Edward Cullen siguió sonriendo con esa expresión de respeto y aprecio que formaba una parte muy importante de los agradables recuerdos que tenía de él.
—Señora Isabella Black —dijo Cullen, sin dejar de mirarla ni de sonreír—, permítame que le presente al honorable señor Darius Lindsey, de Kent, que ha venido para ayudarme a calcular los daños de mi recién adquirida propiedad.
Lindsey la saludó con los modales propios de alguien de su posición.
—¿Ha comprado la finca? —preguntó Isabella, tratando de no delatar la esperanza y el miedo que sentía.
—Ha pasado a formar parte de mi patrimonio, y me atrevo a decir que justo a tiempo. ¿Tiene que ahuyentar a vándalos y ladrones muy a menudo?
Isabella echó una mirada a la hoz que llevaba en la mano.
—Sobre todo en verano —respondió—. Los chicos se aburren y vagan en pandillas por los campos sin nada que hacer. Hay un estanque al otro lado del bosque y en los días calurosos suelen ir a bañarse.
—Sin duda son los responsables de todos estos cristales rotos. Tal vez estén dispuestos a pagarlos ayudando con las reparaciones.
—¿Piensa restaurar la casa? —No pudo evitar preguntarlo, aunque sabía que no era de su incumbencia.
—Quizá. Aunque no será tarea fácil.
—¿Dónde están mis modales? ¿Les apetece una taza de té, caballeros? ¿O un vaso de sidra?
—Sidra —aceptó Cullen—. Qué idea tan deliciosa.
—¿Deduzco que vive cerca de aquí, señora Black? —aventuró el señor Lindley mientras salían de la cochera.
—Sí, al otro lado del bosque —señaló ella.
—Bueno, se está haciendo de noche —dijo Cullen—. Darius, si llevas a los caballos por el camino, yo acompañaré a la señora Black por el bosque.
—No es necesario. Conozco el camino como la palma de mi mano.
—Su rechazo me hiere. —Sus sonrientes ojos verdes parecían tan sinceros que el corazón de Isabella le dio un brinco en el pecho. Que Dios la ayudara. Los vagos recuerdos que guardaba de su anterior visita no le hacían justicia. O eso, o se había vuelto aún más atractivo durante ese año. El cabello oscuro, un poco más largo de lo que marcaba la moda, hacía destacar sus ojos verdes. Y era más alto, más fuerte y mucho más atractivo de lo que un hombre decente debería ser.
—A pesar de que un poco de rechazo de vez en cuando le viene bien para mantenerlo en su sitio —intervino Lindsey—, creo que debería aceptar su oferta, señora Black. Edward quería inspeccionar el bosque de todos modos. ¿Qué mejor guía que usted? —Sin esperar respuesta, se dirigió hacia la fachada principal.
—Tiene buen aspecto —observó Isabella, desempolvando sus modales, oxidados por falta de uso.
—Estoy cansado, lleno de polvo del camino y probablemente huela mal. Usted, sin embargo, está radiante.
—No sea adulador, señor Cullen —replicó Isabella, apartando la mirada. Pero cuando él le ofreció el brazo, igual que había hecho la anterior vez que estuvo allí, lo aceptó en seguida—. Me eché una siestecilla después de cenar. Me habrá sentado bien.
—¿Vino algún príncipe encantador a despertarla con un beso? Darius está convencido de que hemos ido a parar al país de las hadas, entre los rododendros que lo cubren todo, los murciélagos del desván y el aire de abandono que se respira por todas partes.
—Qué idea tan descabellada. Sólo están a unos cinco kilómetros de ese enclave de civilización que es Little Weldon. Ya sacaré a su amigo de su error.
—Oh, no, por favor no lo haga. Se está divirtiendo mucho a mi costa. No le estropee la diversión. Si se queda conmigo todo el verano, la va a necesitar.
—¿No pensarán vivir en el caserón? —preguntó Isabella, frunciendo el cejo. No quería tenerlo tan cerca de casa. O, para ser sinceros, sí que quería, y eso no era buena idea.
—De momento nos mudaremos a la cochera. Está limpia y en buen estado. En el piso de arriba hay una cocina de leña donde se puede preparar té y, por otro lado, las habitaciones están bien ventiladas. Nos las apañaremos bien.
