Capítulo 3

—Gracias por mostrarme el estanque —dijo Edward, al acercarse a la manta.

—De nada. Parece que las hadas han pasado por aquí, hechizando con su embrujo de sueño a sus amigos.

—No estamos dormidos —replicó Darius, abriendo un ojo e incorporándose—. Bueno, tal vez Belmont lo esté, pero es que se comió dos trozos de pastel de carne, así que hay que disculparlo. Está todo demasiado tranquilo. ¿Dónde andarán los salvajes?

El profesor se incorporó también, bostezando.

—Deben de estar montando la tienda. Es grande y el montaje es complicado. Si usan los tablones que hemos traído para construir una plataforma, dormirán secos y cómodos y, lo más importante, no tendréis que soportar el ruido que arman todo el tiempo.

—Salvajes que se traen su propio alojamiento. Muy considerado por tu parte.

—Mi hermano Matthew y yo le dimos buen uso a la tienda en nuestra juventud —recordó Belmont—. También puedes ayudarles a elegir un buen sitio para construir una casa en un árbol, aunque lo importante es que los pongas a trabajar cuanto antes. Si estuviera en tu lugar, haría que arrancaran todos esos malditos arbustos y luego que la señora Black les indicara qué tienen que hacer con el jardín. Disculpe el lenguaje, señora Black.

—¿Con el jardín? —preguntó Edward, alzando una ceja.

—¡Por el amor de Dios, Cullen! —exclamó Belmont, levantándose—. No creerás que la tarea que tienes por delante se limita a la casa. Si quieres tener una finca en condiciones, necesitas diseñar bien los jardines. Y si no los cuidas, la maleza se apoderará de ellos. Hay que podar los robles para que no te llenen los canalones del tejado de hojas y de bellotas. Querrás que haya flores cerca de la casa, ¿no? Y necesitarás plantas aromáticas cerca de la cocina, un huerto de plantas medicinales y otro huerto para verduras y hortalizas.

Ed se rascó un lado de la cara.

—¿Tantas cosas hacen falta?

—Y eso sin contar los jardines ornamentales —siguió diciendo Belmont alegremente—. Jardines con distintos olores, algunos que florezcan dependiendo de la estación, o de un único color... Hay mil posibilidades. Y el verano se nos echa encima. Te aconsejo que te pongas a ello de inmediato o perderás un año entero. Apiádese de él, señora Black. No podemos esperar que un chico de ciudad como Cullen comprenda lo que supone cuidar de un jardín.

—Supongo —añadió Darius, poniéndose en pie— que los muchachos podrían dedicarse a levantar la tierra y a trasplantar los arbolitos y las plantas. Me imagino que los hijos de un botánico no tendrán problemas en eso.

—Los dos han pasado muchas tardes conmigo en los invernaderos y semilleros —les aseguró Belmont—. Mi esposa y yo estaremos encantados de enviarte plantas del semillero. Tenemos todo tipo de variedades cosechadas en las propiedades de mi esposa en Kent. —Mirando a Edward fijamente, agregó—: Si aceptas quedarte con mis pequeños salvajes, prometo volver con un carro cargado de semillas y brotes para ti y la señora Black.

«Bien hecho», pensó Edward. La cara de felicidad de Isabella le dijo que Belmont acababa de convencerla. Podía contar con la ayuda y la presencia de Isabella durante todo el verano.

—Tu generosidad será muy apreciada, profesor.

—Muy bien. Me pondré en camino —anunció Belmont, sacudiéndose el polvo de los pantalones—. El que guía es Nelson y el castrado es Wellie.

—¿Qué castrado? —preguntó Edward.

—Te presto también el carro y los caballos —explicó el botánico—. En caso de necesidad extrema, puedes sacrificarlos para alimentar a mis hijos. Los chicos saben montarlos, aunque no hemos traído sillas. No son malos ejemplares, siempre que no les exijas demasiado. Estoy en plena recogida del heno, así que no puedo desprenderme de mi mejor par, pero son animales nobles.

—Es muy generoso por tu parte —intervino Darius, lanzándole una mirada de advertencia a Edward. No era el momento de sacar a relucir su orgullo—. Un carro nos va a hacer ganar mucho tiempo y nos solucionará un montón de problemas logísticos. Al menos los establos están en buen estado.

—Perfecto, todo arreglado —dijo Belmont, buscando a sus hijos con la mirada—. Antes de irme, quiero dar unos cuantos sabios consejos a mis hijos. Ya sé que no me harán ningún caso, pero Abby se sentiría decepcionada si no lo hiciera.

—Iré a buscar tu caballo —se ofreció Darius.

Edward empezó a seguir a Belmont, pero Isabella se lo impidió poniéndole la mano en el brazo.

—Déjeles solos un momento —sugirió—. Las despedidas ya son bastante difíciles sin necesidad de público.

—Y los jóvenes tienen grandes reservas de dignidad.

—Me preocupa más el padre —replicó Isabella, con una sonrisa—. ¿Tal vez podría sugerir una visita a Candlewick en breve?

—Me encantaría conocer Candlewick. Belmont me explicó que estaba en mal estado también cuando se fue a vivir allí.

—Y estoy segura de que a la señora Belmont le encantará ver a los chicos. Si quiere que me encargue de mantenerlos ocupados, tiene que decirme exactamente qué quiere que hagan.

