Bueno, pues aquí estamos de nuevo...espero que no os decepcione el rumbo que va a tomar esto...y que os siga gustando.
Gracias por seguir y comentar.
Saludos!
Capítulo 4. Su verdadera naturaleza
Apareció en sus habitaciones, aún desnuda y medio cubierta con su vestido, el cual agarraba con fuerza entre sus manos. Su mirada estaba perdida en algún lado y con seguridad su mente estaba en blanco. Tenía los sentidos a flor de piel. Cerró los ojos. Aún podía sentir los besos de Emma sobre su piel...su calor...su olor...Dejó caer el vestido con rabia al suelo y con un movimiento de muñeca hizo que la bañera se llenase por completo. Comprobó la temperatura del agua y se hundió en el interior completamente desnuda. Tapó sus ojos con ambas manos y suspiró pesadamente. Emma...susurró para sí sin pronunciar palabra. ¿Qué había sido aquello? Se había dejado llevar eso estaba claro. No había sido como otras veces. No había sido ella la que había tenido el control. Se había dejado llevar, se había rendido por completo ante Emma. Eso no era propio de ella. ¿Cómo había podido llegar hasta aquel punto? Le había gustado...dios...lo había disfrutado. Se avergonzó de sí misma cuando una pequeña sonrisa salió de sus labios reflejando todas las sensaciones que se despertaban en su interior mientras rememoraba lo que había pasado. Suspiró y se abrazó a sí misma intentando poner orden en su interior.
No se sentía diferente. Bueno, sí se sentía diferente, por motivos obvios, eso estaba claro, pero no era capaz de notar nada diferente en ella después de la energía que se había desprendido de Emma. Estaba segura de que aquello había sido la señal de que el hechizo se había roto...había sentido la onda de poder en su interior...estaba segura de que Emma lo habría logrado pero, ¿cómo lo comprobaría? No tenía forma. Sus sensaciones eran confusas. Recordaba la sensación de vacío y dolor que había sentido cuando había tomado aquella poción de infertilidad delante de su madre. Ahora se sentía llena y plena...pero eso no le valía...era confuso porque creía que se sentía así exactamente por lo que acababa de ocurrir con Emma... ¿Y acaso ambas cosas no estaban unidas? Qué sabía ella...Lo único de lo que estaba segura era en que debía confiar en que la maldición hubiera sido rota porque no pensaba volver a acercarse a Emma. Tuvo miedo de no haber quedado embarazada...según Rumpel sería así como lo conseguiría...debía confiar...pero, ¿y si no había sido así? Demasiadas emociones contradictorias...debía confiar y esperar...debía hacerlo...
Emma sintió el vacío entre sus manos. Lo había hecho de nuevo, se había esfumado de repente pero... ¿por qué? Durante unos minutos fue incapaz de reaccionar ante lo que había ocurrido. Durante los minutos siguientes siguió sentada allí en donde la reina la había dejado, desnuda, con la mirada perdida y sin moverse. ¿Qué acababa de ocurrir? ¿Qué significaba lo que acababa de ocurrir?...su mente estaba demasiado confusa pero sus sensaciones eran malas. No entendía a la reina ni lo que podía querer de ella. De repente sentía que esa mujer era algo inalcanzable y distante para ella, algo que ya había dejado atrás, y de repente se encuentra con que la busca y habla con ella...de repente se encuentra con que la besa y la desea...¿porque aquello había sido real verdad? Había visto el deseo en sus ojos, había sentido cómo su cuerpo vibraba con el suyo, no podía haber equivoco en algo así...y después... ¿después que había pasado? Todo parecía ir bien...hasta que sintió esa sensación extraña explosionar en su interior. Frunció el ceño y fijó la mirada, apretó los labios y se levantó rápidamente decidida. Necesitaba tener respuestas, de una u otra manera.
