Bueno aquí traigo el siguiente capítulo. Tengo que decir que a mi me parece muy bonito...y ya averiguareis por qué. Regina ha cometido errores pero tendrá que corregirlos...veremos...y Emma...pues ya veis que la pobre no puede resistirse...se le nubla la mente...veremos también...
Gracias por seguir y comentar.
Capítulo 6. Relaciones diplomáticas
Cuando salieron del bosque y vio a lo lejos el castillo suspiró aliviada. Regina río a su espalda pero no pudo verlo. Aquel esfuerzo había conseguido agotarla por completo. Cuando llegaron a las puertas los guardias las recibieron. La reina se bajó del caballo con majestuosidad y la miró divertida.
- Espera aquí, te aseguro que no tardaré mucho.
- ¿En serio vas a dejarme aquí?
- Sí. – Y se dio la vuelta para marcharse.
- ¡Regina! – consiguió de nuevo que se voltease para mirarla por encima del hombro. Ahora estaba en su terreno. Y se notaba. – Estoy cansada y no recuerdo la última vez que me llevé algo a la boca.
- Pues acampa, querida. Diré en las cocinas que te traigan algo de comer.
Emma apretó la mandíbula con fuerza. A veces despertaba tanta ira dentro de ella que simplemente la mataría. Aunque sabía que no sería capaz de eso. En realidad, preferiría gastar su frustración haciéndole el amor. Por mucho que se lo hubiera negado, así era.
No había conseguido olvidarla. Ahora estaba más que segura. Regina despertaba en ella mucho más que deseo y mucho más que pasión. Seguía siendo algo inalcanzable para ella y eso la frustraba y la tentaba. Se había jurado a sí misma que si alguna vez volvía a cruzársela en su camino la trataría de igual forma que ella la trató. Pero las cosas no eran tan simples. Todo lo que había pensado, todo lo que había imaginado hacer por años, todo se esfumó en el instante en que volvió a verla en aquel claro. Estaba más hermosa que como la recordaba. Su jovialidad y la forma en la que sonreía era algo nuevo que no había visto de ella. Y le había gustado. ¿Por qué no había podido ser así con ella? ¿Por qué tuvo que tratarla de esa forma?
Era algo complicado el pensamiento que tenía. Por un lado, intentaba convencerse a sí misma de que Regina no sentía nada por ella. Que solo la había usado como ella misma le había dicho tiempo atrás. Pero algo dentro de ella le decía que eso no podía ser. Le gritaba, más bien, que eso no podía ser. Ella había estado allí en el momento en que se habían besado. Había estado con ella mientras sus manos recorrían su cuerpo. Se estremeció nada más rememorarlo. Era imposible que lo que había experimentado fuese fingido. Y eso la confundía bastante y no la ayudaba nada. Porque por mucho que intentaba convencerse de que Regina jamás se fijaría en ella, lo cierto era que en su interior aún tenía viva la llama de la esperanza. De hecho, nunca había conseguido apagarla, y eso la mortificaba. Todo era demasiado confuso de nuevo y aquello solo conseguiría traerle sufrimiento, estaba segura. Pero ¿qué podía hacer? Debía concentrarse en solucionar aquel asunto de la guerra.
Si Regina estaba dispuesta a colaborar como le había dicho...aquello era...bueno, aquello era simplemente lo mejor que le podía pasar al reino. Aún no podía creerlo y estaba segura de que nadie lo haría. Pero lo único que le importaba en aquellos momentos es que las intenciones de la reina fueran sinceras. Después tendría tiempo de preocuparse por cómo se tomarían el asunto sus padres, y qué les parecía, aunque se temía saber la respuesta a ese problema. De igual manera tendría que tomar las cosas por partes, y en aquel momento el mayor de sus problemas eran su agotamiento y sus tripas.
Comenzó a alejarse de los guardias que la vigilaban en la puerta y a caminar en círculos para matar el tiempo. En una de esas vueltas vio a un hombre mayor salir de palacio con un niño en brazos. Se paró y lo observó mejor. Juraría que lo había visto antes pero no estaba segura. Y el niño...el niño debía ser el hijo de Regina. Tragó saliva y comenzó a acercarse a ellos. El hombre le sonreía cariñosamente sin quitarle la vista de encima y el niño parecía divertido observándola también.
