Autor: Serenity-venus025.
Capítulo Ocho
Días después Darién se dio cuenta de que quería echar una mano. Después de todo estaba allí, ¿no? Había que encargarse de la reparación del edificio y de la fiesta de cumpleaños de Endimión. Como serena no podía encargarse de todo y él no tenía ni idea de cómo montar una fiesta, había asumido la responsabilidad de la remodelación del edificio.
Ya se había reunido con el constructor y también con los empleados para escuchar sus sugerencias sobre la reforma. En aquel momento estaba sentado en el estudio de Endimión con un montón de planos extendidos sobre la mesa. No pudo evitar preguntarse cómo se las había apañado para ser absorbido de aquella manera por la vida del pueblo.
Endimión estaba en su dormitorio echándose la siesta. Serena estaba en la cocina hablando con la cocinera sobre el menú de la fiesta y Darién estaba sentado en el escritorio que había estado evitando toda la vida.
— ¿Cómo has llegado hasta aquí? —murmuró mientras se servía una copa de whisky.
—Girando a la izquierda en eso que llamáis autopista —contestó de repente una voz familiar.
—Pon dos copas más —añadió otra voz también familiar con un acento hawaiano que Darién reconoció al instante. Se dibujó una sonrisa en sus labios.
Alzó la cabeza y vio apostados en la puerta del estudio a dos de los miembros de su equipo de elite. Jack Thorne, «JT», el jefe de equipo y Dani «Hula» Akiona.
— ¿De dónde salís vosotros? —preguntó poniéndose en pie para saludar a sus amigos.
JT era un tipo alto, rubio con unos ojos azules a los que no se les escapaba nada. Hula también era alto, con cabello y ojos negros. Dios, los había echado mucho de menos.
—Estábamos de camino a San Francisco para darnos una juerga y hemos pensado en pasar a verte para ver cómo iba tu herida —contestó Hula—. No sabíamos que te íbamos a encontrar sentado en esta mansión.
Darién se estremeció. Era cierto, nunca les había hablado de sus orígenes.
—Humm. Whisky de treinta años… —añadió Hula mirando la botella a gran distancia.
Darién soltó una carchada.
— ¿Cómo demonios lo has leído?
—Es un don que tengo —contestó encogiéndose de hombros. Miró a su alrededor—. ¿Cómo es que nunca nos has dicho que eres asquerosamente rico?
—Eres realmente sutil —añadió JT frunciendo el ceño.
—Nunca he sido sutil —contestó, y miró a Darién—. Lleva demasiado tiempo y la vida es muy corta. No dejo de preguntarme por qué un amigo esconde un secreto así.
Darién soltó un suspiro.
—Pues para no tener que escucharte decir cosas como «asquerosamente rico».
—Ya sabes que es sin ofender, ¿no? —replicó volviendo a mirar a su alrededor—. Es sorprendente averiguar que uno de los nuestros nada en dinero.
—Cállate, Hula —intervino JT, y entró en el despacho. Miró la enorme estancia.
—Sentaros —ofreció Darién. Estaba contento de ver a sus amigos aunque hubieran descubierto su secreto.
Sacó dos copas más y se sentó frente a los dos hombres. Estaba acostumbrado a confiarles su vida en las misiones. Los dos estaban admirando el estudio. Parecía que no se podían creer lo que estaban viendo y Darién no los culpó por ello.
Durante todo el tiempo que habían pasado juntos ni siquiera les había mencionado que provenía de una familia adinerada. No había querido que nadie lo tratara de forma diferente. Había querido ser uno más. Ser aceptado por lo que era, no por lo que su familia poseía. Sin embargo en aquel momento, tuvo la sensación de que había estado engañándolos todos aquellos años.
Porque los había engañado.
JT apoyó los codos en las rodillas y miró fijamente a Darién.
—Entonces, ¿por qué nunca nos has dicho nada? —le preguntó.
—Sí, tío —añadió Hula—. Parece que nos escondes secretos, ¿no? ¿Qué pasa? ¿Tienes miedo de que te pida pasta cuando jugamos a póquer?
Darién se acomodó en la butaca, apoyó la copa en su tripa y miró duramente primero a uno de sus compañeros y después al otro.
—Precisamente esto es por lo que nunca he dicho nada. Los dos me estáis mirando como si fuera un niñato rico.
—La novedad es sólo lo de rico —bromeó Hula—. En serio, tío, ¿por qué nos lo has escondido? Si yo tuviera un sitio así, se lo iría contando a todo el mundo.
—Sí, eso ya lo sabemos. Le cuentas tu vida al primero que pasa por delante —puntualizó JT.
—Bueno, es lo que tiene ser un hombre fascinante. Como aquella vez que me encontré de frente a un tigre en la costa de Maui…
—Ya nos lo sabemos —replicaron al unísono JT y Darién.
