Autor: Serenity-venus025.

Capítulo Uno.

DARIEN CHIBA, miembro del cuerpo especial de la Marina, tenía una herida de bala a punto de cicatrizar en un costado, treinta días de permiso y, por lo visto, una esposa a la que aún no conocía.

Cuando había llegado en coche a su pueblo natal, Springville, en California, se había detenido en la estación de servicio de Charlie Evans. Allí había tenido la primera noticia de su nuevo problema.

¡Hombre, DARIEN, qué alegría verte! SERENA no nos ha dicho que venías.

¿SERENA? —preguntó antes de apoyarse en su furgoneta. En silencio observó al hombre que le estaba llenando el depósito, al que conocía desde el instituto.

Charlie sonrió. —Supongo que tu esposa te querrá sólo para ella, ¿no? —preguntó.

Mi… —Darién ni siquiera pudo pronunciar la palabra «esposa». Estaba desconcertado. Nunca se había casado—. Mira, Charlie…

No la culpo, por supuesto —añadió su amigo antes de guiñarle un ojo—. Tiene que ser duro para ella que estés tanto tiempo fuera de servicio en pleno idilio.

¿Qué quieres de…?

Estoy seguro de que serena está ansiosa por verte. Nos lo ha contado todo sobre la luna de miel en Bali.

Charlie… —dijo Darién arqueando las cejas.

No pasa nada, hombre, no tienes que dar ninguna explicación.

¿Qué demonios podía contestar? Darién negó con la cabeza y pagó la gasolina. Estaba claro que Charlie había perdido la cabeza. Llevaba demasiado tiempo respirando gases tóxicos.

Sin embargo, enseguida se dio cuenta de que no era sólo Charlie. Se detuvo en un semáforo en rojo en la calle principal y saludó a la anciana que estaba cruzando. Era la señora Harker, que había sido su profesora. La mujer se le acercó.

Darién chiba, has encontrado una esposa maravillosa. Espero que sepas apreciarla.

Darién se limitó a asentir. ¿Qué demonios estaba pasando? ¿Estaba todo el mundo tomándole el pelo? Condujo hasta la mansión de los chibas y en el trayecto le hicieron algún comentario más acerca de su nueva esposa. Darién estaba a punto de estallar. No tenía ni idea de lo que estaba sucediendo, pero lo iba a averiguar enseguida.

Salió del coche, agarró el macuto y entró en la casa como una exhalación. Ni siquiera saludó al ama de llaves que salió corriendo detrás de él.

¡Señor Darién!

Perdona, Sophie. Necesito una ducha, charlamos después —contestó subiendo los escalones de dos en dos.

Atravesó en pasillo, cubierto con una alfombra roja, hasta llegar a su suite. Al entrar soltó la bolsa y se quedó paralizado. Oyó el agua correr en el cuarto de baño. ¿Sería «su esposa»?

Sintió ira y curiosidad al mismo tiempo. Sin pensárselo dos veces dio un paso al frente. Abrió la puerta del baño y se encontró con una nube de vapor y con la entonación desafinada de una canción. Serena, no cabía duda.

Bueno… si era su esposa. Darién se acercó hasta la puerta de la ducha y la abrió. Se encontró con una mujer desnuda, mojada y con un cuerpo lleno de curvas. Tentadora. Ella se dio la vuelta y, al verlo, se cubrió como pudo y soltó un grito de terror.

Darién sonrió. —Hola, cariño. Ya estoy en casa.

¿Quién… qué… cómo… quién?

Cielo… ¿es ésa manera de saludar a tu marido? —preguntó divertido por la situación.

Yo… yo.

La había puesto nerviosa, de eso no cabía duda. Estaban a punto de salírsele los ojos de las órbitas, como si estuviera buscando una salida por donde huir. Pues no había ninguna. No se iba a ir a ninguna parte hasta que no le diera respuestas. Darién no se lo iba a poner fácil. Era lo que se merecía después de haberse hecho pasar por su esposa. Echó un vistazo y vio que el baño estaba plagado con botes de cremas de mujer. Sus toallas favoritas, negras, habían sido sustituidas por unas de color azul celeste y había un jarrón con flores.

