Autor: Serenity-venus025.
Capítulo Diez
El salón de baile de la mansión Chiba estaba casi listo para la fiesta. La decoración estaba terminada salvo por las flores que se recogerían ese mismo día del jardín. El rincón de los músicos estaba preparado y los últimos detalles de la comida también.
Todo perfecto.
Entonces, ¿por qué serena tenía tantas ganas de llorar? ¿Sería por el hueco que sentía en el pecho, en el lugar donde antes había estado su corazón?
Habían pasado tres días desde que Darién le había hecho su absurda proposición y serena le había confesado su amor. Tres largos días con sus aún más largas noches. Después de la conversación, serena se había llevado sus cosas a la habitación de invitados. Ya no le importaba lo que pudiera pensar el servicio ya que el matrimonio estaba a punto de concluir.
Además tenía que volver a aprender a dormir sola aunque echara mucho de menos a Darién. ¿Cómo iba a vivir si él?
No tenía que haberse embarcado en un plan así. Si no hubiera aceptado la propuesta de Endimión, no se hubiera visto en aquella posición. Estaba decidida, la noche del día siguiente se marcharía. No sabía dónde iba a ir, pero tampoco importaba porque en cualquier caso iba a estar sola. De nuevo. Sin nadie a quien querer.
— ¿Qué se supone que tengo que hacer ahora? —se preguntó a sí misma en voz alta.
—Bien, podías empezar por dejar de hacer el tonto —respondió una voz desde atrás.
— ¡Endimión! —Exclamó sorprendida, y se dio la vuelta—. No me he dado cuenta de que estabas aquí.
—No me extraña, llevas varios días caminando por la casa como un fantasma.
No podía negarlo, era cierto. La mirada de Endimión era amable, pero decidida. Era extraño, pero por primera vez, serena se estaba dando cuenta de lo mucho que se parecían abuelo y nieto.
—Quédate, serena. Déjate de tonterías y quédate.
—No puedo —dijo negando con la cabeza. Estaba mirando fijamente a Endimión—. No puedo quedarme sabiendo que no me quiere.
— ¿Quién dice que no te quiere?
—Él lo dice.
Endimión frunció el ceño.
—No sería el primer hombre que necesita que una mujer le descubra lo que en realidad está sintiendo.
—Si fuera tan fácil.
—Eres tan cabezota como él.
—Tengo que serlo. No me puedo conformar con tener media vida —contestó. Se acercó para abrazar a Endimión—. Te voy a echar mucho de menos —susurró.
—Si quieres, yo me encargo de pegarle una paliza —bromeó, y le dio un golpecito en la espalda.
—Gracias, Endimión—dijo sonriendo. Las lágrimas estaban corriendo por sus mejillas.
—Pues no me gusta este regalo de cumpleaños. Me refiero a que te marches.
—Me encantaría quedarme. De verdad —dijo mirando a su alrededor. Aquel lugar se había convertido en su hogar y no quería marcharse, pero ¿qué otra opción le quedaba?
Serena estaba enamorada de Darién, pero no era recíproco. Si se quedaba, sería como una muerte lenta. No. Lo mejor sería marcharse. Seguir adelante. Encontrar un nuevo lugar y tratar de olvidar lo que había tenido allí durante un periodo tan corto.
—Es una pena que no lo ames lo suficiente para luchar por él.
—Claro que lo amo lo suficiente. Pero, Endimión, no puedes pelear una batalla que no puedes ganar —le respondió sorprendida por el comentario.
—Ah —dijo seriamente—, pues algunas veces ésas son las únicas batallas que merece la pena luchar.
Una hora después, serena oyó que llamaban a la puerta y la abrió. Se encontró con una mujer alta, elegante e impresionantemente guapa.
— ¿No es increíble? —preguntó la mujer rubia mirando alrededor en el vestíbulo de la mansión. Tenía una mirada fría y lo estaba examinando todo como si estuviese haciendo un inventario. Después miró a serena con desdén. Ella se puso en tensión, por el momento aquélla seguía siendo su casa y la rubia, la intrusa, por muy atractiva que fuera.
