Autor: Serenity-venus025.

Capítulo Siete

Darién se incorporó y acarició la nuca de serena. Atrajo su cabeza hacia él hasta que pudieron besarse. Con el primer contacto sintió cómo una corriente eléctrica atravesaba su cuerpo.

Ella se tensó levemente, pero después soltó un gemido y respondió ávidamente al beso. Darién aprovechó la mano que tenía libre para apartar los cojines que los separaban y después la abrazó con fuerza y notó el camisón de algodón de serena. Podía sentir cada curva, cada centímetro de aquel cuerpo amoldándose al suyo. Sintió una oleada de calor y se dio cuenta de que quería más. Lo quería todo.

Quítate esto —murmuró refiriéndose al camisón.

Sí, quítamelo. Te quiero sentir —susurró ella mientras sus pequeñas manos no cesaban de acariciarlo. La espalda, el pecho, el pelo, el cuero cabelludo.

Cada caricia era una llamarada ardiente. Una bendición. Una necesidad. Darien se moría de ganas de tocar la piel de serena. Quería recorrer cada rincón de su cuerpo con las yemas de los dedos, con la boca, con los labios. Quería todo lo que ella tenía que ofrecer, para después volver a empezar.

Se apoyó en un codo y fue desabrochando uno a uno los botones del camisón. El maldito camisón que le había estado tentando noche tras noche. Lentamente, se lo quitó. Cuando serena se tumbó, su increíble mata de pelo rizado se espació sobre la almohada y Darién sólo pudo pensar en enterrar la cabeza en la melena rubia, en oler su aroma, en tomar todo lo que le estaba ofreciendo.

Nunca había sentido algo así. Era una mezcla salvaje de pasión y ternura. Una urgencia loca por entrar en su cuerpo cálido, pero a la vez el deseo de verla alcanzar el clímax. Quería llevarla hasta lo más alto, ver aquellos ojos azules ardiendo en deseo, escucharla gritar su nombre y sentir cómo se abría en su abrazo.

Llevas días volviéndome loco —murmuró antes de inclinarse para tomar uno de los pezones de serena en su boca. Después lamió el otro.

¿De verdad? —susurró—. Ohm…

Ese camisón. Ya sabía yo lo que escondía —dijo. Siguió deslizando la lengua por el pecho de serena hasta llegar de nuevo al pezón turgente—. El camisón más feo, pero más seductor que he visto en mi vida.

No lo sabía —contestó ella. Se arqueó haciendo que Darién tomara su pecho entre los labios. Pidiendo más sin decirlo con palabras.

Y él le dio lo que le estaba demandando. Siguió lamiendo hasta hacerla gemir mientras con la mano recorría aquel increíble cuerpo buscando el espacio entre los muslos de serena. Se dio cuenta de que lo estaba esperando, húmeda y caliente, y no pudo evitar soltar también él un gemido. La acarició hasta encontrar el punto exacto. Le encantó comprobar cómo respondía a sus caricias moviendo rítmicamente las caderas.

Darién…

Aquel suspiro llenó la habitación y Darien se estremeció. Nunca antes en su vida había deseado a alguien con esa intensidad. Nunca había sentido un deseo tan ardiente. Y quería más.

Rápidamente estiró un brazo y abrió el primer cajón de la mesilla de noche. Tanteando encontró un preservativo, lo abrió y se lo puso apresuradamente. Después miró a serena detenidamente y se perdió en su mirada. La luz tintineante de la luna la estaba iluminando y su piel brillaba con un halo plateado.

No te deshagas nunca de ese camisón —le ordenó. Se la imaginó de nuevo con la prenda y se imaginó quitándosela. Era como desenvolver un regalo muy preciado.

De acuerdo. Nunca.

Darién sonrió y se acercó hasta rozar con la lengua la tripa de serena. Se deslizó hasta el ombligo mientras su mano seguía recorriéndola. Sus dedos la acariciaban, el pulgar en el centro mismo del placer, mientras serena se estremecía y temblaba para él como si fuera un instrumento de música perfectamente afinado que estuviera siendo tocado por unas manos expertas. El estaba siendo el maestro, pero ella era el tesoro. Darién la acariciaba, serena respondía.

