CAPÍTULO 7. El Caballero Dorado

Marín retrocedió instintivamente. Esa técnica no podía ser otra que el Muro de Cristal del Caballero Dorado de Aries. En efecto, sintió el cosmos dorado que provenía de un lugar no muy lejano, y al levantar la vista observó al muviano que se aproximaba a paso rápido.

- ¿Qué significa esto, Mu? ¿Acaso te estás revelando contra el santuario? –Preguntó la santo de plata con una expresión de horror en sus ojos, paralizada hasta la médula.

- No tiene caso que se los explique ahora. Es mejor que se retiren, o tendrán que luchar por sus vidas. –Replicó el pelilila con serenidad.

- ¡¿Estás de broma?! –Gritó el caballero del Can Mayor.- ¿Cómo te atreves a cuestionar las órdenes del Patriarca?

Sirius estaba a punto de elevar su cosmos cuando el ariano arremetió contra él con su Red de Cristal que lo inmovilizó.

- No quiero hacerles daño. Es mejor que regresen por donde vinieron. El Santuario ya no es lo que era, y tiempos oscuros se avecinan. Pronto se darán cuenta de que la maldad ha invadido el santo recinto de Athena, pero hasta entonces, tendrán que conformarse con haber salvado sus vidas el día de hoy.

Los ojos de Mu destellaban una fiereza que pocas veces se reflejaba en sus facciones. Marín se convenció entonces de que el caballero dorado iría hasta las últimas consecuencias. Empujó a su rehén que dio de bruces contra el suelo y ordenó la retirada. Los otros dos le siguieron, no sin antes lanzarle una mirada llena de odio al guardián del primer templo.

Ikki se apresuró para ayudar a Esmeralda, que se había golpeado seriamente el rostro y la pierna derecha, aunque por lo demás parecía que estaría bien. Shiryu despertó lentamente de su letargo, y Shun respiró profundamente al ver que estaba bien. Tatsumi sin embargo no corrió con la misma suerte. El muviano se acercó a su cuerpo solo para percatarse de que el hombre se hallaba en un estado crítico.

- ¿Dónde está el viejo maestro? – Preguntó Mu exigiendo una respuesta inmediata.

- Lo perdimos dentro de la mansión cuando corríamos hacía el refugio. –Contestó Esmeralda entre sollozos.- Creo que quedó bajo los escombros de las explosiones.

Shiryu se incorporó de inmediato al escuchar aquello y corrió hacia el vestíbulo destruido de la mansión. En vano Shun le gritó que se detuviese. Pasaron varios minutos antes de que el Dragón regresara ayudando a su maestro que se apoyaba en su brazo para caminar.

- Mu… viniste… -Comentó el anciano, con evidentes lesiones en brazos y piernas, aunque con suficiente robustez como para sostenerse.

- Es un gusto verlo de nuevo, maestro. –Los labios de Mu intentaron esbozar una sonrisa.- Por favor, ayúdeme a salvar la vida de este hombre. Está demasiado mal herido.

El maestro Dohko se acercó al cuerpo tendido de Tatsumi y comenzó a elevar su cosmos para detener la hemorragia. Tuvo éxito, pero la cantidad de sangre que había perdido era demasiada. No recobraría la conciencia ese mismo día.

- Debemos llevarlo a un hospital, y pronto. –Acertó a decir el anciano. Mu asintió y levantó el pesado cuerpo.- No te preocupes por nosotros. Nos pondremos a Salvo. –Concluyó el maestro.

Puerto de Tokio, Japón

Shaina estaba llegando al borde de su paciencia cuando por fin divisó a los caballeros de plata que los alcanzaban para subir al bote que los llevaría de vuelta al continente. Estar en esa maldita isla no le hacía nada de gracia. Detestaba viajar en barco y haber pasado casi una hora sentada a la orilla del muelle era más de lo que su nivel de tolerancia podía soportar. Su actitud cambió completamente al ver el rostro de los caballeros de plata que volvían horrorizados.

- Es Mu de Aries… -Comenzó Algheti.- Se ha unido a los rebeldes.

