"Love Girl" y "Alexis" parece que vuestras suposiciones pueden hacerse realidad jaja...esa frase...Y hay por ahí algunos comentarios más que acertaron en lo que pueda pasar en un futuro próximo...veremos...
Aquí dejo el capítulo 7...esto se acerca al final...que no será precipitado (creo, vosotros juzgaréis)...los capítulos son largos...en la línea de los demás...
Espero que disfrutéis de este capítulo... ;)
Gracias por seguir y comentar.
Capítulo 7. Esa extraña sensación
Si tan solo pudiera cerrar los ojos y aparecerse al lado de Regina...
La reina se sobresaltó al escuchar el ruido en el interior de su habitación. Dejó el balcón y se apresuró a entrar para ver quién estaba ahí. Su corazón dio un vuelco al encontrarse con Emma totalmente desnuda y mojada en medio de la estancia.
- ¿Qué demonios haces aquí? – No pudo evitar cabrearse. Fue lo único que pudo hacer para distraerse de la situación que se le había presentado.
La rubia hizo un intento por taparse pero era inútil. Estaba asustada y desubicada y su cuerpo temblaba. Regina movió su mano y apareció una manta a sus pies.
- Cúbrete. – Imaginaba que aquello no había sido algo casual o voluntario.
- Re... Regina yo...lo siento no sé...no sé qué...- miró a su alrededor y la miró a ella como si aún no pudiera creerse en donde estaba. Regina la observó con atención. - ...estaba...yo estaba...y... – gesticulaba torpemente mientras intentaba darle alguna explicación a dónde se encontraba de repente.
- ¿Dónde estabas? – Intentó ayudarla porque creía saber lo que había pasado. Por mucho que le molestase aquella intromisión no podía desaparecerla sin más.
- En...en mi habitación, estaba dándome un baño y de...de repente...- Si las cosas se hubieran dado de otra forma, puede que le hubiera divertido ver a la rubia tan perturbada por haber dejado salir por fin su magia.
- ¿En qué estabas pensando?
- ¿Cómo? – la rubia la miró y se sonrojó. Ella suspiró. No sabía si quería saber esa respuesta.
- ¿En qué estabas pensando cuando pasó esto? – La señaló.
- Estaba...pensaba en lo bueno que sería cerrar los ojos y aparecer a tu lado... – el cuerpo de Regina se estremeció – pensaba...yo...hablé con mis padres, ellos aceptaron el traro y pensaba en partir al día siguiente pero me sentía demasiado cansada y...- se apresuró en explicarse.
- Suficiente. - Sus palabras la decepcionaron un poco.
Se armó de paciencia y se sentó en el borde de su cama sin mirarla. Suspiró.
- Verás Emma es muy sencillo...deseaste aparecer a mi lado y tu magia te trajo aquí. Así de simple.
- ¿Magia? Yo no tengo magia. – Le dijo conmocionada aún sin moverse del sitio.
- Sí que la tienes, puedo sentirla en tu interior. – Y además había comprobado que así era. Pero eso no se lo diría. – Eres producto del amor verdadero, la magia es sumamente poderosa en ti.
- Pero yo...yo no tengo magia...
- Puede que no se haya manifestado hasta ahora, Emma. Pero la tienes. Está dentro de ti. – La rubia no sabía qué decir ni qué hacer. - Será mejor que te pongas algo seco si no quieres enfermar. El sur en esta época es mucho más frío que el norte. – La miró pero Emma no reaccionó. - ¡Vamos muévete! No quiero tenerte más tiempo desnuda en mi habitación. – Le regañó, y Emma por fin reaccionó avergonzada.
Se metió en el baño de Regina, el cual ya conocía. Nada había cambiado. Se quedó asomada por la puerta.
- No tengo nada que ponerme, ¿podrías prestarme algo? – le preguntó con timidez.
Regina suspiró ofuscada y se levantó hasta su armario. Cogió uno de sus camisones de seda y se lo lanzó. Ni si quiera se le pasó por la cabeza la genial idea de hacer aparecer algo de ropa para ella. Hubiera sido más fácil y más sano para ambas, de aquello no había duda. Desde el nacimiento de Henry, ella había dejado de usar magia de una forma considerable. Por lo general, se había acostumbrado a hacer ciertas cosas sin ella, como si no la tuviera.