- Hola. – Saludó cuando se encontró con ellos.
- Princesa. – El anciano hizo una reverencia y el niño soltó unas palmaditas y enseño sus dientes. Algo que la hizo sonreír por inercia.
- Este debe ser el joven príncipe. – Dijo con voz tonta dirigiéndose al niño. - ¿Cómo os llamáis?
- Su nombre es Henry, mi señora. – Contestó el orgulloso abuelo en su lugar. – Y creo que está contento de veros. No acostumbra a ver a mucha gente. – comentó.
- Oh, pues a mí también me alegra conocerlo. – Le respondió y acercó una de sus manos torpemente hasta el niño para acariciar su mejilla. Éste hizo una mueca. No pareció gustarle aquel gesto y agitó su mano en señal de desacuerdo. – Wow...creo que eso no le ha gustado. – se dirigió al hombre avergonzada - Tiene el mismo carácter que su madre. – Se le escapó y el anciano no pudo hacer otra cosa que sonreír. En realidad, tenía razón, nadie podría negar que era hijo de su hija.
- La reina me ha pedido que te traiga algo de comida pero creo que es mucho mejor que entres y descanses un poco.
De repente los ojos de Emma comenzaron a brillar y sintió deseos de abrazar a aquel hombre. Sabía que eso no iba a agradarle a Regina pero francamente le daba igual. Aun recordaba lo esponjosas que eran las camas en aquel palacio. Ambos comenzaron a caminar uno al lado del otro.
- La reina me ha contado lo de ese acuerdo, y debo decir que no hay nada que pueda alegrarme más que eso llegara a producirse. – Emma asintió satisfecha.
- A mí también me alegraría muchísimo. Creo que es lo mejor que podría pasarle al reino.
- ¿Es cierto que la guerra en Camelot está fuera de control? – se interesó preocupado. El niño se entretenía mirando a un lado y a otro a través de los pasillos. Parecía ignorarlos.
- Sí, es cierto. Me temo que si no hacemos algo pronto podría extenderse hasta este reino. Los ogros son poderosos, y creo que haríamos mal en subestimarlos.
- Créame cuando le digo, princesa, que los ogros son un enemigo muy peligroso para todos nosotros. Me vi obligado a participar en las guerras que consiguieron expulsarlos de este reino, y aunque muchos se confiaron, sé lo mucho que nos costó vencerlos, y sabía que la calma solo era momentánea. Solo hasta que consiguieran recomponerse.
Llegaron a las cocinas en donde habían preparado la mesa para la princesa.
- Mmm...huele genial. – Se sentó de inmediato entusiasmada ante el gran plato de puchero que tenía delante de ella. Su estómago rugió impaciente.
- Comida. – La vocecita del niño la sacó de su trance.
Lo siento, majestad, Henry adora la comida por encima de todas las cosas. Incluso si ya ha comido. – Le dijo su abuelo al niño expresivamente pero eso no consiguió que dejara de mirar el plato de Emma y que siguiera abriendo y cerrando su pequeña manita. La rubia sonrío enternecida. Podía entenderlo, a ella también le gustaba la comida.
- ¿Tiene suficientes dientes como para comer carne?
- Eso me temo. Fue un niño precoz en ese sentido, a los tres meses ya comenzó a salirle el primero. – Emma sonrío.
- ¿Henry quieres venir conmigo y probar esto? – Se dirigió al niño con una sonrisa. – Tiene buena pinta. – lo tentó.
- El niño soltó un chillido y alzó sus brazos hacia ella. Era buena señal, la idea le había gustado.
Emma se levantó y lo cogió de los brazos de su abuelo.
- Lo siento, majestad. – Dijo apenado el hombre.
- Oh no se preocupe, me cae bien. – Le comentó con jovialidad mientras se sentaba de nuevo a la mesa. – Puedes llamarme Emma.
- Emma. – Repitió el niño y todos allí sonrieron. – Emma – Volvió a repetir.
