Autor: Serenity-venus025.

Capítulo Nueve

Cuando Endimión se fue, Darién salió al jardín para hacer una llamada telefónica que nunca hubiera pensado que iba a hacer. Marcó de memoria el número del teléfono móvil de JT.

Thorne —dijo la voz al otro lado de la línea.

Jefe, soy Darién—contestó. Su mirada se perdió en el cielo cubierto de nubes. La brisa marina soplaba levemente. Darién cerró los ojos.

Sí, lo sé. ¿Qué pasa?

Más bien qué no había pasado. Darién inspiró profundamente, abrió los ojos y miró la pradera verde que se extendía a sus pies. Aquél era su hogar, a pesar de que hubiera intentado ignorarlo durante años.

Quería comunicarte que voy a volver a la base, pero cuando termine este reclutamiento, voy a dejar el equipo —dijo tenso, pero convencido de la decisión que había tomado.

Se hizo un silencio y después escuchó una leve risa de su jefe.

Si esperabas darme una sorpresa, no lo has conseguido —repuso finalmente JT. Darién también se rió.

Bueno, jefe, para mí sí que ha sido una sorpresa.

Pues no debería, dar. Tienes una vida a la que volver. Tu esposa se merece un marido a tiempo completo.

Serena. No cabía duda que tenía algo que ver en la decisión. Aunque Darién aún no sabía cuánto.

Sí, supongo que sí. Mira, no quiero dejar colgado al equipo, por eso te lo quería decir cuanto antes para que puedas empezar a buscar a algún sustituto.

Nadie va a poder sustituirte, dar. Pero te lo agradezco. Hablamos cuando vuelvas de tu permiso, ¿de acuerdo?

Eso es. Nos vemos en unos días.

Cuando colgó, Darién se quedó quieto bajo los rayos del sol y esperó a que surgiera el arrepentimiento. Pero no sólo no fue así, sino que tuvo una sensación de paz que no había sentido en mucho tiempo. Se dio la vuelta y miró a la mansión. Instintivamente sus ojos se posaron en la ventana del dormitorio, como si acabara de sentir la presencia de serena.

Me falta la última conversación —murmuró, y atravesó el patio empedrado. Estaba decidido a afrontar aquella nueva fase de su vida.

Serena estaba en la bañera cuando Darién subió a la habitación. Salía vapor del baño y una vocecilla canturreaba desafinadamente. Tuvo la tentación de colarse en la bañera con ella, pero se recordó que había subido con otro propósito.

Había decidido asumir las responsabilidades familiares y tenía que hablar con serena. Aunque le costara reconocerlo, en cierto modo Endimión tenía razón. Si Darién se iba a quedar, no había ningún motivo para que serena se marchara.

Caminó hasta el baño y se apoyó en el quicio de la puerta. Ella estaba sentada en la bañera redonda, de espaldas a la puerta, y la fragancia de jazmín flotaba en el ambiente. Las burbujas se agitaban en el agua acariciando los pechos de serena. Los pezones rosados sobresalían del agua y, al verlos, Darién se excitó. Cambió de posición para evitar la presión de la tela vaquera de sus pantalones. Aquella reacción parecía estarle diciendo que aquel matrimonio era una buena idea. Habían demostrado más que de sobra que eran compatibles en la cama. Además serena adoraba a Endimión y al pueblo. Era feliz allí, ¿por qué no iba a querer quedarse?

Darién sonrió y retiró la vista de los tentadores pezones.

¿serena?

¡Oh! —soltó, se sumergió más en el agua y giró la cabeza para mirarlo—. ¡Por Dios, darien! ¿Es que quieres matarme de un susto? En tal caso, no lo hagas en el baño. Maldita sea, primero en la ducha y ahora en la bañera. De verdad, no quiero que encuentren mi cadáver desnudo.

Darién sonrió. La verdad era que siempre terminaba riéndose con serena. Nunca lo había pensado hasta entonces, pero Endimión tenía razón. Ella lo hacía feliz. Y en la cama, le volvía loco. Era una mujer muy divertida y resultaba muy sencillo estar a su lado. Le había ayudado a darse cuenta de que la vida era algo más que perseguir ambiciones individuales. Además, era una mujer que se atrevía a plantarle cara y a Darién eso le gustaba. A Darién le gustaba serena.