—Y el tejado no se ha hundido todavía —añadió Isabella. Estaban cruzando el bosque por uno de los antiguos caminos de herradura. Aunque nadie los mantenía abiertos, los animales salvajes seguían usándolos. Igual que Isabella.
Y que los gamberros de la zona.
Al recordar que cerca de allí el hombre que tenía a su lado la había besado, Isabella aceleró el paso. Había sido un único beso, pero tan largo que había acabado inundada por el deseo. Usando sólo su boca, la había despojado de su dignidad, su templanza y su sentido común. No había vuelto a pensar en todo aquello hasta ese día.
—¿Tiene prisa? —le preguntó su acompañante.
—No querría hacer esperar al señor... —Isabella trató de recordar su nombre sin éxito. Pero ¡si acababan de presentárselo!
—El honorable Darius Lindsey —la ayudó Cullen—. Su padre es el conde de Wilton. La mansión familiar principal está en Hampshire.
—Ya veo.
Cullen debió de notar la frialdad en el tono de Isabella al oír la referencia al título nobiliario, porque mientras bebían sidra en su porche le preguntó por los granjeros de la vecindad, la posibilidad de encontrar a alguien que lo ayudara con las reformas... pero no volvió a mencionar nada remotamente relacionado con la alta sociedad.
—Tendrá que esperar a que acaben de cosechar el heno —le explicó Isabella, contemplando el patio casi en sombras—. Si paga bien, no le faltará ayuda. Mañana es día de mercado. Sería un buen momento para avisar de sus planes. La voz correrá en seguida. ¿Ha traído provisiones?
—¿Provisiones? —repitió Lindsey—. Lo que llevan los caballos en las bolsas. Nada más.
—Puedo suministrarles mantequilla, leche, queso y huevos. Mable tuvo una ternerita hace un mes. La leche que le sobra se la estaba dando a Bathsheba, que ha tenido ocho cerditos, pero supongo que podrá prescindir de la leche y los huevos. He estado tratando de ahumar jamón, pero no me sale muy bien todavía.
—¿Alimenta a la cerda con leche y huevos?
—Ocho cochinillos son muchas bocas que alimentar, señor Lindsey. Además, si no se lo diera a ella, tendría que tirarlo.
—Estaremos encantados de disfrutar de lo que le sobre —los interrumpió Cullen—, si nos deja que la compensemos de alguna manera.
—No pienso cobrarles por ser una buena vecina.
—No pretendía ofenderla. Me refería a que, si se presenta la oportunidad de devolverle el favor, nos permita hacer algo por usted. Estoy seguro de que en algún momento puede necesitar la ayuda de dos tipos fornidos como nosotros, señora Black.
Su voz era una melodía que hablaba de buena educación y buenas intenciones, la personificación de la amabilidad y la cortesía. Pero al oírla, Isabella se sintió un poco mareada, un poco... como si le faltara algo.
—Ya veremos —replicó de repente—. De momento, disfruten de la sidra. La luna saldrá pronto. Si su idea es dormir en la taberna del pueblo hasta que se instalen, supongo que querrán llegar a El Gallo Cansado antes de que empiecen las partidas de dardos.
—Los días de fiesta se han acabado para nosotros. Mañana tenemos que levantarnos temprano —dijo Cullen, dejando su silla—. Nos vamos, pero muchas gracias por la sidra y la hospitalidad.
—Hasta mañana, entonces. —Isabella se levantó, fingiendo no ver la mano que Cullen había tendido en su dirección.
—¿Mañana? —preguntó Lindsey, frunciendo el cejo—. Y yo que esperaba pasar un par de semanas holgazaneando en El Gallo Cansado hasta que llegaran los materiales de construcción de Londres o, mejor aún, de Perú.
—Borracho gandul —bromeó Cullen—. La dama se refiere a que mañana irá al mercado y, si tenemos suerte, podremos verla allí.
—Hasta mañana. —Lindsey se inclinó sobre la mano de Isabella y se alejó en busca de los caballos. Ella se quedó entonces junto a Edward Cullen en la oscuridad.
—Me alegro de que nos hayamos vuelto a encontrar —confesó él, paseando la mirada por el patio en sombras—. Espero ver sus flores por la mañana, con más luz. Son impresionantes.
—Yo también me alegro —replicó ella, tratando de ser cordial, sin exagerar—. A todo el mundo le gusta saber que sus flores dejan un recuerdo imborrable.
