Autor: Serenity-venus025.

Capítulo Cinco

Eso es una tontería —dijo Endimión—. No hay motivo para que te vayas y no voy a aceptar tu renuncia.

Serena suspiró. Se había imaginado que le iba a resultar difícil comunicarle a Endimión la decisión de que se marcharía cuando aquel mes terminara. Pero después de haber pasado la mañana con Darién por el pueblo había sido más que consciente de que no podría quedarse allí una vez que el «matrimonio» terminara. ¿Cómo iba a quedarse?

Cuando Darién se marchara, todo serían caras de pena y preguntas sobre qué habría fallado en aquel maravilloso matrimonio. Serena no quería ni imaginárselo. Aquel lugar había sido un refugio para ella. Había hecho amigos y había tenido un sentimiento de pertenencia que nunca antes había experimentado. Y no quería que nada cambiara. Así que para protegerse a sí misma y a los recuerdos de aquel año, no le quedaba más remedio que marcharse.

Tienes que aceptarla, Endimión. Me voy a marchar cuando acabe el mes. Tengo que hacerlo —contestó tristemente.

No, no te vas a marchar. Darién no es un idiota y lo sabes. Va a abrir los ojos. Se va a dar cuenta de quién eres. Todo va a salir bien, ya verás.

En parte serena quería confiar en las palabras de Endimión, pero no podía. Su sentido común no se lo permitía. Ella y Darién no habían tenido un encuentro armonioso precisamente.

Endimión, él piensa que soy una caza fortunas.

El anciano soltó una risotada.

Pronto se va a dar cuenta de que no es verdad. Le dije que te tuve que obligar a aceptar el dinero.

Ya —contestó pestañeando. Serena nunca había querido ese dinero, sin embargo lo había aceptado ante la insistencia de Endimión. Lo único que había deseado era un trabajo honrado del que poder vivir.

No se había casado con Darién por el dinero. Lo había hecho por Endimión. Y también había aceptado porque le había agradado la idea de estar casada. Había querido ser deseada.

Qué estúpida. Realmente estúpida.

Debía haberse dado cuenta de que estaba cometiendo un grave error.

No te preocupes por mi nieto, ¿me escuchas? —replicó Endimión poniéndose en pie. Se acercó a ella, la tomó del brazo y caminaron juntos hacia la puerta—. Conozco a Darién desde que nació y estoy seguro de que va a hacer lo correcto.

Lo correcto para él es meterme entre rejas —replicó serena. Endimión soltó una carcajada y le acarició el brazo.

Confía en mí, serena. Todo va a salir bien.

Endimión…

No me digas ni una palabra más ahora —le interrumpió alzando la mano—. Sólo sé tú misma y deja que yo me ocupe de Darién —añadió antes de cerrar la puerta del despacho y dejar a serena.

Se quedó pensativa. ¿Habría prestado atención a algo de lo que le había dicho? Probablemente no. Llevaba dos años trabajando para Endimión y ya se había dado cuenta de que era tan cabezota como estaba demostrando ser su nieto.

Aquellos días Darién tuvo que sufrir las muestras de gratitud de sus vecinos. Estoicamente, en silencio, aceptó los agradecimientos por cosas que no había hecho, de personas a las que ni si quiera conocía.

Serena había tenido razón. Las personas de Springville necesitaban saber que sus puestos de trabajo y sus vidas estaban a salvo. Y eso suponía sentir el interés y la implicación de la familia Chiba.

Y su esposa era la reina de la implicación. Participaba en media docena de comités. Pasaba parte del día trabajando con Endimión, pero en su tiempo libre se dedicaba a ser la primera dama del pueblo.

Maldición. Estaba molesto por todo el tiempo que serena estaba dedicando a Springville, sobre todo porque no lograba averiguar cuál era su verdadera motivación. Además, ¿por qué estaba repartiéndose los méritos de todo lo que había hecho con él? ¿Qué más le daba a serena si la gente del pueblo quería u odiaba a Darién? ¿Qué más le daba que se replantara el pequeño campo de fútbol y que hubiera nuevos vestuarios para los chavales?

¿Por qué estaba empeñada en hacerse un sitio en aquel pueblo? ¿Y por qué quería arrastrar a Darién con ella?

