CAPÍTULO 10. El Caballero de Géminis.
Para desgracia de la señorita Kido, el ambiente dentro del Templo era totalmente el opuesto al que se vivía en el jardín exterior. El Patriarca se agachó frente a ella y le tomó el mentón con fiereza, haciéndole levantar el rostro.
- ¿Quién te crees que eres para hacerte pasar por nuestra Señora?
El miedo paralizaba a la muchacha. Sus labios temblaron, pero ningún sonido salió de ellos.
- ¡Habla! O haré que te arranquen la cabeza delante de todo el Santuario.
- Y-yo… yo soy la niña que intentaron asesinar hace trece años…
El Patriarca se quitó su casco, impaciente. Sus oídos no daban crédito a lo que escuchaba. ¿En verdad la infante a la que había querido arrebatarle la vida había sobrevivido? Maldijo a Aioros para sus adentros, totalmente poseído por la maldad de su personalidad dioscura. Sus ojos brillaban desquiciados, mostrando su entenebrecido rostro, de facciones apuestas, aunque deformadas por las innumerables noches en vela.
- No puede ser. ¡Yo mismo envié a matar a esa bebé y al hombre que la arrebató de mi poder! Él fue herido de muerte… Es imposible que sobrevivieran.
Sus ojos penetrantes miraron a través de las pupilas de la diosa, que temblaba de terror. Sin embargo, de forma inesperada, el cosmos que yacía dormido dentro de ella le provocó al caballero una sensación de culpabilidad que lo hizo retroceder.
- ¡Eres una maldita bruja! ¡No podrás salirte con la tuya! ¡Este Santuario es mío, y con él bajo mi mando seré el nuevo dios de este mundo!
Su ira desbocada lo poseyó, y en un acto desquiciado, lanzó una bofetada al rostro de la muchacha, rompiéndole el labio y haciéndola sangrar. Aquel acto no pasó impune. El hombre se fue hacia atrás, cayendo sobre su costado, repelido por el cosmos divino.
- ¡Guardias! –Llamó poniéndose su casco de inmediato.- ¡Llevad a esta bruja al calabozo del Santuario! Permanecerá allí hasta que decida qué hacer con ella.
Atenas, una hora después
Shun descorrió las cortinas del hotel en el que se estaban alojando desde su llegada a Atenas dos días antes. Habían perdido el rastro de los caballeros de plata y habían decidido adelantarse, resignados a la idea de que no podrían rescatar a la señorita Kido antes de llegar al Santuario. Mu había asignado a su aprendiz la misión de espiar en los terrenos sagrados por si veía algún movimiento extraño que indicara la llegada de la joven diosa. En efecto, una perturbación en la habitación hizo que se volvieran a cerrar las cortinas bruscamente. El pequeño Kiki se había teletransportado y por su cara, no parecía traer buenas noticias.
- ¡Maestro Mu! Han traído a la señorita. –Clamó con angustia.
Mu lo tomó por los hombros y lo obligó a sentarse.
- Detalles Kiki, necesitamos todos los detalles.
El joven muviano se explayó dando explicaciones sobre cómo se había formado algarabía entre todos los sirvientes del Santuario por la repentina vuelta de la Armadura de Sagitario, que parecía intacta tras todos sus años de ausencia. El chiquillo se había escabullido lo más que había podido, viendo con sus propios ojos como el caballero de Can Mayor y su alumno cargaban la pesada caja hacia la octava casa. Más tarde esa misma mañana había visto como la multitud de sirvientes se acumulaban al pie de las escalinatas que ascendían hacia la cima de la montaña, murmurando sobre una falsa Athena llevada ante el Patriarca. El muchacho había esperado impaciente hasta que vio bajar a la guardiana de Ofiuco y a su aprendiz, quienes comentaban que debían mantenerse atentos a los movimientos del Patriarca, pues había mandado encerrar a la detenida hasta nueva orden.
- Y así es como supe que ellos eran quienes la habían traído hasta el Santuario. También escuché que lo llamaban traidor, señor Mu, y por último… percibí que entre ellos dos había una fluctuación de cosmo muy intensa, pero no sé qué signifique aquello.
Mu omitió ese último dato, ya que le parecía totalmente irrelevante. Se puso de pie con aire solemne y se tomó el mentón con los dedos en señal de estar procesando la valiosa información obtenida por Kiki. A estas alturas todos los caballeros dorados, por no decir que el Santuario entero, estarían enterados de su "traición", lo que haría aún más difícil su misión.
- Kiki, necesito que busques a Aldebarán. Él es nuestra única esperanza en este momento. Dile que solicito verlo después de la media noche en la entrada oeste del Santuario.
- Pero señor Mu, él también debe pensar que usted es un traidor.
- No Kiki, lo más probable es que esté extrañado por los comentarios que ha escuchado sobre mí, pero si no me reporto con él terminará por creerlos.
El pequeño aprendiz asintió y volvió a desaparecer teletrasportandose hacia el Santuario. Los caballeros de bronce se quedaron mirando al caballero de Aries.
- Y bien, ¿cuál es el plan? –Soltó Ikki.