—Hasta mañana. —Cullen se inclinó sobre su mano y le rozó los nudillos con los labios, mientras le apretaba los dedos. Un instante después, estaba montado a lomos de su caballo castaño. Tras saludarla con la fusta, salió al trote tras su amigo.
Isabella se sentó, cubriéndose con la mano izquierda los nudillos de la derecha y dándole vueltas a si era bueno o malo que sus flores hubieran impresionado al señor Cullen.
Acabó por decidir que era malo, porque éste era un granuja. Tener a alguien así por vecino ya resultaba bastante malo, pero en ese caso era mucho peor, porque se trataba de un granuja que le gustaba mucho. Y cada vez que la tocaba o la miraba, se derretía por dentro. Y mientras él recordaba sus flores, de lo único que se acordaba ella era de su beso. Un único beso, pero muy apasionado. Mucho más de lo que uno espera de un buen vecino.
—Piensas jugar con la viuda, ya veo —comentó Darius, mientras los caballos se acercaban a Little Weldon a la luz de la luna. Tras el calor sofocante del día, la noche era muy agradable. El aire cálido olía a heno y a flores silvestres.
—Es viuda —admitió Edward—, pero no creo que sea de ese tipo de viudas.
—¿De qué tipo?
Ignoró la pregunta de su amigo, perdido en los recuerdos.
—Estuve aquí la primavera pasada. David Worthington me pidió que buscara alguna finca en venta. Durante mi estancia, acompañé al párroco Banks en una visita de cortesía. Quería pasar a ver a una viuda que no había ido a la iglesia el domingo anterior, para asegurarse de que estaba bien. Pensé que se trataba de una anciana. Cuando nos acercamos a su casa, lo primero que vi fue un gran sombrero de paja, una trenza de pelo color canela y unos pies descalzos. Llegué a la conclusión de que nuestra anciana empezaba a perder la cabeza.
—Me parece que la señora Black tiene la cabeza en su sitio. Y muy bien amueblada.
—Totalmente de acuerdo —asintió Edward. La había besado al despedirse de ella esa tarde. Había sido un impulso. Un momento robado con una mujer que desprendía calidez por todos los poros. Cálidos eran sus ojos marrones, las pecas que le cubrían la nariz y el cabello, que no era ni rubio ni cobrizo ni castaño. «Canela» era la palabra que más se acercaba—. No parece una persona soñadora ni con la cabeza llena de pájaros, pero hay algo en ella...
—¿Sí?
—Poco convencional —dijo Ed al fin, aunque no era exactamente el término que buscaba. Estaba seguro de que sus manos también serían cálidas al acariciar, aunque no tenía ni idea de qué le hacía pensar eso—. Hay quien considera que Isabella es excéntrica, pero yo prefiero pensar que es... única.
Darius no dijo nada, pero lo que en verdad le pareció «único» fue que Edward Cullen —hijo de un duque, rico empresario, virtuoso pianista y favorito de las damas— llamara por su nombre de pila a la señora Black.
Ed se asomó mientras varias de las tejas de pizarra sueltas caían con suavidad por la rampa que acababan de construir y chocaban contra la lona de seguridad.
—Funciona —dijo sonriendo a Darius, que también estaba en el tejado.
—Por supuesto que funciona —replicó éste, sentándose sobre los talones y secándose el sudor con el antebrazo—. La diseñé yo. ¿Habías encargado más suministros?
Ed miró hacia el patio, al que acababa de llegar un carro tirado por dos caballos percherones. Un bonito caballo negro iba atado a la parte trasera del carro. De momento no lo reconoció. Edward y Darius aprovecharon la rampa para bajar del tejado, lo que provocó que los caballos levantaran las orejas y que los ocupantes del carro dieran gritos de alegría.
—Tranquilos, los dos —ordenó el conductor del carro—. Lord Edward pensará que lo asalta un grupo de salvajes. —El hombre descendió del vehículo, seguido por los dos muchachos desgarbados que habían celebrado la visión de dos adultos bajando de un tejado como si aquello fuera una feria con una especie de tobogán.
—Axel Belmont a su servicio. —El hombre, sonriendo, alargó una mano, mientras se apartaba el pelo rubio de la cara con la otra—. Aunque tal vez no lo quiera cuando le advierta de que he traído conmigo a mis hijos Dayton y Phillip.
Ed estrechó la mano del recién llegado, reconociéndolo de la boda de su amigo Nick con la hermana de Darius, Leah, hacía unas cuantas semanas.
