Capítulo 8

Isabella se sentó en la cama o, mejor dicho, se desplomó sobre ella, como si hubiera sido alcanzada por un rayo.

—¿Isabella? —Edward se arrodilló y alzó la mirada hacia ella—. ¿Quieres que me vaya? —Le puso una mano en la rodilla y la movió hacia arriba, en dirección a la cadera, sin apartar los ojos de los suyos. Ella apoyó los dedos en su debilitada mano izquierda. Todo lo que habían compartido durante las últimas semanas los había ido conduciendo hasta este momento, pero ahora que había llegado, la expresión de Isabella no era sólo sorprendida, sino más bien atónita.

—Me iré —dijo él, apoyando la cara sobre el regazo de la joven antes de levantarse—. Si me lo pides, te dejaré tranquila y me limitaré a colocar los cerrojos. Después compartiremos una tarta de manzana y una sidra, te preguntaré cuáles son tus planes para esta semana y lo entenderé.

—¿Qué es lo que entenderás?

Le rodeó la cintura con los brazos, la abrazó con fuerza y suspiró.

—Que no es un buen momento —respondió—. Que no estás preparada. Que lo has pensado mejor o que no te apetece tener nada que ver con un hombre que puede ser víctima de un ataque en cualquier momento.

Y mucho menos, pensó, con un hombre que sólo tenía una mano en buen estado, aunque llevaba más de un mes de abstinencia total, sin acercarse a un piano. La estaba presionando, era muy consciente de ello, pero quería asegurarse de cuáles eran sus sentimientos. Quería saber si sus deseos coincidían con los de ella. Llevaban una semana sin tener nada parecido a relaciones íntimas, y durante ese tiempo el deseo que sentía por ella no había hecho más que crecer y crecer.

—No estoy de acuerdo en que no sea un buen momento —dijo ella al fin—, pero si me das la oportunidad de pensarlo, me voy a acobardar. Empezaré a buscar excusas y no quiero...

Edward levantó la cabeza. Sus ojos marrones y aterciopelados estaban tan serios que él se sintió incómodo. Quería hacer el amor con ella, pero necesitaba que su unión fuera satisfactoria, placentera, un motivo de felicidad.

—¿No quieres...

—... saber lo que pudo haber sido? —Isabella acabó la frase—. ¿Saber lo que sería estar contigo así... como tu amante?

Las palabras de Isabella hicieron sonar una alarma en la cabeza de Edward. Sus palabras sólo podían significar una cosa: que ella sólo buscaba algo temporal, una muestra, una cata, nada más. Edward quería más, más de lo que se merecía. Deseaba devorarla, darse un banquete con ella y ofrecerse él mismo como banquete para ella.

En fin.

Uno tenía que conformarse con lo que la vida le ofrecía en cada instante y en ése le estaba ofreciendo una oportunidad con Isabella. Volvió a inclinarse hacia ella. Al esconder la cara en su regazo en un gesto de gratitud, sintió que su mano le acariciaba la cabeza con suavidad. El momento se hizo aún más memorable cuando las primeras gotas de lluvia empezaron a tamborilear sobre el tejado. El sonido hacía presagiar un buen chaparrón, largo e intenso, no sólo una nube pasajera.

—¿Edward? —La mano de Isabella detuvo su caricia—. No sé qué hacer.

Él se quedó inmóvil.

—¿Sobre qué?

—No sé qué tenemos que hacer —puntualizó, ovillándose sobre él y apoyando la nariz en su espalda—. Nunca lo he hecho así... a plena luz del día.

—Con luz es mucho mejor —le aseguró él—. Puedo ver tu preciosa cara y tu delicioso cuerpo y tú puedes mirarme tanto como quieras.

—¿Te desnudarás?

—Por supuesto —respondió él, con una sonrisa satisfecha, una sonrisa de aprobación pero traviesa al mismo tiempo—. Con tu ayuda —añadió, levantándose del suelo y sentándose a su lado. Le puso una mano en el regazo para que le quitara uno de los gemelos de la camisa. Luego, repitió la operación con la otra.