Los tres se sonrieron. Y con aquella sonrisa volvieron a la normalidad. El tema del secreto del dinero acababa de quedarse a un lado porque sus amigos no le iban a dar mayor importancia. Darién se dio cuenta de que no tenía que haberse preocupado por el tema durante tanto tiempo.
—La verdad es que os he echado de menos, chicos.
—Está bien saberlo —repuso JT acomodándose en su butaca—. Al no saber nada de ti me estaba empezando a preguntar si estarías cuestionándote volver al equipo.
—Yo le he dicho que estaba loco. De ninguna manera Darién se va a quedar en casa. Dios, si vive para el subidón.
El subidón, así era como llamaban a la subida de adrenalina que sentían antes de una misión. Era lo que notaban cada vez que recibían órdenes de avanzar. Cuando celebraban que todos habían regresado sanos y salvos a casa.
Darién no podía negar que le gustaba el subidón, sin embargo llevaba un tiempo pensando si bastaba para darle sentido a su vida. ¿Cuánto tiempo más iba a poder seguir desempeñando su trabajo con el grado de precisión que se exigía a sí mismo? Ya no era precisamente un niño y dos de los tres compañeros con los que había ingresado en los grupos especiales se habían retirado a otros trabajos.
JT estaba girando su copa mientras observaba a Darién fijamente.
— ¿Qué?
—Nada —repuso su jefe—. Es sólo que te veo… diferente.
—Pues no —replicó aunque no sabía si estaba intentando convencer a JT o a sí mismo. Porque lo cierto era que todo había cambiado. El pueblo. Endimión. Serena. ¿Y él? No, Darién no había cambiado en absoluto—. Nada ha cambiado.
— ¿Darién?
Los tres hombres giraron la cabeza cuando serena entró en el estudio e inmediatamente se pusieron en pie.
Ella se detuvo sorprendida en medio de la sala. Llevaba una blusa amarilla y sus vaqueros favoritos. Tenía el pelo suelto y los ojos más azules que nunca. Se había sonrojado.
—Lo siento, no sabía que estabas acompañado.
—No pasa nada —dijo Darién. Se dio cuenta de la expresión de admiración de sus amigos. Se sintió de repente irritado al ver cómo Hula estaba empleando su sonrisa irresistible con serena.
Se sorprendió por verse así de celoso. Pero no estaba dispuesto a que Hula flirteara con su esposa delante de sus narices.
No se detuvo a pensar si aquél era otro secreto que debía guardar. ¿Por qué presentarles aserena como su esposa si se iba a divorciar de ella en breve? Simplemente porque no quería que Hula la mirara así. Porque serena parecía desconcertada y no sabía cómo comportarse y Darién no quería hacerla sentir incómoda. Porque, maldita fuese, en aquel momento era su esposa.
—Pasa, serena. Quiero que conozcas a los chicos —cuando estuvo lo suficientemente cerca la rodeó con el brazo—, Jack Thorne, Danny Akiona, ésta es mi esposa, serena.
JT sonrió. Estaba realmente sorprendido.
—Encantado —dijo. Hula comenzó a toser.
— ¿Tu esposa? —Preguntó Hula mirando con los ojos como platos a Darién—. Tío, ¿y qué ha pasado con Gretchen? —susurró
JT le dio un empujón.
—Perdona, Hula. Te he derramado el whisky —le soltó.
—No pasa nada —replicó.
Serena parecía confundida.
—Siempre es un placer conocer a los amigos de Darién. ¿Os puedo traer algo de picar? ¿Un café?
—No, gracias —respondió JT rápidamente—. Sólo hemos parado un rato. Estamos de camino a la ciudad.
— ¿Estás segura de que eres su mujer? —insistió Hula apartándose para evitar otro «accidente».
—Estoy segura —contestó serena, y sonrió.
—Es tremendo —añadió negando con la cabeza.
—Bueno —dijo ella dando un paso atrás—. Os dejo que charléis. Me alegro de haberos conocido.
Darién la contempló mientras se marchaba y, sin poder evitarlo, miró el movimiento de sus caderas. Rápidamente se dio cuenta de que Hula estaba haciendo lo mismo y se enfadó.
— ¿Para qué demonios has tenido que mencionar a Gretchen? —susurró cuando serena salió del estudio.
—Oye, tío —dijo Hula defendiéndose—. Me he quedado sorprendido, eso es todo. La última vez que hablamos estabas con esa diosa sueca y ahora resulta que te has casado con otra.
— ¿Así que nada ha cambiado? —preguntó JT.
—Así es —replicó aun sabiendo que no sonaba convincente.
