Disclaimer applied.


Vαriαbles: verano y tristeza.

Personαjes: Sango; Kohaku.

Cαntidαd de pαlαbrαs: 777, según Word.


Aureoli lucellum

III

El bochorno de las tres de la tarde era insoportable. Sango, con la frente perlada por el sudor, depositó el enorme bumerang a su lado. El monstruo de dos cabezas se desplomó frente a ella en un charco de sangre fétida.

—¿Te encuentras bien, Sanguito? —preguntó Miroku.

—¡Sango!

—¿Estás herida?

La exterminadora tranquilizó a sus amigos con un gesto despreocupado. Sin embargo, algo dentro de ella le susurraba que no todo estaba tan bien.

—Ese monstruo —comenzó Inuyasha—. Es muy extraño que se atrevan a atacarnos de día. ¿Qué creen que sea?

—Algo los está manipulando —razonó Miroku.

—Deberíamos dar una vuelta por los alrededores —sugirió Kagome. Sango y los demás asintieron.

Al poco rato de iniciada la inspección, dieron con una pequeña choza que, a ojos vista, parecía deshabitada. De repente, oyeron un zumbido a la distancia. El grupo se tensó.

Naraku se hallaba a pocos pasos, completamente cubierto por la máscara y la piel de beduino. Sin embargo, en su tono de voz se adivinó la burla:

—Idiotas.

En un abrir y cerrar de ojos, la muchacha se encontró luchando de nuevo con todas sus fuerzas. El miasma que llegó junto con las avispas de Naraku era tan denso que pronto el ambiente se volvió irrespirable, pero ella aún alcanzaba a escuchar el sonido de la batalla: Inuyasha con Colmillo de Acero, Miroku, Kagome, Kirara y hasta Shippō.

—¡La Perla! —oyó gritar a Kagome—. ¡Un fragmento de la perla está cerca!

Para Sango, aquellas palabras fueron una premonición.

Y lo vio. Ahí, en medio de los cuerpos agonizantes de los monstruos, pálido como una aparición, estaba Kohaku. Su hermano pequeño.

—¡Kohaku! —su grito, en medio de aquella escena dantesca, tenía la cadencia de un réquiem.

Empero su voz no alcanzó al muchacho. En sus ojos vacíos no había siquiera el más mínimo indicio de que la reconoció. Su hoz alzó inmisericorde sobre aquella hermana a la que había admirado desde la tierna infancia.

Sango luchó con todas sus fuerzas, pero el niño era implacable. Su corazón destrozado a veces intentaba hacerle entrar en razón recordándole las tardes de verano donde ambos reían a coro y entrenaban como un solo hombre. Mas no valió la pena.

Naraku decidió que ya había tenido suficiente diversión para una tarde. Llamó al muchacho por su nombre, y este, autómata, obedeció. El miasma desapareció, y Sango, rendida, cayó de rodillas.

Sus amigos acudieron rápidamente a su auxilio. Miroku la cargó con suavidad entre sus brazos y el grupo abandonó la arena de batalla en silencio.

Poco a poco el cielo fue tiñéndose con los colores del atardecer y, poco después, una luna estival hizo su aparición en el firmamento cubierto de estrellas. Sango no las vio, sumida en una tristeza infinita, la joven permanecía callada, perdida en el agitado mar de sus pensamientos. Los demás también permanecieron en respetuoso silencio, sabedores que la pena de la muchacha no se calmaría con palabras de consuelo. Luego, uno a uno, se retiraron a dormir alrededor de las cenizas calientes de la hoguera, no sin antes echarle una mano al hombro en señal de silencioso apoyo. Hasta Inuyasha no permaneció inmune a todo ello y fue el que apretó con más fuerza su hombro.

Sango pensaba en su hermano. Recordaba al niño alegre y voluntarioso que había sido siempre. Y su corazón se estrujaba de dolor al compararlo con aquel muñeco en el que se había convertido. Sango lo amaba demasiado y no pasaba un solo segundo sin pensar en él. Después de todo, ¿cómo puede un ser vivo olvidar aquello que le es preciado? Sango llevaba muchas lunas pensando en ello, buscando una respuesta. Un algo que lo ayudase a volver a ella.

Sin embargo, cuando creía alcanzar la respuesta, esta se le escapaba como el agua que se escurre fugaz entre los dedos. Y entonces, aquel pensamiento negro ocupaba su mente con la misma saña que el miasma de Naraku.

La exterminadora comenzó a temblar violentamente, invadida por un frío que le calaba los huesos y el alma. No. Aquella no podía ser la única salida.

Pero lo era.

Y ella lo sabía, aunque pretendía negarlo.

¿Por cuánto tiempo más lo haría? El niño que vio aquella tarde ante ella no era más su querido hermano. Era un cascarón vacío que ya no tenía voluntad propia. Eran los restos de una familia hecha pedazos, esquirlas de un pasado feliz.

Y ella, destrozada, decidió que ya no podía verlo así. Decidió que lo libraría de aquel suplicio.

Aunque su alma se condenase por el resto de la eternidad al hacerlo.

Esa noche, a la luz de la luna, Sango lloró.

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¿Se merece un review?


(*) Fe de errαtαs: En el capítulo anterior escribí una palabra demás: «(…)intentaba parloteaba como una cotorra feliz(…)». La palabra «intentaba» sobra. Dios mío, ¿kéh?


Bitácorα de Jαz: ¿Se entiende cuál fue la decisión que tomó Sango?

Esto me salió angst gracias a bruxi, la que me regaló las variables. ¡Gracias, churra!

Y con este último drabble cierro mi participación en la ronda de retos. Los invito a pasar por el foro para leer los otros hermosos trabajos de las chicas. No se van a arrepentir.

Espero que les haya agradado C:.

25 de septiembre de 2015, viernes.

¡Jajohecha pevê!