- Sí, yo soy Emma y tú Henry.
- ¡Emma! – Repetía divertido.
En esas estaban cuando el ruido de unos tacones irrumpió en las cocinas.
- ¿Qué está pasando aquí?
Regina no lo podía creer, traicionada por su propio padre. Desde luego había hecho bien en no contarle la verdad a nadie. Estaba tan enfadada que ni siquiera oyó los gritos entusiastas de su hijo cuando avanzaba por el pasillo. Por eso cuando asomó por la puerta se quedó un poco parada al verlo en brazos de Emma y a ambos riendo animadamente.
- ¿Papá? ¿Qué significa esto? – Dijo ofuscada dirigiéndose a su padre pero no se movió de su sitio.
- Mamá. – La llamó el niño pero ella no se volteó a mirarlo.
- ¿Papá? – Preguntó Emma en voz alta sorprendida por aquel descubrimiento. ¿Aquel hombre era el padre de Regina?
La morena puso los ojos en blanco y avanzó hasta ella para coger a su hijo mientras su padre se disculpaba bajo la atenta mirada de la rubia. El niño la abrazó de inmediato y se sintió segura cuando volvió a sentirlo en sus brazos. Emma la observaba sorprendida y creyó saber por qué. Miró a su padre y suspiró. El hombre entendió aquella mirada y se retiró discretamente.
- Creí haberte dicho que te quedases fuera.
- Lo siento, tenía hambre y...estaba exhausta y...ese hombre me invitó a entrar...bueno, ese hombre que resulta ser tu padre...- se trababa con sus propias palabras. Realmente no se esperaba descubrir aquello.
- Emma. – Le dijo su hijo sonriendo señalando a la rubia.
Abrió bien los ojos para mirarlo. Su corazón dio un vuelco en ese mismo instante y comenzó a ponerse nerviosa. Emma sonreía orgullosa por la inteligencia de aquel niño. La morena carraspeó cuando consiguió reaccionar.
- Sí, Emma cariño. – Su voz era suave cuando le hablaba a él. Eso le gustaba a Emma. – Es una princesa y tiene que marcharse ya.
- Emma es una princesa como Henry. – Dijo. Y eran las primeras grandes palabras que Emma escuchaba de él. Se sorprendió por la solvencia con la que pronunciaba.- Tiene hambre. – la señaló. Regina tragó saliva.
- Lo sé cariño, por eso le he servido la comida. Pero después debe marcharse.
- Henry también tiene hambre. – Emma enarcó una ceja divertida, expectante más bien, por ver cómo se las veía con su hijo la reina.
- Es "Yo también tengo hambre", cariño. – Lo corrigió. – Y no es correcto que molestes a Emma mientras come. Vamos, despídete de ella.
-¡No! – Se quejó el pequeño y Regina tragó saliva. Henry era un chico muy bueno, pero cuando se enfadaba...cuando se enfadaba podía ser realmente cabezota hasta que conseguía lo que quería.
- No me importa que coma conmigo. – Intervino Emma.
- Ese no es el punto. Él ya ha comido. – Dijo más para su hijo que para ella – y no comerá más hasta esta noche.
- ¡No! ¡Tengo hambre! – Se quejó de nuevo y apretó los ojos para intentar llorar.
Miró a Emma con ojitos de cordero degollado y la rubia no pudo evitar sentirse coaccionada. Miró de nuevo a Regina a la que no le quedó más remedio que claudicar. Sabía que su hijo armaría un gran estruendo si no se lo permitía. Y eso era lo último que quería en aquellos momentos. Se lo entregó de nuevo a Emma y enseguida se abrazó a ella. Un escalofrío recorrió su cuerpo al presenciar aquella escena. Todo era demasiado extraño y ella se sentía demasiado nerviosa como para poder asimilarlo. Tal vez aquella no era la palabra. Tal vez se sintiera mal. Tal vez tenía un nudo en el estómago desde que había visto a Emma con Henry en sus brazos. Ella era su madre tanto como ella. Y se sentía tremendamente mal por haberla privado de aquel derecho, por haber privado a su propio hijo de una de sus madres. Pero tenía miedo. Tenía demasiado miedo a perderlo. Henry era todo lo que tenía. Lo era todo para ella y no había nada que amase más en aquel mundo.
