CAPÍTULO 6. El ataque de los Caballeros de Plata
Ikki despertó perezosamente de su siesta al escuchar cómo Shiryu repetía una y otra vez historias de su viejo maestro, que ya lo tenían al borde de la paciencia. Lo único que le mantenía en sus casillas era que la señorita Saori se había ofrecido a hospedarlos en su mansión y había podido traer a Esmeralda con él.
Esmeralda era la luz de sus ojos, la única razón por la que había sobrevivido a la Isla de la Reina Muerte. Durante sus largos años de extenuante entrenamiento, ella le había observado en silencio, tratando de darle ánimo desde la distancia. En las noches se escabullía hasta la húmeda habitación que le había sido asignada, y con cuidado le trataba sus heridas. En muchas ocasiones se había sentido tentado a estrecharla entre sus brazos, pero nunca se había atrevido, hasta el día en que su maestro la golpeó en frente suyo y la lanzó contra un muro de piedra. En esa ocasión su ira sobrepasó todos los límites y se abalanzó contra el hombre, subyugándolo a su voluntad y poniéndole fin a su ruin existencia. Tomar a la inconsciente muchacha entre sus brazos, luego de cometer un acto tan vil, le había hecho sentir totalmente desmerecedor de su bondad. Durante esa noche la cuidó como tantas veces ella lo había hecho con él y planeó incontables frases para explicarle el motivo de sus acciones y disculparse con ella, pero nunca pudo llegar a hacerlo. A la mañana siguiente Esmeralda no lo reconoció, ni a él ni a ninguna persona que hubiese estado en contacto con ella. Lo único que quedaba de la Esmeralda que había conocido a Ikki eran aquellos ojos llenos de condescendencia.
Desde aquel día, Ikki se prometió a si mismo llegar a ser el hombre que ella merecía, pero hasta el sol de hoy, lo único que había logrado era sacarla de esa maldita isla. De mala gana había aceptado la posada en la mansión Kido, solo al corroborar que podría traerla con él. Luego de casi dos meses de estadía allí, Esmeralda lucía más radiante que nunca y le ofrecía sonrisas cada mañana cuando le llamaba para el desayuno.
- Hermano, ¿te encuentras bien? –preguntó la inconfundible voz de Shun.
- Lo estoy –respondió el Fénix.
- ¿Aún no crees que la señorita Saori es la reencarnación de Athena? –preguntó el menor, sentándose en el sofá contiguo.
- Es bastante difícil de creer, pero el viejito moribundo lo ha confirmado, ¿no es así?
Al igual que Esmeralda, el anciano Dohko había viajado desde su lugar de residencia en China hasta la mansión Kido, solo para comprobar que la muchacha de cabellos lilas era la proclamada diosa Athena. Desde su llegada, ambos se habían entrevistado en múltiples ocasiones en las que el anciano le había explicado a la muchacha muchas cosas del Santuario, y ella siempre lo escuchaba fascinada.
- ¿No tienes la sensación de que podemos confiar en el él? Desde que llegó siento que es como si nos conocieramos desde hace mucho tiempo –dijo Shun con un tono reverente.
- No lo sé –respondió el peliazul en un tono no tan amable.
La verdad es que él también sentía cierto tipo de conexión con el vejete, pero eso no le inspiraba nada de confianza. Todo el tiempo sentía como si el anciano pudiera leerles la mente y supiera un montón de cosas sobre ellos. La sola idea le ponía los pelos de punta y le daba ganas de chamuscarlo con sus Alas del Fénix.
- Quizá si pasas un rato con Esmeralda se te pase ese mal humor –bromeó Shun, divertido.
- No es tan mala idea –respondió Ikki con una pequeña pero sincera sonrisa.
Se disculpó con su hermano y poniéndose de pie, se dirigió al jardín trasero. Desde la llegada a la mansión Kido, aquel rincón de la casa se había vuelto el favorito de Esmeralda. Todo estaba lleno de flores y mariposas, cosas que Esmeralda no recordaba haber visto nunca.
- ¡Ikki! –le saludó con una efusiva sonrisa.
