Autor: Serenity-venus025.
Capítulo Cuatro
—Yo no voy a dormir en el suelo —le anunció Darién a serena.
—Bueno —contestó ella desde dentro del vestidor—. Pues tampoco vas a dormir conmigo.
Dios santo, ¿cómo iba a compartir cama con el hombre que la había besado hasta hacerla perder el sentido aquella misma mañana? Si la besaba de nuevo, serena corría el peligro de ceder a los sentimientos que la estaban asediando y entonces, ¿qué sería de ella?
—No te hagas ilusiones, nena. No quiero tu cuerpo, sino el colchón. Te aseguro que no voy a dormir en el suelo de mi propia habitación.
Serena frunció el ceño. Por lo visto no tenía por qué preocuparse ya que Darién no había sentido nada parecido al terremoto que la había sacudido a ella cuando la había besado. ¿Se sentía insultada o afortunada?
—Bien, yo dormiré en el suelo —dijo finalmente.
—Como gustes —replicó él.
—¡Serás capaz! ¿Me vas a dejar dormir en el suelo en vez de dormir tú como haría un caballero?
—Nunca he dicho que fuera un caballero —replicó.
—Bien, pues yo no voy a dormir en el suelo —afirmó. Aquélla era su habitación. Llevaba un año siendo su habitación. ¿Por qué iba a ser ella quien durmiera incómoda? Además, como Darién no estaba interesado sexualmente en ella, estaría perfectamente a salvo.
—Como quieras.
—Pero no intentes hacer nada —le advirtió. Una advertencia que debía hacerse a sí misma también.
Darién soltó una carcajada.
—No te preocupes, ya te he dicho que estás completamente a salvo.
Asqueroso. Con qué facilidad la despreciaba. Evidentemente el beso que le había dado no había significado nada para él. ¿Cómo le iba a haber impresionado si los hombres nunca se habían interesado por serena?
Era demasiado bajita y… con demasiadas curvas. Probablemente a Darién le gustaran las mujeres altas y esbeltas que soñaran con un bombón como él para una aventura. Su mujer ideal nunca se hubiera fijado en un hombre normal y corriente porque ni siquiera los vería por la calle. Su mujer ideal no llevaría camisetas de algodón sino tejidos de seda. Sería como un maniquí, sin mis chelines, ni curvas ni arrugas. Su mujer ideal no tendría por qué casarse con un hombre representado por su abuelo, fundamentalmente porque los hombres harían cola en la puerta de su casa para casarse con ella. Su mujer ideal no se derretiría con un simple beso.
—Oh, Dios, ¿cómo me habré metido en este lío? —murmuró aún dentro del vestidor.
Estar casada con Darién mientras había estado fuera había sido muy sencillo. Perfecto. Se lo había imaginado como un marido perfecto. Sensato y cariñoso. ¿Cómo iba a imaginar que el hombre real estaba a años luz del inventado?
Salió del vestidor y se encontró con que Darién ya estaba parapetado dentro de la cama. En el lado de serena.
—Muévete —le ordenó con la mano.
—Es una cama enorme. Hay sido suficiente para los dos —le recordó él.
No había cama lo suficientemente grande en el país como para que serena pudiera compartirla cómodamente con Darién. Sin embargo, no estaba dispuesta a demostrarle que aquella situación le resultaba incómoda. Le iba a costar conciliar el sueño, además iba a tener que dormir en el otro lado de la cama.
—Estás en mi lado.
Darién miró a su alrededor y se encogió de hombros. No llevaba camiseta y era realmente fuerte.
—Ya que soy el único que está metido la cama, me parece que éste es mi lado —replicó con una expresión divertida en los ojos. Su pecho desnudo brillaba como el oro bajo la luz tenue de la lámpara de noche. Se incorporó y la colcha le cubrió sólo de cintura para abajo.
Serena tragó saliva sin dejar de apreciar aquel torso. Un vello suave y oscuro le cubría el pecho y descendía en una fina tira por el abdomen perdiéndose debajo de la colcha.