—¿Y ahora?

—Desabróchame la camisa. —Podía habérsela quitado por encima de la cabeza, pero quería que entendiera que no tenían ninguna prisa. Edward hizo que le fuera despojando de todas las piezas de ropa, una a una, hasta que estuvo completamente desnudo ante ella.

—Ahora te toca a ti. —Era una manera de hablar. Las mejillas ruborizadas de Isabella le indicaban que no se sentía demasiado cómoda con la desnudez del hombre; se imaginaba que menos aún lo estaría con la suya propia.

—¿No quieres que nos metamos debajo de las sábanas? —preguntó ella, esperanzada, con la mirada clavada en el pecho de él. Levantó una mano, pero cuando estaba a punto de tocarlo, volvió a dejarla a un lado sobre la cama.

Edward se la cogió y se la llevó al pecho.

—Me encantaría que me tocaras. —Cuidadosamente apoyó la palma de su mano sobre su corazón y la dejó allí para que notara su latido.

—Yo también quiero oír tu corazón —reveló Ed, inclinándose hacia ella y dándole un beso en la mejilla—. Venga, fuera esta ropa.

Isabella no estaba muy entusiasmada con la idea, pero tampoco lo había esperado. En vez de eso, siguió acariciándolo, pasándole una mano sobre el torso, los hombros, los bíceps y el vientre. Lo tocaba con tanta veneración que casi no podía soportarlo. Quería tocarla él también. Cuando por fin dejó las manos a los lados, Edward la sujetó por las caderas, le besó la mejilla y esperó.

Pero mientras esperaba, le dio otro beso, y luego otro, y no pudo parar. Las curvas de Isabella encajaban de un modo tan perfecto con los planos y hondonadas de su propio cuerpo que la sangre empezó a circularle más de prisa. Cuando ella suspiró dentro de su boca y con cuidado le rozó la lengua con la suya, Ed no pudo más y le agarró la tela del vestido con ambas manos. Muy lentamente, casi sin que se diera cuenta, fue levantándole la gastada prenda de algodón mientras la besaba. Isabella ahogó una exclamación al notar cómo el aire le corría por las piernas, pero Edward la sujetó con más fuerza para que no se alejara.

—Tranquila —le susurró, apoyando los labios contra su cuello. Cuando ella asintió, acabó de quitarle el vestido y la combinación a la vez, por la cabeza. Isabella quedó ante él sólo con las medias y los zapatos, cubierta únicamente por un atractivo rubor.

Ese día tampoco llevaba corsé. Edward casi lloró de agradecimiento al descubrirlo.

—Muy bien. Ya estamos igualados —susurró, recorriéndole los costados y la espalda con ambas manos. Quería mirarla. Más que un capricho, era casi una necesidad, pero el calor de la cara de Isabella escondida en su cuello le indicó que seguía ruborizada.

—¿Y ahora? ¿Podemos meternos en la cama?

—Deja que te quite las medias y los zapatos.

Edward estaba procurando mantener su miembro lejos del vientre de Isabella. Los besos y caricias compartidos habían tenido un potente efecto en su cuerpo. Y aunque ya lo había visto erecto, no había estado tan cerca. No quería asustarla. Impresionarla, sí, pero asustarla, jamás.

Le dio un leve empujoncito en el esternón para que se inclinara hacia atrás. Cuando ella se apoyó en las manos, Edward se arrodilló otra vez en el suelo para quitarle los zapatos, pero antes no pudo resistir el impulso de echarse hacia adelante y abrazarla por la cintura, apoyando la cara en sus piernas.

—¡Qué diferencia! —dijo ella en voz baja, acariciándole la musculosa espalda desnuda—. Nos hemos tocado así hace un momento, pero es muy distinto.

—Es mucho mejor —murmuró él, con la mejilla pegada a su muslo—, mucho más íntimo.

