Autor: Serenity-venus025.

Capítulo Seis

El baile era todo un éxito.

No podía haber sido de otra manera, lo había preparado la esposa de Darién que parecía no equivocarse nunca.

Para agradar a su abuelo, Darién se había puesto el traje de gala de la Marina que era de color blanco. Llamaba la atención entre el resto de trajes negros más de lo que él estaba acostumbrado.

Estaba apoyado en la pared en una esquina de la sala. Estaba intentándose esconder de la multitud que estaba empezando a llenar el salón parroquial. Era el único lugar en Springville, además la sala de baile del castillo, capaz de albergar a tanta gente. Desde su posición privilegiada de observación, Darién se dio cuenta de que la mayoría de los vecinos había asistido a la gala.

Había muchas mesas redondas preparadas para la ocasión y, junto a la pared, una mesa larga repleta de bandejas con comida, que había sido elaborada por un restaurante del pueblo. El olor de la comida mexicana flotaba en el ambiente. Unos globos de colores rellenos de helio decoraban el techo y las flores de Calvin destacaban en dos grandes jarrones en cada uno de los extremos de la mesa del bufé.

La música estaba sonando y algunas parejas bailaban en la pista. Sin embargo, la mayoría de los asistentes estaban charlando y riéndose como si no se hubieran visto en unos años.

Y allí estaba su esposa. La rubia que estaba rehuyéndole como si tuviera la peste. Desde la conversación del día anterior en el jardín, Darién no había podido dejar de pensar en las palabras de serena, a pesar de que le repateara recordarlas.

No quería sentirse culpable. No quería que ella lo mirara con desprecio como si la hubiera decepcionado como persona. No quería recordar sus palabras porque no quería reconocer la verdad que había en ellas. Pero no en todas, porque Darién no era ningún cobarde. Había luchado hasta perder el aliento. No era cobarde. No había huido de sus responsabilidades, sino que había salido en su busca al marcharse de Springville. Había deseado hacer algo distinto en la vida, dejar huella, lograr algo importante. Y no iba a pedir disculpas por ello.

Se puso derecho y se separó de la pared. Al hacerlo, sintió una punzada en la herida todavía reciente.

«¿No has tenido ya suficientes aventuras? ¿Acaso no habías estado ya pensando en que estaba llegando el momento de volver a casa?», pensó sin poder evitarlo.

Darién frunció el ceño y miró a la mujer que le había hecho pensar demasiado.

Deberías estar en la pista bailando con tu mujer —le dijo una voz grave desde atrás. Darién se giró a su izquierda y sonrió.

Kane Hackett —dijo, y le dio la mano a su viejo amigo—. Yo no bailo nunca, deberías saberlo.

Kane sonrió y miró a serena, que estaba charlando animadamente con una mujer bajita y rubia.

Un hombre casado tiene que hacer muchas cosas que antes no solía hacer. Yo me encargo de la preciosa rubia que no para de hablar con tu serena…

Darién apenas si se había fijado en la otra mujer. Sólo tenía ojos para su esposa, que estaba vestida con un vestido negro sin tirantes que definía a la perfección su espléndida figura.

Es guapa —comentó.

Es más que guapa —contestó Kane antes de beber un trago de cerveza—. Es mi mujer, Donna.

¿Tú? ¿Casado? —preguntó incrédulo mirando al hombre que se había unido a los marines al mismo tiempo que Darién se había alistado al grupo de elite.

Era imposible. Los dos siempre habían ido en busca de aventuras y habían querido descubrir mundo. Siempre habían deseado experimentar todo lo que la vida tenía que ofrecerles. ¿Y Kane se había casado?

¿Por qué te sorprendes? Tú has caído, ¿por qué no iba a hacerlo yo?

Sí, pero… —el matrimonio de Darién era una farsa—. ¿Y vives aquí, en el pueblo? Endimión no me ha comentado nada.

