—¿Qué? —Darius se acercó al establo donde su castrado moteado permanecía inmóvil, con una expresión más propia de una mula que de un caballo—. Te he cepillado el culo y te he rascado el lomo. Te he arreglado las pezuñas y te he vuelto a rascar el lomo. Ahora, sal.
Skunk husmeó la pared del establo y volvió a fulminar a su amo con la mirada. La sensación de que algo no estaba como debería fue creciendo en su interior hasta que se dio cuenta de lo que faltaba.
El cubo del agua.
—Mis disculpas —murmuró Darius. Pobre animal, tenía sed. Pero recordaba haberle dejado un cubo lleno de agua cuando se marchó el sábado por la mañana. Edward se había llevado los percherones a casa de Axel, dejando suelto a Ezekiel en un prado con sombra por el que pasaba un riachuelo.
¿Dónde podía estar el cubo?
Lo encontró en el patio, vacío y volcado. Lo recogió y lo llenó. Cuando Skunk hubo bebido hasta hartarse, volvió a llenarlo y lo colgó de la pared.
Una vez que el caballo ya tenía todo lo que podía necesitar, Darius se dirigió a la fresquera, dispuesto a hacer una buena incursión.
—¡Hola! —canturreó Edward desde la terraza—, si es nuestro Darius que ha regresado de entre las almas londinenses... —Se levantó y avanzó hacia él tendiéndole la mano. Darius se la estrechó, observándolo con curiosidad.
—¿Pensabas que iba a abandonarte ahora que el sitio empieza a estar habitable?
—Falta mucho para que lo esté —replicó Ed, dirigiendo la mirada hacia el tejado a medio reparar—. Pensé que las comodidades de la civilización te seducirían. Y más teniendo en cuenta que fui una compañía poco agradable durante los últimos días.
Darius sonrió.
—No eres la mejor compañía, pero uno nunca se aburre contigo. ¿Dónde están mis bárbaros favoritos? ¿Puedo comérmelos como almuerzo?
—Ven. —Edward le rodeó los hombros con un brazo—. La señora Belmont dice que estoy muy delgado y nos ha dado provisiones hasta el miércoles, que volverá a ser día de mercado.
—¿Dónde están los pequeños salvajes? —volvió a preguntar Darius cuando llegaron a la fresquera.
—Con la señora Black. Están trasplantando las nuevas plantas que nos ha dado el profesor Belmont —explicó Edward, pasándole el jabón y una toalla. Aprovechando que estaba allí, se quitó la camisa y, sumergiendo las manos en el conducto de agua, se lavó de cintura para arriba—. ¡Señor, qué fría está! —Tras volver a ponerse la prenda, empezó a rebuscar en los canastos.
»Tenemos jamón y queso —informó Ed—. Y también pan recién hecho, además de una tarta de cereza que quita el hipo, un montón de mazapán y —se interrumpió un momento mientras seguía examinando la cesta, cabeza abajo—... sidra y té frío, que deberían estar en el agua. Beicon crujiente y algo muy parecido a —levantó un plato de cerámica como si fuera el santo grial— ... tartaletas de fresa. ¿Qué escondemos de los chicos y qué guardamos para la cena?
—Mejor escondámoslo todo. Que coman truchas, o conejos y palomas achicharrados al fuego. Pero salgamos de aquí antes de que lo descubran.
Edward y Darius subieron el gran canasto a la cochera, para protegerlo de las continuas incursiones de los muchachos a la fresquera.
—Por estos alimentos que vamos a recibir, estamos tan agradecidos que resulta patético. Por favor, que podamos comer en paz. Amén. ¿Qué tal se te da diseñar invernaderos con techo de cristal?
—No son fáciles de hacer —respondió Darius, mientras preparaba un bocadillo de carne y queso—, pero puede resultar interesante. Me extraña que Isabella te permita hacerlo.
—Supongo que piensa que me olvidaré del asunto —replicó Edward, aceptando el emparedado—, pero no lo haré. Entre la mantequilla y el queso que nos da, el rato que pasa con los chicos y... no sé, lo buena vecina que es, siento que estoy en deuda con ella.
—Me preguntaba si habrían sido sus virtudes como vecina las que habrían logrado que estuvieras de buen humor durante el fin de semana —comentó Darius, llevándose la jarra de sidra a la boca.
—Vino con nosotros a Candlewick —empezó a explicar Edward, pero al ver la mirada burlona de su amigo, se interrumpió—. Vete al infierno, Dare.
—Ya veo que ha sido una mejora transitoria. —Darius le pasó la jarra—. Me contaron que el joven Roxbury ha salido corriendo y se ha escondido en su mansión. Parece que el chico ha seguido acumulando deudas desde la última vez que lo vimos.
Edward se encogió de hombros.
—Tiene un título. No es el primer noble que se endeuda. Ni será el último.
—Pasé a visitar a mi hermano Trent. —Darius alargó la mano para que le devolviera la jarra—. Me comentó que Roxbury sería el hazmerreír de las casas de juego si no diera tanta lástima.