El espejo se lo advirtió. Le advirtió que la princesa volvía hacia su palacio pero no lo escuchó. Prefirió ignorarlo e ignorarla. Si no dejaba que se acercara nada pasaría. No deseaba volver a verla ni hablar con ella. Solo deseaba poder olvidarla y que ella la olvidase. Pero no contó con la cabezonería de la princesa. Sus guardias la detuvieron como a dos kilómetros del palacio, justo cuando acababa de salir del bosque. Le explicaron que no podía pasar pero Emma parecía estar decidida a hacerlo. No quería enfrentarse con ellos pero no le quedó más remedio. Bajó de su caballo, sacó su espada y comenzó a luchar. Realmente no estaba razonando. La superaban en número. Eran demasiados. Incluso a pesar de su manejo de la espada aquella batalla era una batalla perdida antes de ser empezada si quiera. Emma estaba siendo golpeada y sus fuerzas la iban abandonando poco a poco.
- ¡Basta! ¡Parad! – Gritó la reina y con un movimiento de muñeca todos sus soldados cayeron al suelo.
Emma estaba acelerada y en el suelo. Había sangre en su piel y en sus ropas. Había estado cerca de que algo malo le sucediera. Pensó en ofrecerle su mano ella misma para comprobar que estaba bien. Tuvo el impulso pero no podía hacer tal cosa.
- Será mejor que te marches ahora. – Su voz fue plana pero sonó imperativa.
- No me iré de aquí hasta que podamos hablar. – Le dijo la rubia con dificultad incorporándose lentamente. Su rostro mostraba dolor pero también decisión.
- No tenemos nada de qué hablar. Conseguirás que te maten si sigues así.
- No me importa, ¿por qué te marchaste? ¿por qué me dejaste así? ¿qué fue lo que pasó?
Una punzada se instauró en el interior de la reina aunque no mostró síntomas de perturbación. Debía mostrarse fuerte para hacer lo que tenía que hacer. Lo que debía de hacer. Lo había decidido en el mismo instante en el que la había visto avanzar hacia su palacio a través de su espejo. Tenía que tomar medidas drásticas para evitar seguir con aquel juego que tanto la confundía. Debía ser firme y clara, debía hacerle daño.
- ¿Qué te ocurre princesa? – fingió un tono de burla. - ¿Acaso no sabes aceptar cuando una persona no quiere más? Solo fuiste un medio para un fin. – le reveló expresivamente. – Acéptalo, fue placentero pero me temo que no volverá a repetirse. – Fingió pena.
- Eso no es cierto – espetó dolida y ofuscada – estaba allí contigo, pude sentirlo no...
- Emma...Emma...- la interrumpió susurrando dando unos pasos hacia ella. – acéptalo, querida. Solo quería divertirme un poco con la hija de Blancanieves...estoy segura de que eso no va a gustarle a tú mamá...- soltó una carcajada cruel. Se estaba burlando de ella. Emma tenía las mandíbulas bien apretadas e intentaba controlar la pena que asomaba en su interior. No iba a darle el gusto de mostrarse abatida en su presencia. Ya había sido lo suficiente estúpida como para presentarse allí. – solo te usé para divertirme un poco...entiéndelo, querida...mi vida es demasiado aburrida gracias a tus encantadores padres...ahora estamos un poco más en paz...y ahora márchate si no quieres sufrir más dolor. – su voz se oscureció con aquellas últimas palabras.
- Emma la miró dolida. La miró y traspasó toda su alma. Algo pareció romperse dentro de la reina. ¿Por qué estaba sintiendo aquello? Ella ya no sentía de aquella forma...pero era una realidad. Se sentía dolida. Le había dolido decirle aquello a Emma. Le dolía la forma en la que la estaba mirando. Hubiera preferido que la insultara, incluso que la atacara...pero la rubia no le dijo nada. Recogió su espada del suelo y se volvió para mirarla una vez más. Cogió las riendas de su caballo y desapareció de nuevo en el bosque. Se había ido, se había marchado. Una lágrima silenciosa cayó por sus mejillas.