No se dio cuenta de su error hasta que la rubia salió del baño cubriendo su cuerpo torpemente. Abrió bien los ojos cuando se dio cuenta que sus camisones eran medio transparentes por lo que el cuerpo de Emma podía percibirse perfectamente a través de la fina seda.
- Oh...ten ponte esto. – Reaccionó de inmediato pasándole avergonzada una de las mantas que tenía encima de su cama.
Las mejillas de Emma también estaban rojas, aunque intentaba mantener la calma por todos los medios.
- ¿Duermes con esto? – La reina se avergonzó aún más.
Eso formaba parte de su intimidad más absoluta y el hecho de compartirla con Emma con tanta familiaridad la incomodaba. Sobre todo por todos los pensamientos que se agolpaban en su mente.
- Sí. – Aun así no podía negar la obviedad.
- Oh...- Emma pereció sorprendida. Le gustaba provocar ese efecto en ella. Un efecto que creía desaparecido hasta aquel mismo instante.
- Supongo que no has traído la carta contigo. – Decidió cambiar de tema, el aire se estaba volviendo demasiado cortante entre ellas.
- ¿Qué carta? – Emma estaba despistada. Puso los ojos en blanco pero antes de que tuviera que repetirlo reaccionó...- Oh...sí...lo siento, la olvidé. Estaba dándome un baño...aunque quizá pueda repetirlo...- cerró los ojos con fuerza pero no ocurrió nada. Regina la miró divertida.
- ¿Crees que por apretar más conseguirás algo?
- ¿Cómo funciona?
- La magia es emoción, Emma. Debes aprender a canalizar tus emociones, concentrarte en lo que quieres, visualizarlo, desearlo, y entonces saldrá...
Emma la escuchó atentamente. ¿Cómo podría hacer eso? Lo único que ella deseaba era a Regina.
La reina se sobresaltó al ser desaparecida y aparecida de nuevo en el interior de su cama desnuda y con Emma encima.
- Oh...lo siento...yo...- la rubia no sabía dónde meterse.
Ella reaccionó de inmediato avergonzada y cabreada y la empujó con fuerza para que se quitara de encima. Emma estaba en camisón y salió inmediato de aquellas sábanas. Aprovechó para taparse y recomponerse aún sin poder creerlo.
- Esto es el colmo. – Espetó. Y pensó que el hecho de que Emma desarrollase su magia podía ser peligroso para ella. Aunque no podía mentirse, no se sentía desagradada con respecto a lo que, estaba descubriendo, rondaba por la cabeza de la princesa.
- Lo siento Regina...te prometo que no es lo que crees...yo...oh...lo siento mucho...realmente lo siento...- estaba realmente alterada.
- Está bien, Emma, lo entiendo. – Su tono era molesto. – Pero será mejor que dejes de...desear cosas. – la señaló con la mirada. No sabía cómo llamar a aquel incidente. – Será mejor que nos relajemos y descansemos. Es tarde y...
- Sí, estoy de acuerdo, creo que será lo mejor. – La interrumpió la rubia apresuradamente. Ella asintió.
- No hay ninguna habitación de huéspedes preparada y todo el servicio estará durmiendo a estas horas. – Dijo con calma. La princesa asintió de nuevo. – Puedo hacer aparecer unas cobijas y podrás pasar aquí la noche. – La habitación estaba caliente y se sentía confortable y la idea la entusiasmó. Realmente no quería dormir en cualquier habitación inhóspita y fría. Le gustaba la de la reina. La prefería.
- No podrías, ya que estás, aparecerme una cama...- se entusiasmó. Regina la traspasó con la mirada y decidió que era mejor guardar silencio o acabaría por echarla del palacio.
Con un movimiento de mano hizo aparecer lo que le había prometido y se tumbó acurrucándose debajo de sus sábanas.