—¿Lástima? —Edward dio un último trago antes de devolver la sidra y secarse la boca con la manga—. Su título es más antiguo que el Diluvio Universal, Roxbury Hall es famosa por su buen funcionamiento y todavía no le ha echado el guante ninguna señorita casadera. ¿Por qué demonios le tienen lástima?
—Al parecer, no tiene ingresos. —Darius sacó un pastel crujiente de la cesta—. Si se queda en Roxbury Hall puede disfrutar de todos los lujos imaginables porque puede gastar los fondos de la mansión siempre que sea en la mansión. Pero su asignación personal es muy modesta, porque el anterior barón lo dejó casi todo en fondos, ligados a condiciones muy precisas. Parece que si la finca es un ejemplo de buen funcionamiento es gracias al trabajo del difunto barón y al ejército de abogados que dejó a cargo de la herencia.
—Sin duda un fastidio para un joven con ganas de divertirse —comentó Ed, mirando el último trozo de pan antes de comérselo—. Tenemos suerte de no tener cargas de ese tipo. Pregúntaselo al duque si no me crees.
—¿Estás de broma? —preguntó Darius, dando otro trago.
—No. He visto a McCarty y sé lo que implica tener un título. Ahora que por fin ha puesto los asuntos financieros en orden, sigue sin tener apenas vida privada. Cuando no son los negocios, tiene que supervisar las propiedades. Es un milagro que haya podido ocuparse de tener un heredero, porque nunca tiene intimidad. Y ahora Whitlock. Desde que le ha caído encima el título de conde, me he dado cuenta de que mi padre tenía mucha razón cuando me decía que ser el pequeño era una bendición.
—Me he preguntado más de una vez si Trent pensará lo mismo —admitió Darius, devolviéndole la jarra—. ¿Cuándo quieres que empecemos con el invernadero de la señora Black?
—En cuanto acabemos con el tejado. Un par de semanas, calculo. Les pediré a los Belmont que la inviten a pasar una semana en su casa. Si lo tenemos todo bien planeado, podremos construirlo en pocos días.
Edward guardó bien la comida mientras Darius murmuraba cálculos rápidos y hacía anotaciones en su libreta.
Cuando bajaba la cesta por los escalones de la cochera, su mano izquierda protestó. Se había pasado la mañana poniendo tejas nuevas en el tejado y ahora estaba enrojecida y con los dedos hinchados. Tanto como su mal humor.
Isabella —dichosa entrometida— tenía razón. Descansar la mano del todo era lo mejor. Trabajar, aunque fuera en algo tan sencillo como poner tejas, no le hacía ningún bien. Ed echó un vistazo al tejado y decidió cambiar de planes. En vez de pasarse la tarde ayudando a los albañiles, iría a dar un paseo por el bosque.
Pronto estuvo frente a la entrada trasera de la casa de Isabella, observando el patio. Aunque el sol caía a plomo, estaba trabajando en los parterres. Estaba arrodillada entre las plantas, por lo que la única parte que quedaba a la vista de ella era su sombrero de paja. Edward se quedó mirándola, oculto entre los árboles, dejando que la paz del momento calara en su interior. Del otro lado del bosque llegaban los sonidos apagados de los trabajadores: algún grito, el ruido del martillo, el de las tejas al ser colocadas en su sitio...
Desde el jardín de Isabella todos esos sonidos eran un eco lejano, apartado, de otro mundo. El aroma de la madreselva era mucho más real que todos esos ruidos.
Isabella levantó la vista, como un animal que nota la presencia de un intruso. Ed salió de las sombras y avanzó hacia ella. Sin necesidad de que se lo dijera, supo que Isabella odiaría que la espiara. Tendría miedo y se sentiría ofendida.
—Buenos días —la saludó, sonriendo al ver que volvía a ir descalza y que llevaba uno de esos viejos vestidos que tanto le gustaban. Llevaba el pelo recogido en la trenza habitual y las manos bien protegidas con guantes.
Cuando le devolvió la sonrisa, Edward disfrutó de la sensación de calidez que le proporcionaba.
—Señor Cullen, espero que haya tenido una mañana agradable.
—No, la verdad es que no. —La sonrisa se desvaneció un poco ante el tono formal de Isabella—. Soames llegó tarde como siempre con los suministros, Darius está concentrado en un proyecto para su hermano, los muchachos han descubierto la tarta y me duele la mano.
—Ven. —Isabella se quitó los guantes y le ofreció la suya.
—¿Vas a llevarme al cobertizo para azotarme?
—Debería. Sin duda te has pasado la mañana reparando muros de piedra, descargando carros y echando a perder todo lo que habíamos ganado con el descanso del fin de semana. Sabía que eras testarudo pero no pensaba que fueras idiota.
—Eso ha dolido, Isabella. —Edward la miró, tratando de averiguar si estaba enfadada de verdad.
