Capitulo 4
Vulturis I
Bella P.O.V
-¡Si! Pero el que va a estar muerto es otro si no me dices ahorita mismo que haces aquí Cullen! – Esto era el colmo. Estábamos en una situación complicada y a el señor solo se le ocurre decir eso ¡Claro que estaba viva o acaso cree que soy Gasparin o que! Creo que el plan de Alice no sería tan difícil después de todo si se seguía comportando así!
- Hee yo si pues estee…- Y ahora se ponía a tartamudear, con cara de niño asustado. No teníamos tiempo que perder teníamos que irnos antes de que los miembros de la guardia aparecieran.
-Ahorita no tenemos tiempo, porque tenemos que salir de aquí antes de que te encuentre la guardia; pero en cuanto salgamos de la ciudad me vas a explicar en qué estabas pensando para tratar de suicidarte. ¡No creas que esto se queda así Cullen! ¡Y ponte la camisa por favor!-Al parecer mis palabras lo hicieron reaccionar, pero ya era muy tarde dos sombras oscuras se acercaron a nosotros y nos rodearon en cuestión de segundos.
Edward me hizo girar con tal facilidad que me encontré con la espalda pegada a la pared de ladrillo y con la suya frente a mí, de modo que él quedó de cara al callejón. Extendió los brazos con la finalidad de protegerme !Acaso jamás iba a dejar de ser tan sobreprotector!
Miré desde debajo de su brazo para ver dos formas oscuras desprenderse de la penumbra.
—Saludos, caballeros —la voz de Edward sonó aparentemente calmada y amable, pero sólo en la superficie—. No creo que vaya a requerir hoy sus servicios. Apreciaría muchísimo, sin embargo, que enviaran mi más sentido agradecimiento a sus señores.
—¿Podríamos mantener esta conversación en un lugar más apropiado? —susurró una voz suave de forma amenazadora.
—Dudo de que eso sea necesario —repuso Edward, ahora con mayor dureza—. Conozco tus instrucciones, Felix. No he quebrantado ninguna regla.
—Felix simplemente pretende señalar la proximidad del sol —comentó otra voz en tono conciliador. Ambos estaban ocultos dentro de unas enormes capas del color gris del humo, que llegaban hasta el suelo y ondulaban al viento—. Busquemos una protección mejor.
—Indica el camino y yo te sigo —dijo Edward con sequedad—. Bella, ¿por qué no vuelves a la plaza y disfrutas del festival?
-¡Si quieres te acompaño!-Me dijo Felix mirándome descaradamente, lo que le gano un gruñido de Edward.
—No, trae a la chica —ordenó la primera sombra, introduciendo un matiz lascivo en su susurro.
—Me parece que no —la pretensión de civilización había desaparecido, la voz de Edward era ahora tajante y helada. Cambió su equilibrio de forma casi inadvertida, pero pude comprobar que se preparaba para luchar.
—No —articulé los labios sin hacer ningún sonido. Sin que Edward se diese cuenta yo había movido mis manos más cerca de sus brazos, para detenerlo si fuera necesario.
—Felix —le advirtió la segunda sombra, más razonable—, aquí no —se volvió a Edward—. A Aro le gustaría volver a hablar contigo, eso es todo, si, al fin y al cabo, has decidido no forzar la mano.
—Así es —asintió Edward—, pero la chica se va.
—Me temo que eso no es posible —repuso la sombra educada, con aspecto de lamentarlo—. Tenemos reglas que obedecer.
—Entonces, me temo que no voy a poder aceptar la invitación de Aro, Demetri.
—Esto está pero que muy bien —ronroneó Felix. Mis ojos se iban adaptando a la penumbra más densa y pude ver que Felix era muy grande, alto y de espaldas fornidas. Su tamaño me recordó a Emmett.
—Disgustarás a Aro —suspiró Demetri.
—Estoy seguro de que sobrevivirá a la decepción —replicó Edward.
Felix y Demetri se acercaron hacia la boca del callejón y se abrieron hacia los lados a fin de poder atacar a Edward desde dos frentes. Su intención era obligarle a introducirse aún más en el callejón y evitar una escena. Ningún reflejo luminoso podía abrirse paso hasta su piel; estaban a salvo dentro de sus capas. Yo también iba adoptando una posición defensiva a espaldas de Edward, Jasper me había mostrado lo básico de la lucha y esperaba que fuera suficiente para emparejar un poco las cosas.
De pronto, Edward giró la cabeza a un lado, hacia la oscuridad de la curva del callejón. Demetri y Felix hicieron lo mismo en respuesta a algún sonido o movimiento demasiado sutil para mis sentidos no completamente desarrollados.
—Mejor si nos comportamos correctamente, ¿no? —Sugirió una voz musical—. Hay señoras presentes.
Alice se deslizó con ligereza al lado de Edward, manteniendo una postura despreocupada. No mostraba signos de tensión. Parecía tan diminuta, tan frágil. Sus bracitos colgaban a sus costados como los de una niña.
Pero tanto Demetri como Felix se envararon, y sus capas revolotearon ligeramente al ritmo de una ráfaga de viento que recorría el callejón. El rostro de Felix se avinagró. Aparentemente no les gustaban los números pares.
—No estamos solos —les recordó ella.
Demetri miró sobre su hombro. A unos pocos metros de allí, en la misma plaza, nos observaba la familia de las niñas vestidas de rojo. La madre hablaba en tono apremiante con su marido, con los ojos fijos en nosotros cinco. Desvió la mirada hacia otro lado cuando se encontró con la de Demetri. El hombre avanzó unos cuantos pasos más hacia la plaza y dio un golpecito en el hombro de uno de los hombres con chaquetas rojas.