Empezaron a enumerar cosas que podían hacer, desde plantar un huerto a trasladar arbolitos frutales de la granja de Isabella. Ésta le explicó que la propiedad empezaba en el prado que bordeaba el estanque y que seguía paralelo al camino que llevaba al pueblo. Mientras ella le iba explicando los límites de la finca indicándolos con el dedo, Ed trataba de que no se notara demasiado que sólo se fijaba en sus labios o en la curva que formaba su cuello al unirse con los hombros. Y que en vez de escuchar sus explicaciones, sólo oía la cadencia de su voz.

Harían falta instrumentos de viento, de madera —fuertes pero flexibles a la vez— con algún instrumento de cuerda para poder transmitir la elegancia de su voz. Aunque tal vez sería más adecuado un piano. Un adagio suave, lírico, sería una buena comparación.

Se obligó a regresar a la conversación.

—¿Quién se ocupa de las granjas? —preguntó, mientras Darius sacaba otro caballo castrado de los establos.

—Los Bragdolls, entre otros. Trabajan las tierras, pero el huerto, el gallinero y otras dependencias están abandonadas. La casa lleva mucho tiempo vacía, desde la época en que pertenecía al anterior barón Roxbury.

—No creo que pueda ocuparme de esa parte por ahora. Los suministros que me proporciona son suficientes para nuestras necesidades actuales. Y no tenía pensado contratar servicio de momento. —Ni siquiera tenía claro que fuera a conservar la finca.

—Cultive todas las verduras que pueda —sugirió Isabella—. Por unas monedas nunca le faltarán niños dispuestos a arrancar las malas hierbas, y siempre puede vender el excedente. Y aunque no contrate servicio hasta la primavera que viene, necesitará alimentarlos hasta el verano siguiente.

—Poner en marcha una mansión y varias granjas es mucho más complicado de lo que pensaba.

—Porque sólo había pensado en restaurar la casa —le recordó ella—, que no es poco.

Edward se encogió de hombros.

—La casa me gustó desde el primer momento en que la vi. Me sigue gustando y se me van ocurriendo cada vez más ideas para devolverle su esplendor. —En cierto modo, le recordaba a componer música. Una parte de trabajo manual, otra de arte; una parte de descubrimiento, otra de creación.

—¿Ha pensado ya qué nombre va a ponerle? —preguntó la joven, mirando por encima del hombro.

—¿Cómo? —Edward siguió la dirección de su mirada y vio a Belmont abrazando a sus hijos sin ningún pudor—. Va a echarlos de menos.

Se preguntó si su padre lo añoraría alguna vez, pero en seguida apartó la idea de su mente. Tanto Victor como Bart estaban muertos y nunca había visto que su padre diera muestras de añoranza. Que su hijo menor se mudara al condado de Oxford no iba a causar ningún dolor al duque de Moreland. Y del mismo modo, Edward no iba a permitirse añorar su piano.

—Hoy es lunes —dijo Isabella, inclinándose hacia él para bajar la voz—. Podría llevarlos de visita a Candlewick el domingo. Así se ahorrará tener que ir a la iglesia en Little Weldon. —Con esas palabras se alejó, deteniéndose un momento para despedirse de Belmont. A Edward le pareció una despedida muy correcta pero distante por ambas partes. Cuando Belmont cruzó el patio para marcharse, aquél seguía mirando a Isabella con escaso disimulo.

Por la tarde, después de descargar otro carro de suministros llegados de la ciudad, Ed se sentó al lado de Darius, a escuchar sus ideas y sus cálculos. En otra parte de su mente oía un movimiento lento de la Sexta Sinfonía de Beethoven, una pieza suave y lírica que no tenía nada que ver con clavos, tablones, porches que cedían o ventanas rotas.

Herr Beethoven, concluyó Cullen, sabía poco de la realidad de la vida pastoral.

—¿Te apetece que acorralemos a los chicos y vayamos a darnos un baño al estanque? —sugirió Ed, bajando de su asiento, en lo alto de la pila de madera—. No creo que aguanten mucho rato despiertos cuando se haga de noche. Y yo tampoco.

—¿Un baño? —repitió Darius, simulando tener que pensarlo—. ¿Es aquella actividad en que acabas completamente empapado mientras tratas de evitar que se te peguen muchas sanguijuelas? No me lo perdería por nada del mundo.

Los muchachos salieron corriendo hacia el estanque al oír la sugerencia. Los mayores los siguieron a un paso más tranquilo, pero pronto los cuatro se habían quitado la ropa y se habían tirado al agua desde el entarimado. A Ed, la escena le recordó a muchas tardes de verano pasadas con sus hermanos. Nadó unos largos alrededor de la balsa, buscando la paz en el relajante ritmo del agua y en el ejercicio suave.

—Vamos a empezar a preparar la cena —dijo Darius desde la orilla. Sólo se había puesto los pantalones y tenía el cabello mojado echado hacia atrás. Los chicos iban vestidos igual.

—Dejadme el jabón. Iré en seguida.

—¿El jabón? —preguntó Dayton a gritos—. ¿A quién le importa el jabón pudiendo tener pastel de carne? ¿O tarta de manzana? ¿Ensalada de patatas? O aunque sólo sean galletas con mantequilla...