—Vaya, lo siento. No me lo tengas en cuenta. —Suspiró—. Gracias a tus excesos tengo una buena excusa para ponerme a cubierto del sol y hacer manitas con un hombre guapo. No sé de qué me quejo.
Sacó el tarro de bálsamo que parecía llevar siempre en el bolsillo y lo arrastró hasta un lugar en el extremo de la propiedad en que el riachuelo pasaba bajo un sauce. Apartando las ramas, lo guió hasta un banco, lejos de miradas indiscretas.
—Ven aquí. Eres imposible —lo reprendió, sentándose en el banco, sobre el que había dos cojines y una vieja manta—. Dame la mano. —Edward así lo hizo, preparándose para una buena regañina cuando viera el daño que había conseguido causarse en una sola mañana.
»Debes de tener mucha prisa por acabar la casa —aventuró ella, frunciendo el cejo y abriendo el tarro—. Se te debería caer la cara de vergüenza.
—¿Isabella?
—¿Hum?
—¿Podríamos dejar lo de la bronca para otro momento? —preguntó Edward, echando la cabeza hacia atrás y cerrando los ojos—. Hace un día precioso, la mañana ha sido... decepcionante y me gustaría disfrutar de este momento a tu lado.
Isabella guardó silencio y Edward suspiró aliviado. Lo masajeaba con delicadeza pero de un modo minucioso, sin olvidar la palma, los dedos, los nudillos, la muñeca o el antebrazo. Luego siempre le sostenía la mano entre las suyas, para darle calor. El arroyo borboteaba, el viento soplaba entre las ramas, el zumbido de los insectos llegaba desde el jardín y Edward sintió cómo una agradable lasitud sustituía su anterior irritación.
—Tienes unas manos milagrosas —le dijo, abriendo los ojos. Isabella parecía muy seria. No estaba acostumbrado a verla así—. ¿Qué te pasa, Isabella Black? Estás muy seria.
—A veces me pongo así —respondió, con una sonrisa forzada.
—Melancólica. En mi familia somos propensos a la melancolía. Tal vez estés cansada. Esta mañana nos hemos puesto en marcha muy temprano. A mí, desde luego, me vendría bien una siesta. ¿Me acompañas? —le propuso, levantándose para coger la manta que descansaba doblada sobre el respaldo del banco—. Si nos quedamos aquí nadie se enterará de que Edward Cullen, tratante de esclavos y azote de los hunos, se echó una siestecilla con su preciosa vecina. —Extendió la manta en el suelo antes de que ella pudiera protestar y le alargó la mano.
—Que sea corta. Diez minutos como mucho —se rindió ella, mirando a su alrededor para asegurarse de que nadie podía verlos.
—Cinco por cabeza —replicó él con solemnidad, antes de sentarse en la manta y empezar a desatarse las botas—. Levantarse de madrugada y trabajar con la mano así toda la mañana resulta agotador, pero no creo que luchar contra las malas hierbas en tu jardín lo sea menos.
—En realidad, me relaja mucho. —Isabella lo observó mientras cogía uno de los cojines y lo usaba como almohada. Tumbado en el suelo, la miró y sonrió.
—Es una siesta amistosa, señora Black —la tranquilizó, acariciándole la muñeca—. No temas.
Ella, sentada a su lado, lo miró.
—Isabella —dijo él, dejando de bromear—. No te asaltaré a plena luz del día a menos que tú me lo pidas, pero me gustaría abrazarte.
Ella asintió, insegura, y se tumbó a su lado, mirando hacia el cielo.
—Te falta práctica —comentó Edward, poniéndose de lado—. Hay que corregir esto en seguida si queremos dormir. —Sin darle opción a protestar, la volvió de lado y la abrazó desde atrás, acercándola hacia sí.
»Lo mejor de esta postura —continuó, hablándole al oído— es que no puedo ver tu preciosa cara si quieres contarme algún secreto. ¿Ves? Estoy tan cerca que puedo oír todo lo que quieras decirme, pero sigues conservando parte de tu intimidad. Así que, cuéntame todo lo que quieras. Yo te abrazaré y a lo mejor me duermo un poco.
—¿Te dormirías mientras yo te estuviera haciendo confidencias?
—Al menos fingiría estar durmiendo. Es una de las reglas principales de buena educación entre caballeros y damas que comparten manta durante una siesta veraniega. —Por medio del brazo con el que le rodeaba la cintura sintió cómo Isabella se tensaba—. La cabeza te está dando más vueltas que la rueda de un molino. Descansa. Y no sólo el cuerpo. Relaja la mente también, Isabella.
—No estoy acostumbrada a este tipo de siestas.
—¿El barón y tú nunca os la echabais? —preguntó Edward, acariciándole el brazo con un dedo—. ¿Nunca lo secuestraste para llevarlo de pícnic en un día soleado? ¿Ni él a ti?
—No, no lo hicimos. —Isabella suspiró al notar sus caricias—. A veces tomaba el té conmigo y solíamos quedar al final del día para contarnos lo que habíamos hecho.