Demetri sacudió la cabeza.
—Por favor, Edward, sé razonable —le conminó.
—Muy bien —accedió Edward—. Ahora nos marcharemos tranquilamente, pero sin que nadie se haga el listo.
Demetri suspiró con frustración.
—Al menos, discutamos esto en un sitio más privado.
Seis hombres vestidos de rojo se unieron a la familia que seguía mirándonos con rostros llenos de aprensión. Yo era muy consciente de la postura defensiva que mantenía Edward delante de mí, y estaba segura de que era esto lo que causaba su alarma. Quería gritarles para que echaran a correr.
Los dientes de Edward se cerraron de forma audible.
—No.
Felix sonrió.
—Ya es suficiente.
La voz era aguda, atiplada y procedía de nuestra espalda.
Miré desde debajo del otro brazo de Edward para contemplar la llegada de otra forma pequeña y oscura hasta nuestra posición. El contorno impreciso y vaporoso de su silueta me indicó que era otro de ellos, pero ¿quién?
Al principio, pensé que era un niño. El recién llegado era diminuto como Alice, con un cabello castaño claro lacio y corto. El cuerpo bajo la capa —que era más oscura, casi negra—, se adivinaba esbelto y andrógino. Sin embargo, el rostro era demasiado hermoso para ser el de un chico. Los ojos grandes y los labios carnosos habrían hecho parecer una gárgola a un ángel de Botticelli, incluso a pesar de las pupilas de un apagado color carmesí.
Me dejó perpleja cómo reaccionaron todos ante su aparición a pesar de su tamaño insignificante. Felix y Demetri se relajaron de inmediato y abandonaron sus posiciones ofensivas para fundirse de nuevo con las sombras de los muros circundantes.
Edward dejó caer los brazos y también relajó la postura, pero admitiendo su derrota.
—Jane —suspiró resignado al reconocerla.
Alice se cruzó de brazos y mantuvo una expresión impasible.
—Seguidme —habló Jane otra vez, con su voz monocorde e infantil. Nos dio la espalda y se movió silenciosamente hacia la oscuridad.
Felix nos hizo un gesto para que nosotros fuéramos primero, con una sonrisita de suficiencia.
Alice caminó enseguida detrás de la pequeña Jane. Edward me pasó el brazo por la cintura, pero yo sacudi rápidamente fulminándolo con la mirada. El callejón se curvaba y estrechaba a medida que descendía. Levanté la mirada hacia Edward que parecía muy triste.
—Bien, Alice —dijo Edward en tono de conversación conforme andábamos—. Supongo que no debería sorprenderme verte aquí.
—En parte ha sido error mío —contestó Alice en el mismo tono—. Era mi responsabilidad haberlo hecho bien.
—¿Qué ocurrió? —inquirió educadamente, como si apenas le interesara. Imaginé que esto iba destinado a los oídos atentos que nos seguían.
—Es una larga historia —los ojos de Alice se deslizaron sobre mí y se dirigieron hacia otro lado— y creo que este no es momento de discutirlo. Pero parece que últimamente Bella tiene amor por los perros.
Enrojecí y miré al frente en busca de la sombra oscura, que apenas se podía ver ya. Imaginaba que ahora él estaría escuchando los pensamientos de Alice. Vampiros al acecho, amigos licántropos...
—Mmm —dijo Edward con voz cortante. Su anterior tono despreocupado había desaparecido por completo.
Andábamos por un amplio recodo del callejón, que seguía cuesta abajo, por lo que no vi el final, terminado en chaflán, hasta que no llegamos a él y alcanzamos la pared de ladrillo lisa y sin ventanas. No se veía a la pequeña Jane por ninguna parte.
Alice no vaciló y continuó caminando hacia la pared a grandes zancadas. Entonces, con su gracia natural, se deslizó por un agujero abierto en la calle.
Parecía una alcantarilla, hundida en el lugar más bajo del pavimento. No la vi hasta que Alice desapareció por el hueco, aunque la rejilla estaba retirada a un lado, descubriéndolo hasta la mitad. El agujero era pequeño y muy oscuro.
Me planté.
—Todo va bien, Bella —me dijo Edward en voz baja—. Alice te recogerá.
Miré el orificio, dubitativa. Me imaginé que él habría entrado el primero si Felix y Demetri no hubieran estado esperando, pagados de sí mismos y silenciosos, detrás de nosotros.
Me agaché y deslicé las piernas por el estrecho espacio.
—¿Alice? —susurré con voz temblorosa.
—Estoy aquí debajo, Bella —me aseguró. Su voz parecía provenir de muy abajo, demasiado abajo para que yo me sintiera bien.
Edward me tomó de las muñecas —sus manos me parecieron del tacto de la piedra en invierno— y me bajó hacia la oscuridad.
—¿Preparada? —preguntó él.
—Suéltala —gritó Alice.
Impelida por el puro pánico, cerré firmemente los ojos para no ver la oscuridad y los labios para no gritar. Edward me dejó caer.
Fue rápido y silencioso. El aire se agitó a mi paso durante una fracción de segundo; después, se me escapó un jadeo y me acogieron los brazos de Alice, tan duros que estuve segura de que me El camino que pisábamos continuó descendiendo, introduciéndonos cada vez más en la profundidad de la tierra y esto me hizo sentir claustrofobia.
No sabía de dónde procedía la luz, pero lentamente el negro fue transformándose en gris oscuro. Nos encontrábamos en un túnel bajo, con arcos. Las piedras cenicientas supuraban largas hileras de humedad del color del ébano, como si estuvieran sangrando tinta.
