Capítulo 4

—Estás demacrado —comentó Axel Belmont, cerrando la puerta cuando el último de los lacayos cargados con cubos se hubo marchado—. Y se nota que te ha dado el sol.

—Sí, los tejados suelen estar al sol, si hay suerte.

—Deja que te ayude. —Le desabrochó el gemelo de la camisa con facilidad. Edward le dejó hacer al acordarse del tiempo que le había llevado abrochárselo. Darius, sin consideración alguna, se había marchado al alba a Londres, dejándolo solo. Llevaba muchos días sin ponerse ropa de vestir y no había sido tarea fácil.

—¿Qué te pasa en la mano? —le preguntó Belmont, examinándola con curiosidad.

—Me hice daño. —Él se sentó y se quitó las botas—. Los trabajos físicos tienen sus riesgos.

—Y que lo digas. —Belmont las recogió y las dejó fuera de la habitación—. El otro día le estaba cambiando las herraduras al castrado de Abby y se encabritó. Me temo que los dedos de los pies no van a recuperar su color hasta Navidad. Aunque es útil para despertar la compasión de mi mujer.

—¿Necesitas la compasión de tu esposa tan pronto? —preguntó Edward, quitándose los pantalones. Mirando la bañera con deseo, se metió sin dudarlo.

El botánico se lo quedó mirando sin pudor.

—Cuando te vea mi esposa, va a querer cebarte como a un pavo, Cullen. ¿Os habéis quedado sin provisiones?

—No —respondió Edward, sumergiéndose en el agua con su suspiro—, pero ya no me paso el día sentado al piano tocando cancioncitas y viendo pasar el tiempo. Santo Dios, ¿hay algo mejor que un baño caliente?

—Si tienes que preguntarlo es que no estás bien de la cabeza... o de alguna otra parte.

—No es la primera vez que me lo dicen. —Cullen cerró los ojos y se reclinó—. El agua de los estanques no te acaba de dejar limpio del todo.

—Debe de hacer al menos un año desde la última vez que fui a nadar —replicó su amigo, mientras recogía los pantalones, la camisa y los calcetines de Edward—. Disfruta del baño. Estoy seguro de que mi mujer está sometiendo a la señora Black a un interrogatorio, así que no tengas prisa. ¿Parece que os lleváis bien?

—Es muy agradable. Igual que yo.

—Agradable, ajá. —Belmont alzó las cejas—. Bueno, no voy a presionarte, pero que sepas que Abby conseguirá sacarle los detalles a la señora Black, así que puedes contármelo.

Ed frunció el cejo.

—Cualquier cosa que te cuente llegará directamente a oídos de Nick, quien se lo contará a McCarty, quien se lo contará a su esposa, que será interrogada por la duquesa y así sucesivamente. No dudo de tu discreción ni de la de tu hermano, pero mis fronteras son mucho más difíciles de defender.

—Bien. Sólo te diré que si quieres hablar de algo, soy capaz de mantener la boca cerrada, aunque no te lo creas. Isabella es encantadora. Si yo hubiera sido de otra manera y ella hubiera sido otro tipo de viuda, habríamos sido muy buenos amigos.

—¿Y puede saberse qué me quieres decir con eso? —preguntó Edward, deseando de pronto estar vestido.

—Que cualquiera que sea vuestra relación, la apruebo. Y Abby también.

—Caramba, gracias. —Edward pestañeó, sorprendido.

—Mandaré limpiar las botas. Cuando estén listas, las dejarán en la puerta.

Axel se dirigió a la biblioteca para escribir una carta a Nick Haddonfield, considerado el mejor amigo de Edward. Axel era capaz de guardar una confidencia, pero tenía que contarle algo a Nick sobre su cuñado Darius y su amigo Edward, aunque sólo fuera para tranquilizarlo. Darius había acompañado a éste porque Nick se lo había pedido. Y el plan de acogida de Phil y Day también había sido idea de Nick. Decir que estaba un poco preocupado era quedarse muy corto.

Isabella se quitó el alfiler que le sujetaba el sombrero y miró a su alrededor. La habitación de invitados era bonita y espaciosa.

—Veo que lo del baño no era broma. —Varias doncellas cargadas con cubos de agua caliente entraron y descargaron el agua en una gran bañera de cobre.

—Viajar en verano suele dejarla a una llena de polvo del camino —dijo Abby Belmont, corriendo las cortinas—. Además, después de pasar unas horas con Day y Phillip, seguro que agradecerás un rato de paz. ¿Quieres que haga venir a una doncella para que te ayude?

—Oh, no, por favor. —Isabella se ruborizó y la mujer se quedó mirándola con curiosidad.

—Axel me dijo que nunca usabas el título. Y aunque prefiero que nos tuteemos, sé que debería estar llamándote su señoría y esas cosas. Pero bueno, métete en el agua y me cuentas cómo se han portado esos diablillos.

