Autor: Serenity-venus025.
Capítulo Once
La fiesta estaba saliendo tan bien como serena había deseado. Endimión y los invitados de Springville estaban encantados. Y nadie se estaba dando cuenta de que ella se estaba obligando a sonreír ni del dolor que estaba sintiendo.
Serena tenía frío, pero era un frío interior y muy conocido. Era el frío de la soledad. El frío de no sentirse querida. Nadie en toda su vida la había elegido. Nunca había sido la primera. Nunca había sido importante para alguien.
Y ella quería ser importante para Darién.
Le divisó entre la multitud. No era difícil ya que llevaba aquel uniforme blanco que le quedaba tan bien… Estaba charlando con Endimión y unos amigos en un círculo y serena se sintió la extraña que siempre había sido. Ya no había sitio para ella allí. Se tenía que haber marchado antes la fiesta, pero se había quedado por endimion.
—Es una fiesta estupenda, serena —le dijo Terry Gates, una de sus amigas de Springville. Otra persona más a quien echaría de menos.
—Gracias, Terry —contestó forzando una sonrisa. Tenía un nudo en la garganta—. Me alegro mucho de que hayas podido venir.
— ¿Estás de broma? No me hubiera perdido esta fiesta por nada del mundo. Ha venido todo el pueblo.
—Eso parece.
— ¿Qué haces aquí sola? Deberías estar bailando con ese marido tan guapo que tienes.
Aquel hombre era y no era su marido. Estar de nuevo entre sus brazos sería una tortura porque sabría que tendría que marcharse después. Era mejor mantener las distancias para no perder la dignidad que le quedaba.
—Oh, estoy demasiado ocupada para bailar. Tengo que echar un ojo a la comida y…
—De ninguna manera —dijo su amiga agarrándola del codo—. Te has encargado de los preparativos, todo ha salido estupendamente y ahora vas a descansar un minuto y vas a bailar con tu marido.
—No, de verdad. Tengo que…
—A bailar —insistió Terry conduciéndola hacia la pista.
—Oh, por favor… —dijo resistiéndose, pero cuanto más lo hacía más llamaba la atención de la gente. Y no quería que nadie sospechara que se le estaba rompiendo el corazón ni que su matrimonio se había terminado.
—Vamos —añadió sonriendo y abrazando a su amiga—. No debería decir nada, pero lo sé.
— ¿El qué sabes?
—Sé que te has peleado con Darién —declaró Terry—. Me lo ha contado él. Me ha dicho que te habías enfadado porque va a volver a la base aunque la herida no está completamente cicatrizada.
—Oh —dijo confusa. Miró a Darién, quien las estaba observando con una media sonrisa—. Ha sido él, ¿no?
—Sí, y entre tú y yo, estoy de acuerdo contigo. Sin embargo, me da pena que no le hables, así que he accedido a convencerte para que bailes con él.
— ¿Darién te lo ha pedido?
— ¿Quién si no, tonta?
Quien iba a ser. Llegaron frente a Darién, el hombre al que serena llevaba días ignorando. El mismo que le había robado el corazón y al que iba a echar de menos todos los días de su vida.
—Gracias, Terry —dijo Darién sin mirar a la mujer porque sus ojos azules estaban clavados en los azules de serena.
—De nada, y ahora creo que voy a ir a buscar a mi marido para obligarlo a bailar conmigo —bromeó despidiéndose.
Se quedaron solos, frente a frente, mirándose.
—Baila conmigo, serena—le pidió Darién ofreciéndole el brazo.
La gente los estaba mirando y serena no quería montar un numerito. Prefería que nadie supiera nada hasta que ella se hubiera ido.
Además, ¿acaso podía dejar pasar la oportunidad de estar entre sus brazos una vez más? Finalmente asintió y aceptó. En cuanto sintió su contacto, el frío desapareció. Llegaron a la pista de baile justo en el comienzo de una canción. Serena no tardó en reconocerla ya que Endimión era un fanático de Frank Sinatra y se la había puesto mil veces.
—Estás muy guapa esta noche —murmuró Darién.