Al oírlo, su hermano salió corriendo hacia la casa, con Dayton pisándole los talones y Darius cerrando la comitiva con una sonrisa en los labios. Cuando se hubieron alejado un poco, Edward se acercó al embarcadero y se sentó, disfrutando de la paz y de la cálida brisa del atardecer.

Nunca habría pensado que agradecería tanto el silencio. ¡Señor, qué ruidosos eran los hijos de Belmont! No recordaba haber sido tan escandaloso de joven. Aunque suponía que su caso era distinto. Además de ser el benjamín, tenía alma de artista. Era de esos niños que se quedan mirando preocupados cuando sus hermanos se lanzan al agua colgados de una cuerda o cruzan ríos helados sin pensar si el hielo soportará su peso. No habían echado de menos la voz de Edward. Ya eran bastante ruidosos sin su aportación.

Pero ahora los más ruidosos entre ellos —Victor y Bart— estaban muertos. Se abrazó las rodillas y apoyó la frente en ellas. Iba a ser una noche preciosa, cargada de aromas suaves y veraniegos flotando en la brisa.

El dolor era un compañero tan incansable que Ed sintió ganas de gritar. Al menos, cuando podía tocar el piano, había tenido un modo de expresar sus emociones. Levantándose, se tiró al agua y empezó a lavarse.

Cuando estuvo todo lo limpio que uno puede estar gracias al agua, el jabón y el esfuerzo, volvió a sentarse en el embarcadero para secarse al aire, mientras contemplaba las sombras cada vez más alargadas. Los anocheceres eran la parte más dura del día y en muchas ocasiones había sobrevivido practicando ejercicios para ganar agilidad en los dedos. Podía hacerlos dejando la mente en blanco y lograban relajarlo más que cualquier otra cosa.

Cuando la oscuridad era casi completa, se levantó y se puso los pantalones. Mientras recogía el resto de la ropa y se dirigía hacia la casa, pensó que, a su manera, se había acostumbrado a hacer tanto ruido inútil como los chicos Belmont.

El señor Edward Cullen tenía problemas.

Isabella llegó a esa conclusión desde su escondite entre las sombras del bosque, mientras se debatía entre anunciar su presencia o dejarlo con sus cavilaciones. Finalmente, como buena cobarde que era, decidió seguir escondida, no fuera a darse cuenta de que llevaba rato espiándolo.

Era evidente que tenía problemas. No había más que ver cómo encorvaba la espalda y escondía la cabeza entre las piernas. O la intensidad del largo silencio que guardaba mientras la noche caía a su alrededor. O la excesiva delgadez de su vientre y sus costados, de los que sobresalían los huesos de las costillas o las caderas.

Aunque, preocupado o no, el hombre era un espectáculo digno de contemplar. Jacob había estado en forma y montaba a caballo sin problemas, pero nunca le había parecido tan musculado como Edward Cullen. Tampoco podía compararse en altura ni en la sensación de potencia que desprendía cuando se arqueaba para tirarse al agua de cabeza.

Isabella tenía la mente llena de imágenes de Edward desnudo. En algunas estaba desnudo y quieto; en otras, desnudo y saliendo del agua; en otras, desnudo y recogiendo la ropa. La noche iba a ser larga y calurosa, pensó sintiendo la ropa pegada al cuerpo. Cuando la oscuridad fue absoluta, se desnudó y se metió en el agua, nadando alrededor del estanque como había hecho Edward.

Y, igual que él, sin encontrar alivio para la culpabilidad y el dolor que la afligían.

—¿Estarán bien los chicos en la tienda? —preguntó Ed, sirviendo dos tazas de té de la tetera que habían preparado en la cocina de leña mientras oían las gotas de lluvia que habían empezado a caer sobre el tejado de la cochera.

—Sí, la tienda es impermeable —respondió Darius, dándole las gracias por la taza con una inclinación de cabeza—. Se lo van a pasar bien, llueva o haga sol. Este verano va a ser una fiesta constante para ellos y así es como debe ser.

—Han trabajado muy duro toda la semana. Ya no queda ni un matorral en los prados, han cavado y plantado los jardines y los huertos, y el camino de acceso está mucho más despejado.

—Y, sin embargo, no estás satisfecho —comentó Darius, a la luz de la única vela que habían encendido.

—¿Con ellos? Mucho. Son buenos chicos y buenos trabajadores. Tengo mucha suerte de contar con su ayuda.

—Puede que estés satisfecho con ellos, pero no lo estás contigo mismo.

—Vaya, habló el experto en satisfacción personal. —De lo último que tenía ganas tras un nuevo día de trabajo agotador era de que Darius Lindsey se pusiera a husmear en su alma.

—Mañana vas a ir con los chicos y la señora Black a Candlewick —le recordó Darius—. Aprovecha para comer bien, toca el piano de Belmont unas cuantas horas y recupérate.

Ed guardó silencio durante un rato. Finalmente, suspiró y dejó la taza bajo la estufa.

—No voy a tocar el piano de Belmont ni ningún otro piano, y te agradecería que no sacaras el tema en público. —En dos zancadas cruzó la habitación y se sentó en la cama, se quitó las botas y las lanzó con violencia contra la pared.

