CAPÍTULO 5. La Orden del Patriarca

La noticia de que dos caballeros solicitaban su presencia fue llevada de inmediato. Sin embargo, el hombre que ostentaba aquel título no se apresuró en atenderlos. Estaba en medio de uno de sus largos baños en las termas y a juzgar por el aspecto de sus ojos, se notaba que no había dormido en días. Sus episodios de lucidez eran tan escasos, que temía cada vez que la noche se acercaba, pues la maldición que llevaba con él era más fuerte que su propia voluntad. Muchas veces había llorado amargamente, pensando en que bajo sus órdenes la pequeña reencarnación de Athena y uno de los Caballeros más valerosos del Santuario habían muerto. En todas partes corría la versión de que el Centauro había sido el traidor, y todos habían cuestionado en innumerables ocasiones que a su hermano se le hubiese asignado una armadura dorada. Esa había sido una de las pocas veces en que su mente despejada le había permitido hacer algo que compensara sus errores.

Luego de algunos minutos de cavilación se puso en pie y de se vistió con sus ropas sacerdotales. Cubrió su rostro con el casco que le coronaba como Patriarca del Santuario de Athena y se encaminó hacia el gran salón en donde se ubicaba el trono del Patriarca. Al sentarse en él sintió como se nublaba su mente. Las cosas eran confusas de nuevo. Haciendo un esfuerzo por mantenerse lúcido, ordeno con un gesto de su mano que los caballeros hablaran. El caballero dorado tomó la palabra.

- Gran Patriarca, la Santo de Ofiuco y yo nos dirigimos ante usted para informarle de algunos infortunados acontecimientos. En breves palabras: Hay una jovencita japonesa, de nombre Saori Kido, que ha tenido la osadía de proclamar que es la reencarnación de Athena. Pero lo más incómodo de todo, es que al parecer tiene en su poder una armadura dorada, la desaparecida Sagitario…

El Patriarca sintió una punzada en su cabeza al escuchar que mencionaban la armadura de Sagitario. La cólera comenzó a arder en su sangre, sin embargo, la parte racional le decía que debía mantener la calma.

- Es posible que sea alguna treta de un enemigo del Santuario, y que la armadura sea tan solo una vil imitación –concluyó el acuariano.

- Eso no puede ser cierto –interrumpió la Santo de Ofiuco.- Con todo respeto, Gran patriarca, he entrenado muy bien a mi discípulo y él corroboró que la armadura emitía un cosmos muy intenso. Al igual que el discípulo de mi compañero. Ambos fueron testigos presenciales de lo sucedido.

Camus dio un largo suspiro, antes de intervenir nuevamente.

- No podemos confiar en el juicio de dos jovencitos que acaban de obtener su armadura de bronce. Pudieron haber sido fácilmente engañados, sobre todo si mi conclusión es cierta.

Ambos miraron a su superior, esperando sus conclusiones y órdenes. La mente nublada del Patriarca de nuevo se hizo al timón de sus razonamientos y terminó por darle la razón al caballero dorado.

- Es obviamente una impostora, posiblemente la armadura también sea falsa. Shaina, te encargo a ti que escojas un equipo de caballeros para que hagan la investigación pertinente acerca de la veracidad de la armadura. En caso de ser falsa, elimínenla junto a los blasfemos. En caso de ser la verdadera tráiganla de vuelta al Santuario, y de igual modo, maten a los que se han atrevido a injuriar a nuestra Señora…

En medio de la confusión de pensamientos del patriarca, un impulso le punzó la sien. No podía hacer esto, necesitaba tener frente a frente a esa chica. ¿Acaso sería ella la bebé que hacía 13 años había enviado a matar? Una pizca de esperanza iluminó la oscuridad en la que se hallaba sumido y antes de que los caballeros dieran por terminada la entrevista, alcanzó a musitar:

- Pero a la chica, tráiganla con vida.

Camús frunció el ceño con intriga, Shaina sencillamente se limitó a aceptar la orden y a pedir el permiso de su superior para retirarse, el cual fue concedido de inmediato, debido a la condición en la que se encontraba el Patriarca. El dorado, sin embargo, guardó cierta reserva ante tal orden, sin entender muy bien de qué iba todo esto, pero confiando en la sabiduría del representante de Athena en la tierra. El silencio entre el acuariano y la serpiente reinó hasta el momento de su despedida en la onceava casa y todo rastro de la reciente interacción entre los dos se desvaneció.

Coliseo del Santuario

Hacía poco más de una hora que Shaina había arrastrado a Seiya y a Hyoga hacia el coliseo del Santuario tras haber mandado llamar a otros tantos caballeros. Lógicamente la convocación no podría haber sido respondida de inmediato, ya que cada uno de los solicitados tendría que resolver sus asuntos pendientes e ir en busca de su armadura, pero para Shaina la tardanza más allá de los treinta minutos era una grave ofensa contra su persona. Hyoga seguía pensando que aquella mujer no tenía sentido común y se admiraba de ver como Seiya permanecía impasible ante los gruñidos de su maestra y había vuelto a poner esa expresión seria que tanto le llamaba la atención. Sin poder contener su curiosidad, el rubio volvió a dirigirle la palabra al Pegaso.

- ¿Siempre es así? Quiero decir… Shaina.

- Ella es muy seria cuando se trata de las cosas del Santuario –respondió Seiya sin quitar un momento la mirada de su mentora. Su voz tenía un tinte muy distinto al habitual.

