Sí, la pobre está enamorada pero Regina es la reina malvada...no puede ser tan fácil...espero que disfrutéis de la continuación...y sin duda espero vuestras impresiones, buenas y malas, al final del capítulo con ganas!
Gracias por seguir y comentar! Nos leemos!
Capítulo 3. Algo inalcanzable
Emma no se movió. Permaneció escondida detrás de unos matorrales mientras la observaba. Regina rodeaba su árbol de manzanas, pensativa, con los brazos cruzados y el ceño ligeramente fruncido. Parecía como si estuviese intentando protegerse de algo. Se preguntó en qué estaría pensando. Sus fracciones estaban contraídas pero aun así le pareció que ese era todo el sosiego que una mujer con su trayectoria podía tener. Para Regina no debía haber sido fácil, no debía ser fácil. La observó con detenimiento. Sus ropas eran explosivas. Le daban un aspecto fuerte y agresivo, potenciaban su sexualidad y aparentaban seguridad. Aunque Emma estaba segura de que aquella mujer que tenía delante era más frágil de lo que todo el mundo imaginaba. Su cuerpo era perfecto. Realmente era preciosa. Las palabras no le hacían justicia. Era la mujer más hermosa que había visto en su vida. Podría quedarse allí, escondida, y observarla durante toda una vida.
Ella nunca había mostrado apego hacia nadie. Pero aquella mujer había despertado en ella una parte que nunca jamás pensó que podría experimentar. No sabía que era. Pero sí sabía que sentía cosas nuevas y muy fuertes. Y todas eran provocadas por ella. Por la reina malvada. Se fijó en su aspecto físico una vez más. ¿Cuántos años debía tener? ¿Cincuenta? Todo el mundo en el reino sabía que se había hechizado para permanecer joven pero nadie sabía por qué. Eso la intrigaba, no consideraba que necesitara mantenerse joven, seguramente se vería igual de joven con treinta que con cincuenta. Y tampoco pensaba que fuera el tipo de mujer que veneraba su cuerpo. Era consciente de sus virtudes, de eso estaba segura, pero no consideraba que potenciarlas, al menos en un plano más profundo, fuera una de las cosas que la reina deseara hacer.
Si sus padres la vieran, allí agazapada, intentando quedarse por todos los medios en el palacio de la reina malvada se avergonzarían de ella. Bueno, más bien su madre se avergonzaría de ella y su padre intentaría llevarla por el lado correcto. Siempre actuaban como un tándem perfectamente complementado en cuanto a lo que a ella se refería. Nunca se había llevado bien con ellos, a pesar de que nunca se había marchado de su lado. Había sido una chica complicada para ellos, eso tenía que admitirlo, pero en su defensa, nunca habían sabido comprenderla ni darle lo que verdaderamente necesitaba. En ningún momento. Y eso para ella, fue un continuum toda su vida. Cuando cumplió veinte años, simplemente decidió comenzar a vivir la vida que ella deseaba vivir. Era eso o volverse loca. Así que optó por vivir aventuras, conocer gente nueva, viajar por el reino, ayudar a los necesitados, y ahora, perseguir reinas malvadas. Por supuesto, a su madre no le agradó en absoluto, ni a su padre tampoco, aunque no hubiera dado síntomas de ello, pero en consenso decidieron que lo mejor para ella era dejarla hacer, dejarla marchar, y así un día conseguirían tenerla de vuelta y recuperar su camino. Si continuaban reprimiéndola en contra de su voluntad acabaría por odiarlos. Como si no los hubiera odiado un poquito. Era lo que había pensado Emma mientras permanecía escuchando dentro del armario de la habitación de sus padres la conversación que por fin le daría acceso al mundo.