Por no mencionar que con sólo verla desnuda, ardía en deseos. Todo era bueno con ella.

¿Todo bien? —preguntó serena.

¿Qué? —preguntó él sin poder dejar de contemplarla. Hablar. Había ido allí a hablar, no a meterse en la bañera con ella—. Todo bien, sí, todo bien. Es que acabo de estar hablando con Endimión…

Hablando de Endimión, la fiesta de cumpleaños va a estar muy bien. He conseguido que toque un grupo del pueblo y les he pedido un repertorio especial de los años cuarenta. Creo que a Endimión y a sus amigos les va a encantar.

Seguro que sí —respondió y, sonriendo, siguió escuchando los preparativos de la fiesta.

Quedarse con ella era la estrategia adecuada. Los dos estaban a gusto juntos. Serena adoraba a Endimión y ya era parte del pueblo.

Darién no podía parar su cabeza. En aquel barullo de pensamientos de repente surgió Gretchen. ¿Cómo demonios se le había podido ocurrir mencionarle el Matrimonio? Ella nunca hubiera encajado en Springville. Hubiera sido demasiado pequeño, anticuado y normal para Gretchen. Hubiera odiado ese lugar, mientras que a serena le encantaba.

Sí. Darién acababa de tomar la decisión correcta.

Y la comida se va a adecuar a la dieta de Endimión, así que todo está en orden.

Perfecto.

¿Estás bien? —le preguntó.

Sí —repuso Darién.

Entró en el baño, se detuvo junto a la bañera y miró fijamente a serena. Se moría de ganas de abrazarla, pero antes tenía que comunicarle su decisión.

En silencio, se felicitó por haber encontrado la solución perfecta y se preguntó cómo había tardado tanto en darse cuenta. Era tan cabezota como Endimión había dicho. Pero daba igual porque ya veía la situación con claridad y estaba seguro de que serena iba a estar de acuerdo con él. ¿Por qué no iba a hacerlo? Los dos iban a salir ganando.

¿Quién es Gretchen? —soltó ella de golpe.

¿Qué? —preguntó Darién desconcertado. Era la última pregunta que se hubiera esperado.

Os oí hablar de ella cuando vinieron tus compañeros. Uno de ellos la mencionó.

Sí —«gracias, Hula», pensó—. Es una antigua novia.

¿Y es una diosa? —preguntó mientras se pasaba la esponja por un brazo.

Darién frunció el ceño sin dejar de observarla. Sí, Gretchen era muy guapa, pero él nunca había fantaseado con ser su esponja. Además, no había subido para hablar sobre Gretchen.

Hula es un bocazas.

Lo cual responde a mi pregunta —añadió serena con una sonrisa triste en el rostro.

¿Por qué has esperado tanto a preguntarme sobre ella?

Quizás no quisiera saber.

Entonces ¿por qué me preguntas…? —Darién se detuvo—. Da igual. Es la lógica femenina, ¿no?

Es sólo curiosidad, nada más.

Vale, pero no quiero hablar de mi ex ni de ninguno de tus ex.

Yo no tengo ninguno —respondió plegando las rodillas—. Ningún ex quiero decir. Tú serás el primero.

¿Qué? —preguntó sorprendido. No sabía si creerla o no—. ¿Cómo es posible? ¿Es que sólo has conocido a hombres ciegos? Serena soltó una carcajada.

Me lo tomaré como un cumplido, gracias.

Es un cumplido —reconoció. Y estaba dispuesto a decirle muchos más en los siguientes años porque era una gran mujer. Se puso de pie, como si no confiara en sí mismo al estar tan cerca de aquella mujer desnuda—. Mira, serena. Creo que tenemos que hablar sobre el divorcio.

Oh —soltó ella. Su mirada se volvió fría. Distante.

El mes está a punto de terminar —añadió volviendo a acercarse a la bañera.

Lo sé.

Pero lo que no sabes es que la situación ha cambiado.

¿A qué te refieres? —preguntó serena mirándolo.

Me refiero a que he decido dejar la Marina cuando termine este reclutamiento. Voy a volver a casa. Me voy a quedar —explicó satisfecho. Una sonrisa se dibujó en los labios de serena.

Eso es maravilloso, Darién. Estoy segura de que Endimión estará muy contento.