Agradecida por el cambio de rumbo en la conversación, Isabella le contó todo lo que sabía mientras se enjabonaba, se aclaraba, se secaba y se vestía para comer.

—¿Amabas a tu primer marido igual que al señor Belmont? —preguntó Isabella antes de abandonar la privacidad de la habitación. Isabella no solía hacer ese tipo de preguntas, pero la bonita y morena Abby Belmont tenía la virtud de conseguir que sus interlocutores se sintieran cómodos.

—Es difícil de explicar —respondió ésta—, pero no. Creo que nunca estuve enamorada de Gerald. Lo que sentía por él era agradecimiento. Estoy enamorada de mi actual marido pero incluso él, que amaba a su esposa, te diría que el segundo matrimonio es muy distinto del primero.

Isabella, que había sacado el asunto a colación por pura curiosidad, no dijo nada y se dejó guiar por Abby, que la había cogido del brazo, hasta el comedor.

Durante el almuerzo, Edward consumió una enorme cantidad de comida, sin dejar de hablar ni un momento. Hicieron planes para la finca y hablaron de la próxima matriculación de los chicos en la universidad, así como de todos sus amigos comunes. Después de comer, Belmont les ofreció dar un paseo por la propiedad y Abby se retiró del brazo de su marido para echarse la siesta.

—¿Quieres que demos un paseo por el jardín mientras esperamos a nuestro anfitrión? —le propuso él—. Hay mucha sombra. Es que si no me muevo pronto, me convertiré en una estatua de jamón y patatas.

Isabella fue a buscar su sombrero de paja y salieron por la puerta trasera.

—Busca un banco a la sombra —le dijo en tono conspiratorio mientras le agarraba del brazo.

Él la guió por unos jardines que sin duda eran el orgullo de un hombre muy interesado en la flora, hasta llegar a un pequeño cenador situado bajo un gran roble.

—¿Te hemos aburrido hablando de parientes y amigos comunes? —le preguntó mientras se sentaban.

—En absoluto, pero me has puesto nerviosa al hablarme con tanta familiaridad.

Ed hizo una mueca.

—Lo siento. No me he dado ni cuenta. Pero supongo que será mejor que sigamos hablándonos de tú. Quedará raro si cambiamos ahora. Es que los Belmont no se andan con formalidades.

—Ya lo he notado. Son encantadores. Ahora, siéntate de una vez, Edward Cullen. Es hora de tu medicina.

Al ver que se sacaba del bolsillo el tarro de bálsamo de consuelda, Edward frunció el cejo.

—No te sientas obligada a hacerlo —dijo, sentándose a su lado en el banco que ocupaba cinco de los lados del cenador hexagonal.

—¿No? ¿Lo harás tú? —Sentándose a su izquierda, alargó la mano con decisión. Cuando él puso su mano sobre la de ella, Isabella la observó detenidamente.

»El otro día no se veía casi nada. Te tiene que doler.

—Sólo cuando la uso. Si me pasas el bálsamo, yo mismo me lo daré.

—No seas cabezota. —Isabella tomó un poco de ungüento con los dedos—. Sólo es una de las manos. Está un poco enrojecida e hinchada. Tal vez no deberías usarla en absoluto. —Cuando empezó a extendérselo sobre los nudillos, él cerró los ojos—. ¿No sabes por qué se ha puesto así?

—Tal vez la he usado demasiado. O tal vez ha sido la combinación de exceso de uso y una herida que me hice de niño. O han sido los nervios.

—¿Los nervios? —Isabella levantó la mirada sin dejar de masajearle la mano—. No es muy normal oír hablar de nervios en tipos duros y fornidos como tú.

—Empecé a notarlo el día que enterré a mi hermano. El segundo. Ya había enterrado a otro antes —admitió Edward con un suspiro, volviendo la cabeza hacia los jardines.

—No me dijiste que habías perdido a un hermano. —Isabella movió la mano de Ed, abrazándola entre las suyas.

—He perdido a dos. Uno murió en España en circunstancias poco heroicas, aunque no solemos hablar de ello; el otro de tuberculosis.

Su voz no podía sonar más desenfadada, pero Isabella notó la tensión que se apoderaba de sus dedos.

—Edward, lo siento muchísimo.

—¿De qué murió tu marido? —preguntó él, en un desesperado intento por cambiar de conversación. Si no dejaban de hablar de sus hermanos, iba a salir corriendo campo a través hasta perderse en el horizonte.

—Se cayó del caballo —respondió ella sin soltarle la mano—. No murió inmediatamente. Sobrevivió dos semanas, puso sus asuntos en orden, aunque no creo que estuvieran demasiado desordenados, y luego murió. Pensaba...

—¿Pensabas...?

—Me pareció que se estaba recuperando —dijo, con un suspiro—. No tenía heridas aparatosas. Se dio un golpe en la cabeza y tenía algunos moratones, pero no hubo hemorragia, ni infección, nada que hiciera temer por su vida.

