Gracias por seguir y comentar. Me alegra que os haya gustado el principio...por supuesto que Regina es Regina, cómo no iba a ser ella? Sería demasiado complicado ocultar quién es...jaja

Os dejo un segundo capítulo, espero que lo disfrutéis!

Saludos!


Capítulo 2. La visita

Regina volvió a palacio satisfecha por su encuentro con la princesa. Estaba segura de que había conseguido despertar su curiosidad. Y estaba segura de que Emma era una persona muy curiosa. Durante el tiempo que la había estado observando se había dado cuenta de algunos puntos que podría voltear a su favor, y aquel era uno de ellos. La salvadora le había parecido una persona vulgarmente sencilla. En todos los sentidos. No tenía porte de reina ni de heredera, no tenía ningún talento especial que se pudiera señalar, nada más que su dominio de la espada, y aquello ni siquiera la impresionó, estaba harta de conocer a gente con talento para la lucha. Era curiosa, tempestuosa y demasiado infantil si había sido capaz de pasar semanas encaprichada en perfeccionar su deficiente uso del arco. Había quedado decepcionada, algo que la molestaba sobremanera, pues no había dado muestras de ninguna cualidad que la capacitara para ser parte de su hijo, ni si quiera estaba segura de que tuviera magia. Había sido algo peculiar el conocerla, de eso no cabía ninguna duda.


La reina no se equivocó. No habían pasado ni dos semanas cuando su espejo la alertó de que la salvadora había llegado hasta las fronteras de sus dominios. Regina se hinchó satisfecha pues Emma había sido mucho más rápida de lo que había imaginado. Incluso para cruzar el Bosque de la Noche. Debía de haber tirado el arco y las flechas en cuanto ella desapareció ante sus ojos.

Viajaba sola, con un caballo blanco que no cargaba demasiados bártulos. Parecía cansada a través del espejo. Se bajó del caballo y miró hacia el imponente castillo. Sus ojos se agrandaron y tragó saliva. Mostraba decisión. Eso no lo podía negar, le parecía valiente, lo cual la convertía en insensata.

- Que la traigan ante mí. – Ordenó.

No se molestó en interesarse por lo que ocurriría. Sabía que Emma acabaría ante ella, había ido allí para eso.


Una hora más tarde ocho de sus guardias se presentaron ante ella con la princesa entre sus manos. Regina enarcó una ceja. Si habían hecho falta ocho de sus guardias para retenerla debía de haberla subestimado en algún punto. Al parecer también tenía coraje porque no dejaba de forcejear a pesar de que estaba sola en el palacio más malvado del reino rodeada de enemigos por doquier.

- Dejadnos. – La reina estaba debajo de su manzano vestida con un traje azul que se ajustaba perfectamente a las curvas de su cuerpo.

- Pero su majestad, es peligrosa. – Miró al guardia que se había atrevido a cuestionar su orden y no hizo falta que dijera nada más. Todos salieron del jardín dejando a la prisionera tirada en el suelo.

La observó mientras permanecía de rodillas intentando sofocar las cuerdas que presionaban sus muñecas. Debían de apretarle porque las tenía rojas.

- ¿Qué haces en mis dominios?

- Lo mismo que hacías tú en los míos.

La princesa era impertinente, sin duda. Regina enarcó ambas cejas sorprendida por su estúpida osadía. Se repitió mentalmente que la necesitaba antes de matarla. Aunque realmente no deseaba matarla. No de inmediato, al menos. Jugaría con ella antes de hacerlo. Eso era lo que haría si no la necesitara. Recordó.

- ¿No te das cuenta de en donde te encuentras? – Por alguna razón no le salía comportarse como con los demás personajes que rodeaban su vida, aunque ella no se percatara de ello.

La princesa no contestó, pero la miraba con dureza. Sus mandíbulas estaban apretadas y su cuerpo tenso. Alerta ante el peligro que seguramente percibía. Con un movimiento de mano liberó sus muñecas. De inmediato Emma llevó sus manos hasta las pequeñas heridas que habían provocado en ella las cuerdas. Estaba satisfecha con sus guardias. Eso podría hacerle ganar puntos para con ella. Pero antes la tantearía un poco.

