Capitulo 3
Viaje y Reencuentros
Bella P.O.V
Subí lo más rápido que pude a mi habitación, saque un pequeño bolso y comencé a guardas las cosas necesarias para el viaje, dinero, documentos, un cambio de ropa, y mis cosas de aseo. No había notado que Alice había entrado a la habitación hasta que hablo.
-¿Que haces?- me pregunto notablemente confundida.
- ¿Tu qué crees? ¡Me voy a Italia a buscar al imbécil de tu hermano, antes de que haga otra estupidez! – como había dicho, antes había sido muy paciente con Edward y sus ideas de no ser bueno. Pero esto era pasarse de la raya. ¡Iba a traer a Edward de regreso sano y salvo, así sea a rastras!
-¡No puedes hacer eso, es muy peligroso!- Alice estaba de pie en la puerta de la habitación, estaba claro que no me iba a dejar salir tan fácilmente; pero yo tampoco me iba a dar por vencida ¡Iba a ir a Italia si, o si!
-¡Claro que puedo! Mira Alice voy a viajar a Italia con o sin tu ayuda, y voy a traer a tu hermano de regreso sano y salvo, para poderlo despedazar yo misma por idiota ¡Esta claro!-Alice solo se limito a mover la cabeza en señal de confirmación, antes de que yo continuara.- Así que si no piensas ayudarme, te agradecería que me dejaras pasar. Tengo que llamar al aeropuerto.
-¡Bella, espera!
-¿Ahora qué Alice?-en este momento no tenía mucho tiempo para los discursos de Alice
-Tranquila no voy a tratar de detenerte, ya vi que va a ser imposible; pero no te voy a dejar ir sola los Vulturi pueden ser muy peligrosos. – Alice seguía con la mirada fija en algún lugar de la pared, así que decidí hablarle para captar su atención
- ¡Y entonces! ¿Qué propones?
-Voy a ir contigo a italia, no te voy a dejar sola, y si hay algún problema lo podre ver con anticipación.-Lo que decía Alice tenía sentido necesitábamos adelantarnos a los planes de Edward, pero por otro lado no podía permitir que se arriesgara de esa forma.
-No, Alice no creo que…
-No me va a pasar nada, y me puedo cuidar sola. – La expresión en el rostro de Alice era de decisión, cuando la duende decidía algo no había poder humano que la haga cambiar de opinión, así que no me quedaba más remedio que aceptar.
-Ok, pero apúrate – ni bien lo dije salió corriendo de la habitación.
En menos de dos minutos tuve frente a mí a una Alice arreglada y con un pequeño bolso de viaje listo en la mano.
Después de llamar a la aerolínea y reservar los pasajes, nos dirigimos a la sala, donde se encontraban todos los Cullen reunidos para informarles de nuestros planes.
-¡Chicas! ¿Qué paso? ¿Para qué son las maletas? – el primero en hablar fue Carlisle, que tenía una expresión de confusión en el rostro. Iba a empezar a explicarle cuando me vi interrumpida por una Ummpa Lumpa rosada y metiche (Alice).
- Nos vamos a Italia a tratar de detener a Edward y traerlo de regreso en una sola pieza. –Ese comentario desencadeno una serie de reacciones en la familia. Emmet se veía emocionado, Jasper y Esme preocupados, Rosalie incrédula y por ultimo Carlisle pensativo.
-¡Que!-dijeron siete voces al mismo tiempo. ! Wow! Creo que si lo hubieran ensayado no les salía tan sincronizado.
-¡Están locas!- Esa fue Rosalie.
-¡No pueden hacer eso!- Esme
-¡Es muy peligroso!- Jasper
-¡Podrían lastimarlas!-Carlisle
-¡Voy con ustedes! –Emmet
-Ok, tranquilos eso fue raro, ¿seguro que no lo ensayaron?, ¡Bueno, no importa! el asunto es que si vamos a ir a Italia; no, no estamos locas (Por lo menos yo no, no respondo por Alice); claro que sabemos que es peligroso y que podrían lastimarnos, pero Alice nos va a ayudar, si ve algún problema lo podremos evitar; y no Emmet, no puedes venir, no vamos a buscar una confrontación, queremos que las cosas se solucionen por las buenas.