Había meditado mucho con respecto a ese asunto en todos los meses que había viajado. Iba y venía al palacio del reino. No había cortado relación con ellos, incluso ejercía de diplomática del reino para con las aldeas y ciudades. Algo que a Blanca la tenía muy contenta. En realidad, sus padres no tenían mal corazón, en absoluto. Solamente habían vivido con miedo desde el día que ella había venido al mundo. Bueno, desde antes, pero aún más desde que ella nació. El miedo constante...el temor a que la reina malvada cumpliera sus amenazas y atentara contra su vida siempre los había perseguido. Incluso cuando la reina malvada no había intentado acercarse a ella en toda su vida. Para su desgracia, ahora que lo pensaba. Así había sido, siempre la habían sobreprotegido y eso había provocado, cuando comenzó el cambio de niña a mujer, que se sintiera frustrada, incomprendida y cada vez más alejada de las dos personas que más daño le hacían al reprimirla, sus padres.
Ensimismada, como estaba, en sus propios pensamientos, casi no vio venir la bola de fuego que se estampó justo en el lugar en donde estaba agazapada. Afortunadamente para ella, su agilidad le dio tiempo a moverse con rapidez.
- ¿Te has vuelto loca? – Preguntó sobresaltada mirando al lugar en donde había estado el matorral que le había servido como escondrijo.
- ¿Se puede saber qué hacías? – Preguntó la reina con crueldad en la mirada.
- Yo...estaba...estaba...
- Estabas espiándome. – sancionó.
- Eso no es cierto, solo quería acompañarte en tu paseo. – Se justificó con torpeza.
- Creo que fui clara con respecto a ese punto.
- Sí, bueno, puede... – reflexionó mientras que se incorporaba del suelo y daba unos pasos cautelosos hacia ella – la verdad es que no me quedó muy claro ese punto. – la reina suspiró con fastidio.
- ¿Qué es lo que quieres Emma? – Preguntó molesta.
- Ya te lo dije yo...
- Basta con eso. – La interrumpió. – Si sigues mintiéndome esa bola de fuego será el más pequeño de tus problemas.- Eso le recordó a la rubia que acababa de atentar contra su vida.
- ¿Por qué has hecho eso? – la reina soltó una sonora carcajada.
- ¿Realmente te sorprende? No sabes de lo que soy capaz...Emma. – Se acercó un poco a ella, consiguiendo intimidarla. La rubia tragó saliva aunque no se movió de su sitio.
- No creo que quisieras matarme...solo asustarme.
- ¿Y por qué, según tú, querría asustarte? – Le preguntó con burla. Aquello era lo más ridículo que había protagonizado en su vida. Bueno, no en su vida, en años, por así decirlo.
- No lo sé. Pero no me engañas, Regina, no eres lo que quieres hacer creer a todo el mundo. – Tenía un súper-poder, y estaba segura de que no le fallaba.
El ceño de la reina se frunció y de repente se sintió pequeña. ¿Qué había dicho?
- ¿Cómo osas hablarme así?
Su voz sonó más alta y más amenazadora que nunca y de repente se sintió pequeña, indefensa y asustada. ¿Por qué le había hablado así? No quería ser osada, ni hacerla sentir mal. Al contrario, solo quería poder llegar a hablar con ella como igual, que la viera como Emma y no como la hija de sus enemigos los encantadores o como la inservible princesa heredera al trono. Solo quería que la viera a ella. Y ahora lo había estropeado por no cerrar la boca.
- Fuera de mi vista antes de que me arrepienta de dejarte marchar.
- Pero...
- ¡Fuera! Recoge tus cosas y márchate antes de esta noche. Ya estoy harta de jugar a los huéspedes contigo, princesa.
Y dicho eso desapareció en una nube morada ante los ojos heridos de la princesa que se había convertido en pequeña por un instante, a pesar de que era unos centímetros más alta que ella.