- ¿Qué estupidez puede haberte llevado a presentarte ante mí?

- Ya he estado ante ti antes. – La reina sonrió un poquito. Realmente Emma creía que era inofensiva. No era consciente del peligro. Ni lo sería, por supuesto.

- ¿Crees que eso te da derecho a presentarte en mi casa? – No hubo respuesta. - ¿Qué te trae ante mí?

- Quería hablar contigo. – Regina torció el gesto contrariada y a la vez sorprendida por la insensatez de aquella mujer. ¿Acaso no temía a la reina malvada? ¿Acaso no había oído hablar de ella y todas sus maldades?

- ¿Sabes quién soy yo?

- Sí.

- ¿Y no me tienes miedo?

- No. – La morena enarcó una ceja.

- Me resulta curioso tu comportamiento. – Y no mentía. - ¿Y qué era eso que querías hablar conmigo?

- He venido a comprobar que todo está en orden aquí. – La reina soltó una carcajada.

- ¿Saben tus padres que estás aquí?

- No.

- Oh...- la reina se relamió mientras sus ojos zigzagueaban. – Realmente eres insensata, Emma. – No pudo evitar decírselo, era demasiado absurdo que hubiera cruzado medio reino sola para inspeccionar que todo estuviera bien allí.

- ¿Vas a hacerme algún daño?

Regina suspiró y se dio la vuelta pasando por debajo de su manzano hasta el final del patio. Había unas vistas increíbles desde allí. Al ver que no había respuesta Emma decidió seguirla y cuando se apoyó sobre la roca que le llegaba a la altura de los pechos quedó impresionada.

- Realmente te gustan las vistas. – Susurró sin apartar sus ojos de la inmensidad que se ofrecía ante ella.

La reina la miró por el rabillo del ojo. Realmente estaba fascinada por aquella visión. La observó por unos instantes. El paisaje se reflejaba en sus ojos como si nunca hubiera visto algo tan bello. Volvió su vista al frente e intentó adivinar qué era aquello que le parecía tan increíble. Ella nunca había visto nada especial desde aquel sitio. Todo lo que podía adivinar desde allí era un reino que la odiaba y la oscuridad que rodeaba el lugar en donde vivía.

- Es...agradable. – Respondió en el mismo tono. Tal vez pudiera sacar partido de aquel malentendido.

- Es apacible. – Dijo Emma.

Y ambas se miraron por unos instantes. Regina carraspeó y se volteó contrariada. De repente no sabía qué debía hacer ni cómo hacerlo. ¿Realmente tendría que acostarse con aquella mujer? Habría sido tan simple matarla en el primer momento en el que la vio y jamás escucharla. ¿Cuánto de importante era tener un hijo para ella? Realmente lo deseaba...deseaba ser madre...deseaba ser madre más que nada...quería tener aquella oportunidad. Se merecía aquella oportunidad, pensó con rabia en sus ojos.

- Supongo que estarás cansada. Pediré a los sirvientes que te preparen algo de comer y te asignen una habitación para que puedas descansar.

- Re...

Pero antes de que Emma pudiera decir nada, la reina ya había desaparecido ante sus ojos sin que pudiera hacer nada para evitarlo. Otra vez.


Emma comió con gusto todo lo que prepararon. No quiso sentarse en la mesa del gran comedor, donde comía la reina habitualmente. Por el contrario se sentó en las cocinas en la misma mesa que comían los criados. Para sorpresa de todos, que le sirvieron con disgusto todo lo que pidió hasta que ya no pudo más. Después de eso se retiró a la habitación que habían preparado para ella. Era incluso más grande que la que tenía en su palacio. De hecho, aquel palacio le parecía más grande que el de sus padres. Más oscuro, sí. Pero mejor situado. Se dio un largo baño en el que casi se ahoga por quedarse dormida y se retiró bajo las cobijas de la enorme cama que había en la sala antes de que su cuerpo se enfriara.