- Apaga las luces cuando acabes. - Le dijo con tono autoritario.
Emma puso los ojos en blanco y cuando acabó de construir la que sería su cama por aquella noche se paseó por toda la habitación apagando todas las luces del cuarto. La que estaba encendida en la mesita de Regina fue la última. Se acercó y en ese instante Regina abrió los ojos. Sus miradas se encontraron.
- Buenas noches. – Susurró.
- Buenas noches. – fue correspondida en un susurro similar.
Sonrío un poco. Sopló y todo quedó a oscuras.
Emma se quedó dormida en cuanto calló entre aquellas sábanas. No hubo tanta suerte para la reina, que no podía cerrar los ojos sin pensar en la rubia que tenía durmiendo a unos metros de ella. La madre de su hijo. Qué extraña historia, pensó. Frunció el ceño y recordó lo que la había llevado a buscarla. Deseaba un hijo. Un hijo para no estar más sola. Estaba totalmente convencida de lo que tenía que hacer pero cuando se encontró con ella todos sus planes cambiaron. No había pensado en el efecto que aquella mujer, hija de sus peores enemigos, podría tener en ella. Hacía mucho que había olvidado lo que se sentía al sentir algo diferente, algo bueno. Llevaba años siendo simplemente la reina malvada. Dejándose llevar por sus emociones más mezquinas y crueles y concienciándose de disfrutar con las maldades que hacía. ¿Disfrutaba cometiendo maldades? Ella creía que sí, pero simplemente no podía saberlo porque estaba vacía. No sentía nada. Hasta que la vio.
Al principio tuvo curiosidad y la observó durante algún tiempo. Nunca había tenido tanta paciencia con alguien. Simplemente podría haberla seducido o hechizado y la hubiera podido llevar a la cama sin ningún problema como a otros muchos. Pero por alguna extraña razón desde el principio le pareció diferente. No sabría explicarlo fue una sensación extraña. Y después de ahí...después de ahí nunca pudo tratarla como a los demás. Siempre la trató diferente. Aunque no era esa su intención así era como le salía. Pensaba una cosa y después hacía otra. Hasta que al final recordó para lo que la quería. Había sufrido después de dejar a Emma en aquel claro de la laguna. Había sufrido durante todos aquellos años en los que no había sabido nada de ella. Había sentido un vacío mucho más profundo que el que había sentido durante toda su vida. Y todo por Emma. Aquella chica que no le tenía miedo y que había cumplido su deseo de ser madre.
Después de aquello nunca pudo comportarse como siempre. Su odio se disolvió un poco pues su interés comenzó a centrarse en otras cosas como en que estaba embarazada o en los absurdos antojos que había tenido durante el embarazo. Y después, cuando nació el niño...el mundo dejó de existir para ella. Solo existían ellos dos. ¿Había sido feliz? No sabía lo que era la felicidad...pero sí sabía que aquella criatura se había ganado su corazón y se había convertido en toda su vida.
Aunque en algo si estaba equivocada. Henry llenó su vida de luz sí, pero no cubrió el vacío que tenía en su interior. Henry cubría una parte de sus carencias emocionales y la hacía olvidar tan a menudo como le sonreía. Pero al final del día, cuando se separaban para dormir...seguía estando vacía. Seguían faltándole cosas, seguía echando dolorosamente de menos a Emma.
Y ahora estaba allí otra vez. Había vuelto y no tenía ni idea de lo que tenía que hacer. Estaba asustada más que nada. Sobre todo por el hecho de que Emma descubriera que Henry era su hijo. Pero no solo por eso, sino por todas las sensaciones que se arremolinaban en su interior y que no la dejaban pensar con claridad ni respirar tranquila. Aunque una cosa era cierta, el vacío ya no se sentía tan profundo. Tener a Emma de nuevo cerca de ella la reconfortaba.
Apenas pudo dormir en toda la noche y eso hizo que a la mañana siguiente, al alba, sus ojos ya estuvieran bien abiertos. Se movió un poco temiendo hacer ruido. No quería despertar a Emma. Comprobó que estuviera dormida. No se movía, así que debía de estarlo. Aún estaba desnuda y eso era algo que debía solucionar antes de que la rubia despertase. Se levantó con cuidado de la cama y caminó por delante de las cobijas en las que estaba enredada hasta su armario. Fue rápida pero más lo fue la princesa.