«No tiene que ver con lo que tú quieras. Tiene que ver con lo que ellos necesitan».

Aquellas palabras de serena no cesaban de martillearle la cabeza. Darién nunca había pensado en el pueblo ni en su arraigo en esos términos. Y en parte se sentía avergonzado y le costaba admitirlo incluso ante sí mismo.

Maldita sea, yo no necesito ninguna maestra. No necesito que una mujer que ni siquiera es mi esposa cuide de mi imagen en un pueblo en el que ya ni siquiera vivo —se dijo a sí mismo mientras contemplaba la pradera del jardín plagada de flores—. No le he pedido que lo haga, ¿no? No le he pedido a nadie que me convierta en el maldito héroe local.

¿Hablando solo otra vez, Darién?

Alzó la vista y se encontró con el jardinero que estaba junto a un macizo de flores. ¿Qué habría escuchado aquel hombre mayor? ¿Qué sabría realmente?

Situación de tener que interpretar a alguien que no era él estaba volviendo loco a Darién. Tan loco como el hecho de estar casado con una rubia llena de curvas a la que no podía ni tocar. Estaba a punto de perder el control.

Todas las noches dormía junto a ella y, cuando se despertaba, se encontraba abrazado a serena. Rápidamente la soltaba y reconstruía el muro de almohadones antes de que ella despertara y descubriera su debilidad.

Debilidad.

¿Desde cuándo daba Darién la más mínima muestra de debilidad?

Inspiró profundamente. Tenía que jugar la partida que había aceptado. Ese mes se pasaría y recuperaría su identidad y su vida. En cuanto acabara el mes buscaría a una mujer. Cualquier mujer, y borraría los recuerdos de serena practicando sexo anónimo. Después regresaría a la base y se encargaría de lo que realmente sabía hacer.

¿En qué planeta estás, Darién? —de nuevo la voz del jardinero lo sacó de sus pensamientos. Murmuró una palabrota que el hombre no oyó.

No te había visto, Calvin —respondió. El jardinero estaba medio escondido detrás del enorme macizo de flores rojas y azules.

La verdad es que, desde que has vuelto a casa, estás muy despistado, si me permites decírtelo —contestó Calvin. Darién metió las manos en los bolsillos y caminó hacia el hombre que había estado a cargo de los jardines Chiba durante más de cuarenta años.

¿Qué quieres decir con eso?

¿Humm? —Se encogió de hombros—. Es sólo que me parecería más lógico que un hombre que lleva separado meses de su esposa, pasara más tiempo con ella en vez de paseando por los jardines y hablando solo. Eso es todo.

Darién suspiró.

¿Eso es todo?

El hombre de pelo cano miró incisivamente a Darién.

Bueno, no. Ahora que lo pienso mejor, eso no es todo.

Darién acarició un pétalo rosa y después volvió a mirar al hombre.

Pues dime entonces —repuso.

¿Acaso te crees que no me doy cuenta de las cosas? Soy viejo, chaval, pero no tonto.

¿De qué te has dado cuenta, Calvin?

De cómo miras a tu esposa cuando ella no te está mirando. Sin embargo, cuando ella te mira, tus ojos se vuelven fríos y desvías la mirada.

Darién frunció el ceño. ¿Desde cuándo se había vuelto Calvin tan perspicaz?

Estás viendo visiones.

¿Estoy senil o qué? ¿Es eso lo que me estás queriendo decir?

No —replicó Darién, y volvió a meterse las manos en los bolsillos. Era difícil mentir a un hombre que lo había visto crecer—. Es sólo… complicado.

Calvin soltó una carcajada.

Siempre has querido llegar lejos, chico.

¿Qué? —preguntó, y sonrió mientras intentaba comprender a qué se estaría refiriendo Calvin.

Para ti nunca ha existido el punto medio. No. Nunca has podido ver lo que está delante de tus narices porque miras al horizonte. Siempre has querido ir más allá, aunque no sepas si te ibas a tropezar o no.

Darién pensó en llevarle la contraria, pero ¿cómo? Aquel hombre sabía de lo que estaba hablando. Darién se había pasado la mayor parte de su vida intentando saltar los muros que rodeaban aquellos jardines para salir del pequeño mundo de Springville. Había querido… algo más. Había querido conocer otros lugares, ser alguien.