—Tal vez la hemorragia era interna. O el golpe en la cabeza era más grave de lo que parecía.

—Se enfadó mucho al verse impedido —recordó Isabella—. Los Swan siempre han tenido el corazón débil. Los hombres de su familia no suelen superar los cincuenta años. Muchos mueren incluso antes. Siempre procuran asegurar antes su descendencia y mi fracaso a la hora de proporcionarle un heredero siempre estaba ahí. Jacob se había enfadado consigo mismo, no conmigo. Su primera esposa tampoco había sido capaz de darle hijos. Eso me consolaba un poco.

—No sabía que eras su segunda esposa —dijo Edward, mientras Isabella le masajeaba la muñeca y el antebrazo.

—Su primera mujer murió de tifus. Estuvieron casados cinco años. Sé que Jacob le tenía afecto.

—Afecto. —Edward arrugó la nariz—. Supongo que es refinado, pero no me imagino pasando el resto de mi vida con alguien por quien sólo sienta «afecto». Yo siento afecto por Ezekiel.

—Tu caballo. —Isabella le dedicó una sonrisa—. Él también te aprecia. Cuando no tienes a nadie a quien amar, un poco de afecto es una gran cosa.

—¿Nadie? —preguntó Edward, ladeando la cabeza—. ¿No tienes primos, ni tíos, ni tías? ¿Ninguna abuela que haga calceta?

Isabella negó con la cabeza.

—Fui hija única, igual que mis padres. Y cuando nací, ya eran mayores. Los Swan tampoco fueron muy prolíficos. Está Mike, por supuesto, y un hipotético primo que ocupa el puesto de heredero de éste, pero no disfruto con la compañía de Mike y al primo ni lo conozco.

—¿Quién es tu primo hipotético?

—Es como lo llamaba Jacob —respondió Isabella, masajeándole el antebrazo con movimientos largos y lentos. Le gustaba lo que Isabella estaba haciendo. Era relajante. Pero tenía la sensación de que ella se había olvidado de lo que estaba haciendo—. Creo que la conexión del señor Grey con la familia era muy lejana. O tal vez el problema era que nació cuando sus padres llevaban bastante tiempo separados, no lo recuerdo bien.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

—Por supuesto —respondió ella con una sonrisa sincera—. Estamos cogidos de la mano en un lugar que nos protege de las miradas indiscretas de nuestros anfitriones.

Edward le devolvió la sonrisa.

—Me has descubierto. Aunque no sabía que se necesitara tanto tiempo para acompañar a alguien a su habitación.

—No me gustaría que renunciaran a su felicidad por nosotros. Ni que una dama encinta renunciara a su descanso.

—Si se le puede llamar descanso.

—¿Qué querías preguntarme?

—¿Por qué no utilizas el apellido Swan? Te haces llamar Isabella Black, pero en realidad eres la baronesa Roxbury. Ni siquiera eres la baronesa viuda, ya que Mike no está casado.

—Black era el apellido de soltera de mi madre —explicó Isabella, cambiando de postura para masajearle la palma y los nudillos—. No quería que nadie me relacionara con los Roxbury cuando me mudé a Little Weldon. Casi nadie conoce la identidad de mi marido.

—¿Por qué? ¿Te avergüenzas de esa relación?

—Estaba avergonzada, de eso no hay duda, pero de mí misma. Fallé en lo único que una esposa no puede fallar. No quería que nadie me tuviera lástima ni que pudieran burlarse de mí.

—Pero estás engañando a la gente —dijo Edward con amabilidad—. Mereces el respeto que va unido al título y, sin embargo, trabajas duramente como si no tuvieras una asignación económica, ni contactos sociales... Como si no tuvieras posición social.

Isabella estuvo a punto de retirar la mano, pero Edward le apretó los dedos para impedirlo.

—No tienes asignación, ¿no es cierto? Ni casa. ¿Por qué, Isabella? Hablas de tu esposo como si fuera un santo y, sin embargo, aunque tuvo tiempo de arreglar sus asuntos antes de morir, no te dejó una asignación para que vivieras cómodamente cuando él faltara.

—No hables mal de él. Jacob se preocupó por mí.

Los secretos tenían un aroma particular. Un desagradable olor dulzón por llevar demasiado tiempo encerrados. Una fragancia intensa, demasiado fuerte. Ed admitió que él también guardaba los suyos: el título de su padre, su habilidad musical, bueno, su antigua habilidad musical. Pero Isabella no estaba ocultando sólo un título, estaba ocultando su pasado.

—No era mi intención poner en duda a Jacob —dijo Edward con cuidado, volviendo la mano para acariciar la muñeca de Isabella con el pulgar—. Me preocupo por ti.

—Mi situación me satisface por ahora. Tu preocupación es innecesaria.

