CAPÍTULO 9. Preludio de un enfrentamiento.

El tazón de comida cayó bruscamente frente a Saori, causando que parte de su contenido se derramara en tierra. Era un plato para nada fino, más podrían haberse comparado a sobras que a otra cosa, pero con hambre, cualquier cosa comestible era una bendición. June tan solo miraba cómo la chica intentaba comer lo que más podía.

- Más te vale sobrevivir hasta llegar a Grecia, de otro modo el Patriarca va a estar muy molesto. Aunque entiendo que haya pedido verte con vida, yo también desearía escuchar una explicación convincente sobre cómo obtuviste una armadura dorada.

Saori la miró en silencio. Sabía que por más que dijera la verdad, su guardiana no le creería ni un poco. Decidió evadir el tema y canalizar la conversación en otra dirección.

- ¿Cómo puedes estar tan segura de que el Patriarca es tan confiable cómo crees?

- Es un noble caballero que lleva al servicio de Athena más de 200 años. Ningún humano común y corriente podría sobrevivir tanto tiempo sin la bendición de los dioses.

- ¿Cómo sabes que cuenta con la bendición de los dioses, si ni siquiera has visto a Athena?

June dejó salir una carcajada, causando que a Saori se le fuera el corazón al piso.

- ¿Quieres decir que has visto a Athena?

- Es una joven muy dulce y gentil. –Sentenció June, dejando a Saori completamente helada.

No solo iba a tener que probar su propia identidad, sino que ahora tenía que convencer a todos que la joven que residía en el Santuario era una impostora. Su corazón se compungió en desesperanza y no pudo comer más por esa noche. Tan sólo podía esperar a que sus caballeros conocedores de la verdad vinieran a buscarla.

Noroccidente de China, aquella misma noche

Shiryu decidió tomar la primera guardia de la noche. Llevaban una semana buscando el rastro de los caballeros de Plata y la señorita Saori, pero las escasas pistas aún no les permitían ubicar a quienes seguían. Mu hablaba cómodamente con el viejo maestro sobre cosas que solo ellos dos parecían entender. Shun se acercó a su hermano, que miraba las estrellas recostado en una roca.

- ¿No es sorprendente? El maestro nos ha seguido el paso sin mostrar señales de debilidad hasta ahora.

Obtuvo un leve gruñido como respuesta. A Ikki, el viejo Dohko nunca le había dado buena espina, y tenía la impresión de que siempre les estaba ocultando cosas. Shun continúo con sus comentarios.

- Por lo que Mu me ha dicho, el maestro Dohko es el actual portador de la armadura de Libra, aunque me pregunto cómo puede ser eso. No parece estar en condiciones de dar una pelea… Por otro lado, podría ser que esté preparando a Shiryu para que sea su sucesor…

- Eso no importa ahora, Shun. Llevamos una semana y aún no sabemos el paradero de Athena. Hay que encontrarla lo antes posible. Si la llevan al Santuario no tendremos oportunidad. Somos cuatro contra al menos nueve.

- Somos cinco –corrigió Shun.- No te olvides del maestro Dohko.

- No me olvido de él, Shun. Simplemente acepto que ese viejo no tiene fuerzas para pelear con nadie. ¿De dónde sacas que podría enfrentarse a un caballero dorado joven?

Shun permaneció en silencio. Sabía que la lógica de su hermano apuntaba a algo completamente obvio, pero en su corazón creía que el anciano no era tan débil como parecía. Suspiró y decidió ir a dormir para reposar del ajetreo del viaje. Aún se preguntaba si June lo había reconocido luego de estos años separados, aunque tenía la impresión de que ella ni siquiera se había percatado de su presencia aquella tarde del ataque. Musitó su nombre en el silencio de la noche y levantó el brazo izquierdo con la palma extendida, mientras contemplaba la pequeña pulsera añejada en su muñeca. ¿Aún June conservaría la de ella? ¿Recordaría la promesa que hicieron juntos en aquel viaje inesperado que los había reunido en Creta hacía ya dos años atrás? Largó un suspiro y no pudo más que resignarse y cerrar los ojos, esperando conciliar el sueño lo antes posible.

Turquía, 12 días después

- Unas horas más y avistaremos las colinas de Grecia. -Festejó Marín.

Haciendo arreglos con varios transportes habían logrado cortar gran parte del camino, de forma que todos habían descansado bastante, y parecía que Saori se encontraba más repuesta. Para ser una simple jovencita, acostumbrada a los lujos de la vida millonaria, habría sobrellevado estoicamente aquel tortuoso viaje. Durante todos esos días no habían sentido rastro alguno de cosmos, lo que les hacía sentir confiados, pues todo indicaba que el Guardián de la Primera casa había desistido de buscarlos. Tan solo les restaban unas 20 horas en carro para avistar Atenas, y un par de millas más hacia las montañas, para encontrarse con la entrada del Santuario. Los caballeros de plata se sentían más que victoriosos. La jornada pasó ligera y al amanecer del día siguiente, la joven de cabellos lilas fue finalmente arrastrada hacia la montaña donde se erigían majestuosos los doce templos. Al llegar a los terrenos del Santuario, esperaron atentos las órdenes de la líder de la misión.

- Sirius, Presto, encárguense de llevar la armadura de Sagitario a su templo correspondiente. Seiya y yo llevaremos a la impostora ante el Patriarca. Los demás pueden retirarse.

Los santos no necesitaron escuchar más. De inmediato se dispersaron cada quién hacia sus aposentos. Sirius y su alumno, Presto, se apresuraron a cumplir la orden. La algarabía en el Santuario por la noticia de que la armadura de Sagitario hubiese regresado trece años después de su desaparición no se hizo esperar.