—¿Ésa es la causa de que lleves siempre guantes? —insistió Darius, reclinándose en su cama—. ¿La mano no ha dejado de dolerte?

—¿Lo sabías?

—No estoy ciego, Edward. He visto la colección de guantes a medida que te has mandado hacer, los de la mano izquierda más grandes que los de la derecha. Me he fijado en que tienes la mano izquierda hinchada y, cuando te quitas los guantes, he visto que el pulgar, el índice y el corazón están enrojecidos y tumefactos. Procuras no usar la mano izquierda para tareas delicadas, pero la castigas en trabajos duros. No he podido evitar preguntarme si es lo mejor que puedes hacer para que se cure.

—Fairly me prohibió tocar el piano —replicó Ed con los dientes apretados—, y no estoy tocando el jodido piano.

—¿Has notado alguna mejoría?

—No —respondió Cullen, tratando de adoptar el mismo tono desenfadado de su amigo—. Al principio parecía que sí pero últimamente está peor, así que lo mejor que puedo hacer es usarla para algo útil mientras pueda.

—Parece que estés enfadado con la mano —comentó Darius—, pero la fuerzas a hacer las tareas más duras. Hay días que siento que estoy de más.

—Hago todos los trabajos que haría un trabajador cualquiera —lo corrigió Edward, levantándose para recoger las botas y dejarlas bien puestas al lado de la puerta—. Lo único que no puedo hacer es aquello para lo que nací.

—¿Y eso es...?

—Tocar el piano. Mi arte es lo único que me da fuerzas para seguir adelante. Y es lo único que hago lo suficientemente bien como para que importe.

—Estás dramatizando un poco, ¿no crees? —comentó Darius, tumbándose en la cama y mirando a Edward con los brazos cruzados detrás de la cabeza.

—No, no lo creo. Si quisiera ser dramático, me cortaría las venas, me ahorcaría o me tiraría al Támesis atado de pies y manos para ahogarme.

—¡Edward! —Darius se sentó de golpe en la cama—. Eso no tiene ninguna gracia.

—¿Y qué gracia crees que tiene no ser capaz de tocar el piano cuando es lo único que he hecho en más de veinte años que mereciera la pena? Nunca destaqué en los estudios, ni he hecho una carrera militar como la de mi hermano, el oficial de caballería. No tengo la cabeza de McCarty para los negocios. Nunca fui divertido como Bart ni encantador como Vic. «Pero sabía tocar el piano, maldita sea.»

—También sabes levantar muros de piedra, poner paz entre Day y Phil o mantener a raya a Nick Haddonfield —replicó Darius—. ¿Crees que sólo hay una actividad que te defina?

—Sí, en ese sentido soy como una prostituta, Darius. Mi actividad me define. —Edward oyó el cansancio en su propia voz—. Cuando las pesadillas estaban volviendo loco a Jazz, tocaba para él, para que dejara de oír los disparos. Y cuando la pequeña Winnie se despertaba asustada por tantos cambios en su vida, tocaba para ella y le enseñé a interpretar algunas canciones. Cuando Victor estaba tan enfermo, tocaba y dejaba de toser un rato. Era mi manera de decirle a la gente que me importaban, Darius, y ahora...

Éste se levantó y fue a sentarse junto a su amigo.

—Ahora no puedes tocar para los demás y estás frustrado, enfadado y te dedicas a castigarte.

No es que quisiera castigarse, pero se sentía castigado por la vida.

—El piano es la única manera que tengo de expresar lo que siento, Dare. Siempre ha estado a mi disposición. Él sabe decir las cosas que yo nunca he podido decir. Y todo el mundo está dispuesto a escucharlo. Nunca me ha fallado, ni me ha dejado en ridículo, me conoce y sabe lo que soy y lo que quiero. Como amante, el piano es predecible y leal. No se me ocurre una amante mejor.

—Parece que estés hablando de una persona —comentó Darius, encorvando la espalda—. Sé que te duele perder un talento tan grande, pero eres demasiado mayor, y te aprecio demasiado, como para que tengas que apoyarte en un amigo imaginario. No puedes verte como a un esclavo de tu musa.

Ed se levantó de un salto y salió de la habitación, deteniéndose sólo el tiempo necesario para ponerse las botas.

—Lo siento. —Darius se puso en pie. Ed le dio la espalda y apoyó la mano en el pomo de la puerta—. No me gusta verte sufrir, pero ¿de verdad eres feliz atado al banco del piano?

—¿Crees que lo soy ahora? —preguntó sin volverse.

Bajó la escalera y salió de la casa sin la menor idea de adónde se dirigía. Ni siquiera sabía en qué le ayudaría eso. Darius era demasiado perspicaz. Normalmente no le faltaba razón, pero ¿un amigo imaginario?

Era el tipo de comentario devastador que un hermano mayor podría hacerle a uno menor burlándose de él. Mientras se adentraba en el bosque a la luz de la luna, Ed pensó que tal vez ésa era la causa de que el carácter de los artistas fuera tan inestable. Porque la gente que no tenía la necesidad de crear no podía comprender la frustración de quienes la sentían.

La perspectiva de pasar el fin de semana en casa de los Belmont le pareció una carrera de obstáculos.

