Autor: Serenity-venus025.

Capítulo Dos

Lo había logrado, Darién se había quedado con la boca abierta y sus ojos azules brillaban con fuerza. Había tratado de dominarla desde el primer momento, desde que la había sorprendido en el baño. Pero Serena había conseguido invertir la situación y, en aquel momento, era Darién quien tenía que defenderse.

Se hizo un silencio tal en la habitación, que se oía la respiración de ambos. El sol estaba entrando por uno de los balcones abiertos y una luz dorada bañaba la estancia. La leve brisa trajo la fragancia de las rosas del jardín al que daba el dormitorio. A Serena le encantaba aquella habitación, le parecía tranquila y relajante. Salvo aquella mañana.

No tengo nada de lo que avergonzarme —respondió Darién en tensión—. Estoy fuera por mi trabajo, estoy sirviendo a mi país. No soy yo el que está aprovechándose de un hombre mayor y solo.

No sabes de lo que estás hablando —respondió Serena, también tensa.

No lo sé exactamente, pero creo que me hago una idea. Eres su secretaria y de alguna manera lo has convencido de que tú y yo nos hemos casado. No sé cómo lo has logrado, pero lo voy a averiguar.

Eso tiene mucho sentido. Me puse un anillo en el dedo y le dije: « ¿A que no sabes una cosa? Me he casado con el idiota de tu nieto». Y Endimión fue y se lo creyó —le soltó—. ¿Acaso te crees que tu abuelo es tonto? Debes de pensarlo porque, si no, lo que acabas de decir no tiene ninguna lógica.

¿Lógica?

No te preocupes, es algo con lo que probablemente no estés muy familiarizado.

Durante un minuto se quedaron mirándose en silencio. Serena no quería ser la primera en hablar y la paciencia tuvo sus frutos.

Sobre el ataque al corazón de Endimión. Supongo que debería darte las gracias… por haberlo acompañado aquella noche —reconoció realmente incómodo.

¿Supones?

Yo estaba en una misión. No me comunicaron la noticia hasta que no regresé a la base. En ese momento lo llamé, no sé si lo recuerdas.

Un detalle por tu parte —soltó al recordar la cara de alegría de Endimión al recibir la llamada de su nieto—. Una llamada muy personal. Aun así no te molestaste en venir a verlo.

Estaba ya bien —se justificó Darién—. Además, embarcamos de nuevo casi inmediatamente…

Oh, a mí no me tienes que dar explicaciones. Deberías dárselas a Endimión. Además, yo no estuve con él durante su convalecencia, para tu información.

Bien.

Bien —repitió Serena. Era tan extraño estar en la misma habitación con el hombre con el que llevaba un año legalmente casada. Darién Chiba llevaba tanto tiempo habitando en su mente que tenía más que ver con los sueños que con la realidad que había estado viviendo.

Extraño y, sin embargo, ninguna de las veces que había imaginado su primer encuentro con Darién se había figurado que tendrían una discusión de tal calibre. Pero había empezado él. ¡La había llamado estafadora! Así que no se arrepentía de ninguna de sus respuestas. La expresión del rostro de Darién era aún tensa, sin embargo había algo más en su mirada. Algo que Serena no fue capaz de definir aunque le inquietó.

¿Dónde está mi abuelo? —preguntó él.

Probablemente esté en su estudio. Suele pasar las tardes allí —contestó.

Darién asintió y salió de la habitación sin decir nada más.

En cuanto se quedó sola, inspiró profundamente y corrió a desplomarse en la cama. Se miró el anillo de bodas que ella misma había escogido. Le estaban temblando las manos. Era normal, no todos los días la asaltaba en la ducha un hombre enorme y guapo.

Desnuda. La había visto desnuda. No le hacía ninguna gracia ver por primera vez a su marido en esas circunstancias. Entre otras cosas porque todavía no había logrado quitarse de encima los kilos que le sobraban y estaba sin maquillar.

Se llevó las manos a la cabeza.

«Por Dios, Serena, el maquillaje tampoco te hubiera transformado en una supermodelo», pensó. Era consciente de que tenía la boca demasiado grande y la nariz demasiado pequeña, por no hablar de las pecas que le salpicaban la cara. No pertenecía a la clase de mujer en la que se fijaría Darién Chiba.