—Tu espalda... —Isabella siguió acariciándolo, explorando con la mano los largos músculos a lado y lado de la columna vertebral, subiendo luego con suavidad hasta los omóplatos y los hombros— ... Creo que puedo notar cada músculo que Dios puso en tu cuerpo, eres una criatura perfecta.

Estuvo a punto de explicarle que tenía los músculos tan definidos gracias a las horas y horas de ensayo al piano, pero hablar de eso proyectaría sombras en el dormitorio, y las únicas sombras que iba a permitir que se interpusieran entre ellos eran las provocadas por la suave luz de la mañana gris que se filtraba por la ventana.

—Yo también quiero verte la espalda —dijo él, enderezándose—. Y para eso, lo mejor es meterse en la cama.

—¿Ahora? —La mano de Isabella permaneció en su hombro, como si se resistiera a dejar de acariciarlo—. ¿Podré seguir tocándote luego?

—Podrás tocarme todo el tiempo que quieras, y como quieras, pero en la cama.

Edward se dio cuenta de que la joven se estaba resistiendo. Estaba nerviosa e insegura, pero ya le había avisado. Si le daba tiempo para pensarlo, las dudas le impedirían seguir adelante. Edward no iba a consentirlo. No podía permitir que Isabella siguiera negándose el placer que tanto necesitaba.

Mirándolo fijamente, ésta se echó hacia atrás en la cama, con cuidado de no separar las piernas mientras iba girando y acercándose al cabecero. Edward se unió a ella en un solo movimiento, apartó las sábanas y le cubrió las piernas con ellas.

—Necesitamos reglas de rendición. Hemos de establecer reglas antes del combate —anunció él, sonriendo y sentándose con las piernas cruzadas. No se había molestado en cubrirse con la ropa de cama, por lo que a Isabella no podía habérsele pasado por alto su impresionante erección, paralela a su vientre.

—¿Reglas de rendición? —repitió Isabella, observándolo con una expresión de inquietud creciente.

—Isabella. —La sonrisa del hombre desapareció de repente—. No te haré daño.

Los ojos de ella se desviaron hacia sus ingles un instante antes de volver a mirarlo fijamente. Edward rezó, pidiendo ser capaz de mantener su promesa. Isabella llevaba cinco años sin un hombre, maldita sea, y él estaba... bien dotado. No era presunción, era un hecho patente. Había acompañado a Nick en algunas correrías nocturnas, tenía cuatro hermanos mayores, había pasado un par de años en un colegio interno y varios más en la universidad. Edward había visto lo suficiente para saber que sus partes íntimas estaban proporcionadas con el resto de su cuerpo.

—No te haré daño —insistió, mirándola fijamente—, porque nuestra primera regla será que tienes que decirme si algo no te gusta. ¿Me lo prometes?

Isabella asintió, pero volvió a dirigir la mirada hacia su miembro.

—Y si no puedes hablar, pellízcame —siguió diciendo él—. Pellízcame fuerte. ¿Lo entiendes?

—Que te pellizque —repitió ella—. Fuerte.

—Sí, tan fuerte como para dejarme marcas —aclaró Edward—. Y el trasero no cuenta. Porque en según qué momentos, eso me gusta.

—¡Santo cielo!

Él sonrió al ver que había logrado que volviera a ruborizarse de golpe con sus palabras.

—Regla número dos —continuó, resiguiéndole la mejilla con un dedo—. Trataremos de evitar que te quedes embarazada usando métodos razonables, pero si no funcionaran, debes decírmelo. —Isabella hizo una mueca y Edward se maldijo en silencio por haber permitido que al menos una sombra se interpusiera entre ambos.

—Te lo contaría —Isabella dijo muy despacio—, pero...

—¿Pero? —Edward aguardó pacientemente. Era un asunto importante, al menos para él. Estaba seguro de que para ella también.

—No me resulta fácil quedarme embarazada. Si eso sucediera, no haría nada que pudiera poner al niño en peligro. Tienes que prometerme que no me pedirás nada que pueda poner en peligro su vida.