Había dormido a pierna suelta durante toda la noche, para su sorpresa. Había descansado mejor que en meses. No entendía qué podían tener aquellas sábanas de Regina. Para ella era todo un misterio. Regina. Sintió cómo se movía en su cama y cerró los ojos. No sabía el porqué de esa reacción. Solo fue un impulso pero una vez cerrados no podía hacer como que se despertaba y ya, eso era mentir y ella no era tan buena actriz. Se daría cuenta.
Apreció cómo se levantaba y cómo se acercaba hasta ella. Abrió un poco los ojos cuando la sintió trastear y acabó abriéndolos por completo al ver el espectáculo que se ofrecía ante ellos. Sabía que estaba mal pero no pudo evitar recorrer su cuerpo desnudo. Solo había estado con ella una vez. Podía recordar la suavidad de su piel pero no recordaba su cuerpo y eso la frustraba. Verla desnuda justo delante de ella hizo que su temperatura subiera súbitamente. Sintió arder sus mejillas y se esforzó por no moverse. Sus deseos de alargar sus manos y tocarla eran frustrantes.
Vio cómo la morena cogía un camisón similar al suyo y se lo ponía rápidamente. "Qué buena idea, Regina"...pensó, como si eso la tapase mucho. Apenas podía controlar su respiración. Tenía que hacer un esfuerzo doble por aspirar y expirar el aire despacio pues necesitaba mucho más de lo que le sería necesario en una situación en la que su cuerpo estaba sereno. Se levantó con apremio antes de que se diera la vuelta y pudiera reaccionar y la abrazó por la espalda con fuerza pero a la vez con suavidad. Ambas se quedaron en silencio y sin moverse durante unos instantes, asimilando la sensación que les producía el contacto entre sus cuerpos.
Regina tragó saliva. Aquello era demasiado. ¿Por qué le hacía eso? Aquello le impedía pensar con claridad. La deseaba y esa era una realidad muy absoluta. Si la tentaba de aquella forma simplemente se dejaría llevar por sus instintos más elementales. Aquellos contra los que había estado luchando desde que la había vuelto a ver. No es que para ella fuera solo sexo. Solo que su cuerpo era mucho menos dócil que su raciocinio y estaba empeñado en dejarse llevar por las sensaciones sin siquiera cuestionarlas.
A Emma le pasaba algo parecido. Deseaba tomarla allí mismo contra aquel armario sin pensar en nada más. Era tan hermosa que sería un pecado no hacerle el amor en aquellos momentos. ¿Qué le importaba a ella todo lo demás? ¿Qué le importaba lo que hubiera pasado en el pasado entre ellas? Ambas estaban allí en aquel momento. Lejos de miradas indiscretas y de nadie que pudiera criticar sus actos. Solo eran dos personas en una misma habitación. ¿Podría sentir Regina el bombeó desesperado de su corazón? ¿Podría sentir esa sensación que le oprimía el pecho y no la dejaba respirar con tan solo pensar en ella? Era algo tan poderoso que simplemente era imposible que no lo sintiera.
Pudo sentir cómo el cuerpo que tenía entre sus brazos temblaba involuntariamente. Regina no se movía y eso la alentó a no separarse de ella. ¿Acaso la reina la deseaba tanto como ella lo hacía?
- Dime algo porque me resulta imposible poder resistirme a esto...- le susurró en su oído. Regina se estremeció y se movió inquieta. Para ella era nuevo que la rubia le hablase con tanta claridad. La recordaba más tímida y discreta. Le costaba controlar su respiración y eso lo hacía todo más difícil. No podía pensar. - ¿Sabes que fuiste la primera? – Prosiguió la princesa y eso la hizo reaccionar y voltearse. Todo estaba inflamado entre ellas pero consiguieron separarse. Solo un poco para poder mirarse a los ojos.
