—¡Dare! ¡Encima de ti!
Darius tuvo el tiempo justo de levantar la vista al oír el grito de Edward, tirar de los hermanos Belmont y arrastrarlos de un salto hasta el alero.
Cuatro pesados trozos de pizarra cayeron desde una altura de cuatro pisos a la terraza, seguidos por una lluvia de guijarros. La voz de Edward rompió el silencio sepulcral que siguió a la caída.
—¡Maldita sea! —exclamó, cruzando la terraza a grandes zancadas—. Decidme que estáis todos bien —dijo, examinando primero a Day y luego a Phillip, por si se habían hecho algo.
—Están bien, Edward —lo tranquilizó Darius, mirando hacia arriba.
—Quienquiera que esté en el tejado —gritó Edward—, que asegure las herramientas y baje ahora mismo.
—¿Has visto cómo se desprendía la pizarra? —preguntó Darius, sin dejar de mirar hacia arriba con desconfianza.
—Sí. Chicos, decid algo. Menudo momento habéis elegido para olvidar el don de la palabra.
—Estamos bien —habló Day, blanco como un papel. Phillip, por el contrario, estaba sofocado—. Al menos, yo. ¿Phil?
—Divinamente —respondió éste, antes de desplomarse en el suelo—. Sólo un poco mareado —añadió, mirando cómo la pizarra se había hecho añicos justo en el sitio donde habían estado momentos antes.
—Creo que voy a unirme a ti —murmuró Day, deslizándose por la pared y sentándose al lado de su hermano—. Ha ido de un pelo.
—Sí, tomemos nota de quién baja por esa escalera —sugirió Darius, entornando los ojos. En respuesta a la orden de Edward, los obreros de la cuadrilla estaban descendiendo.
—¿Están bien los chavales? —preguntó Hancock, el capataz.
—Perfectamente —contestó Edward—, un poco conmocionados. Hancock, ¿quién ha construido ese andamio?
—¿El de la chimenea? Yo mismo —respondió—. Justo antes de irnos el sábado. Lo dejé preparado para apilar la piedra para la chimenea esta mañana.
—¿Has apilado las piedras para la chimenea sobre tejas sueltas? —inquirió Edward, con los dientes apretados.
—¿Cómo dice? —exclamó Hancock, separando las piernas—. Claro que no.
—Explícate.
—Llevo trabajando en esto casi treinta años, señor Cullen. Conozco mi oficio —se defendió, apoyando sus enormes puños en las caderas—. Si esas piezas de pizarra estaban sueltas, el resto del tejado puede estarlo también. Pero el viernes cuando las revisé estaban perfectamente sujetas.
—Dice la verdad, señor Cullen —corroboró otro hombre—, yo vi cómo lo hacía. Nadie quiere trabajar en un tejado inseguro. Y menos con piedras tan grandes. Puede que las tejas del lado norte estén sueltas pero las de la vertiente sur no.
Edward resopló y cruzó una mirada con Darius.
—En ese caso, reconozco que me he pasado de listo y me disculpo, pero estamos ante un misterio.
El capataz, muy serio, asintió.
—No ha llovido ni ha hecho viento desde el viernes y, sin embargo, las tejas se han aflojado.
—Eso parece. Que no vuelva a subir nadie hasta que no hayamos examinado el tejado. Después de recoger todo esto, podéis dar la jornada por finalizada. Chicos, necesito a Darius, pero podéis ir a daros un baño o volver a la tienda de campaña, como prefiráis.
—Un baño —dijo Day—, pero antes examinaremos bien el estanque, no vaya a ser que haya monstruos.
Edward y Darius no vieron nada que indicara que había más tejas sueltas. Antes de volver al suelo, Ed se sentó en lo más alto del tejado y observó el pueblo en la distancia.
—La única conclusión lógica es que alguien haya estado aquí el fin de semana y que pensara que sería divertido aflojar unas cuantas tejas —concluyó—. Este nivel de atrocidad raya en lo delictivo.
—Te quedas corto. —Darius estaba indignado—. Por lo menos, es entrada ilícita en propiedad ajena. Por no hablar de vandalismo, destrucción de propiedad y posible intento de asesinato. Si esto es lo que los jóvenes de la zona consideran divertirse, me replantearía muy en serio lo de mudarme a este condado. Estoy seguro de que alguien ha estado aquí este fin de semana.
—¿Cómo lo sabes?
Su amigo le explicó el episodio del cubo de agua.
—¿Para qué querría un cubo una pandilla de chicos? —se preguntó Edward—. ¿Y dónde habrán aprendido a aflojar tejas sin que se note?
—Hay media docena de albañiles trabajando en el tejado. El hijo, el primo o el sobrino de cualquiera de ellos puede conocer la técnica.
—Pero ¿por qué? Cualquiera podría haber muerto: tú, Day, Phil. Yo habría sido el responsable, pero las familias del lugar a las que estoy dando trabajo también saldrían perjudicadas.
—Tienes razón. ¿A quién le puede interesar sabotear la reparación?
—No tengo ni idea. —Edward contempló el paisaje bucólico—. Pero levantaron el andamio el sábado, y las tejas estaban firmes entonces. Cualquiera que conozca un poco el proceso de construcción sabría que el siguiente paso era subir la piedra a dicho andamio. Aflojaron las tejas sabiendo que en cuanto empezaran a trabajar en la chimenea se vendrían abajo.
—Y arrastrarían la piedra del andamio en su caída. —Darius silbó—. Mal asunto.