Cuando Regina recibió las quejas de que Emma había estado comiendo en las cocinas y no en el gran comedor se sorprendió bastante. No podía negarlo. Pero no podía negar tampoco que disfrutó cómo dos de sus criadas se quejaban por ello. Era una situación surrealista en la que algo no encajaba. ¿No se suponía que Emma era la hija de Blancanieves? ¿A qué venían aquellos modales? ¿Y aquella forma de comportarse tan extraña? No entendía nada. Aunque se encargaría de ello al día siguiente.

Lamentablemente para ella, aquello no ocurrió. Pasaba del medio día cuando la reina se desesperó de estar dando vueltas de un lado para otro en sus propias habitaciones y salió a buscar a Emma. No había habido noticias de ella en todo el día. Ni una señal ni ningún movimiento en la habitación en la que se suponía que había pasado la noche hacían peligrar su plan. ¿Y si había muerto por comer tanto? ¿Y si había escapado?

Regina abrió las puertas de par en par sin siquiera llamar. Todo estaba a oscuras y se oía una leve respiración debajo del montón de mantas que había encima de la cama. Entre todas ellas debía de estar Emma. Cerró las puertas de un portazo y cruzó la habitación para dejar pasar la luz por las ventanas. Cuando terminó se dio la vuelta y pudo ver el montón de mantas moverse.

- ¿Pero qué...?

Emma lanzó todas sus cobijas hacia atrás y se puso en guardia sobresaltada. Desubicada más bien. Regina abrió bien los ojos. Bajó su vista hasta el pecho de la princesa que se percató de inmediato de que estaba desnuda. Dio un respingo y soltó una maldición antes de coger una de las mantas para cubrirse.

- ¿Qué haces aquí? – Preguntó cabreada. La reina soltó una carcajada sin ganas.

- Esto es el colmo. Estoy en mi palacio y puedo estar donde quiera. La cuestión es ¿qué haces tú aquí? ¿Por qué estás desnuda y por qué no has dado señales de vida en todo el día?

- Estaba durmiendo.

- ¿Todo el día? – Preguntó impresionada.

- Estaba cansada. – Alegó la rubia en su defensa.

- Ya veo, pensaba que estabas muerta o algo parecido. – Dijo sin pensar.

Emma río un poquito. Cuando Regina se dio cuenta de aquel gesto por parte de la rubia le desagradó. No quería hacer amigos, ella no era simpática. Solo quería que Emma cumpliera su parte y se largara. Recordó entonces por qué estaba allí.

- Tienes media hora para vestirte y largarte de mí palacio si no quieres que te eche yo misma.

Se puso en marcha hacia la puerta, Emma intentó retenerla pero no le dio tiempo. Tropezó con la manta que tenía alrededor y calló al suelo. Cuando volvió a levantar la vista hacia la puerta la reina ya se había ido. Suspiró. Al menos aquella vez no había desaparecido con aquel humo extraño.


Si alguien le preguntara a Emma el por qué había viajado hasta el castillo de la reina malvada no podría responderle. Realmente no lo sabía. Fue un impulso más que una decisión meditada pero supo desde el mismo momento en el que estuvo ante ella que no había sido un error. Una fuerza sobrenatural la había empujado hasta allí. Una fuerza extraña que se había instaurado a modo de ansiedad en su pobre cuerpo. No estaba segura de en qué parte pero estaba segura que eso era lo que le pedía todo su ser. Y ahora que estaba allí, en su palacio, con ella, la sola idea de marcharse tan pronto la apenaba. Quería verla un poco más. Unos pocos días más tal vez. No quería marcharse tan pronto. Aquella mujer la intrigaba. Era, sin duda, la mujer más hermosa que había visto en su vida. Peculiar en todos los sentidos. Su belleza era malvada y tenía la sensación que su ropa explosiva ayudaba a potenciar aquella sensación que la mujer transmitía. Se sentía intimidada y embriagada cuando estaba en su presencia. No sabía qué decir y de repente quería sentirse importante delante de ella. Era por eso que había hecho uso por primera vez en su vida de los derechos que su madre le decía que tenía como heredera. Era por eso que había intentado amedrentarla con la idea de que ella era su futura reina y ella su prisionera y que le debía pleitesía. Pero no había funcionado. Había oído miles de historias aterradoras sobre la reina malvada, pero aun así, no se sentía en peligro y nada le cuadraba. ¿Era posible que fuera quién decían que era? ¿Quién era aquella mujer oculta en aquel rincón de su reino? No lo sabía. Pero ahora que sabía de su existencia, no podría olvidarla.


