CAPÍTULO 12. Intrusos en el Santuario.

El caballero del Fénix se arrastró como pudo hasta alcanzar el cuerpo inconsciente de su hermano. Shiryu tosió unos cuantos metros más allá. Pese a que habían recibido un solo ataque, había sido más que suficiente para derribarlos. De no haber sido por sus armaduras, posiblemente habrían terminado muertos. Aquel inmenso cosmos los había tomado completamente desprevenidos; habían venido a buscar un aliado y solo habían conseguido una paliza.

- ¡Shun! –Llamó Ikki con temor en su voz. Si algo le había pasado a su hermano no se lo perdonaría jamás.

-I-Ikki… -Balbuceó el menor, despertando de su letargo. Ikki respiró aliviado.

- ¿Están los dos bien? –Preguntó el Dragón, que al parecer se había repuesto sin ayuda.

- Pues, dentro de lo que cabe… -Contestó la voz bondadosa del peliverde.- Al menos seguimos vivos.

- Maldición. ¿Quién demonios era ese tipo? –Inquirió Ikki rencorosamente.

- Pues… por ese ataque creo que era "la esperanza de un aliado". –Dijo Shiryu sin mucho ánimo en la voz.

- Con o sin él, debemos regresar al punto acordado. –Razonó Andrómeda.- Si Mu y el maestro Dohko sintieron esta gran emisión de cosmos, deben estar preocupados por nosotros.

Los tres se incorporaron, notando que sus armaduras se habían agrietado en algunas partes. Shun hizo una cara de descontento, aunque estaba realmente agradecido que no hubiesen sido sus frágiles cuerpos mortales los que recibieran semejante ataque. Durante el camino intentaron localizar de nuevo el cosmos de su atacante, pero fue en vano, parecía como si se hubiese esfumado. Shiryu meditaba en la forma en que tendrían que enfrentarse al Santuario, mientras Ikki se lamentaba de haber venido a este lugar. Hubiese deseado quedarse con su amada Esmeralda, en lugar de estar recibiendo patadas en el trasero de parte de un ex-caballero dorado enclaustrado en una prisión. Propuso la teoría de que en realidad acababan de liberar a un antiguo enemigo del Santuario, encerrado por el maestro de Mu. Shun razonaba que el individuo era demasiado joven como para haber sido encerrado durante el periodo de gobierno de Shion. Shiryu opinaba lo mismo, aunque le parecía que el hombre fácilmente habría podido pasar una década completa en aquella gruta húmeda y fría. Al final, todos concluyeron que tanto tiempo encerrado y aislado de la sociedad había terminado por empujarlo a la demencia, y expresaron su lástima por el "hermano" que recibiría la terrible ira del recién liberado.

Se detuvieron por un momento en Atenas y compraron algunos implementos de curación para atender sus heridas, que aunque no eran gran cosa, les habían dejado el cuerpo adolorido. Ya se acercaba el atardecer cuando por fin llegaron al lugar del encuentro. Kiki anunció su llegada con entusiasmo.

- ¡Están aquí, maestro Mu! ¡Están aquí!

El pequeño muviano daba saltitos de alegría, a los que Shun y Shiryu no pudieron evitar sonreír. Por su parte, a Ikki no le hizo demasiada gracia.

- ¿Están todos bien? –Se adelantó el maestro Dohko a preguntar.

- Lo estamos. –Respondió el Dragón.- Aunque desafortunadamente, aquel que considerábamos que sería nuestro refuerzo ha resultado ser un loco maniático. En cuanto lo liberamos nos lanzó un mortífero ataque, aunque gracias a nuestras armaduras logramos evitar daños mayores.

El viejo maestro dirigió su mirada hacia el ocaso. Se hallaba confuso por esta serie de acontecimientos. Según esperaba él, Saga de Géminis sería quién traicionaría al Santuario, pero luego de sentir su cosmos en Cabo Sunión había llegado a la conclusión de que en este nuevo futuro, su identidad podía ser buena. ¿Sería posible que aun en esta nueva línea temporal siguiese siendo malvado? Y si así era, ¿quién era el individuo que se sentaba en el trono del Patriarca?

- Dijo algo de vengarse de su hermano, pero ignoramos a qué se refería. –Mencionó Andrómeda al ver la expresión de desconcierto del viejo maestro.

Esta última frase fue la revelación que el anciano había estado esperando.

- ¡Kanon de Géminis! –Exclamó sorprendido.- ¡El traidor es Kanon de Géminis!

Mu lo miró estupefacto. Ahora era el ariano quien mostraba cara de total confusión.

- Pero maestro, Kanon fue desterrado del Santuario hace muchos años, cuando Saga ganó la armadura dorada.