Y siempre había hecho lo que había querido. Había logrado cosas importantes en la vida. Había marcado la diferencia.

Contempló la pradera que llegaba hasta el acantilado donde rompía el mar. Era un espacio abierto, sin embargo, a Darién un día se le había quedado pequeño. Se había sentido apresado, pero en aquel instante se sintió en casa. Era como si el lugar lo hubiera estado esperando hasta que él había aprendido a reconocerlo como su hogar.

Darién frunció el ceño y se preguntó por qué de repente se estaba sintiendo tan cómodo.

¿Calvin?

La voz de serena sobresaltó a los dos hombres. Darién se dio la vuelta y al verla tuvo una extraña sensación. Era como si un candado se hubiera abierto en su interior.

Estaba de pie en el patio y un rayo de luz la iluminaba. Darién se quedó sin respiración. Llevaba una blusa de manga corta de seda verde y unos pantalones a juego. Sus rizos se agitaron por el viento y de repente fue como si tuviera una aureola rubia. Sus ojos azules estaban clavados en los de Darién, que se sintió incapaz de disimular el deseo que probablemente estuviera reflejando su rostro.

¿Por qué demonios se le habría ocurrido regalarle ropa nueva?

Los latidos del corazón de serena se dispararon y se le quedó la boca seca ante la mirada penetrante e insistente de Darién. A pesar de la distancia que los separaba, se dio cuenta de que se había quedado boquiabierto. Parecía que estaba librándose una batalla en su interior y que intentaba mantener el control. Serena se sintió Levemente reconfortada, de alguna manera, para Darién, mirarla era una pequeña tortura.

Al principio se había sentido un poco incómoda con aquellas prendas que marcaban sus curvas porque para serena su cuerpo era excesivamente voluptuoso. Había tenido la sensación de estar desnuda. No estaba acostumbrada a que los hombres la miraran de la manera en la que Darién la estaba mirando en aquel instante. Siempre había preferido confundirse entre la gente y pasar desapercibida. No le había gustado destacar ni llamar la atención.

Por primera vez en la vida, serena se sentía de verdad guapa. Era una sensación poderosa. Aunque también la asustaba un poco. Sobre todo porque Darién no parecía estar contento con lo que fuera que estuviera pensando en aquel momento.

Bueno, al fin y al cabo era culpa de él. Darién había sido quien se había empeñado en comprar la mitad de la tienda de Carla. Había sido él quien había dado su opinión sobre las prendas que serena se había ido probando. Ella al principio se había sentido incómoda y aburrida, pero después se había animado y había disfrutado contemplando las miradas apasionadas que Darién le había dedicado cada vez que había salido del probador con un nuevo modelo.

El hombre arrogante y mandón se había vuelto pequeño de repente.

¿Necesitas algo, serena?

¿Qué? —preguntó ella. Le había parecido que la voz había llegado del más allá. La mirada de Darién seguía clavada en ella y estaba segura de que no había sido él quien había abierto la boca. Logró apartar la vista de su marido temporal y vio al jardinero que le estaba sonriendo—. Calvin. Sí. Quería pedirte, si no te importa, algunos ramos de flores para el baile de mañana por la noche. Estas flores son las más bonitas del pueblo.

Encantado. ¿Alguna en particular?

Serena negó con la cabeza. En aquel momento no hubiera sido capaz de diferenciar una rosa de una mala hierba.

No, lo dejo a tu elección.

¿También estás encargada de las flores? —le soltó Darién.

Estoy echando una mano con la decoración —contestó como si tuviera que pedir disculpas. ¿Por qué se justificaba? No le debía ninguna explicación. Además, ¿qué más le daba a él lo que serena hiciera o dejara de hacer?

Claro, estás ayudando mucho —comentó él secamente.

Pues parece que tú no —replicó conteniendo la risa ante la mirada furiosa de Darién.

Y ahora os dejo, tengo trabajo que hacer —declaró Calvin antes de mirar a darien—. Y no te olvides de lo que hemos hablado —añadió antes de marcharse.

Se quedaron solos

¿A qué se refería? —le preguntó serena a Darién cuando Calvin dobló la esquina.

A nada —balbuceó—. No era nada.