—Me alegro de verle, profesor —lo saludó Edward—. Permítame que le presente a Darius Lindsey, recién llegado del tejado, aunque tal vez se conocieron ya en la boda de Nick y Leah. ¿Cómo está su encantadora esposa?
La sonrisa de Belmont se dulcificó.
—Mucho mejor. Sobre todo ahora, que me he llevado a este par de salvajes. Nick me dijo que estaba haciendo reparaciones a una hora de distancia de Candlewick y he venido a ver su trabajo.
—Todavía estamos en la fase previa —dijo Edward, tomando nota de que Nick Haddonfield seguía entrometiéndose en sus asuntos, siempre con buena voluntad—, pero agradecemos la compañía. Darius tiene miedo de que nos rapten los elfos.
—¡Muchachos! —Los hijos de Belmont se detuvieron cuando estaban a punto de empezar a lanzar piedras contra la casa—. Descargad el carro. Colocad los materiales dentro de la cochera para que no se mojen. Al primer hijo mío que vea subido en el tejado sin permiso de lord Edward, le doy una paliza y lo pongo a hacer encaje de bolillos.
Los chicos protestaron, tratando de que no se les escapara la risa, pero se dirigieron al carro tan despacio como pudieron.
—No sientan lástima por ellos —les advirtió Belmont—. Ni una palabra amable, ni un gesto, ni una expresión. Abby les está enseñando a ser encantadores, y entre eso y sus habilidades naturales, se están convirtiendo en unos monstruitos manipuladores.
—Están es esa edad en que se podrían comer un caballo entero. Sin quitarle los arreos —comentó Edward—. Y pueden pasarse el día sin parar de correr.
—Sí, en dirección contraria a donde están sus padres —bromeó Belmont, observando la casa—, a menos que sea la hora de comer.
—Vamos, profesor. Le enseñaré la casa. Darius, ¿vienes?
Éste se estremeció exageradamente.
—No, gracias, ya he tenido ese privilegio. Seguiré con los cálculos mientras tú mientes a nuestro invitado acerca del potencial del lugar. Un placer verlo de nuevo, Belmont.
—Axel —lo corrigió éste—. Y será mejor que nos tuteemos. Con Phillip y Dayton cerca, las formalidades son absurdas. He tenido que rebajar el listón a las más básicas reglas de convivencia.
—Los canalones están obturados —señaló Belmont en tono paciente, de profesor—, por lo que el agua no encuentra salida y se cuela bajo el alero. Si las ardillas o los murciélagos han estado por aquí, el agua se colará por las paredes del desván y de allí pasará a las del piso inferior. El agua puede destruir una casa más de prisa que la nieve, el viento... casi cualquier cosa menos el fuego.
—Así que debo cambiar los canalones y los desagües —concluyó Ed, mirando la vegetación que crecía en los primeros.
—Y luchar contra la selva para que la hojarasca no se apodere de los nuevos —añadió Belmont, señalando la maleza a su alrededor—. Pasé por lo mismo cuando me casé por primera vez. Candlewick estaba en muy mal estado, pero era todo lo que teníamos. Se trata de priorizar y realizar cada tarea en la estación adecuada. Y echar el resto.
—Eso no me preocupa, pero, aparte del tejado, ¿cuáles serían las prioridades?
Mientras recorrían la casa y las demás instalaciones de la finca, fueron intercambiando ideas, discutiendo entre bromas y sugerencias. Cuando acabaron, tenían el sol directamente sobre la cabeza.
—Ahora será cuando os alegraréis de que os hayamos asaltado —dijo Belmont—. Dile a Lindsey que deje de calcular un rato o los grillos se lo comerán todo. —Mientras sacaba un gran canasto de paja del carro, Belmont les dijo a sus hijos a gritos que se lavaran las manos o no probarían ni una miga de pan. Pronto, un festín digno de un regimiento estaba dispuesto sobre una manta a la sombra.
—De parte de mi esposa, con sus mejores deseos —dijo Belmont—. A cambio de librarse de sus hombres durante un rato.
—¡A comer! —exclamaron Dayton y Phillip, que habían recobrado su energía de golpe.
—El almuerzo es una de sus nueve comidas favoritas. Sentaos y esperad a que vuestros mayores cojan algo antes de destruirlo todo a vuestro paso.
Mientras los adultos se pasaban los platos de comida, Belmont siguió hablando.