Estaba desnudo.
Oh, Dios. Serena no iba a pegar ojo en toda la noche. Sintió un nudo en el estómago y se le secó la boca.
—¿No tienes un pijama? —preguntó nerviosa.
Darién sonrió y se le dibujó un hoyuelo encantador en el carrillo izquierdo. ¿Por qué tenía que tener un hoyuelo?
—No. No tengo —dijo atravesándola con la mirada, traspasando el camisón de manga larga de algodón de serena. Le llegaba por la rodilla y estaba decorado con florecillas azules. Después la miró a los ojos—. No tienes algo menos…
Serena sintió la desaprobación en su tono de voz. Se puso con los brazos enjarras en una actitud desafiante esperando a que terminara la frase.
—¿Menos qué?
—¿Menos propio de La casa de la pradera?
Serena acarició el agradable camisón. ¿Acaso no estaba guapa? La verdad era que Darién no había podido ser más explícito para decir que no le atraía en absoluto.
—No hay ningún problema con mi camisón. Es muy mono.
—Si tú lo dices —repuso él alzando una ceja.
—Y muy cómodo.
—De acuerdo.
Serena soltó un suspiro. Se terminó de abrochar todos los botones del camisón, que era perfecto. Después volvió a mirar a Darién. Era evidente que estaba acostumbrado a irse a la cama con mujeres que o bien dormían desnudas, o llevaban camisones de encaje y seda.
—¿Te vas a mover o no?
—No.
—Eres el tipo más insensato y arrogante…
Darién cerró los ojos aposta.
—Ya he vivido esto. ¿Por qué no posponemos el intercambio de insultos hasta mañana por la mañana?
—Vale.
—De acuerdo. Ahora métete en la cama y duérmete.
Maldiciendo, serena dio la vuelta a la cama para meterse en el lado equivocado. A Darién le daba lo mismo dormir con ella. Acababa de cerrar los ojos para mostrarle su desprecio. No podía haber sido más claro a la hora de mostrar su desinterés. Entonces, ¿por qué estaba ella nerviosa y temblando? No era justo.
Darién había tirado todos los almohadones al suelo y ella tuvo que apartarlos para poder acceder a la cama. Antes de que se metiera, Darién le abrió la colcha. En aquel movimiento le ofreció otra vista de su deliciosa piel morena, a pesar de que seguía cubierto estratégicamente.
De repente se fijó en la venda blanca que tenía en el costado izquierdo, justo sobre la cadera. Con tanta discusión, se le había olvidado que tenía una herida reciente. Serena se sintió mal por haberse metido tanto con él en las condiciones en las que estaba.
—¿Estás…? —se detuvo y soltó un suspiro. Lo miró a los ojos—. ¿Está bien la herida? Quiero decir, ¿estás bien?
—Me emociona que te preocupes por mí —repuso irónicamente—. Sí estoy bien, aunque todavía no completamente recuperado para aventuras de una noche. Así que, como ya te he dicho antes, estás a salvo —volvió a mirar el camisón de serena y negó con la cabeza—. Aunque, si no estuviera herido, te tengo que decir que ese camisón es el mayor repelente que te puedes poner contra un hombre.
Inmediatamente serena se arrepintió de haberse preocupado por él. Era un tipo insultante, vasto y arrogante. Ojalá que le doliera la herida como el primer día. Y si en algún momento volvía a sentir aquel absurdo cosquilleo al mirarlo, lo negaría hasta que desapareciera.
—Eres…
—Los insultos por la mañana, ¿recuerdas? —le dijo interrumpiéndola.
—Vale —dijo tragándose la ristra de insultos que tenía preparada. Era un hombre irritante, pero terriblemente atractivo. Recogió algunas de las almohadas que él había tirado con desdén.
—¿Qué estás haciendo ahora?
Serena ni lo miró. Prosiguió recogiendo almohadones y apilándolos en línea en el centro de la cama. Cuando estuvieron todos colocados, sonrió.