Edward llegó a la conclusión de que esos encuentros nunca tenían lugar en la cama y menos sin ropa. Isabella tenía mucho que aprender sobre las siestas, pensó con satisfacción. La mano de Edward llegó hasta el punto de unión entre el cuello y el hombro de Isabella y apretó para ver qué pasaba.
—Caramba —susurró—, estás muy tensa. Relájate, Isabella. —Su mano derecha no tenía ningún problema en masajearla. Cuando la oyó suspirar y notó que empezaba a relajarse, se dio cuenta de que había encontrado la manera de evitar que le diera tantas vueltas a las cosas.
»Cierra los ojos, Isabella —le ordenó con suavidad—. Cierra los ojos y descansa. —Poco después, cuando empezó a respirar regularmente y el cuerpo se relajó por completo, Edward supo que se había dormido. La acercó un poco más a él, le dio un beso en la nuca y cerró los ojos. La mano ya no le dolía tanto, tenía la tripa llena y estaba allí, lejos del mundo, disfrutando de unos momentos de intimidad con una hermosa mujer en un hermoso día.
Edward estaba lo suficientemente en paz con el mundo como para permitirse parar las máquinas en su cabeza y seguir a Isabella al reino de los sueños.
Cuando ella se despertó, él se dio cuenta. El ritmo de su respiración se alteró y los músculos ganaron fuerza mientras iba volviendo a la realidad. Como Edward había movido las caderas para que su creciente erección no la molestara, la había despertado.
No le extrañaba despertarse excitado. Al fin y al cabo, la naturaleza imponía su ley en los machos sanos de la especie. Lo que sí le sorprendía era el placer que obtenía al permanecer echado junto al objeto de sus deseos, sin necesidad de hacer nada más. Notar el contorno del torso de Isabella bajo su mano y la suave curva de su cadera le resultaba muy excitante. A Ed le pareció que era mucho más atractivo estar así, oculto bajo una fina capa de algodón, que desnudo. La suavidad de la vieja manta, el sutil aroma de lavanda que desprendía el cojín, el murmullo de las ramas del sauce al moverse con la brisa... Todo contribuía a la deliciosa languidez del momento.
Cambiando de postura, la acercó un poco más a él y le dio un beso en la sien. Como no protestó, volvió a besarla, esta vez en la mejilla, aspirando su aroma floral mientras le acariciaba el vientre con la mano.
«¿Hay algo mejor que seducir a una mujer que desea ser seducida en un precioso día de verano?»
Isabella abrió los ojos un instante. Fue sólo un momento, pero a Edward le dio tiempo a ver algo más aparte de deseo, una sombra de tristeza o abandono.
Con delicadeza, acabó de ponerse encima de ella, aunque sosteniendo casi todo su peso en los antebrazos y las rodillas. No quería que se sintiera atrapada sino protegida. Estaba tan quieta que a Edward le costó no sonreír ante el desafío que suponía.
—Tócame —susurró, besándola con suavidad en el cuello—. Acaríciame. Donde te apetezca.
Frustró su intento de protestar sellando sus labios con un beso apasionado. Al ver que tampoco se resistía, su lengua dio un paso más. Sin esperar invitación, entró en su cálida boca, explorando todos los contornos y rincones e invitándola a hacer lo mismo.
A Isabella le costó decidirse, pero a Edward no le importó. Estaba disfrutando de cada instante de saborearla y de prestarle atención. Venciendo su timidez, Isabella acarició la lengua de Edward con la suya y le mordió el labio inferior. Cuando notó que ella trataba de quitarle la camisa, tuvo que hacer un gran esfuerzo para no arrancársela de golpe. No quería interrumpir la exploración de su lengua.
Por eso y por el deseo de hundirse un poco más en Isabella, para presionar contra su sexo y comprobar el estado de excitación de ella y aumentar el suyo.
Ella pareció comprender lo que necesitaba, porque levantó y separó las rodillas, arrastrando el vestido hacia arriba con el movimiento. Encajaban bien. De hecho se acoplaban tan bien que Edward pensó que si no tenía cuidado iba a acabar demasiado pronto, en segundos, sin tiempo ni de quitarse los pantalones.
Apartando la imagen de su mente, levantó la cara para mirarla a los ojos. Ella le devolvió la mirada y le apartó el pelo de la cara, con una expresión entre aturdida y desconcertada.
No podía tratarla de ese modo. No iba a disfrutar sabiendo que luego se sentiría culpable. Se apartó y volvió a tumbarse a su lado, dejando sólo una pierna sobre sus rodillas.
—No... —Frunciendo el cejo, Isabella le cogió la mano y se la puso sobre el vientre.
—¿No? —Edward le besó los labios y luego le apoyó la frente en el esternón.
—No dejes de tocarme —dijo ella enredando los dedos en su pelo—. Por favor. —Le llevó la mano hacia el lugar que sospechaba que sentía más vacío. Allí donde un niño debería crecer pero no crecía. Donde la vida solía empezar pero que, en su caso, se resistía a hacerlo.