Supongo que estaría esperando a que nos encontráramos. Y sí, vivo en Springville. Soy el sheriff.

Darién soltó una carcajada.

Vaya, eso está bien. ¿Eres el sheriff? ¿Después de todas las veces que nos detuvieron, la gente te ha elegido a ti?

Kane sonrió.

Supongo que habrán pensado que un chico malo era el más adecuado para cazar a los de su especie.

Darién asintió y miró un instante a su esposa. La música había cambiado, habían pasado de los clásicos del rock a música jazz.

¿Hace cuánto tiempo que has vuelto? —preguntó.

Hará un año y medio. Conocí a Donna en mi último permiso. Me volvió loco al instante, dar. No me di cuenta de lo que me estaba pasando, pero estoy feliz por todo. Cuando terminé el reclutamiento, volví a casa, me presenté a la plaza de sheriff y me casé con Donna.

¿Entonces ya no hay más aventuras esperándote? —preguntó Darién tomando un trago de la cerveza de su amigo.

¿Estás de broma? —replicó Kane riéndose—. Cada día con Donna es una aventura. Te juro que es lo mejor que me ha pasado en la vida. Aunque… supongo que tú ya lo sabes.

Sí —contestó Darién mirando a serena, a quien se le acababa de acercar una mujer mayor. Se le encogió el corazón al ver la dulzura con la que estaba saludando a la anciana.

Por un instante pensó en cómo sería estar realmente casado. Sentir que serena era para él, tal y como les pasaba a Kane y a Donna. ¿Se sentiría mal viviendo en Springville? ¿Acabaría odiando aquel lugar y a la mujer que le había tendido una trampa?

Darién frunció el ceño ante aquella pregunta porque más bien tenía la sensación de que serena había tenido razón en todo lo que le había dicho el día anterior. Quizás fuera cierto que hubiera huido de sus verdaderas responsabilidades y que hubiera disfrazado su decisión al pensar que se estaba comprometiendo con su país.

Bueno, me alegro de verte —dijo Kane—. Pásate por la gasolinera esta semana y nos ponemos al día. Y ahora, creo que voy a sacar a bailar a mi mujer.

Vale, vale —Darién asintió, pero apenas si había prestado atención a las palabras de su amigo. Estaba demasiado ocupado contemplando a serena. Todos los asistentes, en algún momento de la fiesta, se acercaban a saludarla, a reírse con ella, a abrazarla. Aquella mujer tenía un halo magnético. ¿Se trataría de la estrategia de una estafadora o más bien sería el encanto natural de una persona amable?

¿Sabes una cosa? —Le preguntó Kane antes de irse—. No tenía que haberte dicho todo esto sabiendo lo que sé.

¿Qué? ¿A qué te refieres?

Serena le contó a Donna y a otras esposas lo de vuestra luna de miel en Bali —arqueó las cejas y soltó un resoplido—. Bueno, digamos que esas historias tan románticas nos dejan a los demás maridos del pueblo en segundo lugar respecto a ti.

¿Bali? Así que serena se había inventando historias sobre una luna de miel en una isla tropical. Y por lo visto había ido contando por ahí que Darién era un romántico. No pudo evitar una sonrisa al preguntarse qué detalles habría tenido que inventar.

¿Qué puedo decirte, Kane? Siempre se me ha dado bien —replicó con una sonrisa.

Eso es verdad, dar—añadió antes de darle una palmada en la espalda—. Se te echaba de menos por aquí, ya lo sabes. Me alegro de que estés de vuelta.

Yo también me alegro de estar aquí —replicó sin pensar, y se dio cuenta, por primera vez, de que era verdad.

Serena sintió la mirada de Darién, era como si la estuviera tocando. ¿Estaría todavía enfadado por todo lo que le había dicho el día anterior? Se había merecido cada una de las palabras que le había dicho. Serena estaba junto a Jenna Cárter, quien no paraba de picotear en las bandejas de comida. Serena asentía sin prestar atención a lo que le estaba diciendo porque estaba sumida en sus propios pensamientos. De repente recordó cómo la había mirado Darién cuando lo había llamado cobarde.