—Day y Phil han ideado un plan para que Phillip pueda empezar la escuela un año antes y así los cinco primos pasen un año en la universidad juntos. Abby está encantada con la idea. Así tendremos un poco de paz para disfrutar de Candlewick antes de que llegue el bebé y vuelva a empezar la guerra.
—No sabía que estabais esperando descendencia. —Edward sonrió, aunque interiormente estaba algo alarmado. Su cuñada, Rosalie, acababa de tener un niño. La esposa de su otro hermano, Jasper, estaba embarazada. David y Letty aún no se acababan de acostumbrar a su vida como padres, y la esposa de Nick, sin duda, pronto se uniría al grupo. Parecía que de pronto la vida de Edward pudiera medirse en nacimientos, recientes o inminentes.
—La perspectiva de volver a ser padre me parece... —Belmont se quedó pensativo— ... bonita. Es una oportunidad inesperada de retomar una responsabilidad a la que no presté la debida atención.
—No nos hizo ni caso —tradujo Day, aparentando disgusto hasta que su mirada se cruzó con la de su hermano y estropeó el efecto echándose a reír.
—Sí, os hice caso, pero como el padre joven que era. Ahora soy perro viejo y haré las cosas de otra manera.
Edward rebuscó en la cesta para disimular la incomodidad que le provocaba el asunto.
—¿Qué edad tienes? No puedes ser más de cinco años mayor que yo.
—Estamos rodeados de momias, Day —bromeó Phil, poniendo los ojos en blanco—. La única ventaja es que ya casi no tienen dientes y no nos quitarán la carne.
—Vosotros dos. —Belmont los fulminó con la mirada—. No habrá postre si no hacéis un esfuerzo por aparentar al menos que estáis domesticados.
—No, eso no. —Day se tumbó sobre la espalda y movió pies y manos en el aire—. No es justo. Nos ha amenazado con la Maldición Mortífera y casi no hemos hecho nada.
—¿Puedo acabarme tu sándwich? —preguntó Phillip, alargando la mano hacia el emparedado de su hermano.
—Tú tócalo —Day se sentó de un salto— y tendrás que elegir entre pistolas o espadas. Los puños también me sirven.
Darius aceptó el trozo de pastel de carne que le ofreció Edward.
—Y pensar, Ed, que tu madre crió a cinco de estas fieras. ¿Cómo se llaman? ¿Niños?
—Demonios —murmuró Belmont—. La semilla del diablo, criaturas del averno.
—Bendita descendencia —corearon Dayton y Phillip a la vez.
—Silencio —los reprendió Belmont—. Todavía no he podido hablar del plan de Nick para lord Edward. Estáis destrozando mi estrategia.
—Vaya. —Dayton miró a Phillip—. Vayamos a echar un vistazo a los caballos, Phil. ¿Juras que nos guardarás un trozo de tarta? —preguntó, dirigiendo una mirada muy adulta a su padre.
—Por el honor de los Belmont. Ahora, largo.
Los chicos se alejaron corriendo. La carrera no impidió que se fueran clavando los codos y riéndose a carcajadas sin importarles el sol ni el calor. La sensación de paz que quedó tras su marcha los dejó un tanto... aturdidos.
—Y tienes otro en camino —le recordó Edward—. Supongo que quieres dejarme a tu bendita descendencia unos días.
—¿Cómo lo sabes?
—Es así de astuto —dijo Darius, clavándole los dientes a un muslo de pollo—. Y necesita mano de obra gratuita.
—No te engañes —replicó Belmont, examinándose las manos mientras hablaba—. Comen tanto que quizá te saldría más barato contratar a alguien, pero trabajan duro y Nick pensó que probablemente te vendría bien la compañía.
—Nick, Nick. —Edward suspiró—. Ya envió al pobre Lindsey para que me hiciera de dama de compañía. Debería ocuparse más de su nueva esposa y menos de los asuntos de los demás.
Cullen entendió que Axel Belmont estaba tratando el asunto con delicadeza. Le estaba dando facilidades para que aceptara la ayuda de los espías de Nicholas sin que su orgullo se resintiera. Bueno, había cosas peores que acoger a un par de adolescentes.
—Estaré encantado de disfrutar de la compañía de tus hijos —afirmó, incorporándose—, pero será mejor que cortemos esa tarta antes de que vuelvan y empiecen a discutir sobre cómo dividirla en cinco trozos idénticos.