No iba a poder ejercitar los dedos, ni calentar con temas de su repertorio de siempre, ni mantenerse al día de las nuevas tendencias en la música comprando las últimas partituras, ni dejar que nuevas melodías se abrieran paso entre sus dedos para ver hacia dónde se dirigían. Ni levantar la vista hacia el reloj y ver que había pasado tres horas buscando una respuesta a determinada cuestión musical sin haber conseguido una solución satisfactoria.

Al parecer, todas esas cosas iban a desaparecer de su vida, pensó saliendo del bosque. La mano no había empeorado, pero tampoco mejoraba. Sólo dolía, y tenía mal aspecto, y servía para realizar actividades que requirieran fuerza bruta, pero no delicadeza.

Cuando vio que había llegado frente a la casa de Isabella Black, se preguntó si habría venido voluntariamente. La casa estaba a oscuras, pero el patio trasero conservaba la fragancia de aromas florales en el aire húmedo de la noche. Sus jardines eran muy agradables a la vista durante el día, pero resultaban deliciosas al olfato durante la noche. Edward paseó entre las hileras de flores en silencio hasta llegar a los escalones del porche. Un gato gordo de color naranja descendió por ellos y se frotó contra sus piernas.

—Es un sinvergüenza —dijo la voz de Isabella desde algún punto del porche—. Es incapaz de cazar ratones, pero si ve un plato de leche lo deja limpio en un minuto.

—¿Cómo se llama? —preguntó él, sin plantearse qué hacía Isabella sola y a oscuras en el porche.

Marmalade. No es muy original, lo sé.

—¿Porque es naranja? —Ed se inclinó para cogerlo y se sentó con él en el primer escalón del porche.

—Y dulce —añadió Isabella, levantándose del balancín y sentándose a su lado—. ¿Demasiado acalorado para dormir?

—Alterado, no sé si por el calor. ¿Y usted?

—Inquieta. Tenía razón, los cambios me inquietan.

—Yo también estoy inquieto —reconoció Edward, con una sonrisa irónica—. Parece que es mi estado natural.

—A veces no podemos evitar las cosas que nos pasan. ¿Qué le inquieta?

Él guardó silencio, dándose cuenta de que estaba al lado de una de las pocas personas que lo conocían y que no lo habían oído tocar nunca el piano. Una mujer que ni siquiera sabía que era el hijo músico de Moreland.

—Me duele la mano. Lleva una temporada dándome guerra y estoy harto.

—¿Qué mano? —inquirió Isabella, sorprendida. No sabía qué tipo de problema tenía Edward Cullen, pero no había esperado que fuera una simple molestia física.

—Ésta. —Edward la movió en el aire hasta que ella la cogió entre las suyas.

—¿La ha visto un médico? —preguntó, recorriéndole los huesos del dorso con un dedo.

—Sí. —Él cerró los ojos y se perdió en el placer de su contacto. Tenía los dedos frescos y lo tocaba con delicadeza—. No me dijo nada concreto. Sólo que debía tratarlo como una inflamación.

—¿Y eso qué quiere decir? —insistió, acariciándole la palma—. ¿Cargar docenas de tejas forma parte del tratamiento? ¿Y cargar cubos de mortero para los albañiles? Ahora que me lo ha dicho, noto que está más caliente de lo normal. —Se la llevó a la mejilla y la apretó contra su cara.

—Significa que tengo que beber infusión de corteza de sauce, que es asquerosa. Tengo que descansar la mano, cosa que hago evitando tareas de precisión. Tengo que darme baños fríos, masajes y árnica, pero olvidarme del láudano, que me permite funcionar pero sólo porque enmascara los síntomas.

—Tengo una buena provisión de infusión de corteza de sauce —comentó Isabella, acariciando los dedos de Edward uno por uno—, aunque me parece que no hace mucho caso de los consejos del médico.

—Le doy friegas. Y comparado con hace una temporada, la dejo reposar bastante. No parece que esté peor.

—Quédese aquí. —Ella le dio un golpecito en la mano y se levantó. Mientras desaparecía grácilmente en el interior de la casa, Edward se maravilló al darse cuenta de que estaba a oscuras, haciendo manitas con una mujer vestida sólo con un camisón de verano y una bata. El pelo, como era costumbre en ella, le caía por la espalda recogido en una trenza.

El verano, aunque fuera en los alrededores de Little Weldon, aunque fuera con una mano medio inútil, tenía su encanto.

—Deme la mano —le dijo cuando volvió a sentarse a su lado. Él lo hizo, como quien pasa un plato de espárragos demasiado cocidos. Isabella se apoyó la mano en su regazo y abrió un tarro.

—¿También es curandera?

—Es un bálsamo a base de consuelda que va muy bien para estas cosas. Creo que también lleva un poco de árnica.

Edward sintió que le extendía una sustancia fresca y húmeda sobre la mano y empezaba a masajearla. Paciente y metódicamente fue distribuyendo el bálsamo entre los nudillos, en cada dedo, en la muñeca y la palma. Notó que la tensión, la frustración y el enfado se iban retirando y acababan desapareciendo por los dedos, igual que cuando tocaba.

—No se queja —observó ella, pasados unos minutos—. Espero no estar haciéndole daño.

—No, no me hace daño. —Estaba tan cansado que le costaba articular las palabras—. Creo que me está yendo bien. A veces me voy a la cama pensando que he pasado un buen día y cuando me despierto está más inflamada que nunca.