- Por ahora, entrevistarnos con Aldebarán y convencerlo de que esté de nuestro lado. El maestro Dohko y yo nos encargaremos de eso.
- ¿Y luego? –Preguntó Shiryu.
- Traer refuerzos. –Dijo el anciano.
- ¿Refuerzos? –Cuestionó Shun.
- El maestro Dohko y yo sospechamos que el caballero de Géminis sigue con vida en algún lugar de las costas de Atenas.
- Sospechas… Eso no significa nada. –Rebatió Ikki.- En este momento necesitamos hechos concretos, de otro modo yo me largo de aquí.
- ¡Pero hermano! ¡Debemos rescatar a la Señorita Athena!
- Una diosa que no puede defenderse a sí misma no es digna de mis servicios.
- Aún su cosmos no ha despertado por completo. –Intervino el Dragón.
- Somos tres caballeros de bronce y uno de oro contra todo el Santuario. No soy tan idiota como para lanzarme a un suicidio colectivo.
- Dos dorados. Y si las sospechas de ambos son ciertas, pronto serán tres. –Corrigió su hermano.
- ¿Y dónde se halla el caballero de Géminis exactamente? ¿En el coño de la madre de Athena?–Preguntó Ikki completamente iracundo. ¿Acaso los demás no eran conscientes de lo arriesgado de su misión?
Mu no podía tolerar más aquella insubordinación y tomó del cuello al peliazul que le lanzó una mirada de despreció.
- ¿Qué piensas hacerme? ¿Cerrarme la boca a trompadas?
- Ganas no me sobran… -Respondió Mu con ojos centelleantes.- Agradece que el maestro Dohko está aquí, y por respeto a él no haré nada imprudente.
- Basta, muchachos. –Interrumpió el viejito, poniéndose entre ambos.- Ikki tiene razón en parte. Somos pocos contra el Santuario… pero si logramos encontrar al caballero de Géminis, puede que aumenten nuestras posibilidades. Si mis habilidades no se han perdido, tengo la impresión de que ese caballero puede estar en una antigua prisión ubicada en el Cabo Sunión.
- ¿En las ruinas del templo de Poseidón? –Preguntó Shiryu algo sorprendido.
- Así es, si mi séptimo sentido no me falla… -El anciano quedó inmóvil con la mirada perdida, y luego murmuró entre dientes.- La historia ha cambiado…
- En ese caso, iremos los tres a reconvenirlo. –Sugirió Shun.
- Estoy de acuerdo en eso, pero debo advertirles que es muy poderoso y es posible que no les crea de inmediato. Tengan cuidado. –Previno el maestro.- Mu y yo intentaremos hablar con Aldebarán para buscar aliados dentro del Santuario.
- Sea cual sea el resultado, nos encontraremos en el bosquecillo al oeste del Santuario mañana, al atardecer. –Sentenció Mu con voz autoritaria.
Los caballeros de bronce asintieron, aunque Ikki no de tan buena gana, pero ya estaba metido en este lío y no le quedaba de otra que continuar.
Entrada oeste del Santuario, 1 am
Mu y el maestro Dohko habían acudido al lugar, con la esperanza que el caballero de Tauro apareciese en cualquier momento. Kiki les había relatado que el segundo guardián se había sorprendido notablemente por la citación, pero había aceptado acudir. El pequeño aprendiz le había hecho prometer que no diría nada a nadie y que arribaría sólo, a la hora convenida, a lo que el brasileño había dado su palabra.
La luna llena se levantaba y fulguraba con intensidad, alumbrando el campo lo suficiente como para verse mutuamente los rostros. A poco escucharon el sonido de hojas pisoteadas por un ser de gran tamaño; era sin duda el Toro Dorado. Aldebarán se posó con los brazos cruzados, y esperó. Segundos después, Mu se atrevió a salir de su escondrijo.
- Aldebarán… -Susurró.
- Amigo mío. –Contestó el otro, liberando sus brazos en señal de confianza.- ¿En qué lío te has metido ahora?
Mu río aliviado por la reacción de su compañero de armas y confidente.
- Sabía que aún podía confiar en ti. –Dijo, desconcertando al guardián del segundo templo.
- ¿Qué quieres decir con que aún puedes confiar en mí? ¿Acaso creíste que me comería ese cuento de que habías traicionado el Santuario? –Vaciló en sus siguientes palabras.- Si bien es cierto que recibimos órdenes explicitas de capturarte si llegábamos a verte, quiero creer que no es más que un malentendido con el Patriarca. Además has buscado mi ayuda, lo que me lleva a suponer que deseas restablecerte en el Santuario.
Mu desvió la mirada. ¿Cómo podía decirle que sus intenciones eran totalmente opuestas?
- No Aldebarán… es todo lo contrario. He venido a pedirte que te unas a nosotros para luchar contra el Santuario.
La mandíbula de Aldebarán se desencajó, borrando de inmediato la sonrisa que traía. El viejo Dohko no se hizo esperar más y salió de entre los arbustos, haciendo que el toro quedara aún más confundido. Necesitaba una explicación urgentemente, y que fuera realmente buena.
- Mu, ¿me puedes explicar de qué va todo esto?
