Gracias por seguir y comentar. Hoy lo dejo un poco apurada. Espero vuestras opiniones ;)
Capítulo 8. Arreglando el pasado
Los días fueron pasando y las noticias no llegaban. Eso tenía desesperada a la reina a la que caminar de un lado a otro y salir a pasear con su hijo no le bastaba. Se sentía inútil sin hacer nada. Y sabía que desde allí poco podía hacer. Emma se había llevado el grueso de su ejército y con ella en la guerra nadie se preocuparía de contarle nada. Sabía que si quería saber algo tendría que acercarse ella misma a preguntar. Y eso suponía hacerle una visita a Blancanieves. La sola idea le producía repulsión. Solo el paso de los días y la incertidumbre consiguieron hacerla tomar una decisión al respecto. No podía aguantar más allí. Tenía que saber lo que estaba pasando.
Fue a buscar a su hijo, le dio un buen baño y lo alistó para salir. El pequeño se mostró emocionado pues nunca salían de allí. Lo único que no le gustó fue que lo harían con magia. No se fiaba de la magia, era reticente. Aunque logró convencerlo cuando le dijo que iban a visitar un lugar en el reino en el que los enanitos cantaban canciones y los animales podían entenderse con los humanos.
Decidió aparecerse afuera del palacio para guardar la cortesía. Hacía años que no pisaba aquellas tierras y su sola presencia podía causar revuelo. No estaba segura de que el reino estuviera informado de su nueva alianza con los reyes y estar allí podía ser algo peligroso. Se puso alerta nada más aparecer y apretó la mano de su hijo.
Unos guardias que practicaban maniobras en el prado la interceptaron nada más verla. Para su sorpresa, se bajaron de sus caballos y le hicieron las debidas reverencias. Enarcó una de sus cejas atónita.
- Quiero hablar con la reina Blancanieves.
- Enseguida, su majestad.
Y uno de ellos desapareció con paso ligero en el interior del palacio. Los otros dos se quedaron allí plantados sin moverse. Puede que le guardasen el debido respeto, pero no acababan de fiarse de ella.
Al cabo de unos minutos que se le hicieron eternos la que había sido su hijastra salió apresurada para comprobar con sus propios ojos que lo que le habían contado era cierto. Se paró en seco. Ella tragó saliva, aspiró y apretó la mano de su hijo. Con el ceño fruncido, Blancanieves alternó la mirada entre ella y el niño. Notó cómo no podía dar crédito a lo que veían sus ojos.
- Regina...- Hacía mucho que no escuchaba su aguda voz. Hasta eso le molestaba.
Hizo acopió de todas sus fuerzas. Una mueca de asco y un suspiro. Debía hacer eso. Las cosas estaban cambiando y debía adaptarse. No era tiempo de venganza sino de concordia. Ahora una vida dependía de ella. Aunque una cosa era su hija y otra ella. Estaba claro que sus simpatías se habían concentrado todas en la rubia.
Dio unos pasos y comenzó a acercarse con decisión. Blanca puso cara de tonta cuando llegó a su altura aunque no la miraba a ella. Miraba a su hijo. Giró la cabeza para ver qué era aquello que tanto la conmovía. No pudo evitarlo. Sonrío también a su pesar. El niño tenía una sonrisa de oreja a oreja. Sus ojos brillaban y su cara estaba iluminada. Desde luego aquello sí que era una aventura para él.
- Henry, cariño, te presento a la reina Blancanieves. – le dijo con marcada actuación para que el momento quedara grabado en su memoria como algo épico. No le negaría eso. – Blancanieves...- dijo ahora con menos entusiasmo dirigiéndose a la reina más joven – este es mi hijo, Henry.
Blanca asintió con la cabeza con media sonrisa y se agachó para saludar al pequeño. Él le ofreció su mano y Regina se sintió orgullosa. Después se alzó y la miró.
- No te veo mal, querida.
- Podría decirse igual de ti, Regina. Luces incluso más joven que yo. – Regina enarcó una siniestra sonrisa de satisfacción. – Pareciera que los años nunca pasarán por ti.
- Eso no es del todo cierto. – Gesticuló resuelta. – Hace algunos años que comenzaron a correr de nuevo.
Blancanieves alzó la cabeza en señal de sorpresa y les indicó que le acompañaran adentro.
Una vez hubieron contentado a Henry mostrándole todo el palacio y haciendo una parada especial en la habitación de Emma, consiguieron dejarlo en el jardín con algunas criadas que se encargarían de él mientras ellas hablaban.
- Tranquila, no le pasará nada. – Le dijo a la reina que se mostró reticente a apartar la mirada de él.