- ¿Cómo? – Emma percibió la confusión en los ojos de la morena y se intentó explicar. Lo había dicho sin pensar y no quería que la viera como a una idiota.
- Cuando estuve contigo...no había estado con nadie antes...- la cara de la reina se contrajo. Sus ojos la miraban como si no pudiera creerlo. Emma pudo ver en ellos una expresión de algo parecido al dolor y ella no quería eso. No lo había dicho con esa intención. – Bueno en realidad...- se rascó la cabeza – no sería adecuado decir que fuiste la primera porque tú no hiciste nada...pero bueno, ya sabes, sí la primera con la que compartí ese tipo de situación. – Intentó quitarle hierro al asunto.
Regina la miró y la miró sin decir nada. Sus cuerpos seguían muy cerca pero no se rozaban. El calor no había desaparecido sino que había aumentado. Emma no pudo soportarlo más y se acercó de nuevo a ella pero la morena evitó que lo hiciera poniendo una mano en su pecho. La miró de nuevo.
¿Era acaso eso posible? ¿Podía sentirse más culpable de lo que ya se sentía? No solo había engañado a Emma sino que la había tratado tremendamente mal. Ni siquiera se había preocupado por ella. No había tenido interés en saber nada más. Había dado por hecho que la rubia ya habría descubierto aquel mundo antes. Pero una vez más se equivocaba. La rabia y la culpabilidad la consumían por dentro. Pero no quería tenerle pena. No debía tenerle pena porque la princesa una vez más no se lo merecía. Entonces sintió deseos de darle todo lo que le había negado. Sintió deseos de enmendar sus errores ofreciéndole a la rubia algo más que palabras, algo más que caricias. Deseó ofrecerle su corazón y su cuerpo entero. Solo para ella. Solo era de ella. Solo tenía que dárselo, ya era suyo.
- Siempre he soñado contigo y siempre has sido inalcanzable para mí. Ya no me da vergüenza reconocerlo. – Le confesó entre susurros - Sé que debo ser menos de lo que ansías pero aun así no puedo sacarte de mi cabeza, no puedo sacarte de mis pensamientos. – Emma parecía haberse olvidado de todo el daño que le había hecho y allí estaba otra vez. Exponiéndose. Sincerándose. Olvidándose del peligro.
Eso la conmovió y se preguntó cómo podía alguien comportarse así con ella. Incluso después de todo.
Acarició su mejilla e indagó en sus ojos. Eran preciosos. Como un mar en calma. Se acercó a ella y la hizo retroceder con su brazo siempre de por medio. La rubia obedeció en silencio. Cuando estuvo a la altura de las cobijas la hizo sentarse sobre ellas y con suavidad y sin apartar sus ojos de los suyos se sentó encima.
Entonces dejó que Emma la abrazara y se acomodara a su cuerpo. Podía sentir su calor y eso la hacía vibrar. Ninguna dijo nada. Pudo sentir cómo las manos de la princesa acariciaban su espalda eminentemente sensible pues la seda que cubría sus cuerpos era tan fina que la diferencia entre eso y la desnudez era mínima. Incluso mucho más embriagadora. Acomodó sus brazos alrededor del cuello de la princesa y se amoldó aún más a su cuerpo. Ella aprovechó y deslizó sus caricias mucho más al sur de su espalda. Soltó un gemido cuando alcanzó su trasero y lo apretó. Su sexo se humedeció aún más si cabía al oírlo. Podía sentir la humedad. Incluso puede que ella también pudiera sentirla.
Unos pequeños golpes en la puerta de la habitación las sobresaltaron.
- Mamá...
Una vocecita se oyó al otro lado de la puerta y eso la hizo reaccionar de inmediato.
- Oh no...Henry.
Se levantó con apremió e intentó recomponerse.
- ¿Henry? – Preguntó la princesa con histeria y se levantó también mirando con miedo hacia la puerta.
- Tienes suerte de que aún no llegue al pomo de la puerta. Cúbrete. – le ordenó. En realidad ella también estaba histérica. Aquella pequeña intrusión la había descolocado. Por un momento no sabía dónde meterse.