Edward la miró, tratando de averiguar exactamente qué le estaba pidiendo, y qué no.
—Te tocaré —susurró—, donde tú quieras, tanto como quieras.
Isabella no pensaba darle más pistas, así que Edward empezó donde estaba, acariciándole el vientre con delicadeza. Ella cerró los ojos y le soltó la mano, lo que el hombre interpretó como un gesto de sumisión.
Incluso de confianza.
A través de la fina tela del vestido, Edward recorrió los contornos de sus caderas, el ombligo, la parte inferior de las costillas. Ella suspiró y agarró la manta con las manos.
Más abajo, dedujo. Quería que la tocara más íntimamente y él estaría encantado de hacerlo. Cuando le llegó a los muslos, Isabella abrió los ojos. Lo que Edward vio en ellos le confirmó que había leído bien las señales. Lo deseaba, pero no se atrevía a pedirlo abiertamente.
Sin apartar la mirada de sus ojos, Ed fue levantándole el vestido hasta dejarlo recogido sobre su vientre. Su sexo quedaba oculto a la vista, pero accesible a sus manos. Inclinándose sobre ella la besó, pero no con un beso educado ni juguetón. Era un beso que anunciaba su intención de poseerla, sin dejar lugar a dudas, y le exigía una respuesta igual de clara.
Isabella volvió a tirar de su camisa, notando cómo su cuerpo volvía a la vida después de un largo letargo que no tenía nada que ver con la siesta. Edward se apartó de ella el tiempo justo para que le quitara la camisa, pero inmediatamente después volvió a besarla. Ella le rodeó la espalda con los brazos y lo abrazó con más fuerza de la que él esperaba.
—Edward —lo reprendió, intentando obligarlo a acercarse más.
—Pórtate bien —gruñó él, apoyándose en ella, pero sólo parcialmente. Cuando le cubrió el pecho con una mano, ella se quedó muy quieta y se estremeció. Edward apretó un poco y ella ocultó la cara en su hombro.
»Dime si te gusta.
Él repitió la caricia, observándola con atención. Estaba tan quieta, tan concentrada, que era imposible saber si disfrutaba o no. Cuando por fin arqueó la espalda, apretando el pecho contra su mano, obtuvo la respuesta que quería. Mientras palpaba y acariciaba, Edward se preguntó si a su querido barón se le habría ocurrido darle placer alguna vez, o si Isabella habría pasado los cinco años que había durado su matrimonio privada de la más mínima atención a sus necesidades.
Isabella gimió con suavidad y puso una mano sobre la de Edward, pidiéndole sin palabras que la tocara con más decisión. Éste se soltó y empezó a desatar las cintas de su corpiño. En un momento había aflojado lo suficiente el vestido y la combinación como para dejar sus pechos expuestos a la suave brisa.
No llevaba corsé. Gracias a Dios. Con el calor que hacía y para trabajar en el jardín había sido lo bastante sensata como para no ponérselo.
—Edward. —Su voz expresaba dudas, pero no una crítica. Él levantó la vista. Lo estaba observando, muy seria, mientras él admiraba sus pechos desnudos.
—Eres preciosa —le dijo él, inclinándose para besar el lado de una de esas dos maravillas—. Fabulosa. —Le acarició la parte inferior con los labios—. Impresionante. —Le rozó el pezón rosado con la boca cerrada—. Deliciosa. —Tomó el pezón en su boca y sintió cómo ella se estremecía bajo su delicado asalto.
Isabella arqueó la espalda y le llevó la mano hacia el otro pecho, con fuerza, como una súplica. Edward comprendió que cinco años de soledad sexual —si no más— eran mucho tiempo. Demasiado. Isabella había sufrido la tortura del deseo insatisfecho y le estaba suplicando que la liberara.
Se sintió honrado por haber sido elegido, cosa que le dio la fuerza que necesitaba para no hacer caso de la mano de Isabella que trataba de bajarle los pantalones y atraerlo hacia ella al mismo tiempo, rogándole que la cubriera con su cuerpo.
Si sucumbía a la tentación, perdería el control en segundos y se dejaría llevar por el mar de su propio placer. Apartando la mano de su pecho, le acarició el torso, que se onduló sensualmente.
—Separa las piernas —susurró Edward—. Sólo un poco. Deja que te toque.
Tuvo que convencerla, forzándole un poco los muslos, pero luego se rindió, separando las piernas de un modo muy acogedor. Dios, cómo desearía colocarse entre ellas y...
No. No iba a obtener satisfacción a costa de la de ella. Empezó a acariciarle los muslos muy lentamente, preparado para obedecer en cuanto ella le demostrara con claridad que quería que parara. Sabía que una cosa era desear algo y otra muy distinta darse permiso para disfrutarla. No detuvo el asalto sensual a sus pechos en ningún momento y eso sin duda ayudó a acallar el griterío de su conciencia. Tal vez la presión de su erección sobre la cadera ayudara también.