—Te prometo que no te pediré que hagas nada que pueda dañar a nuestro hijo. —Cullen pronunció las palabras con firmeza, sin rastro de duda. Había sido la promesa más fácil de hacer de su vida—. Te cuidaré tan bien que a nuestro niño no le pasará nada malo.

Isabella le tapó la boca apoyándole dos dedos en los labios mientras sacudía la cabeza.

—No digas esas cosas.

—Las digo porque las siento —replicó él, apartándole los dedos de la boca—. No estoy aquí buscando un revolcón rápido, Isabella. Estoy aquí porque me importas, y cualquier hijo nuestro sería algo muy serio para mí.

—Me gusta oír eso. —Ella asintió y respiró hondo—. Para mí también es importante.

Edward se quedó mirándola. Estaba sentada a su lado, con las sábanas sujetas fuertemente bajo las axilas. Llevaba el pelo castaño claro recogido en la trenza floja de costumbre. Esa conversación sobre niños tenía que estar tocando fibras sensibles en su interior. Era evidente que siempre había pensado que la ausencia de un heredero Swan había sido culpa suya. Le encantaría darle un hijo, demostrarle que su cuerpo no tenía ningún defecto.

Pero los hijos se merecían nacer en un entorno legítimo y eso implicaba pedirle a Isabella que se uniera a él de por vida. Que se casara con un hombre que, aparte de sufrir una discapacidad, tenía un padre al que le parecía que sobornar a amantes para que se quedaran embarazadas o a lacayos para que espiaran a sus amos era lo más normal del mundo. El duque de Moreland consideraba que tomar esas medidas era su obligación como padre para proteger y controlar a sus hijos, no necesariamente en ese orden. Así como también estaba convencido de que la llegada de un hijo era razón más que suficiente para forzar un matrimonio, cuando un matrimonio era algo que nunca debería imponerse. Por mucho que Edward deseara que Isabella fuera suya y de nadie más.

Así que lo mejor era que no hubiera niños. Otra sombra. Una sombra potente que sin duda oscurecía las camas de muchas parejas no casadas. Y de muchas que sí lo estaban.

—¿Alguna regla más? —Isabella dobló las rodillas y se las rodeó con los brazos.

Edward le dirigió una sonrisa divertida.

—Una más.

—¿Y esa regla sería...?

—Que me digas lo que te gusta. Soy capaz de leer las señales que me envía tu cuerpo, y me encanta hacerlo, pero no sé leerte la mente.

—¿Lo que me gusta? —Isabella frunció el cejo—. No sé si entiendo esta regla.

—Si te gusta estar debajo o prefieres cabalgar sobre mí. Si te gusta que te acaricie con la mano o prefieres que use la boca. Si alguna vez querrás usar la boca conmigo. Si la parte más sensible de tu cuerpo son los pezones o si lo es más tu precioso trasero. Si te gusta usar juguetes, o que te aten, o que te azoten...

Ella lo miró con una mezcla de confusión, fascinación y perplejidad tan grande que Edward se dio cuenta de que, si ni siquiera entendía las palabras, era dudoso que tuviera experiencia en esas cosas.

—Ya veo.

—¿Qué es lo que ves? —preguntó la joven, insegura.

—¿Cómo acostumbraban a ser los encuentros entre Jacob y tú? —preguntó Edward, tumbándose en la cama y cruzando los brazos detrás de la cabeza.

—A oscuras. —Isabella se volvió hacia él y la mirada se le desvió hacia el vello que asomaba bajo las axilas de Ed—. De noche, en la cama. Sin quitarnos el camisón. Y, desde luego, nunca lo hablábamos antes. Es muy incómodo. Me siento mal hablando de estas cosas.

—¿Qué era lo que más te gustaba cuando estabas con él? —insistió Edward, alargando una mano para acariciarle el brazo—. ¿Qué es lo que más echas de menos?

Isabella lo miró y él no reconoció todas las emociones que cruzaron sus ojos, aunque una de ellas era la añoranza y otra... ¿la soledad?