Regina esperaba delante de la gran chimenea de su sala. La rubia se estaba retrasando demasiado y no le gustaba que la hicieran esperar. La ponía demasiado nerviosa y no precisamente para bien. Se recordaba constantemente que la necesitaba porque matarla sería demasiado sencillo en aquellos momentos. También sería lo más fácil para ella, pues Emma despertaba en ella una curiosidad personal más allá de sus intereses por ella. Sin poder apartar de su mente que la había visto desnuda optó por volcar toda su ira sobre ella.

- Alguien carraspeó en la puerta y haciéndola voltearse de inmediato. Se sorprendió al ver a Emma totalmente vestida aunque era a ella a la que estaba esperando.

- Te marcharas de mi palacio ahora. – Dijo de malos modos.

- No haré tal cosa. – le respondió la rubia en los mismos términos haciendo que Regina frunciera el ceño.

- Te aseguro que lo harás si quieres conservar tu vida. – en realidad no era eso lo que quería decir. Se dio porracitos mentales nada más hablar.

Emma se puso en guardia de inmediato. Regina suspiró y se recompuso.

- Aun no entiendo qué es lo que te ha traído aquí. ¿Acaso no sabes que tus padres y yo estamos en guerra?

- Ya no estáis en guerra. – dijo Emma apresuradamente. – Y ya te lo dije. Solo quería ver que todo estaba bien por aquí. – se hizo la interesante.

La reina se quedó por unos segundos sin saber qué decir. Su plan no estaba saliendo para nada bien. Sobre todo porque se había dejado llevar por sus impulsos y la princesa la estaba dejando sin argumentos, o quizá es que ella tenía pocos argumentos. ¿Desde cuándo se había vuelto tan torpe?

- Pues ya has visto que todo está bien. Estoy en mi jaula y no hay ningún altercado. Ahora puedes marcharte.

- Eso no es cierto. A mis oídos han llegado noticias de altercados con las aldeas vecinas. No puedo dejar que sigas campando a tus anchas y sigas haciendo daño a mi pueblo. – la morena puso los ojos en blanco.

- No puedo negar que me aburra de vez en cuando y tampoco que ellos se lo busquen.

- Ellos no se buscan nada. – aclaró Emma escandalizada. – Me quedaré aquí por un tiempo para ver que todo esté bien.

- ¿Te has vuelto loca? – Preguntó Regina contrariada.

- No. Es lo que voy a hacer.

- No puedes obligarme a que te mantenga en mi propia casa.

- Acamparé fuera si así estás más contenta.

- ¿Te has vuelto loca? – Preguntó por segunda vez atónita. Ciertamente era lo que quería pero no había esperado que fuera la propia Emma la que insistiera en quedarse en su palacio sin tan siquiera tantearla.

- No. Tengo intención de velar por la seguridad de la gente. Y la tuya propia.

- ¿Cómo?

- Si sigues actuando así mi padre mandará a que te corten la cabeza o algo peor. – dijo con sinceridad. Regina soltó una carcajada.

- No me hagas reír. Eres tú quién deberías tener miedo de mí. – le dijo ahora amenazadoramente.

- No te tengo miedo, Regina.

La reina suspiró ofuscada y se dio la vuelta avanzando hacia el balcón solo para no lanzarle allí mismo una bola de fuego. Se apoyó en la baranda y no fijó la vista en ningún lado. Emma la cabreaba. Tan ensimismada estaba en su propio mundo que no se dio cuenta de que la rubia la había seguido. No fue hasta que escuchó su voz que cayó en la cuenta.

- ¿Qué obsesión tienes con las vistas? Esto es increíble. – Regina la miró con hastío.

- ¿Qué problema tienes tú con las vistas? ¿Acaso vives en un pozo?