Pero ¿qué más daba el aspecto físico? No estaba realmente casada con aquel tipo. Sólo oficialmente, nada más.

Se quedó con la mirada perdida en el techo de color verde. Había planeado conocer a su marido después de que Endimión hubiera hablado con él. Pero Darién se había presentado dos semanas antes de lo previsto y lo había arruinado todo.

Realmente había sido culpa de Darién.

Sin embargo, ese pensamiento no le hizo sentirse mejor.

Darién atravesó los pasillos de la mansión familiar con paso decidido. Pero, a pesar del ritmo rápido, no era capaz de dejar de pensar en aquella mujer. Sus palabras retumbaban aún en su cabeza.

«Hombre mayor, solo. Avergonzado».

Soltó una palabrota y siguió adelante.

Cuando llegó a la última puerta, entró sin llamar. Al menos aquella estancia seguía igual que siempre. No había cambiado. Muebles oscuros y brillantes, algunos sillones de cuero y la luz de la tarde entrando por los balcones. Estanterías llenas de libros, desde los clásicos hasta novelas de ficción actuales. Detrás de una gran mesa de caoba estaba sentado Endimión Chiba.

Abuelo —dijo Darién mirándolo a los ojos.

¡Darién! ¡Qué alegría verte! Has llegado antes de lo que te esperábamos —dijo poniéndose en pie y caminando despacio hacia su nieto—. Creíamos que llegarías en un par de semanas.

Darién se acercó al hombre que había estado siempre a su lado. Cuando Darién había tenido doce años sus padres habían muerto en un accidente de tráfico y, desde entonces, había vivido con su abuelo paterno. Endimión había ocupado el vacío, siempre se había encargado de su nieto y le había apoyado. A los ojos de Hunter era un hombre fuerte y seguro de sí mismo.

En aquel momento se dio cuenta de que su abuelo estaba llegando al final de sus días y sintió cómo su corazón se quedaba helado. Abrazó al anciano, que estaba visiblemente débil. Se tragó las preguntas que se agolpaban en su garganta y se obligó a ser paciente.

Siéntate, siéntate. ¿Estás seguro de que puedes estar de pie con la herida que tienes en el costado? —le preguntó señalando una silla.

Estoy bien, abuelo. No ha sido más que un rasguño, de verdad.

No te meten cuatro días en el hospital por un rasguño, chico.

Era cierto, pero no quería preocupar a Endimión. Le habían herido de bala en su última misión y le había dolido muchísimo. Sin embargo, ya sólo le molestaba si se movía muy rápido. Le había quedado una cicatriz, ya que se había tenido que coser él mismo la herida al haber estado solo.

Pero tampoco te dejan salir del hospital en sólo cuatro días si se trata de algo serio.

Eso está bien. Me habías preocupado, chico.

Lo sé. Perdona.

No tienes por qué pedir perdón. Soy consciente de que es tu profesión.

Sin embargo, a Endimión nunca le había hecho gracia que Darién se alistara en el ejército porque había deseado que se hiciera cargo de la dinastía Chiba. Había esperado que lo sucediera y que se sentara detrás de aquella mesa para supervisar los distintos pilares en los que se sustentaba el imperio empresarial que había iniciado el padre de Simón décadas atrás. Pero a Darién nunca le habían interesado ni los bancos ni los negocios. Ningún trabajo que tuviera horario de oficina. A él siempre le habían gustado las aventuras. Siempre había querido hacer algo importante y había encontrado su lugar sirviendo a su país.

Pero, no vas poder quedarte toda la vida en ese trabajo, ¿no? —preguntó a Endimión expectante.

Darién observó el brillo en los ojos de su abuelo. Aunque le costase admitirlo, llevaba un tiempo pensando en dejar el ejército. De hecho, desde que había recibido el disparo. Cinco años atrás no le hubieran dado porque habría sido más rápido que el enemigo, y lo sabía. Hubiera descubierto antes la emboscada, se habría puesto a cubierto y aquella maldita bala no lo habría atravesado.