—Muy peligroso. —Edward se puso de pie—. Me pregunto si no deberíamos enviar a Day y a Phil a casa.
—No querrán marcharse. ¿Por qué no escribes a Belmont y que sea él quien decida? Tal vez Hancock no se fijara bien. O tal vez sea un hecho aislado, algo llevado a cabo por unos gamberros que no calcularon las consecuencias de sus actos.
—Tal vez esté exagerando —admitió Edward—, aunque no lo creo. Y tú tampoco.
—¿Qué hacemos entonces?
—Extremaremos las precauciones —respondió, ofreciéndole la mano a Darius para que se levantara—. Por ejemplo, dejaremos a alguien de guardia en el tejado los fines de semana.
—Puedo quedarme yo. O podemos turnarnos. O, mejor aún, contratar a alguien.
—Te lo agradezco, pero si alguien quiere hacernos daño, las guardias serán un asunto peligroso. Supongo que si es alguien de la zona, estará más seguro.
—Tenemos una semana para discutirlo —dijo Darius, bajando con cuidado hacia la escalera—. Veo que tu vecina viene a ver qué ha pasado —añadió, señalando hacia el bosque con la cabeza.
—¡Dios mío! ¿Y si hubiera venido de visita hace un cuarto de hora? Vamos abajo. Prefiero ser yo quien se lo explique. Y prefiero que vea con sus propios ojos que no nos ha pasado absolutamente nada.
Edward le contó lo sucedido como si hubiera sido un accidente, pero cuando se quedaran a solas pensaba comentarle sus dudas. Con un poco de suerte lograría convencerla para que se quedara en casa de los Belmont hasta que finalizaran las obras. No es que quisiera que se marchara lejos, pero la visitaría todos los fines de semana. Religiosamente.
Isabella no quería interrumpir el trabajo con sus preguntas, pero en cuanto se quedaran a solas, no iba a parar hasta que Edward no le contara en detalle aquel «pequeño incidente». Había vuelto a casa por el sendero en vez de por el bosque y había entrado por la puerta principal. Al llegar, vio la maceta de poleo esperándola en los escalones.
Mientras arrancaba la planta de la maceta y la arrojaba al montón de abono, la indignación se mezcló con el pánico. La sola presencia de la planta no dejaba lugar a dudas sobre el causante de la caída de las tejas.
No podía ser. Ni siquiera Mike sería tan estúpido como para hacer algo así y dejar luego una dichosa maceta de poleo en su puerta como si fuera una tarjeta de visita.
¿O sí?
—¿No has notado que la señora Black trabaja mucho? —comentó Edward, mirando dentro de la jarra de cerveza como si fuera a encontrar allí la respuesta a los secretos del universo—. ¿Realmente le hacen tanta falta los ingresos de las ventas? La finca parece próspera. Sobre todo la parte que cuida ella.
—Si quiere información sobre las finanzas de sus arrendatarios —dijo Rafe, el dueño y camarero de El Gallo Cansado, la taberna local—, lo mejor es que hable con el señor Cheatham. Era el procurador del antiguo barón. Vive en Great Weldon. Él podrá decirle quién está al día en el pago de las rentas y quién no, ya que se encarga de las cuentas de casi todo el condado.
—Cheatham, bueno es saberlo. —Ed levantó la vista hacia Rafe que, con su vientre prominente cubierto por un delantal, no había dejado de frotar la barra de madera pulida.
—Le diré otra cosa que le interesará —agregó, dejando de limpiar—. Los Bragdoll son gente laboriosa, no tengo nada contra ellos, pero están trabajando en su propiedad y me parece que no tienen la autorización de la señora Black para hacerlo.
—¿La autorización de la señora Black? —Edward alzó una ceja y esperó.
—Cheatham viene de vez en cuando a tomarse una cerveza, pero en contra de lo que usted piensa, sé mantener la boca cerrada. Hable con Cheatham.
—Eso haré, no lo dude. —Edward se acabó la pinta—. Resérveme una tarta de frutas entera, no me importa el precio.
—Una tarta entera, sí señor —asintió Rafe, alegremente, olvidándose de su discreción anterior—, para los chicos que están creciendo y los tipos que trabajan duro.
Al salir de la taberna, Cullen se encontró con el bullicio propio de un pueblo en día de mercado. No se podía quitar las palabras de Rafe de la cabeza. Iba a tener que ir a hablar con Cheatham, estaba claro, pues el tabernero casi había reconocido que Isabella tenía algún tipo de poder de decisión sobre la finca.
—Veo que la venta va bien —comentó Edward, acercándose al carro de Isabella aparcado en el prado—. ¿Puedes descansar un momento? Le diré a Rafe que te sirva una pinta bien fresquita.
—Nosotros nos ocuparemos —se ofreció Dayton—, ¿verdad, Phil?
—Protegeremos las flores con nuestras vidas si es necesario —le aseguró éste—. Sobre todo ahora que sir Dewey nos ha traído provisiones. Estos bollitos con mermelada de frambuesa nos han devuelto las fuerzas.
—¿Sir Dewey? —preguntó Edward.
—John Dewey Fanning. Está allí —Isabella señaló con la barbilla—, jugando al ajedrez con Tilden entre interrupción e interrupción de Rafe. ¿Por qué?
—Creo que estuvo en el ejército con mi hermano mayor. ¿Nos puedes presentar?
—Puedo —respondió, aunque no parecía muy entusiasmada con la idea.
Cuando salieron de la taberna de Rafe, sir Dewey estaba solo frente al tablero.