Le hubiera gustado haber encontrado otra manera para decirle lo que pensaba. Serena creía que Darién había abandonado a Endimión y a un pueblo que lo necesitaba, aun así, sabía que no era un cobarde. Era un hombre fuerte, seguro de sí mismo y valiente y… arrogante, mandón e irritante. No podía olvidarlo, ni tampoco ser demasiado comprensiva.

Después de todo, Darién no había sido precisamente amable con ella. Todavía estaba convencido de que quería estafar a Endimión, ¡por el amor de Dios! Al acordarse del anciano lo buscó con la mirada. Estaba sentado en un sillón rodeado de amigos y no paraban de cuchichear. Para que luego dijeran que las mujeres eran unas cotillas… Endimión. Lo iba a echar de menos cuando se marchara. Y también iba a echar mucho de menos a Darién. De alguna manera aquel hombre se había abierto paso hasta el corazón de serena. Lo deseaba a pesar de que él pensara que era una ladrona.

«Serena, eres tan estúpida», se dijo a sí misma ante aquellos pensamientos.

Después se le acercó la señora Banks y le comentó algo sobre la siguiente reunión que iban a tener sobre del festival de la escuela y serena asintió. No iba a estar allí cuando se celebrara. Sintió una punzada en el corazón, pero trató de obviarla. Además Darién no dejaba de mirarla intensamente.

¿Cómo demonios se las iba a apañar el resto de la noche? Estaba temblando por dentro, así que forzó una sonrisa para disimular. Ojalá nadie se diera cuenta de que se le estaba rompiendo el corazón.

Con las palabras de Kane aún retumbándole en la cabeza, Hunter se acercó a la multitud. Saludó con la cabeza a las personas que lo saludaban, pero no se detuvo. No estaba de humor para entablar una conversación. Ni con viejos amigos ni con nadie. Ni siquiera sus propios pensamientos eran una buena compañía en aquel momento. Divisó un rincón oscuro desde el cual podría seguir observando.

La música envolvió a Darién. Era un ritmo sensual, lento y profundo marcado por el saxo. Una melodía capaz de adentrarse hasta el alma de un hombre.

Atravesó la sala con sigilo, haciendo uso de las habilidades que había aprendido en los cuerpos especiales. Cruzó la estancia sin apenas ser visto, también porque la gente estaba muy animada disfrutando de la fiesta. Al otro lado de la sala estaba Endimión, quien había decidido asistir en el último momento. Estaba sentado alrededor de una mesa baja con sus amigos, junto a la pista de baile. A los ancianos les gustaba reunirse para recordar el pasado y hacer planes de futuro que muchos de ellos no podrían ver realizados. Darién sintió una punzada en el corazón al darse cuenta de lo mayor que estaba su indomable abuelo. ¿Cuánto tiempo de vida le Quedaría? ¿Cuánto tiempo le quedaba a Darién para disfrutar de la única familia que tenía?

Apretó la mandíbula y miró a serena. Para variar, estaba riéndose y charlando. Parecía que siempre estuviera contenta, que ningún pensamiento nublara su mente. ¿Cómo no iba a ser así, si el día anterior había culpado de absolutamente todo a Darién?

El hecho de reconocer que había tenido razón en algunos aspectos estaba torturando a Darién. La miró fijamente, mientras los invitados no paraban de acercarse a ella para saludarla. Sonreía, se reía, saludaba a la gente con calidez. Era una mujer encantadora con todo el mundo salvo con él.