Sin embargo, el tema del que quería hablar aquel día no era precisamente su profesión.

Olvídate de mi trabajo un rato. Abuelo, la mujer que hay en mi habitación no es mi mujer —soltó.

Endimión cruzó las piernas, se puso las manos sobre el regazo y sonrió a su nieto.

Sí que lo es.

Esto va a ser más duro de lo que yo he imaginado —murmuró antes de ponerse en pie. Se recordó que aquella mujer llevaba un año ganándose el cariño de su abuelo. Le iba a llevar más de cinco minutos hacerle ver la verdad—. Yo no he visto a esa mujer en mi vida, abuelo. No sé lo que te ha dicho, pero es mentira.

Ella no me ha dicho nada, darien—contestó Endimión mientras contemplaba a su nieto caminando nervioso. De repente se detuvo en seco y lo miró con dureza.

¿Así que permites a cualquiera que dice ser mi esposa mudarse a casa e instalarse en mi suite?

No lo entiendes. Ella no me ha mentido, no me ha dicho que está casada contigo, no ha tenido que hacerlo. He sido yo quien ha preparado el matrimonio.

¿Que has hecho qué? —preguntó incrédulo. No sabía qué decir—. Que has preparado… No has podido hacer eso.

Puedo y lo he hecho —le aseguró—. Tuve la idea después de que me diera el ataque al corazón el año pasado.

¿Qué idea? —insistió Darién volviendo a sentarse. Su abuelo estaba sonriendo.

¿Por qué se me ocurrió? Porque era la respuesta a mi problema, por supuesto. Yo estaba allí, en el hospital. Tú estabas de servicio, Dios sabe dónde, y Serena estaba a mi lado.

serena.

Mi asistente.

Tu sucre… bien. Ya me lo ha contado —por lo visto la asistente se había convertido en la nieta política.

Una mujer muy bien amueblada, serena. Siempre pendiente de todo. Sabe cómo hacer las cosas.

No me cabe duda —añadió Hunter irónicamente.

Endimión frunció el ceño.

Nada de esto ha sido idea de serena, chico. Ha sido idea mía. Que no se te olvide.

¿Y cuál ha sido exactamente tu idea? —preguntó calmadamente. Estaba haciendo serios esfuerzos por contener un ataque de rabia.

¡Necesitaba familia aquí! Maldita sea. Se tenían que tomar decisiones y, si yo le decía a serena lo que quería, ella no tenía ninguna autoridad sobre los médicos. Podía haberme puesto mucho peor, pero tuve suerte.

De repente a Darién le vino a la mente la imagen de Endimión en una cama de hospital, monitorizado y con tubos por todo el cuerpo. No había estado al lado de su abuelo cuando más lo había necesitado. ¡Pero que se sintiera culpable no era lo mismo que aceptar que lo hubieran casado!

La podías haber autorizado legalmente.

Podía, pero no lo hice. En vez de darle un poder notarial, la convencí para que se casara contigo.

Tú…

Fue la manera más sencilla que se me ocurrió. Quiero tener familia cerca, chico, y tú no estás nunca aquí.

Darién se sintió aún más culpable, sin embargo…

Pero no puedes casarme con una mujer sin ni siquiera comentármelo.

Me diste poderes para hacerlo.

¿Poderes? Pero si ni siquiera has tenido mi firma.

Sí que he tenido tu firma —contestó con una sonrisa—. Si te molestaras en leer los papeles de la familia que te envío para que firmes, te habrías dado cuenta de que me estabas firmando un papel autorizando tu matrimonio.

Maldición. Endimión tenía razón. Cada vez que recibía un montón de papeles de la familia Chiba, se limitaba a firmarlos y a enviarlos de vuelta. Nunca le habían apasionado los negocios. Lo que a Darién le apasionaba era la Marina. Y siempre había mantenido los dos mundos separados. Obviamente su abuelo se había dado cuenta y había sacado provecho de su desinterés. Se sintió irritado y admirado a la vez.

Bien. Me alegro de que te des cuenta de que llevo razón. Yo te sustituí en la ceremonia de la boda. Era consciente de que, si no habías venido a casa después de mi ataque, seguro que no vendrías ni a tu propia boda… —añadió.