Después de pasar más de media hora tratando de tranquilizar a la familia y prometerles que nos cuidaríamos y no haríamos nada arriesgado, partimos rumbo al aeropuerto de Seattle junto con el resto de los Cullen que insistió en acompañarnos.
Ya en el aeropuerto no pude evitar sentir esa sensación de incomodidad que me producía el ser el centro de atención, cosa que no podías evitar si caminabas junto a seis hermosos vampiros. Al principio creí que toda la atención estaba dirigida a ellos, pero después de un momento mi suposición se vino abajo, cuando me di cuenta de que parte de esa atención iba dirigida a mí. Estaba a punto de preguntar el porqué de tanta atención cuando Alice se me adelanto.
-Te estás transformando en una de notros Bella, tus rasgos se han afinado, recuerda que somos atractivos para los humanos- Esta información me descoloco. Jamás había pensado en mi como hermosa, y para mi Rosalie y Alice eran perfectas, la sola idea de que las personas me vean igual de hermosa que ellas me resultaba simplemente increíble.
Ya en la sala de espera, la familia entera se despidió de nosotras cada uno a su manera. Jasper parecía a punto de un ataque de nervios; Rosalie me pidió que golpeara a Edward de su parte por idiota; Emmet aun seguía decepcionado por no poder pelear con los Vulturi, pero igual nos deseo suerte, no sin antes sugerir que enviáramos a Edward amarrado en una caja como encomienda para ahorrarnos su pasaje de regreso, incluso se ofreció a venir a retirarlo. Los últimos en despedirse eran Esme y Carlisle.
-Adiós chicas, cuídense por favor. – Nos despidió Carlisle con un abrazo, para darle paso a Esme que nos dio un efusivo abrazo a cada una, para luego acercarse a mí.
-Bella, gracias por ir a tratar de salvar a Edward, se que tiene mucho que explicarte y otra en tu lugar no lo haría.
-No te preocupes Esme, te prometo que haremos todo lo posible; pero lo que no te puedo prometer es traerlo ileso.
-¿Por qué lo dices?, ¿crees que ellos lo lastimaron?- me pregunto Esme con angustia en la voz.
-No, claro no lo lastimarían, estiman mucho a Carlisle como para lastimarlo, lo que quiero decir es que no dejaremos que ningún Vulturi lo lastime, pero no te puedo prometer que yo no lo hare cuando lo encuentre- al ver la cara de Esme agregué – Voy a tratar, pero no te prometo nada ok. Esme solo nos dio un suspiro de resignación, que fue silenciado por las risas de Emmet.
- Ja Ja Ja, tranquila Bells, solo tráelo en una pieza.
Después de despedirnos y pasar por el registro de pasajeros, subimos al avión para ocupar nuestros asientos. El viaje en primera clase fue indudablemente más cómodo; y aunque dormí la mayor parte del trayecto, también lo aprovechamos para ver cuáles iban a ser los planes de Edward. Hasta ahora no se decidía por nada específico según Alice, pero quería hacer algo para exponerse y forzar a los Vulturi a matarlo.
Al llegar a Italia, Alice "Tomo prestado" " un hermoso Porsche reluciente de color amarillo, con la palabra Turbo garabateada en letra cursiva, para poder dirigirnos a Volterra.
-¡Jesús! —me quejé—, ¿no podías haber robado otro coche menos llamativo, Alice?
El interior era todo de cuero negro y las ventanas tenían cristales tintados. Dentro me sentía segura, como si fuera de noche.
Alice ya se había puesto a zigzaguear a toda pastilla por el denso tráfico del aeropuerto y se deslizaba por los minúsculos espacios que había entre los vehículos de tal modo que me encogí y busqué a tientas el cinturón de mi asiento.
-La pregunta importante —me corrigió— es si podía haber robado un coche más rápido, y creo que no. Tuve suerte.
-Va a ser un verdadero consuelo en el próximo control de carretera, seguro.
Gorjeó una carcajada y dijo:
—Confía en mí, Bella. Si alguien establece un control de carretera, lo hará después de que pasemos nosotras.
En el trayecto por fin pudo ver con claridad los planes de Edward; al parecer iba a exponerse a la luz al medio día en la plaza. ¡Genial! Ahora al Señor no solo le daba por andar de suicida, sino que también se las daba de exhibicionista. No era suficiente con los complejos nudistas de Jacob, ahora también el padre de mi hijo le daba por andar medio desnudo en un lugar lleno de gente. Cuando mi hijo me pregunte, porque había ido a Italia, tendría que decirle que a su padre le había dado por ser exhibicionista y suicida, y mami lo fue a recoger para evitar que lo maten.
