Parece que un salto en el tiempo era necesario...
Regina se ha portado mal con Emma, eso está claro. Recordemos que es la reina malvada y que para ella solo era un "supuesto" medio para llegar a un fin. Por mucho que Emma llamase su atención su objetivo no era engancharse a ella. Y Emma...bueno pues Regina fue bien clara cuando le dijo que solo la había usado...así que es lógico que también se marchara...dolida...
De todas formas, me alegra que os sorprendiera el salto en el tiempo. Creo que este capítulo también os puede sorprender...a mí me gusta bastante...
"Lucero"...yo te recomendaría que siguieras leyendo...puede que te guste...a mí tampoco me gusta cuando alguna es infiel...
Gracias por seguir y comentar.
Capítulo 5. Un encuentro inesperado
- Debéis parecer unas campesinas. – Se quejó Mérida por enésima vez.
- Esta armadura era de mi padre, no voy a separarme de ella. – Espetó Mulán con tranquilidad.
Emma que tenía los brazos cruzados y se había mantenido al margen asintió.
- Yo tampoco voy a ponerme ese vestido andrajoso. Estos pantalones y esta camisa sencilla serán suficientes para hacerme pasar por una lugareña. Ya lo he hecho antes.
- Muy bien, me rindo.
La tres se pusieron en marcha entre riñas y emoción ante la nueva aventura que se presentaba ante sus ojos. Mulán nunca había estado en aquel reino, por lo que estaba expectante ante lo que pudiera deparar aquel viaje. Mérida hacía mucho que lo había abandonado, acudió a él a buscar algo necesario para su padre y lo recordaba con cariño, había hecho muchos amigos, incluida Emma. Y Emma...bueno...Emma se negaba a aceptarlo pero en realidad estaba echa un manojo de nervios por todo lo que aquello suponía. Demasiados viejos sentimientos vinieron a su mente de nuevo, como si no hubiera pasado el tiempo, y eso era algo que no le gustaba. Tenía miedo a lo que pudiera encontrarse pero estaba segura de una cosa, se enfrentaría a Regina de ser necesario y la pondría en su lugar, ya no era la niña con la que había jugado tiempo atrás.
Caminaron durante semanas sin encontrar nada a su paso. Atravesaron aldeas y ciudades, bosques y montañas, y nadie en todo el camino pudo confirmar haber visto a la reina malvada. Habían oído rumores, sí, pero nadie la había visto en años. Hubo un momento en el que cierta incertidumbre se instaló en el pecho de Emma. ¿Y si le había ocurrido algo? ¿Y si había muerto? ¿Estaba ella preparada para descubrir algo así? La respuesta era no y lo sabía, y aquello solo hacía que la presión psicológica que sufría desde que habían partido aumentase.
Fueron cariñosamente recibidas cuando llegaron a la aldea en la que Emma y Mérida habían vivido tiempo atrás. Las recordaban y todos se mostraron encantados con el hecho de volver a tenerlas de vuelta. Emma hizo algunas preguntas pero nadie pudo decirle nada claro con respecto a Regina. Lo único certero es que ella no había vuelto a molestarlos.
Aquella mañana durmió más de lo que le hubiese gustado. Se despertó cerca de medio día. Mérida y Mulán habían salido a cazar al bosque. Ella no tenía ganas de salir a cazar, aun así se vistió y decidió dar una vuelta por los alrededores de la laguna para ver si las veía.
Al cabo de un buen rato andaba perdida entre sus propios pensamientos cuando escuchó una risa. Aquel punto era el último alto en el camino antes de llegar al palacio de la reina. Antes de llegar de nuevo a ella, a Regina. Además, aquel lugar le traía amargos recuerdos. Allí la había visto por primera vez, allí se habían encontrado, allí la había hecho suya y allí la había abandonado. Todo era demasiado doloroso para ella en aquel lugar. Solo quería marcharse pronto y no hacerlo. Estaba contrariada, lo peor estaba aún por llegar. Y no se equivocaba.
Se acercó sigilosamente hasta el ruido. No tenía por qué temer, seguramente se trataría de alguien de la aldea pero sería bueno alertarlos de que Mérida y Mulán estaban cazando por allí antes de que una flecha mal lanzada los asustase.