Por lo visto, serena se había instalado a gusto en la mansión. Debía de haber mentido también al abuelo de Darién. Maldición. De repente se sintió rabioso, pero hizo un esfuerzo por contenerse. La mujer que tenía frente a él, desnuda y atractiva, había engañado a un pobre hombre anciano y solo. Seguramente hubiera tratado de engatusarlo para robarle todo. Bien, el juego había terminado. A Darién no le iba a afectar lo seductora que fuera. Bueno, sí que le afectaba, pero no tanto como para desviar su atención. Dio un paso adelante y percibió la fragancia embriagadora que desprendía serena. Jazmín, si el olfato no lo estaba engañando. Sintió un escalofrío.

Serena lo estaba mirando como si Darién fuera una cobra y ella una conejita indefensa. Aparte de ser mentirosa, parecía astuta.

¿No me vas a dar un beso? —preguntó acercándose más a ella. Si serena hubiera levantado la mano, le hubiera visto los pechos—. ¿No me has echado de menos, cariño?

Ella miró hacia atrás y vio que no tenía escapatoria.

Mantén las distancias… Pervertido.

¿Pervertido? —Preguntó tras soltar una carcajada—. Sólo soy un marido tratando de saludar a mi esposa.

Esto no es en absoluto un saludo —dijo, y rápidamente agarró una toalla. En un abrir y cerrar de ojos estaba envuelta en ella.

Una lástima. Apenas si había podido ver los pezones rosados y turgentes antes de que se tapara. Su supuesta esposa tenía un cuerpo en el que cualquier hombre hubiera querido perderse para recorrer todos sus rincones. En aquel momento serena lo estaba mirando con total desprecio. Sus ojos de color azul cielo hubieran sido capaces de congelar a cualquiera. Sin embargo, Darién, que estaba furioso y ardiente, no se movió.

¿Quién demonios eres? —le preguntó con una mirada igual de glacial.

¿Que quién soy? —dijo moviendo la cabeza agitadamente y salpicando a Darién. La toalla estuvo a punto de resbalársele—. Estoy en mi baño dándome una ducha, pensando en mis cosas cuando de repente… Oh, Dios mío —sus ojos se abrieron como platos—. Eres… No me puedo creer que no te haya reconocido a la primera. Me has asustado y…

Nena, si te he asustado, te lo mereces. Imagínate cómo me he sentido yo cuando todo el mundo al llegar me ha dicho que tengo una esposa.

No me lo puedo creer…

Más o menos —soltó Darién. Dio otro paso adelante. Su tono de voz era calmado—. Tengo un mes de permiso. He venido para descansar, para ver a mi abuelo —giró alrededor de ella y volvió a mirarla a los ojos—. Imagina mi sorpresa cuando todas las personas con las que me he cruzado al llegar me han comentado lo contenta que se iba a poner mi esposa al verme.

Bien, pues no lo estoy. No estoy contenta. Estoy más bien irritada. Enfadada, mejor dicho.

¿Estás enfadada? Pues lo siento mucho.

¿Acaso a ti no te pasaría lo mismo si un completo extraño apareciera en tu ducha como si hubiera salido de la película de Psicosis? Lo único que te ha faltado ha sido la musiquita estridente del violín —añadió ya más recuperada.

Yo no soy quien sobra aquí, nena. Tú eres la mentirosa. Tú eres la intrusa.

¿Seguro? —preguntó con los brazos en jarras saliendo de la ducha.

Completamente seguro. Sabes perfectamente que no estamos casados, así que ¿por qué no me dices qué chanchullo te traes entre manos? ¿Cómo demonios has convencido a mi abuelo para que te deje entrar en casa? —cuanto más lo pensaba, Más furioso se ponía—.Endimión no es ningún tonto, así que debes de ser la reina de la estafa.

¿La reina de la estafa? —repitió furiosa poniendo las palmas de las manos sobre el pecho de Darién.

Si piensas que vas a despistarme fingiendo un enfado, estás equivocada —replicó sin poder evitar mirar el borde de la toalla que se estaba deslizando hacia abajo.

Se supone que no tenías que estar aquí —murmuró serena después de un silencio.

Oh, ésa es buena, nena. ¿Se supone que soy yo el que no tiene que estar?

No le dijiste a Simón que venías. Y deja de llamarme «nena».