No obstante, era consciente de que, desde que había llegado, no había sido precisamente amable con ella. Cada vez que el deseo amenazaba con superarlo, lo cual ocurría con excesiva frecuencia, Darién se cerraba en banda. No quería que serena le importara. No quería desearla. No quería saber más de lo que ya sabía sobre ella. Era una manipuladora, tal y como Darién había pensado desde el principio. Tenía que serlo porque no estaba dispuesto a aceptar otra versión distinta.

Tenía que reafirmarse en su posición. No estaban realmente casados. No le había hecho ninguna promesa ni pensaba hacerlo. Cuando el mes terminara, Darién se marcharía. Volvería a la Marina. Una nueva misión le estaría esperando.

¿Pero quién cuidaría de Endimión?

Frunció el ceño. Era consciente de que su gesto sombrío estaba bastando para que la gente mantuviera las distancias con él. Nadie le estaba prestando atención y lo agradecía. No tenía ganas de conversaciones de compromiso. Su único objetivo era sobrevivir a aquel baile, regresar al castillo y buscar una de las botellas de Endimión de whisky escocés añejo.

Al menos había encontrado un rincón sombrío y solitario en el que podía pensar sin que nadie lo interrumpiera. Lástima que Margie siguiera dentro de su campo de visión.

Maldita fuera.

¿Qué tenía esa mujer que lo cautivaba de aquella manera? No tenía nada que ver con las chicas que normalmente lo habían atraído. Era… distinta a todas las mujeres que había conocido. Dios, si la comparaba con su ex, parecía que provenían de dos planetas diferentes.

Gretchen nunca había pensado en el futuro. Lo que más le había gustado era salir de fiesta. Siempre estaba lista para una aventura y era tan guapa, que los hombres perdían la cabeza por ella. Darién le había dejado caer, dos meses atrás, que estaba empezando a pensar en establecerse, quizás en casarse, en un futuro. Había sentido que ya era demasiado mayor para seguir luchando y recibir disparos. Entonces Gretchen se había echado atrás, había salido huyendo como si Darién estuviera ardiendo y la pudiera quemar con sus llamas. Ella había roto con él aquella misma noche y se había marchado, lo más lejos posible, a Perú para una sesión de fotos.

Darién negó con la cabeza. Cruzó los brazos y se apoyó contra la fría pared sin dejar de contemplar a serena. A diferencia de la espléndida Gretchen, su temporal esposa pensaba en el futuro. Trazaba planes, miraba hacia delante, tenía sueños y luchaba por convertirlos en realidad.

Dios, serena sabía que aquel matrimonio era ficticio, sin embargo parecía empeñada en demostrar a todo el pueblo que la relación era perfecta. Se estaba esforzando por el pueblo, a pesar de ser consciente de que se iba a marchar pronto de allí.

Y se había inventado historias sensuales sobre una luna de miel que nunca había existido…

¿Qué demonios podía hacer Darién con una mujer así?

Desde luego que sabía lo que deseaba hacer. Al menos con aquel cuerpo que lo atraía como un imán. Pero el sexo sólo iba a complicar una situación ya de por sí complicada, a la que no veía solución. Tenía que seguir controlando su deseo por serena y sobrevivir a las tres semanas que les quedaban juntos.

¿Dónde se iría serena cuando se marchara de Springville? ¿Qué haría con su vida? ¿Cómo se las iba a apañar Endimión sin ella?

Darién se frotó la cara tratando en vano de borrar esas preguntas. ¿Pero cómo demonios no iba a pensar en ella si la tenía delante más guapa y más sexy que nunca?

Yo nunca me he creído que estuviera realmente casada con Darién—le comentó una mujer a otra mientras caminaban por delante del rincón donde estaba apostado. No lo habían visto.

¿Qué quieres decir?

Oh, vamos —contestó una de ellas. Era una mujer morena cuyo rostro le resultó familiar a Darién. Se pararon—. Mira a serena… ¿realmente crees que es una mujer apropiada para Darién Chiba?

Supongo que no —repuso la amiga mirando a serena.