Se paró en seco cuando llegó al claro de dónde provenían las risas. La jovialidad cesó y la reina se sobresaltó al escuchar el quejido de una rama partiéndose a apenas dos metros de ellos. Alzó la mirada sobresaltada y sus ojos se quedaron de piedra al encontrarse con la mirada de Emma puesta en ella. La rubia se había quedado petrificada, no sabía qué hacer. La sorpresa por encontrarla allí delante de ella, de repente, después de tantos años jugando con ese niño...ese niño...había un niño con ella y Regina parecía feliz jugando con él...paseó la mirada de uno a otro sin poder creer como cierto aun lo que veían sus ojos.
- ¿Regina? – Susurró más para sí que para la mujer que tenía delante.
La reina se levantó con agilidad y cogió al niño en sus brazos en señal de protección. Su sonrisa había desaparecido y su cuerpo se había puesto tenso. La miró por unos segundos, aun sin poder creerlo, antes de desaparecer en una nube de humo morado.
- ¡Regina! – Gritó Emma para impedir que se fuera. Pero fue inútil, había desaparecido antes de que pudiera reaccionar.
Su corazón bombeaba deprisa y su respiración era agitada después de aquel encuentro. Miró de un lado para el otro sin saber si había sido cierto o no. Pero tenía que serlo, tenía que haber sido cierto, su mente no podía haberle causado aquella mala pasada. Era ella, era Regina, estaba allí y parecía tranquila y feliz. Debía comprobarlo por sus propios medios. No podía esperar. Fue el impulso unido a la desesperación que se había concentrado en su interior por su marcha, lo que la hizo volver corriendo a la aldea, coger su caballo y simplemente marcharse camino del palacio de la reina malvada, como ya habría hecho tiempo atrás, sin decírselo a nadie. Tenía que llegar cuanto antes. Ese era el único pensamiento que se repetía en su cabeza. Era necesidad vital para ella llegar cuanto antes.
Regina se apareció en su palacio y avanzó de prisa con su hijo en brazos.
- Mamá ¿qué pasa? – preguntó el pequeño con su vocecita infantil. Hablaba ya perfectamente.
- Nada, mi amor, todo está bien.
- ¿Por qué nos vamos?
- Mamá tiene cosas que hacer, así que vas a quedarte con el abuelo ¿de acuerdo? – le decía con cariño mientras seguía avanzando hasta sus habitaciones.
- ¿Quién era esa? – Regina lo miró con los ojos bien abiertos. Tragó saliva y de repente sintió miedo. Emma estaba allí, era una realidad, estaba allí y eso podía suponer que todo se desmoronase para ella.
- Una mujer cariño, seguramente alguien de la aldea.
El niño pareció quedarse satisfecho y se lo entregó a su padre en cuanto llegó a dónde él estaba. Besó su frente y le prometió que pronto volvería y saldrían de nuevo a jugar. Henry ni si quiera lloró, era un niño muy bueno, listo y comprensivo, tenía demasiada suerte, pensó.
En aquella ocasión no podía dejar que se acercara al palacio así que se dio toda la prisa que pudo en tomar una decisión para interceptarla en el camino, a tan solo un día de distancia. El caballo de Emma se sobresaltó cuando se apareció delante de ellos. Consiguió controlarlo y después de observarla durante unos segundos se bajó de él y la enfrentó. Ella no había dicho nada. Por el contrario había permanecido en silencio controlando su respiración y poniendo su mejor pose de reina malvada. Se esforzó porque su mirada fuera oscura pero eso no pareció amedrantar a la princesa. Estaba asustada, desde luego, muy asustada. Pero tenía que hacer todo lo posible por proteger a su pequeño, no podía dejar que Emma descubriera que era hijo suyo y se lo arrebatara. Henry era su vida entera, lo mejor que le había pasado jamás. Notó cómo su mirada se paseaba por todo su cuerpo. Eso siempre la había intimidado. Se mantuvo firme.
- Veo que seguís igual que siempre, majestad. – Le dijo.
Eso no era cierto, pensó, Regina sabía que seguía luciendo igual de joven que siempre, pero desde su último encuentro, los años habían empezado de nuevo a correr sobre ella, parecía que Emma no había roto una maldición sino dos. Algo extraordinario digno de una salvadora.
- No puedo decir lo mismo de ti, querida. Pareces cansada. – Le respondió mirándola de arriba abajo despectivamente.
Y era cierto. Desde su encuentro en la laguna Emma no se había permitido ni comer ni descansar bien. Su aspecto era deprimente, incluso para alguien que no acostumbraba a cuidarlo.
- ¿Qué hacías en la laguna, Regina? ¿Quién era ese niño? – Le preguntó directamente sin andarse con rodeos. La morena enarcó una ceja. Siempre creyéndose con derechos sobre ella, pensó.