Te llamaré como quiera. Y tienes suerte de que todavía no haya avisado a la policía —le soltó. Serena se quedó boquiabierta—. Y respecto a lo de no haber avisado a Endimión, creo que ha sido un acierto —afirmó mirándola fríamente—. Es más difícil pillar a una mentirosa si está alerta.

Yo no soy… ¿sabes que eres un hombre muy irritante? Nadie me había mencionado esa faceta de tu personalidad. Claro, apenas estás aquí, así que se les ha debido de olvidar cómo eres.

Pero ahora estoy aquí —contestó algo incómodo. Era cierto que no iba a Springville muy a menudo. Solía estar embarcado en misiones secretas—. Pero no estábamos hablando de mí, nena —dijo aposta para molestarla—. Vayamos a la pregunta principal. ¿Qué demonios estás haciendo aquí? ¿En mi suite? ¿Por qué le has dicho a todo el mundo que estamos casados y cómo demonios has logrado engañar a mi abuelo?

Tu suite —repitió serena antes de tomar aire. Inspiró tan fuerte que su pecho se hinchó y la toalla resbaló.

Darién observó los pechos firmes, los pezones rosados y el vello púbico. Su cuerpo no tardó en reaccionar. Serena soltó una palabrota, agarró la toalla del suelo y se volvió a tapar.

¿Tu suite? Esa es buena. Llevo ya un año viviendo en esta suite y, qué divertido, porque no recuerdo haberme encontrado por aquí contigo —añadió sarcásticamente.

¿Un año? ¿Llevas un año fingiendo ser mi esposa y viviendo en mi casa?

¿Había pasado tanto tiempo desde su última visita?, se dijo Darién. Maldición. Debía de ser así. Sin embargo, había hablado con Endimión cada dos semanas durante el año anterior y en ningún momento le había mencionado a aquella mujer. Ni una sola palabra. Nada. ¿Qué demonios estaba sucediendo?

¿Tendría serena algo que ver con su abuelo? ¿Le habría amenazado de alguna manera? Difícil de creer. Endimión chiba era un tipo duro. Aunque ya estaba mayor. Quizás… Darién se acercó aún más a ella. Estaba tan enfadado que se le estaba empezando a nublar la vista. Se quedó impresionado al comprobar que serena no se echaba atrás. De repente lo miró de forma desafiante. Darién se forzó para dejar la admiración a un lado; tenía que averiguar qué estaba pasado.

Se acabó el juego, cariño. Lo que sea que te traes entre manos, se ha terminado. Y como me entere de que le has robado a mi abuelo un solo dólar, vas a terminar con tu precioso culito entre rejas.

No voy a continuar esta conversación desnuda —replicó alzando la barbilla. El vapor había desaparecido del baño, hacía frío y serena tenía la piel de gallina.

Tú verás, pero no vas a salir de esta habitación hasta que no obtenga algunas respuestas.

Tenía que haberme imaginado que eras un chulo.

¿Perdona?

¿Tiene algo que ver con que seas militar? ¿Ladras órdenes y esperas que los pobres civiles nos cuadremos a tu paso? Bien, pues yo no voy a hacerlo. Y deberías estar avergonzado de ti mismo.

¿Avergonzado? Aún puedes echarte atrás, nena. Yo no soy quien está fingiendo ser algo que no soy. Yo no estoy viviendo en una casa que no es mía a base de mentiras. Yo no soy…

Por el amor de Dios. No me voy a quedar aquí de pie mientras me insultas —interrumpió ella. Le dio un empellón que lo pilló desprevenido y pasó delante de sus narices. Darién podía haberle impedido el paso, pero no le gustaba emplear la fuerza contra las mujeres. Serena atravesó la habitación y fue directa hasta la cómoda de Darién.

¿Te vas a poner unos calzoncillos míos o una camiseta?

Tu ropa raída está en el cajón de abajo —replicó mirándole por encima del hombro.

¿Raída?

¿Cómo llamarías tú si no a una camiseta que tiene más agujeros que tela?

Mi ropa.

Serena lo ignoró y sacó un sujetador de encaje de color azul y unas medias a juego. Sin mediar palabra se metió en el vestidor y cerró la puerta. Darién no la iba a poder ver vestirse, aunque tampoco lo estuviera deseando. Mentira. Le hubiera encantado volver a verla desnuda. Era humano, ¿no?