La verdad es que tampoco fui invitado…

Mi amigo, el juez Harris, se encargó de todo. Le di a serena una semana de vacaciones cuando estuve recuperado y dijimos que os habíais marchado juntos de luna de miel.

Nos habíamos marchado.

Sí, y funcionó bien. Estos meses he pensado que no había prisa en comunicártelo.

Sobre todo porque yo no tenía ningún interés en casarme.

Endimión frunció el ceño. Darién se sintió tal y como se había sentido en aquel despacho con trece años tras haber roto un cristal con un balón. Tan incómodo y avergonzado. La única diferencia residía en que ya no era un niño que necesitaba una regañina.

¿Cómo te ha podido convencer para hacer esto, Endimión? —insistió.

En respuesta, el abuelo se puso en pie y lo miró de una forma que siempre lo había asustado.

¿Te crees que soy un viejo tonto que se deja engatusar por una cara bonita que quiere cazar mi fortuna? ¿De verdad piensas que he perdido ya la cabeza, chica?

¿Y qué otra cosa puedo pensar? —preguntó también poniéndose en pie y mirándolo fijamente—. Vengo a hacer una visita y…

Después de dos años —puntualizó Endimión.

Y me encuentro con que me has casado con una mujer que no he visto en la vida porque quieres tener familia cerca.

Vigila el tono que usas conmigo, chico. Todavía no estoy senil, ya sabes.

No he dicho en ningún momento que lo estés.

Pero lo has pensado —dijo antes de darse la vuelta para sentarse tras su mesa de trabajo, su centro de poder. Desde aquella silla Simón había dirigido la fortuna de la familia Chiba durante más de cinco décadas—. Y te voy a decir algo más. Serena no quería participar. Todo ha sido idea mía.

Y aceptó porque tiene un corazón de oro —replicó Darién irónico.

Por supuesto que no. Ha sido un negocio, simple y llanamente. Le voy a pagar cinco millones de dólares.

Cinco… Así que ha aceptado por el dinero, ¿y luego dices que no es una caza fortunas?

Pues claro que no lo es, y te darás cuenta en cuanto la conozcas un poco —respondió. Agarró un bolígrafo y jugueteó con él—. Tuve que convencerla para que aceptara el dinero y me hiciera el favor. Es una buena chica y muy trabajadora. Ha hecho mucho por este pueblo y mucho por tu nombre.

Cuánto me alegro —replicó negando con la cabeza.

Deberías estar agradecido. Te he escogido una esposa que es trabajadora y que tiene un corazón enorme.

Agradecido —repitió. Se inclinó sobre la mesa—. Voy a estar agradecido cuando obtenga una maldita anulación de matrimonio, Endimión. O al menos un divorcio. Tan pronto como sea posible.

Tenía que haberme imaginado que no ibas a saber apreciarla —murmuró Endimión disgustado.

Pues sí.

Si abres los ojos y la ve como yo la veo, cambiarás de opinión —declaró tan satisfecho, que Darién se sintió furioso.

Durante toda la vida Endimión había sido la persona con la que había podido contar. Había sido quien le había enseñado el significado de las palabras «dedicación» y «honor». Le había inculcado el valor del bien y del mal. Y de repente le estaba explicando cómo había llevado a cabo un matrimonio que Darién no deseaba, sólo porque a él le había convenido.

Mi opinión no tiene que cambiar. En primer lugar, ¿por qué se supone que debería apreciar que me hayas casado con una mujer a la que no quiero? Una mujer a la que estás pagando.

Ya te lo he dicho. Ella no quería el dinero. La tuve que convencer para que lo aceptara.

Sí, claro. Y estoy seguro de que te costó mucho convencerla. ¿Cinco millones de dólares? Maldita sea, Endimión. ¿En qué estabas pensando?

Tú no estabas aquí —dijo el anciano suavemente—. Me estoy recuperando, Darién, y tú no estabas aquí. Serena sí.

Ella es tu secretaria —dijo a pesar de la culpa que estaba sintiendo.

Es más que eso.

Ahora desde luego —señaló Darién.