Darién también la miró y frunció el ceño mientras seguía escuchando a la morena.

Yo lo conocí en el instituto y ya entonces era un chico de ensueño.

Darién estuvo a punto de salir de las sombras para que las dos mujeres pudieran verlo. Pero se contuvo porque había aprendido hacía mucho tiempo que un hombre se podía enterar de muchas cosas escuchando a escondidas.

Me imagino. El tipo está… como un bombón.

Exactamente. El tipo es un bombón y ella es una chica del montón. Quiero decir que es maja y eso…

¿Maja? ¿Serena era maja? Darién apretó los dientes y miró a la morena. Serena estaba trabajando constantemente por el pueblo, dándolo todo, ¿y aquellas dos mujeres se sentían cómodas sacándole los ojos y criticándola a escondidas en el baile que ella misma había organizado? Se sintió invadido por un ataque de ira e Instintivamente sintió la necesidad de protegerla con una intensidad que nunca había sentido con nadie.

Es verdad, es encantadora.

Pero él es un… dios, y ella, normalita. No tenían que haberse casado —prosiguió la morena. Miró su reflejo en el cristal de una ventana y se acarició los labios. Soltó un suspiro—. Hasta que Darién ha regresado y la ha reconocido como esposa, yo no me creído las historias que ella iba contando por el pueblo.

Mmmm… ¿cómo lo de Bali?

Eso es —confirmó, y miró fijamente a serena—. ¿Qué demonios tiene ésa que no tenga yo?

Más de lo que crees —dijo Darién, y dio un paso al frente saliendo de su escondite. Las dos mujeres soltaron un gritito al verlo—. Me tiene a mí.

Darién, yo… nosotras —la morena miró con desesperación a su amiga, pero ésta ya había salido corriendo y había desaparecido entre la gente.

Darién miró los ojos oscuros de la mujer y finalmente la reconoció. Janiche Franklin. Una de las animadoras que, por lo visto, se había convertido en una arpía.

Janice, ¿no?

Los ojos de la mujer se iluminaron. Obviamente estaba feliz de que la recordara.

Sí.

Se limitó a mirarla durante un minuto. Todavía era guapa, pero era una belleza dura y afilada. Darién no iba a permitir que ni ella ni nadie clavaran sus garras sobre serena. ¿Por qué le importaba tanto? No podía contestar. Pero de lo que sí que estaba seguro era de que era importante. Ya averiguaría los motivos después.

Bien, Janice —dijo suavemente alzando la barbilla de la mujer—, deja que te diga algo más sobre mi mujer. Lo que ella tiene, alguien como tú nunca lo podrá entender.

Janice parpadeó.

Bueno… yo…

Hazte un favor a ti misma y no digas nada más —dijo antes de dejarla allí plantada.

Aún ofendido caminó entre la gente hasta que vio aserena. La mirada de Darién se quedó fija en ella, era como un misil centrado únicamente en su objetivo.

¿Quién demonios se creían aquellas mujeres para hablar de serena como si no fuera nadie, como si no fuera suficiente para él? Dios, si sólo fuera la mitad de lo que demostraba ser, era más que buena para Darién. ¿Qué derecho tenían para hablar sobre su esposa?

No quiso pensar en que estaba defendiendo a la mujer de la que llevaba días quejándose. Lo único que quería era tocarla. Quería que todos los presentes comprendieran que más les valía tratarla bien.

Serena vio a Darién cruzar la sala en dirección a ella. Hubiera sido difícil no verlo porque destacaba entre todos los hombres de la fiesta. Con aquel uniforme blanco, con ribetes azules y las medallas colgando de la pechera, podía haber sido el protagonista de las fantasías de cualquier mujer. Era alto, fuerte, valiente y… estaba caminando hacia ella con una expresión en el rostro mitad determinación, mitad furia.