—Estoy construyendo una pared entre nosotros. Como bien has señalado, es una cama enorme. Hay sitio de sobra para los dos y para una pared.
—No necesitas una pared, nena, ya tienes tu camisón.
—Quizás seas tú quien la necesite —respondió metiéndose en la cama y cubriéndose hasta la barbilla.
—¿Sí? —preguntó antes de apagar la luz y dejar la estancia a oscuras—. ¿Tienes miedo de violarme en sueños?
Serena cerró los ojos y se giró para darle la espalda.
—Tengo miedo de asesinarte. Que duermas mal.
La mañana siguiente, cuando Darién salió de la ducha, serena estaba dentro del vestidor. Revolvió en su macuto y sacó unos vaqueros desgastados y una camiseta azul de la Marina.
—Tengo que ir al pueblo para revisar algunos detalles de la cena del baile —gritó ella desde lo que se había convertido en su vestidor privado.
—Deja que lo adivine, ¿a que también te encargas tú de la cena?
Por lo que había visto hasta aquel momento, serena «Chiba» se había inmiscuido en todos los asuntos públicos del pueblo. ¿Cuál sería su plan? ¿Por qué se estaría molestando en implicarse en los asuntos de Springville si sólo se había casado con él por los cinco millones de dólares que Endimión le había prometido?
Tenía aún más preguntas sobre serena que el día anterior. Y la primera de todas era por qué demonios se sentía tan atraído por una mujer que, en circunstancias normales, le habría pasado desapercibida.
—¿Por qué te cuesta tanto entender que a algunas personas simplemente nos gusta sentirnos parte de la comunidad en la que vivimos?
—Es que no comprendo tus razones —replicó mirando hacia la puerta entreabierta del vestidor. Intentó no pensar en lo que serena estaba haciendo allí dentro, sin embargo imágenes de su cuerpo desnudo y mojado volvieron a invadir la mente de Darién. Además aún recordaba el beso, la suavidad y la pasión con la que serena lo había recibido.
El cuerpo de Darién se endureció como una piedra ante aquel recuerdo. Soltó un gemido y se ajustó los pantalones, aunque no sirvió de mucho. Maldita fuera, lo que necesitaba era una mujer, no una esposa. Habían pasado dos largos meses desde la última vez que había estado con una mujer, pero en aquel momento parecía que habían pasado dos años.
Menos mal que aquella mañana se había despertado temprano porque el muro que serena había construido se había caído a media noche. Darién se había sorprendido al descubrir que instintivamente, mientras había estado dormido, había buscado a serena y la había abrazado. Afortunadamente, ella había estado dormida aún cuando él se había despertado. Darién se había separado de ella apresuradamente y había vuelto a construir la estúpida pared.
—¿Por qué no voy a contribuir si puedo hacerlo? —preguntó saliendo del vestidor y mirándolo a los ojos.
Darién le mantuvo la mirada durante un buen rato. La luz de la mañana entraba por las cortinas de encaje iluminando a su radiante esposa. Llevaba puesto un traje negro sin ninguna forma, parecía un saco. La blusa blanca de debajo de la chaqueta estaba abrochada hasta el último botón. Pero a pesar de todo, Darién sintió una oleada de calor y de peligro. Ni siquiera la espléndida Gretchen le había provocado reacciones tan intensas.
Se sintió irritado porque su cuerpo le estuviera traicionando cada vez que admiraba a serena.
—¿No serás en realidad una monja? —le soltó.
—¿Qué? —replicó confundida.
Darién caminó alrededor de ella sin dejar de observarla.
—Primero el camisón. Y ahora esta cosa.
Serena cruzó los brazos bajo los pechos. Darién los miró fijamente y recordó los pezones turgentes y húmedos que llevaban obsesionándolo desde que la había sorprendido en la ducha.
—No hay nada de malo en este traje —respondió ella.