- ¿Alice crees que tu hermano se golpeo la cabeza contra algún árbol al correr o algo por el estilo, para decidir hacer esto?
- Claro que no Bella, es solo que te ama mucho y no podría resistir el vivir sin ti. – las palabras de Alice me pusieron a pensar en muchas cosas, durante el resto del viaje me la pase metida en mis pensamientos.
Probablemente debería haber contemplado por el cristal de la ventana primero la ciudad de Florencia y luego el paisaje de la Toscana, que pasaban ante mis ojos desdibujados por la velocidad. Éste era mi primer viaje a cualquier sitio, y quizá también el último. Pero la conducción de Alice me llenó de pánico a pesar de que sabía que era una persona fiable al volante. Además, la ansiedad me atormentó en cuanto empecé a divisar las colinas y los pueblos amurallados tan semejantes a castillos desde la distancia.
—¿Ves alguna cosa más?
—Hay algún evento —murmuró Alice—, un festival o algo por el estilo. Las calles están llenas de gente y banderas rojas. ¿Qué día es hoy?
No estaba del todo segura.
—¿No estamos a día diecinueve?
—Menuda ironía, es el día de San Marcos.
—¿Y eso qué significa?
Se rió entre dientes.
—La ciudad celebra un festejo todos los años. Según afirma la leyenda, un misionero cristiano, el padre Marcos —de hecho, es el Marco de los Vulturis— expulsó a todos los vampiros de Volterra hace mil quinientos años. La historia asegura que sufrió martirio en Rumania, hasta donde había viajado para seguir combatiendo el flagelo del vampirismo. Por supuesto, todo es una tontería... Nunca salió de la ciudad, pero de ahí es de donde proceden algunas supersticiones tales como las cruces y los dientes de ajo. El padre Marcos las empleó con éxito, y deben funcionar, porque los vampiros no han vuelto a perturbar a Volterra —esbozó una sonrisa sardónica—. Se ha convertido en la fiesta de la ciudad y un acto de reconocimiento al cuerpo de policía. Al fin y al cabo, Volterra es una ciudad sorprendentemente segura y la policía se anota el tanto.
Comprendí a qué se refería al emplear la palabra «ironía».
—No les va a hacer mucha gracia que Edward la arme el día de San Marcos, ¿verdad?-¡Genial! Solo a Edward se le ocurría molestar a los Vulturi, cuando su ciudad estaba de fiesta.
Alice sacudió la cabeza con expresión desalentadora.
-No. Actuarán muy deprisa.
Desvié la vista mientras intentaba evitar que mis dientes perforaran la piel de mi labio inferior. Empezar a sangrar en ese momento no era la mejor idea aunque, ya no oliera igual aun circulaba sangre por mi organismo. .
— ¿Sigue planeando actuar a mediodía? —comprobé.
—Sí. Ha decidido esperar, y ellos le están esperando a él.
—Dime qué he de hacer.- Teníamos que actuar con mucho cuidado si no queríamos causar una pelea.
Ella no apartó la vista de las curvas de la carretera. La aguja del velocímetro estaba a punto de tocar el extremo derecho del indicador de velocidad.
—No tienes que hacer nada. Sólo debe verte antes de caminar bajo la luz, y tiene que verte a ti antes que a mí.
— ¿Y cómo conseguiremos que salga bien?
Un pequeño coche rojo que iba delante pareció ir marcha atrás cuando Alice lo adelantó zumbando.
—Voy a acercarte lo máximo posible, luego vas a tener que correr en la dirección que te indique.
El sol continuaba encaramándose a lo alto del cielo mientras Alice le echaba una carrera. Brillaba demasiado, y me entró pánico de que, después de todo, no sintiera la necesidad de esperar a mediodía.
—Allí—informó de pronto Alice mientras señalaba una ciudad encastillada en lo alto del cerro más cercano.
Mientras la miraba, sentí la primera punzada de un miedo diferente. Desde el día anterior por la mañana —se me antojaba que había transcurrido una semana por lo menos—, cuando Alice pronunció su nombre al pie de las escaleras, sólo había sentido una clase de temor. Pero ahora, mientras contemplaba sus antiguos muros de color siena y las torres que coronaban la cima del empinado cerro, me sentí traspasada por otro tipo de pavor más egoísta y personal, ahora temía no solo por Edward, también empecé a temer por mí y mi pequeño.