Ed no pensaba que su preocupación fuera innecesaria, pero se daba cuenta de que no era bienvenida, así que cambió de tema.

—¿Has acabado con mi mano? Puedes seguir sosteniéndola si quieres mientras visitamos los jardines.

—Vamos. —Isabella se levantó sin soltarlo y él la guió por un camino sinuoso—. ¿Buscas inspiración para tus jardines?

—En parte. —Él entendió que Isabella necesitaba hablar de asuntos sin importancia mientras recuperaba el control sobre sus sentimientos—. Creo que lo primero es encontrarle un nombre. Aunque seguirá siendo la vieja casa de los Swan hasta que hayan pasado cincuenta años desde que cuelgue el nuevo cartel en la entrada.

—¿Tienes alguna idea?

—Ninguna. Y tampoco quiero forzarla. Los nombres tienen la manía de ser duraderos.

—¿Qué significa la finca para ti? —preguntó Isabella.

Ed frunció los labios mientras reflexionaba.

—Trabajo duro, un proyecto de verano, un escape. «Una aventura amorosa.»

Las últimas palabras no las dijo en voz alta, por supuesto. Tampoco sabía si se cumpliría. Al levantarse por la mañana y ver que Darius se alejaba sobre su caballo moteado, se había sentido aliviado al pensar que no pasaría solo el fin de semana. La idea de una aventura amorosa se le había ocurrido la noche anterior, en el porche de Isabella.

Su única intención había sido disculparse por el beso que le había dado un año antes o, si tenía suerte, volver a besarla. Desde luego, no había previsto proponerle que se convirtiera en su amante de un modo tan directo.

El asunto había surgido de manera espontánea. Para Edward, las mujeres con las que había mantenido ese tipo de relaciones eran criaturas adorables, como las mascotas o las plantas de interior. Hacían la vida más agradable, pero no eran imprescindibles. Cuando los impulsos sexuales reclamaban su atención, lo vivía casi como una inoportuna distracción de las actividades mucho más placenteras que vivía al teclado.

Le gustaba el sexo —mucho— pero no acostumbraba a molestarse en ir en su busca.

Por eso, no solía darse cuenta de cuándo necesitaba lo que Nick solía llamar un pinchazo amistoso, ni sabía cómo conseguirlo de un modo rápido y discreto.

—Estás muy callado —comentó Isabella—. ¿Piensas en tus hermanos?

—Cada día —admitió Ed, con un suspiro. Parecía que iban a retomar ese incómodo asunto.

—Pronto dejará de ser tan doloroso —le aseguró Isabella—. Con el tiempo, ya no piensas tanto en la pérdida y recuerdas más los buenos momentos compartidos y todo lo que conservas de ellos. Te centras en los recuerdos buenos y el dolor pierde intensidad.

—Quizá. Lo que ocurre es que estaba llegando a ese punto con la muerte de Bart, que fue absurda y evitable, cuando el deterioro de Victor hizo que tuviéramos que enfrentarnos a todo el proceso de nuevo. Victor y yo estábamos muy unidos desde que Bart y Jazz se fueron a la guerra.

Isabella guardó silencio mientras caminaban.

—Siempre me he quejado de ser hija única —dijo al fin—, pero nunca me había dado cuenta de lo horrible que debe de ser perder a un hermano, especialmente si tienes una relación muy estrecha y cuando se está en la flor de la vida. Lo siento mucho, Edward.

Él se detuvo, conteniendo el aliento. No por sus palabras. Al fin y al cabo, ya las había oído cientos de veces, miles de veces, y sabía cómo debía responder. Pero Isabella lo había sorprendido al abrazarlo por la cintura y se había olvidado de cualquier respuesta educada. Muy despacio, la abrazó, cerró los ojos y apoyó la mejilla en su pelo.

Mike Swan estaba enfadado, y cuando se enfadaba, la comida no le sentaba bien y eso lo ponía de peor humor. Uno necesitaba consolarse comiendo y tomando licores de calidad cuando algo tan molesto como unas ridículas deudas no te dejaba en paz.

«Maldito primo Jacob.» Cada trimestre le costaba más tolerar la humillación de tener que someterse a los planes del difunto barón. Si no fuera por las rentas que le pasaba Isabella por la finca de Little Weldon, no habría podido irse de caza el invierno anterior. Había tenido que hacer sacrificios para aguantar la Temporada entera en Londres. Y ahora que la ciudad estaba casi vacía, no podía ir a comer ni a cenar a casa de nadie.

Por si todo eso fuera poco, había perdido a las cartas la última propiedad de la que podía desprenderse por no ir unida al título, así que ya no podía contar ni con esas rentas. ¿Por qué demonios lo había hecho?

Cierto que el caserón de Little Weldon estaba en ruinas, pero era su ruina. Los abogados le habían dado el documento de propiedad para que lo estudiara, no para que se lo jugara a las cartas. Y lo había estudiado, cosa que Cullen no parecía haber hecho.