Lo único malo era que escondía un maravilloso cuerpo. Sin embargo, si Darién hubiera sido capaz de recuperar el sentido común, hubiese estado agradecido en vez de molesto.
—Nada que una hoguera no pudiera arreglar.
Serena inspiró profundamente y Darién se volvió a fijar en sus pechos. Ella se dio cuenta y bajó los brazos. Instantáneamente el saco volvió a esconder los encantos de aquel cuerpo.
—Ahora en serio, ¿por qué escondes ese cuerpo?
—¿Perdona? —preguntó ruborizándose. Darién se sintió conmovido a pesar de todo. Hacía mucho tiempo que no conocía a una mujer que se ruborizara.
Llevó su dedo hasta la barbilla de serena y le alzó el rostro. Le fascinaban sus ojos aunque sabía que no debía emocionarse. ¿Acaso no bastaba el hecho de que ese mes fuera a estar casado? ¿No bastaba que estuviera excitado constantemente y que la deseara? ¿Acaso ella no estaba sintiéndose igual?
—Se te ha olvidado, nena, pero yo he visto el cuerpo que tienes. He visto que tiene curvas y valles y grandes… —sonrió— colinas.
Serena se separó de él. Darién se frotó los dedos como si aún pudiera retener su esencia.
—¿Por qué lo escondes? —añadió él.
—No estoy escondiendo nada —dijo atravesando la habitación hasta el tocador. Una vez allí agarró un peine y se lo pasó por la cabellera rizada—. Me da igual saber que debería perder unos kilos.
Mujeres. Nunca estaban contentas con su cuerpo. Incluso Gretchen estaba constantemente a dieta. Al recordarla se dio cuenta de lo escuálida que estaba, ¿cómo no se había cortado con sus afilados huesos al abrazarla? Sin embargo, el sexo con serena seguro que era una experiencia inolvidable. Aquellas curvas. Una piel tan suave que recorrer y explorar…
Darién se estremeció al darse cuenta de que su cuerpo se estaba volviendo a excitar. Estaba realmente incómodo. Se acercó hasta el tocador y apoyó las manos en él. Estaba tan cerca de serena que su barbilla casi rozaba la cabeza de ella. Encontró su mirada en el espejo.
—¿No te das cuenta de que esconderse sólo sirve para que un hombre se pregunte qué hay debajo de tanta tela?
La vio tragar saliva en el espejo.
—Como acabas de recordarme, tú ya sabes lo que hay debajo.
Darién sonrió al darse cuenta de que ella estaba colorada. ¿Una mentirosa o una ladrona podían sonrojarse así?
—Y ese cuerpo se merece algo mejor —añadió Darién.
—Gracias por tu opinión —dijo, y se escabulló bajo los brazos de él. Después agarró el bolso y se detuvo en la puerta—. Me tengo que ir, supongo que te veré después.
—Voy contigo —contestó Darién de repente.
—¿Qué? ¿Por qué?
Darién no tenía una respuesta clara. Lo único que sabía era que no estaba listo para separarse tan pronto de ella. De alguna manera, con aquel traje de saco le pareció una criatura vulnerable. Darién sintió un repentino deseo de protegerla, aunque fuera totalmente ilógico. Serena no necesitaba su protección, lo que necesitaba era que la echara de la mansión. Eso era lo que pensaba hacer antes de marcharse. Sin embargo, en aquel momento era su esposa, quisiera Darién o no, y más les valía a ambos hacerse a la idea.
—Había pensado en acercarme hoy al pueblo a visitar a algunos viejos amigos —anunció.
—Oh.
—Pero acabo de cambiar de opinión. Creo que vamos a ir mejor a la ciudad —dijo tras observar de nuevo el traje de serena.
—¿A San Francisco?
—Eso es —dijo sentándose en el borde de la cama. Se puso las botas y se volvió a poner de pie.
—¿Por qué? —preguntó serena desconcertada.
—Para comprarte ropa nueva.
—No necesito ropa nueva.
