Autor: Serenity-venus025.

Capítulo Tres.

Endimión—dijo ignorando a Darién—, ¿está todo bien?

Sí, sí. Sólo le estaba explicando la situación a Darién.

Bien —repuso.

A juzgar por la cara del nieto no le debía de haber hecho mucha gracia la explicación de Endimión. A ella tampoco le hacía gracia estar en aquella situación.

Serena no había querido casarse con Darién, pero lo había hecho por Endimión. Y aunque Darién no la creyera, no habían sido los cinco millones los que la habían convencido, sino la mirada asustada del anciano. Eso era lo que la había empujado a aceptar formar parte en aquella locura de plan.

Aquel año había sido la primera vez en su vida que había tenido la sensación de pertenecer a un lugar. Había sentido que tenía un abuelo, un hogar, un lugar propio, gente de la que preocuparse y que se preocupaba por ella.

Y eso no tenía precio para serena.

Sin embargo, tenía que admitir que haber estado casada con Darién cuando no había estado en casa había resultado mucho más sencillo. Al mirarlo le parecía… muy grande. Sus espaldas, su pecho, aquellos ojos azules.

Su ceño fruncido.

Serena también frunció el ceño y después miró a Endimión.

Ha llegado el médico —anunció.

Maldita sea —soltó, y se puso a revolver los papeles de su mesa—. Serena, dile que estoy muy ocupado y que no puedo verlo hoy. Que lo intente la semana que viene. O mejor el mes que viene.

No hay forma de escapar, Endimión—contestó con una media sonrisa. Ya estaba acostumbrada a que tratara de escabullirse siempre de las revisiones médicas.

¿Hay algún problema? —preguntó Darién.

Serena lo miró reticente y sintió un cosquilleo en su interior. Aquel hombre tenía unos ojos increíbles. Aunque eso a ella le daba exactamente igual. Sobre todo porque unos ojos bonitos no compensaban un carácter arrogante. Sin embargo, parecía preocupado por su abuelo y eso bastó para conmover a serena.

No, es sólo una revisión —se apresuró a contestar para tranquilizarlo—. El médico viene a casa cada dos semanas ya que no confía en que Endimión acuda a la consulta.

Soy un hombre ocupado. Demasiado como para perder el tiempo con un matasanos —murmuró.

Darién se cruzó de brazos.

Pero Darién está bien, ¿no? Está recuperado.

Serena asintió y se obligó a dejar de fijarse en los músculos que se marcaban a través de la camiseta negra de Darién. Estaba realmente fuerte.

Sí… eh, sí —tragó saliva. Estaba nerviosa—. Se ha recuperado completamente. Las revisiones ahora mismo son rutinarias.

Rutinarias —murmuró de nuevo Endimión—. No sé qué tiene de rutinario interrumpir la vida de un hombre cada dos por tres. Eso es lo que me gustaría saber…

Bien. Me alegro de que todo esté bien, pero, por supuesto, me gustaría hablar directamente con el médico —añadió Darién.

¿Y por qué ibas a hablar tú con él? Es mi médico y no necesito más niñeras —replicó Endimión mirando a serena.

Por supuesto que puedes hablar con él —contestó ella a Darién sin hacer caso del anciano.

De repente los dos se estaban comportando de forma correcta. Sin embargo, serena no era tonta y se dio cuenta de que todavía había algo oscuro en su mirada.

¿Quién está al cargo de la situación? —preguntó Darién.

Yo —respondió una voz nueva. Era el doctor Harris que acababa de entrar sonriente en la habitación.

Se trataba de un hombre mayor, con el pelo gris y que escondía una dulce mirada detrás de sus gafas. Caminó hacia Darién y le dio la mano.

Me alegro de verte de nuevo en casa, Darién. Ha pasado mucho tiempo.

Sí —repuso, y le dedicó una mirada rápida a serena—. Sí que ha pasado.

Has perdido el tiempo viniendo hoy. Estoy demasiado ocupado y por ahora no necesito más pastillas, gracias —dijo Endimión sin dejar de mover papeles.

No le haga caso, doctor —añadió serena sonriendo.