—Pues sabes una cosa, ésta me gusta mucho más que el tal Gr… —Hula se detuvo y tapó el vaso, no fuera a recibir algún otro impacto—. La otra era muy fría, tío. Parecía vacía. Esta… —sonrió, y asintió con la cabeza—. Es otra historia.
JT miró fijamente a Darién antes de hablar.
—Ya sabes que no serías el primero de nosotros en elegir quedarse junto a su esposa en vez de arriesgar su vida un día tras de otro.
Eso era cierto. Darién había visto a un montón de compañeros enamorarse y dejar la carrera militar. Pero las situaciones eran diferentes porque ellos habían estado enamorados de sus esposas. Sin embargo, Darién estaba cautivado, nada más. Si admitía que sentía algo más, su vida se pondría patas arriba.
—Ya te lo he dicho, jefe —respondió tenso—. Eso no va a pasar. Voy a volver. Mi… matrimonio no va a impedírmelo.
—No me malinterpretes, dar. Me alegro de que vuelvas y a todos nos gusta el subidón —añadió Hula calmadamente—. ¿Pero tienes a una mujer que te quiere? Eso también es un subidón.
—Pero no es lo que yo necesito —contestó finalmente—. Y por qué no dejamos de hablar de mi esposa y me contáis cómo ha ido todo mientras he estado fuera.
Los tres hombres se sentaron de nuevo y Hula y JT le pusieron al día de lo acontecido en la base. Sin embargo, Darién no era capaz de centrarse en la conversación. Debería haber escuchado cada noticia con atención. Normalmente durante los permisos siempre había estado ansioso por volver al trabajo, al mundo que había construido. Pero en aquella ocasión, sus ojos no dejaban de mirar la puerta por la que serena había desaparecido y su mente estaba llena de recuerdos de aquella mujer. Su figura, su olor, su sonrisa e incluso sus suspiros de placer.
Serena era mucho más de lo que se había imaginado, más de lo que había deseado, y aquel juego cada día se estaba volviendo más complicado. Precisamente acababa de mentir a sus amigos y tras el divorcio lo avasallarían a preguntas. No tenía que haber accedido a aquella locura.
Había una parte de Darién que se había metido completamente en el papel. Sin ningún esfuerzo se había convertido en un hombre casado. En el hombre de serena. Y eso no era posible porque su vida no estaba allí, a pesar de lo que dijeran Endimión y serena.
Iba a volver a la Marina porque allí estaba su lugar en el mundo. Allí estaban sus amigos, su equipo.
Las misiones. Se había comprometido con su trabajo y lo iba a seguir realizando. Había dado su palabra y sabía lo que eso significaba. Darién pertenecía a la Marina, no a aquel pueblo.
Pero por primera vez en la vida, la aventura no le llamaba tanto la atención. Por primera vez, iba a tener la sensación de estar dejando atrás algo importante cuando se marchara.
Serena se quedó junto a la puerta abierta del estudio y oyó a los tres hombres charlar.
El murmullo de las voces graves a veces se veía interrumpido por carcajadas. Distinguió la voz de Darién con facilidad y se dio cuenta de que estaba feliz recordando las misiones, el peligro y las aventuras que había compartido con sus amigos.
Aquello era algo contra lo que serena no podía luchar. Esos hombres eran más que hermanos para Darién y el lazo era inquebrantable.
Por mucho que ella quisiera que fuese de otra manera, Darién y serena pertenecían a mundos distintos y él nunca se quedaría a su lado. Ni siquiera aunque la amara, que no era el caso, se quedaría en Springville. Era un miembro de los equipos de elite y serena dudaba mucho de que eso fuera a cambiar.
¿Y quién sería la tal Gretchen?
Días después, Darién se dio cuenta de que estaba tan inquieto como la tarde en que lo habían visitado sus compañeros. Tenía la sensación de que debía hacer algo, pero no sabía qué exactamente. Había estado entrenando en el gimnasio del pueblo y había salido a correr por la mañana. Quería recuperar la forma antes de volver a sus obligaciones.
—Darién Me alegro de verte, te estaba buscando —dijo Endimión entrando en el estudio. Sus pasos eran lentos y cuidadosos. Darién se puso en pie para ayudarlo, pero el anciano lo impidió—. Todavía no soy un inútil —murmuró. Se acercó al escritorio y abrió el último cajón.
¿Cómo había sido tan egoísta? ¿Cómo había antepuesto sus intereses a las necesidades de endimion? ¿Estaba listo para volver a su lado después de todo lo que su abuelo había hecho por él? ¿Qué tipo de hombre era que se comprometía con su país antes que con su propia familia?
No tenía respuestas, así que aparcó aquellos interrogantes.
—Quiero que revises estos papeles y que los firmes antes de marcharte —le pidió Endimión tras sacar una carpeta.