Vale —repuso ella intrigada sobre la conversación de los dos hombres antes de que hubiera salido al patio. Contempló la mirada indescifrable de Darién y supo que no estaba dispuesto a desvelarle el misterio—. Probablemente nos haya dejado a solas para que tengamos una escena romántica en el jardín.

Probablemente —contestó él.

En cualquier caso, Calvin nunca se entretiene hablando demasiado —añadió acercándose a Darién.

Ya, lo sé. Siempre ha preferido las plantas a las personas.

Serena se detuvo para oler una rosa y después se estiró de nuevo. En ese momento sorprendió a Darién mirándole los pechos y sin poder evitarlo se ruborizó levemente y contuvo una sonrisa. Estaba metida en un buen lío. Le estaba empezando a gustar la manera en la que Darién la miraba, pero sabía que, si seguía así, terminaría decepcionada.

Él no confiaba en ella. Se lo había dejado bien claro cada vez que habían hablado. Sin embargo era evidente que la deseaba. De eso estaba segura. Cada mañana, al despertarse, sentía la pierna de Darién sobre la suya y su brazo rodeaba la cintura de serena con fuerza, atrayéndola hacia su cuerpo desnudo. Todas las mañanas se quedaba con los ojos cerrados disfrutando de la calidez de su abrazo hasta que Darién se despertaba. Entonces, él se separaba lentamente y volvía a colocar los almohadones que los separaban.

Serena era consciente de que él no sabía que estaba despierta durante aquellos breves, pero increíbles momentos todas las mañanas. Y no tenía intención de confesárselo porque entonces él dejaría de abrazarla y serena no quería renunciar a su calor. Se sentía segura entre sus brazos.

Oh, Dios. Alzó la vista y observó que aquellos ojos azules se acababan de volver fríos como el hielo. Aquella mirada distante sólo le confirmó que se estaba poniendo las cosas mucho más difíciles a sí misma. Si seguía por aquel camino, le iba a costar mucho más marcharse de Springville.

¿Por qué has salido al jardín? —Le preguntó Darién con una expresión de tensión en el rostro—. ¿De verdad querías hablar con Calvin o sólo me estabas siguiendo?

¿Naciste refunfuñón o ha sido con el paso del tiempo? —le soltó.

¿Qué? —preguntó Darién frunciendo el ceño. Probablemente lo estuviera haciendo para intimidarla, pero serena ya se había acostumbrado a sus desagradables gestos y ya no le afectaban.

Refunfuñón, tú, ¿por qué?

Yo no soy refunfuñón —replicó, y después soltó un suspiro—. Bueno, la verdad es que ya no sé ni lo que soy —añadió negando con la cabeza. Su mirada se perdió en el jardín.

El jardín trasero de la casa era precioso. Los narcisos bordeaban los caminillos y el aroma de las rosas flotaba en el ambiente entremezclándose con la brisa marina. Era un lugar mágico y a serena siempre le había encantado.

Te gusta mucho esto, ¿no? —preguntó Darién.

Me encanta.

A mí también me gustó durante un tiempo —dijo tomando uno de los caminos de piedra que cruzaba el jardín. Serena lo siguió. Estaba contenta de que por fin hablara con ella—. Cuando era pequeño, me encantaba venir aquí y estar con Endimión —murmuró.

Endimión me contó que tus padres murieron cuando tenías doce años. Debió de ser terrible para ti.

Serena ni siquiera recordaba a sus padres. Le habían dicho que se habían muerto en un accidente de coche cuando ella había tenido tres años. Hubiera dado cualquier cosa por recordar los años en los que había sido amada. Unos recuerdos que sin duda Darién tenía.

Sí, así fue —dijo contemplando las nubes que cruzaban el cielo—. Entonces vine a vivir aquí y fue un buen sitio para crecer. Es un lugar muy amplio, así que no me faltó espacio para correr y jugar.

Me imagino —comentó aunque era mentira. Serena había crecido en distintas familias de acogida y ni siquiera había imaginado que podían existir lugares como aquél.

¿De dónde eres tú? —preguntó Darién como si le hubiera leído el pensamiento.

De Los Ángeles —contestó deseando que no le preguntara más. Y no lo hizo. Simplemente asintió.

Viniendo de una ciudad tan grande, entenderás que Springville se me empezara a quedar pequeño.

