CAPÍTULO 14. La Orden de Bronce II
- Hyoga… Hyoga.
- ¡Mamá!
Un niño de cabellos rubios y ojos azules corre al encuentro de su madre. La preciosa mujer lo levanta en brazos y le sonríe de forma cálida.
- ¡Mamá, te he extrañado tanto!
- Y yo a ti, mi pequeño.
Ambos se funden en un abrazo. Y entonces, la mujer se comienza a derretir en una masa negra y deforme que amenaza con tragarse al niño. El pequeño intenta escapar pero es imposible. Llora intensamente, pidiendo auxilio.
- ¡Maestro, sálveme!
Aparece la imagen de un hombre de cabellos aguamarina, ondeantes ante el helado viento ártico. Se cruza de brazos. Lo mira impasible.
- ¡Maestro! ¡Maestro!
La masa lo arrastra aguas abajo, y a través del hielo puede ver como los pasos del hombre se alejan y lo dejan hundirse en el frío océano. Cada vez hay menos luz. Finalmente deja de patalear y es tragado por las profundidades.
Hyoga sujetaba su cabeza con fuerza mientras se contorsionaba en el suelo. Parpadeó una y otra vez hasta que finalmente su visión se aclaró. Frente a él, estaba el Fénix con la armadura parcialmente congelada, y en su rostro, una expresión tan siniestra que hizo temblar al ruso.
- ¡Alas del Fénix! -Escuchó mientras el fuego lo rodeaba y le quemaba las zonas expuestas de la piel. Tan solo pudo cubrirse el rostro y luego todo se quedó en silencio.
Coliseo del Santuario
June deslizó su mano hacia la muñeca izquierda del joven que la sostenía en brazos. Estaba adolorida por el golpe, pero lo que más le debilitaba era mirar a los ojos al peliverde. Encontró lo que buscaba.
- Aún la conservas… -Susurró con los ojos bañados en lágrimas.
Shun sonrió aliviado al ver que ella estaba bien.
- Siempre…
Ella también le mostró la suya, dándole a entender que también conservaba aquel recuerdo.
- Yo tampoco quiero luchar contigo, Shun.
- Lo sé. –Respondió el peliverde, deslizando los dedos en el cabello de la guerrera.
Permanecieron un buen rato en silencio, abrazados. En la mente de ambos estaba fresco el recuerdo de la brisa marina de Creta, isla en la que sus maestros se habían reunido en una ocasión para celebrar que sus alumnos habían recibido su armadura de bronce. Daidalos de Cefeo y Marín de Aguila siempre se habían guardado mucho respeto. Ambos habían sido entrenados en la Isla de Andrómeda hacía varios años atrás, pero cuando ella fue ascendida como Santo de Plata fue enviada al refugio de las Amazonas en el Santuario. Daidalos, por su parte, permaneció en la isla y se convirtió en el custodio de la misma, donde finalmente recibió a Shun como alumno.
Durante aquel viaje, tanto June como Shun habían disfrutado de la frescura del Mediterráneo y Shun había tenido la oportunidad de avistar, desde muy lejos, las colinas atenienses sobre las que se erigía majestuoso el Santuario de la Diosa. Ambos jovencitos habían estrechado lazos de amistad, similares a los de sus maestros, pero también, en ambos había nacido un sentimiento mucho más fuerte –lo que algunos llamarían, amor-. Tal fue aquella atracción mutua, que una noche June le había permitido al caballero ver su rostro sin la máscara. Él, deslumbrado por su belleza, prometió que guardaría aquel secreto en lo más íntimo de su ser. Tejieron ambos un par de pulseras de cuero, adornadas con dijes plateados, como símbolo de sus sentimientos, y prometieron no olvidarse jamás el uno al otro.
- Shun… quiero creerte.
El joven sonrió pacíficamente y le ayudó a la chica a ponerse de pie. Tomó su mano y la estrechó con fuerza.
- Confía en mí, June. Jamás te mentiría.
Le acarició el mentón levemente y tanteó para sacarle la máscara una vez más. Ella cedió sin problemas, y por fin pudieron mirarse a los ojos mutuamente. La chica no soportó más la agonía y se lanzó a los labios ajenos. Shun correspondió con entusiasmo y avidez, como quien ha durado años sin probar el dulce néctar de los dioses.
- Te amo Shun. –Susurró la amazona tras unos minutos de intensa interacción.
- Y yo a ti, June. –Respondió el caballero con expresión de felicidad.
Entrada Norte
Presto y Saiph se levantaron adoloridos. El rudo ataque que habían recibido por parte del caballero dorado les había causado serias punzadas de dolor. Ninguno de los dos advirtió que aquel despliegue de poder era mínimo de parte del caballero de Aries, que tan solo buscaba ahuyentarlos.
- ¡Es el traidor! –Gritó Presto.
Ambos se afirmaron sobre sus pies, dispuestos a luchar. Para ese momento, Shiryu ya se había recompuesto. Elvana trató de ponerse en pie, aunque sus heridas eran severas.