Si se hubiera molestado en hacerlo, no estaría invirtiendo su tiempo y su dinero en un sitio así. Isabella aún era joven y tenía derecho a vivir allí el resto de su vida. No creía que la viuda fuera a pedirle a Cullen que le pagara un alquiler, pero si éste se fijaba bien en el documento, probablemente buscaría otra propiedad con menos complicaciones.

Mike se acarició el pecho. El ardor de estómago era casi tan molesto como el calor del verano. Los acreedores no lo dejaban en paz. Frunció el cejo mirando el montón de papeles que se apilaban en su escritorio. Había llegado el momento de tomarse un respiro en Roxbury Hall. Y tal vez no sería mal momento tampoco para hacerle una visita a Isabella y recordarle cuáles eran sus prioridades.

Era sábado, el cielo estaba despejado y las carreteras estarían desiertas. Pidió a gritos que le prepararan el equipaje y el coche y luego que le trajeran la medicina. Si iba a viajar a Oxford con ese calor, iba a tener que tomarse algo para el estómago primero.

—Vengo a secuestrarte la mano otra vez —dijo Isabella, pasándole el tarro de bálsamo por debajo de la nariz. Había llamado a su puerta una hora después de que hubieran acabado de cenar. Ya era de noche, los grillos cantaban y Edward había estado luchando contra la tentación de acercarse a la sala de música de Axel.

—Me rindo. —Ed salió al pasillo—. ¿Vas a arrastrarme a la noche oscura o convertirás la biblioteca en un calabozo improvisado?

—Salgamos a dar un paseo. Hace una noche preciosa y no estoy acostumbrada a cenar tanto. Además, echo de menos mis jardines.

Él le ofreció la mano derecha y ella entrelazó sus dedos con los suyos. En pocos minutos volvían a estar en el cenador, mirando cómo la luna creciente ascendía entre las flores.

—Avísame si te hago daño —le advirtió Isabella—. No veo lo que estoy tocando.

Edward sonrió.

—Dudo que puedas hacerme daño. Ataca sin miedo.

Isabella se inclinó sobre la mano y empezó a masajearla. Su contacto empezaba a resultarle familiar y el olor del bálsamo tenía un efecto relajante.

—¿Qué puedo hacer para recompensar tu generosidad? —preguntó Cullen, disfrutando de las agradables sensaciones con los ojos cerrados—. Los excedentes que nos has dado han evitado que pasáramos hambre, me has cuidado la mano y has mantenido a los pequeños salvajes de Belmont a raya. Tienes que dejar que haga algo por ti, Isabella Black. Soy tan orgulloso como cualquiera.

—Puede que más —observó ella, masajeándole los nudillos—, pero piensa que me estás haciendo un favor permitiéndome ser útil para alguien. Durante cinco años me he entretenido en los jardines y he mantenido una relación cordial con los vecinos, pero sé que no formo parte de su comunidad. Me gusta mi intimidad, pero tiene un precio.

—¿Qué precio? —preguntó él, deseando poder verle la cara.

—Soy prescindible —dijo en tono despreocupado. Demasiado despreocupado para ser sincero—. Las viudas ocupan un lugar en la mayoría de los pueblos. Cuidan de los hijos de los demás cuando éstos no pueden, asisten en partos, atienden a los enfermos, se involucran en obras de caridad... Relaja el brazo o tendré que tomar medidas drásticas.

Edward hizo lo que le pedía, tratando de centrarse en sus palabras sin perderse las sensaciones que le provocaba su contacto.

—¿Crees que no cumples con tus obligaciones como viuda?

—No es que lo crea, es que no lo hago. —Soltando los nudillos, empezó a masajearle la muñeca y el antebrazo—. Si tuviera hijos, me resultaría más fácil involucrarme en los actos sociales, pero no los tengo. Sólo soy una viuda. No soy madre, ni hermana, ni cuñada, ni vecina, ni tendera.

Él cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia atrás.

—¿Y crees que tienes más o menos posibilidades que otras viudas de tener un amante? —Al darse cuenta de lo que acababa de decir, se incorporó bruscamente y abrió los ojos—. Olvida lo que he dicho y perdóname. «¿Cómo demonios he podido decir algo así?»

—No me parece una pregunta fácil de olvidar —replicó Isabella. Por suerte, sonaba divertida—. Si es un rodeo para preguntarme si me siento sola, no hace falta que te andes por las ramas. Me siento sola y echo de menos las atenciones de mi marido. Tal vez soy demasiado exigente, pero no me parece que los encuentros esporádicos sean la solución a la soledad.

Edward frunció el cejo y soltó el aire con fuerza. La joven acababa de expresar con palabras algo que él llevaba tiempo sintiendo. El sexo ocasional no lo atraía demasiado porque, aunque solucionaba una necesidad física, hacía que luego se sintiera más solo.