¿Qué había pasado? La mujer que estaba junto a ella seguía hablando, pero serena no escuchó ni una palabra. Estaba cautivada por la mirada azul de Darién que estaba clavada en ella. Los grupos de gente que los separaban se quitaban a su paso. Era como si una fuerza invisible los fuera desplazando. Los latidos del corazón de serena se fueron acelerando a medida que él se iba acercando, sin detenerse, sin dudar.

¿Qué estaba sucediendo? Apenas si lo había visto en toda la noche, aunque había estado pendiente de él todo el rato. ¿Cómo no iba a estarlo? Aquel hombre era imponente. El simple hecho de saber que estaba en la misma sala, la había hecho estar a flor de piel toda la noche. No había cesado de preguntarse cómo se sentiría, qué estaría pensando. No había logrado dejar de pensar en él en toda la noche.

Y en aquel momento, que lo tenía al lado, sólo podía identificar en su mirada una expresión decidida que no comprendía.

Darién —dijo cuando él se detuvo frente a ella—. ¿Va todo bien? Estás…

Calla —ordenó en un susurro.

¿Qué?

Él sonrió, ya que una vez más serena no lo había obedecido. Sintió un escalofrío y, antes de que se hubiera recuperado, Darién la abrazó y la besó de una manera tan intensa que se olvidó de respirar.

Al principio fue un beso salvaje, casi agresivo, como si no deseara besarla. Pero ella se mostró receptiva, como si el lado oscuro de Darién le acabara de servir para descubrir su propio lado oscuro. Y allí, en los rincones sombríos de su corazón, encontró un fuego intenso. En ese momento, Darién dejó de besarla de aquel modo brutal y lo hizo de forma tierna. Serena suspiró entre sus labios al sentir que la abrazaba con fuerza, como si no quisiera que se escapara jamás de sus brazos.

No sabía lo que quería decir ese gesto, pero poco importaba porque, desde el primer beso que le había dado, no había dejado de soñar con volver a rozar aquellos labios. Y el beso que estaba recibiendo superaba con mucho todas sus fantasías. Parecía que su sangre se había convertido en champán ya que sentía burbujas correr por todo su cuerpo. La caricia aterciopelada de la lengua de Darién la había hecho perder el sentido.

Serena había cedido al deseo y su mente enseguida se lo recordó. ¿Qué estaba haciendo Darién? ¿Por qué la estaría besando? ¿Sería sólo un espectáculo para los Habitantes del pueblo? ¿Por qué en ese momento? No había mostrado ningún interés en hacer creíble su matrimonio, ¿qué había cambiado?

« ¿Y por qué te importa?», se preguntó finalmente. ¿De verdad tenía que responder todas las preguntas? ¿No podía, por una vez, disfrutar del momento? Quería sentir el abrazo de Darién, aunque fuera brevemente, y fingir que eran una pareja real. ¿No podía convencer a su propia cabeza de que se tomara la noche libre y de que dejara a su cuerpo llevar la iniciativa?

Oh, sí.

Y se dejó llevar, abrazó el cuello de Darién y le ofreció todo lo que él ya le estaba dando. Y mientras cayó rendida al calor de aquel cuerpo, de lejos oyó el aplauso que surgió de la gente que los estaba rodeando.

Serena no podía dormirse.

¿Cómo dormir si estaba a punto de estallar de deseo ante la expectativa de un posible encuentro sexual?

Por lo visto su «marido» no se había quedado tan afectado tras el beso en el baile. Podía oírle respirar pausadamente en el silencio de la noche. Su respiración profunda dejaba bien claro que al menos uno de los dos estaba durmiendo perfectamente aquella noche.

Idiota.

Serena trató de olvidar que Darién llevaba horas ignorándola, desde el mismo instante en que había dejado de besarla. Era como si la estuviera culpando de su propio impulso. Típico de los hombres. Siempre culpaban a las mujeres de todo.