Shaina se puso de pie casi de inmediato. El relato de los otros la dejó igualmente atónita. No podía creer que un caballero de oro se uniese a los traidores del Santuario. Largó una mirada a Saori, que ya había dejado de resistirse y se sobaba las muñecas, hasta hace unos minutos fuertemente atadas. La chica había optado por la rendición, por el bien de sus amigos.

- Bueno, eso ya no importa. Tenemos la armadura y a la chica. ¡Vámonos! –Ordenó la santo de Ofiuco sin más y se cubrió con un manto antes de abordar el barco. Los demás la imitaron.

Seiya llevaba firmemente sujeta a Saori por el brazo, como si aún desconfiara de ella y creyera que en cualquier momento haría un intento por escapar. A pesar de sentir que no estaba haciendo lo correcto, su razón le imperaba a mantener las órdenes. El bote era pequeño, pues había sido contratado exclusivamente para esta misión. Pronto todos estuvieron a bordo y la señorita Kido fue encerrada en uno de los compartimentos, dejándola completamente sola.

Luego de una breve cena, los caballeros se fueron cada quién a sus camarotes, sin embargo la líder de la misión se quedó en la cubierta de la popa, mirando las estrellas y sintiendo que cada vez este asunto se hacía más complejo. Necesitaba tomar aire. Se despojó de su máscara suavemente y respiró lo más profundo que pudo. La sal del mar podía sentirse en el aroma.

- Shaina… ¿Estás bien?

Era la voz del Pegaso a sus espaldas. La joven dudó por un segundo, pero decidió quedarse con la máscara en la mano, dándole la espalda. Aún recordaba su mirada penetrante la noche en la que había logrado verla sin máscara.

- Estoy bien. Pronto estaremos de vuelta.

Seiya se acercó también a la proa, manteniéndose a algunos metros de distancia con ella. La oscuridad de la noche velaba el rostro de su mentora, y él fijó sus ojos en las luces de Tokio que se alejaban más y más. Shaina sabía lo que el chico estaba pensando.

- Dentro de poco podrás volver a buscar a tu hermana. Te doy mi palabra.

Seiya agachó la cabeza y cerró los ojos mientras sujetaba los barrotes que cercaban la cubierta. Sentía una terrible frustración, pero temía la reprimenda que pudiera hacerle su maestra. La peliverde no pudo evitar sentir cierta culpabilidad. Se acercó sutilmente y puso su mano sobre el hombro de su alumno que aún mantenía la cabeza inclinada.

- Ánimo Seiya… me has mostrado muchas veces que eres muy fuerte y persistente. No dudo que pronto encontrarás a Seika, donde quiera que esté.

- Shaina… -El joven sentía que su corazón se desbocaba.- ¿Me dejarías… ver tu rostro… solo por esta vez?

Shaina sintió una punzada en el pecho. Había oído esa pregunta varias veces de labios de su aprendiz, aunque esta vez se escuchaba diferente. Estaba contra las reglas, pero luego del encuentro nocturno en su casa sentía la necesidad de confirmar sus sentimientos.

- Puedes… -Murmuró sutilmente. El caballero de bronce abrió sus ojos de golpe, completamente impactado por la inesperada respuesta. Levantó la cabeza lentamente y fijó la mirada en aquel rostro velado por la oscuridad de la noche. El brillo de sus ojos verdes refulgía como las estrellas más brillantes. Tragó un poco, armándose de valor. Esta, tal vez, sería la única oportunidad que tendría de decirle apropiadamente todo lo que sentía.

- Shaina… -Susurró dubitativo, haciendo que la chica se sonrojara.- Hace algún tiempo que tengo algo que decirte…varios años en realidad… aunque no estaba seguro de hacerlo. Pero si no lo hago, siento que voy a estallar. Yo… creo que estoy enamorado de ti.

El rostro del Pegaso daba fe de que ni siquiera él podía creer lo que estaba diciendo. Las mejillas de ambos se encendieron en rubor. Shaina se quedó estupefacta, sin saber qué responder. Si antes había sentido dudas respecto a sus sentimientos para con el muchacho, ahora esto lo complicaba todo.