Regina apareció en uno de los pasillos y avanzó con rabia a través de él mientras su espejo aparecía a cada metro para preguntarle qué le había ocurrido. Lo mandó al diablo, al igual que a su padre, tras coger la copa de vino que el hombre le ofreció. Quería estar sola, necesitaba estar sola. Emma la estaba volviendo loca y sentía tanta frustración...tanta rabia en su interior con tan solo pensar en ella. Lo que sentía la confundía. Se sentía más viva que nunca, eso la sabía, la curiosidad que Emma le despertaba la motivaba a querer más de ella, la motivaba a querer incluso conocerla, pero por otro lado,...por otro lado solo quería quemar la frustración que le producían las sensaciones contradictorias que estaba sintiendo desde que decidió tener un bebé y desde que Emma había llegado a su vida. No quería eso. No quería estar confundida. No quería sentirse como se estaba sintiendo. De repente, se sentía frágil y vulnerable. No se sentía fuerte y poderosa y eso la contrariaba, porque podía conseguir echar todos sus planes a perder. Ella solo quería un hijo de Emma, un hijo, y después podría apartarla de su camino para siempre. Lo había imaginado más fácil.
- ¡Maldición! – Gritó mientras tiraba la copa al fuego de la chimenea.
Lo había estropeado todo y se sentía avergonzada. Regina le había abierto las puertas de su casa, la había tolerado y la había cuidado cuando había enfermado. Había sido buena con ella. Se había esforzado, de eso estaba segura. Había intentado tenerle paciencia, pero ella lo había echado todo a perder. Aunque ahora que lo pensaba ¿por qué tenía que sentirse culpable? Ella solo había intentado ser sociable, ser sincera con ella, intentar dar pie a una conversación agradable...qué sabía ella. Solo quería estar cerca de esa mujer que no podía sacar de su cabeza.
Se avergonzó una vez más por sus pensamientos. Debía ser realista. Puede que se hubiera vuelto loca y se hubiese presentado en el mismísimo palacio de la reina malvada. Puede que estuviera dentro de su casa. Pero ella solo quería que se fuera y ella estaba teniendo un comportamiento ridículo al negarse a ello. Definitivamente su raciocinio la había abandonado. No estaba pensando con claridad, solo estaba poniéndose en evidencia una y otra vez. Se preguntaba qué pensaría la reina de todo aquello. Qué pensaría de ella. Qué sensación le habría causado...de repente la pena la invadió. ¿Quién era ella para poder aspirar ni tan si quiera a ser amiga de la reina? Suspiró abatida y decidió que lo mejor que podía hacer era retirarse antes de que su autoestima se esfumara por completo.
- Me gustaría que le dijera a la reina que me marcho.
- ¿No piensas despedirte?
- No, no tiene sentido.
El hombre mayor frunció el ceño apenado.
- Creo que deberías hacerlo, no queremos que la reina se enfade.
- No le tengo miedo, y ya hemos hablado todo lo que teníamos que hablar. Dale las gracias de parte de la princesa Emma, y dile que me he marchado.
- Así lo haré.
El padre de la reina bajó la cabeza en señal de reverencia y la observó marcharse con pesar. Aquella muchacha tenía algo. Era diferente, y tenía la esperanza de que consiguiera llegar a su hija de alguna manera. Lamentablemente, Emma había acabado por comportarse como todo el mundo.
- Muéstramela. – Ordenó Regina a su espejo.
Emma cabalgaba despacio por el camino a oscuras. No se había detenido. Parecía pensativa y abatida.
La observó durante la semana en la que tardó en llegar a la aldea en donde la había conocido. Había batido su propio record pues apenas había descansado. La observó a través del espejo. Sonreía, pero su sonrisa estaba más apagada de lo que solía estar. Prestó atención cuando abrazó a su amiga del arco. La pelirroja la guio a través de toda la aldea para mostrarle que nada había cambiado en su ausencia. Todos la acogieron de buena gana y la pelirroja le ofreció su casa. No quiso ver más.