—Cuando me abrazaba —admitió en voz muy baja—, después, cuando acababa. Al principio sólo me daba un beso en la mejilla y volvía a su habitación, pero le pedí que se quedara y era... muy agradable. Tenía que inventarme excusas. A veces le decía que tenía frío; otras, que quería hablarle de algo, pero con el tiempo ya se quedaba un rato por voluntad propia.

Edward trató de mantener una expresión neutra, pero no le costó deducir que el querido Jacob dejaba siempre a su mujer insatisfecha. Que el abrazo que le daba al terminar era el único consuelo que le había quedado a Isabella. Normal que los abrazos y los mimos fueran su parte favorita si el resto de la experiencia la dejaba frustrada.

—Pues empecemos por ahí. Deja que te abrace. Pero una cosa, Isabella.

—¿Qué? —preguntó ella, insegura. Al parecer, toda la conversación sobre reglas no le había dado la sensación de control y seguridad que Edward pretendía, sino todo lo contrario.

—Puedes recordar a tu marido con todo el amor que le profesabas —respondió Edward, sosteniéndole la mirada—. Puedes dar gracias por los años que compartisteis, el afecto y los recuerdos comunes, pero en esta cama hoy estás conmigo.

—Estoy contigo —aseveró ella, hablando con la voz firme y sin vacilaciones—. Sólo contigo, igual que tú estás conmigo.

—Exacto. Ahora ven aquí y deja que te abrace en este bonito día de lluvia. Ven aquí y sé mi amor.

Ella se ovilló a su lado con un suspiro forjado durante cinco años de esfuerzos y de soledad, cinco años de sobrevivir, de aguantar, de desear siempre más, aun a sabiendas de que era imposible.

Edward le apoyó la barbilla en la cabeza al oír ese suspiro.

—¿Qué hace una jardinera emprendedora un lunes de lluvia?

—Puedo trasplantar plantas del semillero, hornear pan o pasteles. Puedo poner los libros de cuentas al día, remendar ropa o bordar. Puedo limpiar la casa, también. Se ensucia mucho en esta época del año.

—Ya veo —murmuró Edward, dibujándole formas en el brazo con el dedo índice.

—¿Qué ves? —preguntó ella, cerrando los ojos. Él notó que empezaba a relajarse.

—Veo que eres un desastre, igual que yo.

—¿A qué te refieres? —Isabella empezó a imitarlo, dibujando formas en el pecho de él con un dedo, aunque quizá no era consciente de lo que estaba haciendo.

—Todo el mundo me dice que soy demasiado serio. Si alguien me preguntara sobre mis planes para un día de lluvia, probablemente mencionaría escribir cartas tanto a la familia como a mis socios, revisar las cuentas, tal vez enyesar, poner cristales a los armarios de la cocina, cambiar las baldosas del vestíbulo, colocar tiestos en las terrazas, colgar hamacas, encargar provisiones a Londres, cuidar de mi caballo y una lista inacabable de actividades. Por desgracia, ninguna de ellas puede considerarse placentera, ni siquiera divertida.

Un mes atrás, la lista de actividades habría sido mucho más corta: habría estado tocando el piano. Por primera vez en su vida, esa escasez de cosas que hacer le resultó... triste.

—No juegas nunca a nada —observó Isabella.

—Tienes razón —dijo él, dándole un beso en la sien—. Mis actividades anteriores eran como un juego para mí, pero no, ahora ya no juego nunca.

—¿Y esto? —le espetó ella, señalando a su alrededor—. ¿Es un juego para ti?

—Me gusta, y puede resultar muy divertido. No niego que me encantaría verte juguetona en la cama, Isabella, pero no es sólo un juego.

—No. Es una locura pero no un juego. ¿Y a ti? ¿Qué te gusta a ti? —preguntó Isabella con descaro, pero estropeó el efecto al ocultar la cara en el hombro de Edward para que éste no viera cómo se ruborizaba.