—Mira, ya estamos discutiendo otra vez. Tú ganaste la partida de anoche, pero ésta la voy a ganar yo.
—Darién… —se detuvo y frunció el ceño. Era como si pronunciar su nombre le resultara extraño—. No hay ningún motivo para comprarme ropa. La que tengo está perfectamente.
—Ahí es donde te equivocas —contestó acercándose a ella. De nuevo le alzó la barbilla y le sonrió. Sus ojos azules reflejaban enfado y sospecha—. Mira, nena, eres mi mujer. Y mi mujer no puede estar anticuada.
Serena parpadeó.
—¿Anticuada? Este traje no está anticuado. Es un traje de chaqueta.
—Si tú lo dices —añadió agarrándola del brazo y guiándola hacia la puerta. La parte racional de Darién se preguntaba por qué demonios le importaba cómo fuera vestida, sin embargo no quiso prestar atención. Quería verla vestida con ropa que la favoreciera y que mostrara no sólo su cuerpo, sino su personalidad.
«¿Qué personalidad?», se preguntó mientras se perdía en aquellos ojos azules. ¿La de una mentirosa? ¿La de una tramposa? ¿O quizás fuera lo que defendía ser, una mujer haciéndole un favor a un anciano?
—No quiero ir de compras.
Darién se paró en seco y la miró sonriendo.
—Creo que es la primera vez en mi vida que oigo a una mujer pronunciar esa frase.
—No trates de ser encantador para convencerme.
—¿Crees que estoy utilizando mis encantos? Anoche me amenazaste con asesinarme mientras dormía.
—No te he dicho que estés usando tus encantos. He dicho que no intentes ser encantador, que no lo consigues.
—Ah, ésta es la esposa que conozco y detesto —soltó Darién sin poder controlarse. Se arrepintió al instante de lo que había dicho.
Serena se soltó y lo miró furiosa.
—Ya sé que no te gusto, pero no tienes por qué ser cruel conmigo.
Darién la miró fijamente y vio algo más que rabia en su mirada. La había hecho daño y se sintió fatal. Había estado tan pendiente de sí mismo, en aquel estado constante de excitación del que culpaba exclusivamente a serena, que no se había dado cuenta de que ella estaba tan atrapada como él en aquella pantomima.
La construcción de un muro de almohadones la noche anterior no había sido un acto propio de una ladrona profesional. Serena se había comportado más como una vestal tratando de proteger su virginidad ante la amenaza de hordas de saqueadores. ¿Qué demonios estaba pasando en realidad? ¿Quién era en realidad aquella mujer?
Lo mejor sería darle espacio y no atacarla para ver cómo reaccionaba. Darién era paciente. Dios, su entrenamiento, su trabajo, su vida exigían paciencia. Iba a dejar los ataques verbales y a observar cómo reaccionaba ella.
—Tienes razón —reconoció finalmente. Se sintió complacido al ver que la expresión del rostro de serena era de sorpresa ante sus palabras—. Lo siento.
Lo miró unos instantes, como si estuviera tratando de discernir si lo había dicho en serio o no. Finalmente asintió.
—Vale. Esta es una situación extraña. Para los dos —dijo serena.
—Es justo lo que estaba pensando —repuso Darién. Interesante. Si era un poco más amable, serena se mostraba menos irritable.
—Entonces, ¿tregua?
—Quizás —contestó pensativo—. Te lo confirmo cuando terminemos las compras.
—Darién…
Él negó con la cabeza. No iba a ceder en ese punto.
—Mi esposa no se viste así. No voy a dejar que la gente del pueblo se pregunte por qué no te he comprado ropa nueva. ¿Quieres interpretar el papel de la señora Chiba? Lo vas a hacer, pero mucho mejor vestida. Serena alzó la barbilla y lo miró fijamente. Sin embargo no dijo nada.
—Muy bien. Esta vez voy a ganar yo —añadió Darién.
Serena sintió el contacto de la mano de Darién sobre la espalda y fue como un latigazo eléctrico. Sus nervios se encendieron de forma incontrolable, aun así siguió caminando y hablando para disimular.