A la mañana siguiente de su llegada Emma se sentía como si no se hubiese ido. Como si no hubiera estado durante semanas en el palacio de la reina malvada. Como si verla y espiarla hubiera sido solo un sueño. Le dolía tener que olvidarla. Todos la trataban como si no hubiera pasado el tiempo pero ella era diferente. Había estado a punto de morir. Había estado durmiendo en su cama, había disfrutado de su compañía e incluso se había permitido la osadía de enfrentarse a ella. No era la misma. No se sentía lo mismo. Quizá para los demás fuera algo insignificante, pero no para ella. Había sido algo importante que había puesto su vida del revés. No se sentía bien en donde estaba y no quería seguir vagando de un lado a otro. Quería descansar una temporada. Quería sentirse a salvo, sentirse en casa. Quería estar en sus habitaciones y dormir por horas. Cerrar los ojos y no tener que pensar en nada ni en nadie. Sí, eso haría. Era hora de volver al palacio de sus padres.
- Te fuiste sin decir adiós.
Esa voz molesta a su espalda, la conocía...
- Regina...- volteó y sus ojos se encontraron con los suyos. Su corazón dio un vuelco de alegría. El pulso se le aceleró ligeramente y se puso nerviosa.
- No recuerdo haberte dado permiso para llamarme así. Soy su majestad para ti. – le dijo con superioridad.
- Lo siento. Pensé...que lo mejor sería marcharme sin más.
- ¿Por qué pensaste tal cosa?
- Bueno te habías enfadado conmigo, no quería molestarte. – la reina frunció el ceño.
- Semanas molestándome y de repente te sientes mal por hacerlo...- susurró con ironía como si no pudiera creerlo.
- Lo siento. Me he comportado...- movió la cabeza en negativo - no volverá a repetirse, lo prometo. No volveré a molestarte.
Regina suspiró hastiada. No había pensado en que la princesa pudiera marcharse sin despedirse y se sorprendió bastante cuando lo hizo. De hecho, se había molestado, le había dolido por qué no decirlo, pero por alguna extraña razón se había obligado a dejarla marchar y no interponerse en su camino. Era lo que necesitaba, necesitaba estar lejos de ella para poder pensar con claridad. Aún tenía un plan en mente que debía llevar a cabo, y de repente, a esas alturas, había dudado de que aquello fuera lo mejor. Había dudado de que pudiera acostarse con Emma. Ir a verla había sido un arrebato. No podía dejar que se marchara de allí. No podía dejar que se fuera más lejos de lo que ya estaba de su palacio. Miró a la rubia una vez más, parecía afectada, y ella creía saber por qué.
- En realidad...- lo pensó pero se obligó a hacerlo – no me molestaste.
- ¿Cómo? – Los ojos de la princesa se posaron de nuevo en ella con renovado brillo.
Se encogió de hombros y se puso en marcha hacia la laguna. Había algo en aquel lugar...
- Hacía mucho tiempo que no recibía a nadie, discúlpame si mis modales estuvieron un poco oxidados. – Su voz no era suave, era dura como siempre, pero sus palabras...lo que estaba diciendo...Emma no daba crédito. Pensó en algo ingenioso qué decir pero su mente se había quedado en blanco.
- Bueno, un poco...sí...pero no es nada que no pueda solucionarse. – La reina rio un poquito.
- ¿Cómo según tú? Mi vida se reduce a lo que has visto. – Comentó con tristeza.
- Eso es algo que podría cambiar. – Sus ojos se cruzaron. Regina mostraba sorpresa y Emma energías renovadas. Era cierto, pensó la morena...podía cambiar...
- ¿Cómo? – la princesa se encogió de hombros...
- Puedo hablar con mis padres es...
- No harás tal cosa. – La rubia guardó silencio. En realidad, solo quería hacer algo por sí misma, no quería recurrir a ellos y se sentía un poco avergonzada.