—Que sean seis, entonces —murmuró Darius, mirando hacia el bosque.
—Seis es muy fácil —replicó Ed, antes de darse cuenta de que su amigo se refería a que Isabella Black estaba saliendo del bosque—. Seis es lo más fácil del mundo —concluyó, incapaz de evitar que una sonrisa se adueñara de su cara.
Isabella llevaba uno de sus cómodos vestidos viejos y un sombrero de paja. Al comprobar que también llevaba zapatos, Edward se sintió algo decepcionado. Desde el día en que la había conocido —descalza, con un sombrero de paja sobre su rico y alborotado cabello—, siempre se la imaginaba así. Aunque iba calzada, volvía a llevar el cabello casi suelto, apenas recogido en una trenza floja.
—Atraída por el ruido. —Edward se levantó a saludar a su nueva invitada—. Isabella Black, permítame que le presente al señor Axel Belmont de Candlewick.
—Señora Black. —Belmont se inclinó sobre su mano, con una amplia sonrisa—. Nos conocemos. Soy botánico y la señora Black tiene los jardines más impresionantes de la comarca.
—Me halaga, profesor —dijo Isabella—, pero no deje de hacerlo. Vine a ver la masacre, por si había supervivientes.
—Lo que ha oído han sido mis hijos —aclaró Belmont—. En cuanto acabemos de cortar el pastel tendrá el placer, o la cruz, de conocerlos.
—Siéntese con nosotros —la invitó Edward, señalando la cesta—. La señora Belmont nos ha enviado un almuerzo como pago por sufrir la compañía de sus parientes.
—¿Cómo está su encantadora esposa, señor Belmont? —se interesó Isabella, sentándose en un extremo de la manta.
—Lo más seguro es que se encuentre disfrutando de una siesta en estos momentos. Y se sentirá eternamente agradecida a su vecino cuando me vea volver solo.
Isabella se volvió hacia Edward y sonrió.
—Así que va a adquirir su propia manada de chicos. Una estrategia muy inteligente teniendo en cuenta que los de por aquí dejan mucho que desear. Esa tarta tiene un aspecto delicioso.
—Las fresas nunca defraudan —asintió Belmont, antes de iniciar una conversación sobre flores. Edward se fijó en que Isabella parecía cómoda hablando de un asunto que conocía tan bien, pero sus gestos y sus palabras siempre estaban bien medidos. El profesor la trataba como a una igual intelectual, sin olvidar nunca sus modales de caballero, pero manteniendo las distancias emocionales.
Ed se sintió muy satisfecho.
Dayton se acercó a la carrera, seguido de cerca por su hermano.
—¿Habéis visto la fresquera? ¡Es lo más mejor! Se podría vivir en ella.
—¿Lo más mejor? No sabes hablar, Day —se mofó su hermano—. Tiene cañerías, conductos, baño, ventanas y todo tipo de comodidades. La fresquera, no Dayton.
—Y está impecable —añadió éste, sin hacer caso de las burlas de su hermano—. Se podría comer en el suelo. ¡Eh! Habéis cortado la tarta.
Belmont le dio un trozo a cada uno. Tras una reverencia apresurada en dirección a Isabella, se alejaron comiéndose la tarta con la mano.
—Es cierto, la fresquera es impresionante —dijo Isabella, mirando a Edward—. Reconozco que la he estado usando.
—¿Impresionante? No será tanto.
—Venga —lo invitó ella, levantándose, lo que hizo que los tres hombres se pusieran en pie como movidos por un resorte—, se la mostraré. Caballeros, no hace falta que se levanten. Sé que un pícnic no es un pícnic completo si no va seguido de una siesta.
Mientras Belmont y Darius intercambiaban una sonrisa, Edward le ofreció el brazo, muy satisfecho por esa oportunidad de estar a solas con ella.
Poco después, él paseaba la vista por la fresquera más elaborada que había visto nunca.
—Es fascinante. Puede usarse como lavadero o como baño además de como fresquera. Nunca había visto tantos azulejos amarillos juntos.
—Son para evitar el moho. Un lavadero o un baño no sirven para nada si no están limpios.
El edificio era de piedra. El agua entraba por un extremo, caía en un conducto alicatado y se dividía en varias piscinas, cada vez más bajas. Luego volvía a salir al exterior por el otro extremo de la edificación. Un sistema de tuberías recogía parte del agua y la llevaba hasta dos tinas de cobre, una de las cuales estaba situada sobre un fogón.