La calle principal del pueblo se estaba despertando después de un invierno que había sido frío y gris. Había llegado la primavera y el sol brillaba en el cielo azul. Corría una brisa fresca y los maceteros llenos de flores espléndidas adornaban las aceras mientras los vecinos charlaban en corrillos.
A serena le encantaba aquel pueblo. Le había gustado desde que había llegado dos años atrás. Era uno de esos pueblos de postal que representaban el estilo de vida Norteamericano. Una bandera ondeaba en el centro de la plaza principal, las madres paseaban con sus carritos y se sentaban en los bancos, los niños sonrientes jugueteaban en la hierba y el aroma del pan, que salía de la panadería, flotaba en la plaza.
Para serena, después de haber crecido en Los Ángeles, donde no había sido más que un rostro anónimo en medio de la multitud, llegar a Springville había sido como encontrarse con un viejo amigo. Sentía que pertenecía a aquel lugar. Había encajado. O al menos así había sido hasta aquel momento.
Miró al hombre que caminaba a su lado. Serena sabía que no iba a ser capaz de quedarse en Springville después de aquel mes con Darién. Iba a tener que abandonar el pueblo, aquellos vecinos, incluso a Endimión, el abuelo al que había llegado a querer. No sería posible quedarse allí después del divorcio. No iba a ser capaz de soportar las miradas de lástima de sus amigos. No iba a ser capaz tampoco de responder a las preguntas que le harían.
Pero sobre todo, no iba a ser capaz de quedarse en el lugar en el que sus fantasías habían muerto.
—Aun así te digo que deberíamos haber ido a la ciudad —murmuró Darién mientras saludaba con la mano a un vecino.
Serena negó con la cabeza. Finalmente había accedido a ir de compras, pero en el pueblo.
—Eres un Chiba —explicó por tercera vez—. Debes apoyar los comercios locales.
—Hablas como si fuera el rey del pueblo o algo así. ¿Qué tiene que ver ser un Chiba con comprar donde quiera? —preguntó en voz baja. Serena le oyó perfectamente. Dios, en sólo veinticuatro horas se había acostumbrado a su tono grave y profundo. En qué lío se había metido.
—Tu familia construyó este pueblo. Las oficinas centrales de tus negocios están aquí. Empleas a la mitad de la población de Springville.
—Yo no. Endimión—insistió.
—Los Chibas —le recordó.
—Bueno, en lo que a mí…
—¡Darién! —exclamó para que se callara porque se les estaba acercando una pareja.
—¿Qué pasa ahora? —murmuró, y se detuvo. La rodeó con un brazo.
Desde que habían salido de casa les habían parado varias veces para dar la bienvenida a Darién.
Era extraño, pero serena se sentía cómoda en los brazos de él. ¿Cómo era posible? ¿Cómo podía desear al hombre que le iba a arruinar la vida?
Una pareja joven, James y Annie Drake, que iban dados de la mano se acercaron a ellos para saludarlos.
—Hola, serena. Darién, me alegro mucho de verte de vuelta —dijo el hombre moreno. Llevaba unas gafas gruesas y tenía una amplia sonrisa.
—Estoy muy contento de haber vuelto a casa, James.
Lo dijo de tal manera que sonó convincente, aunque serena sabía que no era cierto. No quería estar allí.
—Annie, me alegro de verte a ti también. ¿Cómo están los niños? —añadió Darién.
—Están bien —repuso la mujer rubia—. Sólo le tienes que preguntar a tu mujer. Me ayudó a cuidarlos durante la última reunión de vecinos.
—No me importó —contestó serena recordando a los dos gemelos de tres años que eran como un torbellino.
—¿La ayudaste? —preguntó Darién.
—No sé lo que sería este pueblo sin ella. Nos está ayudando tanto a todos. ¡Tiene ideas maravillosas! —prosiguió Annie.