Había supuesto que la ciudad sería muy bonita, pero me dejó totalmente aterrorizada.
—Volterra —anunció Alice con voz monocorde y fría.
Empezamos a subir la carretera empinada, más y más congestionada conforme avanzábamos. Al llegar más arriba, los coches estaban demasiado juntos para que Alice los esquivara zigzagueando, ni siquiera asumiendo riesgos. Cada vez íbamos más despacio y terminamos progresando a paso de tortuga detrás de un pequeño Peugeot de color tabaco.
—Alice —gemí. El reloj del salpicadero parecía ir cada vez más deprisa.
—No hay otro camino de acceso —me dijo con una nota de tensión en la voz demasiado fuerte para conseguir que me calmara.
La fila de vehículos avanzaba poco a poco, cada vez que nos movíamos sólo adelantábamos el largo de un automóvil. Un sol deslumbrante incidía de lleno sobre nosotras, y parecía hallarse ya encima de nuestras cabezas.
Uno tras otro, los coches se arrastraron hasta la ciudad. Atisbé algunos vehículos aparcados en la cuneta de la carretera al acercarnos más. Los ocupantes se bajaban para recorrer a pie el resto del camino. Al principio, pensé que se debía sólo a la impaciencia, algo fácilmente comprensible, pero cuando doblamos una curva muy pronunciada, vi que el aparcamiento —situado fuera de las murallas— estaba lleno y que un gentío cruzaba las puertas a pie. Estaba prohibido el acceso con coche.
—Alice —susurré de forma apremiante.
—Ya lo veo —contestó. Su rostro parecía cincelado en hielo.
—Bella —Alice habló rápido, con un tono de voz bajo, feroz—. No logro anticipar cuál va a ser la reacción del guardia de la puerta; vas a tener que irte sola, y corriendo, si esto no funciona. Lo único que debes hacer es preguntar por el Palazzo dei Priori y marchar a toda prisa en la dirección que te indiquen. Procura no perderte.
—Palazzo dei Priori, Palazzo dei Priori —repetí el nombre una y otra vez, intentando memorizarlo.
—Si hablan inglés, pregunta por la torre del reloj. Yo daré una vuelta por ahí e intentaré encontrar un lugar aislado más allá de la ciudad por el que saltar la muralla.- Gracias a que mi trasformación no era completa podía exponerme a la luz del sol, pero Alice no.
Asentí.
—Palazzo dei Priori.
—Edward tiene que estar bajo la torre del reloj, al norte de la plaza. Hay un callejón estrecho a la derecha y él estará allí a cubierto. Debes llamar su atención antes de que se exponga al sol.
Asentí enérgicamente.
El Porsche estaba casi al comienzo de la fila. Un hombre con uniforme de color azul marino regulaba el flujo del tráfico y se encargaba de desviar los coches lejos del aparcamiento lleno. Estos daban una vuelta en forma de «u» y volvían en dirección contraria para estacionar a un lado de la carretera. Entonces, llegó el turno de Alice.
El hombre uniformado se movía perezosamente, sin prestar mucha atención. Alice aceleró para eludirlo y se dirigió hacia la puerta. Nos gritó algo, pero se mantuvo en su puesto, moviendo los brazos frenéticamente para impedir que el siguiente coche siguiera nuestro mal ejemplo.
El hombre de la puerta llevaba un uniforme parecido. Conforme nos aproximábamos, nos sobrepasaba la riada de turistas que atestaba las aceras, mirando con curiosidad el rutilante y agresivo deportivo.
El guardia dio un paso hasta ponerse en mitad de la calle. Alice hizo girar el coche cuidadosamente antes de detenerse del todo a fin de que el sol incidiera sobre mi ventanilla y ella quedase a la sombra. Se inclinó velozmente detrás de su asiento y tomó algo del interior de su bolso.
El guardia rodeó el coche con expresión irritada y, enfadado, dio unos golpecitos a su ventanilla.
Ella la bajó hasta la mitad y él reaccionó con torpeza al ver el rostro que había detrás del cristal tintado.