Tragó saliva, asintió y la siguió hasta la sala del consejo.
- Bueno, tú dirás. – Comenzó Blanca nada más cerrar la puerta.
No era momento de echarse atrás, pensó. Tenía que hacer las cosas exactamente como las había pensado en su cabeza. A pesar de que costara tragarse su orgullo.
- Bueno...
- Verás Regina – la interrumpió. Era obvio que ella tendría que hablar la primera, pensó. – sé muy bien que mi hija confía plenamente en ti. Pero no es mi caso y tampoco el de Charming. – no pudo evitar enarcar una ceja. Ahí estaba la verdadera Blancanieves. Tan petulante y acaparadora como siempre. – te exiliamos por una razón. Te di una última oportunidad y la desaprovechaste. Y créeme que me dolió más a mí que a ti. – por supuesto, pensó para sí. – Ahora la situación es crítica pero eso no quiere decir que olvidemos todo lo que ha pasado entre nosotros. Nos amenazaste, Regina, nos amenazaste y por años hemos estado atemorizados. Emma nos culpa de algo de lo que nosotros no tuvimos la culpa. Por tu culpa mi hija...
- Un momento, Blanca...- consideró que era suficiente. – Puede que os amenazase y me alegra saber que mis palabras surtieron su efecto, era lo que quería. – No pudo evitar decir eso. – Pero no puedes echarme la culpa de algo que estuvo solamente en vuestras manos. No tengo la culpa de la forma en la que educaseis a tu hija.
- Por supuesto que la tienes. Siempre has estado detrás de todo lo malo que nos ha pasado. – Le replicó y ella soltó una carcajada.
- ¡Esto es el colmo! – Espetó indignada y cruzó los brazos sobre su pecho.
- ¿Por qué estás aquí?
- Bueno, ahora que lo preguntas precisamente venía a informarme de cómo van nuestros avances en el reino de Camelot. Somos aliadas ahora, por si no lo recuerdas.
- Lo recuerdo perfectamente, y créeme que no firmé con gusto ese tratado.
- ¿Qué te puedo decir? Tampoco es algo que yo firmase gustosa. Pero si algo tiene tu hija que no ha sacado de ti es la sensatez. Y lamentablemente para nosotras, tiene razón. Firmarlo es lo mejor que podíamos hacer por el reino. – Ahora fue Blanca la que soltó una carcajada.
- ¿Entonces lo admites? ¿Hay algo detrás de todo esto? ¡Lo sabía! ¿Qué es lo que tramas Regina?
- No seas infantil Blanca. – espetó la reina. – No hay nada detrás de nada. Esto es lo que más me ha costado hacer en todos los años que llevo en el trono, pero aun así es de lo que menos me arrepiento.
- ¿Y a qué se debe ese arrebato de responsabilidad?
- A mi hijo. – Sancionó. Y hubo un silencio momentáneo antes de que decidiera continuar. – Henry es lo más grande que tengo en mi vida. Y no quiero que se críe en un mundo lleno de guerra y barbarie.
- Es irónico eso que dices, sobre todo tratándose de la reina malvada.
- No soy más la reina malvada. Y te agradecería que no mencionases ese punto delante de mi hijo.
- ¿Por qué no, querida? – preguntó con maldad. - ¿Tienes miedo de que descubra cuál es la verdadera naturaleza de su madre?
- No seas ridícula, no soy como tú. Eso es algo que tendré que contarle cuando llegue el momento, pero hasta entonces, intentaré que tenga una infancia feliz.
Blancanieves se quedó un poco sorprendida por esas palabras. Por mucho que se esforzarse en rebatir los motivos de la reina aún seguía siendo la reina más cursi y sentimental de todos los reinos.
- Bien. – Dijo ofuscada y cruzó ella también los brazos sobre su pecho.
- Bien, y ahora que ya hemos discutido, ¿podemos comportarnos como dos personas civilizadas y tener una reunión normal en la que me informas de las novedades en el frente?
Antes de que pudiera responder a su pregunta la puerta se abrió bruscamente. Charming entró en la estancia sudando y con la respiración agitada. Miró a su esposa y después a Regina.
- Charming, ¿qué te ocurre? – Preguntó Blanca preocupaba por la cara que traía su marido.
Él se acercó y elevó sus manos para sostenerla por los brazos. Miró a Regina una última vez y se concentró en su esposa.
- Es Emma, la han herido.
- ¡Cómo! – Gritó Blanca histérica. – Eso no puede ser...no...no...no...no puede ser...
La reina más joven se abrazó a su marido con fuerza ignorando todo a su alrededor.