— ¿Te puedo ayudar?
—Sí —contestó con una falsa sonrisa—. Le puedes decir a Darién que Gretchen está aquí.
— ¿Gretchen? —preguntó con un nudo en el estómago. ¿Aquélla era la ex novia de Darién? Oh, Dios.
En aquel momento comprendió perfectamente por qué Hula la había descrito como una diosa y se había sorprendido de que serena fuera la esposa. En comparación con aquella diosa, ella quedaba reducida a la Cenicienta, pero antes de que apareciera el hada madrina.
—Sí, ¿está Darién en casa? —Preguntó entrando en la casa y casi asomándose al salón—. He estado a punto de llamarlo por teléfono para avisarlo, pero después he pensado que sería mucho más divertido darle una sorpresa.
—Pues lo has conseguido —dijo Darién descendiendo por la escalera.
Serena lo miró y trató de descifrar la expresión inescrutable de su rostro. Era obvio que estaba tenso y no parecía precisamente contento de ver a la fabulosa Gretchen.
— ¡Darién, cariño! —exclamó la rubia corriendo a sus brazos.
Serena observó boquiabierta cómo se colgaba de él, quien durante un instante la abrazó. Sintió un nudo en el estómago, le acababa de quedar bien claro cuál era el tipo de mujer que le gustaba a Darién.
Sin embargo la mirada de Darién se clavó en los ojos de serena. Y sus ojos estaban pidiendo socorro.
— ¡He venido para decirte que por fin he decidido casarme contigo!
Serena no pudo evitar quedarse con la boca abierta, cerró los ojos y sintió cómo el suelo desaparecía debajo de sus pies.
—Maldita sea —murmuró Darién al ver a serena con los ojos cerrados un instante. Soltó a Gretchen y la dejó en el suelo. Su ex seguía hablando, pero no la estaba escuchando ya que estaba demasiado pendiente de su esposa, quien no dejaba de mirarlo. Aquellos ojos azules reflejaban furia y dolor a partes iguales y Darién deseó que Gretchen estuviera en el otro lado del planeta—. Serena, esto tiene una explicación —dijo finalmente, aunque en realidad serena llevaba varios días sin querer escucharlo.
—Oh, no hay nada que explicar, darien. De verdad, todo está bien claro.
—Darién, ¿quién es ella? —preguntó Gretchen.
—No te preocupes por mí. Sólo soy su esposa —replicó serena con una sonrisa forzada.
— ¿Su esposa? ¿De verdad? —preguntó mirándola de arriba abajo.
Darién estuvo a punto de taparle a su ex la boca con la mano, pero se contuvo y la miró fijamente.
— ¿Cómo demonios me has encontrado? —le preguntó.
—Bueno, me dijiste el nombre de tu aldea y, una vez aquí, no ha sido difícil averiguar dónde viven los Chiba.
—Ya —contestó. Así que todo era culpa de él. Volvió a mirar a la otra mujer—.serena…
—Darién, ¿no vas a ofrecerle a tu prometida algo de beber?
—No —chilló él, y se puso a caminar hacia su esposa, pero Gretchen lo agarró con fuerza del brazo—. Y no es mi prometida.
—Sí que lo soy. He venido para decírtelo y me encuentro con que ya estás casado —dijo Gretchen.
—Yo nunca te pedí que te casaras conmigo —repuso Darién mirando a serena de forma triunfal.
—Me dijiste que estabas pensando en casarte y me preguntaste que qué me parecía la idea.
—Qué romántico —murmuró serena.
—Estaba hablando en abstracto —gritó Darién.
— ¿Hay algún problema? —preguntó Sophie, el ama de llaves, que había llegado corriendo por los gritos.
—Sí, Sophie —contestó serena—. ¿Les puedes llevar a Darién y a su novia el té al porche?
—No es mi novia.