Ella deslizó las manos por la espalda de Darién. Estaba dibujando líneas de placer sobre su piel, que ardía.

Cuidadosamente bordeó el vendaje que tenía bajo la cadera.

No quiero hacerte daño —susurró.

No me haces daño —le aseguró, y la besó—. Estoy bien.

¿Estás seguro?

La preocupación que reflejaba su mirada lo conmovió más aún que el deseo que también desprendían.

Deja que te lo demuestre —murmuró, y antes de que serena pudiera hablar, cambió de postura. Se arrodilló frente a ella, le alzó las caderas y cubrió la fuente de calor húmedo de su cuerpo con la boca.

La miró de reojo y vio que aquellos tremendos ojos azules estaban turbados por la pasión. Serena le agarró la cabeza instintivamente buscando alcanzar el máximo placer, pero Darién no pensaba dárselo aún. Sin dejar de acariciarla y de lamerla la llevó una y otra vez hasta el borde del orgasmo. Las súplicas susurradas se convirtieron en gemidos y después en exigencias. Sin embargo Darién se resistió todavía a saciarla. La mantuvo en el límite a pesar de que para él también supusiera una tortura.

Estaba muy excitado y no era capaz de aguantar más. Se tumbó sobre serena y entró en su cuerpo en un solo impulso. Ella estaba caliente y tensa y soltó un gemido.

No me lo puedo creer —dijo Darién entrecortadamente. Se quedó quieto, dentro de serena. La miró y en sus ojos encontró una mezcla de dolor y de placer. Entonces se sintió obligado a preguntar—: ¿Eres virgen?

Serena lo agarró con fuerza. Sentir aquellas manos explorando su cuerpo hacía que Darién se echara a temblar.

Ya no —repuso.

Deberías haberme avisado —añadió completamente desconcertado. Sintió unas gotas de sudor en la nuca. Siempre le pasaba cuando tenía que controlarse a sí mismo.

Ahora quiero sexo, ya hablaremos luego —dijo ella con firmeza. Alzó las caderas para sentir a Darién más dentro, dejándole sólo opción de terminar de satisfacerla—. No tenía ni idea… —susurró debajo de él— de que esto fuera tan increíble.

Y aún queda lo mejor —repuso Darién maldiciéndose a sí mismo. Le resultaba imposible detenerse, sobre todo porque ella deseaba proseguir tanto como él. Además, el daño ya estaba hecho, no podía volver atrás. Se retiró un poco y con la mano volvió a acariciar el centro del placer de serena, quien soltó un gemido de sorpresa—. Eso es —dijo Darién al ver cómo el deseo turbaba aquellos ojos azules. Estaba respirando entrecortadamente y había comenzado a mover las caderas rítmicamente. Darién tuvo que recurrir a la disciplina para mantenerse, quería que ella explotara primero. Deseaba verla, saber que la había acariciado de una manera tan profunda como ella a él.

La siguió acariciando, frotando el punto más sensible del cuerpo de serena con una firmeza tierna y constante hasta que al final logró que se rindiera al poder de su propio placer. En ese momento Darién quitó la mano y, con unos movimientos rápidos y salvajes, alcanzó el clímax. Fue una sensación tan potente que se quedó temblando como si se hubiera roto en mil pedazos.

Cuando se desplomó sobre serena sintió cómo lo abrazaba y sostenía entre sus brazos.

Tenías que habérmelo dicho —dijo Darién en un tono acusativo cuando el primer rayo de luz estaba entrando por la ventana.

Serena abrió los ojos lentamente, se estiró y miró al hombre que estaba junto a ella.

¿Qué?

Me tenías que haber dicho que eras virgen —le soltó—. Deberías habérmelo contado.

Serena sonrió. Estaba medio dormida y su cuerpo todavía estaba alterado por los placeres que había descubierto aquella noche.

¿Me hubieras hecho el amor si te lo hubiera dicho?

No —replicó Darién con el ceño fruncido.

Bien —añadió ella acariciándole el pecho—. Entonces me alegro de no haberte avisado.