—Soy fácil de contentar —respondió él, acercándola más a su cuerpo—. Me gusta compartir placer. Darlo y recibirlo de una compañera a la que le apetezca hacerlo. Aparte de eso, soy muy flexible. Me adapto a casi todo.

Lo cierto era que numerosas damas lo habían definido como un amante generoso. Irónicamente, él atribuía su facilidad para complacer a sus parejas a las mismas habilidades que le habían servido al piano. Sabía escuchar: escuchaba las palabras, los suspiros, los silencios, los gemidos y las ocasionales lágrimas. Estaba dispuesto a correr riesgos, a implicarse un poco más de lo que era prudente, a experimentar más allá de lo que se esperaba de él. En otras palabras, estaba dispuesto a derrochar sentimientos incluso en las relaciones esporádicas.

Y luego, claro, estaba el asunto del virtuosismo manual.

Con Isabella, nada iba a ser esporádico. Desnudos en la cama, hablando sobre libros de cuentas, macetas y, bendita inocencia, sus propias preferencias en la cama, no le cabía ninguna duda.

—¿Sabes? Creo que nunca me habían preguntado por mis preferencias.

—Edward —empezó a decir ella, reprendiéndolo. Él sonrió ante la ferocidad de su tono.

—No me refiero en la cama —la tranquilizó, aunque la verdad era que sus palabras también eran aplicables allí—, sino en sentido general. Tú disfrutas con la jardinería y haciendo conservas. Seguro que también te lo pasas bien bordando y cuidando de esa bestia perezosa y torpe que pasea por tus jardines sin hacer ni caso a los ratones. Pero nunca me he parado a pensar qué me gustaba hacer a mí.

«Aparte de tocar el piano.» ¿Es que nunca iba a poder quitárselo de la cabeza?

—Montas muy bien a caballo y se ve que aprecias mucho tu montura.

—Siempre me han gustado esos animales. Mi padre nos enseñó a cuidar de ellos. Cuando éramos niños, íbamos a caballo a todas partes.

—¿Puede decirse que son tu afición? —Con la cabeza apoyada cómodamente en el hombro de Edward, Isabella iba escribiendo palabras escandalosas en su pecho con el dedo: d-e-s-e-o, b-e-s-o, t-o-c-a-r. ¿Acaso pensaba que no se daba cuenta de lo que estaba escribiendo?

—Cuando era niño lo parecía —respondió él—, pero Whitlock se convirtió en el jinete de la familia y no quise arrebatarle protagonismo.

—Entonces, ¿tus talleres de muebles? ¿Es ésa tu afición? —siguió indagando ella, sin dejar de escribir letras: a-n-h-e-l-o, b-o-c-a.

—No. Los talleres los dirijo —contestó Edward, sufriendo la tortura de las palabras deletreadas con entereza—. Dan sus buenos beneficios, pero no llenan la vida. Pero hay algo que me gusta mucho —añadió, mientras Isabella le acariciaba una tetilla al escribir una nueva letra.

—¿Qué? —preguntó ella, deteniéndose. Edward sintió un gran alivio pero al mismo tiempo una gran frustración cuando su dedo dejó de acariciarle la piel.

—Besarte. —Con cuidado, él cambió de postura y se colocó sobre ella, apoyando la mayor parte del peso sobre las rodillas y los antebrazos—. Me encanta besarte, Isabella Black Engle Swan. Y he descubierto que, practicando mucho una actividad placentera, uno puede alcanzar la perfección. Pero hay que ser muy persistente. Practicar constantemente, sin excusas.

Edward empezó rozándole los labios con suavidad, dándole una breve muestra de lo que estaba por venir. Ella suspiró y le acarició los labios de la misma manera.

—A mí también me gusta besarte, Edward Cullen —confesó, repitiendo el gesto. Ed se dejó caer un poco más sobre ella, preparando el asalto definitivo a su boca.

»Me gusta muchísimo, de un modo exagerado —añadió Isabella, cerrando los ojos mientras él le besaba la cara, inhalaba la fragancia de su cabello, le mordisqueaba la oreja, apretaba la mejilla contra la de ella y le pasaba la lengua por un lado del cuello.