—Sí que lo soy —replicó Gretchen.
— ¡Qué escena tan encantadora! Debe de ser amor verdadero. ¿No es especial? —preguntó serena burlándose.
—Maldita sea, serena. Sabes que todo esto es un error —trató de aclarar Darién.
— ¿Un error? —le preguntó Gretchen, y lo fulminó con la mirada.
—Sí, un error. No puedo estar comprometido porque ya estoy casado.
—No por mucho tiempo —le soltó serena sin más rodeos.
—Ya está, problema resuelto —añadió Gretchen visiblemente complacida.
Darién la miró con impaciencia y entonces su ex le guiñó un ojo e hizo el ademán de un puchero. Sabía que sería capaz de soltar una lagrimita o dos si la situación lo requería, pero él no estaba listo para el dramatismo de Gretchen.
—Darién, haz que se vaya esa mujer para que podamos hablar —le exigió.
—Ella no se va a ir a ninguna parte y nosotros no tenemos nada que hablar.
—Pero si estoy segura de que quieres empezar a planear la boda —añadió serena cruzándose de brazos—. El divorcio va a ser rápido, así que no perdáis el tiempo.
— ¿Divorcio? —insistió Gretchen con otra sonrisa.
—Aquí no va a haber ningún divorcio —sentenció Darién.
—Eso crees tú —murmuró serena, y después se giró hacia Sophie—. ¿Me puedes echar una mano en el salón de baile? Quiero revisar algunas cosas para la fiesta.
—Claro —repuso el ama de llaves, y después miró a Darién con dureza. No lo había mirado así desde que había tenido trece años.
—Serena, espera —pero ella sólo le dedicó una mirada de desprecio antes de desaparecer.
— ¿Qué está pasando aquí, Darién? —Preguntó Gretchen con una mirada fría y calculadora—. No me hace mucha gracia hacer el ridículo de esta manera.
—Yo no te he invitado a venir, Gretchen.
—Es un poco raro que nunca me mencionaras que estabas casado cuando salíamos juntos, ¿no?
—Es una historia muy larga.
—Seguro, y no estoy interesada en escucharla. Yo no salgo con hombres casados, Darién.
—Mejor para ti. Entonces deberías irte —le contestó llevándola hacia la puerta.
Sólo quería que desapareciera de la casa para poder hablar con serena. Tenía que dejarle bien claro que no quería a Gretchen, sino a ella.
—Pero estás a punto de divorciarte y eso es un cambio considerable. Ya sabes que estaría encantada de esperarte —dijo mirando a su alrededor. Era obvio que estaba impresionada por la mansión.
—No —le contestó mirándola con dureza—. No te molestes, Gretchen. Ya te lo he dicho, no va a haber divorcio —al menos si él lograba evitarlo.
—Entonces ha sido un error venir —dijo haciendo un puchero y deslizando los dedos sobre el pecho de Darién—. A no ser, por supuesto, que logre hacerte cambiar de opinión…
—Debes marcharte, Gretchen. Siento que hayas malgastado tu tiempo en este viaje —repuso irritado ante los intentos de seducción.
—Bien. Vuelve con tu rubia gorda. Quizás recaiga sobre ti la maldición de doce hijos tan gordos como ella.
¿Hijos? De repente le vino a la mente la imagen de serena con un bebé suyo entre los brazos y Darién se dio cuenta de que quería convertirla en realidad. Quería que serena estuviera en su vida más que cualquier otra cosa en el mundo. Y quería niños, con ella. Iba a luchar para que se quedara junto a él.
Gretchen salió de la casa altivamente. Nunca había encajado bien las negativas. Darién cerró la puerta e inspiró profundamente.
¿Cómo demonios se había podido imaginar un futuro con ella? Aquel dramatismo, los pucheros, el egoísmo. Además, serena no estaba gorda, sino que tenía unas curvas deliciosas. Era amable, tenía un corazón enorme y Darién la amaba.
Entonces, ¿por qué demonios no quería seguir casada con él?