Dio un puñetazo a su almohada y cambió de postura. Estaba tan a flor de piel que incluso el roce de las sábanas la irritaba. Al oír la respiración de Darién de nuevo no pudo evitar fantasear con sentir ese aire contra su cara, con sentir el cuerpo de él sobre el suyo. La luz de la luna entraba por los balcones y uno de los rayos iluminaba la cama. En la penumbra, miró al techo y se dijo a sí misma que nunca conciliaría el sueño si no empezaba por cerrar los ojos. Pero cada vez que los cerraba imaginaba los labios de Darién sobre los suyos y tampoco así se dormía.

Se cruzó de brazos y en silencio comenzó a recitar las tablas de multiplicar. Quizás, si se aburría, lograría dormir.

En ese instante fue cuando se dio cuenta de que el ritmo de la respiración de Darién había cambiado. Prestó atención y percibió que cada vez era más acelerado. Parecía que estuviera corriendo en sueños. Serena se apoyó en un codo para asomarse al otro lado de la pared de almohadones.

El sacó un paquete ele vendas de su mochila con la intención de tapar la herida y parar la hemorragia. «Maldito disparo», se dijo furioso. Era una simple misión de reconocimiento del terreno. Pero se había alejado de su equipo en el momento en el que habían entrado en el área señalada. Se habían tenido que separar para cubrirse los unos a los otros. Después se había sentido atrapado, se había visto forzado a esconderse mientras los demás se habían dispersado.

Los cuerpos especiales nunca se marchaban sin uno de sus hombres y sabía que su equipo no se marcharía sin él. Nunca evacuarían sin él, pero tenía que lograr llegar al punto de encuentro. Lo cual hubiera sido mucho más sencillo si no hubiera estado sangrando.

Con el dolor como único compañero, Darién atravesó un desierto carente de toda vida salvo la de sus enemigos. De día se escondía y caminaba durante la noche. Racionó el agua y finalmente se vio obligado a sacarse la bala con sus propias manos. Los días se sucedieron y la tensión y la fiebre fueron en aumento. Había tantos peligros, tantas posibilidades de que muriera en aquel maldito desierto.

Pero no sucedería. Encontraría la forma de salir. Regresaría al lugar donde todo era verde. Tranquilo. El lugar donde no tendría que estar alerta constantemente esperando una explosión o un disparo.

Quería…

Darién oyó un susurro suave mientras dormía. Unas palabras reconfortantes, y se dio la vuelta en busca de quien se las estaba diciendo. Instintivamente quiso abrazar a esa persona…

Se sintió envuelto en un cálido abrazo. Notó una caricia suave en el pelo y unas palabras suaves y susurradas se abrieron paso hasta su mente, hasta su corazón. Abrazó a quien le estaba proporcionando tanta calma, a quien desprendía tanta paz, a quien era el bálsamo que Darién necesitaba tan desesperadamente.

Unas manos delicadas acariciaron su piel y Darién soltó un gemido ante aquella sensación. Había logrado volver. Había regresado del desierto. Al final no lo habían matado. Estaba en casa, con una mujer dispuesta recorriendo su espalda, su rostro, tiernamente. Darién necesitaba esas caricias más que nada en el mundo.

Acababa de salir de una pesadilla y volvió a oír el reconfortante susurro. Pero en esa ocasión, reconoció la voz.

Todo está bien, Darién —murmuró serena sin dejar de acariciarlo con delicadeza—. Estás bien. Estás a salvo. Has regresado.

Inspiró profundamente y pudo oler la fragancia a jazmín que desprendía. Abrió los ojos despacio y miró los ojos azules que tenía frente a él. Sintió algo muy adentro. Lo mismo que había sentido toda la noche después de haberla besado.

Bueno. Estaban juntos, mirándose. Estaba sintiendo las caricias de serena sobre su piel desnuda y estaba cansado de luchar. Deseaba a aquella mujer. Llevaba días deseándola.

Y había llegado el momento de hacerla suya.