—Edward Cullen —se presentó Ed, sin esperar a que Isabella hiciera los honores—, a su servicio. Ya era hora de que nos conociéramos. Creo que somos vecinos.
Sir Dewey les sonrió.
—Es una suerte. Axel Belmont me advirtió que se iban a hacer reformas en la casa de los Swan. —Acercando una silla de una mesa cercana, los invitó a acompañarlo—. ¿Por qué no se sientan y me cuentan cómo van las reformas?
Fanning debía de tener unos cinco años más que Edward. Era alto, rubio y tenía la piel un tanto curtida por el sol, lo que hacía que sus ojos azules destacaran aún más. Era un tipo cordial, pero bajo sus buenos modales ocultaba una cierta desconfianza, incluso cuando se dirigía a Isabella.
—A su difunto marido le habría gustado ver que alguien cuida de la propiedad, creo. —En el silencio que siguió a sus palabras, Isabella no pudo ocultar su sorpresa.
—¿Conoció a mi marido?
—Fue un año a la universidad con mi primo Denham, y él y yo íbamos juntos a todas partes. Coincidimos varias veces. Cuando regresé de la India, su marido ya había fallecido. Me disculpo por no haber ido a presentarle mis respetos. —Volviéndose hacia Edward, cambió de asunto—: Oí que había sufrido un percance el otro día.
—Si me disculpan —los interrumpió Isabella, pasando la jarra a medio beber a Edward—, creo que los chicos me necesitan. Volveré a mi puesto.
—Ha tenido suerte con los vecinos —comentó sir Dewey, levantándose para despedirla igual que Edward—. Es tan bonita como las flores que cultiva.
—Es usted muy galante —Cullen se sentó de nuevo—, aunque veo que no le había comentado que había conocido a Roxbury.
Sir Dewey seguía sin apartar la mirada de ella.
—No me pareció que ella quisiera que nadie se enterara. No ha dicho ni una palabra a nadie.
—¿De veras conoció a Roxbury? —preguntó Ed, con la mirada clavada en la joven.
—Un poco, y hace tiempo. Al anterior barón, por supuesto. El actual no merece el título.
—Gané la propiedad de la finca en una partida de cartas —explicó Edward, forzándose a apartar la mirada de Isabella, que estaba riéndose de algo que le había dicho Day—. Me pareció el típico noble joven, con más tiempo que cerebro, dispuesto a cualquier cosa por un poco de diversión.
Sir Dewey ladeó la cabeza.
—Una afirmación curiosa viniendo del músico de los Moreland.
Edward se volvió hacia él con brusquedad, pero los ojos azules de Dewey le devolvieron una mirada tranquila y sincera.
—¿Cómo sabe que sufrimos un accidente el lunes?
La atención de sir Dewey se centró en las piezas del ajedrez.
—El juez de paz local, el señor Rutland, se ha ido a Brighton con su señora, así que en su ausencia me ocupo de las incidencias —respondió tras un breve silencio—. El señor Belmont se encargó durante la primera parte del año, y no le apetece seguir haciéndolo. Además, con mis antecedentes militares como oficial retirado, la gente opina que soy el más adecuado para el puesto.
—Eso explica que sepa lo que sucedió. Supongo que querrá investigar un poco más, pero le pido un favor.
—¿Un favor?
—Todavía estoy instalándome y no he querido aprovecharme del título para ganarme a la gente. Me he presentado como el señor Edward Cullen, dueño de un par de talleres de muebles que no van mal. —Cogió la reina negra del tablero y la examinó. El blanco y negro de la superficie le recordó el teclado del piano. Si tuviera que acompañar con música esa conversación, elegiría una tonada ligera, tocada con tambor y flautín, de esas que animan a los soldados a seguir caminando.
—Tengo en casa uno de sus muebles —ironizó Fanning—. ¿Por qué ocultar la verdad? Todo acaba por saberse al final.
—¿Acaso no le gusta que lo conozcan por ser el sir Dewey Fanning que evitó que se declararan varias guerras en la India?
—Veo que también está bien informado —respondió sir Dewey, observando la pieza que Edward sostenía en la mano—. ¿El coronel Whitlock es su hermano?
—Sí, tengo ese privilegio.
—Conocí a su hermano poco después de Waterloo —dijo en voz baja—. Me dejó algo intranquilo.
Edward observó a Fanning y encontró la expresión de un soldado que se preocupa por otro.
—Aún lo pasa mal a veces, sobre todo cuando llueve y truena, pero está felizmente casado y su esposa está esperando un hijo.
—Buenas noticias. Me alegro mucho. —Sir Dewey sonrió sin levantar la vista del tablero. Era una sonrisa sincera y Edward no pudo evitar preguntarse por qué no había sonreído así mientras Isabella había estado con ellos.
—¿Tiene ya alguna idea sobre el incidente de mi casa?
—Cuénteme su versión y yo le diré lo que he oído por el pueblo. —Estuvieron intercambiando información durante más de una hora. Sir Dewey le hizo preguntas que iban desde sus posibles competidores en los negocios hasta los términos de la cesión de propiedad por parte de Roxbury.
—¿Le importaría que fuera a echar un vistazo?
—En absoluto —Edward se levantó y le ofreció la mano—, pero no espere que lo invite a tomar té con bollos en el salón. Más que nada porque no tenemos un salón en condiciones, ni bollos, ni vajilla en la que servirlos.