Sí que lo está. Pero quiero que hablemos de nosotros.

No te entiendo —replicó inquieta.

Lo sé —contestó. Se sentó en el borde de la bañera. Ojalá no estuviera tan incómoda—. Pero me vas a entender en cuanto te lo explique. He estado reflexionando y creo que hay una solución sencilla a nuestra situación.

Sí —repuso serena. Soltó un suspiro—. El divorcio.

No. El matrimonio.

Serena alzó la vista para mirarlo de nuevo.

¿Qué estás diciendo?

Es simple, de verdad —afirmó sonriéndole—. Yo me voy a quedar, así que creo que tú deberías hacer lo mismo.

¿Qué? ¿Por qué? —preguntó incorporándose un poco. Las burbujas no paraban de moverse.

Estoy sugiriendo que sigamos casados en vez de divorciarnos —declaró esperando que serena sonriera.

Pero no lo hizo.

No puedes estar hablando en serio.

Vaya —añadió preguntándose por qué serena no estaba viendo que era la solución perfecta—, no es la respuesta que esperaba.

Bueno, es que lo que estás diciendo no tiene sentido. ¿Por qué ibas a querer seguir casado conmigo? Vas a estar aquí, así que no me necesitas para que cuide de Endimión. Lo puedes hacer tú.

Esto no tiene nada que ver con Endimión. Bueno, en parte sí. Pero lo más importante es… A ti te gusta estar aquí, ¿no?

Sí.

Quieres a Endimión.

Sí, pero…

Darién pensó que era el momento de utilizar su infalible sonrisa.

Nosotros ya hemos demostrado que nos entendemos bien. Es sexo es bueno. Así que, ¿por qué no seguir casados?

Esto es una locura —respondió ella, y se puso de pie en la bañera.

Darién sacó fuerzas de flaqueza para no lanzarse sobre su esposa desnuda y empapada.

¿Por qué es una locura? Dios, pensaba que te iba a gustar la idea.

Serena soltó una carcajada y lo miró como si se hubiera vuelto loco de remate. Salió de la bañera, pasó por delante de él y se cubrió con una toalla azul.

Claro, ¿cómo no me iba a gustar la idea?

Exactamente —replicó Darién. Se puso en pie para mirarla a los ojos. Dios, había llegado a la solución perfecta, ¿cómo no se daba cuenta?

Darién —añadió serena antes de inspirar profundamente—. Me has dicho mil y una vez que no quieres una esposa.

He cambiado de opinión.

¡Oh! —Dijo alzando las manos al cielo—. Eso es otra cosa. Has cambiado de opinión.

¿Qué es lo que te molesta? —preguntó. De verdad que no comprendía por qué no estaba dando saltos de alegría ante aquel trato. Era el negocio perfecto, los dos salían ganando—. Pensaba que te alegrarías de quedarte.

Serena se llevó las manos a las caderas. Estaba furiosa.

¿Cómo voy a alegrarme de estar junto a un hombre que no quiere estar conmigo?

Te he dicho que quiero estar contigo.

Claro, en la cama.

Bueno, soy un chico. ¿Por qué no iba a querer estar contigo en la cama?

El matrimonio no es sólo sexo, Darién—dijo saliendo del baño. Se metió en el vestidor y entornó la puerta—. Dios, ¿es que no lo entiendes?

No entiendo nada —contestó siguiéndola. Serena se volvió hacia él.

Si continuara casada contigo de esta manera, no sería tu esposa… sería tu querida oficial.

¿Qué demonios…?

No me quieres, sólo te resulta una solución práctica.

¿Por qué hablar de amor? Serena se había casado con él mediante un poder notarial que Darién había desconocido. Había accedido a recibir dinero a cambio del matrimonio. ¿Y resulta que quería amor? ¿Qué sentido tenía?

Sí, ya que de hecho eres mi esposa, es una solución práctica. ¿Qué hay de malo?

¿Todos los hombres sois iguales o eres sólo tú? —preguntó con exasperación.

Mira, serena, no he subido para pelearme contigo.

No, has subido para comunicarme lo afortunada que soy ya que se me permite quedarme en esta casa y en tu cama —dijo, y soltó un suspiro—. Soy una mujer tan afortunada…

Darién se sintió completamente perdido. Primero había sido odioso por no haber querido estar con ella ¿y en aquel momento lo era porque quería estarlo? ¿Por qué le estaba poniendo las cosas tan difíciles?