Si Emma descubría que era hijo suyo...no quería ni imaginar lo que le haría. Se retiró de la mesa para mantenerse en un segundo plano. Aunque no les quitó un ojo de encima. Emma la miraba de vez en cuando buscando que fuera cómplice de ella en algunos momentos. Aunque no se dio por aludida. Dejó que se defendiera sola. Era torpe y se notaba que no había interactuado con muchos bebés. Pero aun así, Henry parecía adorarla y aquello era algo que le producía un profundo malestar. Pesar más bien. Le dolía tener que presenciar aquello. Aunque sabía bien que era algo que ella misma se había buscado. No podía culpar a nadie más.
Había sido difícil quitarse a Henry de encima. No podía negarlo, aquel niño era adorable, a diferencia de su madre, que había estado observándolos de mala gana toda la tarde. Aquella mujer era una insensible, no sabía cómo Henry podía adorarla tanto. Aunque también lo entendía en aquel aspecto, ella tampoco podía resistirse por muy malhumorada que fuera. Incluso le gustaba aquella parte de reina malvada. Le parecía sexy porque sabía que solo era una fachada. Estaba convencida de que detrás de ella había mucho más. Puede que tiempo atrás lo hubiese dudado. Pero no después de ver cómo y en qué forma trataba a su hijo. Eso no era propio de una reina malvada. Si no de una mujer entregada totalmente al amor y al cuidado de una criatura. Verla en aquella tesitura hacía que su corazón se resintiese aún más si cabía.
- He mandado preparar una de las habitaciones de huéspedes. Puedes quedarte ahí y partir mañana temprano. – Emma se volteó nada más escucharla.
- ¿Henry ya está dormido? – Preguntó como si fuera lo más natural del mundo.
Realmente se había encariñado con aquel pequeño. A Regina pareció cogerle por sorpresa aquella pregunta, a juzgar por la descomposición de su cara. Aunque se recompuso con facilidad. Siempre lo hacía.
- Así es y mañana partirás temprano antes de que él despierte. – Eso era una orden. Una orden cruel que no entendía.
- ¿No puedo despedirme?
- Es un niño y mañana cuando despierte ya se habrá olvidado de ti. Para él solo eres como un juguete. – El corazón de la reina se estremeció cuando dijo aquello. No sabía por qué se estaba comportando así, solo que no podía claudicar.
- Eso no es cierto, ha dicho que esperaba verme mañana cuando despertase. – Su voz de reproche era infantil. Parecía tomarse sus palabras a broma. La reina puso los ojos en blanco y suspiró acercándose a ella que permanecía delante de la chimenea de la sala.
- Solo es un niño, Emma y tienes cosas más importantes que hacer mañana. – Suavizó su tono.
- Sí, pero...
- No quiero que vuelvas a acercarte a él. – Sus nervios la traicionaron y acabó por hablarle de forma cortante. Realmente todo aquello la alteraba.
Emma se quedó un poco sorprendida por aquella reacción. Ella no quería hacerle nada malo al niño y sintió como si Regina quisiera protegerlo de ella.
- No tengo intención de hacerle nada malo a tu hijo, yo solo...
- Me da igual cuáles sean tus intenciones. No volverás a acercarte a él y punto. Mañana te marcharás temprano y te olvidaras de nosotros. No quiero que esto salga de aquí.
- ¿Cómo?
- Nadie lo sabe. Si se enterasen muchos de los que quieren hacerme daño vendrían a buscarme y encontrarían en Henry el medio más fácil de hacerlo. Todo el mundo me odia, no puedo permitir que nada le pase. – Su voz sonó desesperada. Sus palabras eran sinceras. Era lo que pensaba. Ese era otro de los motivos por los que se había empeñado en mantenerlo en secreto.