El vómito. Esa fue la señal que estaba esperando. Nunca pensó que algo tan asqueroso la colmara de alegría. Estaba embarazada. Estaba segura. Su menstruación no había aparecido pero suponía que era porque había quedado en cinta. Emma, sin duda, resultó ser efectiva. Pensaba a menudo en ella aunque intentaba evitarlo por todos los medios posibles. Prefería concentrar sobre su persona todo el odio que acumulaba en su interior después de tantos años. Era un ejercicio que repetía constantemente pero que tenía poca efectividad. Aun así no dejaba de practicarlo. Pensaba que le ayudaba, al menos, a lidiar con el vacío que sentía en su interior.
¿Se sentía feliz? Debía de estarlo porque estaba embarazada ¿no era eso acaso lo que quería? Probablemente hubiera descubierto por el camino que la había llevado hasta Emma que tal vez necesitara otras cosas...otras cosas que habían surgido solas en su interior...otras cosas que solamente había sido capaz de despertar Emma...la hija de sus peores enemigos. La mujer de la que estaba embarazada deliberadamente. Aquello la apenaba y le pesaba más de lo que estaría dispuesta a admitirse a sí misma. Cuando Rumpel la había visitado al enterarse del embarazo ya le había insinuado algo en ese sentido. ¿Qué sabría él? Ella era la reina malvada y nada ni nadie conseguiría debilitarla. Ahora estaba embarazada e iba a tener a alguien con quien compartir su vida. Alguien a quién protegería por encima de todas las cosas.
Pronto no tuvo otra cosa en la que pensar que en el embarazo. Fue especialmente duro, sobre todo los primeros meses. Vomitaba constantemente y era incapaz de retener nada sólido en su interior. Su padre estaba muy preocupado y la reconfortó mucho. Siempre estaba pendiente de ella y también era el encargado de consentir todos sus extraños antojos. Su espejo, por el contrario, no se había mostrado demasiado entusiasmado con la noticia, al igual que todos los que vivían en su palacio. Su único apoyo fue su padre. Siempre había sido así aunque ella no hubiera conseguido verlo antes, pero ahora apreciaba las pequeñas cosas que hacía por ella. Su relación se había estrechado en aquellos meses.
Fue el quien estuvo con ella la noche en la que dio a luz. Era una noche lluviosa y tormentosa, perecía que el cielo estaba a punto de romperse. Fue una tormenta espantosa que hizo mucho daño a las aldeas más pequeñas y endebles. Regina dio a luz a un niño que casi consigue acabar con ella al traerlo al mundo. Sus pulmones eran fuertes, pues su llanto resonó por todo el palacio en el momento en el que sus pulmones tomaron sus primeras bocanadas de oxígeno. Fue el quien estuvo con ella en los días siguientes mientras se recuperaba del parto. Fue el quien la enseñó cómo debía tratar al bebé. Era una criatura pequeña y débil. Aunque le parecía fuerte pues no dejaba de llorar siempre que tenía la oportunidad. Se veía tan frágil entre sus brazos, ahora esa vida dependía de la suya propia. Ella era quién debía cuidarlo y protegerlo. Ahora era su responsabilidad, estaba dispuesta a asumirla y le encantaba.
Su corazón se había enternecido y su carácter se había suavizado. No es que de repente fuera simpática con todo el mundo, nada más lejos de la realidad. Simplemente dejó de preocuparse por otra gente, por otros asuntos que no fueran ella o el bebé. Eso dio cierto margen a las personas que vivían a su alrededor para relajarse. No es que fueran felices, pero si era cierto que estaban viviendo una época mejor que la pasada. Mientras que la reina estuviera entretenida con su hijo, todo iría mejor para ellos y para todos los demás, pues había perdido el interés por la venganza.
Tres años después...
Durante tres años había conseguido ocultarle al mundo la existencia de su hijo. Durante tres años había disfrutado, por fin, de la vida que algún día anheló. Lo había amamantado, lo había acunado, lo había visto crecer y dar sus primeros pasos. Lo había ayudado a levantarse cuando había caído y ahora lo estaba ayudando a familiarizarse con sus nuevas palabras. Lo había protegido, lo había cuidado y lo había amado. Ambos habían aprendido a familiarizarse con el otro. Su nombre era Henry, como su padre, el cual se sintió embriagado cuando la reina decidió ponerle su nombre a su hijo. Había sido un periodo lleno de una extraña tranquilidad para todos. Algo que sin duda para ella, no podría durar mucho tiempo más.