—Debería escribir un diario —sugirió Isabella, aplicándole más bálsamo—. Yo lo hice, y fue así como descubrí que tengo cambios de humor cíclicamente.

Edward entendió a qué se refería. Se imaginó que si no hubiera sido viuda —y si no hubieran estado a oscuras— no se habría atrevido a hacer esa confesión.

—¿Qué ha dicho que llevaba el bálsamo?

—Consuelda —respondió ella, aliviada con el cambio de tema—. Probablemente también lleve menta, romero, lavanda y árnica. Y alguna otra hierba aromática.

—Me gusta cómo huele —dijo él, preguntándose cuánto tiempo pensaría estar tocándole la mano. Sabía que era muy infantil por su parte, pero sospechaba que el contacto lo estaba aliviando tanto o más que los ingredientes del bálsamo.

—¿Qué tal? —preguntó Isabella, deteniéndose.

—Muy bien. Creo que el calor de sus manos es tan terapéutico como el bálsamo.

—No me extrañaría —admitió ella, envolviéndole su mano grande entre las de ella, más pequeñas—. No me considero experta en plantas medicinales. Es una disciplina poco científica y con demasiado margen para el error.

—Pero este bálsamo ¿lo ha hecho usted?

—Sí, pero sólo para mi uso personal. —Isabella no le soltaba la mano—. Vendo esencias, jabones y saquitos de hierbas aromáticas pero nada que pueda confundirse con una medicina, ni en tinturas ni en tisanas.

—Es muy prudente conocer los propios límites. —Edward agradecía tanto el contacto de las manos de Isabella que estaba seguro de que ella podía leerlo en su cara sin necesidad de palabras—. Isabella...

Ella lo miró en silencio, sin soltarle la mano. Él se reprimió para no decir lo que realmente le apetecía.

—¿Nos acompañará a Candlewick mañana?

—Por supuesto. Conozco a la señora Belmont. El señor Belmont me aseguró que ella agradecería mucho tener compañía femenina.

—¿Y usted, Isabella? ¿No echa de menos un poco de compañía femenina?

—Sí. —Edsupuso que este tipo de aceptaciones no le resultaban fáciles—. Estaba muy unida a mi madre, pero murió poco después de mi boda. La compañía de alguien de tu propio sexo es muy agradable, ¿no cree?

—Hasta cierto punto, sobre todo si son de tu propia familia, pero esta noche ha sido usted la que me ha hecho sentir bien, Isabella Black, y definitivamente no somos del mismo sexo.

—Es obvio. No hace falta que lo subraye —dijo, con la voz un poco más seca, pero sin soltarle la mano.

—¿Tenemos que hablar sobre el beso que le di hace un año? Me he comportado como un caballero durante dos semanas, Isabella. Esperaba que mis actos fueran más convincentes que mis palabras.

El silencio, o su equivalente veraniego —grillos, un murciélago ocasional, la brisa en los árboles—, se alargó.

—¿Isabella?

Edward retiró la mano, que ella no había soltado en ningún momento, y le deslizó el brazo por la cintura, acercándola más a él.

—Una mujer callada pone nerviosos a los hombres. Dime algo, cariño. No quiero ofenderte, pero no me siento cómodo aparentando que no ha pasado nada entre nosotros.

Él sintió que se tensaba y lo lamentó. A lo largo de las dos últimas semanas había tratado de convencerse de que lo que recordaba no era un beso auténtico, sino un sueño. Pero sólo verla sonriéndole a Day o a Phil, o bromeando con Darius, las entrañas se le encogían de un modo que le demostraba que el beso había sido muy real.

Al menos para él. Lo consideraba una auténtica obra de arte.

—Mi esposo casi nunca me llamaba por mi nombre de pila. Me llamaba «querida», «señora» y a veces «querida esposa». Nunca me llamó Isabella y, por supuesto, nunca me llamó «cariño». Nosotros somos casi unos desconocidos, así que le ruego que no se tome tantas confianzas.

La mano izquierda de Edward, la que ella había estado sosteniendo durante tanto rato entre las suyas, le acarició con suavidad la espalda.

—Somos unos desconocidos que se besaron. Con pasión, si la memoria no me falla.

—Pero sólo una vez, y de eso hace más de un año.

—Debí haberle escrito, supongo. Pero no creí que volveríamos a vernos. Supongo que usted tampoco lo pensaba. —Ahora se arrepentía de no haberlo hecho, aunque no hubiera sido muy correcto, ni siquiera siendo viuda.

La mano que tan dañada le había parecido hacía un rato seguía acariciando a Isabella, decidida a acabar con aquella rigidez de su espalda y sus buenas intenciones. Parecía que le gustaba, porque cada vez estaba más relajada.

—No, yo tampoco pensaba volver a verlo nunca —admitió Isabella—. Habría sido todo más fácil si se hubiera quedado en mi memoria y mi imaginación. Pero aquí está, en persona.

—Aquí estamos. —Ocupar un lugar en la imaginación de una mujer tenía que ser bueno para un hombre cuyos sueños se habían convertido en pesadillas—. Sentados en un porche a la luz de la luna, tratando de poner en orden nuestros recuerdos sobre un beso de hace meses.