Pues fíjate, eso es lo primero que me atrapó cuando me mudé a este pueblo. Cuando contesté a la oferta de empleo de Endimión, vine a Springville y me enamoré del lugar. Me gusta que sea un pueblo. En las grandes ciudades la gente se pierde en el anonimato —añadió.

Esa es una de sus ventajas —contestó con una sonrisa forzada—. El anonimato da cierta sensación de libertad. A nadie le importa lo que hagas y quién sea tu familia.

A nadie le importas. Punto.

Eso hace la vida más fácil.

No creo que alistarte a la Marina haya hecho tu vida más fácil y sencilla.

Darién soltó otra sonrisa.

No, supongo que no.

¿Entonces qué es lo que estás buscando? —le preguntó serena.

¿Por qué te interesa? —replicó mirándola intensamente. Sus ojos reflejaban tantas emociones a la vez que le resultó imposible distinguirlas. Pero lo que escuchó después, la enfadó tanto que le dejaron de interesar los sentimientos de Darién—. De verdad entiendo por qué estás haciendo todo esto. Cinco millones de dólares es mucho dinero. ¿Pero por qué te interesas por asuntos que no están incluidos en las tareas que tienes asignadas?

Serena tragó saliva. Se sintió insultada.

Te he repetido mil veces que no lo estoy haciendo por el dinero.

Sí, eso es lo que me has dicho.

Pero no me crees —dijo. Sólo estaba leyendo lo que estaba escrito en el rostro de Darién.

No te conozco —puntualizó él.

Serena se retiró el pelo de la cara al notar que el viento la estaba despeinando. Miró fijamente a Darién sin saber si besarlo o si pegarle una patada.

¿Tanto te cuesta creer que amo este lugar? ¿Que puedo querer a Endimión?

Simplemente no veo qué sacas de esta situación, a parte del dinero. A no ser que te guste llevar el apellido Chiba.

Se quedó pensativa.

¿Es eso lo que te pasa? ¿Por eso te marchaste? ¿Por qué no querías ser un Chiba? ¿Por qué? ¿Tan terrible es tener familia? ¿Formar parte de algo? —preguntó ella sin poder detenerse.

Darién apretó los dientes. Era como si quisiera contener las palabras que luchaban por salir de su boca. Finalmente cedió.

En este pueblo es difícil ser un chiba—admitió—. Todo el mundo te pide que conserves sus trabajos. Te tratan como de forma diferente. Piensan que soy un príncipe sólo porque vivo en un castillo. Yo nunca he tenido ningún interés en convertirme en el rey de este pueblo.

Serena soltó una carcajada ante aquella frase tan ridícula. Cuando él frunció el ceño y fue a contestar, se lo impidió extendiendo la mano.

Por favor, he escuchado millones de historias de cuando eras pequeño, Darién, y en ninguna de ellas la gente hablaba de ti como si fueras un príncipe. Como mucho decían: «Ese Darién siempre estaba tramando algo». O: «Darién me rompió tantos cristales con el balón que estuve a punto de poner tablones para protegerlos».

Él sonrió reticente.

De acuerdo, en eso te doy la razón. Pero… Endimión quería que yo fuera el siguiente eslabón en la dinastía Chiba. Y yo quería algo más. Yo quería salir fuera, al mundo, y dejar mi propia huella. No quería seguir el tren de la familia y hacer lo que siempre han hecho.

Así que te marchaste. Lejos de tus amigos y de tu familia —soltó. No había querido acusarlo, pero indudablemente él se acababa de sentir así. Se puso rígido y con una mirada le dijo que no era nadie para cuestionar sus decisiones.

Lo que yo hago es importante.

No estoy diciendo lo contrario. ¿Cómo iba a decirlo? Arriesgas la vida por este país. Por todos nosotros… —serena se detuvo.

¿Por qué tengo la sensación de que ahora viene un pero?

Pero —dijo para no decepcionarle— las pequeñas batallas cotidianas son igual de importantes, Darién. El trabajo diario de construir vidas, hacer feliz a la gente que te rodea, ocuparte de las personas que te importan. No es menos honorable ni importante.

Yo no he dicho que lo fuera —contestó casi en un susurro que hizo estremecer a serena.

¿Entonces por qué no te das cuenta de que aquí se te necesita?