—Gracias —dijo mirándolo a los ojos. Sintió cómo su corazón se rompía un poquito más. Apartó la mirada. No podía ver el arrepentimiento y el adiós en los ojos de darien.
—Has estado evitándome —dijo haciéndola girar suavemente.
—Sí —reconoció. Dios, ¿no se iba a acaba nunca aquel baile? Darién cada vez la abrazaba más fuerte y podía sentir los dos corazones latiendo a la vez.
—No quiero que te vayas, serena. No te vayas.
—No me hagas esto. No lo hagas aún más difícil —susurró ella.
—Es difícil. Me dijiste que me amabas —contestó. Serena se obligó a mirarlo a los ojos. Aquellos ojos azules que estaban brillando intensamente.
—Y es verdad, te amo y por eso no me voy a quedar.
Darién la estrechó todavía más contra su cuerpo.
—No he estado prometido con Gretchen —añadió. Serena cerró los ojos y sacó fuerzas de flaqueza.
— ¿Se lo propusiste?
—En cierto sentido supongo que lo hice, pero…
—No hay pero que valga. Tú querías estar con Gretchen. Nunca has querido estar conmigo. Yo no soy la esposa que tú querías, era ella.
—Pero ella no es mi mujer. Eres tú.
—No importa, Darién, ¿no lo entiendes? Eso no importa.
La canción se terminó, pero Darién no la soltó. Parecía que no estaba dispuesto a dejarla marchar.
—Por supuesto que importa —contestó a punto de perder el control. Le había dejado a serena varios días para que reconsiderara su decisión y ¿qué era lo que iba a conseguir? ¿Un adiós rápido en una pista de baile llena de gente?
No estaba dispuesto.
—Por favor, no lo hagas, Darién. No me lo pongas más difícil —le susurró ella como si le estuviera leyendo el pensamiento.
—Es muy difícil —afirmó en un tono de voz grave.
Serena estaba decidida a abandonarlo y Darién no se lo iba a permitir. En toda su carrera profesional nunca se había quedado sin lograr sus objetivos, por mucho que le hubiera costado. Y no estaba dispuesto a manchar su expediente en aquel momento. La tomó del brazo y la condujo hacia uno de los balcones de la estancia.
—Ven conmigo —le pidió.
—Oh, no —replicó ella soltándose. Rápidamente se encaminó hacia el vestíbulo.
—De ninguna manera —murmuró Darién, y la alcanzó. La hizo girar hasta que quedaron frente a frente y la agarró de los hombros—. Vas a escucharme, serena, aunque te tenga que atar a una silla.
Por detrás de él oyó a alguien riéndose. Era Endimión. Al menos alguien se estaba divirtiendo con aquella situación.
—Darién… —dijo ella como adviniéndole de que no estaban solos.
— ¿Te crees que me importa quién nos esté mirando?
—Bueno, a mí sí que me importa.
—Pues a mí no. Tengo cosas que decirte y te las voy a decir. Aquí o en otro lugar, tú eliges.
—Bien. Podemos hablar en el estudio —respondió finalmente. No quería estar expuesta a aquellas miradas.
—No, está demasiado lejos —le contestó, y se puso de rodillas.
— ¿Qué estás haciendo? —preguntó desconcertada, inclinándose sobre él.
—Lo que tenía que haber hecho hace tres días —respondió, y en ese momento la agarró por las piernas y se la llevó en volandas.
— ¡Endimión! ¡Ayúdame! —exclamó serena desconcertada.
— ¡De ninguna manera! —replicó el anciano entre risas.
Todos los invitados comenzaron a reírse mientras abrían paso a la pareja. Darién se dirigió a los jardines. No le importaba que los vecinos fueran a estar comentando aquella noche durante los veinte años posteriores. Le daba igual. Lo único que le importaba era la rubia que tenía entre los brazos. Y no estaba dispuesto a perderla.
—Perdón —iba diciendo al abrirse paso.
— ¡Suéltame! ¡Le estás enseñando mi trasero a todo el mundo!