- Está rodeada de grandeza su majestad – comenzó susurrando – todo a su alrededor es fascinante. Es hermosa, culta e ingeniosa por mucho que no se deje ver. Podría tener todo lo que quisiera si se lo propusiera. Yo...la vi...aquí mismo hace tiempo...y supe que...no sé es algo extraño, supe que estaría en mi vida. – Regina enarcó una ceja ante las palabras, el tono de voz y la confesión de la princesa. – La vi y créame cuando le digo que no suelo equivocarme con las personas...
El corazón de Regina se retorció. Si ella supiera cuan equivocada estaba.
- Eres demasiado cursi para mi gusto, Emma. – Le dijo divertida. La rubia se sonrojó un poco.
- Solo he dicho lo que pienso.
- Creo que eres demasiado optimista...solo crees saber cómo soy. Pero créeme, no soy como tú me ves. – Se sinceró.
- No estoy de acuerdo en ese punto. – la reina sonrío. Era cabezota. Era imposible discutir con ella. - ¿Qué te parece si damos un paseo? – Le preguntó, y realmente no supo que responder.
- Sí. – Era lo que debía decir. Sentía cómo su objetivo estaba al alcance de sus manos. No podía fallar ahora.
Caminaron alrededor de la laguna y por el interior del bosque durante horas. Era lo que Emma sabía de ella, o creía saber. Le gustaba aquella laguna y le gustaban las grandes vistas a lugares singulares. La rubia no paró de hablar en todo el camino. Sus historias eran de lo más absurdas y aun así no se atrevió a no creerlas. Veía a Emma capaz de todo aquello y mucho más. No le habló de sus padres y ella tampoco quiso que lo hiciera. Necesitaba verla solo como Emma. Le habló de su amiga pelirroja, la chica del arco, y de cómo ésta había conseguido salvarla de un oso. Eso fue antes de llegar hasta la aldea en la que estaba ahora. Su nombre era Mérida, y Regina tomó nota mental para no hacer nada en contra de la mujer a la que tenía que agradecer por salvar la vida de Emma. Sin salvadora que rompiera el hechizo de infertilidad no habría bebé. Y sin chica pelirroja malhumorada no habría salvadora. Salvadora. Sí, podría ser un poco así. Si Emma conseguía romper ese hechizo era un poco como la salvadora ¿no? Sonrió para sus adentros al pensar aquello.
Se apoyó contra un árbol nada más llegar de nuevo a la laguna. Aún tenían que rodearla. La aldea estaba justamente en frente de donde ellas habían salido. Suspiró. Odiaba eso.
- ¿Cansada? – Preguntó la rubia con una sonrisa. La observó de arriba abajo. Ella parecía totalmente fresca.
- No estoy acostumbrada a caminar tanto. – Se justificó con desgana.
- ¿Magia?
- ¿Cómo?
- Te he visto usar magia para desaparecer varias veces, ¿la usas siempre para moverte?
- Casi siempre sí.
- Entiendo. – Dijo con un poco de retintín. Y Regina se preguntó que estaría pasándosele por la cabeza ahora.
- ¿Qué?
- Nada es solo que...al principio...siempre desaparecías.
- ¿Cómo?
- Al principio...cuando te apareciste...siempre te esfumabas dejándome con la palabra en la boca. – La morena sonrío un poquito.
- ¿Ah sí? – La rubia asintió divertida.
- Odio que hicieras eso.
- ¿Ese fue el motivo por el que cruzaste medio reino para venir a buscarme a mi palacio?
- Puede, sí. – Confesó. Regina enarcó ambas cejas y se acercó hacia donde ella estaba. Despacio.
- Pues me alegro de que así fuera, princesa. – Susurró en su oído cuando había llegado hasta su altura. El cuerpo de Emma se estremeció y un escalofrío recorrió todo su cuerpo respondiendo al extraño estímulo. Su respiración se aceleró pero no se movió.