- ¡Idiotas, no pueden enfrentarse con él! –Les gritó a sus compañeros.
- ¡Elvana, huye! –Gritó Saiph con premura.- ¡Avísale a los caballeros de plata que estamos bajo ataque!
La chica corrió con todas sus fuerzas, tratando de ignorar el dolor que le recorría hasta el último hueso. No tenía otra opción que alcanzar la casa de Ofiuco para que la Santo se hiciera cargo de algo que ya se había salido de control. Entre tanto, Presto y Saiph arremetieron contra el santo dorado, que impuso su Muro de Cristal.
- Háganse a un lado. Ustedes no saben en lo que se están involucrando. –Advirtió el muviano, con su rostro tan sereno como de costumbre.
- Te enfrentaremos aunque eso nos conduzca a la muerte. –Contestó Presto rugiendo y mostrando los dientes.
Mu hizo una mueca de descontento. No le apetecía emplear todo su poder contra un par de caballeros de bronce, pero si les daba lugar para que elevaran sus cosmos, todo sería mucho más complicado. Extendió su mano hacia ellos y sin dudarlo ni un poco ejecutó su técnica personal.
- Extinción de luz estelar.
Su enérgica voz precedió el fuertísimo ataque que dio de lleno contra los caballeros y les hizo caer muchos metros más allá, dejando sus armaduras virtualmente destruidas.
- En marcha. –Dijo Mu, en tono tranquilo.
Shiryu y Dohko se apresuraron a seguirlo. El Dragón tenía una expresión de horror. Era la segunda vez que atestiguaba el ataque de un caballero dorado, y en ambas oportunidades se había dado cuenta que el cosmos de un caballero de bronce no les llegaba ni a los tobillos.
- ¿Acaso los mató? –Preguntó con voz temblorosa.
- Solo los noqueó y destruyó sus armaduras. –Contestó el viejo maestro.- Si hubiese querido asesinarlos hubiese usado la técnica suprema de Aries.
Shiryu meditó en lo que acababa de escuchar. Le parecía increíble que el muviano pudiese tener un ataque más poderoso que el que acababa de presenciar. ¿Acaso todos los caballeros dorados que les esperaban en las doce casas tendrían un nivel de poder semejante?
Casa de Ofiuco
Elvana llegó apresurada a la casa de Ofiuco, pero no tuvo que tocar a la puerta para recibir atención. La amazona y su aprendiz habían percibido el ir y venir de ondas cósmicas provenientes de todo el Santuario, y se habían puesto cada uno su respectiva armadura.
- Elvana, ¿qué demonios está sucediendo? –Preguntó la santo de plata con voz intimidante.
- Son los rebeldes… Entraron en el terreno del Santuario y están atacando a los caballeros que les han hecho frente. Aries los acompaña, y temo que Presto y Saiph hayan sido alcanzados por su ataque. También siento que el cosmos de Hyoga se debilita.
Seiya le dirigió una mirada intensa a su maestra, que solo ellos dos pudieron entender. Shaina asintió y Seiya salió corriendo en la dirección de la que provenía la santo del Lince.
- Elvana, ve a buscar a Hyoga. Siento que aún está consciente, pero muy débil. Yo iré por los demás Santos de Plata. No podemos permitir que lleguen a la casa de Aries.
Elvana reunió las pocas fuerzas que le quedaban y corrió a toda velocidad hacia el Sur. Su corazón latía fuertemente, pensando en el destino que hubiese podido sufrir su compañero. Huyó por entre los arbustos, cuidando de no toparse con el caballero que había logrado dejar noqueado a Hyoga, temiendo ser ella misma derrotada. Tras varios minutos que parecieron una eternidad, logró ver al rubio que luchaba por ponerse en pie.
- ¡Hyoga! ¿Estás bien?
El ruso asintió mientras se apoyaba en el hombro de la muchacha. En seguida notó que la armadura del Lince estaba agrietada.
- ¿Quién te atacó? –Preguntó evidentemente molesto.
- Un individuo con la armadura del Dragón. –Respondió la amazona a secas.
Hyoga sintió que la ira se apoderaba de su corazón nuevamente. Era el mismo caballero que había interrumpido en su alboroto del Torneo Galáctico, y no le gustaba para nada saber que se había atrevido a tocar siquiera un cabello de su compañera de armas.
- Y a ti… ¿quién te hizo esto? -Preguntó ella preocupada.
- Ikki de Fénix. –Respondió él de forma escueta.- Debemos cuidarnos de él. Tiene un ataque muy bajo… Le gusta jugar con tu mente.
La guerrera lo comprendió de inmediato. Su maestro siempre le había advertido que un ataque de fuerza bruta no se comparaba en absoluto con las técnicas que invadían la mente. Aún el caballero más fuerte sucumbe ante los sentimientos.
- Debemos volver con los caballeros de plata. –Fue lo único que atinó a decir.
