tan desacertada después de todo.
- Camus.
- Vaya, vaya. ¿Eso significa que eres experto en enfriar bebidas? –Río Shaina, en una broma que solo a ella le hacía gracia.
- ¿Cómo supiste de las habilidades de Hyoga, Shaina? –preguntó Seiya con curiosidad.
- Su maestro es el caballero de Acuario. –confirmó Shaina.
- Wow. Nunca me dijiste que tu maestro era un dorado, Hyoga.
El rostro de sorpresa del rubio puso en evidencia que desconocía por completo aquel dato. Nunca se habría imaginado haber sido instruido a los pies de un caballero dorado.
- ¿No lo sabías? –preguntó Shaina, de nuevo en ese tono que tanto irritaba al Cisne.
- No, no lo sabía –respondió tajante.
- ¿Y bien? Todavía no me dicen qué fue lo que los trajo hasta el Santuario –inquirió la joven maestra.
- Shaina, cuando llegué a Japón fui invitado a un torneo que estaba organizando la nieta del viejo Kido, ya sabes, el viejo loco que me envió aquí a Grecia, aprovechándose de que yo era huérfano. Y no vas a creer lo que pasó, fue indignante, estaba furioso. Fue demasiado absurdo, y no estaba seguro de qué…
- ¡Ya Seiya, desembucha de una vez! –exclamó Shaina. ¡Como detestaba que Seiya le diera tantas vueltas al asunto!
- ¡Lo siento!-se disculpó el castaño, reconociendo inmediatamente su falta.- Resulta que el viejo Kido se murió hace cinco años, y su nieta me dijo que para recuperar a Seika debía participar en un torneo cuyo premio era una armadura dorada. Por supuesto que…
- ¿Una armadura dorada? –interrumpió Shaina irritada.
Hyoga estaba a punto de perder la paciencia. ¿Acaso esa mujer no sabía de modales? Seiya, por su parte, parecía estar acostumbrado y sin discusiones prosiguió con el relato.
- Sí, Shaina. Por supuesto que eso me pareció sospechoso, por lo que decidí ir para confirmar por mí mismo si era cierto que tenían una armadura dorada, y resultó ser la armadura perdida de Sagitario…
- ¿La armadura de ese maldito traidor?
El Cisne estaba harto. Esa mujer lo sacaba de quicio.
- Esperaré afuera –dijo poniéndose de pie. No podía seguir soportando las interrupciones de la santo de plata. Detestaba a la gente que no puede escuchar en silencio. Su maestro jamás habría sido tan mal educado.
- ¿A dónde vas, Hyoga? –preguntó el Pegaso desconcertado por su reacción.
- Déjalo, Seiya. A lo mejor quiere disfrutar un poco del clima cálido del mediterráneo.
Fue la gota que rebasó la copa. El ojiazul se retiró de la casa, dando un golpazo a la puerta. Shaina no dijo nada y Seiya solo se encogió de hombros, para luego continuar. Al término del relato, la maestra estaba tan ofendida como su aprendiz y se excusó para poder prepararse lo antes posible con el objetivo de entrevistarse con el Patriarca ese mismo día. Ya el castaño sabía lo que venía, así que salió tranquilamente del recinto para encontrarse con un Hyoga que, a pesar de no querer aceptarlo, de verdad estaba disfrutando del clima.
- ¿Y tú maestra?
- Se va a preparar para ir ante el Patriarca. También dijo que antes pasaría por la casa de Acuario a contarle a tu maestro lo que nos pasó. Te manda decir que no te preocupes por no haber cumplido su orden, que ella se va a hacer cargo.
- ¿Realmente se puede confiar en ella, Seiya? –preguntó el rubio sintiendo que todo podría salir peor si era esa mujer la que le contaba a su noble maestro las razones de haber fallado en su misión.
- ¡Por supuesto que sí! Ella es la encargada de la seguridad del Santuario. ¡Después de los caballeros dorados no hay caballero más fuerte que ella! –afirmó el castaño dándole unas palmadas en la espalda que casi le hacen salir los pulmones.
Esas palabras no tranquilizaron del todo al Cisne, pero trató de mantener la calma.
- ¿Y por qué te saliste de la casa?
- Shaina nunca deja que la vea sin la máscara. Es una ley rara de las amazonas –dijo Seiya entre risas.
Tras casi media hora de espera, la mujer salió portando su impecable armadura. No era habitual que ella se presentara ante el patriarca sin ser llamada, por lo que llegar allí con su traje de entrenamiento habría resultado muy vergonzoso. Su alumno se ofreció a acompañarla, a lo que ella contestó con una negativa. Y pronto la vieron dirigirse hacia las escalinatas que conducían a las doce casas y al aposento del Patriarca.
Shaina no tomó demasiado reparo en explicaciones vanas con los caballeros dorados que custodiaban los templos, sencillamente argumentó que era imperante encontrarse con el Patriarca, ante lo que ellos cedieron naturalmente. Ninguno tenía en baja estima a la mujer que había ganado el derecho de dirigir la seguridad de todo el Santuario. Al llegar a la undécima casa, solicitó la presencia del caballero Acuariano, quien salió a recibirla un poco sorprendido por su visita.
- ¿Shaina? ¿Qué haces aquí? Y además… vistiendo tu armadura…
- Necesito hablar contigo, Camus. Tu discípulo y el mío acaban de llegar de Japón, y traen noticias no muy agradables.
- ¿Qué quieres decir? –preguntó el Acuariano, a lo que la amazona respondió contándole todo tal y como Seiya se lo había explicado.
Camús se tomó la noticia con más calma, después de todo él ya sabía con anterioridad la existencia de dicho torneo, aunque le extrañó mucho el resto del relato. Pidió que Shaina le esperara mientras se dirigía a invocar su sagrada armadura y así estar igualmente presentable ante el Patriarca. Minutos más tarde ambos pasaron la casa de Piscis y llegaron al Templo que se erigía en lo más alto de la montaña.
- Tu discípulo es muy perspicaz. Logró persuadir al mío de hacer una revuelta –anotó Shaina antes de entrar.
Camus sonrió ligeramente ante el inesperado comentario con cierto grado de satisfacción.
- Desearía poder decir lo mismo del tuyo –contestó el dorado de forma bromista.
- Puede que Seiya no sea tan brillante como tu aprendiz, pero precisamente por eso no habría dudado en matarlos a todos si se lo hubiese ordenado.
El acuariano la miró de reojo al darse cuenta que estaba pidiendo su condescendencia para con Hyoga.
- De acuerdo. No seré tan duro con él. Ahora vamos con el Patriarca.
