CAPÍTULO 11. Sed de Venganza

Aldebarán escuchó en silencio la historia que Mu le intentaba contar, apoyado en algunas secciones por el viejo maestro de Libra. Sus ojos pasaban del uno al otro intermitentemente, mientras ponía una expresión de incertidumbre. Cuando supuso que habían terminado de narrar su historia, se quedó pensativo unos momentos y finalmente se arrojó a hablar.

- ¿Están completamente seguros que lo que dicen es cierto? Quiero decir… que la Athena que ustedes defienden es la verdadera. Hace un par de años el Patriarca presentó oficialmente a una bellísima señorita, proclamándola como Athena, y fue muy acogida entre todos nosotros. Que ustedes digan que la verdadera Athena estaba escondida en Japón es totalmente ridículo para cualquiera en el Santuario.

Mu se quedó pensativo, y luego volvió su mirada al anciano.

- ¿Qué opina de esto, maestro?

- Sin duda alguna la Señorita Saori es la verdadera Athena. Tengo muy grandes razones para creerlo, aunque revelarlas a ustedes no sería del todo prudente. Pero noto que alrededor de esta situación, la historia no es como se supone que debiera ser.

- De nuevo menciona eso de que la historia ha cambiado. –Interrumpió Mu.- ¿Quiere decir que usted sabía de los acontecimientos que iban a suceder en esta época?

El viejito asintió, dejando a los dos caballeros perplejos.

- Solo que la historia que yo conocía ha tomado un rumbo distinto. No me he atrevido a anunciar nada hasta el momento oportuno, ya que mis conocimientos sobre esta época parecen ser inútiles ahora.

Aldebarán se rascó la nuca. Estaba en un dilema existencial muy grande. Había visto con sus mismísimos ojos a una Athena benevolente y hermosa, pero ahora su mejor amigo y compañero venía con un viejo sabio que refutaba todo lo que él creía. Respiró profundamente y miró a Mu, como ofreciéndole una última oportunidad.

- ¿Cómo puedes saber que tu Athena es la correcta, y no la del Santuario? ¿Acaso has sentido su cosmos? ¿Has visto su divinidad?

- Te devolveré la pregunta, Aldebarán. Aparte de la palabra del Patriarca, ¿tienes otra prueba de la divinidad de tu Athena?

El toro no supo que contestar. No tenía ninguna prueba fehaciente que corroborara su versión.

- Yo nunca he visto a la Señorita Saori elevar su cosmos, pero confío en el criterio del maestro Dohko, que fue desde siempre el mejor amigo de mi maestro Shion, y de quien puedo asegurar plenamente, no es quien está gobernando ahora el Santuario.

Aldebarán torció la boca en una mueca de desagrado. No quería aceptarlo, pero Mu tenía razón. Nadie como el mejor amigo del Patriarca podría darse cuenta de semejante usurpación por parte de un agente extraño.

- De acuerdo Mu, cuentan con mi ayuda. Haré lo que esté en mis manos para ayudarlos a entrar; solo envía a Kiki a mi templo cuando estén listos para el asalto.

La firme resolución del segundo guardián fue más que suficiente para el ariano, quién lo abrazó efusivamente, aunque de forma muy respetuosa. Aldebarán dio un par de palmadas en la espalda de su amigo, haciéndole entender que estaría con él en esta causa y lo acompañaría hasta las últimas consecuencias.

Cabo Sunion, al amanecer

Los caballeros de bronce habían durado casi toda la noche buscando los escombros del antiguo templo de Poseidón, sin éxito alguno. Decidieron tomar un descanso antes de proseguir su búsqueda al amanecer. A eso de las 8:30 am el Fénix estaba comenzando a impacientarse de nuevo.

- Eso es ridículo, Shun. Llevamos casi doce horas buscando alguna emisión de cosmos, y no he sentido absolutamente nad…

Ikki no pudo terminar su frase, porque en ese momento los tres sintieron una onda de cosmos bastante evidente. El hermano mayor cerró la boca, siendo consciente de que el karma acababa de darle una bofetada.

- Viene de ese lugar. –Señaló Shiryu, indicando una gran gruta entre las rocas que daban hacia el océano.

- Vamos. –Contestó Shun con entusiasmo, y los tres se dirigieron al lugar.

Frente a ellos se alzaba una especie de reja, en medio de la cual se ondeaba un pequeño trozo de papel casi a punto de desprenderse con una inscripción, que si bien estaba en griego, era bastante entendible para cualquier caballero: "Ἀθάνα". Shun lo tomó con suavidad, y al separarlo de la reja se escuchó una especie de gruñido proveniente de la gruta que les erizó los vellos a los tres.

- Es un sello sagrado de Athena…

- Solo hay una persona que podría tener acceso a uno de estos sellos. –Dijo Shiryu con bastante seriedad.- El Gran Patriarca.

- Muchachos, no tengo nada en contra de las cuevas en el mar, pero ese sonido no me gustó nada. –Mencionó Ikki, bajando la voz.