Pero en ese momento el pomo se movió torpemente e instantes después la puerta se abrió.
- ¿No decías que no llegaba al pomo? – Le preguntó la rubia con los ojos desencajados haciendo amago de moverse hacia un lado y hacia el otro sin hacerlo. Al final acabó dando una vuelta sobre sí misma y se quedó quieta cuando el pequeño entró restregándose los ojos.
- ¿Mamá? – Regina ya se había movido hacia él.
- Henry, cariño.
Lo abrazó y le dio un beso en la frente. Cuando lo cogió en sus brazos el pequeño se percató de su presencia y tragó saliva.
- ¡Emma! – Dijo entusiasmado y su madre tuvo que soltarlo para que saliera corriendo y se abrazara a sus piernas.
- Oh... – Emma no supo cómo reaccionar y sonrío entre dientes mirando a Regina con cara de circunstancias.
La morena soltó el aire que guardaba y le sonrío cómplice para que lo disculpara.
- ¿Cuándo has llegado? ¿Has dormido con mamá?
- Eh... ¡no! ...no con tu madre, chico. Aquí en el suelo. – señaló el apaño.
- ¿Por qué? La cama de mamá es muy blandita...- Emma le sonrío un poquito, sonrojada y sin saber que decir.
- Ya sabes que nadie duerme en la cama de mamá, Henry. – Le dijo Regina con suavidad caminando de nuevo hacia ellos para quitárselo de encima.
- Yo sí que duermo.
- Solo tú y yo mi pequeño príncipe. – Le susurró descendiendo hasta su altura y dándole un beso en la frente.
El niño soltó una carcajada como si aquella fuera la mayor travesura del mundo. Eso sacó una sonrisa de su madre que lo cogió en brazos y lo sentó en la cama.
Eso era lo bueno de los niños. No se cuestionaban nada. Todo les parecía natural.
Se vistieron por turnos en el gran vestidor mientras Henry parloteaba mirando a una y a otra. No dijeron nada, no se acercaron más. Cuando ambas estuvieron listas y las mantas entre las que había dormido Emma estuvieron recogidas se marcharon hacia el comedor para desayunar. Todo transcurrió de forma amena e incluso divertida. Aquel niño tenía una increíble energía que desbordaba a Emma. Sobre todo siendo tan temprano. Regina pudo darse cuenta y les propuso a ambos salir a pasear un rato por el bosque. Eso alegró al pequeño y la rubia se lo agradeció internamente. Así podría distraerse con otra cosa que no fuera ella. Parecía ser su nuevo peluche. No es que le desagradara. Solo no estaba acostumbrada.
Fue un buen día. Regina no daba crédito a lo bien que habían encajado Emma y su hijo y se relajó observando cómo ambos interactuaban. Todo parecía tan natural y tranquilo que consiguió olvidarse de todo lo malo por unas horas. Se relajó y Emma lo hizo con ella.
Saber que a Regina no le molestaba que se acercara a su hijo, saber que le había permitido compartir esos momentos con ella la llenaba de placer. Recordar lo que había pasado en su cuarto por la mañana le hinchaba aún más el corazón si podía. Eso era todo lo que siempre había soñado. Algo así para ella era lo que deseaba. Una familia, risas, bosque, aventuras, cariños, mimos y más risas. Una vida sin problemas y sin preocupaciones. Una vida feliz. Y Regina parecía llevar esa vida. Y la envidiaba por eso.
- ¿Quién es el padre de Henry?
Le preguntó mientras tomaban una última copa de sidra de manzana junto a la chimenea de la sala. Regina había vuelto de acostar a su hijo hacía unos minutos y ninguna había roto el silencio. Pero ella no había dejado de darle vueltas a ese asunto en todo el día. Sentía celos y necesitaba saciar su curiosidad.
Esas palabras sorprendieron a la reina. Carraspeó y bebió otro sorbo de sidra intentando pensar en algo que decirle. No le salió mentir. No podía mentirle más. Pero tampoco iba a decirle la verdad.
- Nadie importante. – su voz sonó gélida.