Regina se retiró un poco, también lentamente, lo suficiente como para poder mirarla a los ojos. Emma estaba asustada. Lo sabía. Incluso ella estaba un poco nerviosa. La tensión era palpable entre ambas. Era mejor hacerlo cuanto antes, antes de que la cosa avanzase más. Era ahora o nunca. Debía acabar con aquello de una vez.
- ¿Qué...qué estás haciendo?- le preguntó Emma con inseguridad.
- Estoy intentando averiguar cuál fue el verdadero motivo por el que viniste a buscarme. – su voz era lasciva, al igual que su mirada.
Aquello sobrepasaba extremadamente todas las sensaciones que Emma nunca hubiera podido experimentar antes. Respiró su olor y se embriagó de él. Le gustaba cómo olía la reina.
Regina la rodeó por la cintura y se acercó a ella con cuidado. La miró con deseo y pudo ver en los ojos de Emma cómo ella no era capaz de disimular el suyo. Su cuerpo respondía a su cercanía y no podía negar que eso le gustaba. Entreabrió sus labios para poder respirar mejor. Su corazón se había acelerado ligeramente. Emma bajó la vista hacia ellos. Allí estaba, ese arrebato. No iba a besarla, no la besaría.
Por el contrario la tiró al suelo y se sentó a horcajadas sobre ella. La respiración de Emma era sonora y acelerada. Sus ojos estaban bien abiertos y sus pupilas estaban dilatadas. Podía ver el miedo en sus ojos. La confusión en sus ojos. Pero a la vez podía ver que aquello era lo que quería, lo cual le facilitaba las cosas. Rompió su chaleco con apremió y se lanzó a su cuello. Pudo sentir cómo la princesa respondía a sus caricias de inmediato. Se movía junto a sus labios y junto con su propio cuerpo. Todo se había acelerado. Las manos de Emma subían y bajaban por su espalda, se posaban en su cadera y recorrían todo su vestido. Poco a poco notó como buscaba entre su falda. Fue ágil y pronto encontró el camino hasta su piel. Regina se estremeció cuando las manos calientes de Emma la tocaron y comenzaron a subir por sus muslos con suavidad. Se paró en seco y se incorporó sobre ella para mirarla.
Con el corazón acelerado, la respiración entrecortada y la adrenalina recorriendo todos los rincones de su cuerpo Emma se incorporó sin esfuerzo e intentó besarla. Regina se apartó y ofreció su cuello en su lugar. Lo besó con intensidad logrando que la reina casi perdiera la cabeza. Había pensado muchas veces en aquel acto, pero nunca hubiera imaginado que pudiera si quiera experimentar placer, por lo que todo se le estaba comenzando a escapar un poco de las manos. Emma la miró de nuevo. Su mirada estaba encendida. Sus fracciones eran duras. Derrochaba sensualidad por los cuatro costados. Miró de nuevo esos labios que aún no había probado. Regina estaba espléndida. Sus mejillas sonrosadas, su respiración acelerada, esos ojos tan intensos puestos solo en ella...su entrepierna se humedeció aún más y volvió a acercarse para besarla. La morena reaccionó a tiempo y puso sus manos en su pecho para pararla. Pero ya era demasiado tarde. Sus sentidos estaban demasiado descontrolados y su cuerpo ya no respondía a raciocinio alguno si no que había cobrado vida propia. Imitó el gesto de Emma mirando sus labios con deseo y fue ella misma la que cortó bruscamente la distancia que las separaba en un beso fuerte y necesitado.