—Así que aquí se calienta el agua para lavar la ropa —dedujo Edward—. Y esta otra debe de ser para bañarse.
—Exacto. Las he usado algunas veces —admitió Isabella, mirando una hilera de azulejos con flores de lis que decoraba la estancia a la altura de la cintura—. Tanto para lavar la ropa como para bañarme.
—Puede seguir viniendo siempre que quiera, por supuesto. —Ed empezó a mirar las tuberías para disimular que la había estado observando con demasiado interés—. Supongo que es gracias a usted por lo que está todo tan limpio.
—Uso el estanque de la granja cuando hace buen tiempo —explicó Isabella, ruborizándose—, pero cuando llega el frío, este lugar es una bendición. Desde que empecé a usarlo, ya no tiemblo pensando en hacer la colada.
—No debe preocuparse por eso. —Edward se sentó en la mesita que había al lado de la puerta, que había dejado abierta de par en par por respeto a su invitada—. ¿Cuál es el día de la colada?
—Depende, el jueves o el viernes. Los miércoles son día de mercado. El domingo, voy a la iglesia. En algunas épocas del año, los sábados se celebra un mercado más modesto.
—Lo pregunto para no coincidir. No querría interrumpir a una dama que está disfrutando de su baño.
—Yo tampoco querría interrumpir a algún caballero —replicó ella, poniéndose cada vez más colorada.
—No me había planteado el asunto de la colada. Con tanto trabajo en la casa, Darius y yo estamos apilando un montón de ropa sucia.
—No me importará añadir unas cuantas camisas y calcetines cuando haga mi colada —sugirió Isabella, sin mirarlo a los ojos en ningún momento.
—No pienso permitir que me lave la ropa, Isabella. —Él se levantó y se acercó a ella frunciendo el cejo.
—Y yo no pienso permitir que me llame por mi nombre de pila sin haberle dado permiso —replicó ella, levantando la vista un instante pero bajándola de nuevo en seguida. Él alzó una ceja, pero no cedió terreno.
—Muéstreme ese estanque —dijo de pronto, cogiéndole la mano y colocándosela en el brazo—. No hay nada que me guste más al final de un día caluroso que un baño, ya haya estado al aire libre o en casa, tocando... pasando el rato.
—No quería hablarle en ese tono —se disculpó Isabella cuando entraron en el bosque—. No estoy acostumbrada a tener compañía.
—Lo entiendo. Somos intrusos y muy ruidosos además. Está habituada a oír sólo a los pájaros, no martillos y sierras. Son ruidos nuevos, no como los de los animales del bosque. Ni siquiera como los de los chicos del pueblo. Son cambios y no puede controlarlos.
¿Qué estaba haciendo? ¿Le estaba leyendo la mente?
—Sin embargo, hasta cierto punto puedo controlar cómo la gente me llama —admitió Isabella, con una sonrisa tímida—. Debe pedirme permiso para llamarme Isabella.
—Mi nombre es Edward —dijo él en voz baja—. Le ruego que lo use y solicito permiso para dirigirme a usted con el mismo grado de familiaridad.
—Edward —repitió ella, pronunciando cada sílaba mientras se dirigían hacia un claro en los árboles—. Es un nombre precioso. Será un honor usarlo. Puede llamarme Isabella cuando no estemos en la iglesia.
—Muchas gracias. —Edward respiró aliviado—. ¿Éste es su estanque?
—En realidad es suyo —respondió ella, soltándole el brazo y subiendo al entarimado que bordeaba parte de la balsa—. Yo lo uso por las noches y los chicos del pueblo cuando les apetece.
—Para eso están los estanques, para que la gente los use. —Ed subió a la tarima y observó a Isabella, que se acercaba al extremo del pequeño embarcadero. Mientras contemplaba la tranquila superficie del agua, el sombrero le ensombrecía los rasgos de la cara. Siguiendo un impulso, se sentó y se empezó a quitar las botas.
Isabella lo miró, sorprendida.
—¿Va a mojarse los pies?
—Sí, y a invitarla a que haga lo mismo —respondió, quitándose la segunda bota—, Isabella.
Ésta lo sorprendió al quitarse los zapatos sin dudarlo un instante y sentarse a su lado. Sus cuerpos no llegaban a tocarse, pero Edward aspiró su aroma de madreselva y lavanda. Con delicadeza, Isabella se levantó el vestido y acarició el agua con los dedos de los pies.