- Precisamente, Mu, ¿qué otra persona llena de rencor podría haber traicionado a su hermano, a Athena y al Santuario?

Mu reflexionó. Las palabras del guardián de libra tenían mucho sentido, y ahora que lo pensaba, esa era la respuesta a la pregunta que tanto había trillado en su mente: ¿Quién tendría el poder suficiente para vencer a su maestro Shion, a Saga y a Aioros? El mito de los dioscuros se elevaba alumbrando todas las dudas que hubiese podido tener.

- "En la antigüedad Leda, esposa de Tíndaro de Lacedemonia fue seducida por Zeus, justo al amanecer de la noche que ambos esposos habían yacido. Se gestaron en su interior dos hijos gemelos, Castor y Poleiduces, unidos por lazo materno, pero no paterno. Uno destinado a la vida mortal y el otro a la vida inmortal. Nacieron y crecieron juntos, hasta que la rivalidad los separó y le arrebató la vida a Castor, el gemelo mortal. Zeus salvó la vida de su simiente, Poleiduces, pero el lazo que había formado con su hermano era tan estrecho que al final compartieron su destino: Pasar la mitad de la eternidad en el inframundo, y la otra mitad en los cielos."

El guardián de Aries calló y todos guardaron silencio. El amor de hermanos, la traición y la muerte de uno de los dos. ¿Era acaso el destino que les esperaba a los implicados en esta historia?

- Maestro Mu, ¿y a quién representa el señor Kanon? ¿A Castor o a Poleiduces? –Preguntó Kiki con inocencia.

- Es lo que quisiera saber. –Contestó el pelilia.- Espero que sea a Castor.

Todos los presentes no podían estar más de acuerdo. Si debían enfrentarse a uno de los dos gemelos anunciados por el mito, ojalá que fuese al gemelo mortal.

- Bueno, basta de chácharas. –Dijo el Fénix impaciente. Nunca había sido muy creyente en eso del destino.- ¿Pudieron hablar con el toro? ¿Qué dijo?

- Tardó un poco en creernos, pero nos dio información muy valiosa. –Explicó Mu.

Según el informe de Aldebarán, la guardia del Santuario se hallaba ahora reducida. Las tres entradas principales estaban vigiladas día y noche por guardias de bajo rango; la mayoría aprendices o aspirantes a caballeros. Actualmente solo estaban en el lugar seis caballeros de bronce, a saber: Hyoga de Cisne, Seiya de Pegaso, June de Camaleón, Presto de Can Menor, Elvana de Lince y Saiph de Orión. Los caballeros de Plata, resultaban ser cinco: Shaina de Ofiuco, Marín de Águila, Sirius de Can Mayor, Algheti de Heracles y Shiva de Pavo Real. Los caballeros dorados eran ya del conocimiento de todos.

- Aldebarán dijo que si tenemos suerte y la guardia del Santuario nos subestima, inicialmente solo enviarán a nuestro encuentro los caballeros de bronce. Si los pasamos a ellos, seguramente tendremos que enfrentarnos a los caballeros de plata, y finalmente a los dorados. Tendremos que soportar lo suficiente y buscar convencer a los que más podamos para que estén de nuestro lado.

Shun estaba muy sorprendido de escuchar la estrategia. Ahora realmente parecía posible invadir en Santuario tan solo ellos cinco. Ikki también levantó las cejas en señal de estarse convenciendo poco a poco del plan. Su ego era lo suficientemente grande como para creerse capaz de enfrentar a dos caballeros de bronce y salir victorioso, y también de estar a la altura de los caballeros de plata.

- ¿Cuándo actuaremos? –Preguntó Shiryu, impaciente.

- Mañana al atardecer. –Contestó Dohko con voz firme.

22 horas después, Alrededores del Santuario

Los guardias daban su ronda vespertina, comandados por los dos caballeros de bronce que habían sido asignados a la custodia nocturna: Hyoga de Cisne y Elvana de Lince. Ambos eran considerados jóvenes fríos e indiferentes, y para algunos, hasta presumidos. Por supuesto que no era realmente así, más bien su carácter sereno daba la impresión de ser algo apático, pero en el fondo ambos eran cálidos -a su manera-. Pero entre los dos, sin duda alguna, era Hyoga quién más sobresalía. Ser el discípulo de un caballero de oro era un gran prestigio entre todos los aspirantes a caballeros, y algunos cuchicheaban que era posible que tuviese un cosmos muy comparable al de cualquier santo de plata. Por su parte, Elvana, si bien no era tan popular, era discípula del retirado caballero de Lince. Básicamente, él la había criado como a una hija y la había instruido para heredarle la armadura.