—No debí besarle —confesó Isabella, apoyando la cabeza en su hombro, como si el peso de la verdad fuera demasiado grande para cargarlo sola—, pero estoy sola y a veces me asalta la desesperación. Sólo era un beso robado de un guapo desconocido. Me pareció seguro.

—No se equivocó. Era seguro —la tranquilizó Edward, poniéndose en su lugar. Durante el último año, él no se había mantenido célibe. No era un libertino, pero tampoco ningún monje. Por su vida había pasado una de las doncellas mayores de casa de Nick, algunas profesionales de York y algún burdel ocasional, pero lo más habitual era que se ocupara de sí mismo con sus propias manos.

Suponía que Isabella, a pesar de las ventajas que le procuraba su viudedad, no había besado, ni acariciado ni se había acostado con nadie más desde entonces. Todos esos días, semanas y meses tenían que habérsele hecho muy largos.

—¿Y ahora? —insistió Isabella—. ¿Lo sigue siendo? Se presenta en mi porche de noche. Quizá porque piensa que sigue siendo seguro y yo no hago nada para disuadirle.

—Está a salvo conmigo, Isabella —le aseguró, dándole un beso en la sien para reforzar la idea, y apoyando la cabeza en el lugar que sus labios habían rozado—. Soy un caballero. Puede que trate de robarle un beso, pero diga una sola palabra y me detendré. En cualquier momento. Usted decide.

—Debería darle vergüenza decir esas cosas —susurró ella, ocultando la cara en su hombro.

—Tiene razón. Debería darme vergüenza, porque lo único que le estoy ofreciendo son besos y placeres ilícitos. De eso puedo ofrecerle tantos como quiera.

Isabella se apartó un poco para mirarlo a los ojos.

—¿Me está insultando?

—No es mi intención. Pero no puedo esconder el hecho de que no soy el compañero ideal para una mujer decente. Puedo darle placer y aceptar el que quiera ofrecerme, pero no sirvo para nada más.

—No piensa quedarse —concluyó Isabella, cubriéndose un poco más con la bata.

—No suelo quedarme mucho tiempo en el mismo sitio, es cierto. —Hasta hacía poco, su hogar había estado en cualquier lugar donde hubiera un piano. Ahora ya no sabía cómo definirlo—. No tengo planes de casarme. Supongo que usted tampoco, porque si los tuviera no creo que siguiera viuda cinco años después de la muerte de su marido.

Edward se sintió invadido por un sentimiento de fatalismo. No había planeado mantener esa conversación, pero se dio cuenta de que era necesario dejar algunas cosas claras antes de ir haciendo ofertas indecentes a mujeres decentes.

Cuanto antes lo resolvieran, antes podrían olvidarse de todo e iniciar una nueva relación como buenos vecinos, de esos que no se besan en el bosque. Si no hubiera sido un lisiado —cómo odiaba esa palabra—, suponía que habría acabado proponiéndole matrimonio. Se notaba que era una dama bien educada y físicamente le resultaba muy atractiva.

Pero era un lisiado. Cuanto más tiempo pasaba sin tocar el piano, más discapacitado se sentía, no sólo en lo físico, sino también en lo emocional. No había exagerado al decirle a Darius que el piano era la manera que tenía su alma de expresarse. Gracias a ese instrumento había descubierto que tenía alma.

—Está buscando una aventura —susurró Isabella, devolviéndolo a la realidad.

—Estoy buscando un poco de placer compartido —replicó él, rezando porque fuera cierto. Santo Dios, qué pasaría si ya no fuera capaz ni de dar placer a una mujer. Mientras la rodeaba con el brazo y aspiraba su aroma entre el perfume de las flores, luchó contra el impulso de tumbarla en el suelo y hacerle el amor allí mismo.

Pero no era eso lo que deseaba con más ansia. Quería abrazarla, acariciarla y aprenderse cada uno de sus rincones. Quería ofrecerse a ella para que lo tocara, lo mimara y lo acariciara tanto como quisiera. Quería tomarse el tiempo necesario, sin prisas, como si se tratara de una nueva y fascinante partitura.

—No soy tan sofisticada como usted —dijo Isabella, volviendo a apoyar la cabeza en su hombro—. He estado casada y comprendo que hay ciertos actos que son más placenteros para los hombres que para las mujeres. Pero emocionalmente...

—Vaya. —La mano de Edward ascendió con delicadeza por su espalda y se detuvo en el hombro, acariciándole la nuca con el pulgar—. No se preocupe por su privacidad, ni por su buen nombre. Seré muy discreto. —Y le mostraría que con esos «ciertos actos» las mujeres podían experimentar más placer que cualquier hombre.

—¿Y si... concibiera?

—Me encargaría de que no les faltara de nada, ni a usted ni al niño. —Era la respuesta adecuada para una dama que no debía preocuparse por su reputación, pero se sintió muy incómodo pronunciando las palabras—. Y si me lo exigiera, me casaría con usted.

—El matrimonio no debería exigirse nunca —replicó ella, suspirando—. Estuve cinco años casada y no fui capaz de darle un hijo a mi marido, así que no creo que eso sea un problema. —Sus palabras destilaban tanta tristeza como el modo en que se refugiaba en su hombro. Sin necesidad de preguntarle nada, supo que escondían una historia con un final infeliz.