Por supuesto que no le había contado que era virgen. No era una información que una mujer de veintinueve años se muriera de ganas por compartir. Sobre todo si el motivo al que se había agarrado durante años había sido que quería estar enamorada la primera vez. Además estaba segura de que a Darién Chiba no le interesaba en absoluto.

A serena le bastaba con saberlo ella sola. Estaba enamorada, a pesar de ser consciente de que aquella historia no fuera a tener un final feliz. Racionalmente se había dado cuenta de que no debía enamorarse, pero el corazón había escogido otro camino y ya no había vuelta atrás. Era un hecho. «En más de un sentido», pensó con una sonrisa.

Todavía podía sentir las manos de Darién sobre su cuerpo, recordar que lo había tenido dentro de ella, el sabor de sus labios, la respiración entrecortada cuando estaba a punto de llegar al máximo placer. Había sido mucho más de lo que serena hubiera imaginado jamás. Había valido la pena esperar.

Maldita sea, serena —dijo él tomando su mano entre las de él—. ¿No era ya bastante complicada esta situación?

Ella retiró la mano, se incorporó levemente y se apoyó sobre un codo. Se miró un instante, todavía estaba desnuda. No se había vuelto a poner el camisón, aquella maravillosa prenda. Se sintió un poco traviesa, estaba tumbada desnuda junto a un hombre que desprendía sensualidad por todos los poros de su piel.

No obstante, si pretendía obtener más de lo que Darién le había dado en la oscuridad de la noche estaba claro que, por la forma en la que la estaba mirando, serena iba a tener que convencerlo. Con el recién descubierto poder femenino rugiendo en su interior, pensó que no había problema.

No tiene por qué ser complicado, Darién —dijo arqueándose levemente de modo que unos de sus pezones, ya excitado, rozó a Darién.

Se quedó boquiabierto y su mirada se turbó. Buena señal.

¿Qué estás…?

Estamos casados, Darién—le recordó. Con las yemas de los dedos le acarició la mandíbula hasta que vio que se había relajado.

Estaba casada. Con el hombre de sus sueños. El hombre que pronto la iba a abandonar, pero no quería pensar en eso en aquel momento. Quería disfrutar del presente.

Si había algo que aprendían pronto los niños que crecían en familias de acogida era que había que vivir el presente. Si te tocaba una buena familia, había que aprovecharla mientras durara. Si tenías un presente, tenías que cuidarlo como a un Tesoro. Si te regalaban un helado de cucurucho una tarde de verano, debías disfrutarlo. Porque sólo Dios sabía cuándo ibas a volver a vivir algo positivo.

Yo soy tu esposa. Tú eres mi marido. ¿Por qué no íbamos a…? —insinuó mientras sus dedos se deslizaron bajo el cuello de Darién hasta rozar uno de sus pezones. Se sintió gratamente sorprendida cuando lo vio estremecerse.

Darién le agarró la mano y la apretó contra su pecho. Le encantaba tocar a ese hombre. Le volvía loca sentir su cuerpo firme y cálido, así como saber que podía llevarle hasta el punto de ebullición.

Porque es buscar más problemas, ésa es la razón —dijo mirándola fijamente, como si pudiera forzar la retirada de serena intimidándola.

Pero no funcionó.

Ella tomó la mano de Darién y la llevó hasta uno de sus pechos.

Yo no deseo más problemas, Darién. Te deseo a ti.

Serena se dio cuenta de que estaba dudando mucho, pero notó que había ganado cuando los dedos de Darién comenzaron a acariciarla hasta alcanzar el pezón. Entonces empezó a frotarlo rápidamente.

Yo también te deseo. Que Dios nos ayude —murmuró tras negar con la cabeza.

Tomó un pezón de serena entre los labios y lo lamió con total dedicación. Parecía que le iba la vida en ello. Ella suspiró, se arqueó levemente y se mordió el labio inferior mientras recibía las sedosas caricias de la lengua de Darién. Su cuerpo tembló, ávido. Le sostuvo la cabeza para que no se separara porque le encantaba aquella sensación. Le encantaba todo lo que él lograba con sólo besarla o tocarla.

Le encaba Darién. Lo amaba.