Nunca le hago caso —respondió. Soltó la mano de Darién y abrazó a serena—. No sé lo que hubiéramos hecho sin tu esposa por aquí este año, Darién.

¿Ah, sí? —preguntó Darién pausadamente.

Así es —contestó Endimión.

Esta mujer es una maravilla —añadió el doctor—. Además de encargarse de que el cabezota de tu abuelo haga lo que tiene que hacer, nos ha ayudado a recaudar dinero para construir un nuevo quirófano anexo a la clínica. Por supuesto, nos dijo que tú también habías participado en la idea.

¿Eso os ha dicho? —preguntó con la mirada clavada en serena.

Sí. Nos ha contado que después del ataque al corazón de Endimión te querías asegurar de que la clínica estuviera dotada con todo el instrumental necesario para que los vecinos no se tengan que ir a otro pueblo. Significa mucho para la gente que demuestres que Springville sigue siendo tu hogar.

Me alegro de haber servido de ayuda.

Endimión siempre ha dicho que llegaría el día en que empezarías a mostrar más interés por el pueblo. Y por lo visto parece que llevaba razón. Así que quiero darte las gracias en persona y no sólo por la clínica, sino por todo lo que has hecho.

¿Todo lo que he hecho? —preguntó Darién cada vez más desconcertado.

Doctor Harris —interrumpió serena para desviar la conversación—. ¿No tenía más citas hoy?

Es verdad, es verdad. Será mejor que me ponga a trabajar. Sólo quería decirte que todo el pueblo aprecia lo que estás haciendo, Darién. Ha sido muy importante. Todo.

¿Todo? ¿Qué es todo? —preguntó mirando a serena.

¿Tú no has venido aquí a mortificarme? —Le preguntó Endimión al médico—. ¿O te vas a pasar el día ahí de pie charlando con Darién?

Tienes razón. ¿Por qué no os vais a dar un paseo mientras examino a este refunfuñón? —Preguntó el médico, y después le guiñó un ojo a Darién—. Dios sabe que, si tuviera una esposa tan bonita a la que no hubiera visto en meses, me gustaría estar a solas con ella.

Eso es justo lo que estaba pensando —contestó Darién, y serena inspiró profundamente. La verdad era que no deseaba estar a solas con él—. Vamos, cariño —añadió agarrando con fuerza el codo de ella—. Vamos a ponernos al día.

Sólo tuvo tiempo de girarse para mirar a Endimión, quien levantó el pulgar y la miró enigmáticamente, antes de que Hunter la sacara del despacho.

Las piernas de Darién eran tan largas que serena casi tuvo que correr para seguir su paso. El cerró la puerta del estudio y la miró fijamente. Aunque fuera difícil de creer, sus ojos eran hielo y fuego al mismo tiempo.

Tienes que explicarme algunas cosas, nena.

Ya te he dicho que no me llames así —si había pensado que serena se iba a replegar y a pedir clemencia, estaba muy equivocado. En el baño la había pillado por sorpresa y por eso no había sido más directa. Pero ya había tenido tiempo para pensar y para recuperar la confianza en sí misma. Ella no había hecho nada malo y Darién Chiba no podía decir lo mismo.

Echó un vistazo al vestíbulo, con sus muebles solemnes, y recordó la primera vez que había entrado en aquella mansión con aspecto de castillo. Se había sentido realmente intimidada, sin embargo, había logrado que aquel caserón se convirtiera en su hogar. Había puesto alfombras orientales de color rojo sobre los suelos de madera y grandes jarrones de cristal con arreglos florales por las esquinas.

El castillo era su hogar y no estaba dispuesta a que Darién le arrebatara aquella sensación.

No te debo nada —declaró en un tono calmado, lo que no fue sencillo. Una sonrisa se dibujó en los labios de él, sin embargo no parecía contento.

Ese no es el enfoque adecuado.

Y qué hay de éste: me estás haciendo daño —contestó mirando lo dedos de Darién que seguían clavados en su brazo. Inmediatamente aquellos dedos dejaron de hacer presión, sin embargo no la soltó.

Perdona —soltó un suspiro y miró a su alrededor. Tras asegurarse de que estaban solos, prosiguió hablando—: Pero creo que después de lo que Endimión acaba de contarme, tú y yo tenemos que hablar.