—Lo siento, señorita, pero hoy sólo pueden acceder a la ciudad autobuses turísticos —dijo en inglés con un fuerte acento y ahora también en tono de disculpa, como si deseara poder ofrecer mejores noticias a aquella mujer de sorprendente belleza.
—Es un viaje privado —repuso Alice al tiempo que hacía destellar una seductora sonrisa. Sacó la mano por la ventana, hacia la luz. Me quedé helada, hasta que vi que se había puesto un guante de color tostado que le llegaba a la altura del codo. Le tomó la mano, todavía alzada después de haber golpeado la ventanilla y la metió dentro del coche. Depositó algo en la palma y le cerró los dedos alrededor.
El guardia se quedó aturdido cuando retiró la mano y miró fijamente el grueso rollo de dinero que había allí. El billete exterior era de cien dólares.
—¿Esto es una broma? —farfulló. La sonrisa de Alice era cegadora.
—Sólo si piensa que es divertido.
Él la miró, con los ojos abiertos como platos. Yo miré nerviosamente al reloj del salpicadero. Si Edward se ceñía a su plan, sólo nos quedaban cinco minutos.
—Vamos un poquito tarde y con prisa —le insinuó, aún sonriente.
El guardia pestañeó dos veces y después se guardó el dinero en la chaqueta. Dio un paso atrás de la ventanilla y nos despidió. Nadie entre la multitud que pasaba por allí pareció darse cuenta del discreto intercambio. Alice condujo hacia la ciudad y ambas respiramos aliviadas.
La calle se había vuelto muy estrecha; estaba pavimentada con piedras del mismo desvaído color canela que los edificios que la oscurecían con su sombra. Estaba atestada de gente y el tráfico de a pie entorpecía nuestro ritmo.
—Un poco más adelante —me animó Alice.
Yo aferraba el tirador de la puerta, lista para lanzarme a la calle tan pronto como ella me lo dijera.
Alice conducía acelerando y frenando. El gentío nos amenazaba con el puño y nos espetaba epítetos desagradables que, por fortuna, yo no entendía. Giró en un pequeño desvío que no se trazó para coches, sin duda, y la gente, asustada, tuvo que refugiarse en las entradas de las puertas cuando pasamos muy cerca de las paredes. Al final, entramos en otra calle de edificios más altos que se apoyaban unos sobre otros por encima de nuestras cabezas, de modo que ningún rayo de sol alcanzaba el pavimento y las banderas rojas que se retorcían a cada lado casi se tocaban. Aquí había más gente que en ninguna otra parte. Alice frenó y yo abrí la puerta antes de que nos hubiéramos detenido del todo.
Ella me señaló un punto donde la calle se abría hacia un resplandeciente terreno abierto.
—Allí. Estamos en el extremo sur de la plaza. Atraviésala corriendo y ve a la derecha de la torre del reloj. Yo encontraré algún camino dando la vuelta...
Inspiró aire súbitamente y cuando volvió a hablar, le salió la voz en un siseo.
— ¡Están por todas partes! - Me quedé petrificada en mi asiento, pero ella me empujó fuera del coche.
—Olvídalos. Tenemos dos minutos. ¡Corre, Bella, corre! —gritó.
Alice salió del coche mientras hablaba, pero no me detuve a verla desvanecerse entre las sombras. Ni siquiera cerré la puerta al salir. Aparté de mi camino de un empujón a una mujer gruesa, agaché la cabeza y corrí con todas mis fuerzas sin prestar atención a nada, salvo a las piedras irregulares que pisaba.
La brillante luz del sol, que daba de lleno en la entrada de la plaza, me deslumbro al salir de la oscura calleja. El viento soplaba con fuerza y me alborotaba los cabellos, que se me metían en los ojos y me cegaban todavía más. Por tanto, no fue de extrañar que no viera el muro de carne hasta que me estrellé contra él.
No había ningún camino, ni siquiera un hueco entre los cuerpos fuertemente apretujados del gentío. Los empujé con furia y me debatí contra las manos que me rechazaban. Escuché exclamaciones de irritación e incluso de dolor a medida que porfiaba para abrirme paso, pero ninguna en un idioma que yo entendiera. Los rostros se transformaron en un borrón difuso de ira y sorpresa, rodeado por el omnipresente rojo. Una mujer rubia me puso mala cara y la bufanda roja que llevaba anudada al cuello me pareció una herida horrible. Un niño, encaramado a los hombros de un hombre para ver por encima de la multitud, me sonrió con los labios estirados en torno a unos colmillos de vampiro hechos de plástico.