- No, pero no recuerdo que desde el palacio de mis padres haya unas vistas tan increíbles.

Regina fijó ahora su vista en el paisaje. Realmente no le parecía nada extraordinario.

- Quizás sea porque no estás acostumbrada a ellas.

- Puede, aun así es sorprenderte. Bueno, ¿entonces? Vas a darme hospedaje aquí en tu palacio.

- ¡No! - espetó Regina - ¡Por supuesto que no! – Confirmó para sí.

Emma se encogió de hombros y se retiró hacia el interior.

- Es una pena, me gustaba esa cama en la que he dormido. De hecho, no había dormido tan bien en meses.

Regina la observó mientras hablaba.

- ¿Dónde vas? – Preguntó cuando la vio con intenciones de marcharse.

- Voy a recoger mis cosas. Acamparé en ese claro que tienes delante.

- ¿Lo dices en serio?

- Sí.


Y así fue. Regina se negó a creerla por un momento pero cuando la vio, desde su balcón, dejar en libertad a su caballo y soltar sus bártulos en el suelo dejó de tener miedo a que se marchara y comenzó a observarla con curiosidad. ¿De dónde había salido?

La primera noche en la que el cielo crujió la observó con preocupación. Pensaba que no aguantaría la lluvia, bueno, más bien el diluvio y se marcharía. Pero para su sorpresa no fue así. Emma aguantó, y lo hizo también las tres noches siguientes en las que no dejó de llover. Regina no dejó de observarla en todos aquellos días. Sin embargo, una tarde se preocupó pues Emma no había dado señales de vida en todo el día. Sabía que no se había marchado porque su caballo seguía allí, pero no mostraba ningún signo de vida y aquello, sorprendentemente, la preocupó. Dio unas cuantas vueltas y lo pensó mucho antes de doblegarse a sus impulsos y bajar hasta donde Emma estaba. No había salido del palacio desde que la rubia había acampado delante de su puerta. Aunque podría haberlo hecho con magia, aun así había preferido observarla.

Pidió a los guardias de la puerta que se retirasen y se acercó con cautela. Emma estaba acampada a unos veinte metros del palacio, en el claro antes de llegar al bosque. El fuego estaba apagado por la lluvia y el caballo pastaba con tranquilidad ahora que la tormenta se había marchado. Se acercó hasta el montón de mantas que había al lado de la hoguera apagada, debajo del cual, suponía, debía de estar Emma. La rubia no se movía por lo que decidió estimularla. Cogió la falda de su vestido y la alzó un poco para poder mover con uno de sus pies el bulto. Nada se movió aunque pudo notar que Emma estaba allí. Volvió a empujarla de nuevo con el pie pero la princesa no se movía. Fue entonces cuando su corazón se alertó. Se agachó con cautela y la llamó sin obtener respuesta mientras apartaba las mantas que tenía encima hasta encontrar su cara. Debía de haber robado algunas porque estaba segura de que ella no viajaba con tantas cuando la encontró por primera vez. Sin embargo, los deseos de castigarla por ello se esfumaron cuando dio con el cuerpo de la rubia. Estaba empapada y temblaba muchísimo. Su piel estaba pálida y cuando posó la palma de su mano sobre su frente se dio cuenta de que su piel estaba ardiendo.

Reaccionó de inmediato envolviéndolas a ambas en una nube de humo que las llevó hasta sus aposentos. Emma apareció en una enorme tina la cual había llenado mágicamente con agua fría. La princesa despertó de inmediato. La miró con ojos desencajados y visiblemente desubicada cuando su cuerpo tomó contacto con el agua helada. Se quejó débilmente antes de desmallarse. Lo último que vio fue la cara de Regina.


La cara de la morena fue también lo primero que vio cuando abrió sus ojos. Creyó que seguía soñando pero se dio cuenta de que no era así cuando pudo también percibir su olor y la calidez de su mano sobre su frente. Aquello no podía ser un sueño, tenía que ser real.

- Emma...- le susurró - ¿puedes oírme?