Se separaron y Edward fue en busca de sus arrendatarios. Eran seis en total, pero sólo pudo hablar con cinco de ellos, ya que los Bragdoll no habían ido al mercado. Cada vez que se reunía con ellos, Edward se llevaba una mala impresión. Siempre le parecía que hablaban a sus espaldas cuando se iba, y no precisamente bien. Esta vez no fue distinta. Iba a tener que ir a tratar el tema con el procurador lo antes posible.
—¿Qué te han dicho los arrendatarios? —preguntó Isabella, poniendo los caballos a un trote tranquilo mientras regresaban a casa al final de la jornada.
—La finca está en un estado lamentable —respondió Edward—. Las rentas se van cobrando, pero no parece que nadie haga nada con ellas. Las seis granjas deberían colaborar mucho más en asuntos como el esquilado de ovejas, la siega, etcétera, pero no lo hacen. Y como no forma parte de sus obligaciones encargarse de las reparaciones, nadie se ocupa de margar ni de limpiar los canales de irrigación, no se intercambian los sementales ni tienen un plan de barbecho, no reparan los muros... En fin, que es un milagro que la finca no esté aún peor.
—¿Y cómo es que un fabricante de muebles entiende de margar y de canales de irrigación? —preguntó Isabella, sin apartar la vista de los traseros de los animales.
—Mi padre tiene muchas tierras —contestó, mirándola de reojo para observar su reacción—. No me considero un experto, pero sé lo básico. Lo suficiente para darme cuenta de que, si no actúo pronto, me encontraré con un montón de tierras descuidadas y poco productivas.
—Sólo te faltaba esto, con todo el trabajo que tienes con la casa.
Ed miró por encima del hombro para asegurarse de que Day y Phil se habían dormido.
—Me cuesta imaginarme que tu difunto marido hubiera dejado que las cosas cayeran en este estado de deterioro.
—No, no lo habría permitido —dijo Isabella, apartando una mosca—. Pero murió hace cinco años y ese tiempo es suficiente para que todo se deteriore.
—Deduzco que Mike cobra las rentas y no hace nada por la finca.
—Menos que nada. Supongo que los arrendatarios deben de estar hartos y con ganas de marcharse a otro sitio.
Permanecieron en silencio durante el resto del trayecto. Al acercarse a la casa, Cullen vio que había llegado el pedido de conchas trituradas y que la terraza trasera estaba casi acabada.
—Day y Phil pueden encargarse de los caballos —dijo Edward, saludando a Darius—. Acompaño un momento a Isabella a su casa y luego te pongo al día. Ha sido una jornada llena de acontecimientos.
—Un día agotador, por lo que parece —replicó Darius viendo cómo Day y Phillip bostezaban y se desperezaban. Al ayudar a bajar del carro a Isabella, añadió—: Hasta la indomable señora Black parece extenuada, Ed. Creo que hoy has abusado de tus esclavos, negrero.
—Come un pedazo de la tarta de frambuesas que he traído y luego critícame si te quedan ganas.
Isabella tomó el brazo que Edward le ofrecía y se dirigieron al bosque en silencio.
—Deberías talar este bosque —comentó la joven, al llegar al camino.
—No quiero. ¿Y si se enfadan las hadas?
—Es muy bonito, pero al menos deberías limpiarlo un poco o el sendero se volverá impracticable y nadie podrá venir a recoger leña. Las hadas serán las únicas que podrán hacer fuego en invierno. Por no hablar de ese par de troncos resecos que deberías talar antes de que se caigan de viejos y causen un estropicio en tu propiedad o en la mía.
Edward se detuvo y se quedó mirándola a la luz del atardecer.
—No quiero talar el bosque porque es donde te besé por primera vez. Para mí es un lugar... mágico y no quiero que cambie.
No sabía de dónde habían salido esas palabras. No las había preparado. Ni siquiera había sido consciente de que las sentía hasta que no las había dicho en voz alta.
—¿Mágico? —La expresión de Isabella fue cambiando, de divertida pasó a triste y luego a... ¿melancólica?
—Suena un poco absurdo, ya lo sé —Edward apartó la mirada—, pero es lo que siento. —No había olvidado las dos mariposas que bailaban en un rayo de sol mientras se besaban, cerca del lugar donde se encontraban en ese momento.
—No, no es absurdo. Es muy romántico.
—Voy a besarte otra vez —la advirtió, cogiéndola de la mano—. Ahora mismo, de hecho.
Le rozó los labios con suavidad, como en la primera vez. Y al igual que entonces, se tomó su tiempo. Profundizó en el beso poco a poco, saboreándola, aspirando su fragancia, acariciándole los brazos, los hombros, el cuello... hasta que ella se rindió y le devolvió el beso con entusiasmo.
—Me he pasado el día observándote —confesó Ed, rodeándola con los brazos—. Eres tan enérgica y eficiente. Llevas los negocios en la sangre. Los productos de la granja los vendes con alegría, pero las flores... —se interrumpió para besarle el cuello— ... Cada vez que vendías un ramo —siguió besándola hasta alcanzar el hombro—, te dolía. No querías despedirte de ellas. Se te rompía un poco el corazón al desprenderte de ellas de esa manera, por dinero.
—Cállate. Las flores no son besos que se puedan regalar... —Escondió la cara en el hombro de Edward.
—¿Qué? —preguntó, masajeándole los hombros con suavidad—. Me cuesta comprender tu estado de ánimo hoy.
—Estoy cansada —dijo ella con una sonrisa—. Irritable. Nada que no se arregle yéndose a dormir.
—Te entiendo. —Ed la tomó de la mano y siguió caminando por el jardín de Isabella—. Ha sido un día muy largo.