La muchedumbre me empujaba por todas partes y acabó por arrastrarme en sentido opuesto. Me alegré de que el reloj fuera tan visible, porque de lo contrario no habría podido tomar la dirección apropiada. Sin embargo, las manecillas del reloj se unieron en lo alto de la esfera para alzarse hacia el sol despiadado y aunque luché ferozmente contra la multitud, supe que era demasiado tarde. Apenas estaba a mitad de camino. No lo iba a conseguir.
Mantuve la esperanza de que Alice hubiera conseguido salir adelante. También esperé que ella pudiera verme desde algún rincón a oscuras y que se diera cuenta de mi fracaso a tiempo de dar media vuelta y regresar junto a Jasper.
En ese momento vi delante de mí un resquicio en el gentío alrededor del cual había un espacio vacío. Empujé con dureza hasta alcanzarlo. Hasta que no me golpeé las espinillas contra los ladrillos no fui consciente de la existencia de una amplia fuente rectangular en el centro de la plaza.
Estuve a punto de llorar de alivio cuando pasé la pierna por encima del borde y corrí por el agua —que me llegaba hasta la rodilla— salpicando todo a mi paso mientras me abría camino velozmente. El viento soplaba glacial incluso bajo el sol, y la humedad hacía que el frío fuera realmente doloroso, pero la enorme fuente me permitió cruzar el centro de la plaza en pocos segundos. No me detuve al alcanzar el otro lado, sino que usé como trampolín el borde de escasa altura y me lancé de cabeza contra la multitud.
Ahora se apartaban con más rapidez a fin de evitar el agua helada que chorreaba de mis ropas empapadas al correr. Eché otra ojeada al reloj.
Una campanada grave y atronadora resonó por toda la plaza e hizo vibrar las piedras del suelo. Los niños chillaron al tiempo que se tapaban los oídos y yo comencé a pegar alaridos mientras seguía corriendo.
— ¡Edward! —grité, aun a sabiendas de que era inútil. El gentío era demasiado ruidoso y apenas me quedaba aliento debido al esfuerzo, pero no podía dejar de gritar.
Apenas podía ver. El viento me azotó el rostro y me quemó los ojos cuando dejó de haber gente que hiciera de pantalla. Cuando el reloj tocó otra vez, no sabía si lloraba por culpa del viento o si derramaba lágrimas debido a mi fracaso.
Los turistas más cercanos a la boca del callejón eran los cuatro integrantes de una familia. Las dos chicas lucían vestidos escarlatas y lazos a juego con los que se recogían hacia atrás el pelo negro. El padre, un tipo bajo, no parecía distinguir el brillo en medio de las sombras, justo encima de su hombro. Me apresuré en esa dirección mientras intentaba ver algo a pesar del escozor de las lágrimas. El reloj sonó una vez más y la niña más pequeña se apretó las manos contra las orejas.
La hija mayor, que apenas le llegaba a su madre a la cintura, se abrazó a su pierna y observó fijamente las sombras que reinaban detrás de ellos. Cuando miré, ella tocaba el codo de la madre y señalaba hacia la oscuridad. El reloj resonó, pero yo ahora estaba cerca...
... lo bastante cerca para escuchar la voz aguda de la niña. El padre me miró sorprendido cuando me precipité sobre ellos, pronunciando a voz en grito el nombre Edward una y otra vez, sin cesar.
Giré bruscamente alrededor del padre, que tomó en brazos a la niña para apartarla de mi camino, y salté hacia la sombría brecha que había detrás de ellos. Entretanto, el reloj volvió a tocar en lo alto.
— ¡Edward, no! —grité, pero mi voz se perdió en el rugido de la campanada.
Entonces le vi, y también vi que él no se había percatado de mi presencia.
Edward permanecía de pie, inmóvil como una estatua, a pocos pasos de la boca del callejón. Tenía los ojos cerrados, con las ojeras muy marcadas, de un púrpura oscuro, y los brazos relajados a ambos lados del cuerpo con las palmas vueltas hacia arriba. Su expresión estaba llena de paz, como si estuviera soñando cosas agradables. La piel marfileña de su pecho estaba al descubierto y había un pequeño revoltijo de tela blanca a sus pies. El reflejo claro del pavimento de la plaza hacía brillar tenuemente su piel.