Cuando los dedos de Edward alcanzaron sus rizos, la mano con la que Isabella le había estado acariciando la cara se detuvo. Ed deseó con todas sus fuerzas poder ver lo que estaba tocando, lo que acariciaba.
—Precioso —susurró, recorriendo su sexo con un dedo. Isabella cerró las piernas, no tanto para negarle el acceso como para protegerse de un placer para el que no sabía si estaba preparada.
—Déjame —murmuró él, repitiendo la caricia—. Permíteme que haga esto por ti.
Sus miradas se cruzaron y Edward vio que los ojos de Isabella estaban velados por el deseo, pero pudo distinguir un brillo de sorpresa. Cuando ella separó al fin las piernas, Edward tuvo una agradable sensación de posesión al notar que había derribado sus últimas barreras defensivas.
—Agárrate a mí. —La acercó más a su cuerpo, le besó la palma de la mano y la guió hasta su nuca. Luego le puso la mano con firmeza sobre el sexo, para que no hubiera confusiones. Costara lo que costase, no iba a dejarla insatisfecha. Con los dedos encontró el punto placentero que buscaba.
»Agárrate fuerte —le recordó, al empezar a acariciarla. Isabella se estremeció y se agarró a él, cada vez con más fuerza mientras él establecía un ritmo. Cuando notó que el cuerpo de Isabella empezaba a vibrar, apartó la mano y la penetró con suavidad, primero con un dedo, después con dos.
—Edward. —Su nombre era un gemido, tan cargado de frustración y deseo que la erección de Ed volvió a aumentar.
Inclinándose sobre ella, tomó de nuevo un pezón en la boca pero esta vez succionó con fuerza, mientras retomaba las caricias sobre su sexo. Pocos segundos después, Isabella se arqueó mientras el placer la recorría de arriba abajo. Edward no se detuvo en ningún momento, dándole placer con la boca y con la mano. Antes de que los últimos coletazos se desvanecieran, Edward notó las lágrimas de Isabella en su pecho, las uñas clavadas en su espalda y su pierna rodeándole las caderas.
Isabella había hecho añicos su concepción de lo que era dar placer a una mujer y había roto su compostura. Se apartó un poco de ella, maldiciendo la torpeza de su mano izquierda, pero consiguiendo desabrocharse los pantalones lo suficiente. Ella se había refugiado en su abrazo y mantenía la cara oculta en su pecho, cuando Edward más deseaba ver su expresión. Parecía alterada, pero podía deberse a la falta de familiaridad entre ellos o a su timidez. Edward estaba dispuesto a aceptar cualquier explicación para no tener que detenerse en esos momentos.
Pero era incapaz de olvidar que la mujer que estaba a su lado llevaba cinco años de abstinencia absoluta. No podía montarla salvajemente como hubiera deseado.
En general, cuando estaba tan excitado que no podía llevar su vida con normalidad, se encargaba él mismo de resolver el problema. En pocos minutos volvía a sentirse relajado y en paz con la vida. Era todo muy sencillo y ordenado.
Pero en cuanto se rodeó el miembro con la mano, tuvo la intuición de que nada iba a ser sencillo ni ordenado esa vez. No con Isabella todavía jadeando a su lado y en un estado de excitación tan grande que le ardían los riñones.
El primer roce de la mano ya le hizo ahogar un grito. Cuatro sacudidas más tarde, un zumbido en los oídos lo dejó sordo, la visión se le nubló y toda la atención se centró en los espasmos de placer que parecían nacer de su miembro. Se estremeció una y otra vez y comprendió por qué algunos llamaban al orgasmo la pequeña muerte.
Al acabar, permaneció aturdido, jadeante como un caballo de carreras. Isabella seguía abrazada a él, con la cara aún oculta en su hombro. Tenía que abrazarla. Y pronto.
Encontró un pañuelo en el bolsillo y trató de limpiarse el vientre y el pecho. Con cuidado, se soltó de Isabella y se arrastró hasta el arroyo, donde mojó el pañuelo en el agua y volvió a limpiarse. Luego aclaró el pañuelo, lo escurrió y se sentó sobre los talones, a esperar a que la cabeza dejara de darle vueltas.
La visión de los pies de Isabella, polvorientos, elegantes y descalzos, le provocó un gran deseo de besarlos. Se quedó quieto, observándolos, hasta que se dio cuenta de que ella lo estaba mirando con curiosidad, apoyada en los codos y con el corpiño abierto.
—Edward, ¿qué estás haciendo? —le preguntó con tanto cariño y desconcierto que él casi se ruborizó.
—No lo sé.
—Déjame abrazarte. —Con una sonrisa, le robó el cojín y volvió a tumbarse, confiada en que le obedecería.
Apartó el pañuelo, regresó a su lado y le deslizó un brazo por debajo del cuello. Ella lo abrazó y lo hizo bajar hasta que tuvo la mejilla apoyada en su pecho.
—¿Estás bien? —preguntó Edward, entrelazando los dedos con los de ella y dejando las manos unidas sobre su estómago.
Ella ocultó la cara en su sien y sacudió la cabeza.