Estaba temblando, y pensé que era de miedo. No me di cuenta de que tiritaba de frío hasta que empezaron a castañetearme los dientes. Tenía las ropas mojadas todavía y la temperatura debajo de la ciudad era tan glacial como la piel de Edward.
Nos apresuramos a través del túnel, o al menos a mí así me lo pareció. Mi lento avance irritaba a alguien, supuse que a Felix, y le oí suspirar una y otra vez.
Al final del túnel había otra reja cuyas barras de hierro estaban enmohecidas, pero eran tan gruesas como mi brazo. Había abierta una pequeña puerta de barras entrelazadas más finas. Edward agachó la cabeza para pasar y cruzó rápidamente a una habitación más grande e iluminada. La reja se cerró de golpe con estrépito, seguido del chasquido de un cerrojo. Tenía demasiado miedo para mirar a mis espaldas.
Al otro lado de la gran habitación había una puerta de madera pesada y de escasa altura. Era muy gruesa, pude comprobarlo porque también estaba abierta.
Atravesamos la puerta y miré a mi alrededor sorprendida, relajándome inmediatamente. A mi lado, Edward se tensó y apretó con fuerza la mandíbula.
Nos hallábamos en un corredor de apariencia normal e intensamente iluminado. Las paredes eran de color hueso y el suelo estaba cubierto por alfombras de un gris artificial. Unas luces fluorescentes rectangulares de aspecto corriente jalonaban con regularidad el techo. Agradecí mucho que allí hiciera más calor. Aquel pasillo resultaba muy acogedor después de la penumbra de las siniestras alcantarillas de piedra.
Edward no parecía estar de acuerdo con mi valoración. Lanzó una mirada fulminante y sombría hacia la menuda figura envuelta por un velo de oscuridad que permanecía al final del largo corredor, junto al ascensor.
La puerta gruesa crujió al cerrarse de un portazo detrás de nosotros, y luego se oyó el ruido sordo de un cerrojo que se deslizaba de vuelta a su posición.
Jane nos esperaba en el ascensor con gesto de indiferencia e impedía con una mano que se cerrasen las puertas.
Los tres vampiros de la familia de los Vulturis se relajaron más cuando estuvimos dentro del ascensor. Echaron hacia atrás las capas y dejaron que las capuchas cayeran. Felix y Demetri eran de tez ligeramente olivácea, lo que, combinado con su palidez terrosa, les confería una extraña apariencia. Felix tenía el pelo muy corto, mientras que a Demetri le caía en cascada sobre los hombros. El iris de ambos era de un color carmesí intenso que se iba oscureciendo de forma progresiva hasta acercarse a la pupila. Debajo de sus envolturas llevaban ropas modernas, blancas y anodinas.
El viaje en ascensor fue breve. Salimos a una zona que tenía pinta de ser una recepción muy elegante. Las paredes estaban revestidas de madera y los suelos enmoquetados con gruesas alfombras de color verde oscuro. Cuadros enormes de la campiña de la Toscana intensamente iluminados reemplazaban a las ventanas inexistentes. Habían agrupado de forma muy conveniente sofás de cuero de color claro y mesas relucientes encima de las cuales había jarrones de cristal llenos de ramilletes de colores vívidos. El olor de las flores me recordó al de una casa de pompas fúnebres.
Había un mostrador alto de caoba pulida en el centro de la habitación. Miré atónita a la mujer que había detrás.
Era alta, de tez oscura y ojos verdes. Hubiera sido muy hermosa en cualquier otra compañía, pero no allí, ya que era tan humana de los pies a la cabeza como yo. No comprendía qué pintaba allí una mujer, rodeada de vampiros y a sus anchas.
Esbozó una amable sonrisa de bienvenida.
—Buenas tardes, Jane —dijo.
Su rostro no denotó sorpresa alguna cuando echó un vistazo a los acompañantes de Jane, ni a Edward, cuyo pecho desnudo centelleaba tenuemente con destellos blancos. Lo cual agradecí por que no me hubiera gustado tener que golpearla en medio de la recepción.
Jane asintió.
—Gianna.
Luego prosiguió hacia un conjunto de puertas de doble hoja situado en la parte posterior de la habitación, y la seguimos.
Felix le guiñó el ojo a Gianna al pasar junto al escritorio y ella soltó una risita tonta.
Nos aguardaba otro tipo de recepción muy diferente al otro lado de las puertas de madera. El joven pálido de traje gris perla podía haber pasado por el gemelo de Jane. Tenía el pelo más oscuro y los labios no eran tan carnosos, pero resultaba igual de encantador. Se acercó a nuestro encuentro, sonrió y le tendió la mano a ella.
—Jane...
—Alec —repuso ella mientras abrazaba al joven. Intercambiaron sendos besos en las mejillas y luego nos miraron a nosotros.
—Te enviaron en busca de uno y vuelves con dos... y medio —rectificó al reparar en mí—. Buen trabajo.
Ella rompió a reír. El sonido era chispeante de puro gozo, similar al arrullo de un bebé.
—Bienvenido de nuevo, Edward —le saludó Alec—. Pareces de mucho mejor humor.
—Ligeramente —admitió Edward con voz monocorde.
Contemplé de refilón el rostro severo de Edward y me pregunté si antes podía haber estado de peor humor. Alec rió entre dientes mientras yo me pegaba a su lado.
—¿Y ésta es la causante de todo el problema? —preguntó con incredulidad.