Sí. Lo miró un instante. No se lo podía decir y no lo iba a hacer, pero lo amaba. Aquel tipo desenvuelto, arrogante e increíble le había robado el corazón. Y sabía que nunca se lo iba a devolver. En primer lugar porque serena no quería.

Darién no estaba interesado en el amor, a pesar de las sensaciones que le estaba provocando en aquel mismo instante. Era consciente de que no iba a confiar en ella porque estaba deseando que el matrimonio llegara a su fin. Un hombre como Darién Chiba no podía amar a una mujer como ella. Pertenecían a mundos demasiado alejados como para tender un puente.

No obstante, serena había decidido sacar el máximo partido del tiempo que estuviera con él. Después le quedaría el recuerdo de lo que habían compartido esas semanas. Quería poder recordar con total claridad las caricias de las manos y de la lengua de Darién Chiba sobre su piel. Deseaba que la calidez de aquella piel se quedara impresa en su mente y que nunca desapareciera.

Se inclinó y tomó entre sus manos el miembro erecto de Darién, que comenzó a respirar agitadamente. Serena notó una oleada de calor en su interior mientras movía la mano de forma rítmica. Estaba sintiendo el poder de Darién y tuvo la urgencia de sentir aquel poder dentro de ella. ¿Cómo podía haber vivido sin él?

No.

Dejó ese pensamiento a un lado y se recordó a sí misma que se concentrara en el presente. Lo apretó suavemente, aposta, y obtuvo un nuevo gemido de Darién.

Ahora. Te necesito —murmuró, y giró el cuerpo de serena hasta que quedó boca abajo sobre la cama.

Darién le acarició la espalda, el trasero, amasándola hasta hacerla temblar. Ella se sintió más traviesa que nunca y giró la cabeza sobre la almohada. Estaba notando la caricia del miembro de Darién frotándose contra ella. Cada contacto alimentaba el fuego que se había desatado en su interior, cada roce le hacía ansiar el siguiente.

Entonces Darién elevó las caderas de serena, se arrodilló detrás de ella y con los dedos la abrió para él. Se encontró una cavidad cálida y expectante. Ella murmuró el nombre de él y se agarró con fuerza a las sábanas de seda.

Darién entró con tanta fuerza en el cuerpo de serena, que la hizo gemir extasiada. En aquella posición sentía mucho más. Notaba cómo el miembro de Darién la penetraba más profundamente. Se movieron acompasadamente dando y recibiendo placer al mismo tiempo.

Una y otra vez Darién entró en su cuerpo, cada vez con más pasión y más fuerza. Serena podía sentir la tensión que le estaba transmitiendo y cada vez quería más. Darién se inclinó sobre ella y la abrazó con una mano. La otra se deslizó hasta alcanzar el centro de serena.

Oh… mi… —suspiró ella recibiendo los besos de Darién en la espalda.

Cuando su cuerpo estalló y se dejó llevar por las oleadas de placer, gritó el nombre de Darién. Apenas si se dio cuenta de que él también había alcanzado el clímax en su interior.

Finalmente se desplomaron abrazados sobre la cama. Ella se sentía tan feliz entre aquellos brazos… Podía notar su respiración en el pelo. Serena suspiró, por primera vez en su vida era realmente feliz.

¿Mejor que en Bali? —bromeó él.

¿Te lo han contado? —preguntó sorprendida. Alzó la vista para mirarlo.

Darién sonrió y serena sintió como le daba un vuelco el corazón.

Pues claro. Es la primera vez que mis amigos me toman el pelo.

Oh, Dios. Qué vergüenza —reconoció tapándose los ojos con la mano. Entreabrió los dedos y volvió a mirar a Darién—. Al menos le dije a todo el mundo que eres estupendo.

Sí. Muchas gracias —bromeó—. Bueno, escuchemos la respuesta, ¿ha sido mejor que en Bali?

Darién se estaba riendo de ella. Tenía una expresión divertida en el rostro que nunca antes le había visto. Perfecto. A serena le encantaba la idea de seguir jugando.