Shaina se dirigió hacia su casa. Estaba claro que no se permitiría presentarse en ese estado delante de su superior, y mucho menos a su almuno. Mientras la maestra se apresuraba en alistarse, Seiya había encerrado a Saori en su propia habitación, y se había sentado en un banco frente a la puerta, atento a cualquier ruido que escuchara al interior. La muchacha temblaba de miedo, todo parecía estar en su contra.

Finalmente la santo de plata se sintió satisfecha con su aspecto y relevó al joven, que no tardó más de diez minutos en anunciar que estaba igualmente listo. Por supuesto, esto se debía a que ni siquiera se molestaba en peinar su rebelde cabellera. En otro tiempo, Shaina lo habría reprendido severamente por su falta de educación, pero el ardor en los labios, producto del recuerdo del beso junto al arroyo, le habían hecho suavizar los modales para con su alumno. Le indicó con una mano que ya era hora de subir.

El Pegaso ató las muñecas de la diosa, evitando a toda costa mirarla directamente a los ojos. Aún le provocaba aquella intensa sensación de culpabilidad cuando su iris aguamarina se posaba sobre él. Ella lo siguió en silencio, como resignada a su suerte, lo que inquietó al caballero que la había visto sollozar prácticamente todos los días desde que la capturaran. El camino escalinatas arriba fue un suplicio: una joven diosa, atada frente a quienes debían defenderla, siendo expuesta ante todos como una vil suplantadora y recogiendo las miradas resentidas tanto de caballeros, como de sirvientes. Recibió las miradas más punzantes en las casas de Leo, Acuario y Piscis. Pronto se dio la orden de que esperaran en el gran salón del Templo del Patriarca.

El hombre de larga cabellera azul marino se presentó ante ellos, irguiéndose con una energía que pocas veces manifestaba. Incluso Shaina sintió una leve aura perturbadora, hasta ahora desapercibida para sus agudos sentidos. La santo de Ofiuco se postró con una de sus rodillas en tierra. Su alumno la prosiguió, halando con brusquedad a la chica que llevaba con él, que cayó de rodillas contra el suelo de mármol, casi yéndose de bruces.

- Gran Patriarca, nos presentamos ante usted luego de la misión a Japón. Venimos a rendir cuentas de lo que se nos ha encomendado. –Dijo la Santo de Plata con voz solemne.

La voz del Pontífice resonó en las paredes del recinto.

- Habla, Ofiuco. –Su voz sonaba bastante exaltada.

- Gran Señor, hemos devuelto al Santuario la sagrada armadura de Sagitario. En el camino hemos podido comprobar que en efecto era la desaparecida armadura dorada. También hemos traído con nosotros a la impostora, Saori Kido, quien osó llamarse a sí misma Athena. También hemos comprobado que ciertamente es muy rica, heredera de una gran fortuna, y suponemos que de esa forma adquirió la sagrada armadura que estaba en su poder.

- ¿Y de los rebeldes? ¿Cuál fue su fin? –Exigió el Patriarca.

Shaina vaciló unos segundos, antes de revelar la verdad.

- Tuvimos que emprender la retirada, debido a un imprevisto. –Un gruñido de parte del mandatario exigió una respuesta más puntual.- Un caballero del más alto rango se les unió a los traidores… el Guardián de Aries.

El Patriarca se levantó de su sitio y bajó las escaleras que separaban su estrado del nivel en el que los caballeros se encontraban postrados. Rodeó a la guardiana de Ofiuco y se acercó temerariamente hasta la joven pelilila. Su figura era imponente, causaba genuino terror en la mente de la chica que temblaba como hierba sacudida al viento.

- ¡Déjenme a solas con ella! –Ordenó el Sumo Pontífice.

Los guardias abandonaron el recinto en seguida. Seiya miró a Shaina con una expresión de inquietud, pero ella le hizo señas de que se retiraran del lugar. Las puertas se cerraron tras de ellos, y luego de eso no se pudo escuchar nada de lo que sucedía en el interior. Ambos se dirigieron a los alrededores del templo.

La peliverde caminaba impaciente por el jardín, haciendo que a su alumno se le crisparan los pelos. Sin poder soportar más la actitud de su maestra, la sujetó de los brazos y la acorraló contra las paredes exteriores del lugar.

- ¡Shaina, ya basta! Pareciera como si fueses a explotar de un momento a otro.

- Seiya, tú también te diste cuenta. El cosmos del Patriarca no parecía el mismo de siempre. Podría decir que hasta… tenía un aura asesina.

- Seguramente es por la indignación. –Repuso el Pegaso, tratando de tranquilizar a la joven, aun cuando él mismo había experimentado la misma inquietud.- Piensa que él tiene el deber de proteger la integridad y voluntad de una diosa… también yo estaría iracundo.

La musculatura de la mentora se deshizo ante las palabras del joven. De un momento a otro su tensión pareció desaparecer y respiró profundamente.

- Tienes razón… Lo mejor que podemos hacer es esperar.

Las firmes manos del joven se deslizaron por el cuello de la muchacha, enredándose en sus cabellos esmeralda y su cuerpo se apegó al de ella atraído por un magnetismo invisible. Aun cuando estaba exaltada le parecía encantadora.

- No hemos podido estar a solas desde la noche del arroyo… -Soltó el castaño, haciendo que la temperatura su mentora se elevara de inmediato.

- Este no es buen momento, Seiya. –Sentenció ella con voz firme, guardando la compostura.

- De acuerdo. –Cedió el muchacho dejándola libre.

Sin duda alguna, ella era todo un reto.