- Eso no es de tu incumbencia, y respecto a lo otro, solo salí a dar una vuelta.
- ¿Sigues paseando por la laguna? – Preguntó Emma sorprendida. Regina tragó saliva. No había dejado de acudir allí ni una sola semana. El lugar le recordaba a ella. Esa era la respuesta. En cambio no contestó. - ¿Qué hacías con ese niño? ¿Era de algún aldeano? ¿Le hiciste algún daño? ¿Dónde está?
Demasiadas preguntas que la herían. Siempre todo el mundo presuponía sobre ella, y estaba harta de eso. ¿Por qué su primer pensamiento tenía que ser que ese niño era robado o que fuera a hacerle daño?
- Ese niño es mi hijo. – Fue la ira lo que habló por ella y el arrepentimiento lo que la invadió en cuanto hubo hablado.
Emma abrió bien los ojos sorprendida. Incluso afectada, le pareció. Aunque ella estaba demasiado ocupada intentando controlar sus propias emociones como para prestar atención a eso. La rubia se quedó noqueada por unos segundos y ella se preparó para enfrentar lo que pudiera decir.
- ¿Tú hijo? – Le preguntó en estado de shock. La reina soltó una ligera carcajada.
- ¿Sorprendida, querida?
¿Sorprendida? ¡Claro que estaba sorprendida! ¿Regina tenía un hijo? No, más que sorprendida estaba dolida, le había dolido saber eso y le había dolido pensar que Regina hubiera rehecho su vida, que se hubiera permitido tener un hijo con cualquier otra persona que no fuera ella. Ella había soñado en algún tiempo con darle todo eso y más, y ella simplemente lo había despreciado sin más. La había anulado y la había despreciado. ¿Por qué? ¿Era acaso porque era una mujer? ¿Por qué era la hija de sus mayores enemigos? Se sentía mal, se sentía realmente mal.
- ¿Quién es el padre?
- Nadie que pueda preocuparte. - ¿Qué quería decir eso?, pensó Emma.
- ¿Qué quieres decir? No te andes con rodeos, te conozco Regina.
- ¿Sabes Emma? Me sorprende lo mezquina que eres – Regina hablaba con ironía, gesticulando al son de las palabras como la reina que era – Vuelves aquí después de tantos años porque de repente se te antoja, como la última vez, y haces una serie de preguntas idiotas a las que te crees con derecho a que yo responda. – río en voz alta - ¿Quién demonios te crees que eres para aparecer así en mis dominios y exigirme nada? – la amenazó. En realidad no le importaba en absoluto el comportamiento de la princesa y sabía que era ella la que tenía todo el derecho del mundo de reclamarle por lo que le había hecho y no al contrario. Aun así, era la única baza a la que podía jugar.
Y lo consiguió, sin duda. La rubia pensaba que en verdad tenía razón. De repente se sentía de nuevo cortada. Siempre había hecho eso con Regina, siempre había actuado así, como si tuviera derechos sobre ella porque fuera la heredera al trono del reino y ella tan solo una exiliada. Pero no era así. Regina era una persona, como todas las demás, y por más crueldad con la que la hubiera tratado, no tenía derecho a exigirle nada. Debía respetarla, como a una igual.
- Tienes razón. Me disculpo por eso. Tengo que reconocer que verte en la laguna con ese niño me alteró. Pero no volverá a repetirse. – Regina se cruzó de brazos. Emma tenía la capacidad de ser siempre tan escrupulosamente sincera...no daba pie a que surgieran conflictos, y eso lo hacía todo más difícil.
- Bien, ahora que lo hemos aclarado todo, vete de aquí. No quiero verte en mis dominios. – Optó ella también por ser sincera. Solo quería que se marchara para que pudiera continuar con su vida.
Emma sonrío un poquito. Siempre tan resueltamente cortante, pensó.
- Me iré, pero antes me gustaría hacerte unas preguntas. – Regina enarcó una ceja fastidiada – Verás, corren rumores de que la reina...malvada, ya sabes – le costó referirse a ella como tal y eso hizo que el cuerpo de Regina se removiera por dentro. ¿Por qué tenía que comportarse así? – está tramando algo gordo, un golpe de efecto, ya sabes, de los que traen grandes cambios y tienen graves consecuencias, todo el mundo tiene miedo, y se están movilizando. – Regina abrió bien los ojos sorprendida y divertida a la vez.