Eso no podía estar pasando. Pensó Regina. Simplemente no podía estar pasando. Su corazón se había parado y su garganta se había secado. Una opresión se había instalado en su pecho. El nerviosismo amenazaba con hacerla desvanecerse.
El rey la miró por encima del hombro de su mujer y se dio cuenta de su consternación. Sus ojos amenazaban con desbordarse. Necesitaba saber.
- Acaban de traer la noticia. Un mensajero partió tan pronto como la recogieron del campo de batalla. – su esposa se retiró un poco y lo escuchó.
- ¿Dónde está? – preguntó impaciente.
Charming movió la cabeza y pudo darse cuenta de la gravedad del asunto. Blanca se había quedado en estado de shock.
- Tenemos que partir de inmediato. – Logró decir entre lágrimas.
Los ojos de Regina casi se salían de sus órbitas y el nudo en su garganta amenazaba con ahogarla.
- Puedo llevaros. Podemos ir allí ahora. – Dijo con apremio.
Ambos se quedaron mirándola y Charming dio su consentimiento acercándose de nuevo a su esposa. Ella interpretó la señal y se puso en marcha.
- Debo despedirme de Henry, volveré enseguida.
Fue cosa de minutos. En seguida aparecieron en el campamento en el que habían llevado a Emma. Miraron a su alrededor. Todo el mundo corría de un lado para el otro. Todo era devastador. Gritos y llantos eran lo único que se oía en el tumulto. Había muchos heridos y sangre por todos lados. El cuerpo de Regina estaba descompuesto. Charming y Blanca permanecían abrazados y ella seguía llorando. No podía creer que aquello estuviera pasando.
Un soldado se acercó a ellos a paso ligero en cuanto alcanzó a verlos.
- Charming, Blanca. – Les dijo y apoyó su mano en el hombro del rey. Debía conocerlos. La miró y ella no dijo nada. No podía.
- Está con nosotros Lancelot.
El caballero asintió satisfecho y comenzó a guiarlos a través de las tiendas del campamento.
- No voy a mentiros. – Dijo cuándo se paró delante de una de ellas. – Está grave.
No podía contenerse. No podía contenerse. No podía contenerse. Sentía como si estuviera en el ojo de un huracán.
Los padres de Emma pasaron a la tienda y ella se quedó fuera. Su cuerpo se desvaneció un poco cuando uno de los hombres que estaba dentro salió ensangrentado y casi descompuesto. No se atrevía a entrar. No sabía si podría soportar lo que encontraría dentro. Pero no lo podía pensar más.
Entró decidida y se tapó la boca con su mano. Olía a podredumbre y a muerte...Había mucha gente dentro de la tienda y todos hablaban en voz alta y andaban de un lado para el otro. No logró entender ni una palabra de lo que decían. Una mano en su brazo la trajo de vuelta a la realidad. Alzó la mirada. Era Charming.
La guío a través de la gente hasta el fondo de la tierra. Había una cortina y podía sentir al otro lado los sollozos de Blancanieves. El rey hizo que lo mirara.
- ¿Estás bien? – Estaba desubicada y se le notaba en la cara.
Nadie alcanzaba a adivinar sus motivos pero su angustia era real. Afortunadamente para ella, el rey era mucho más ducho en aquellos temas que su esposa. Tal vez conociera mejor a su hija. Ella intentó asentir y decir algo pero no consiguió que le salieran las palabras. Charming tragó saliva y traspasó de nuevo la cortina. Reconfortó un poco a su esposa diciéndole que todo estaría bien y después salió de allí con ella. Cuando pasaron por su lado la miró indicándole que podía pasar.
Ella tragó saliva de nuevo aunque le dio la sensación de que el nudo en su garganta no se lo permitía. Todas las voces parecían ecos a su alrededor. Cogió aire y apartó la cortina. Fue entonces cuando su corazón sufrió aquella punzada tan fuerte.
Emma estaba allí tumbada e inconsciente. La sangre estaba por todos lados. Ni siquiera pudo adivinar dónde estaba la herida. Se quedó parada no podía moverse. Entonces pudo sentir cómo se quejaba y reaccionó. Se arrodilló junto a ella.
- No te muevas...no te muevas...- le susurró. Sus lágrimas ya no podían contenerse más.
La rubia volteó su cara hacia ella. Su boca estaba entreabierta. Le costaba respirar. Sus ojos estaban rojos y mostraban el dolor que estaba sufriendo.
- Todo va a estar bien...tranquila...- seguía susurrando. Era todo lo que podía hacer.
- Re...Regina...- la rubia pronunció su nombre con dificultad. Ella la ordenó callar.