Quería activarle todos los sentidos —el olfato, el tacto, el gusto, la vista y el oído— antes de continuar.

—Edward Cullen, eres —le susurró al oído— un hombre absolutamente... maravilloso. Es un lujo estar contigo —añadió, trazándole en la espalda las letras m-á-s.

Las entrecortadas palabras elogiosas de Isabella le llegaron al corazón y se instalaron allí. Se notaba que disfrutaba al pronunciar su nombre y su gozo le encendió una llama en el corazón, ahora lleno. El fuego le dio fuerzas y determinación para continuar. Quería que todo fuera perfecto. Por ella. No podía ofrecerle matrimonio, ni un futuro, ni nada permanente, pero sí darle ese momento, y muchos otros como ése si ella se lo permitía.

—Eres un festín —susurró él—, mi festín. No sé por dónde empezar, me ofreces tantos platos con los que disfrutar...

—Bésame. No dejes de besarme —sugirió ella, con los labios pegados a su mejilla—. Quiero besarte en todas partes.

«¡Demonios!» Edward le devoró la boca, inclinándose un poco más sobre ella para engullir mejor sus labios, sus dientes, su lengua y su mente. Sin mirar, encontró las manos de Isabella y, entrelazando los dedos de ambos, las apoyó con fuerza a ambos lados de la cara. Ella le apretó los dedos con fuerza y se arqueó contra sus caderas, ofreciendo más que besos, reclamando más que besos.

Muy lentamente, Edward fue dejándose caer sobre ella, uniendo sus pechos. Isabella parecía necesitar sentir su peso sobre ella. Cada vez que se arqueaba contra él le estaba pidiendo que la anclara, no sólo con las manos sino con todo su cuerpo.

Isabella tenía la boca abierta. Su lengua buscaba y exploraba. Edward se entregó al combate de lenguas, estableciendo un ritmo lento y sinuoso, que ella se puso a imitar con las caderas sin darse cuenta.

Isabella estaba empezando a arder bajo su cuerpo y Edward tuvo que hacer un gran esfuerzo para no deslizarse sin más miramientos en su interior. Sabía que ella no se opondría, al contrario. Le daría la bienvenida y dejaría que la adorara del modo más íntimo en que un hombre puede adorar a una mujer.

Pero aún no había llegado el momento.

Si algo tenía claro era que Isabella no iba a quedarse insatisfecha, como cada vez que se había acostado con su santo, torpe e inepto marido.

—Despacio —murmuró Edward, ascendiendo un poco por el cuerpo de Isabella y apoyando la mejilla contra su sien—. Tenemos todo el día. Tenemos todo el tiempo del mundo.

Ella no dijo nada, pero volvió la cara y le atrapó una tetilla entre los labios. Edward se quedó muy quieto sobre ella, tensándose primero y relajándose después. Se apartó un poco hacia un lado, para dejarle espacio y que estuviera más cómoda para lo que quisiera hacer con ella: probarla, lamerla, chuparla...

¡O morderla! Isabella acababa de morderla, con la intensidad justa para que le doliera pero no demasiado. Lo consoló pasándole la lengua por esa misma tetilla, y por si no era suficiente, sopló sobre la piel húmeda.

—Me gusta —susurró Edward, colocando su mano por debajo de la cabeza de ella—. No pares.

Isabella no se detuvo, pero dobló las rodillas y le presionó la pelvis con sus caderas, reclamando su peso con insistencia. Edward dejó que siguiera empujando y retirándose, resistiendo a duras penas la tentación de sincronizar sus movimientos con los de ella. Finalmente Isabella dejó de torturarle la tetilla.

—La otra —exigió, dándole un empujón en el pecho. Edward se volvió del otro lado, para darle acceso a la otra tetilla.

Isabella no se hizo esperar y empezó a someterlo a la misma tortura. ¡Dios mío, qué boca!