Para Regina era extraño estar allí. Nada más llevarla a sus habitaciones y tumbarla en su cama salió de ellas y avisó a su padre para que se ocupara de ella pero cuando se dio cuenta que deliraba y pronunciaba su nombre decidió no apartarse. Fue ella la que estuvo allí día y noche durante dos días escuchando los delirios de la rubia y secando el sudor de su frente.

- Regina...

Susurraba la princesa una y otra vez mientras tomaba conciencia con la realidad de nuevo. La morena tocó su frente. Su temperatura había bajado considerablemente. Ahora estaba estable, aunque su piel era pálida y su aspecto era lamentable.

- ¿Puedes oírme?

Emma se incorporó de golpe sobresaltada aunque enseguida se mareó y tuvo que volver a tumbarse.

- ¿Qué me ha pasado? ¿Dónde estoy?

- Tu absurda idea de acampar a las puertas de mi palacio ha hecho que te enfermes.

- ¿Dónde estoy?

- En mi palacio. – la princesa sonrió débilmente.

- Al final conseguí que me invitases a pasar. – Regina puso los ojos en blanco.

- Al final casi consigues morirte de una pulmonía.

- Valió la pena si vuelvo a estar entre estas sábanas tan cómodas. – Se acurrucó mejor.- Son mejores que las de la última vez.

Y tanto que eran mejores. Estaba acostada en la cama de la mismísima reina malvada. Y lo siguió estando durante los siguientes días hasta que se recuperó del todo y pudo levantarse. Hasta ella misma se sorprendió por la hospitalidad de la reina. No así la gente que vivía en palacio, que seguía mirándola con mala cara.

Se volteó hacia la puerta cuando oyó cómo Regina entraba en la habitación.

- No deberías estar ahí, puedes coger frío y empeorar. – Le dijo nada más ver que estaba tomando el aire en el balcón.

- Ya me siento bien. Además estoy cansada de estar aquí metida todo el tiempo.

- Es peligroso que campes por mi palacio a tus anchas. Todos te odian.

- Eso no es cierto. Me miran con cara de odio porque todos te tienen miedo. No soy idiota. – Regina sonrió. Eso era cierto.

Tomó asiento en una de las butacas de la estancia y Emma hizo lo propio en frente de ella.

- ¿Cómo te sientes hoy?

- Mejor. Estoy totalmente recuperada.

- Bien, eso es bueno porque es hora de marcharte. Y esta vez no te dejaré acampar en mis dominios.

Después de oír todo lo que Emma había dicho entre delirios se sentía fuerte y con poder sobre ella. Le había quedado claro que no sería difícil llevársela a la cama. Aun así debía ser cuidadosa si no quería que su propósito fuera descubierto. Tenía un nuevo plan. Dejaría que pensara que había sido ella la que la había conquistado.

- ¿Cuándo vas a dejar de echarme de tu lado?

- No te quiero a mi lado con lo cual la respuesta es...nunca. – se recreó. Emma frunció el ceño contrariada.

- Gracias. – susurró en lugar de responder a sus mordaces comentarios.

- ¿Por qué? – Regina se sintió extraña. No solía escuchar esa palabra muy a menudo. Y menos dirigida hacia ella.

Por salvarme.

- Yo no te he salvado. – Espetó contrariada. Emma sonrió.

- Por cuidarme. Has sido buena conmigo. – se corrigió.

- No he sido buena con nadie, solo he hecho lo necesario para evitar que tus padres vengan a lincharme por haber sido la causante de la muerte de su amada hija.

- Claro. – Emma no la creyó en lo absoluto.

Hubo un silencio incómodo en el que Regina fue la que más tuvo que perder. Emma sonreía con cara de superioridad, pero ella...ella se sentía extraña. Carraspeó pero antes de que pudiera hablar la rubia se le adelantó.

- ¿Vas a enseñarme el palacio? – Le preguntó entusiasmada. Regina abrió bien los ojos.

- ¿Por qué haría tal cosa? – contrarrestó.

- Parece más grande que el de mis padres y realmente tengo curiosidad. No es como si hubiera podido ver mucho durante estas semanas.