¿Endimión te lo ha explicado todo?

Menos mal. Se suponía que aquella conversación debía haber tenido lugar antes de que Endimión llegara. De haber sido así, todo hubiera resultado mucho más sencillo. Pero, si Endimión ya le había contado todo, ¿qué quedaba por hablar?

Sí, pero eso no quiere decir que me parezca bien, así que, empieza a hablar.

Serena se soltó y dio un paso atrás como medida de prevención.

No sé por qué tengo que darte una explicación si Endimión ya te lo ha contado todo.

Pues a mí sí que se me ocurre una razón. De hecho se me ocurren cinco millones de razones —añadió.

En serio, espero que no pienses que estoy haciendo esto por dinero.

¿Y por qué no iba a hacerlo?

¿Por qué eres tan arrogante, sentencioso, hijo de…?

Darien la miró fijamente, la agarró para acercarse a ella y de repente la besó. Fue un beso tan intenso que serena casi se olvidó de respirar.

Una sensación increíble atravesó su cuerpo. Los latidos de su corazón se aceleraron y pudo sentir la sangre correr agitadamente por sus venas. Estaba tan confundida que, si le hubieran preguntado su nombre en aquel momento, no habría podido contestar.

En el momento en que los labios de Darién la rozaron, el resto del mundo desapareció. Su lengua cálida abriéndose paso en la boca de serena. La respiración entrecortada. La tensión de sus brazos al abrazarla. Lo único que pudo hacer fue abrazarlo con la misma intensidad.

Abrió los labios para corresponderle, ávida, respondiendo a la pasión que el cuerpo de Darién desprendía. De repente no le importó que fuera molesto, cabezota y arrogante. Lo único que le importó era lo que le estaba haciendo sentir. Nunca había reaccionado de aquella manera ante un simple beso. Pero es que no se trataba de un beso cualquiera.

Era un beso que contenía calor y fuego, lujuria y pasión y una energía que estaba amenazando con consumir a serena.

Un beso que acabó tan pronto como había comenzado. En cuanto Darién la soltó, ella se tambaleó levemente. Era lo mínimo después de aquel arrebato.

¿Qué? ¿Cómo? ¿Qué? —balbuceó.

La comisura de los labios de Darién se curvó al contener una sonrisa y de repente miró por encima de serena.

¡Sophie!

Oh, el ama de llaves. Serena se sintió de repente avergonzada. Sin embargo Darién le pasó un brazo por los hombros y se mantuvo a su lado mientras saludaba a la mujer.

Estaba tan ocupado recuperando el tiempo perdido con mi esposa que no te he visto subir —añadió.

¿Cómo era capaz de bromear, de reírse y de hablar con coherencia después de lo que acababan de experimentar? serena lo miró sin poder creer que se mostrara impasible tras aquel beso. ¿Acaso no había sentido lo mismo que ella?

Oh, no se preocupe. Siempre es bonito ver a dos tortolitos enamorados. Me alegro mucho de que esté en casa. Y ahora, suban arriba y los esperaremos para la cena, ¿vale? La cocinera está preparando su plato favorito, señor Darién —dijo el ama de llaves, y le dio un pequeño abrazo—. Todos estamos muy contentos de que esté en casa, ¿verdad, serena?

Darién la miró desafiante.

¿Es así, nena? ¿Estás contenta de que esté en casa?

Serena todavía estaba alterada por el beso, pero no quería mostrarle cómo le había afectado. Sobre todo porque parecía que para él no había significado nada. Se obligó a mirarlo y forzó una sonrisa.

«Contenta» no llega a describir lo que estoy sintiendo en estos momentos.

La cena fue interminable.

Endimión estaba presidiendo la mesa como si fuese Navidad o algo así. Darién estaba sentado frente a su «esposa», quien pasaba de ignorarlo a devorarlo con la mirada. No podía dejar de pensar que no debía haberla besado.

Maldición.

Desde que la había besado sólo podía pensar en volver a hacerlo. Pero no podía repetirse. No quería complicarse más en el plan que había urdido su abuelo. Por lo que parecía, su esposa estaba dispuesta a seducirlo para convertir aquel matrimonio en real. Quizás ése fuera el gran plan de serena.