—Bueno, yo tampoco si te sirve de algo —confesó él, con la voz teñida por el placer y la sorpresa. Se sentía... roto. Dividido entre una gran satisfacción y la necesidad de estar aún más cerca de ella; entre una sensación de agotamiento y de satisfacción; entre la confusión por haber experimentado algo tan intenso sin ni siquiera haberla penetrado y la certeza de que con Isabella todo sería siempre así.
—Pronto estaré bien —lo tranquilizó ella—, es sólo que me has pillado por sorpresa. Aún no sé dónde tengo la cabeza.
—Sé cómo te sientes. —Ed le besó el escote con ternura—. Estoy esperando a ver si la mía vuelve pronto y se coloca en su sitio.
—No hay prisa. Estás bien sin ella un rato —bromeó Isabella, besándole la mejilla.
Edward apoyó el codo en la manta y se incorporó para mirarla.
—¿Te sucede algo? Estabas llorando.
Isabella le recorrió la mandíbula con un dedo.
—A veces se llora de alivio o de puro... asombro.
Edward asintió, reconfortado. Él también estaba maravillado por todo lo sucedido.
—No había planeado llegar a esto cuando vine.
—Te lo agradezco. Y no tenías ninguna necesidad de planear nada. Improvisas muy bien. —Edward la sintió suspirar.
—No, no ha sido suficiente —dijo, sorprendido de lo mucho que le preocupaba el asunto—. Ni siquiera te he hecho el amor como te mereces.
—No creo que seas tú quien deba decidir lo que me merezco y lo que no —replicó ella, y su voz sonaba muy satisfecha—. Pero puedo decirte que durante los cinco años que estuve casada no conocí un placer parecido al que acabo de sentir.
—¿Ni una vez? —Edward hizo una mueca. No sabía si darle las gracias al viejo Jacob por su ineptitud o si criticarlo como se merecía.
—No pienso hablar del asunto —le advirtió Isabella.
—No, claro. Pero es que cinco años es mucho tiempo. Saber eso hace que tenga muchas más ganas de continuar lo que hemos empezado. Es una advertencia.
—Estoy demasiado satisfecha como para que tus palabras me parezcan amenazadoras —replicó ella, pero luego guardó silencio.
—La rueda de molino de tu mente ha vuelto a ponerse en marcha —constató Edward, pasándole un dedo por la nariz.
—A toda velocidad —admitió Isabella, volviendo la cara hacia su mano—. ¿Así que ésta es tu idea de una siesta?
—Cinco minutos para cada uno. Pero ahora que he disfrutado de mis cinco minutos, quiero quedarme y robarte cuarenta más.
—Pues no lo harás. —Isabella le sujetó la cara entre las manos y le dio un sonoro beso en la boca—. Me gustaría, pero ya hemos tentado demasiado a la suerte. Y el reloj no se detiene.
—Tus palabras me destrozan. —Edward se tumbó de espaldas, arrastrándola con él—. ¿Cómo puedes levantarte de un brinco, ponerte el sombrero y los guantes y volver a arrancar malas hierbas minutos después de que te haya dado tanto placer?
—No te ofendas. —Isabella se apoyó en un codo y lo contempló con solemnidad—. Piensa que lo hago para estar en un lugar seguro donde poner mis pensamientos en orden, Edward. Y donde recuperar el aliento. La verdad es que me has... desconcertado.
Él sonrió. Lo entendía perfectamente. Quería besarla, y abrazarla y hacerle el amor una y otra vez. Pero también quería reflexionar sobre lo que había pasado. Al menos intentarlo.
—Si insistes en echarme de aquí, ¿podrías ayudarme con los pantalones? No soy tan hábil con los botones como me gustaría.
—No te muevas. —Isabella se sentó y lo miró. Tenía los genitales al aire. Levantó la vista hasta sus ojos, sorprendida y él le devolvió una mirada provocadora.
—¿Cómo se...? —empezó a preguntar ella, moviendo una mano sobre la zona y ruborizándose.
—Lo pones todo en su sitio y abrochas los botones. —Edward esperó, dándose cuenta de que por mucho que Isabella amara a su marido, la relación entre ellos había sido muy contenida. Despacio, los dedos de la joven le rodearon el miembro flácido.
—Qué suave. Y modesto. Sin pretensiones —murmuró—. Como si se hubiera marchitado. —Estiró con suavidad y lo miró, como pidiéndole permiso para seguir.
—Tú sigue jugando y ya verás lo rápido que recupera el apresto. Sabes acariciar muy bien.
Tras esas palabras, Isabella cambió de actitud. Lo colocó todo en su sitio y le abrochó los pantalones con la precisión de una enfermera.
—Ya está —dijo al fin, dándole un golpecito satisfecho en el miembro al acabar. Algo tan inocente como tocar un pene flojo a través de la tela del pantalón a plena luz del día le suponía un esfuerzo considerable.
Ser su amante iba a ser adorable. Ella era adorable.