- No, Emma...no debes hacer esfuerzos...procura descansar...todo va a estar bien...- seguía susurrando.
- Regina...- pero la rubia seguía empeñada en pronunciar su nombre. ¡Por qué sería tan cabezota!
- Sí, soy yo estoy aquí a tu lado...pero por favor no te esfuerces...- sus manos temblaban y sobrevolaban su torso. No quería tocarla, no quería hacerle daño.
- Regina. – La voz de Charming a su espalda la hizo voltearse. Ella se levantó y se acercó a él. – Merlín está en camino.
- ¿Merlín?
- El hacha con el que la atacaron tenía veneno. Él es el único que puede ayudarla. – Ni si quiera se le había pasado por la cabeza intentar curarla. Estaba tan conmocionada que ni siquiera fue capaz de pensar en eso. Se sentía inservible.
- Bien. – El asintió cómplice y las dejó de nuevo solas.
- Regina...- volvió a susurrar la rubia.
Y aquella vez cuando se arrodilló a su lado cogió una de las manos que Emma había conseguido sacar del camastro con delicadeza.
- No debes moverte Emma...no debes hacer esfuerzos...- la colocó en su sitio y cuando la soltó Emma la buscó de nuevo. No le quedó más remedio que dejar su mano unida a la suya. La apretó con suavidad, no quería hacerle daño a pesar de que lo que deseaba era estrujarla con fuerza y gritarle que se aferrara a la vida. – La ayuda está en camino...aguanta...
- Regina...- Emma parecía delirar y ella no sabía qué hacer.
- Sí...estoy aquí...estoy aquí...- susurraba despacio mientras sus lágrimas caían por sus mejillas...
- No llores... – aquellas palabras consiguieron devolverle la consciencia. Emma no deliraba, podía oírla. Aspiró por la nariz y se acercó más a ella para que pudiera sentirla, al menos.
- Estoy aquí Emma.
La rubia intentó sonreír pero en su lugar un golpe de tos la atacó. Debía de tener los pulmones afectados porque cuando se giró escupió sangre. Emma no estaba bien, aquello no era buena señal, si alguien no la ayudaba pronto la perdería.
- Emma...Emma ¿puedes oírme? – Asintió débilmente con la cabeza. – Necesito decirte algo, necesito que sepas algo.
- Yo tam...bien...Te...te a...mo Regina...
- Emma – la morena se alzó un poco y cogió su cara con ambas manos. – Emma, escúchame. Tienes que vivir...tienes que vivir...tienes un hijo...- la rubia no dijo nada pero pudo notar que la escuchaba por la imperceptible conmoción en su mirada. – Henry es tu hijo ¿me oyes? Es tu hijo Emma...
Fue todo lo que alcanzó a decirle entre lágrimas desesperadas. Escuchó muchas voces a lo lejos y alguien la cogió por los brazos y la sacó de allí. Después todo se volvió negro.
Despertó sobresaltada. Creía que todo había sido un mal sueño pero cuando se dio cuenta de en dónde se encontraba descubrió que no había sido así. Salió de inmediato de la tienda en la que se encontraba y buscó con la mirada a alguien conocido. No vio a nadie. Caminó buscando de un lado a otro. Todas las tiendas eran iguales, no podía recordar cuál era la de Emma.
- ¡Regina! – Una voz conocida la llamó a lo lejos. - ¡Regina! – Se volteó. Era Blanca. Corría hacia ella. – Al fin despiertas – le dijo casi ahogada cuando llegó a su altura.
- ¿Qué ha pasado?
- Te desmallaste. Todo sucedió muy deprisa. Cuando Merlín llegó nos sacaron a todos de la tienda y se quedó a solas con Emma. Cuando saliste afuera te desmallaste y te llevamos hasta aquella tienda... ¿estás bien?
- ¿Cómo está Emma? - ¿Cómo podía preguntarle por ella cuando la que estaba en peligro era su hija?
Blancanieves soltó el aire de un tirón.
- Está estable. No está del todo recuperada pero está estable. Merlín consiguió evitar que...bueno que pasara lo peor...y aún tendremos que esperar un poco para decir que ha salido del peligro...pero confío en que todo saldrá bien. – Le dijo con una sonrisa. Ella siempre era tan optimista, pensó. Pero sus palabras consiguieron aliviarla. Eso quería decir que Emma no había muerto. Estaba viva, se había quedado con ella. - Es bueno que hayas despertado porque Emma no ha dejado de preguntar por ti.
- Oh...- de repente recordó la confesión que le había hecho y el miedo volvió a apoderarse de su cuerpo.
- Sería bueno que fueras a verla.
Asintió como una autómata y la siguió.