- ¿Qué tal va la tarde, Esmeralda?
- Muy bien. Gracias de nuevo, por traerme a este lindo lugar –los ojos de Esmeralda perdieron el brillo por un momento.- No entiendo por qué insistes en ayudarme, a pesar de que soy una desconocida para ti.
- No lo eres –respondió de inmediato el muchacho.- Ya te lo he dicho muchas veces, Esmeralda. Tú me cuidaste cuando pasaba por las peores pruebas. Lo menos que puedo hacer por ti es sacarte de ese horrible lugar y darte una vida más feliz.
La muchacha volvió a sonreír ampliamente. Aunque Ikki pareciera fiero y arrogante, en realidad tenía un gran corazón. Se acercó lentamente a su protector y le tomó de la mano. El Fénix se dejó llevar por su instinto y puso esa misma mano en la mejilla de Esmeralda, mirándola fijamente a los ojos. Las palabras se le atoraban en la garganta. Había tanto que quería decirle, y al mismo tiempo no sabía cómo. La chica se ruborizó por completo, pero tampoco apartó la mirada. El peliazul se acercó un poco más, tratando de disimular la torpeza de sus movimientos y haciendo que el corazón de la rubia se acelerara en forma desmedida. Sus manos fuertes, entrenadas para la lucha, se deslizaron hacia la nuca de la chica, atrayéndola irremediablemente hacia sus labios. La rubia cerró los ojos y contuvo la respiración, antes de sentir el roce de los labios del caballero en los suyos. Su calidez era irremediablemente atrayente. Él era su protector y a su lado sabía que no tenía nada que temer.
El estruendo en el balcón del frente los tomó por sorpresa. Ikki despegó sus labios bruscamente de los de su amada y fijó su mirada en la dirección de la que provenía todo el estruendo.
- ¡Corre hacia el sótano, Esmeralda! ¡No salgas hasta que vaya a buscarte!
- ¿Qué fue eso, Ikki? –preguntó la chica completamente angustiada.
- Confía en mí. Escóndete…
Un segundo estallido volvió a interrumpirlos, a lo que Esmeralda asintió valientemente y corrió en dirección al sótano. Al llegar al vestíbulo se encontró con Tatsumi y Saori, que huían en la misma dirección. La joven diosa tomó a Esmeralda de la mano al escuchar el tercer estallido que esta vez impactó en una de las columnas cercanas. Ambas gritaron, mientras Tatsumi las empujaba a ambas hacia las escaleras que descendían a la habitación en donde reposaba la armadura de Sagitario.
- ¡Maldita sea! –gruñó Ikki al ver el gran agujero que había proporcionado uno de los estallidos en la recepción de la mansión. Corrió hacia el exterior y la escena lo paralizó.
Shun y Shiryu estaban replegados ante tres caballeros de plata que se abalanzaban contra ellos. Corrió lo más rápido que pudo y lanzó una llamarada de su ardiente cosmos, haciendo retroceder a los recién llegados.
- ¡Ikki! –exclamó Shun.
- No se preocupen, ya estoy aquí.
Andrómeda y Dragón se incorporaron lo más rápido que pudieron.
- Ahora si somos tres contra tres, bastardos –dijo Ikki levantándole la voz a los caballeros de armadura plateada. Uno era una mujer.
Los tres caballeros de bronce encendieron sus cosmos al máximo, pero entre todos el del Fénix resultaba especialmente intimidante. Incluso su hermano se sorprendió ante tal despliegue de poder. Los caballeros de plata retrocedieron.
- ¡Sirius! ¡Algheti! ¡A ellos! –Gritó Marín, infundiéndoles ánimo.
Los tres se abalanzaron contra los caballeros de bronce, que reaccionaron instintivamente.
- ¡Cadena de Andrómeda!
- Dragón Naciente!
- ¡Alas del Fénix!
El triple ataque logró frenar en parte la arremetida de los plateados. Sin embargo sus cosmos era lo suficientemente fuertes como para no ser contenido ante las defensas de los jóvenes caballeros. En un momento, Shiryu se vio alcanzado por los golpes de Algheti de Heracles, Ikki por los de Sirius de Can Mayor y Shun por los de Marín de Águila.