- Hey, hey, tranquila...- Emma alzó sus manos para tocarla pero la morena se retiró un poco para impedirlo. La rubia se dio cuenta de su incomodidad y de la cercanía que había propiciado y las bajó de nuevo. – Lo siento, yo solo quería...- comenzó con torpeza pero pensó que en realidad no valía la pena. – Nadie va a hacerle daño a tu hijo, puedes estar tranquila. – Eso fue una promesa.
- Me quedaría más tranquila si fueras capaz de guardarlo en secreto.
- Es lo que haré si así lo deseas. Pero te aseguro que nada malo va a pasarle. – Emma fue firme y cuando Regina la miró a los ojos quiso creerla.
Quiso creer que nada malo le pasaría a Henry porque ella le ayudaría a protegerlo. Quiso creer que ella lo protegería. Quiso creer que ella tomaría esa responsabilidad. Aunque aquello solo fuese un sueño momentáneo. Para Emma Henry no era nada. Se olvidaría de él en cuanto saliese por las puertas de su palacio y todo seguiría igual que siempre. Seguirían solos como lo habían estado todos aquellos años. Dentro de su burbuja. No era que le molestase, era lo que había querido. Sin embargo, la presencia de Emma estaba haciendo que se cuestionase muchas de sus decisiones pasadas. Todo lo que había pasado había conseguido confundirla. Demasiadas emociones para las que no estaba preparada. Sí, era solo eso, debía estar confundida porque todo había pasado demasiado rápido. No se había preparado para ello. Se convenció a sí misma.
- Es tarde, deberíamos retirarnos.
- Eh, claro. – Emma se había quedado mirándola fijamente y eso la incomodaba.
- Buenas noches. – Le dijo y de inmediato dejó la sala.
- Buenas noches, Regina. – Susurró la rubia sin que la reina llegara a enterarse.
Se marchó bien temprano a la mañana siguiente como había prometido. El padre de Regina fue quien la despidió. Le pidió al hombre que le dijera a la reina que volvería lo antes posible con las nuevas noticias y se marchó sin más. Tenía un largo camino por delante hasta llegar a la aldea.
Se sorprendió un poco al ver cómo todo el mundo se agolpó alrededor de su caballo nada más verla aparecer. Descendió preocupada y pronto una sofocada Mérida la abrazó por el cuello. Ella se quejó un poco, la suavidad nunca había sido el punto fuerte de la pelirroja.
- ¿Qué ha pasado? ¿Dónde has estado? ¿Te han secuestrado? ¿Estás bien? ¿Te ha hecho algo malo? – Mulán apareció tras ella también con cara de preocupación. Aunque sus fracciones se relajaron cuando la vio sana y salva.
- Hey, tranquila. Solo estuve dando un paseo y ejerciendo como embajadora diplomática. – dijo orgullosa, dirigiéndose a la pelirroja pero con la intención de tranquilizarlos a todos.
- ¿Entonces estás bien? ¿Nadie te ha hecho daño? – Negó divertida y llevó a ambas aparte para poder compartir con ellas las buenas nuevas.
Se mostraron satisfechas, como había esperado. Sabía que si ella confiaba en Regina ellas lo harían también sin cuestionarla. El mayor de sus problemas estaba aún por llegar, esa había sido la parte más sencilla en realidad.
Partieron de la aldea a la mañana siguiente bien temprano y no podía negar que en aquella ocasión el camino se le hizo aún más largo que la última vez. Pensó en Regina a menudo y en lo fácil que era para ella moverse de un lado a otro gracias a su magia. Por un momento deseó tener magia también.
Su cuerpo se relajó considerablemente al ver el palacio de sus padres a lo lejos. Fueron de inmediato recibidas y ambos la abrazaron con alegría al verla y comprobar que nada le había sucedido. Les pidió a sus amigas que la dejaran sola con sus padres para que pudieran hablar en privado. Cerró la puerta nada más se marcharon y suspiró profundamente para intentar relajarse ante lo que tenía que decir.
Soltó de un tirón la conversación que había tenido con Regina bajo la horrorizada mirada de ambos.