Vaya, vaya.

Demonios.

—Creo que tengo un problema —confesó él en voz baja—, porque soy un hombre y estoy de acuerdo contigo.

—¿En qué sentido? —preguntó ella, sosteniéndole la mano entre las suyas para darle calor.

—La soledad y el deseo sexual son cosas muy distintas. Pero sigo teniendo ganas de besarte.

—No he venido aquí para eso —replicó Isabella, soltándole la mano con cuidado.

—Yo tampoco. Pero en esta ocasión vas a tener que impedírmelo. Creo que tenemos que resolver esto de una vez.

Quizá fuera el peor intento de seducción de la historia, pensó Cullen, dándole tiempo para marcharse o darle una bofetada. Pero ella se limitó a mantenerle la mirada y cuando él le apartó el pelo de la cara, cerró los ojos y esperó.

Edward empezó por allí, rozándole un párpado con los labios, dejando que el aroma floral de su cabello le hiciera cosquillas en la nariz antes de pasar al otro párpado. Al oírla suspirar, le acarició la mejilla con los labios, luego la frente y las sienes, sin prisas, aprendiendo sus contornos.

Cuando acabó el recorrido por su cara, se detuvo y cambió de táctica. Con la mano derecha le acarició el cuello y la mandíbula. Con los ojos cerrados, siguió acariciándola usando los dedos índice y corazón, disfrutando de la suavidad de su piel. Estaba haciendo lo que se había imaginado que haría cuando estuviera con ella a oscuras: aprenderse sus rasgos como si fueran teclas.

—Edward —susurró ella—, bésame, por favor.

—Calla —dijo él, besándola en la mejilla—. Te estoy besando. —No quería acabar su exploración. No quería dejar de rozarle suavemente el cuello con la nariz ni de enterrar los dedos en su pelo. Isabella se acercó más a él y, acariciándole el pecho, fue ascendiendo hasta sujetarlo por la nuca.

—Por favor —repitió, con todo el peso de cinco años de soledad y de deseo en una sola palabra.

Él se concentró para besarla como le pedía pero cuando sus labios estaban a una milésima de distancia, se detuvo. Cerrando los ojos, unió sus bocas. La de Isabella se apretó con fuerza contra la suya, mientras le sujetaba el pelo entre los dedos y arqueaba la espalda.

Oh, Dios. Eso era mucho más de lo que se había imaginado. Cullen había fantaseado muchas noches con el beso que habían compartido, pero en su mente siempre era un gesto civilizado, tranquilo. Éste no tenía nada de tranquilo.

Pero para ser francos, el beso anterior había sido casi igual de apasionado que el que estaban compartiendo en esos momentos, y que parecía no tener fin. Sus labios fueron lo primero en entrar en el juego, pero pronto se unieron las manos. Las manos de Isabella, que le habían acariciado el pelo, el cuello y las orejas —que acababa de descubrir que eran muy sensibles— para dedicarse luego al pecho. Se acercó más a él, con su postura que mostraba tanto la intensidad de su deseo como su timidez.

La boca de Isabella... Oh, Dios, su boca...

—Cariño —susurró Edward—, tranquila, despacio...

Pero ella no hizo caso y aprovechó la pausa para recorrerle los labios con la lengua mientras le sujetaba la cara con ambas manos. Cuando él la imitó, Isabella gimió con suavidad.

La agarró por la cintura y la sentó sobre su regazo. Tampoco había previsto esto, pero cuando Isabella lo miró desde arriba, aturdida y con los labios brillantes a la luz de la luna, supo que había hecho lo correcto.

—Bésame tú —la animó, acariciándole el brazo—, por favor.

Ella volvió a sujetarle la cara entre sus manos y lo besó. Tras probarlo tímidamente con la lengua, unió su boca a la de él, mientras Edward le acariciaba la espalda. Tras unos instantes, la caricia de él se volvió más insistente. Con la mano derecha presionó para que se dejara caer sobre su regazo. La mano izquierda permanecía inmóvil a un lado. Nunca le había parecido tan inútil como en ese momento.

—Déjate caer sobre mí —le susurró entre besos—, déjame sentir tu cuerpo contra el mío.

Esta vez, cuando presionó, Isabella se dejó guiar. Se detuvo bruscamente al notar su erección, pero luego siguió bajando poco a poco hasta apoyar todo su peso por completo.

—Mucho mejor —murmuró Ed, apoyando la mejilla en su esternón. Cuando le tocó la pantorrilla con la mano, Isabella se paralizó.

A su alrededor, los sonidos de la noche ganaron en intensidad: los grillos, las pausas entre ráfaga y ráfaga de viento... Y no sólo los sonidos. También las sombras cambiantes a causa del movimiento de la luna o las fragancias que se mezclaban en el cálido aire de la noche.