—Ahora yo. Deja que te ayude —se ofreció él, sentándose y robándole un beso—. Quieta.
Se tomó su tiempo, rozándole los pezones con el dorso de la mano más de una vez y ninguna de ellas por error. Al final, Isabella le apartó las manos y acabó de abrocharse las cintas del corpiño ella sola.
—Eres un hombre terrible y despiadado —lo acusó, lanzando el cojín sobre el banco—. Ayúdame a doblar la manta.
Edward se levantó de un salto y la ayudó a hacer lo mismo, resistiendo la tentación de estrecharla entre sus brazos. Si no controlaba sus impulsos, no iba a ser capaz de soltarla hasta que llegara el invierno y el frío los obligara a entrar en casa. Entonces, podría abrazarla junto al fuego durante el resto de la estación. Esas ideas tan absurdas lo sorprendieron pero no le parecieron alarmantes. Y eso sí que era para preocuparse.
Antes de que se pusiera el sombrero de paja y abandonara el refugio del sauce, la abrazó por detrás.
—Volveré esta noche —le susurró al oído—, si me lo permites.
Ella se quedó callada. Durante un instante, Edward sintió pánico.
—Háblame, Isabella —le pidió, besándole la mejilla—. Dime lo que piensas.
—Es que... esta noche creo que no será un buen momento.
—Cariño —Edward la soltó y la hizo girar para verle la cara—, no voy a forzarte. Sólo quiero verte.
Para asegurarse de que estaba bien, aunque sabía que ambos se estaban esforzando para redefinir el concepto «estar bien». Isabella debió de notar que Edward necesitaba una explicación. Se volvió y le habló por encima del hombro:
—Estoy esperando que me venga la menstruación en cualquier momento.
Él ladeó la cabeza.
—¿Y eso te convierte en mala compañía? ¿Tienes jaqueca, calambres, ataques de melancolía? ¿Comes bombones sin parar? ¿Tienes que guardar cama?
—A veces. —Isabella lo miró con cautela.
—En ese caso, te consolaré. Te abrazaré y mimaré. Te llevaré tisanas a la cama y te daré masajes en la espalda y en los pies. Te leeré y te ganaré a las cartas. O te llevaré bolsas de agua caliente a la cama para aliviarte el dolor.
Isabella frunció el cejo.
—Aunque no te lo creas, en esos días soy una compañía espantosa. Y a veces antes de esos días también.
—Eres una compañía espantosa para los que esperan que toques sin equivocarte en una sola nota —replicó Edward, mirándola fijamente—. ¿Podemos sentarnos un minuto?
Ella asintió, pero no le devolvió la mirada.
—La esposa de mi tío Tony —dijo él, rodeándole los hombros con el brazo— dice las cosas sin rodeos. Una vez me contó que el mejor remedio para los dolores menstruales era acostarse con Tony.
—¡Edward! —Isabella escondió la cara en su hombro—. No pretenderás...
—Lo que yo pretenda tiene poca importancia. Pero si tú quisieras, estaría encantado de ayudarte. Lo que trato de decir es que disfruto de tu compañía, Isabella. Para mí eres mucho más que un cuerpo bonito. Cuando me veas aparecer en tu puerta, no quiero que pienses que lo único que busco es sexo.
Isabella levantó al fin la vista y lo observó con curiosidad.
—Pero ¿para qué quiere alguien una amante si no es para... los momentos de intimidad?
—Para lo que nosotros queramos. Quizá tenga menos experiencia en estos asuntos de lo que tú crees, pero puedo asegurarte que no me interesa una relación contigo si la amistad no desempeña un papel importante. Si tú estás buscando otra cosa, te agradecería que lo dejaras claro antes de seguir adelante.
Isabella lo miró con el cejo fruncido. Edward casi podía oír la rueda de molino girando dentro de su cabeza.
—Si las cosas entre nosotros... siguen adelante —dijo, mirándose las manos—, no jugaré con tus sentimientos. No compartiré mi tiempo con otros hombres mientras esté contigo. No traicionaré tu confianza.
—Me honras con tus palabras —confesó Edward, acariciándole la mejilla—. Trataré de ser merecedor de ese honor. Y ya que has sido valiente y me has dicho unas palabras que nunca me habría atrevido a exigirte, me armaré de valor y te corresponderé. Yo tampoco jugaré con tus sentimientos, Isabella Black Swan, baronesa Roxbury. No compartiré mi tiempo con otras mujeres mientras esté contigo. Y me esforzaré por no traicionar tu confianza.
Edward se levantó y, tras darle un último beso en la mejilla, desapareció entre las ramas del sauce. Isabella permaneció un rato en el banco, atesorando todos los detalles de lo que sería sin duda un nuevo y precioso recuerdo. Aunque tenía esperanzas, tal vez debería aferrarse a este recuerdo durante mucho tiempo.
La paz del momento se esfumó diez minutos más tarde cuando un grito de advertencia de Edward fue seguido de cerca por el sonido de algo muy pesado que se rompía en mil pedazos.