- ¿No está con vosotros?
- Solo estamos él y yo.
- ¿Murió?
- Eso no debería preocuparte. Lo que ves es lo que hay.
- ¿Fue importante para ti?
Ella no respondió.
- ¿Le amaste? – La princesa insistió.
Suspiró. No podía mentirle, realmente sí la amaba. No era un él, era ella...pero qué podía decirle. Si comenzaba a darle explicaciones pronto se daría cuenta de que algo no cuadraba.
- Sí, lo amé.
Esas palabras parecieron golpearla y se sintió culpable. Observó cómo bebía de un trago lo que quedaba en su copa y la soltaba con más brusquedad de la normal encima de la mesa.
- ¿Dónde voy a dormir? – Le preguntó sin mirarla.
Ella soltó el aire que estaba guardando y se incorporó sin dejar de observarla.
- Me gustaría que durmieras conmigo, si lo deseas. – Sus palabras, sin escrúpulos, hicieron por fin que Emma la mirara. Su mandíbula estaba apretada y su expresión era seria.
- No juegues conmigo, Regina, no...
- No estoy jugando contigo, Emma. – Se vio obligada a interrumpir. No podía permitir que la rubia siguiera pensando aquello. No le gustaba. No quería jugar con ella. – Si lo que quieres saber es si te deseo la respuesta es sí. Te deseo desde la primera vez que te vi. Te deseo ahora y te he deseado todos estos años.
Eso fue suficiente para encender el fuego. Emma cortó la distancia que las separaba con rudeza y la besó. Ambas se enredaron en una lucha descontrolada y llena de pasión en la que el mundo dejó de existir por completo a su alrededor. No hubo suavidad. Todo fue brusco y necesitado, intenso y pasional. Después de dar tumbos por toda la sala Regina las trasladó a ambas a su habitación en donde pronto se dejaron caer sobre la cama. Las ropas fueron rasgadas y sacadas con apremio. No hubo espacio para pensar, pero sí para disfrutar. Sus sentidos se adentraron en una selva inexplorada en la que ambas encontraron justo lo que añoraban. La reina tomó posesión del cuerpo de la rubia de una forma en la que no lo había hecho antes con nadie. La deseaba y la necesitaba. Quería darle placer. Quería darle todo lo que le había negado hasta entonces. Sus jadeos y sus gemidos fueron todo lo que se escuchó aquella noche bajo la luna. Disfrutando del goce una y otra vez hasta que sus cuerpos cayeron rendidos y sus respiraciones se volvieron constantes.
El día las sorprendió aún sonrojadas mientras sus miradas se cruzaban en silencio. El rechinar de un caballo y el ruido de unas espuelas hicieron que ambas concentrasen su atención en el exterior. Mulán estaba allí.
No hubo tiempo para pensar ni para hablar. La guerrera había recorrido el reino lo más rápido que había podido para avisar a Emma de que la guerra en Camelot había empeorado. Debía volver con ella de inmediato.
- ¿Cuántos soldados tienes aquí? – Le preguntó la princesa bajo la atenta mirada de Mulán.
- Los suficientes. Una guarnición se quedará aquí. Puedes llevarte a las demás. – Le respondió la reina con seriedad y decisión.
Su ceño estaba fruncido y la preocupación se percibía en su cara. Pero no había nada que pudiera hacer. Sabía que las cosas debían ser así. Emma debía marcharse y cumplir con su cometido. Y así fue. Partieron de inmediato en cuanto el ejército estuvo preparado. No hubo despedida, ni besos, ni abrazos. Solo una sombra en sus ojos y la amenaza de lo que estaba por venir.
Creo que había demasiada rabia y demasiadas emociones reprimidas...todo demasiado al límite...así que...creo que debía ser así...¿qué os ha parecido? Ahora sí que sí, nos vamos a la guerra...a ver qué pasa...Podéis seguir apuntando qué creéis que pasará...aunque sospecho que puede ser demasiado obvio...creo que os sorprenderá, al menos algunas cosas que pasarán.
Hasta la próxima actualización!
Saludos!