— ¿Me vas a conseguir otra esposa? —le preguntó alzando una ceja.
—Ya no voy a perder el tiempo contigo. Por lo visto no tienes cabeza para apreciar a la que ya te he buscado —le soltó.
Vaya… claro que la apreciaba. La apreciaba demasiado.
—Endimión…
—No estoy aquí para hablar de serena, chico. Se trata de otro asunto.
— ¿Qué? —preguntó.
El anciano miró a su nieto directamente a los ojos.
—Te estoy traspasando el negocio familiar.
—Maldita sea, Endimión. Aunque quisiera asumirlo, todavía me quedan siete meses de servicio. No voy a estar aquí —dijo alzando las manos.
—Puedes hacer la mayor parte del trabajo estos meses dándome un poder notarial y yo me encargaré de echar un vistazo hasta que vuelvas.
Darién se puso en pie y caminó inquieto hasta la ventana. Observó el prado cubierto por los perfectos macizos de flores. Estaba atardeciendo y el cielo estaba teñido de mil colores.
—En el caso de que pienses volver —añadió Endimión.
Darién volvió la cabeza y vio, a pesar de la penumbra, la expresión de esperanza y de expectación que estaba iluminando los ojos de su abuelo. En ese momento Darién supo que no podía luchar más. Supo que la única forma de estar en paz consigo mismo era aceptar la obligación que lo llevaba esperando desde la infancia.
De alguna manera tuvo la certeza de que ése era su camino, a pesar de sus intentos por evitarlo. Quizás hubiera tenido que marcharse para saber dónde estaban sus raíces.
—Volveré, Endimión.
Una sonrisa radiante se dibujó en el rostro del anciano y, por un instante, Darién se sintió como el héroe que siempre había querido ser.
—Sabía que al final harías lo correcto, chico —dijo Endimión satisfecho.
Darién puso una sonrisa aunque estaba preocupado.
—Gracias. He estado pensando —añadió, y se frotó la nuca—. Aun así, tengo que volver a la base a final de mes.
—Entendido.
Darién asintió y miró a Endimión. Soltó un suspiro. Por fin había desaparecido la presión que había tenido en el pecho durante semanas. Llevaba días preguntándose qué debía hacer. Se había cuestionado a quién debía más fidelidad. La necesidad de quedarse en casa había estado luchando con la llamada de la vida que se había construido.
Sí, iba a ser difícil dejar la Marina. Sintió un escalofrío, pero se recordó a sí mismo que llevaba pensando en retirarse desde que lo habían herido.
— ¿Y qué hay de serena?
— ¿Qué pasa con ella? —preguntó Darién mirando a su abuelo.
—Bueno, si tú te vas a quedar, tampoco hay ningún motivo para que ella se marche, ¿no? Estáis realmente casados. Y te he visto mirarla, chico. Soy viejo, pero no ciego.
Darién todavía no había tenido tiempo de considerar todas las opciones. Hacía un minuto que había decidido retirarse, por el amor de Dios. No tenía todos los cabos atados. Quizás Endimión tuviera razón. Pero…
—Los dos estamos de acuerdo en divorciarnos.
—Maldito cabezota…
Darién no estaba dispuesto a cambiar de opinión sin pensárselo dos veces. Por el momento había tomado una decisión respecto a serena… sin interferencias bienintencionadas.
—Endimión, no fuerces las cosas. Lo que tenga que pasar entre serena y yo lo tendremos que decidir nosotros, no tú.
—Te hace feliz, Darién, o ¿acaso no te has dado cuenta?
Feliz, con una esposa que no había elegido. Una esposa de la que había pensado que era una caza fortunas. Una esposa que desataba su fuego con sólo una caricia.
Pero no estaba dispuesto a que su abuelo también dirigiera su vida personal.
—No puedes inmiscuirte de esa manera en la vida de la gente, Endimión. No puedes organizar las cosas tal y como a ti te gusta.
—Pues no sé por qué si puedo ver perfectamente qué es lo que funcionaría —murmuró el anciano.
—Porque no puedes decidir mi vida, abuelo. Y estoy prácticamente seguro de que tampoco puedes dirigir la de serena.
Darién adoraba a su abuelo, pero no tenía que satisfacer todos sus deseos. Además Endimión se tenía que acostumbrar a ceder porque iban a volver a convivir y Darién iba a dirigir los negocios.
Lo mejor sería que se mantuviera firme en su posición.
—Ríndete en esta ocasión, abuelo.
—Mírame a los ojos y dime que no te importa esa chica —replicó Endimión en un tono desafiante.
Bueno, aquél era el problema. Darién desvió la mirada. No sabía cuáles eran sus sentimientos en aquel momento.