En cualquier caso, ¿por qué estás aquí? —preguntó ella desde el vestidor.

Este es mi hogar, nena. Pertenezco a este lugar.

Oyó un resoplido. De repente se oyó otro sonido, perchas que se caían, y serena soltó un grito.

¿Qué estás haciendo?

Me estoy rompiendo el tobillo —replicó.

Darién se acercó a la puerta y miró a su alrededor. De repente se dio cuenta de que la habitación en la que había crecido, estaba completamente diferente. Las paredes eran verdes, no de color beis. La alfombra verde, no marrón. La colcha que cubría la cama de matrimonio que había escogido al cumplir los diecisiete, había sido sustituida por otra de encaje y había una montaña de cojines tapando el cabecero. Unas cortinas blancas cubrían las ventanas y las puertas de los balcones.

¿Cómo no se había dado cuenta antes? ¿Cómo había podido pasársele a él, cuya supervivencia a menudo dependía de la capacidad de observación?

¿Qué demonios le has hecho a mi habitación? —preguntó desconcertado.

Serena salió en ese momento del vestidor. Se había puesto una camiseta amarilla, unos vaqueros desgastados que se ajustaban perfectamente a su silueta y unas sandalias de tacón que la hacían parecer más alta. Su gesto era serio, había conseguido dominar su melena rizada tras cepillarla. Se cruzó de brazos y Darién vio la alianza dorada que llevaba en el dedo anular. Maldición.

Serena miró a Darién directamente a los ojos mientras intentó controlar una oleada de calor. Los ojos azules que tenía frente a ella la miraban con sospecha. Darién Chiba era mucho más… grande de lo que se había imaginado. No era sólo alto. Era grande. Espaldas anchas, las piernas y los brazos fuertes como si se hubiera pasado la vida levantando pesas. Impresionante. Y un poco intimidante, pero no demasiado. No estaba dispuesta a confesarle lo nerviosa que la había puesto. Después de todo, serena no había hecho nada malo.

¿Y bien? —Preguntó de nuevo mirándola fijamente—. ¿Quién demonios te ha dado permiso para instalarte en mi habitación y transformarla en una casita de muñecas?

Serena siempre había pensado que la mejor defensa era un buen ataque. Se lo había enseñado un abogado para el que había trabajado y nunca fallaba.

Tu abuelo. ¿Recuerdas? El hombre mayor y solo al que nunca visitas.

No me hables de mi abuelo. No tienes ningún derecho.

¿De verdad? —preguntó caminando hacia él. Cada paso estaba cargado con la rabia que había acumulado hacia Darién Chiba desde que había empezado a trabajar para su abuelo—. Bien, le voy a decir algo, capitán Chiba. Me gané el derecho a defender a tu abuelo la noche en que le dio un ataque al corazón y sólo yo estuve a su lado.

Darién se puso rojo. ¿Rabia o vergüenza? —En cualquier caso, ¿por qué estabas tú a su lado?

Serena soltó un suspiro. No debería estar explicando nada de todo aquello. Endimión le había prometido que hablaría con Darién antes de que regresara. Pero la visita sorpresa lo había arruinado todo.

Soy la asistente personal de Endimión.

¿Su secretaria?

Su asistente —corrigió—. Estaba aquí, con él, cuando sufrió el ataque al corazón. Intentamos localizarte, pero ¡sorpresa!, estabas desaparecido.

Espera un momento…

No —replicó clavándole el dedo índice en el pecho—. Tú ya has dicho lo que tenías que decir, ahora es mi turno. Nunca estás aquí. Casi nunca llamas. Tu abuelo te echa de menos, maldita sea. Y no entiendo por qué.

Eso no tiene nada que ver…

No he terminado todavía —interrumpió—. ¿Estás tan ocupado salvando el mundo que no has tenido tiempo de acompañar a tu abuelo cuando ha estado a punto de morir? Como te he dicho antes, deberías avergonzarte de ti mismo.

Espero que les guste esta historia que no es mía si no de MAUREEN CHILD, me encanto a penas comencé a leerla y me dije esta debe de ser adaptada a mis personajes preferido y debo compartirla con todos aquellos que desea leer algo de mi persona Serenity-venus025.