Pronto se escucharon pasos chapoteantes provenientes del interior y los tres retrocedieron instintivamente. Una figura espectral se asomó de entre las sombras. Su cabello era de un azul rey profundo, aunque estaba en un pésimo estado. Su piel demacrada daba señas de laceraciones y el vello facial amenazaba con ocultar la expresión de su boca. Sus ojos tenían una apariencia demente, y el rechinar de sus dientes era completamente intimidante.

- ¿Quiénes son y a qué han venido? ¿Acaso mi hermano los envío para torturarme?

Shiryu y Shun se miraron entre sí, pero fue el fénix el que respondió.

- No sabemos quién demonios es tu hermano, solo hemos venido a buscar a un caballero de Athena, pero tal parece que aquí solo se encuentran mendigos.

El hombre gruñó como una bestia, y corrió hacia la reja, extendiendo la mano para alcanzar el cuello del peliazul, que retrocedió un par de paso, quedando fuera del alcance del extraño individuo.

- ¿Crees que podrás dañar al gran Fénix de una forma tan patética? –Casqueó Ikki, esperando una respuesta agresiva y desesperada. En lugar de eso el hombre se quedó mirando la reja en silencio.

Ikki estaba a punto de decir otro comentario hiriente, pero este último comenzó a carcajearse de forma desquiciada, mientras repetía a todo pulmón "¡Lo han quitado, lo han quitado!". Al caballero de bronce no le hizo nada de gracia todo aquello.

- ¿De qué demonios te ríes, maldito loco?

- Quitaron el sello… -Dijo el espeluznante personaje con una mueca que daba la impresión de ser una sonrisa maligna.- Mi hermano es un imbécil… Enviar a unos niños de bronce a torturarme, que ingenuamente han quitado el sello que me mantenía aquí…

El extraño volvió a reír y esta vez la sonrisa maquiavélica apareció claramente en su rostro, mientras el aura a su alrededor se encendía: era su cosmos. Los de bronce le imitaron, aunque era claro que había una diferencia muy grande entre el preso y ellos tres. El destello de cosmos del recién aparecido hizo que la reja se resquebrajara en pedazos y abriera una grieta lo suficientemente grande como para dejarlo salir.

- Ha llegado la hora de mi venganza… -Murmuró el reo.

Shun y Shiryu fruncieron el ceño. Esto no era para nada lo que habían estado esperando. Parecía que habían cometido el peor error de sus vidas, y ahora no tenían otra opción que derrotar al demente que acababan de dejar libre.

- No irás a ningún lado. –Espetó Shiryu, tratando de mostrar valentía.

- Primero tendrás que enfrentarte a nosotros. –Acompañó Shun, aunque con voz menos convincente.- ¡Cadena de Andrómeda!

La cadena del peliverde salió disparada contra el sujeto, quien esquivó el ataque y pareció abrir una brecha en el vacío que se tragó buena parte de la cadena de Shun. A pesar de estar sin armadura, parecía que este sujeto les daría una terrible pelea.

- ¡Dragón Naciente! –Atacó Shiryu, pero en seguida el dragón cósmico fue desviado con una sola mano, dejándolo totalmente abatido.

El personaje lanzó un puño que los arrojó al suelo tan solo con la onda de choque. Ambos cayeron golpeándose contra las rocas.

- ¡Maldito infeliz! –Gritó Ikki.- ¡Puño diabólico del Fénix!

El hombre se quedó estático por un par de segundos, que para el caballero de bronce supieron a gloria, pero aquella satisfacción se borró de inmediato al escuchar la risa creciente del atacado.

- No me detendré con bichos como ustedes. –Rugió el hombre, que levantó sus manos apuntando a los tres y sin pensárselo dos veces lanzó su ataque mortífero.- ¡Explosión de Galaxias!

Los tres caballeros volaron por los aires, cayendo cientos de metros más allá, en uno de los riscos vecinos. Todo Cabo Sunión bullía de conmoción; las rocas temblaban, el mar rugía, y el hasta el viento parecía querer huir ante aquel cosmos que se elevaba por encima del séptimo sentido, el cosmos de un caballero dorado.

Aposentos del Patriarca, Santuario

El peliazul se encontraba nuevamente en una de sus sesiones de meditación que le permitían mantener medianamente a raya su naturaleza impulsiva y malvada. Desde que aquella niña se había presentado ante él, sus demonios internos amenazaban con rebelarse ante los demás. Ya no existían periodos de lucidez, tan solo una permanente lucha interna en la que la mayor parte del tiempo su parte consciente era derrotada sin mucho esfuerzo. A veces su interior buscaba disipar las tinieblas que cubrían su mente, pero solo eran intentos infructuosos. Lo único en lo que podía pensar es que para tener paz, tenía que eliminar a aquella jovencita.

Sus pensamientos fueron interrumpidos por una onda de cosmos, casi imperceptible para la mayoría de los caballeros en el santuario, pero no para él. Se incorporó y se acercó al balcón que daba hacia la costa. Sin duda alguna era el cosmos de su hermano. Empuñó la mano y su rostro hizo una expresión de odio desconmensurado.

- Has despertado… Saga.