- Tienes demasiada curiosidad por muchas cosas algo que no es nada recomendable para ser quien eres y estar donde estás. – Le dijo meditadamente. La rubia torció un poco la cara para observarla mejor. Cada vez que hacía eso Regina se sentía incómoda. Nadie hacía eso con ella. Solo Emma.

- Sigues sin parecerme peligrosa. La reina malvada de la que he oído hablar toda mi vida y la mujer que encontré en la laguna aquel día no son la misma persona, lo cual hace que me confunda, porque estoy segura de que tú eres la mujer sobre la que he oído hablar toda mi vida, solo que ahora, eres una auténtica desconocida para mí. – La reina asintió divertida.

- ¿Y qué te hace pensar una cosa y la otra? – Realmente disfrutaba de sus conversaciones con la princesa. Eran estimulantes.

- Tú belleza. – Soltó sin pensar. Regina enarcó una ceja y entornó sus labios. Emma se puso nerviosa. – Quiero decir, sí es...todo el mundo habla de lo hermosa que es la reina malvada, tan hermosa que con solo mirarla el corazón podría encogerse y convertirse en polvo. – la reina sonrió a su pesar.

- Así que crees que soy hermosa.

- No...eh...sí...- movió la cabeza contrariada – lo que quiero decir es que la gente habla de ti y sus historias son ciertas.

- ¿No habíamos quedado en que no tenía nada que ver con la persona que creías que era por cómo te habían hablado de mí? – Utilizó la forma personal intimidatoria a posta. Podía sentir la tensión en el cuerpo de Emma.

- Sí y es cierto pero no me refiero a eso, si no a...bueno a tu belleza, es obvio que eres preciosa. Las historias sobre tu belleza eran ciertas...

- Entonces, te parezco preciosa. – Afirmó.

- Una persona debería estar muy loca como para que no se lo parecieras. – Sonrió nerviosa. La morena asintió complacida.

- ¿Es por eso que acampaste en mi jardín? – sabía que estaba tentando a su suerte pero el cuerpo le impulsaba a seguir preguntando.

- ¿Eh?... ¡no! ¿Cómo iba a hacer tal cosa? Te lo dije solo vine a...

- A comprobar que siguiera bien encerrada en mi palacio ¿no es así? – Emma se avergonzó. Delante de la reina malvada eso sonaba mucho peor. Era una persona al fin y al cabo.

- No creo que esté bien eso...-se sinceró.

- ¿El qué? – Preguntó Regina sorprendida.

- Que tengas que estar aquí encerrada...no me parece justo...

- Oh...- en realidad se quedó muy, muy sorprendida - ...pero soy la reina malvada, querida, he de pagar por mis crímenes.

- No digo que no, solo digo que, ¿cuánto tiempo llevas condenada, veinte, veintidós, veintitrés años? – Exactamente su tiempo de vida, así era. – Creo que has pagado suficiente por tus errores...aunque a veces vuelvas a las andadas...- Regina simplemente no podía creerlo.

- Puedes decirle eso a tus padres si realmente lo piensas. – dijo en tono de burla.

- Puede que deba, sí. – Meditó. Los ojos de la reina se abrieron de par en par. ¿Acaso estaba hablando en serio?

- Bien. – Se levantó de la butaca.

- Bien. – La imitó Emma sonriendo.

- ¿A dónde vas?

- ¿A dónde vas tú?

- A pasear no tengo por qué darte explicaciones. – respondió molesta y nerviosa.

- ¿Podría acompañarte?

- Desde luego que no. - Respondió con asco mientras Emma se encogía de hombros y ella salía de sus habitaciones.

Emma no intentó replicar porque evidentemente no pretendía quedarse allí encerrada. Regina era una cabezota y todo lo que fueran jardines, a su juicio, podría ser usado libremente. Aunque en aquel palacio la única que utilizaba libremente las estancias era la reina, aunque ahora que lo pensaba, tampoco es que se hubiera encontrado con ningún huésped, solo ella, así que suponía que las reglas en aquel aspecto estaban por hacer. Se convenció de inmediato y siguió corriendo a buscar a la reina de todos sus sueños desde hacía semanas.


Hasta la próxima!