- Aquí está la diligencia. – Les mostró la carta que Regina había firmado. Su padre suspiró y se tapó los ojos al ver que lo que había contado era cierto. Tuvo que sentarse para recomponerse. Su madre, sin embargo, tenía los ojos bien abiertos como si no pudiera dar crédito ante lo que estaba diciendo.
- No puedo creer lo que estás diciendo, Emma. – Comenzó en tono acusativo. - ¿No te das cuenta? Solo se trata de una artimaña más de Regina para llevarnos al terreno que ella quiere. – Estaba histérica.
- Eso no es cierto. Regina tiene ahora razones de peso para colaborar en esta contienda que nos incumbe a todos. Y es mucho más consciente del verdadero peligro que vosotros si no lográis entender que una alianza entre ambas reinas es lo que este reino necesita. – Blanca estaba horrorizada. Su cara había cogido cierto color.
- ¿De qué hablas? ¿Qué razones son esas? – Por supuesto que no pasaría por alto aquel punto.
- Ese no es el caso, madre. Lo importante aquí es que Regina está dispuesta a colaborar con este reino y esta es la prueba de ello. – Volvió a restregarle la carta en su cara. Su padre alargó la mano en silencio y ella se la dio para que pudiera leerla.
- No puedo creer lo que estoy oyendo... ¿Charming puedes creerlo? – su padre leía atentamente la diligencia. Su ceño estaba fruncido. – Di algo, por favor. – Le pidió Blanca.
El rey suspiró cuando acabó de leer. Miró a su esposa y después a su hija.
- ¿Y bien? – Le insistió Blanca. - ¿No piensas decir nada? – Emma la miró ceñuda. La forma que tenía de no escuchar a nadie que no compartiera sus mismos pensamientos la sacaba de quicio. Esa era una de las razones por la que siempre se había sentido anulada y frustrada.
- Lo que Regina escribe es razonable, Blanca. – Le dijo con serenidad.
- ¿Cómo? No puedo creerlo. – Se movió histérica por la sala del consejo. – Esto es increíble. – Murmuraba.
- Blanca, tiene un hijo. – Aquello sorprendió a madre e hija por igual. La primera abrió bien los ojos y la segunda se volteó noqueada.
- ¿Regina tiene un hijo? - ¿Cómo era posible? ¡Si ella misma le había pedido que le guardara el secreto! Pensó ofuscada. Había cometido el error de no leer la diligencia pero de repente sentía deseos de hacerlo. Su padre asintió con cara de circunstancias a la pregunta de su madre y ella arrancó la carta de sus manos para poder leerla. – No puedo creerlo...- comenzó a leer - esto es increíble...- comentó mientras avanzaba - ... inconcebible... – su tono era de histeria total - ¿pero qué se ha pensado que tiene el derecho de ningunearnos? – Dijo alterada cuando terminó.
- Blanca...- su padre sonaba diplomático, estaba claro que no pensaba lo mismo que ella. Esa podía ser una baza que podría usar a su favor. – Regina siempre ha sido irónica y desde hace años estamos enfrentados. Es normal que no sea simpática en esa carta. Pero lo que dice es razonable. Y sea cual sea el motivo por el que está dispuesta a claudicar lo importante es que está siendo sensata. Debemos al menos considerar su propuesta. – Emma frunció el ceño. Ella no hubiera dicho lo mismo. Aunque le valía.
- Esto es absurdo, yo misma le hablé de la guerra contra los ogros que se estaba librando en Camelot. Yo misma la alerté de lo que pasaría si no tomábamos medidas al respecto. Y ella me creyó. –espetó – aceptó tragarse años de rencor y su propio orgullo por el bien de todos nosotros. ¿Por qué vosotros no podéis hacer lo mismo?
- Esto es increíble. – Volvió a repetir Blancanieves. - ¿Acaso te ha hechizado con algún tipo de conjuro? – de repente la escrutó de arriba abajo.
- ¿Cómo puedes decir eso? Regina no es lo importante aquí. No es la amenaza aquí. El reino es lo importante, salvarnos a todos es lo importante. – Dijo cabreada en un tono más elevado que el que solía usar.
- No puedo creer que mi propia hija se ponga en mi contra. ¿Ya has olvidado todo el daño que nos hizo?