Emma pudo verla. No sabía de lo que le hablaba. Su súper-poder nunca fallaba. Bueno, aunque con ella ya le había fallado una vez.
- ¿Estás segura de que no sabes de qué te hablo?- tenía que asegurarse.
- ¿Tengo pinta de estar tramando algo? No he hecho nada en 26 años y no voy a hacerlo ahora. Mi hijo es toda mi prioridad en este momento. – No pudo evitar decir ofendida.
A Emma casi le molestaron aquellas palabras. A ella la había desechado pero a aquel niño, cuyo padre no sabía quién era, lo alzaba por encima de todas las cosas. Evidentemente, eran los celos y la rabia los que pensaban por ella.
- Tengo mi propia opinión con respecto a lo que has estado haciendo estos 26 años, aunque puede que te crea.
- ¿No me digas? ¿Y qué según tú, he estado haciendo?
- Fastidiando a gente como yo, por ejemplo. – Regina soltó una carcajada, esta vez sin poder evitarlo y no fingida.
- Fuiste tú la que me fastidió a mí, querida.
- No creo que fuera así. Sabías perfectamente que estaba loca por ti, Regina. Desde el primer momento en el que puse un pie en tu palacio. – Regina asintió con la cabeza escuchando atentamente. Tenía razón. Tenía razón en eso y en mucho más. No tenía sentido negar que no sabía de lo que hablaba. Lo sabía perfectamente. Aunque tampoco podía negar, a pesar de tratarse de Emma, que le sorprendió lo sincera y directa que había sido.
- ¿Y qué si así fuera? – No sabía por qué seguía hablando con ella, en realidad, debía de haberse marchado ya. – No veo en eso ningún mal general a tu reino.
- No a mi reino, pero si a mis padres. Ya sabes, daños colaterales. – la morena no dijo nada. – Tonta de mí, yo fui quién me dejé usar. – le dijo con rencor. A la reina le dolieron esas palabras y la forma en la que fueron pronunciadas.
- Bien, si ya lo has dicho todo...- hizo amago de darse la vuelta. No podía soportar más aquel tortuoso encuentro.
- Espera. – Emma la sujetó por el brazo. El solo contacto hizo que todas las alarmas se dispararan dentro de ambas. Aquello no era sano, para ninguna. ¿Qué necesidad había de alargar más la agonía que estaban sintiendo? – Ese niño... ¿quién es el padre?
- No es de tu incumbencia. – dijo bruscamente soltándose de su agarre.
Ninguna de las dos dijo nada y cuando Emma se dio cuenta de que la reina estaba a punto de hacer lo que siempre hacía, desaparecer, se apresuró a agarrarla por ambos brazos para evitar que lo hiciera.
- Esta vez no, su majestad. – Le dijo más cerca de lo que debiera de su cara. – Permítame escoltarla hasta su palacio.
Regina se había quedado más bloqueada por su cercanía que por sus palabras. Ni si quiera estaba molesta. Para ella no era divertido, era una tortura y quería que acabase de inmediato.
- ¿Te has vuelto loca? No pienso caminar un día entero cuando puedo aparecerme en un instante. – se recompuso - Gracias, princesa, pero no.
- No es una opción. Dejaras que te escolte o tendrás que llevarme contigo cuando hagas "puff". – No pensaba soltarla. Estaba harta de que siempre desapareciera delante de sus narices.
Barajó sus posibilidades. No pensaba aparecerse con ella en su palacio. Podría atacarla sin hacerle daño pero por alguna extraña razón aquello no entraba dentro de sus opciones. Así que no tuvo más remedio que aceptar su propuesta. Haría lo que fuera porque se marchara cuanto antes de allí.
- No pienso caminar y no pienso subir a ese caballo contigo. – le dijo de mala gana.
- Bien, tú subirás a ese caballo y yo caminaré.
- ¿Durante un día?
- Durante un día.
- Bien. – Y se movió para subir al caballo. Emma la miró ceñuda.
- Necesito tu palabra de que no harás "puff".
- Yo no hago "puff" y tienes mi palabra. Lo que sea con que desaparezcas de mi vista.
Emma caminó durante medio día sin que la reina dijera nada. Estaba en forma pero le estaba resultando más cansado de lo que había esperado. El poco descanso que había tenido en los días anteriores le estaba pasando factura.
- ¿Estás cansada? – Le preguntó, finalmente.
- ¿Estás cansada tú, princesa? – Le respondió a su espalda y pudo percibir la burla en la tonalidad de voz.
- No.