—Creo que a mis pies les va a encantar este estanque —afirmó Ed, remangándose los pantalones por debajo de las rodillas y sumergiendo los pies en el agua fresca—. Creo que a mi cuerpo entero le encantaría.
—¿Sabe nadar bien? El otro extremo es bastante profundo.
—Sí, soy buen nadador. ¿Y usted? —Él movió los pies formando remolinos y dejando que Isabella los mirara tanto como quisiera. Los tenía grandes, como el resto de su cuerpo. Eran unos pies largos con los puentes bien pronunciados.
—Me defiendo. En el estanque al menos. No me atrevería a meterme en el mar.
—Yo tampoco. ¿Quiénes son esos chicos que la preocupan tanto?
Edward la distrajo con preguntas durante unos veinte minutos para que se sintiera cómoda. Iban a ser, por lo menos, vecinos. Y un hombre no era un hombre si no disfrutaba de la visión de unos bonitos pies descalzos cuando se presentaba la oportunidad.
—Tiene invitados —le recordó ella al fin—. No debería estar monopolizando su tiempo, señor Cullen.
—Edward. Y vinieron sin invitación.
—La buena educación no hace diferencias. —Isabella sacó los pies del agua y miró a su alrededor, buscando los zapatos.
—Permítame —dijo él, sacando a su vez los pies del agua, volviéndose hacia ella y sentándose con las piernas cruzadas. Se quitó la camisa y se la puso sobre el regazo—. Deme un pie.
—¿Cómo? —exclamó Isabella, con la mirada clavada en su amplio pecho. Ed sabía que era un torso atractivo, musculado gracias a las largas horas pasadas al piano, pero nada que debiera sorprender a una viuda.
—Permítame que le seque el pie —insistió, mostrándole la camisa como si fuera una toalla. La miró con descaro, como si ofrecerse a secar los pies de las damas fuera lo más normal del mundo, aunque lo cierto era que solía ser bastante tímido. Con cautela, Isabella se apoyó en las manos y le ofreció un pie.
Él lo tomó con delicadeza y lo secó con la camisa de lino. Primero un pie y luego el otro. Cuando acabó, se secó los suyos sin prisas antes de volver a ponerse la camisa.
—¿Nos vamos? —preguntó tras calzarse las botas, tendiéndole una mano. Isabella no podía rechazarla sin parecer antipática, así que no protestó. Y tampoco lo hizo cuando él se puso en marcha hacia la casa sin soltársela.
Hacía un año, Isabella le había dado la mano para enseñarle el bosque. Estaba seguro de que había sido algo espontáneo, sin malicia. Pero no podía quejarse ahora que él estaba haciendo lo mismo, entrelazando sus dedos y paseando despacio.
—Los chicos de Belmont se quedarán una temporada —dijo Edward cuando alcanzaron la sombra del bosque—. Son buenos chicos, a pesar de todo. Creo que el profesor quiere practicar un poco la separación antes de enviarlos a la universidad.
—Hace diez años que me fui de casa de mis padres y todavía los echo muchísimo de menos. Pero también me siento algo aliviada al saber que ya no están.
—¿Aliviada? —Edward se detuvo a mirarla—. ¿Estaban enfermos?
—Mi padre era bastante mayor que mi madre —respondió ella, observando unos helechos que trataban de brotar en mitad del camino—. Probablemente estaba mal de salud, pero yo era muy niña para darme cuenta y su muerte me pilló por sorpresa. Mi madre ya no era ninguna chiquilla cuando yo nací, así que supongo que fui una niña muy querida. Un pequeño milagro.
—Estoy seguro de que fue así.
—¿Y usted? —quiso saber Isabella, inclinándose para arrancar los helechos.
—Yo fui uno de diez pequeños milagros —respondió él—, pero no pongo en duda el amor de mis padres. —Se quedó en silencio al darse cuenta de que realmente lo sentía así. Nunca lo habían entendido, pero a pesar de ello, no habían dejado de quererlo. Mientras estaba perdido en sus pensamientos, Isabella le soltó la mano y lo sujetó del brazo, lo que era prudente, teniendo en cuenta que estaban a punto de salir del bosque y no quería precipitarse.
¿Precipitarse a hacer qué? Ya se lo preguntaría otro día.