No la conoces —añadió en un susurro—. Vino aquí para construir su propia vida y lo ha hecho. Y ha sido una buena esposa para ti…

¡Pero si yo no he estado aquí!

Y una buena nieta para mí.

En eso Darién tenía que darle la razón. Caza fortunas o no, la mujer rubia llena de curvas se había portado muy bien con Endimión. Cuando él se había enterado de que su abuelo había estado al borde de la muerte se había sentido culpable por no haber estado a su lado. Pero su trabajo era así. Su vida dependía de las órdenes que recibía.

Así que, saber que al menos Endimión no había estado solo, estaba bien. Y en ese sentido estaba agradecido, aunque no se lo hubiera dicho a la rubia porque el enfado no se lo había permitido.

Serena merece tu respeto —le advirtió Endimión señalándolo con el dedo.

Por haberse casado conmigo sin conocerme de nada para contentar a su jefe. Claro, me inspira mucho respeto.

Nunca has sabido escuchar —replicó Endimión.

Te acabo de escuchar. Lo que pasa es que no me interesa lo que me dices. No quiero una esposa.

Lo cierto era que había estado pensando sobre su futuro y, entre las distintas posibilidades, había considerado, durante aproximadamente treinta segundos, casarse. Pero pensar en hacer algo y hacerlo eran cosas bien distintas. Y si finalmente decidía casarse, sería él mismo quien escogiera a su esposa, gracias.

Podría ser peor —añadió Endimión.

¿Ah, sí? No lo creo. No me imagino nada peor a pagar a una mujer para que se convierta en mi esposa.

Eso demuestra que no tienes ni idea. Serena es maravillosa.

No lo dudo —murmuró irónico—. No voy a seguir casado con ella —declaró en un tono de voz más alto. Endimión suspiró.

Ya lo suponía. Aunque debes saber que Margie tampoco quiere seguir casada contigo. Pero se ha portado muy bien conmigo y no quiero que pase vergüenza por ti.

Desde luego. No quiero avergonzar a nadie.

Endimión volvió a suspirar y continuó hablando como si nada.

Está preparando una gran fiesta por mi ochenta cumpleaños y tampoco me gustaría que se estropeara.

Vaya, me doy cuenta de que hay muchas expectativas —murmuró.

Así que, hasta que pase la fiesta, espero que te comportes como un marido, tal y como esperan todos en el pueblo.

¿Perdona? —no se había imaginado una petición así.

Ya me has oído. A la gente de Springville le gusta serena. La respetan. No voy a permitir que la conviertas en el hazmerreír del pueblo. Además, tú te vas a volver a marchar, de eso no me cabe duda… —esperó a recibir una confirmación.

Darién asintió.

Tengo que incorporarme en un mes.

Endimión volvió a fruncir el ceño.

Bueno, yo me quedaré y espero que serena también, así que no le arruines la vida aquí sólo por un enfado.

No me gustaría causarle a serena ninguna molestia —replicó apretando los dientes.

Si después de la fiesta sigues queriendo la anulación…

La querré.

No te frenaré y estoy seguro de que serena tampoco. Pero hasta ese momento harás las cosas a mi manera.

Darién miró a su abuelo y se encontró con la expresión impenetrable de su rostro. Endimión Chiba había tomado una decisión y nada, salvo un ataque nuclear, lograría que cambiara de opinión. Darién se sintió aún más irritado. Estaba atrapado.

Pero serena era un anciano y él le debía demasiado. Así que accedería a hacer las cosas tal y como le pedía su abuelo. Se quedaría a la fiesta y, cuando regresara a la base, iniciaría los procedimientos para la anulación del matrimonio.

Vale —contestó tratando de disimular la frustración—. Mientras esté en el pueblo me comportaré como un marido.

En casa también.

¿Qué?

¿Te has quedado sordo? Deberías mirarte el oído —dijo con una media sonrisa—. Mientras estés en esta casa, serás un hombre casado. No quiero que el servicio trate mal a serena. Todo el mundo en esta casa sabe que estáis casados.

Darién estaba todavía encajando la nueva situación cuando llamaron a la puerta. Se dio la vuelta y se encontró con su «esposa».