—Y productivo. Has conocido a sir Dewey, que me ha dicho Phil que está sustituyendo al señor Rutland como juez de paz; te has reunido con los arrendatarios y me has ayudado mucho, así que espero que no protestes y te rindas con docilidad cuando te diga que es la hora de tu tratamiento.
—¿Que me rinda dócilmente? —Ed la miró sorprendido—. ¿Estás hablando de sumisión? Vas a tener que explicarme qué significa. O mejor aún, vas a tener que mostrármelo.
Con una sonrisa divertida que le recordó a las que la duquesa a menudo dedicaba a su padre, Isabella entró en su casa. Al salir, con un vaso de sidra para él en una mano y el tarro de bálsamo en la otra, se sentó en el balancín. Edward hizo lo propio a su lado y empezó a mover el asiento colgante suavemente con el pie. Mientras ella le masajeaba la mano, hablaron de sir Dewey Fanning y también del vizconde Fairly, el amigo médico de Edward, y de su buen amigo lord Nick —el cuñado de Darius—, que también era amigo de los Belmont.
—No la estás cuidando mucho últimamente —dijo la joven, refiriéndose a la mano—, pero al menos me has dejado llevar las riendas a la vuelta.
—La cuido todo lo que puedo.
—Si llamas cuidar a trabajar todo el día —lo reprendió Isabella, sin dejar de masajearle los nudillos—. A este paso, no vas a curarte.
—No estoy empeorando, que ya es mucho —repuso él, cerrando los ojos—. Además, si me cuidas así, ¿qué incentivo tengo para curarme del todo? Tienes razón en lo que se refiere a la finca. Me asusta un poco ese asunto. Tengo la sensación de haberme hundido en arenas movedizas. De que por muchos recursos que le dedique, siempre harán falta más.
—Sí, una propiedad es tan exigente como una amante celosa —murmuró Isabella, besándole los nudillos.
—Supongo, aunque por suerte no tengo experiencia personal en la materia. Las granjas están en un estado lamentable, la casa principal en ruinas, alguien de por aquí tiene malas intenciones y no estoy al ciento por ciento de salud.
—La mano mejorará si la dejas descansar.
—Estás a punto de despedirte, lo noto. Cada noche vengo a visitarte, nos tomamos de la mano y nos abrazamos, pero sigues rehuyéndome. No sé si sentirme halagado o frustrado.
—Edward —le soltó la mano suavemente—, no pu... estoy indispuesta.
—Vaya, eso lo explica todo —dijo él, acariciándole el pelo—. Yo no suelo estar indispuesto. Sólo alguna vez, cuando tengo el vientre y el pecho manchados con mi propio semen y estoy sudando por el deseo bajo un sauce, sin que me llegue la sangre a la cabeza.
—¡Eres un sinvergüenza! —exclamó Isabella, ruborizándose.
—Y tú eres preciosa. ¿Vamos a nadar esta noche?
—No tienes remedio. Estás tratando de provocarme.
—Estoy tratando de seducirte —la corrigió él, acercándola más hacia sí para poder besarle la sien—. Sin mucho éxito, es cierto, pero soy un tipo paciente. No estarás indispuesta eternamente, espero.
Ella negó con la cabeza.
Edward se quedó un buen rato con ella, meciendo el balancín suavemente, abrazándola y contemplando las sombras que se alargaban sobre el jardín. Cuando notó que se dormía, la llevó hasta su cama y la acostó.
Isabella se durmió preguntándose cómo era posible que su vecino comerciante de muebles se codeara con tantos nobles. También se preguntó si, en otra vida, ella sería una viuda de otro tipo. Y si él la cortejaría. Y si ella se lo permitiría.
Edward recogió a su caballo en las caballerizas de Great Weldon. La reunión con William Cheatham había sido el golpe definitivo.
Llegó a la casa en obras a mediodía, confuso y disgustado.
Darius lo recibió en la entrada.
—Llegas a tiempo para comer.
Edward alzó una ceja al ver que su amigo se había quitado el pañuelo que solía llevar anudado al cuello así como el chaleco, a causa del calor.
—Vas medio desnudo.
—Y pronto iré desnudo del todo, igual que los chicos. Nos vamos al estanque. ¿De qué te has enterado en esa floreciente capital del comercio que es Great Weldon?
—De nada bueno —respondió Edward, guiando a Ezekiel hacia los establos—. El camino tiene muy buen aspecto.
—Los muchachos se han dejado las manos rastrillándolo. No te olvides de felicitarlos por el trabajo.
—¿Ya han comido? —preguntó, atando el caballo para desensillarlo. Sin hacer caso del dolor que sentía en el brazo izquierdo, dejó la silla en su soporte.
Darius se sentó en el único asiento del establo.
—¿Te duele la mano?
—Como un demonio —respondió en tono desenfadado, aunque las noticias que había recibido hacía un rato le hacían más daño—. El muy respetable señor William Cheatham me ha informado de que Isabella Black tiene una pensión vitalicia sobre esta propiedad, hasta que muera, vuelva a casarse o pierda la ciudadanía, lo que ocurra primero...
—¿Una pensión vitalicia? —Darius frunció el cejo.
—Sí, así como el derecho a vivir en esta casa sin que nadie la moleste durante el resto de su vida.
—¿En esta casa? —preguntó Darius, mientras Edward cepillaba a su caballo con energía con la mano derecha.
—Tiene derecho a la casa y a las rentas, aunque no puede vender nada. Ésta tenía que ser su casa para cuando se quedara viuda. No lo entiendo, Dare.
—¿Hay algo más?