- No tienes que decir nada. –Se apresuró a decir él, desviando su mirada hacia el horizonte.- Solo quería que lo supieras. Sé que debe parecerte una tontería, y que tú solo me ves como un niño… Es posible que aún lo sea. Pero quiero que sepas que lo que siento por ti no es un juego.

- No eres un niño… -Susurró ella, casi imperceptiblemente, aunque aquellas palabras fueron captadas de inmediato por el caballero, quién volteó a mirarla con las mejillas tan rojas como le permitía su piel morena.

Seiya sintió que el corazón le daba un vuelco. ¿Acaso podría tener alguna oportunidad? Tantos años admirando en secreto a aquella mujer, tanto recordar sus ojos desde que los vio hacía ya casi un mes, que le confirmaban que ella no solo era una mujer increíble, sino también atractiva. Tuvo el impulso de lanzarse sobre ella y darle un beso, pero eso habría sido demasiado atrevido, y posiblemente se habría llevado un buen golpe, de esos que sabía dar la dura maestra. Sin embargo, no pudo evitar sonreír ligeramente de solo pensar en la posibilidad de probar sus labios. La mentora reparó en su sonrisa y descubrió de nuevo esa calidez que irradiaba el Pegaso. No era especialmente listo, o fuerte, pero tenía una pasión difícil de superar, y una nobleza que no se borraba, a pesar de seguir órdenes tan crueles como las que ella le imponía.

- Seiya… lamento haberte hecho golpear a una persona indefensa. Hoy no debiste haber hecho eso… debí encargarme yo. –Su voz sonaba melancólica.

- Ese no era trabajo para una dama. Además, estamos siguiendo las órdenes del Patriarca. El Santuario es lo único que tenemos… aparte del uno al otro…

El muchacho miró de reojo esperando la reacción de su mentora. Ella no dijo nada, pero creyó ver que ella sonreía de lado. Tras unos minutos de silencio, mientras ambos contemplaban las estrellas, la ojiverde volvió a ponerse su máscara y le deseó buenas noches al castaño, quien contestó animadamente y la siguió minutos después hacia los camarotes.

Se disponía a recostarse en una de las habitaciones destinadas para los caballeros, pero se detuvo en seco al escuchar los sollozos en el cuarto del medio. Una parte de él se encendió brevemente, rogándole que fuese a averiguar qué sucedía con la capturada, pero su mente divagaba en si debía hacerlo o no. Como es común en los caballeros de Pegaso, terminó por vencerlo el sentimiento en el pecho y se acercó lentamente a la puerta, observando por la ventanilla circular. La joven estaba arrodillada en el suelo, llorando con la cara y los brazos apoyados en la diminuta litera que se le había asignado. La llave en su bolsillo le tentaba a abrir y como era de esperarse, finalmente cedió al deseo. La puerta crujió un poco al abrirse, y la muchacha se volteó para ver al caballero de pie en la puerta. Contuvo la respiración, esperando un grito iracundo o algo por el estilo, pero en su lugar, el muchacho cerró la puerta tras sí.

Saori tembló. Quizá quedarse a solas con este joven era peor castigo que estar encerrada sola en aquel frío lugar. Ahora estaba a merced del caballero que la había arrastrado hasta este lugar y podía hacerle todo el daño que quisiera; no había nadie que la defendiera esta vez.

- Por favor, no me hagas nada. –Suplicó con voz ahogada mientras se limpiaba las copiosas lágrimas que se deslizaban por sus mejillas.

Seiya solo la miró en silencio por unos instantes. Luego suspiró, y le tendió la mano. La chica lo miró desconfiada y no fue capaz de aceptar el ofrecimiento.

- Solo vine a ver que estuvieras bien… Tal parece que así es. Si no quieres compañía, entonces me voy… -Refunfuñó el castaño indignado, saliendo del cuarto y cerrando la puerta tras sí. Sonó el click que indicaba que el seguro había sido puesto y luego todo se quedó en silencio.