Edward se limitó a sonreír con expresión desdeñosa. Después, se le heló la sonrisa en los labios.
—¡Me la pido primero! —intervino Felix con suma tranquilidad desde detrás.
Edward se revolvió mientras en lo más profundo de su pecho resonaba un gruñido tenue. Felix sonrió. Su mano estaba levantada, con la palma hacia arriba. Curvó sus dedos dos veces, invitando a Edward a iniciar una pelea.
Alice rozó el brazo de Edward.
—Paciencia —le advirtió.
En ese momento me decidí a hacer algo que sabía que distraería a Edward y lo haría desistir de sus planes de atacar a Felix. Aunque solo lo había ensayado un par de veces desde que lo descubrí, esperaba que funcionara. Requirió de una gran concentración pero logre deshabilitar mi escudo un momento.
¡Edward Anthoni Cullen más te vale que te comportes, si no quieres que tu lindo Volvo sufra las consecuencias! –Mis pensamientos parecieron funcionar porque después de eso se quedo estático por unos segundos antes de tragar pesadamente.
Intercambiamos una larga mirada y yo deseé poder oír lo que estaba pensando.
¡Te lo advierto, una escenita más de esas y adiós volvo! – mis palabras fueron acompañadas de una imagen mental de su preciado volvo siendo arrojado por uno de los acantilados de La Push -¿entendido?
Luego de eso asintió rápidamente con la cabeza, respiró hondo y se volvió hacia Alec, que, como si no hubiera pasado nada, dijo:
—Aro se alegrará de volver a verte.
—No le hagamos esperar —sugirió Jane.
Edward asintió una vez.
Alec y Jane se tomaron de la mano y abrieron el camino por otro corredor amplio y ornamentado... ¿Se acabarían alguna vez?
Ignoraron las puertas del fondo —totalmente revestidas de oro— y se detuvieron a mitad del pasillo para desplazar uno de los paneles y poner al descubierto una sencilla puerta de madera que no estaba cerrada con llave. Alec la mantuvo abierta para que la cruzara Jane.
Quise protestar cuando Edward me «ayudó» a pasar al otro lado de la puerta. Se trataba de un lugar con la misma piedra antigua de la plaza, el callejón y las alcantarillas. Todo estaba frío y oscuro otra vez. ¡Que no conocían lo que era un electricista!
La antecámara de piedra no era grande. Enseguida desembocaba en una estancia enorme, tenebrosa —aunque más iluminada— y totalmente redonda, como la torreta de un gran castillo, que es lo que debía de ser con toda probabilidad. A dos niveles del suelo, las rendijas de un ventanal proyectaban en el piso de piedra haces de luminosidad diurna que dibujaban rectángulos de líneas finas. No había luz artificial. El único mobiliario de la habitación consistía en varios sitiales de madera maciza similares a tronos; estaban colocados de forma dispar, adaptándose a la curvatura de los muros de piedra. Había otro sumidero en el mismo centro del círculo, dentro de una zona ligeramente más baja. Me pregunté si lo usaban como salida, igual que el agujero de la calle.
La habitación no se encontraba vacía. Había un puñado de personas enfrascadas en lo que parecía una conversación informal. Hablaban en voz baja y con calma, originando un murmullo que parecía un zumbido flotando en el aire. Un par de mujeres pálidas vestidas con ropa de verano se detuvieron en una de las zonas iluminadas mientras las estaba observando, y su piel, como si fuera un prisma, arrojó un chisporroteo multicolor sobre las paredes de color siena.
Todos aquellos rostros agraciados se volvieron hacia nuestro grupo en cuanto entramos en la habitación. La mayoría de los inmortales vestía pantalones y camisas que no llamaban la atención, prendas que no hubieran desentonado ahí fuera, en las calles, pero el hombre que habló primero lucía una larga túnica oscura como boca de lobo que llegaba hasta el suelo. Por un momento, llegué a creer que su melena de color negro azabache era la capucha de su capa.
—¡Jane, querida, has vuelto! —gritó con evidente alegría. Su voz era apenas un tenue suspiro.
Avanzó con tal ligereza de movimientos y tanta gracilidad que me quedé embobada, con la boca abierta. No se podía comparar ni siquiera con Alice, cuyos movimientos parecían los de una bailarina.
Mi asombro fue aún mayor cuando flotó cerca de mí y le pude ver la cara. No se parecía a los rostros anormalmente atractivos que le rodeaban —el grupo entero se congregó a su alrededor cuando se aproximó; unos iban detrás, otros le precedían con la atención característica de los escoltas—. Tampoco fui capaz de determinar si su rostro era o no hermoso. Supuse que las facciones eran perfectas, pero se parecía tan poco a los vampiros que se alinearon detrás de él como ellos se asemejaban a mí. La piel era de un blanco traslúcido, similar al papel cebolla, y parecía muy delicada, lo cual contrastaba con la larga melena negra que le enmarcaba el rostro. Sentí el extraño y horripilante impulso de tocarle la mejilla para averiguar si su piel era más suave que la de Edward o la de Alice, o si su tacto se parecía al del polvo o al de la tiza. Tenía los ojos rojos, como los de quienes le rodeaban, pero turbios y empañados. Me pregunté si eso afectaría a su visión.
Se deslizó junto a Jane y le tomó el rostro entre las manos apergaminadas. La besó suavemente en sus labios carnosos y luego levitó un paso hacia atrás.
—Sí, maestro —Jane sonrió. Sus facciones parecieron las de una joven angelical—. Le he traído de regreso y con vida, como deseabas.
—Ay, Jane. ¡Cuánto me conforta tenerte a mi lado! —él sonrió también.