—Isabella ha recibido las rentas durante los últimos cinco años, pero no las ha tocado. Le ha ordenado al propio Cheatham que las ingrese en una cuenta a nombre de Swan en un banco de Londres. En la finca no se ha invertido ni un solo penique.
—Es muy extraño. No encaja con la manera de ser de Isabella. No hay más que ver cómo cuida su granja. Y tu caballo está a punto de desplomarse de placer por tus cuidados.
Ed miró a Ezekiel, que con los párpados entornados, era la viva imagen de la felicidad equina.
—Es incorregible —dijo, rascándole detrás de las orejas—, pero al menos él no hace un mal uso de los fondos de la finca.
—¿Le has preguntado a Isabella adónde van a parar las rentas?
—No, aún no. —Edward metió a Zeke en un cubículo—, pero has puesto el dedo en la llaga. Isabella cuida su granja y su jardín con tanto mimo como si de un hijo se tratara. No tiene sentido que deje que el resto de la finca se caiga a pedazos.
—No, ningún sentido. Tal vez no tenga elección.
Ed cogió un trapo y limpió la brida y las botas.
—Los documentos son claros. Soy el propietario de la finca, pero no el propietario absoluto, ya que Isabella es quien recibe las rentas. Mike no mintió, estrictamente hablando, pero tampoco dijo toda la verdad.
—Quizá no le dio importancia. Debió de considerarlo un detalle insignificante dentro del torbellino de vanos placeres que forman su vida. —Darius se levantó y alargó una mano en dirección a Skunk, que estaba en el cubículo de al lado de Ezekiel—. Me preguntó si el anterior barón lo estableció así.
Cullen colgó la brida de un gancho en la pared, seguida de la cabezada y las riendas.
—No te lo preguntes. Es evidente que si su difunto marido le dejó el uso de la casa y las rentas, no era con la intención de que tuviera que deslomarse en una humilde granja para ganarse el pan.
—Ya veo que el mal estado de la finca no es lo único que te preocupa. La situación de Isabella es injusta.
—Me preocupa su situación, claro que me preocupa —admitió Ed, sentándose en el asiento que Darius había dejado libre—, pero también me molesta que no me haya contado nada. Soy el nuevo propietario y ya llevo aquí varias semanas. Ha tenido tiempo de comentármelo. Si Mike le pasa poco dinero, yo podría solucionarlo.
—¿Y si no le pasa ni un penique? —se preguntó Darius.
Edward suspiró, cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás. Darius se sentó en el suelo a su lado.
—Me ha engañado, Dare.
—Tal vez no. Las situaciones familiares son complicadas como bien sabes. Puede que tenga sus razones o tal vez las cosas no sean lo que parecen. Puede que esté ocultando el dinero porque no se fía de Mike. Sería lógico. Lo mejor es que hables con ella abiertamente y discutáis cómo van a ser las cosas en adelante.
—Eres como ella —comentó su amigo, levantándose—. Los dos tenéis la misma manera de enfocar los problemas directamente para conseguir dar con soluciones sencillas a problemas complicados.
—O puede que las cosas no sean tan complicadas como te lo parecen. Después de comer lo verás todo más claro. Habla con ella y que te explique las cosas.
Darius tenía razón, como casi siempre, maldita fuera su estampa atractiva de buena familia caída en desgracia. Con la barriga llena, el disgusto de Edward se había calmado hasta niveles más que aceptables. Hasta que se le ocurrió que el sabotaje de las obras tal vez no iba dirigido a su persona.
Quizá el objetivo de la mente retorcida que había ideado el ataque había sido apartar al nuevo dueño para seguir perjudicando a la baronesa viuda. Tal vez no le interesaba que alguien pudiera proteger a Isabella, alguien con los bolsillos llenos, contactos en Londres y un título nobiliario en la familia.
O, dicho de otra manera, quizá Isabella Black tenía enemigos lo suficientemente poderosos como para que intentaran dañarla pasando por encima de él.
Edward trató de apartar esos alarmantes pensamientos de su mente, reprendiéndose por exagerar y por ponerse siempre en lo peor. Pero no pudo evitar seguir dándole vueltas a la cabeza, ni mientras ayudaba a colocar los ventanales de la cara norte de la casa, ni mientras cenaba con Dare y los chicos en la terraza.
—No vuelvas muy tarde —le aconsejó Darius, mientras guardaban el canasto en la fresquera—. Los chicos me han hablado de tus correrías nocturnas. Hay que dormir para estar guapo, y tú necesitas más horas que yo para conseguirlo.
—Sí, mamá —bromeó Ed, dirigiéndose hacia el bosque—. No me esperes despierto.
Cruzó la arboleda sin apresurarse, pensando en cómo enfocar la visita. No le apetecía nada abordar la cuestión de las rentas, pero quería verla.
¿A quién quería engañar? Lo que deseaba era enterrarse en su cuerpo y olvidarse de fincas, propiedades, contratos, rentas... de manos doloridas, cristaleras, tejas que se caen y todas esas cosas.
Al salir de la espesura, no la vio en el porche. Se preguntó si debía tomar su ausencia como una señal de que no quería que la molestaran. ¿Llamaba a la puerta? ¿Se iba a dar una vuelta y regresaba al cabo de media hora? ¿Entraba en la casa y la esperaba tumbado entre sus sábanas, aspirando su aroma?
Por cierto ¿dónde estaba?
—¿Edward?