Si antes todos los reyes de todos los reinos estaban en alerta por sus posibles movimientos en el exilio, ahora su alerta era máxima pues, según todos ellos, estaban en período de tensión máxima. La reina malvada había estado en silencio amasando su plan maestro y el momento en el que daría el golpe de efecto estaba muy próximo por llegar. Aquellos tres años solo habían sido la calma que precede a la tempestad. Regina se reía de las noticias que llegaban a su palacio. Le parecía divertido que incluso sin hacer nada y habiéndose olvidado de todos ellos, todos ellos no consiguieran olvidarse de ella. Sin embargo, para su padre no era tan divertido. Estaba preocupado y advirtió a la reina de que aquello podía traer consecuencias. Si las noticias continuaban tan hostiles había riesgo de que decidieran atacar el palacio, había riesgo de que todos desataran una guerra contra ella, y peor aún, de que alguno de ellos saliera herido. Había riesgo de que le hicieran daño a ella misma o al niño, y aquello era algo que no podía consentir.
- Es mejor que os escondáis hija mía.
- No, papá. – espetó – no voy a hacer tal cosa. No he hecho nada malo en tres años. Incluso cuando me olvido de ellos, ellos no consiguen olvidarse de mí. Son crueles y sanguinarios. Debí acabar con todos cuando tuve la oportunidad.
- No habléis así, mi reina. Ahora tenéis una responsabilidad, si algo malo llegara a sucederle a vuestro hijo...
- Henry estará bien. Nada malo le sucederá. Quién se atreva a ponerle una mano encima a mi hijo tendrá que pasar por encima de mi cadáver.
- Las noticias cada vez llegan con más rapidez. Algo se está moviendo en el norte. Todos se están confabulando contra usted, por favor, su majestad, no quiera tener que lamentar nada malo...- su padre parecía alarmado realmente.
Ella se lo había tomado a modo de burla, a modo de simples rumores...realmente no creía que fueran capaces de hacerle nada cuando ella no había realizado ni un solo movimiento contra ellos o su pueblo en tanto tiempo... Aun así no era estúpida, era consciente de que si esos idiotas inservibles se habían convencido de que estaba tramando algo sin si quiera tener indicios de ello, también serían capaces de imaginar el inicio de una guerra y toda clase de maldades más. No era sensato mantenerse al margen, lo sabía bien. Podía oler el peligro incluso cuando se empeñaba en ignorarlo.
Había pasado tanto tiempo viviendo en su propia burbuja que se había olvidado que el mundo existía a su alrededor. Había descubierto una vida que le gustaba. Le gustaba disfrutar de cosas simples y sencillas sin tener que preocuparse de otro tipo de cuestiones. Disfrutaba de la risa de su hijo, disfrutaba viéndolo crecer e incluso disfrutaba de la tranquilidad que había a su alrededor. Ya no tenía sed de venganza. Casi se había olvidado de eso pero ahora...ahora su realidad había vuelto a golpearla con fuerza cuando todo parecía ir encaminado en su vida... ¿acaso nunca podría ser feliz? El malestar comenzó a consumirla por dentro. De repente todo la golpeaba de nuevo. Todo su pasado, todo lo que había hecho, su sed de venganza y todo el dolor que había causado...Emma...ella era lo que más le dolía. Pero no podía ignorar el peligro, no podía hacer como si nada. Debía recomponerse, debía ser fuerte, debía traer de vuelta a la reina malvada para conseguir hacer frente al peligro. Debía defender lo que estaba siendo amenazado, debía defenderse, defenderlos.
- Madre, padre, ¿me habéis llamado?