A continuación nos miró a nosotros y la sonrisa centelleó hasta convertirse en un gesto de euforia.
—¡Y también has traído a Alice y Bella! —Se regocijó y unió sus manos finas al dar una palmada—. ¡Qué agradable sorpresa! ¡Maravilloso!
Le miré fijamente, muy sorprendida de que pronunciara nuestros nombres de manera informal, como si fuéramos viejos conocidos que se habían dejado caer por allí en una visita sorpresa. Por un momento me pregunte si no estaría mal de la cabeza ¡ni siquiera nos conocía! Este tipo era muy extraño.
Se volvió a nuestro descomunal escolta.
—Felix, sé bueno y avisa a mis hermanos de quiénes están aquí. Estoy seguro de que no se lo van a querer perder.
—Sí, maestro —asintió Felix, que desapareció por el camino por el que había venido.
— ¿Lo ves, Edward? —El extraño vampiro se volvió y le sonrió como si fuera un abuelo venerable que estuviera soltando una reprimenda a su nieto—. ¿Qué te dije yo? ¿No te alegras de que te hayamos denegado tu petición de ayer?
—Sí, Aro, lo celebro —admitió mientras apretaba con más fuerza el brazo con el que rodeo mi cintura. Yo solo lo fulmine con la mirada.
—Me encantan los finales felices. Son tan escasos —Aro suspiró ¡ven lo que les digo! ¡El tipo esta chiflado! Miro mal a Edward y el habla de finales felices. —. Eso sí, quiero que me contéis toda la historia. ¿Cómo ha sucedido esto, Alice? —Volvió hacia ella los ojos empañados y llenos de curiosidad—. Tu hermano parecía creer que eras infalible, pero al parecer cometiste un error.
—No, no, no soy infalible ni por asomo —mostró una sonrisa deslumbrante. Parecía estar en su salsa, excepto por el hecho de que apretaba con fuerza los puños—. Como habéis podido comprobar hoy, a menudo causo más problemas de los que soluciono.
—Eres demasiado modesta —la reprendió Aro—. He contemplado alguna de tus hazañas más sorprendentes y he de admitir que no había visto a nadie con un don como el tuyo. ¡Maravilloso!
Alice lanzó una breve mirada a Edward que no pasó desapercibida para Aro.
—Lo siento. No nos han presentado como es debido, ¿verdad? Es sólo que siento como si ya te conociera y tiendo a precipitarme. Tu hermano nos presentó ayer de una forma... peculiar. Ya ves, comparto un poco del talento de Edward, sólo que de forma más limitada que la suya. Aro habló con tono envidioso mientras agitaba la cabeza.
—Pero exponencialmente es mucho más poderoso —agregó Edward con tono seco. Miró a Alice mientras le explicaba de forma sucinta—: Aro necesita del contacto físico para «oír» tus pensamientos, pero llega mucho más lejos que yo. Como sabes, sólo soy capaz de conocer lo que pasa por la cabeza de alguien en un momento dado, pero Aro «oye» cualquier pensamiento que esa persona haya podido tener.
Alice enarcó sus delicadas cejas y Edward agachó la cabeza.
Aro también se percató de ese gesto.
—Pero ser capaz de oír a lo lejos... —Aro suspiró al tiempo que hacía un gesto hacia ellos dos, haciendo referencia al intercambio de pensamientos que acababa de producirse—. ¡Eso sí que sería práctico!
Aro miró más allá de las figuras de Edward y Alice. Todos los demás se volvieron en la misma dirección, incluso Jane, Alec y Demetri, que permanecían en silencio detrás de nosotros tres.
Fui la más lenta en volverme. Felix había regresado y detrás de él, envueltos en túnicas negras, flotaban otros dos hombres. Sus rostros tenían también esa piel parecida al papel cebolla.
El trío representado por el cuadro de Carlisle estaba completo, y sus integrantes no habían cambiado durante los trescientos años posteriores a la pintura del lienzo.
—¡Marco, Cayo, mirad! —canturreó Aro—. Después de todo, Bella sigue viva y Alice se encuentra con ella. ¿No es maravilloso?
A juzgar por el aspecto de sus rostros, ninguno de los dos interpelados hubiera elegido como primera opción el adjetivo «maravilloso». El hombre de pelo negro parecía terriblemente aburrido, como si hubiera presenciado demasiadas veces el entusiasmo de Aro a lo largo de tantos milenios. Debajo de una melena tan blanca como la nieve, el otro puso cara de pocos amigos. No sé por qué, pero por un momento me recordaron a los tres chiflados.
El desinterés de ambos no refrenó el júbilo de Aro, que casi cantaba con voz liviana:
—Conozcamos la historia.
El antiguo vampiro de pelo blanco flotó y fue a la deriva hasta sentarse en uno de los tronos de madera. El otro se detuvo junto a Aro y le tendió la mano. Al principio, creía que lo hacía para que Aro se la tomara, pero se limitó a tocar la palma de la mano durante unos instantes y luego dejó caer la suya a un costado. Aro enarcó una de sus cejas, de color marrón oscuro. Me pregunté si su piel apergaminada no se arrugaría a causa del esfuerzo.
Edward resopló sin hacer ruido y Alice le miró con curiosidad.
—Gracias, Marco —dijo Aro—. Esto es muy interesante.
Un segundo después comprendí que Marco le había permitido a Aro conocer sus pensamientos.