Bueno. No estoy segura. Al fin y al cabo, un hombre en su luna de miel, lo da todo. Ahora que ya te has convertido en un tipo mayor y casado… Darién la abrazó y la colocó encima de él. Después le retiró el pelo de la cara.

Deberías ya saber que no te conviene desafiar a un Chiba.

Una hora después serena estuvo completamente convencida de que Darién Chiba era tan bueno en la vida real como en sus fantasías de la luna de miel.

Las dos siguientes semanas se pasaron volando.

Darién había encontrado una rutina sin darse cuenta, que le hacía sentir muy bien. Estaba acostumbrado a ser una persona activa y, ya que la herida estaba prácticamente cicatrizada, no veía razón para cambiar.

Cada mañana, antes del amanecer, se separaba de los brazos de serena. La dejaba durmiendo en la cama, en la que no había habido rastro del muro de almohadones desde aquella increíble noche, y se marchaba a correr.

Los caminos le resultaban familiares. Había corrido por ellos en la adolescencia, cuando había participado en el grupo de atletismo del instituto. También después, al preparar las pruebas de ingreso en los grupos especiales y en las inusuales visitas que había hecho. Conocía cada finca, cada casa, cada curva. Le resultaban tan familiares como su propio rostro en el espejo.

En aquel silencio le asaltaron sus pensamientos. Normalmente no hubiera tenido ningún problema en dejarlos a un lado o al menos aparcarlos durante la carrera. Sin embargo, en aquel momento, completamente solo en el camino, con los pájaros cruzando el cielo brillante del crepúsculo, no encontró la forma de escapar.

Había echado de menos aquel lugar. Durante mucho tiempo había pensado en Springville y en la dinastía Chiba como una trampa. Se había negado a reconocer la belleza de aquel lugar. Había rechazado la tranquilidad y se había sumergido en un mundo de aventuras, riesgo y compromiso con un trabajo en el que creía. En el camino había evitado pensar en aquel lugar que siempre sería su hogar.

En aquel momento, Springville le estaba llamando tan intensamente que de repente la necesidad de aventuras se estaba desinflando.

Y el tiempo de permiso casi había terminado.

Pronto regresaría a la base. Regresaría al trabajo que había sido su vida durante mucho tiempo. Como ya estaba recuperado, le asignarían una misión con su equipo. Con ese pensamiento en mente, esperó a sentir la subida de adrenalina que siempre le había provocado el estar expectante.

Pero no la sintió.

Darién frunció el ceño y continuó corriendo.

Era por serena. Se había dejado llevar y se había liado en una historia que desde el principio había sabido equivocada. Sin embargo, ni siquiera en aquel momento, se arrepentía. A pesar de que supiera que se iba a marchar, que iba a iniciar los trámites del divorcio y que probablemente no volviera a verla jamás.

Frunció aún más el ceño y aceleró el paso. Estaba respirando profundamente y podía sentir las gotas de sudor corriendo por su espalda desnuda. ¿Qué haría serena? ¿Dónde se marcharía? ¿Y cómo sabría Darién si estaba bien?

Pues claro que va a estar bien —murmuró, enfadado consigo mismo—. Tendrá cinco millones de razones para estar bien.

Se recordó, para sentirse menos culpable por estar usándola, que serena se había casado con él por el dinero. Pero, en realidad, ¿quién estaba usando a quién?

Estaba tan absorto en sus pensamientos que ni siquiera escuchó al coche que estaba a punto de adelantarlo. Cuando lo vio, Darién no se detuvo, sólo sonrió al hombre que acababa de bajar el cristal de la ventanilla.

Buenos días, sheriff —dijo sin dejar de correr.

Echas de menos la Marina, ¿no? —Bromeó Ken Hackett—. Me he imaginado que te encontraría por aquí corriendo. Siempre te ha gustado entrenar en este camino.

Sin embargo tú vienes en coche, no corriendo. No estamos en forma, ¿eh?

Claro que sí, pero estoy trabajando.

¿Qué te trae por aquí?

Tengo que ir a ver a Endimión —contestó, y se le borró la sonrisa de la cara—. He pensado que sería mejor que estuvieras conmigo cuando hable con él.