Nada más recibirla Emma la volteó sin esfuerzo y se posicionó encima de ella sin dejar de besarla. La tierra estaba fría y dura y estaban al aire libre, pero no le importaba. En aquellos momentos solo le importaba lo que estaba sintiendo. Un descontrol que le gustaba. Emma bajó por su cuello lamiendo y besando toda la piel que encontraba a su paso. Se detuvo largo rato en el valle de sus pechos. Definitivamente la iba a volver loca. La princesa intentó sacar su vestido pero no sabía por dónde debía hacerlo. Estaba demasiado ajustado. Regina sonrío y la apartó para incorporarse e indicarle que debía sacarlo por la espalda. Emma sonrió y obedeció. Investigó torpemente hasta que el cierre cedió. Lo rompió pero a ninguna le importó. Ambas estaban demasiado concentradas en la tarea de desnudar a la otra.
Los pezones de la reina se endurecieron nada más notar la mirada que Emma había puesto sobre ella cuando había sacado la parte de arriba de su vestido. La rubia la miraba con fervor. No sabía explicarlo. Nunca antes nadie la había mirado así. Nunca antes se había sentido tan...deseada...tan...esperada...era algo diferente, había algo en su mirada que la hacía sentirse diferente, y le gustaba. Su cuerpo se estremeció al sentir de nuevo los besos de Emma sobre su piel desnuda.
Besó su abdomen, paseó por sus costillas, acarició su espalda. Besó sus senos, saboreó sus pezones y los mordió. Regina se sentía embriagada de placer. La rubia era intrépida y fuerte y eso le gustaba. Se volvería loca de un momento a otro si no comenzaba a aliviarla ya. Tiró de su chaleco al igual que de su camisa y los sacó de mala manera. Emma aprovechó para sacar su falda. Se tendió sobre ella, con su torso desnudo y sintió cómo la calidez y la suavidad de la piel de la reina hacían que miles de sensaciones recorrieran sus terminaciones nerviosas. No aguantaría más.
Sintió como las manos de su compañera se entretenían en su cintura intentando desabotonar su pantalón. Se incorporó un poco se sentó a su lado y la ayudó. Regina también se incorporó y la ayudó a sacarse las botas y después los pantalones. Le sonrío maliciosamente cuando estuvo totalmente desnuda y se sentó sobre ella. La rubia la recibió encantada y la besó con pasión. Sujetó bien su espalda con una de sus manos y coló la otra entre sus piernas. La reina soltó un placentero jadeo en cuanto sintió cómo ella acariciaba su sexo. Paseó sus dedos con suavidad por su cavidad, estimuló su clítoris y jugó con su paciencia para conseguir estimularla todo lo posible. Regina sintió cómo el calor subía por sus mejillas y se abrazó más a ella soltando un quejido desesperado. Emma lo entendió perfectamente e introdujo sus dedos sin más demora en su interior. Su sexo comenzó a bombear con fuerza solo de sentir el placer que estaba experimentando disfrutando de la reina. Regina comenzó a moverse con ella y sus respiraciones se hicieron más aceleradas. Sus jadeos eran cada vez más fuertes y constantes. Emma estaba embriagada solo de pensar en lo que le estaba haciendo a la reina. Su corazón se desbordó acelerado cuando la morena la abrazó con más fuerza y se dejó llevar entre gemidos constantes.
Algo pasó en ese instante dentro de ella. Sintió una efervescencia en su interior que la llenó por completo y después sintió que explotaba por todos los costados. Abrió bien los ojos asustada.
- ¿Qué ha sido eso? – Regina también lo había sentido en su interior porque la miraba con los ojos bien abiertos intentando recuperar su respiración, aún inconstante por el orgasmo que acababa de tener.
Sabía lo que eso significaba. Había pasado, su maldición se había roto. Rumpeltisltskin tenía razón.
No pudo contenerse y la besó. La besó por todas las nuevas sensaciones que le había hecho sentir. Acabó besándola con ternura y Emma la correspondió de igual modo sujetándola firmemente contra su cuerpo. La besó una última vez y después desapareció.
¿Qué os ha parecido? ¿Qué futuro posible le veis a esto? Espero vuestras impresiones, buenas y malas! Actualizaré lo antes posible.