Con dificultad, Shiryu esquivaba los puñetazos que le lanzaba el mastodonte que tenía frente él. No por nada portaba la armadura del mítico Hércules, hijo del gran Zeus. Sentía cada manotazo aún más cerca y lo único que podía hacer era desviarlo con su escudo. Por su parte, Shun trataba de mantener a raya a Marín con su cadena, pero la mujer era veloz y cada vez se acercaba más a su rango de alcance para tener una lucha cuerpo a cuerpo. Ikki era el único que parecía estar teniendo ventaja sobre su oponente. Ambos estaban enfrascados en una lucha sin tregua que tan solo se frenó cuando Ikki pronunció "Puño Fantasma". Lo siguiente fue ver a Sirius revolcarse en el suelo y al Fénix atestarle un golpe en la cabeza que lo dejó inconsciente. Pero la alegría no tardó en desvanecerse cuando el peliazul fue alcanzado por la "Garra del Trueno" que cayó sobre él en forma de relámpago dejándolo aturdido el tiempo suficiente para que la santo de Ofiuco le rompiera la nariz y lo mandara contra el suelo. Seguidamente Shiryu cayó ante un tremendo golpe proporcionado por Algheti en su cabeza, que de no haber sido por su casco, le habría roto el cráneo en pedacitos. Marín contuvo sus ataques al ver al jovencito de Andrómeda correr hacia su compañero para ayudarlo.
- ¡Ustedes tres! ¡Vayan por la impostora y por la armadura! –Gritó Shaina a tres caballeros de bronce que la escoltaban. La orden fue obedecida de inmediato por el Pegaso, el Cazador Orión y una muchacha a la que Shun identificó de inmediato: June de Camaleón.
- ¡Tú! ¡Ayúdale a tu maestro! –Volvió a ordenar la santo de Ofiuco a un caballero de bronce restante. El Can Menor se aproximó a Sirius y lo ayudó a levantarse.
Por su lado, Ikki había recuperado el conocimiento y al ver a Shun tendido en el suelo con Shiryu, corrió hasta ellos para auxiliarlos. Marín y Algheti permanecían atentos ante los movimientos de los tres jóvenes. Unos cuantos minutos después los enviados traían la armadura y a tres rehenes: Esmeralda, Tatsumi y Saori.
A la orden de Shaina, Seiya golpeó en el pecho al mayordomo y lo hizo caer en tierra. El golpe por lo menos le había roto un par de costillas. Luego, ante la mirada horrorizada de las otras dos rehenes lo golpeó en la cabeza, haciendo que el hombre cayera tendido, con sangre brotándole de la sien. El caballero de Orión se dispuso a hacer lo mismo con Esmeralda, ante lo cual Ikki gritó desesperado.
- ¡Déjenla! ¡Ella no hace parte de esto! ¡Nosotros somos los traidores, déjenla ir!
Shaina hizo un gesto con la mano para que soltaran a la rubia, que cayó desconsolada al lado del cuerpo inerte de Tatsumi. June sujetaba con fuerza a Saori, que aún sollozaba susurrando el nombre de su tutor y mayordomo, mientras las lágrimas se deslizaban por sus mejillas.
- Nosotros nos adelantamos. Ustedes tres, ya saben lo que tienen que hacer –les dijo Shaina tranquilamente a sus compañeros plateados. Tomó a Saori por la fuerza y la arrastró. Los caballeros de bronce que la escoltaban la siguieron de cerca cargando la armadura dorada y se perdieron entre la espesura del bosque que circundaba la Mansión Kido.
Sirius y Algheti se prepararon para lanzar sus ataques más mortíferos, mientras Marín sujetaba con fuerza a Esmeralda que en vano trataba de alcanzar los brazos de Ikki. Los caballeros de plata elevaron su cosmos y arremetieron, pero sus técnicas rebotaron contra ellos haciéndolos caer. Marín observó en detalle lo sucedido. ¿Acaso era ese… un Muro de Cristal?