Emma irrumpió en el consejo a paso ligero. Había llegado lo más rápido que había podido. Sus padres esbozaron una sonrisa al verla. Había estado luchando en las guerras contra los ogros que se habían desatado en el reino de Camelot y apenas acababa de volver. La seguían Mérida y Mulán, dos guerreras intrépidas de las que se había hecho muy amiga en aquellos años.
- Princesa Emma. – Todos los que componían el consejo la saludaron con una reverencia.
Emma hizo una mueca. No le gustaban las reverencias aunque sabía que en aquel lugar eso era lo protocolario. Tomó asiento en frente de su padre. Sus amigas se posicionaron detrás de su lugar en la mesa redonda.
- Hay nuevas en el sur, su majestad. – Emma frunció el ceño y dirigió su mirada hacia el enano sabio. Su criterio era considerado de alta estima en aquel consejo.
- Ayer los guardias de la reina malvada irrumpieron en una aldea sembrando el temor a su paso. – Explicó el rey.
- ¿Qué quiere decir eso? ¿Y cómo han llegado las noticias tan pronto? – cuestionó.
El rey Midas estaba de paso por aquellos lares, su majestad. Aceleró su comitiva todo lo que pudo cuando sus hombres descubrieron el peligro, pero es certero, la reina malvada ha vuelto.
- ¿Hubo bajas?
- No, su majestad. Pero no tardará en haberlas si no actuamos.
- No veo por qué deberíamos dar crédito a esos rumores si no ha habido daño alguno.
- Con todo respeto, miladi, el daño es psicológico. Esa bruja está sembrando el terror de nuevo, no podemos ignorarlo. – dijo agresivamente el enano gruñón. Emma abrió sus fosas nasales, contrariada.
- No podemos ignorar lo que está pasando Emma, demasiados años llevamos ya sufriendo el temor por culpa de Regina. – Intervino su madre.
- La reina lleva años sin dar señales de vida, madre. En lo que a mí respecta, podría haberse marchado del palacio al que fue confinada sin que nadie se hubiese enterado.
- Ella no haría tal cosa, su odio es demasiado grande como para olvidarse de nosotros.
- Con todo respeto, padre, creo que sois vosotros los que no habéis conseguido olvidaros de ella en todos estos años. Lleva años sin causar daño alguno, no entiendo por qué simplemente no podemos dejarla en paz. – Un murmuro se alzó entre los asistentes al consejo al escuchar aquellas palabras por parte de Emma.
- Hay rumores desde hace años. Los reyes vecinos están movilizándose y nosotros no debemos ser menos, hija. Si Regina llegara a hacer algo y no estuviéramos preparados...
- Está tramando algo, no es seguro ignorarlo, lleva demasiados años oculta y eso no es propio de ella. Está tramando algo gordo. – Bramó el enano gruñón por encima de la reina Blanca.
Emma meditó unos instantes, aquello podía acabar muy mal y lo peor era que ninguno de ellos se daba cuenta de que los temores eran infundados.
- Está bien. Dejadme partir al sur, yo misma comprobaré lo que está pasando y volveré con noticias que nos permitan decidir lo mejor para el reino.
- De ninguna manera, no pienso exponerte de esa forma. – Protestó Blanca. Emma frunció los labios, ya no era una cría y había pasado por muchas cosas.
- Con todo respeto, su majestad, creo que la princesa está preparada para llevar a cabo ese tipo de misiones dada su experiencia en la cercana guerra de los ogros que se está librando en Camelot. – Intervino la abuelita de Roja. Esa mujer siempre le había parecido la más sensata de todos ellos.
- Estoy de acuerdo con mi abuela, creo que Emma es la adecuada para llevar a cabo ese tipo de misión. No hay por qué alarmarse si los rumores no son ciertos...- el murmuro se alzó de nuevo interrumpiendo a Roja.
- Bien, que así sea. – Habló el rey, al cabo de unos minutos, haciendo callar al resto. – Mi hija Emma llevará a cabo una misión de avanzada para comprobar qué es lo que está tramando la reina malvada. Viajará con la menor gente posible, no como princesa si no como una persona normal, no queremos que la reina se entere y la intercepte, cuantas más medidas se tomen al respecto mejor. No me gusta la idea de mi hija acercándose a esa mujer. – la miró.