Serena sonrió a su amiga, pero estaba deseando que se callara porque Darién cada vez la estaba abrazando más fuerte.
—Te creo. Esta mujer es una caja de sorpresas —comentó Darién.
—Desde luego. Serena es una maravilla —dijo James.
—Eso dice todo el mundo —añadió Darién abrazándola aún más fuerte. Serena se apoyó en él en un gesto excesivamente romántico. La consecuencia fue un escalofrío que recorrió todo su cuerpo.
—Bueno, sabemos que estáis muy ocupados —dijo James—. Os hemos visto y nos hemos querido parar para daros las gracias personalmente por todo lo que estáis haciendo por el pueblo. Los vecinos realmente lo aprecian.
—Sí, pero… —comenzó a decir Darién. ¿Acaso iba declarar delante de aquella gente que él no había tenido nada que ver? ¿Iba a decirles que serena se había inventado su colaboración?
—Solamente la guardería en la oficina central de Chiba ha sido una bendición —interrumpió Annie llevándose la mano al corazón—. Serena nos dijo que para ti era muy importante que las madres que tenían que trabajar pudieran dejar a sus hijos en un lugar seguro. Al estar en el mismo edificio, podemos trabajar y tener a nuestros hijos cerca.
—¿Eso os dijo? —preguntó Darién mirando a serena, quien no quiso devolverle la mirada para no sentir su desaprobación.
Los ojos de Annie se humedecieron.
—Dios, qué boba, mira que ponerme así. Es que ha significado mucho para nosotros, Darién. Quiero decir que yo, por ejemplo, necesito trabajar, pero me es mucho más fácil si sé que mis hijos están tan cerca.
—Bien —murmuró él—. Eso está muy bien, Annie, pero la cuestión es que…
—Ves, cariño —le interrumpió serena rápidamente—. Ya te dije que la gente está muy contenta con que hayas demostrado tu interés por el pueblo —no estaba dispuesta a que lo echara todo por tierra.
—En eso tienes razón. El nuevo campo de fútbol, las flores de la calle principal… Bueno, son muestras de que los Cabot todavía están vinculados al pueblo que construyeron.
—Y Darién está feliz de hacerlo —dijo serena sonriendo y apoyándose aún más en su esposo.
—Queríamos darte las gracias personalmente —insistió James—. Y ahora tenemos que irnos. La madre de Annie está cuidando de los dos monstruos y probablemente ya esté agotada. Me alegro mucho de verte, Darién.
—Gracias —dijo paralizado sin soltar a serena mientras veían marchar a la pareja.
—Bueno. Será mejor que nos acerquemos a la tienda de Carla —propuso ella suavemente.
—Un minuto. Primero quiero que me expliques algunas cosas —respondió apretándola contra su cuerpo.
—¿Qué? —preguntó mirándolo a los ojos con cierta timidez.
—¿Por qué lo has hecho? —preguntó con una expresión indescifrable—. ¿Por qué le has hecho creer a todo el mundo que ha sido idea mía mejorar el pueblo? ¿Por qué no has hecho lo que te diera la gana sin meterme a mí en medio?
—Porque soy tu esposa, Darién. Y sin ti, las decisiones no tenía sentido.
—Pero yo nunca he pedido esto —dijo mirándola con frialdad—. Yo no quería… no quiero ser responsable de nada en este pueblo.
Serena negó con la cabeza. Sabía que, aunque Darién no lo reconociera, amaba aquel lugar. Lo había visto con sus propios ojos durante aquel paseo. Lo había notado en la manera en la que había saludado a sus viejos amigos y en la forma en la que había reaccionado al agradecimiento de los Drake.
—No te das cuenta, Darién —dijo suavemente acariciándole la mejilla. Era la primera vez que lo tocaba voluntariamente—. No tiene que ver con lo que tú quieras. Tiene que ver con lo que ellos necesitan. La gente de Springville necesita sentir que son importantes para los Chibas. Y te guste o no, tú eres un Chiba.