—Es un trasero preciosos, no tienes de qué avergonzarte —respondió con una sonrisa y dándole una palmadita.
— ¡Por el amor de Dios, Darién, suéltame!
—Enseguida.
— ¿Dónde vamos?
—A la fuente —contestó. Era el rincón más apartado del jardín y estaba junto al acantilado, así que nadie los molestaría.
Estarían solos y necesitaba estar a solas con serena para confesarle lo que estaba sintiendo.
Cuando llegaron, la dejó en el suelo y ella se estiró el vestido, se retiró el pelo de la cara y soltó la mano para darle una bofetada. Pero Darién le agarró la muñeca a tiempo y le besó la mano.
—No me beses —dijo ella retirando la mano. Estaba furiosa.
Darién miró a su alrededor y confirmó que estaban solos. Sólo se oía el rumor del mar y la brisa entre los árboles.
—serena, Gretchen no significa nada para mí.
—Si piensas que eso me hace sentir mejor, te estás equivocando —repuso tras suspirar.
—Todavía no he terminado. Tengo algo que decirte y me vas a escuchar.
—No hay nada más que decir, Darién—añadió serena con la voz rota. Él se sintió conmovido. Estaba tan bella bajo la luz de la luna—. No voy a cambiar de opinión. Me marcho.
Darién vio la expresión valiente y decidida de su mirada y de repente algo estalló en su pecho. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? Acababa de descubrir sus propios sentimientos. La verdad había surgido de su interior con total claridad. No sólo deseaba a serena. No sólo la necesitaba. Era mucho más.
—Te amo —dijo con una sonrisa sincera en los labios. Serena lo miró y negó con la cabeza.
—No, no, tú no me amas. Sólo quieres que me quede porque ya estamos casados. Soy fácil.
Darién soltó una carcajada.
—Serena, eres muchas cosas, pero en ningún momento me has resultado una chica fácil —dijo. Ella frunció el ceño—. Y te amo.
—Deja de decir eso.
—No —replicó acercándose a ella—. Me gusta decirlo. Me gusta sentirlo.
—No. No es verdad —murmuró.
—Sí que es verdad. Y te lo voy a repetir hasta que me creas. Te lo voy a repetir todos los días de mi vida y encontraré una forma de decírtelo una vez muerto si hace falta para que te convenzas.
—Darién… —se mordió el labio inferior y se limpió la única lágrima que había brotado de sus ojos. Tenía la vista perdida en el océano, que brillaba bajo la luz de la luna. Parecía indicar el camino al paraíso.
— ¿Por qué te cuesta tanto creerme?
—Porque nunca me ha querido nadie —susurró abrazándose a sí misma. Darién sintió un dolor mucho más intenso que el de un disparo. No podía verla con el corazón roto y se culpó por haberla hecho llorar más de una vez.
— ¿Qué quieres decir?
—Yo no crecí como tú, Darién. Yo crecí en varias familias de acogida que nunca fueron un hogar para mí.
—Lo siento, serena, de verdad. Pero tienes que creerme cuando te digo que te quiero —insistió abrazándola.
—Tienes que parar de decir eso, Darién. Por favor, para.
—serena, ¿por qué no me crees? ¿Por qué no te das cuenta de que quiero que estés junto a mí? Para siempre —confesó acariciándola tiernamente. Ella se echó a llorar sin poder controlar los sollozos.
—Porque nunca me ha querido nadie. Nunca, Darién, en toda mi vida he sido la elegida. Nunca he sido importante para alguien, hasta que vine aquí. Y Endimión me quiso. Y empecé a querer a este pueblo y me convencí a mí misma de que te quería a ti. Darién inspiró profundamente. Quería que se desahogara para que pudieran empezar de nuevo.
—Pero, Darién, tú no me elegiste a mí para que fuera tu esposa. Elegiste a una diosa sueca. No me querías a mí, pero me crucé en tu camino y ahora estás intentando comportarte de forma correcta. Sin embargo lo único que estás consiguiendo es ponerme las cosas más difíciles. ¿Es que no te das cuenta?. Darién se preguntó cómo había tenido la suerte de conocer a una mujer tan maravillosa. Serena tenía un corazón tan grande. ¿Cómo lograr que se quedara junto a él?