- ¡Eso es parte del pasado! – explotó. - ¡Un pasado que ya ha quedado atrás y que te empeñas en arrastrar cada día! No te das cuenta que hay cosas más importantes que ese miedo irracional que tienes hacia Regina.
- Yo no le tengo miedo. Tengo miedo por vosotros. Por ti. Por mi familia.
- Ella ya no quiere destruirnos madre.
- Ella nos amenazó a todos.
- ¡Eso fue hace muchos años y jamás ha hecho nada en contra nuestra!
- ¡Pero lo hará en cuanto tenga oportunidad!
- ¡Es que no te das cuenta, madre! ¡Toda tu vida se ha basado en eso! Puede que Regina tenga su parte de culpa en todo lo que nos ha pasado pero tú también la tienes. ¡Te has pasado la vida intentando sobreprotegerme de algo que ya no existía! Siempre ignoraste mis deseos porque estabas convencida de que lo que tú pensabas era lo mejor para mí. ¡Pero no fue así, madre! Toda mi vida he sido desgraciada. Siempre me he sentido en una prisión y en este punto sinceramente no veo en qué dicta mi vida de la de la propia Regina. Incluso puedo sentirme identificada con ella. – Las fracciones de su cara mostraban dolor y sus ojos estaban brillantes.
Ninguno de sus dos progenitores podía dar crédito a lo que estaban escuchando. Ambos la miraban con la boca entreabierta. Hubo un silencio prolongado en el que nadie dijo nada hasta que ella volvió a romperlo.
- Esto no es sobre nosotros. Si no lo hacéis por mí hacedlo por vuestro reino. Os aseguro que si no lo hacéis todos pagaremos las consecuencias. He visto la guerra con mis propios ojos, sé de lo que hablo. – Sancionó ahora intentando recobrar el control.
Ambos se habían quedado sin palabras, pero su padre era el que más apenado se mostraba por lo que acababa de revelar. Se relamió los labios como hacía siempre que reflexionaba y se levantó para mirarla con decisión.
- Siento si alguna vez te hemos hecho sentirte de esa forma, Emma. No puedo hacer nada para corregir nuestros errores pero créeme cuando te digo que te considero la persona más capaz que pisa este reino. Confío en tu palabra y creo en ti. Puede que me cueste un poco aceptar que esto es lo mejor que podemos hacer pero se hará como tú digas. – Blanca lo miró con la boca abierta pero no dijo nada. – Escribiré una carta a Regina para comunicarle que estamos de acuerdo con esa alianza y fijaremos una fecha para la firma de un tratado antes de que sea demasiado tarde.
Su cuerpo se relajó un poco. No se sentía mejor que antes de decir todo aquello pero al menos había conseguido algo bueno. Asintió y su padre posó una de sus manos con cariño sobre su hombro. Miró a su mujer rogando para que reaccionara y ésta asintió avergonzada. No dijo nada pero para Emma fue suficiente. Aquello era más de lo que habría esperado.
Los dejó solos de inmediato en cuanto su padre hubo redactado la carta. Era evidente que necesitaban tener una conversación sobre lo que había pasado. Y ella necesitaba relajarse. Cerró la puerta de sus habitaciones y enseguida se dirigió hacia el baño. El agua estaba preparada. Se deshizo de sus ropas con cansancio y se metió dentro. Le gustaba bañarse desnuda. Veía absurdo tener que usar camisón para hacerlo. Sus músculos se relajaron en seguida y con la relajación de su cuerpo vino también la de su mente. Había sido duro pero lo había conseguido. Y se sentía satisfecha por ello. Debía volver de inmediato al palacio de Regina para comunicarle las nuevas noticias. Suspiró al pensar en ello. Quería hacerlo con todas sus fuerzas pero los largos viajes la habían dejado demasiado cansada. El solo hecho de pensar que al día siguiente debía partir de nuevo la incomodaba. Si tan solo pudiera cerrar los ojos y aparecerse al lado de Regina...
Bueno...¿impresiones? Lo sé...lo sé...Regina es un poco cruel...pero tiene sus razones ¿no?
Saludos!