¿Pero cómo iba a ser su plan si había sido Darién quien la había besado? Apretó los dientes y trató de ignorar a la mujer que estaba frente a él. Trató de olvidar la calidez de sus labios. Pero fue inútil. Llevaba horas intentando olvidar la chispa eléctrica que había desatado un fuego intenso en su interior.

Dios, si Sophie no hubiera aparecido, Darién se hubiera visto tentado a colocar a serena contra la pared y…

No debía seguir pensando en aquella dirección.

El cuerpo de Darién aún estaba tenso y ansioso, su mente, obsesionada con aquella mujer. Cuando la había abrazado había sentido que eran dos piezas que encajaban a la perfección. La presión del cuerpo de serena contra el suyo le había afectado de tal manera durante toda la mañana, que aún estaba excitado.

No obstante, no pertenecía al tipo de chicas que normalmente atraía a Darién. Un motivo más para no comprender por qué tenía tal necesidad de volver a sentir su piel, de volver a besarla cuando en realidad debía estar pensando en cómo deshacerse de ella. Al fin y al cabo, se había colado en su casa.

Sin embargo…

Maldita fuera. La miró una vez más. Llevaba puesto un vestido de color azul de manga corta con cuello alto. Darién se imaginó desabrochándole el vestido, tumbándola sobre la colcha que cubría su cama, besando cada milímetro de su piel. Se imaginó dentro de ella y…

Y si no lograba apartarla de sus pensamientos, no iba a conseguir levantarse de aquella mesa sin que todo el mundo se diera cuenta de lo mucho que la deseaba.

Se forzó por recuperar el control de su cuerpo. Observó de nuevo a la rubia que tenía enfrente para no quedarse en la mera apariencia. Tenía el aspecto de ser una mujer joven haciéndole un favor a un anciano, sin embargo, Darién sabía muy bien que era una excelente actriz. Si estaba engatusándolo a él, qué no habría conseguido con Endimión.

Serena y Darién no se había vuelto a encontrar después de la «charla» de aquella mañana. Después de que la hubiese besado. Él no había querido exponerse a estar otra vez a solas con serena. Había preferido salir a dar un paseo en uno de los caballos de Endimión aunque no había dejado de pensar en ella.

¿Más vino, Darién? —le preguntó su abuelo.

Sí, gracias.

Mientras le servían pensó que no había suficiente alcohol en el mundo para calmar el deseo salvaje que le había asaltado. ¿Por qué serena? ¿Por qué esa mujer bajita, peleona y mentirosa? Darién acababa de terminar su relación con Gretchen, una modelo alta y esbelta que tenía la cara de un ángel. Y sin embargo, no le había llegado tan dentro como aquella rubia con un simple beso.

Apretó los dientes y se sirvió un poco más de carne asada, su plato favorito. La cena había sido preparada en su honor. Darién había estado deseando regresar a casa. Unos días libres para descansar y no preocuparse por nada. Pero nada más lejos de la realidad. Cada vez que se cruzaba con alguien del servicio en cualquier lugar de la casa, le guiñaban un ojo o había extrañas risitas.

Le molestaba que el servicio le tratara de aquella forma. Le irritaba estar junto a su esposa y no poder ni tocarla. Aquello era más parecido al infierno que a un permiso de descanso.

En la última misión en la que había estado, Darién se había quedado solo, herido y se había tenido que abrir camino en territorio enemigo. Se había pasado ocho días así, luchando por mantenerse con vida. Pero comparado con lo que le estaba sucediendo en aquel momento, la misión le parecía un fin de semana en Disneylandia.

Hay un baile a finales de semana —anunció Endimión—. Para celebrar el nuevo anexo de la clínica.

Muy bien —replicó Darién. ¡Cómo si a él le importara el dichoso baile!

Ahora que estás aquí, llevarás a serena y ambos representaréis a la familia.

¿Qué? —preguntó desconcertado, y por el rabillo del ojo miró a serena y se dio cuenta de que estaba tan sorprendida como él.

Que acompañarás a tu esposa al baile. Es lo que la gente espera. Después de todo habéis sido vosotros dos los que habéis hecho posible la construcción.