Marco no parecía interesado. Se deslizó lejos de Aro para unirse al que debía de ser Cayo, sentado ya contra el muro. Los dos asistentes de los vampiros le siguieron de cerca; eran guardias, tal y como había supuesto antes. Pude ver que las dos mujeres con vestido de tirantes se habían acercado para permanecer junto a Cayo de igual modo. La simple idea de que un vampiro necesitara guardias se me antojaba realmente ridícula, pero tal vez los antiguos eran más frágiles, como sugería su piel.
Aro siguió moviendo la cabeza al tiempo que decía:
—Asombroso, realmente increíble.
El rostro de Alice evidenciaba su descontento. Edward se volvió y de nuevo le facilitó una explicación rápida en voz baja:
—Marco ve las relaciones y ha quedado sorprendido por la intensidad de las nuestras.- espero que también se haya dado cuenta de las ganas de golpear que tengo a cierto vampiro.
Aro sonrió.
—¡Qué práctico! —repitió para sí mismo. Luego, se dirigió a nosotros—: Puedo aseguraros que cuesta bastante sorprender a Marco.
No tuve ninguna duda cuando miré el rostro mortecino de Marco. El tipo parecía necesitar urgentemente que le administraran algunos energizantes.
—Resulta difícil de comprender, eso es todo, incluso ahora —Aro caviló mientras miraba el brazo de Edward en torno a mí. Me resultaba casi imposible seguir el caótico hilo de pensamientos del vampiro, pero me esforcé por conseguirlo—. ¿Cómo puedes permanecer tan cerca de ella de ese modo?
—No sin esfuerzo —contestó Edward con calma.
—Pero aun así... ¡La tua cantante! ¡Menudo derroche!
Edward se rió sin ganas una vez.
—Yo lo veo más como un precio a pagar.
Aro se mantuvo escéptico.
—Un precio muy alto.
—Simple coste de oportunidad.
Aro echó a reír.
—No hubiera creído que el reclamo de la sangre de alguien pudiera ser tan fuerte de no haberla olido en tus recuerdos. Yo mismo nunca había sentido nada igual. La mayoría de nosotros vendería caro ese obsequio mientras que tú...
—... lo derrocho —concluyó Edward, ahora con sarcasmo.
Aro rió una vez más.
—¡Ay, cómo echo de menos a mi amigo Carlisle! Me recuerdas a él, excepto que él no se irritaba tanto.
—Carlisle me supera en muchas otras cosas.
—Jamás pensé ver a nadie que superase a Carlisle en autocontrol, pero tú le haces palidecer.
—En absoluto —Edward parecía impaciente, como si se hubiera cansado de los preliminares. Eso me asustó aún más. No podía evitar el imaginar lo que vendría a continuación.
—Me congratulo por su éxito —Aro reflexionó—. Tus recuerdos de él constituyen un verdadero regalo para mí, aunque me han dejado estupefacto. Me sorprende que haya... Me complace que el éxito le haya sorprendido en el camino tan poco ortodoxo que eligió. Temía que se hubiera debilitado y gastado con el tiempo. Me hubiera mofado de su plan de encontrar a otros que compartieran su peculiar visión, pero aun así, no sé por qué, me alegra haberme equivocado.
Edward no le contestó.
—Pero ¡vuestra abstinencia...! —Aro suspiró—. No sabía que era posible tener tanta fuerza de voluntad. Habituaros a resistir el canto de las sirenas, no una vez, sino una y otra, y otra más... No lo hubiera creído de no haberlo visto por mí mismo.
Edward contempló la admiración de Aro con rostro inexpresivo. Conocía muy bien esa expresión —el tiempo no había cambiado eso—, lo bastante para saber que algo se estaba cociendo bajo esa apariencia de tranquilidad. Hice un esfuerzo para mantener constante la respiración.
—Sólo de recordar cuánto te atrae ella... —Aro rió entre dientes—. Me pone sediento.
Edward se tensó.
—No te inquietes —le tranquilizó Aro—. No tengo intención de hacerle daño, pero siento una enorme curiosidad sobre una cosa en particular —me miró con vivo interés—. ¿Puedo? —preguntó con avidez al tiempo que alzaba una mano.
—Pregúntaselo a ella—sugirió Edward con voz monocorde.
— ¡Por supuesto, qué descortesía por mi parte! —Exclamó Aro y, ahora dirigiéndose directamente a mí, continuó—: Bella, me fascina que seas la única excepción al impresionante don de Edward... Una cosa así me resulta de lo más interesante y, dado que nuestros talentos son tan similares en muchas cosas, me preguntaba si serías tan amable de permitirme hacer un intento para verificar si también eres una excepción para mí.
Toda esta conversación a medias entre Aro y Edward, me había molestado bastante, primero porque no soy tonta y me di cuenta que hablaban de mí como si no estuviera a su lado ¿acaso estaba pintada en la pared o qué? En serio comenzaba a pensar que era invisible todos hablaban de mi como si no estuviera presente. Así que cuando por fin decidieron tomarme en cuenta y Aro me hablo no pude evitar que mis hormonas salieran a flote.
-Primero que todo Aro buenas tardes, me alegra de que por fin notaran mi presencia ¡Creía que seguirían hablando de mi como si no estuviera!; soy Isabella Swan, la novia del exhibicionista suicida, vinimos para impedir que el señor aquí presente – dije señalando a Edward que me veía como si tuviera dos cabezas o algo- hiciera alguna tontería.
- Y antes de continuar me gustaría disculparme en nombre de Carlisle, quien por cierto te envía saludos, por todos los problemas causados; me pidió que te dijera que no dudes en comunicarle sobre cualquier daño causado en la ciudad por culpa de su hijo, que se haría cargo inmediatamente.