Caminaron durante tres horas más sin cruzar palabra. Regina observaba a Emma mientras avanzaba por debajo de ella. Sus brazos eran más fuertes y había crecido, mucho de hecho. Ya no era una jovencita, ahora era una mujer hecha y derecha. Y podía notar cómo su paso había aminorado. La contrariaba verla sufrir solo porque estaba llena de cabezonería absurda. Detuvo el caballo y descendió de él.
- ¿Por qué te detienes? – Preguntó Emma al notar el tirón.
- Descansaremos ahora. – sancionó sin mirarla.
- Creía que no estabas cansada y querías llegar cuanto antes.
- Yo no, pero tú sí. Y no me importa cuánto te hagas la dura conmigo, no pienso ser responsable de una muerte real cerca de mis dominios. Eso desataría una guerra civil y es lo último que deseo.
Regina se acomodó en el prado y soltó el caballo para que pastara a sus anchas y descansara. Emma asintió satisfecha y se sentó a su lado.
- Una guerra civil es lo último que el reino necesita en estos momentos. – Murmuró. Sus palabras consiguieron captar la atención de la reina.
- ¿A qué te refieres? – le preguntó intrigada. Por mucho que quisiera negarlo las conversaciones con Emma siempre le habían estimulado.
- Acabo de venir de Camelot, llevamos luchando un año contra los ogros allí – aquello sorprendió a Regina que se inquietó nada más imaginar a Emma luchando en una guerra – la guerra avanza y es imposible pararla. Muchos grupos de humanos se han unido a ellos y el rey Arturo no tiene suficientes aliados para hacerles frente. De momento hemos conseguido contenerlos, pero no estoy segura de lo que aguantarán. Necesitan hombres y alianzas para poder luchar.
- Mmm...- intentó visualizar al rey - el rey Arturo era capaz...un idiota que no veía más allá de sus narices, pero un buen rey. – Meditó recordando tiempos pasados.
- Lo es. Pero Camelot es un reino pequeño y aislado y la traición de Lancelot y la ejecución de Ginebra...muchos reinos no vieron con buenos ojos aquello.
- ¿Tú sí?
La princesa encogió sus hombros.
- Arturo fue traicionado por su mejor amigo y la persona que más amaba. Tal vez se volvió loco, tal vez cometió un error...pero aun así siguió siendo un buen gobernante y su reino siempre ha sido próspero. Los ogros encontraron el sitio idóneo por dónde penetrar. Como te he dicho, los reyes le quitaron su apoyo y deshicieron sus alianzas cuando pasó aquello. Cada día mueren más personas y las defensas cada vez están más débiles. Es cuestión de tiempo que el reino caiga y los ogros avancen. – Regina frunció el ceño.
- ¿Por qué tus padres no lo apoyan? – Emma sonrío irónicamente.
- Mis padres están demasiado obsesionados contigo y tus amenazas pasadas como para pasar página y darse cuenta de que sus mayores amenazas no vienen de ti si no de esa guerra.
- Oh...
- Es por eso que estoy aquí. Los reyes del reino están preocupados, piensan que estás tramando algo porque hace mucho que no has hecho nada...ya sabes...malo. – suspiró sonoramente - Me temo que los rumores no son ciertos...por mucho que desconfíe de ti, no me pareces una persona muy centrada en la labor de llevar a cabo una venganza. – Regina asintió.
- Supones bien. No es ese mi deseo ahora mismo. – La rubia sonrío un poquito.
- ¿Ahora mismo? – Regina también sonrío. Era increíble que Emma pudiera entenderla tan bien como para permitirse bromear con ella en algo así. Asintió satisfecha.
- ¿Qué vas a hacer entonces? Con...el asunto de la guerra.
Realmente ese era un tema que le preocupaba. No le gustaba la idea de que su hijo viviera en tiempos de guerra. Era demasiado pequeño y demasiado frágil como para vivir algo así. Y no es que ella contara con muchas amistades. De hecho, con ninguna. Estaba segura de que si una guerra comenzaba la primera afectada sería ella. Por unas u otras razones. Y no quería que eso sucediera. Haría cualquier cosa por su hijo. Incluso aliarse con la mismísima Blancanieves. Pensó para sí.
- Espero que cuando vuelva mis padres entren en razón y me permitan llevarme nuestras tropas a Camelot. – La reina frunció el ceño.
- ¿Vas a ir a la guerra?
- Es lo que debo hacer, sí. – Aquella idea no le gustaba nada a la morena. Asintió ligeramente aunque la oscuridad no se fue de sus ojos.