Yo no he tenido nada que ver —le recordó Darién. Su abuelo lo miró fijamente.

Mientras la gente en el pueblo esté convencida de lo contrario, será como ellos dicen.

No tiene por qué acompañarme —intervino serena. Parecía reticente a pasar más tiempo del necesario con Darién. ¿Pero por qué de repente se estaba sintiendo molesto?—. Le diré a todo el mundo que aún le duele la herida de bala.

Darién frunció el ceño. No tenía ganas de ir al maldito baile, pero tampoco le apetecía en absoluto que se inventaran excusas para justificar su ausencia. Sobre todo si quien las inventaba era serena.

Se te da muy bien mentir, ¿no? —le soltó. Serena se volvió y lo miró detenidamente. Sonrió con desdén.

Pues la verdad es que desde que me tuve que inventar un motivo para justificar que no te dignaras a venir a ver a tu abuelo, sí, he aprendido a mentir. Gracias por apreciarlo.

Nadie te lo pidió.

¿Quién hubiera respondido a la gente si no?

No había razón para mentir —añadió Darién soltando el tenedor—. Todo el mundo en el pueblo sabe cuál es mi trabajo.

Serena también dejó el tenedor a un lado. Calmadamente. Sin apresurarse, lo cual irritó a Darién todavía más.

Y todo el mundo en el pueblo sabe que podrías haber pedido un permiso por asuntos familiares, ¿no es así como lo llamáis en el ejército?

Ni siquiera estaba en el país —le contestó apretando los dientes.

Serena no contestó, sólo lo miró fijamente, pero Darién supo exactamente lo que estaba pensando. Era cierto que había estado fuera del país cuando a Endimión le había dado el ataque, pero cuando había regresado podía haber ido a visitar a su anciano abuelo. Sin embargo, se había conformado con una llamada de teléfono para interesarse por la salud de Endimión.

Si Darién hubiera hecho el esfuerzo, habría llegado a tiempo de disuadir a su abuelo de aquel absurdo plan del matrimonio y no hubiera estado metido en ese lío.

Bien. Has ganado esta vez. Te llevaré al maldito baile —reconoció mirando fijamente a serena.

No quiero que… —comenzó a responder ella, pero Endimión la interrumpió.

Excelente —dijo brindando con su nieto.

No puedes beber, Endimión—añadió, serena y después suspiró.

¿Qué sentido tiene vivir eternamente si no puedes tomarte una copa de vino en la comida como cualquier hombre decente?

El agua es decente —añadió ella. Parecía que había olvidado la guerra abierta contra Darién para centrarse en el anciano quejica que presidía la mesa.

Son los perros los que beben agua —insistió Endimión.

Y tú también.

Ahora.

Endimión, ya sabes lo que ha dicho el doctor Harris. Ni vino ni tabaco.

Malditos médicos, dirigiendo la vida de uno y encima dicen que es por mi bien. Y tú —dijo mirando mal a serena—, se supones que estás de mi lado.

Estoy de tu lado, Endimión. Quiero que vivas muchos años más.

Sin divertirme en absoluto, ¿no?

Darién contempló la discusión y sintió una extraña envidia. Era evidente que habían tenido la discusión mil veces. Estaban muy unidos. Formaban un equipo, eso era innegable.

Él era el extraño en aquella mesa. No pertenecía a aquella escena, a pesar de estar en la casa en la que había crecido junto a su abuelo. Aquella mujer… la «esposa» de Darién, lo había borrado de la foto.

¿O quizás fuera él mismo el responsable de estar fuera?

Había sido un día horroroso. Necesitaba un poco de paz y tranquilidad.

¿Sabéis una cosa? Estoy destrozado. Creo que me voy a la cama —dijo interrumpiendo la discusión de las dos personas que lo estaban ignorando por completo.

Buena idea —contestó endimion fijando su atención en Darién—. ¿Por qué no os subís los dos a vuestra habitación y descansáis?

Silencio.

Pasaron varios segundos hasta que uno de los dos consiguió abrir la boca.

¿Nuestra habitación? —balbuceó serena.

Darién miró a su abuelo.

Endimión sonrió.