Aro se puso a reír, un rato antes de hablar nuevamente – Me alegra conocerte Bella, déjame decirte que los recuerdos de Edward no te hacen justicia; pero por lo que veo estas algo enojada con nuestro querido Edward.
-¡Claro que sí! Pero tengo mis razones créeme.
- ¿Te importaría decirme cuáles son? ¿Si no es molestia claro esta?
- En absoluto, lo que pasa es que el señor aquí presente, disfruta tomando decisiones sobre la vida de otros sin consultarle para luego desaparecer sin dejar rastro. Tras de eso me hace viajar a otro continente para impedir que haga una imprudencia en mi estado.- Termine de decirle apuntando a mi estomago.
Al oír esto último Aro y el resto de vampiros presentes, dirigió su mirada a mi abultado vientre; pude notar claramente como en la cara de todos se empezaba a formar una expresión de asombro.
¡En serio empezaba a creer que estos vampiros tenían Trastorno de Déficit de atención! Primero los Cullen y ahora ellos; estoy segura que no habían notado mi embarazo hasta el momento en que señale mi estomago. ¡Tenía cinco meses por el amor de Dios! ¡Ni que fuera tan fácil de ocultar una barriga de ese tamaño!
El primero en hablar fue nuevamente Aro – Vaya felicitaciones ¿Puedo preguntar quién es el afortunado padre? – dijo mirando disimuladamente a Edward, que se había quedado paralizado con la noticia, en su rostro había una mescla de emociones que no supe descifrar. Tristeza, celos, ternura; después de un momento pareció reaccionar y se dirigió a mí para preguntar…
-¿Quién es el…. - ¡que no se atreva a preguntar! ¡Que no se atreva a preguntar! ¡Juro que si pregunta lo que creo que va a preguntar lo pateo! Como puede dudar de quien es el padre de mi bebe, acaso me cree tan volátil para irme con otro tan rápido, es que jamás comprendió mis sentimientos por él. -¿Quién es el padre?- ¡Juro, juro que trate de contenerme, pero no lo logre!
-¡Edward!- trate de llamarlo con la voz más dulce que pude y una sonrisa en el rostro- ¡podrías acercarte un momento!- al parecer funciono porque se acerco a mí con una expresión de deslumbramiento. Cuando estuvo lo suficientemente cerca se detuvo, yo me acerque otros dos pasos más, para quedar lo más cerca de su rostro que fuera posible – ¿En serio no tienes idea de quién puede ser el padre de mi bebe? –algo de la irritación que sentía ya se empezaba a notar en mi voz, pero el solo se limito a negar con la cabeza -¿Estás seguro?- le pregunte ya con notable enojo, el solo trago fuerte y asintió.
-Entonces déjame refrescarte la memoria ¿Quién fue el único vampiro idiota con el que he estado, que decidió irse hace cinco meses y días? El tiempo que tengo de embarazo por cierto. –Edward se quedo mirándome un rato, hasta que por fin empezó a unir cabos y reaccionar, su expresión paso rápidamente de entendimiento a alegría, ilusión, arrepentimiento y por ultimo pánico al ver mi expresión. ¡Si, ya lo había comprendido! -¿necesitas otra pista?
Edward solo se limito a mirarme y negar antes de empezar a balbucear.
-Es mí… Voy a ser… ¿pero como…? No es… - siguió diciendo cosas sin sentido un ratito más antes de que lo interrumpiera.
- Si, Edward es tu hijo, vas a ser papa; como, creo que Carlisle te debió haber hablado de eso hace tiempo, el asunto de las abejitas y las flores, tu sabes; cuando, te acuerdas de la noche antes de mi cumpleaños – El solo se limito a asentir como autómata – ¡Perfecto! Y respondiendo a tu última pregunta ¡sí! Si es posible.
Como Edward parecía perdido en sus pensamientos decidí, girarme en dirección a aro para continuar con nuestra conversación pendiente.
-¡Disculpa la interrupción Aro! Pero creo que ya tienes la respuesta a tu última pregunta, y en cuestión a tu petición de antes; no tengo problemas en descubrir si puedes leer mis pensamientos o no. – Le dije ofreciéndole mi mano.
-Aro pareció salir del aturdimiento en que se encontraba, al igual que el resto de la guardia; ya que al momento se giro hacia mí sonriendo y hablo- No te preocupes pequeña Bella, y ahora que entiendo tus motivos, creo que te doy la razón; el viaje debió ser agotador. Pero te agradezco la oportunidad de dejarme tratar de entrar en tu mente.
Aro se deslizó para acercarse más. Me pareció que su expresión quería tranquilizarme, pero sus facciones apergaminadas eran demasiado extrañas, diferentes y amedrentadoras como para que me sosegara. Su rostro demostraba mayor confianza en sí mismo que sus palabras.
Aro alargó el brazo como si fuera a estrecharme la mano y rozó su piel de aspecto frágil con la mía. Era dura, la encontré áspera al tacto —se parecía más a la tiza que al granito— e incluso más fría de lo esperado.
Sus ojos membranosos me observaron con alegría y me resultó imposible desviar la mirada. Me cautivaron de un modo extraño y poco grato.
El rostro de Aro se alteró conforme me miraba. La seguridad se resquebrajó para convertirse primero en duda y luego en incredulidad antes de calmarse debajo de una máscara amistosa.
—Pues sí, muy interesante —dijo mientras me soltaba la mano y retrocedía.
Contemplé a Edward que al parecer ya había salido de su estado catatónico, y aunque su rostro era sereno, me pareció ver una chispa de petulancia.