La voz de Isabella le llegó desde algún lugar detrás de él. Examinó el jardín trasero y vio una mancha clara en la que no se había fijado antes. Mientras cruzaba el jardín, las fragancias florales le hacían cosquillas en la nariz. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, distinguió una hamaca colgada entre dos sólidas píceas.
—Buenas noches. —Isabella estaba tumbada en la hamaca, en bata y camisón.
«Bien, bien, bien.»
—¿Esa hamaca es capaz de soportar el peso de dos personas? —preguntó, sin saber todavía si era bienvenido.
—No lo sé. Probémoslo. Si acabamos en el suelo, sabremos que no.
No era una bienvenida clamorosa, pero los chicos ya le habían advertido de que había pasado el día de mal humor. Ed se quitó las botas y los calcetines dando saltos sobre un pie, pensando en cómo superar el reto de subir a la hamaca.
—Ponte en un extremo y agárrate bien. Yo subiré por el otro lado.
La hamaca se hundió considerablemente, pero pronto Edward estuvo pegado a Isabella. Era una sensación maravillosa.
—Necesitamos una cuerda atada a uno de los árboles para poner este trasto en movimiento.
—Esta noche sopla un poco de brisa. Tal vez sea suficiente. —Isabella se volvió hacia él y le apoyó la mejilla en el brazo—. No sabía si vendrías.
—¿Por qué no? —Cullen le acarició el pelo con la nariz. Adoraba su olor y suavidad—. ¿Porque los chicos siguen armando jaleo en el estanque?
—¿Son nuestros chicos? Menos mal. Tenía miedo de que fueran los otros gamberros. Los he echado un montón de veces, pero siguen acudiendo como las moscas a la miel.
—¿Tan terribles son? —preguntó Edward, pasándole el brazo por debajo del cuello para abrazarla—. Yo también fui un chico travieso. No me gustaría pensar que los vecinos me comparaban con un insecto sólo por mi tamaño.
—Estoy segura de que eras un buen chico. —La voz de Isabella sonaba un poco más animada—. Éstos no lo son. Son matones en potencia. He estado pensando en un nombre para la propiedad —añadió, cambiando de tema—, y creo que debería ser algo relacionado con los lirios del campo.
—¿Los lirios del campo? —Él trató de hacer memoria. No tenía muy frescas las Sagradas Escrituras.
—Sí, aquella parte sobre las cosas que nos parecen inútiles, pero que siguen mereciendo la máxima atención del Creador.
—Pensaba que se refería a las cosas bonitas. —Edward le susurró al oído y añadió—: Date la vuelta. Quiero acurrucarme con alguien bonito, que merece mi máxima atención.
—¿Para que conserve algo de intimidad y te cuente confidencias? —Isabella se volvió con cuidado. Cuando estuvo segura, Edward empezó a acariciarle el brazo, el hombro y el costado.
—Los chicos me han dicho que hoy no ha sido tu mejor día. —Cullen sintió que tenía los hombros muy tensos, como él cuando acababa de tocar alguna pieza de Beethoven—. ¿Hay algo que quieras compartir conmigo?
—No. Si sigues haciendo eso, me voy a dormir.
—Si te duermes, te llevaré a la cama para que sueñes conmigo. Yo soñaré contigo... y con verduras.
—¿Con verduras? —Isabella lo miró por encima del hombro.
—Judías verdes, tomates, pimientos... ya sabes. —Edward le besó la nuca—. La fruta ayuda, pero me muero de ganas de comer verdura. Podría escribir una rapsodia a las judías verdes con mantequilla, de tanto como las añoro.
—Entiendo tu tormento. —Isabella hizo girar los hombros—. A finales de junio prácticamente duermo en el huerto, de lo ansiosa que estoy por probar las primeras judías, frescas y crujientes. Las mías están casi maduras.
—¿Y tú? —Él volvió a besarle la nuca—. ¿Estás lista?
Su miembro se erguía dentro de los pantalones y Isabella podía sentirlo por detrás. En vez de fingir que no lo entendía, ésta le cogió la mano y se la puso en el vientre.
—Me lo tomaré como un «tal vez» —le susurró Edward al oído, apoyando su mejilla en la de ella—. ¿Tienes miedo de algo, Isabella? ¿De que te haga daño?
—¿Miedo de que me hagas daño? —Isabella se movió un poco—. Por supuesto que me harás daño.
—Demonios. —Él se quedó inmóvil—. Esa respuesta no es muy alentadora, cariño. ¿A qué te refieres?
—Me ofreces el tipo de consuelo del que las viudas pueden disfrutar siempre que lo hagan con discreción y un montón de bonitos recuerdos, pero los dos sabemos que de aquí no va a salir nada más, Edward. Cuando te canses, te desharás de la propiedad y seguirás con tu vida, vendiendo muebles y restaurando otras casas. Pero yo seguiré aquí, arrancando las malas hierbas de mi vida. De mi huerto, quiero decir.
Cullen guardó silencio. Él era el único responsable de que hubiera llegado a esa conclusión. Se lo había dejado claro desde el primer momento y si ahora decía lo contrario, no iba a creérselo. La mano empezó a palpitarle de dolor. No le gustaba nada la idea que Isabella tenía de su relación.
—¿Te gustaría que te ofreciera algo más? —le preguntó, acariciándole el torso y rozándole los pechos.
—No puedo querer más. —Isabella agarró la mano de Edward con la suya y se la puso con decisión sobre un pecho.
No le servía como respuesta, pero en esos momentos estaba demasiado ocupado manteniendo en equilibrio por los dos mientras ella se ponía encima de él. Cuando la hamaca se estabilizó un poco, levantó la cabeza y la besó en los labios suavemente.