Hyoga no se atrevió a preguntar más, sin embargo fue el mismo castaño el que prosiguió con la conversación.

- Sé lo que estás pensando. Cuando llegué a Grecia también creí que estaba loca. Su forma exagerada de reaccionar ante todo lo que estaba relacionado con el Santuario me parecía de fanáticos, sin embargo con el tiempo he llegado a entenderla. Al fin y al cabo, el Santuario es lo único que tenemos…

El semblante del castaño se sumergió en un sentimiento que solo él mismo entendía y que le hizo recordar a Hyoga que todo cuanto había conocido en su infancia le había sido arrebatado por el destino. Incluso su madre le había sido negada por la misma muerte, y ahora lo único que le daba sentido a su vida era ser un Caballero de Athena. Por un breve momento creyó comprender a Seiya y a su maestra.

- Supongo que cada persona lo asume a su manera –concluyó.

Finalmente los demás caballeros se presentaron ante una molesta Ofiuco que no hacía más que reprenderlos por su falta de entusiasmo ante las órdenes directas del patriarca. Entre los convocados se encontraban algunos caballeros de plata y otros tantos de bronce, aparentemente alumnos de los primeros. Shaina les instruyó acerca de su partida que se efectuaría a primera hora de la mañana el día siguiente. Todos se comprometieron a estar a tiempo, una afirmación que la joven maestra recibió con gran regocijo, antes de despedirlos a todos.

- Vamos a casa, Seiya –le dijo finalmente al alumno cuando todos se hubieron retirado.

El castaño pasó sus ojos intermitentemente de su maestra a su compañero de armas, no pudiendo decidirse por completo.

- Tu amiguito también puede venir –informó Shaina. De nuevo Hyoga sintió que la arrogancia le llenaba el pecho.

- No te preocupes por mí, Seiya. Puedo buscar donde pasar la noche.

Sin decir más el caballero de Cisne se retiró, dejando únicamente a maestra y alumno en el coliseo. Seiya bajó la mirada. No era que le disgustara quedarse a solas con ella, pero habría preferido no causarle ninguna molestia a Hyoga.

- Shaina… podrías haber sido un poco más amable.

- No es necesario, Seiya. Escuché a los sirvientes de la casa de Acuario cuando dijeron que vendrían a buscarlo para que pase la noche allá.

La cara del Pegaso no tenía precio. Era una mezcla entre asombro y desdén. ¿Por qué ella siempre tenía que tomar las decisiones por su cuenta, sin siquiera tomarse la molestia de informarle? La siguió silenciosamente hasta la casa de Ofiuco, en donde ella le sirvió algo de pan de nueces con té. No era la mejor combinación, pero luego del ajetreo del día tampoco es que estuviera tan mal.

- ¿No vas a comer conmigo? –preguntó el muchacho.

- Sabes que para comer tengo que…

- Quitarte la máscara. Ya lo sé. ¿Nunca vas a dejar que te vea?

- Comeré más tarde –replicó la joven, haciendo caso omiso a la última pregunta.

Seiya la observó retirarse a su habitación. Sabía que su lugar estaba en una vieja litera que solía extender en la habitación contigua, pero hoy no le apetecía dormir allí. De hecho, dudaba mucho de sí podría conciliar el sueño. Decidió recostarse en el sofá de la sala y esperar para caer en los brazos de Morfeo.

Pasada la media noche, el ruido en la cocina lo sacó de su letargo mental. Seguramente su mentora habría salido a comer algo, tal como lo había dicho. El castaño se puso de pie silenciosamente, y se paró en la entrada de la cocina, donde la muchacha untó un poco de mantequilla a su trozo de pan y se dispuso a morderlo. Justo estaba por dar el primer mordisco cuando se percató de la presencia de su aprendiz, lo que la hizo retroceder y tumbar un par de cachivaches en la cocina.

- ¡Lo siento, Shaina! –Se apresuró a decir el castaño, recogiendo los objetos caídos y volviéndolos a poner en su sitio.- No quise asustarte.

Al ponerse de pie se encontró con los ojos verdes de su maestra que aún no lograba reaccionar ante la situación. El muchacho sintió que su cara se acaloró de golpe. Nunca se habría imaginado que Shaina fuera tan joven, y encima tan bella. Sus ojos se clavaron fijamente en los de ella, quien por primera vez se fijó en que su alumno era ligeramente más alto que ella y que la expresión de sus ojos ya no reflejaba la inocencia del niño que alguna vez recibiera en su casa para entrenar. A penas y podían detallarse el uno al otro en aquella densa oscuridad, pero el nerviosismo de ambos era palpable. La joven fue la primera en reaccionar, empujando a un lado al desconcertado caballero y dándole la espalda.

- ¿Qué diablos haces despierto a esta hora? Sabes que debemos partir a primera hora mañana.

- No podía conciliar el sueño –contestó el chico con su voz teñida de nerviosismo.

Shaina se dispuso a retirarse, pero la mano de Seiya la detuvo atajándola por la cintura.

- Aún no has comido nada. Si quieres puedo irme –le dijo el castaño en voz baja.- Te juro que no diré nada…

El corazón de la ojiverde palpitaba con fuerza. Sin su máscara se sentía mucho más vulnerable, y el contacto del musculoso brazo del chico alrededor de su cintura la hizo estremecer.

- Es hora de descansar, Seiya.

El muchacho no opuso más resistencia y la dejó marchar, para luego ir buscar la vieja litera.