Nunca había visto nada más bello, incluso mientras corría, jadeando y gritando, pude apreciarlo.
— ¡No! —grité—. ¡Edward, mírame!
Sonrió de forma imperceptible sin escucharme y alzó el pie para dar el paso que lo expondría directamente a los rayos del sol.
Choqué contra él con tanto ímpetu que la fuerza del impacto me habría tirado al suelo si sus brazos no me hubieran agarrado. El golpetazo me dejó sin aliento y con la cabeza vencida hacia atrás.
Sus ojos oscuros se abrieron lentamente mientras el reloj tocaba de nuevo.
Me miró con tranquila sorpresa.
—Asombroso —dijo con la voz maravillada y un poco divertida—. Carlisle tenía razón.- Yo ya me estaba empezando a irritar, Edward parecía no comprender lo que sucedía, teníamos que salir de la ciudad cuanto antes, cada minuto que permanecíamos ahí era peligroso. Poco a poco el miedo y la preocupación se iban convirtiendo en ira, al ver que no reaccionaba.
— ¡Edward! Has de volver a las sombras. ¡Tienes que moverte! - Pero no me hizo caso y trato de dar otro pasa al frente. ¡Eso fue todo lo que mi paciencia aguanto! Yo estaba tratando de salvarlo y el parecía estar como en trance.
Haciendo acopio de todas mis fuerzas lo empuje algunos metros dentro del callejón, eso pareció hacerlo reaccionar, pero yo me encontraba tan furiosa con él, que no le di tiempo a hablar cuando le comencé a gritar
-¡Edward Cullen me explicas ahorita mismo que carajos crees que estás haciendo! –Edward definitivamente había acabado con mi paciencia, se había quedado paralizado como si hubiera visto un aparición o algo, en su rostro se mostraba la incredulidad, que poco a poco fue reemplazada por una sonrisita idiota. Al parecer el señor aun no se daba cuenta de la estupidez que estuvo a punto de cometer y lo peligroso de la situación. ¡Esta vez me iba a escuchar! Claro que primero tenía que sacarlo de aquí.
-Estas viva - ¿Qué si estaba viva? ¿Era lo único que se le ocurría decir?
-¡Si! Pero el que va a estar muerto es otro si no me dices ahorita mismo que haces aquí Cullen! – Esto era el colmo. Estábamos en una situación complicada y a el señor solo se le ocurre decir eso ¡Claro que estaba viva o acaso cree que soy Gasparin o que! Creo que el plan de Alice no sería tan difícil después de todo si se seguía comportando así!
- Hee yo si pues estee…- Y ahora se ponía a tartamudear, con cara de niño asustado. No teníamos tiempo que perder teníamos que irnos antes de que los miembros de la guardia aparecieran.
-Ahorita no tenemos tiempo, porque tenemos que salir de aquí antes de que te encuentre la guardia; pero en cuanto salgamos de la ciudad me vas a explicar en qué estabas pensando para tratar de suicidarte. ¡No creas que esto se queda así Cullen! ¡Y ponte la camisa por favor!-Al parecer mis palabras lo hicieron reaccionar, pero ya era muy tarde dos sombras oscuras se acercaron a nosotros y nos rodearon en cuestión de segundos.
Bueno aquí está el siguiente capítulo, espero que les guste. Ya bella encontró a Edward, y los Vulturi los encontraron a ellos, en el siguiente capítulo veremos más reacciones por parte de Edward y el esperado encuentro con los Vulturi, aun no decido si hacerlo desde el punto de vista de Edward o Bella, o intercalando ambos.
Ya saben sus comentarios, críticas y sugerencias, serán bien recibidas, en verdad me gustaría saber sus opiniones.
Este capitulo lo dedico a todas las personas que me expresaron su apoyo con los review, o agregando la historia a sus favoritos. Disculpen por no contestarlos personalmente, pero créanme que leí cada uno de ellos y me motivaron a actualizar pronto. ¡Gracias por su apoyo!
No sé si lo noten o no, pero en parte del capítulo incluyo partes de Luna Nueva, esto se debe a que no quiero que se pierda la esencia de algunos hechos y escenarios que describe tan increíblemente Esthephanie Meyer.
¡Besos!
¡Bye!