Darién cambió de postura como si estuviera incómodo. Ojalá aquellas palabras le estuvieran llegando. Como miembro de la Marina él conocía sus obligaciones y las cumplía, sin lugar a dudas. Serena había escuchado a Endimión cientos de veces decir con orgullo de que Darién se había convertido en todo un hombre. Y todo el mundo le había tratado con deferencia desde que había regresado a Springville. Aquel hombre era un héroe. Sólo tenía que hacerle ver que aquel pueblo y Endimión necesitaban que su héroe volviera a casa.

Cuando serena se marchara, Endimión volvería a quedarse solo. Springville volvería a asustarse al no sentir el apoyo de los Chiba. ¿Acaso Darién no podía darse cuenta de que, en esa ocasión, tenía que anteponer a su familia y a su hogar, y no a su sed de aventuras?

Darién evitó la mirada de serena.

Yo no puedo quedarme. No soy así.

Ella no lo creyó. Sabía de sobra que no era un hombre que evitara el compromiso. ¿Acaso no lo había dado todo por su país?

¿Entonces cómo eres, Darién?

Yo soy protector —contestó sin dudar un momento, instintivamente. De repente la miró, como si quisiera advertirla de algo—. Y protegeré a Endimión si alguien intenta hacerle daño.

Serena supo exactamente a qué se estaba refiriendo. Todavía pensaba que se quería aprovechar de su abuelo, de su dinero y del prestigio de llevar el apellido Chiba. Nunca comprendería que el cariño que Endimión le había demostrado no era cuantificable en dólares.

De repente se sintió agotada y se le quitaron las ganas de hacerle entender. Estaba cansada de los insultos velados. De que la mirara con deseo, para enseguida hacerlo con desdén. Si tenía la cabeza demasiado dura para reconocer la verdad, entonces serena nunca sería capaz de convencerlo. Además, aquella farsa tenía fecha de finalización, así que ¿para qué intentarlo más? ¿Para qué seguir dándose de bruces contra una pared si sólo lograba levantarle dolor de cabeza?

Estaba frente a ella, esperando una respuesta defensiva. Pero serena prefirió una estrategia ofensiva.

¿Quieres proteger a Endimión si alguien trata de hacerle daño? ¿Cómo has hecho hasta ahora? —Preguntó calmadamente, aunque sus palabras estaban cargadas de furia—. Has dejado solo a Endimión, Darién. Te has marchado a salvar el mundo y has dejado solo a un hombre anciano que no tiene a nadie que se ocupe de él.

La mirada de Darién se volvió tan fría, tan glacial, que serena no se hubiese sorprendido si hubiese comenzado a nevar en aquel instante.

Y tú no has tardado mucho en ocupar el hueco, ¿no?

Serena sintió un ataque de ira. Se acercó a Darién y alzó una mano. Colocó el dedo índice sobre el pecho de él.

Soy su empleada.

Darién miró al dedo de serena y lo apartó con su mano.

Así que lo hiciste por dinero y lo sigues haciendo, ¿no?

Serena se soltó de la mano de Darién. Lo miró con tristeza y negó con la cabeza. La ira desapareció tan rápidamente como había llegado. ¿Qué sentido tenía aquella discusión? Dio un paso atrás porque necesitaba mantener las distancias con él.

Para ti sería mucho más fácil que fuera verdad, ¿no? —Susurró obligándose a mirar aquellos ojos que parecían hielo—. Si estoy aquí porque quiero a tu abuelo, tú te sentirás mucho peor al marcharte, ¿no?

No sabes de lo que estás hablando —murmuró Darién.

Vaya, yo creo que sí. Eres un cobarde, Darién.

¿Perdona?

Serena agitó la mano.

No te molestes en usar ese tono marcial e insoportable conmigo. No te tengo miedo.

Pues quizás debieras tenérmelo —advirtió—. Nadie me llama cobarde.

¿No? ¿Pues cómo llamarías tú a un hombre que abandona a su único familiar porque le resulta demasiado duro quedarse junto a él? , Darién no respondió y, cuando el silencio se hizo insoportable, serena se dio la vuelta y se marchó.

Dejó a Darién solo en medio de la pradera salpicada de flores primaverales. No se dio la vuelta para mirarlo, así que no supo que Darién la estuvo observando hasta que desapareció dentro de la casa.