—Pero usted hubiera querido darle hijos.

—Pues claro. Jacob necesitaba un heredero y me eligió a mí para que se lo proporcionara. Pero yo no fui capaz de dárselo.

—Jacob era su marido. ¿Lo amaba?

—Sí —Isabella se encogió entre sus brazos—, pero no lo suficiente. Tardé mucho en darme cuenta, pero sí. Habría hecho cualquier cosa por darle los hijos que era mi deber darle.

Él volvió a acariciarle la espalda, sintiendo que el corazón se le encogía de dolor... por ella.

—A veces la vida nos niega lo que más deseamos.

—Era un buen hombre.

—Hábleme de él —la animó Edward, volviendo a acariciarle el cuello. No sabía si existía alguna norma de etiqueta que aconsejara cómo abordar el asunto del antiguo esposo con una posible amante, pero no le importaba. Y al parecer, a ella tampoco.

—Como barón de Roxbury, Jacob tenía uno de los títulos más antiguos del reino, aparte de los de los monarcas —explicó Isabella—, pero no era pretencioso ni pedante. Cuando nos casamos, no lo conocía demasiado y pensé que era un mojigato, pero en realidad era muy tímido y no sabía cómo tratar a una esposa a la que casi doblaba la edad.

«¿Barón Roxbury?» Ed siguió acariciándole la espalda, dándose cuenta de que acababa de hacerle proposiciones deshonestas a la baronesa Roxbury en los escalones de su porche. «¿Puede saberse qué hace una baronesa viviendo como si fuera la viuda de un granjero?»

—Debía de ser muy joven —logró decir él, todavía recuperándose de la sorpresa.

—Me casé con diecisiete años. Hice mi presentación en sociedad después de la boda y nunca tuve que competir con las demás jovencitas para conseguir marido. Jacob me ahorró todo ese engorro. Pasé de ser el tesoro de mis padres al tesoro de mi marido. Pero en esos momentos no me di cuenta de lo afortunada que era.

—Nos pasa a todos. —Ed se obligó a seguir escuchando, mordiéndose la lengua para no hacerle todas las preguntas que le venían a la cabeza. Tenía la sensación de que Isabella no hablaba de su pasado a menudo. No porque escondiera nada sino porque era una mujer de las que lloraban en soledad—. Lo echa de menos.

—Lo echo de menos... físicamente, por supuesto —admitió ella en voz baja—. Con el paso del tiempo, nos hicimos amigos y su compañía fue un consuelo cuando los niños no llegaban. Pero también echo de menos otras cosas. Gracias a él, tenía una posición social, un lugar en la sociedad. Es algo a lo que nunca había dado importancia hasta que lo perdí.

Edward no dijo nada, pero se volvió ligeramente hacia ella y la rodeó con el otro brazo. Ya no estaba sólo apoyada en él, sino entre sus brazos. Pensó que iba a llorar, pero se limitó a suspirar en su cuello.

Ed apoyó la barbilla en su cabeza y contempló el jardín en sombras. Abrazar a Isabella Black le proporcionaba una gran sensación de paz. No era la clase de paz que se había imaginado, la que sigue a un encuentro apasionado, y quizá no se la merecía, pero no iba a renunciar a ella hasta que no le quedara más remedio.

—No es correcto por mi parte —murmuró Isabella, tratando de apartarse— estar suspirando por mi esposo entre sus brazos.

—Chist. ¿Y en qué brazos va a hacerlo? ¿En los de Marmalade?

—Es usted un hombre muy generoso. Y demasiado confiado.

De sus palabras dedujo que no le había contado toda la verdad, pero también que Isabella había recibido muy poco consuelo a lo largo de su vida. La confianza era algo muy frágil y delicado. Cuando Edward cambió de postura unos minutos más tarde, ella le rodeó el cuello con los brazos, devolviéndole la confianza. Se levantó sosteniéndola y la depositó con delicadeza en un extremo del balancín mientras él se sentaba en el otro. Tras ponerlo en movimiento, volvió a abrazarla hasta que se durmió.

Ed permaneció un buen rato con ella dormida entre sus brazos, sabiendo que estaba disfrutando de un placer al que no tenía derecho. Nunca había entrado en su casa y sentía reparo por invadir su intimidad.

Al menos ésa era la excusa que se daba para no marcharse.

Lo cierto era que el peso ligero, cálido y confiado de Isabella Black lo anclaba en una noche en la que había estado a punto de vagar sin rumbo, poniendo aún más distancia entre su cuerpo y su alma, su intelecto y sus emociones. Darius le había hecho daño al describir el piano como a un amigo imaginario.

Admitía que el arte no era suficiente para cubrir todas las necesidades o deseos de un artista. Isabella Black tampoco, por supuesto, eso estaba fuera de cualquier duda.

Lo importante, reflexionó Ed mientras la levantaba en brazos y entraba en la casa con ella, era que la vida todavía tenía placeres y misterios por descubrir. Y ese pensamiento le daba fuerzas para sobrevivir al fin de semana en casa de los Belmont. Mientras la metía en la cama y le daba un beso en la mejilla, Ed elevó una oración de gracias.

Al haberle confiado su dolor, Isabella había aliviado un poco el suyo.