Aro continuó deslizándose con gesto pensativo. Permaneció quieto durante unos momentos mientras su vista oscilaba, mirándonos a los tres. Luego, de forma repentina, sacudió la cabeza y dijo para sus adentros:
—Lo primero... Me pregunto si es inmune al resto de nuestros dones...
— ¡No! —gruñó Edward. Alice le contuvo agarrándole por el brazo con una mano, pero él se la sacudió de encima. Tuve que moverme lo más rápido que pude para colocarme frente a él y sujetarlo por los hombros; si atacaba a uno de ellos estábamos perdidos.
-¡Edward tranquilízate! – Le dije mirándolo directamente a los ojos, pero seguía furioso - ¡Estoy bien! No me paso nada, ¡tranquilízate por favor! – Le volví a pedir – Mira a quien tienes entre tus manos – Dije, moviendo sus manos hacia mi estomago. Eso pareció funcionar, al instante su expresión cambio y su cuerpo se relajo.
-Disculpa – me dijo mirándome a los ojos – pero es que no sabes lo que pensó, el quería…- se interrumpió como si la sola idea lo asustara.
- Eso no importa, fue solo un pensamiento – Aro que había visto nuestro intercambio decidió intervenir.
-Me disculpo si te ofendí joven Edward, solo fue un pensamiento; Jamás le pediría a Jane que usara sus poderes en una mujer embarazada. – así que eso era, me pregunto ¿cuál será el don de jane para que alterara de esa manera a Edward?
Pero Edward, tenía su vista fija en Jane que nos miraba con una sonrisilla diabólica en su rostro. De un momento a otro Edward cayó al suelo gritando de dolor. Me iba a acercar a acercar a ayudarlo, cuando Alice me sujeto. No entendía que pasaba con Alice, hasta que alce la vista y vi a Jane mirando fijamente a Edward con una enorme sonrisa en el rostro.
¡Maldita bruja! ¡Eso si que no lo iba a permitir! Sabía que era muy riesgoso y que solo lo había hecho una vez, pero no podía permitir que siguiera lastimando a Edward, trate de expandir mi escudo lo mas que pude, al parecer funciono porque Edward dejo de retorcerse. Pero yo quería darle a Jane un poco de su propia medicina, así que extendí un poco más mi escudo, hasta llegar a ella, cuando sentí su don trate de hacerlo parte del mismo, no estaba seguro de que resultara pero empecé a mirarla de la misma manera que ella hacía con Edward.
Al momento empezó a gritar de dolor, como lo hacía hace un momento Edward, pero como yo no era una sádica psicópata me detuve.
-Ves que no te gusta, que usen tu don en ti Jane, entonces jamás vuelvas a tratar de herir a mi familia, porque a la próxima no creo que me detenga.- Toda la guardia parecía lista para atacar al mínimo movimiento y estaba seguro que más de uno estaba usando sus dones, pero cuando iban a empezar a acercarse la voz de aro los detuvo.
-¡Deténganse! ¡Nadie va a atacar! – Esto pareció confundirlos, pero igual le hicieron caso. El que no se quedo callado fue Cayo que empezó a gritar.
-¡Que! ¡Estás loco! ¡Ella ataco a uno de los nuestros! ¡Deben ser castigados!- al parecer no le caía muy bien a Cayo. Pero no era mi mayor preocupación en este momento, había expuesto parte de mi don y sabia que los Vulturi eran coleccionistas de talento; en este momento era como si hubiera colgado un gran letrero que dijera ¡Tiene un don! Sobre mi cabeza. Estaba segura que esa era uno de los motivos por los que aro detuvo el ataque.
- ¡Paz hermano, todo tiene una explicación! Aparte, Jane ataco primero a Edward sin mi consentimiento, Isabella solo se defendió, ellos no empezaron el ataque. ¿Pero me intriga saber cómo lo hiciste? ¿Cómo te moviste tan rápido para detener a Edward? ¿Y cómo usaste el don de Jane en su contra? – Me pregunto dirigiéndose directamente hacia mí. Me convencí de que en este momento lo mejor era optar por decir la verdad o parte de esta.
-La velocidad se debe a que por la ponzoña del bebe me estoy convirtiendo poco a poco en vampiro. Y el resto es parte de mi don, soy algo así como un escudo, cuando Jane ataco a Edward extendí mi escudo para que también lo cubriera, y los ataques que envió, revotaron en el escudo y se regresaron a ella. Así que realmente yo lo la ataque, realmente se ataco ella misma.- Concluí mi explicación.
Aro que me miraba fascinado solo se rio, antes de hablar – ¡Vez Hermano! ¡Todo tiene una explicación!- dijo dirigiéndose a Cayo, que seguía echando chispas con los ojos –Ahora podemos continuar, pero antes me gustaría saber más sobre tu embarazo Isabella.- Dijo acercándose unos cuantos pasos a mí.
Edward que ya se encontraba de pie, se movió para colocarse a mi lado, paso unos de sus brazos por mis hombros en señal de apoyo. Esta vez no lo aparte, sabía que de esta conversación dependían muchas cosas y necesitaba su apoyo. Respiré hondo y me dirigí a Aro.
-Ok Aro, te diré todo lo que quieras saber, ¡Pregunta!
Aquí está el siguiente capítulo, ya se encontraron con los Vulturi, y Edward se entero del embarazo. En el próximo veremos las conversaciones con Aro y algunas sorpresas más.
Tengo planeado un Edward POV después del próximo capítulo, así que ya saben sus críticas, comentarios y sugerencias son aceptadas.
Espero actualizar pronto.
¡Besos!
Bye!