—Estás ausente, Isabella. ¿Adónde te has ido?
—Abrázame. —Ella ocultó la cara en su cuello y lo abrazó. Edward hizo lo que le pedía, acariciándole la cabeza, pero no pudo evitar preguntarse cómo una mujer podía estar tan pegada a su cuerpo y, al mismo tiempo, tan distante.
—¿Te apetece ir a Candlewick este fin de semana? —le dijo, acariciándole la espalda—. Creo que Day y Phil están contando las horas.
—Normal, ayer les hice trabajar duro en el mercado. —Isabella aspiró hondo—. ¿Cómo puede ser que huelas tan bien después de pasarte el día trabajando?
—Nos bañamos en el arroyo antes de cada comida —respondió Edward. La conversación de Isabella saltaba de un asunto a otro como una pareja de liebres en celo al anochecer, pero no le importaba—. Al menos Dare y yo. Day y Phil se están convirtiendo en nutrias. Si Axel no tiene un estanque cerca, más le vale ir construyendo uno.
—Sí, tienen uno. Abby me lo enseñó cuando fuimos de paseo.
—No has respondido a mi pregunta. ¿Te apetece ir? —A pesar de que Edward siguió acariciándola, Isabella volvió a tensarse.
—Sí y no.
—¿Me lo puedes explicar un poco más?
—Tengo ganas de ir porque son muy agradables y nos tratan muy bien. Se nota que han sufrido en la vida y eso los ha vuelto sensibles y generosos con los demás.
—¿Pero?
—Pero son tan felices juntos —siguió diciendo Isabella en voz más baja— que destrozan algunas de mis convicciones, y es duro.
—¿Qué convicciones, cariño?
—Por ejemplo —ella se movió un poco y sus caderas quedaron más juntas—, que fui feliz con Jacob. Me lo repetí tantas veces que llegué a creérmelo.
—Pero Axel y Abby son más felices —comprendió Ed—. Ambos estuvieron casados antes y eso hace que valoren más esta relación.
—Tal vez —replicó ella, escéptica—, pero Jacob también estuvo casado antes, y nunca me miró, ni me tocó, ni me habló como Axel Belmont a su Abby.
—Entonces, ¿Jacob y tú fuisteis infelices? Pues me alegra mucho saber que no está en los altares junto al resto de los esposos canonizados.
—No fuimos infelices —Isabella dio con una tetilla de Ed y la mordió a través de la camisa—, pero no estábamos tan unidos como los Belmont.
—Muy pocas parejas lo están. Pero has hablado de varias convicciones —Edward dejó que siguiera explorando su cuerpo—. La primera, que tu matrimonio era perfecto. ¿De qué más te convenciste?
—De que era feliz aquí, en mi jardín, sin vida social ni amigos. Con sólo las visitas al mercado y a la iglesia para marcar el paso de los días, de las semanas y de los años.
—Te sientes sola.
—Sí, me siento sola e... insignificante —admitió, suspirando en el cuello de Edward.
—Todos nos sentimos así. Nuestras vidas no son necesarias. Incluso aunque Dios desapareciera, el mundo seguiría girando. Aunque te comprendo bien.
—Lo dudo —replicó ella, desabrochándole la camisa y apoyando la mejilla en su pecho desnudo—. Tienes hermanos, empleados en tus talleres, la amistad del señor Lindsey, de los Belmont, de ese tal Nick, del médico y su esposa. Tienes mucha gente a tu alrededor, Edward.
—Vengo de una familia numerosa. Estar rodeado de gente me parece lo más normal. —Pero al pensar en lo que acababa de decir, se dio cuenta de que no había sido sincero del todo. Era verdad que estaba siempre rodeado de gente, pero eso no impedía que se sintiera como Isabella, aislado, al margen. Mientras reflexionaba sobre esa paradoja, Isabella le acariciaba las tetillas con los pulgares, con la mejilla apoyada en su corazón.
»Isabella Black Swan, eres demasiado joven y demasiado bonita para estar apartada de los placeres de la vida. No puedes dejar pasar los años cultivando flores y verduras y ahuyentando gamberros con la escoba.
—Igual que tú tampoco puedes pasarte la vida entre tejas, conchas trituradas y órdenes de reparto.
—Y por eso mismo vamos a aceptar la invitación de los Belmont para pasar el fin de semana en su casa.
—De acuerdo —se rindió ella, pero de pronto recordó algo y se incorporó, mirándolo fijamente a la luz de la luna—. ¿Cómo te ha ido por Great Weldon?
—Oh. —Edward cerró los ojos—. Cheatham no estaba, pero no creo que me hubiera contado nada interesante. No creo que quiera traicionar la confianza de Mike ni de los Roxbury.
Isabella se abrazó a él en silencio. Edward se relajó y se quedó dormido, dejando que Isabella reflexionara sobre su respuesta mientras los grillos cantaban y la brisa movía las ramas de los árboles. Isabella había estado muy preocupada durante todo el día y le había costado mucho reunir el valor necesario para preguntarle por el procurador. Según lo que le hubiera dicho Cheatham, Edward podía hacerse una idea muy negativa de ella.
Pero al parecer se había estado preocupando en vano. Edward seguía en la ignorancia y eso le daba una tregua. Tal vez lograra reunir el coraje necesario para contarle la verdad antes de que alguien —los arrendatarios, los chicos del pueblo, los clientes de la taberna— le dijera que la mujer que tenía entre sus brazos era una mentirosa, una tramposa y una ladrona.