Edward sabía lo que vendría a continuación. Le subiría las faldas y la acariciaría hasta que se corriera o le suplicara. Entonces penetraría en su interior, tan dulce y tan caliente y dejaría su semilla en ella. O, si era un caballero, saldría antes de acabar. La abrazaría un rato, le dejaría su pañuelo para que se limpiara y la acompañaría de vuelta a la casa.

No era suficiente. No con ella.

—Deja que te abrace, sólo eso —murmuró, sin apartar la mano de su pierna. Tenía buenos músculos. Isabella se relajó y le besó el cuello. Al moverse un poco, disfrutó del contacto del cuerpo de ella contra su miembro, pero por alguna razón no repitió el movimiento. La abrazó con las dos manos y Isabella se relajó un poco más.

Durante un buen rato permanecieron así, quietos y abrazados. De vez en cuando, Edward le acariciaba el pelo. Su erección decreció, pero no las ganas de abrazarla ni de tocarla.

Por un momento pensó que tal vez la debilidad de la mano se le estaba extendiendo a otras partes del cuerpo, pero desechó la idea en seguida. Se sentía a gusto y en paz abrazándola. No es que desearla sexualmente le pareciera un error, sino que poseerla tampoco era imprescindible.

Al menos de momento.

—Déjame llevar las riendas —dijo Isabella en voz baja en cuanto salieron de Candlewick. Se acababan de despedir de los Belmont, pero sus traviesos muchachos ya dormían en la parte trasera del carro.

—¿Quieres conducir tú? —preguntó Ed, sorprendido.

—Sí. —Cuando se apoderó de las riendas, él se fijó en que llevaba guantes de montar. No eran tan gruesos como los suyos, pero servirían.

—¿Por qué?

—Porque son unos animales muy mansos y bien entrenados —respondió ella, sentándose un poco más cerca de Edward—. Pero al mismo tiempo, son grandes y fuertes y pueden dar tirones, cosa que tu mano no agradecería.

La expresión de Edward pasó de la sorpresa al disgusto. Se miró la mano frunciendo el cejo.

—¿Crees que el descanso y los cuidados de este fin de semana le han ido bien? —se interesó Isabella.

—Puede, un poco. No me ha dolido.

—Bien. —Isabella asintió, considerando que, según parecía, el descanso era lo mejor.

—Isabella, hace semanas que la estoy cuidando. A ratos está mejor y a ratos peor, pero nunca se cura.

—Quítate el guante —le ordenó, haciendo un gesto con la barbilla—. El izquierdo.

Edward lo hizo y se examinó la mano. Evitaba mirársela siempre que podía pero, cuando lo hacía, los resultados solían ser decepcionantes. Además, para notar la diferencia entre un día bueno y un día malo no necesitaba vérsela. Lo notaba. El viernes había sido un día malo.

—¿Lo ves? —Isabella señaló con la cabeza—. El dedo anular casi no está enrojecido. Y el pulgar y el índice tienen mejor aspecto. El reposo le va bien, Edward, pero tiene que ser auténtico reposo.

—Pero ¿cómo voy a reconstruir la finca y dejar reposar la mano a la vez, Isabella? —preguntó, malhumorado. No le habría extrañado que no le respondiera.

—De entrada, admitiendo que tiene que descansar. Es el primer paso —lo reprendió con suavidad—. Por supuesto que necesitas usarla, pero con más cuidado. No te creas que no te veo lanzando tejas desde el tejado, arrancando malas hierbas o levantando pedruscos. Aunque no le pasara nada, la mano se resentiría con todo lo que haces.

Y eso que trabajaba más de lo que ella suponía. Edward guardó silencio, sintiéndose cada vez más frustrado y malhumorado.

—No he tocado ni una sola nota en todo el fin de semana —dijo al fin, pero en voz tan baja que Isabella se inclinó hacia él para oírlo—. Al piano —explicó—. Le eché un vistazo. Es un instrumento precioso. Belmont toca el violín, pero Abby debe de ser buena pianista. Tiene muchas partituras de Beethoven. Si te gusta Beethoven es que no te dedicas sólo a aporrear el piano de vez en cuando.

—No sabía que fueras aficionado a la música.

Edward suspiró profundamente y el aire que expulsó estaba cargado de desesperación.

—Hasta este verano era mucho más que un aficionado. La música era mi vida. Pero ahora me han prohibido tocar.

—¿Por eso trabajas?

—Por eso. —Volvió a mirar la mano con el cejo fruncido, y luchó contra el impulso de esconderla—. No pierdo la esperanza de despertarme una mañana y ver que se ha curado.

—Te entiendo. Yo también esperaba despertarme y encontrar a mi marido a mi lado. Descubrir que su muerte no era más que un sueño. Es injusto, maldita sea, pero no es un sueño.

Edward sonrió al escucharla. Nunca pensó que Isabella pudiera encontrar consuelo en ese tipo de interjecciones.