¿Sabes una cosa? —dijo mientras la expresión de su rostro se ensombrecía—. Yo…

Oh, claro, y soy aún más afortunada porque el estupendo Darién Chiba está dispuesto a aceptar a serena tsukino, la chica del montón. No es que sea ninguna diosa, pero él está dispuesto a conformarse porque a ella se le dan muy bien los perros y los ancianos y…

¿Te has vuelto loca? —preguntó Darién mirándola como si lo estuviera. Aquello enfureció aún más a serena.

Debería haberme dado cuenta de que esto iba a suceder —murmuró para sí misma. Agarró el primer par de vaqueros de la percha y se los puso—. Eres una idiota, serena. Una idiota.

Por el amor de Dios, lo estás malinterpretando todo —replicó Darién.

Nada que ver con mis fantasías —siguió murmurando mientras luchaba con su sujetador—. Tú no eres el hombre con el que me casé —le gritó de repente.

¡Estás loca! —Exclamó por encima de la voz de serena—. ¡Yo nunca he pedido ser tu fantasía, igual que no he pedido ser el héroe de nadie! —Soltó antes de abrir la puerta del vestidor—. ¿Por qué te escondes para vestirte? ¿Acaso no te he visto ya desnuda?

¿Y eso te da el derecho de observarme cada vez que te apetezca? Creo que no —dijo poniéndose una camiseta verde—. No me puedo creer que quieras que me quede contigo sólo por el sexo.

Serena estaba sintiendo una presión muy fuerte en el pecho y las lágrimas se agolpaban en sus ojos, pero no iba a llorar. Por el amor de Dios, el primer hombre con el que se había acostado le estaba proponiendo que fuera su querida. Se sentía tan estúpida ante aquella oferta… estaba furiosa. Y todo era responsabilidad de serena, había sido ella misma quien se había colocado en una situación tan patética.

Se había entregado a aquellos brazos y había suplicado: «Por favor, Darién. Rómpeme el corazón».

Y lo peor de todo era que él ni siquiera se estaba dando cuenta.

¿Cómo has podido pensar que iba a acceder? —le chilló.

Tampoco te he pedido que te alistes al ejército —soltó Darién—. Sólo te he propuesto seguir como hasta ahora.

¿Por cuánto tiempo? ¿Habrá un contrato? ¿Pago por servicio? ¿O me vas a poner un sueldo?

serena…

¿Y qué sucederá cuando vuelvas a cambiar de opinión? ¿Me darás treinta días para buscarme otra casa o me darás la patada directamente?

No voy a volver a cambiar de opinión. Si te calmas un poco…

A serena le dieron ganas de pegarle al oír aquel tono tan paciente.

Todas sus fantasías y sus sueños habían desaparecido como las burbujas de la bañera. Y lo peor era que se había permitido llegar hasta aquella situación. Se había pasado un año inventándose a Darién y esas semanas habían ido demasiado lejos. Se había enamorado de un hombre que no existía. El Darién que ella amaba nunca le hubiera hecho una proposición así de baja.

Le acababa de dejar bien claro el concepto que tenía de ella. Y estaba claro que no era lo suficientemente buena para él.

Darién dio un paso al frente y tomó el rostro de serena entre sus manos.

Al menos, piénsatelo, serena. Si lo piensas, verás que tengo razón. Adoras este sitio, a Endimión…

Y te amo a ti, Darién—le soltó ella. Al instante siguiente, se arrepintió, pero ya no había vuelta a atrás.

En vez de soltarla, como serena estaba esperando, Darién sonrió y el maldito hoyuelo se dibujó en su carrillo.

Pero razón de más —dijo como si fuera un niño que acabara de encontrar en el árbol de Navidad justo el regalo que había pedido—. Me amas, así que querrás seguir casada conmigo.

Serena le quitó las manos de la cara y sintió frío. Pero se tendría que acostumbrar porque no podría estar con él después de lo que había escuchado.

No puedo quedarme contigo, Darién—dijo clavando su mirada en los ojos de Darién.

Pero me amas.

Por eso precisamente quiero el divorcio.