A eso de las cuatro de la tarde ambos se habían reunido para repartirse las zonas de guardia. Hoyga se decidió por el sur y Elvana por el norte. A pesar de conocerse hace relativamente poco, habían llegado a entenderse bastante, y el solitario Hyoga de Siberia parecía haber quedado medianamente olvidado. Ambos se despidieron con aparente formalismo y decidieron encontrarse en la puerta este a la media noche, para hacer un receso. A pesar de la sugerencia de Hyoga de llevar puesta su armadura, ninguno estaba preparado para lo que sucedería.

2 horas después, entrada sur del Santuario

El Fénix y Andrómeda se prepararon para sitiar el Santuario por la puerta sur. Se había decidido que ellos dos fueran por esta entrada, ya que era la principal vía de acceso a los terrenos sagrados. Mu se aproximó por la zona oeste, que colindaba con los bosques atenienses, mientras que Shiryu y su maestro Dohko se aproximaron por la zona norte, la más montañosa y de acceso relativamente complejo.

Ikki se encontraba ansioso por entrar, mientras que Shun se mostraba algo dudoso. Si bien era un gran guerrero, hacer una emboscada nocturna le parecía algo bajo. Comprendía que el factor sorpresa era importante, pero no era del todo justo. Su hermano mayor lo miró con ojos de reprimenda, recordándole que era su deber rescatar a la diosa Athena antes de que cayera en manos del Patriarca, a lo cual el peliverde no pudo sino asentir resignado. Lograron ver a tres guardias.

"Ahora", susurró Ikki adelantándose, mientras que Shun le siguió unos cuantos pasos atrás. El peliazul era un experto combatiente, y tras un par de movimientos en silencio logró noquear a dos de los soldados. Shun empleó su cadena para enredar los pies del tercero y hacerlo caer. El fénix y finalizó el trabajo golpeándolo en el cuello y dejándolo inconsciente, para luego susurrarle a su hermano un "Bien hecho" que logró sacarle una sonrisa a su hermano. Por ahora no habían lastimado seriamente a nadie, y esperaba que lograran hacer algo similar con el resto de la guardia. Corrieron rápidamente hacia unas rocas que blindaban la entrada.

"¡Hermano!" musitó el menor lo más bajo que pudo, señalándole a un individuo que ambos ya conocían de antemano: El Cisne. El mayor sonrío descaradamente. "Es mío", dijo ya en voz normal y rodeo la roca tras la que se escondían. Shun se limitó a observar.

Ikki esperó al momento propicio, y cuando sintió que el rubio estaba lo suficientemente cerca salió de su escondrijo y le lanzó un golpe. Los reflejos de Hyoga no se hicieron esperar y atrapó el puño del Fénix justo antes de que alcanzara su cara.

- Miren a quién tenemos aquí… Al pato alborotador. - Dijo Ikki sin inmutarse por la defensa del caballero. Sabía que encender la ira de su contrincante siempre le daba la ventaja.

Había experimentado innumerables veces el odio de la provocación, siempre con resultados nefastos. Pero en sus largos años de entrenamiento en la Isla de la Reina Muerte, había llegado a controlar sus propios impulsos y se había vuelto un experto en aprovechar esa debilidad humana a su favor. Hyoga no respondió, pero su mirada reflejaba indignación.

- Ya sabía que las perturbaciones de mi cosmos debían tener una razón. No puedo creer que osen venir hasta este santo lugar para extender su rebeldía. Si creen que lo permitiré, están muy equivocados.

- ¿Y qué harás al respecto? –Le provocó el japonés.

- Un pobre caballero de bronce entrenado por caballeros de plata no tiene nada que hacer frente al discípulo de un santo de oro. –Contestó Hyoga en tono sarcástico.

Ikki rio con descaro. No se esperaba una respuesta de ese calibre de parte del ruso. Algo le decía que iba a disfrutar mucho de romperle hasta el último hueso.

- ¡Shun, adelántate! ¡Te alcanzaré dentro de poco!

El menor salió dubitativo de detrás de las rocas. No estaba muy seguro de dejar a su hermano a solas en un combate.

- ¡Que sigas ya, Shun! –Gritó el fénix enérgicamente.

Hyoga lo miró con recelo, pero permitió que pasara. Confiaba en que su compañera lo detendría más adelante. Ikki sonrió complacido. En verdad este era un rival digno de su poder.

- Muéstrame de qué estás hecho, cubito. –Dijo, mientras encendía su cosmos ardiente.

El Cisne lo imitó enfriando todo el ambiente a su alrededor.

- Tú así lo has querido.