- ¿Y si no te creen? – Emma suspiró de nuevo.
- No lo sé...como te he dicho, es cuestión de tiempo que la guerra nos salpique.
Ambas se quedaron en silencio durante un buen rato. Finalmente, Regina meditó por unos instantes antes de hablar.
- ¿Puedo hacer algo para ayudar?
- ¿Cómo? – Aquellas palabras sorprendieron a las dos por igual.
Pero desde la órbita de la reina, ninguna de ellas quería una guerra. Lo cual las colocaba a ambas, irónicamente, en el mismo bando.
- Yo tampoco quiero una guerra. La seguridad de mi hijo es lo primero para mí. Y si eso pasara...bueno...estoy segura de que la primera afectada sería yo. – se volvió para mirarla a los ojos - Es muy pequeño, Emma. No quiero que le pase nada malo.
Emma la miró e incluso sintiendo celos por ese pequeño al que ni siquiera conocía, sabía que Regina era sincera. Tanto como para tragarse su orgullo, que sabía que tenía, su rencor y sus principios para protegerlo. Aquello la conmovió y consiguió ablandarla un poco. Aunque realmente no se estaba comportando como había imaginado en sus sueños una y otra vez. De repente, no había podido tratarla mal, a pesar de que eso era lo que había pensado hacer. Tratarla de igual forma en la que ella la trató años atrás. Pero ahora...solo era una madre intentando proteger a su hijo. Emma asintió.
- Bueno...lo ideal sería que mi madre y tú firmaseis una tregua, colaboraseis en la guerra de Camelot y firmaseis una alianza para proteger al reino en el caso de que la guerra llegara hasta aquí. Eso nos libraría de una guerra civil y reforzaría nuestras defensas. – Emma dijo aquello con tono irónico pero Regina la ignoró y asintió satisfecha.
- Estaría dispuesta a hacer algo así.
- ¿Cómo? – Aquel día definitivamente debía ser un sueño. Uno en el que la Regina que vivía en sus sueños se había hecho realidad.
- Ya me has oído. No pienso repetirlo.
- ¿Estarías dispuesta a firmar una alianza con Blancanieves? – La reina asintió. – Esto es increíble. De repente presiento que el mayor problema de este reino son mis padres y no la reina malvada como todo el mundo piensa.
Aquellas palabras hicieron sonreír a la morena. No había dejado de ser la muchacha expresiva, jovial e impulsiva que recordaba.
- Solo lo hago por...
- Por la seguridad de tu hijo, sí. Aun así me sigue pareciendo increíble que estés dispuesta a acceder a algo así. – Regina se encogió de hombros. En realidad no sabía qué decir. - ¿Me estás tomando el pelo? – le preguntó, de nuevo para asegurarse.
- No. – Espetó ofuscada. ¿Cuántas veces tendría que repetírselo? Definitivamente era una idiota.
- Lo siento. – se excusó con media sonrisa. Eso confirmó a Regina que seguía siendo la misma persona a la que había perseguido tiempo atrás. – Solo es...que me cuesta aceptarlo. Bien, puedo solucionar eso. Si me firmas una diligencia dirigida a mis padres con tu firma, podré probar delante de ellos y todo el consejo que tus intenciones son ciertas. Así quizás tengamos una oportunidad de que me crean. – Le dijo con entusiasmo. La reina sonrío.
- Puedo hacer eso.
- Aunque sería mucho mejor que me acompañaras tú misma...
- Ni lo sueñes. No pienso abandonar mi palacio.
- Es curioso, recuerdo que antes lo abandonabas a hurtadillas a menudo.
- Las cosas han cambiado.
- Ya veo. – Dijo Emma. Y por alguna razón su gesto se volvió triste.
Antes de que ninguna pudiera decir más nada al respecto ambas se pusieron en marcha de nuevo.
- ¿Sabes? Creo que podría dejar que nos aparecieras a las dos en tu palacio.
- Ni en tus mejores sueños, querida. No pisaras mi palacio.
- ¿Por qué no? – Se quejó Emma.
- Porque no y punto.
- ¿Y cómo diablos vas a entregarme la diligencia?
- Esperaras fuera mientras yo la redacto y uno de mis guardas te la entregará firmada de mi puño y letra.
- ¿En serio Regina?
- En serio, princesa. Y es su majestad para ti.
Bueno...¿qué os ha parecido? Se están comportando civilizadamente...
Os recuerdo que este fic tiene solo 10 capítulos, por lo que estamos justo en la mitad.
Saludos!