Emma movió la cabeza en señal de afirmación y se levantó. El murmullo volvió a surgir pero ella simplemente se retiró antes de que su padre se arrepintiera de la decisión que había tomado.
- ¡Por qué has hecho eso sabes que debemos volver a Camelot! – Le reclamó Mérida en cuanto estuvieron las tres solas.
- Es necesario, ya has visto lo histéricos que están todos. Necesito demostrarles que no corren ningún peligro para que no se desate una guerra civil en mi ausencia. Es lo último que necesitamos.
- ¿Cómo estás tan segura de que lo que piensan no es cierto? – preguntó Mulán.
- Conozco a la reina. Es mezquina y cruel, y no se anda con rodeos. Si estuviera tramando algo lo sabríamos, le gusta jugar. Lo extraño es que lleva demasiado tiempo sin dar señales de vida, eso es cierto. Pero no creo que sea porque esté tramando algo. – Mulán asintió satisfecha.
- Si se desata una guerra civil en el bosque encantado los ogros tendrán vía libre para penetrar en el reino. – le dijo a Mérida que seguía con los brazos cruzados en señal de desacuerdo.
- La guerra no está aquí, está allí, y si dejásemos de preocuparnos por nimiedades y volviésemos al frente igual conseguíamos acabar con esos malditos ogros antes de que decidieran atacar otros reinos.
- Sabes perfectamente que eso no es posible. La guerra se ha vuelto sanguinaria y los ogros cada vez avanzan más. Será difícil contenerlos si los reinos vecinos no aúnan sus fuerzas con el rey Arturo. Y en el mío, eso no pasará hasta que mis padres dejen de estar obsesionados con la reina malvada. Urge solucionar ese asunto.
- Está bien, lo haremos como tú quieras, pero espero no tener que decir "te lo dije" cuando todo haya acabado en desastre.
Emma cerró la puerta de sus habitaciones y se apoyó contra ella. Se dejó caer con suavidad hasta el suelo y dobló sus codos sobre sus rodillas encogidas. Había sido un día muy largo. Demasiado. Creía que algún día conseguiría borrar el recuerdo de Regina de su interior. Durante mucho tiempo lo había intentado en su palacio, pero al darse cuenta de que sus padres no pararían jamás de recordársela decidió marcharse de nuevo. Había recorrido otros reinos y había vivido un sinfín de aventuras que contar, pero nada de eso había conseguido arrancar el recuerdo de la reina de su interior. El último año, sin embargo, había sido diferente. La guerra había llegado al reino de Camelot y Mérida había tenido que volver para participar en ella. Ella lo había pensado mucho. Se debatía entre si volver a casa o entrar a formar parte de la contienda. Cuando llegó a Camelot y vio el desastre no tuvo duda alguna. Debía estar donde la necesitaban, y allí, sin duda era muy necesaria. El avance de la guerra había conseguido endurecerla aún más. Había tenido que ver cosas que preferiría borrar de sus retinas y había tenido que hacer otras que desearía borrar de sus manos. Había matado y torturado a mucha gente. Había causado sufrimiento y dolor por una causa que consideraba como justa. Los ogros habían conseguido alianzas humanas y muchos contingentes luchaban a su lado. Había llegado el momento en el que no conseguía sentir ni parecer. Actuaba como una autómata, haciendo lo que debía de hacer.
Eso había sido antes de que sus padres la llamasen a un consejo urgente que se celebraría en el reino. ¿Era ella acaso aún capaz de sentir algo? Eso parecía, y no le gustaba nada. Debía acabar con aquello lo antes posible. Si sus padres no se centraban en el verdadero problema que había en el este, todo el mundo conocido podría estar amenazado realmente por un peligro mucho mayor que la reina malvada. La guerra, y todo lo que ello conllevaba.
¿Impresiones? Ha pasado mucho tiempo...