—Estás equivocada —insistió al borde de las lágrimas—. Te estoy escogiendo ahora mismo, serena. Te he conocido. Te amo. Y te estoy eligiendo —repitió, sin embargo ella seguía sin creerlo. Tomó el rostro de serena entre sus manos y le besó suavemente en la mejilla, probando el gusto salado de las lágrimas—. Escúchame, nena —dijo aposta para arrancarle una sonrisa. Lo consiguió—. Me has dicho que nadie te ha pedido que te quedes a su lado. Bien, yo lo estoy haciendo. Necesito que te quedes aquí conmigo.
—Oh, Dios… —murmuró. Era como si quisiera creerlo, pero no se atreviera.
Darién la miró fijamente a los ojos. Quería que pudiera confiar en la sinceridad de sus palabras y de sus sentimientos.
—serena, he estado en combates. He superado situaciones aterradoras en las que pensaba que no iba a sobrevivir. Me he enfrentado al fuego abierto, a bombas y a explosiones. Todo eso me resulta más sencillo que imaginar una vida sin ti.
—Darién…
—Me quedan aún seis meses en la Marina, serena. Después voy a volver a casa. A este lugar al que, gracias a ti, me he dado cuenta que pertenezco. Voy a regresar a ti, serena. Y si tú no estás aquí, éste no será mi hogar.
—Darién, esto no es justo —murmuró—. Yo me iba a machar y te iba a dejar que retomaras tu vida.
Él sonrió porque se dio cuenta de que la estaba empezando a convencer. Hacía años que no se sentía tan bien.
— ¿Mi vida? ¿Qué vida sería si no estuvieras tú dando órdenes por aquí? ¿Sin que estuvieras organizándolo todo? ¿Sin tu abrazo por las noches? ¿Sin despertarme contigo? Si me dejas, serena… —dijo mirándola fijamente para que se diera cuenta de que estaba hablando en serio—. Si te marchas, te seguiré. Me volveré un tipo extraño, Endimión se quedará solo y el pueblo se vendrá abajo porque tú, su motor, habrá desaparecido… ¿Quieres ser responsable de tantas desgracias? —le preguntó con una sonrisa.
—Bueno, si lo pones así…
Darién la abrazó con fuerza y cuando ella respondió abrazándolo, por fin pudo respirar con la tranquilidad que le había faltado aquellos días.
—Estás es tu sitio, serena. Junto a mí.
—Oh, cielos —dijo, y se apartó de él. Le limpió la pechera del traje—. Te estoy llenando el uniforme de maquillaje. Darién soltó una carcajada.
—Puedes llorar sobre mi hombro siempre que quieras, pero te aseguro que voy a intentar que ninguna de tus lágrimas sea culpa mía.
—Te amo.
—Yo también de amo, serena. Eres lo más importante en mi vida. Te elijo para pasar el resto de mis días contigo. Te elijo para estar juntos y formar una familia. Por favor, acéptame —le pidió sosteniéndole la cara y clavando su mirada en los ojos de serena.
—Oh, Dios. Voy a ponerme a llorar otra vez.
—Bueno entonces hagamos que valga la pena —dijo antes de besarla intensa, pero brevemente—. Ah, y hay algo que me gustaría que organizaras.
— ¿El qué?
—Cuando regrese, tú y yo vamos a tener una boda de verdad. Aquí, en el pueblo —le aseguró tomándola en brazos.
— ¿Sí? —preguntó abrazándolo.
—Por supuesto. Y después nos vamos a ir a Bali. Creo que podemos mejorar la luna de miel que ya hemos tenido, ¿no?
—No lo sé. En mis fantasías estabas bastante bien…
—Nena —añadió guiñándole un ojo—. Soy un miembro de los grupos especiales. Me encantan los desafíos.
Entre risas, serena apoyó la cabeza en el hombro de su héroe personal y dejó que la llevara hasta la luz. Hasta la casa donde los estaba esperando el amor.
Fin