—¡Vaya! Es cierto: conduces muy bien.

—Y tú reparas casas como si lo hubieras hecho toda la vida, pero eso no hace que sea menos injusto.

—No. Sigue siendo una injusticia.

Edward no había vuelto a besarla desde el interludio del cenador. Cuando al día siguiente ella lo había vuelto a arrastrar al exterior con el tarro de bálsamo, se habían quedado en un banco cerca de la casa. Aunque alguien pudiera verle la mano, no le importaba. Era el precio que tenía que pagar por mantener el control de sus actos.

Los besos de Isabella lo habían pillado desprevenido, tanto por la intensidad de los sentimientos que le despertaban como por algo más difícil de definir. Era una sensación de que estaba haciendo lo correcto. Era lo mismo que había sentido al abrazarla. Que el lugar que le correspondía estaba entre sus brazos. Que no necesitaba nada más que abrazarla y acariciarla para sentirse en paz con el mundo.

No sabía qué era lo que estaba surgiendo entre ellos, pero sentía que no era una simple atracción sexual. Nada que pudiera resolverse con un par de revolcones. No era un asunto que se limitara a sus genitales. Sus manos también participaban, y su boca y... mucho más. No había tenido tiempo de reflexionar sobre ello en profundidad. Tampoco estaba seguro de que fuera un tema de los que se resuelven de manera racional.

—¿Cómo se presenta la semana? —preguntó.

Isabella sonrió, como si se diera cuenta de que se estaba protegiendo con un poco de charla intrascendente.

—Tengo que arrancar malas hierbas, por supuesto. Y trasplantar algunas plantas. Ahí están las que nos regaló el profesor. Ya me dirás dónde las quieres.

—Primero planta tú las que quieras. No tienes que seguir obsequiándome con tu tiempo y tu esfuerzo, Isabella.

—Pues yo no pienso permitir que me pagues —replicó ella, enderezando la espalda—. Los chicos son los que se ocupan del trabajo duro. Yo sólo les digo lo que tienen que hacer.

—Pues pídenos que hagamos algo para ti —insistió Ed—. ¿No te gustaría tener un invernadero, por ejemplo? ¿Un lugar donde poder cuidar las plántulas o conservar las plantas durante el invierno?

Isabella alzó las cejas.

—Nunca me lo había planteado.

—Podríamos construir uno junto a tu casa —propuso Edward, entusiasmándose con el proyecto a medida que iba hablando—. En la pared sur hay una ventana grande. Podríamos convertirla en una puerta.

—Las granjas no tienen invernaderos. Y menos las que son tan pequeñas como la mía.

Él sacudió la mano y utilizó una de las expresiones favoritas de su padre:

—¡Bah! Si construimos un invernadero separado de la casa, tendrás que salir al exterior durante el invierno. Y necesitaría un sistema de calefacción independiente... Si lo levantamos pegado a la casa, el propio calor de la vivienda lo caldeará. Podríamos elevarlo un poco. O podría ser de la misma altura que el edificio y tener un techo de cristal.

—¿Una claraboya?

—Sí, creo que ése es el nombre correcto. Es bonito. Le pediré a Dare que haga algunos esbozos para que elijas la que más te guste. Nos dejarás hacerlo, ¿verdad?

—Entrará humedad en la casa.

Edward puso los ojos en blanco.

—Estamos en Inglaterra. La humedad entra en las casas, pero haremos que también entre el sol, y que sea fácil de ventilar.

—No tienes por qué hacerlo.

—Isabella, no he tocado ni una nota en todo el fin de semana.

—¿Qué quieres decir?

—No sé cuántos fines de semana así voy a resistir. —No se estaba quejando, estaba siendo muy honesto—. Mantenerme ocupado me ayuda mucho. Y esa pequeña aportación a tu hogar lo lograría.

—Ya estás bastante ocupado.

—No es verdad. —La miró a los ojos, dejándole ver la infelicidad que sentía. Sabía que ella no lo entendería todo, pero comprendería su dolor—. Necesito estar mucho más atareado. —Tanto como para caer rendido en la cama al acabar cada día, aunque para eso tuviera que destrozarse la mano en el intento.

—De acuerdo. —Isabella volvió a mirar al frente y fijó la vista en las anchas grupas de los caballos—, pero a cambio tienes que dejar que te cure. Y mantendrás a los chicos entretenidos con la casa y los jardines.

—Bajo tu supervisión.

—No pienso estar encima de ellos todo el día.

—No, claro que no. —Edward sonrió, preguntándose desde cuándo disfrutaba discutiendo con damas—. Hay que hacer que se bañen en el estanque a menudo para que estén limpios, o lo más limpios posible, y no querría ofender tu sensibilidad.

—Ni la suya.

Edward dejó que tuviera la última palabra, pensando en ideas para el invernadero mientras el carro avanzaba hacia la vieja propiedad de... hacia su propiedad.