Darién se detuvo, se inclinó e inspiró varias veces antes de volver a preguntar.

¿Qué ha pasado?

Ha habido un fuego en el edificio Chiba del pueblo esta noche.

¿Fuego? —repitió—. ¿Hay alguien herido?

No. El equipo de limpieza de noche estaba trabajando. Por lo que parece alguien encendió un hornillo para preparar té y dejó un trapo demasiado cerca del fuego.

Maldita sea.

Esa es la explicación —añadió Kane invitando a Darién a entrar en el coche—. Las dos primeras plantas se han visto afectadas y he pensado que, bueno, como Endimión tuvo el ataque al corazón el año pasado…

Darién se metió en el coche, se puso el cinturón de seguridad y le pidió a su amigo que continuara.

Bueno, ¿cómo de grave ha sido? —preguntó Endimión. Había transcurrido una hora desde que el sheriff y Darién se habían encontrado.

Kane me ha llevado hasta allí para que lo viera con mis propios ojos antes de contártelo —repuso.

Kane se había marchado tras dar la noticia y Darién y serena se habían quedado encargados de vigilar la presión arterial del anciano.

Serena le estaba sirviendo café a Endimión, a quien Darién estaba observando por si mostraba cualquier signo de dolor.

¿Y…?

Y es un desastre. El jefe de los bomberos me ha dicho que no hay fallos estructurales. Pero el humo y el agua han causado muchos daños. Por lo menos, la mayoría de los archivos estaban en las plantas superiores. No hemos tenido muchas pérdidas.

No. Supongo que no las hemos tenido —contestó Endimión lentamente haciendo un énfasis especial.

Endimión… —suspiró Darién—. No es eso lo que he querido decir.

Ha sido un desliz sobre el que Freud tendría mucho que decir, ¿no? —preguntó Endimión demasiado contento a pesar de que su cuartel general acabara de arder.

Darién no había querido incluirse en la empresa, tal y como Endimión había entendido. Después de todo, nunca se había sentido parte del negocio familiar. Estaba alistado en la Marina. Sin embargo, paseando por el edificio quemado junto a Kane, se había sorprendido a sí mismo pensando en la reconstrucción. Se le habían ocurrido varias mejoras. Ya que el edificio iba a tener que ser saneado, no había motivo para no renovarlo.

Darién, ¿en qué estás pensando? —preguntó Endimión.

Nada. No gracias, serena, no quiero café. Lo que necesito es una ducha —murmuró, y se pasó la mano por el cabello.

Se levantó y salió del comedor antes de que sus pensamientos siguieran el camino que había marcado Endimión.

Bien, bien, bien. ¿Has escuchado a Darién? —le preguntó Endimión sonriente a serena.

No quiere quedarse, Endimión. Nada de lo que le digas le hará cambiar de opinión. Ya lo sabes.

El anciano arqueó las cejas.

No es lo que yo le diga lo que lo mantendrá aquí, serena, querida… eres tú. Me he fijado en la manera en la que te mira. Y no te creas que no me he dado cuenta de cuál es tú respuesta.

Endimión, no te pongas a ejercer de Cupido —le advirtió. No quería que el hombre al que quería como a un abuelo sufriera tanto como ella cuando llegara el momento de partir.

Ya veremos… —añadió guiñando un ojo.

Serena suspiró, tomó un sorbo de café y se volvió a sentar en la silla que estaba junto a Endimión. Se había fijado en la expresión turbia de los ojos de Darién cuando se había marchado del salón. Sabía que se había arrepentido de implicarse en la investigación del incendio. No quería la vida que le estaba esperando en Springville.

No quería a serena.

Al menos fuera de las horas que compartían en la cama. Allí serena al menos se sentía deseada, lo notaba en cada caricia y en cada beso. En la manera en la que la abrazaba todas las noches y porque buscaba su cuerpo cada vez que le asaltaban las pesadillas. Sin embargo, era muy consciente de que cuando el mes terminara, Darién se marcharía y permitiría que serena saliera de su vida para siempre.

Sintió una punzada en el corazón. No sabía cómo iba a lograr sobrevivir cuando aquel dolor se convirtiera en su única compañía.