Y no sólo la boca. Con una mano, siguió acariciando la carne húmeda que acababa de abandonar. Con cada nueva caricia, las sensaciones de Edward se amotinaban y tomaban el control de su miembro. Por un lado, quería frenarla para no acabar antes de tiempo, pero por otro no deseaba hacer nada que pudiera interrumpir lo que sin duda estaba siendo la gran aventura de Isabella en la cama con un hombre.

—Es mi turno —la advirtió, rodeándole los hombros con un brazo y haciéndolos girar juntos hasta que ella quedó encima de él.

—Edward —replicó la joven, pestañeando montada sobre sus caderas—, quiero...

—Lo sé. —Éste alzó la cabeza y la besó bruscamente para que no pudiera acabar la frase—. Y lo tendrás. Pronto. Pero ahora me toca a mí. —Sujetándola por debajo de las axilas, la levantó para acercarse más a sus pechos. Quería llevárselos a la boca. Lo necesitaba.

Pero con el movimiento, el sexo de Isabella se restregó contra la rígida columna de su pene y ambos se quedaron inmóviles unos instantes.

—¡Oh, sí! —exclamó Isabella que fue la primera en reaccionar. Cerrando los ojos, se relajó entre sus brazos—. Vuelve a hacer eso, por favor.

En vez de esperar a que Edward se moviera, lo buscó con las caderas. Él no podía ocultar que estaba más que preparado para su unión. Lentamente, Isabella restregó su sexo sobre el de Ed una vez. Y otra.

«Necesita una distracción», se dijo él con desesperación. Si no lograba distraerla, iba a terminar antes de que hubieran empezado en serio. Y no pensaba permitirlo. Levantó a Isabella lo suficiente para alcanzar sus pechos con la boca y capturó un pezón rosado entre los labios.

—¡Oh, Dios mío! —dijo ella apretando los dientes mientras él empezaba a juguetear con sus pechos.

—Tú ya has tenido tu oportunidad —murmuró Edward contra su suave piel—. Ahora me toca a mí. Apóyate en mis hombros, cariño.

Isabella abrió los ojos, como si estuviera buscando esos hombros de los que le hablaban. Cuando los encontró, le obedeció, pero en vez de dejar las manos quietas, las deslizó sobre su pecho, especialmente sobre sus tetillas, no se cansaba de ellos. Tal vez habría seguido acariciándolo hasta que de las yemas de los dedos hubieran saltado chispas de placer, pero Edward se lo impidió.

Le hizo el amor a sus pechos. Cuando Isabella se desplomó sobre él, Edward buscó un pecho y se lo acercó a la boca, mientras lo tocaba, lo apretaba, lo acariciaba y lo besaba. Cuando por fin lo succionó, ella gruñó de alivio.

—Móntame —le ordenó entre dientes mientras volvía su atención hacia el otro pecho. Le deslizó las manos hasta las caderas y las apretó con fuerza para indicarle a qué se refería. Volvió a apretar hasta que su sexo se ciñó alrededor de su miembro y la movió adelante y atrás hasta que ella gimió.

»Haz lo que necesites para sentirte mejor —murmuró él—. Úsame para encontrar alivio.

Isabella empezó a moverse como si tanteara el terreno. Con cada movimiento obtenía placer, cada vez estaba más excitada. No era suficiente.

—Confía en mí —la animó, frotándose contra ella—. Me gusta tanto sentir tu cuerpo contra el mío, Isabella... Muévete un poco más.

Le mordió el pezón y lo succionó casi al mismo tiempo y Isabella volvió a moverse casi como impulsada por un resorte. Cuando arqueó la espalda, Edward le sujetó el pezón entre los dientes. El pecho de Isabella subía y bajaba al ritmo de su respiración. La joven dejó escapar el aire en lo que era medio gruñido, medio suspiro. Era el sonido de la frustración. Edward la conocía bien. Eran viejos compañeros.

—Deja que te ayude. —Edward la ancló a él con la fuerza de su musculoso brazo sobre los riñones mientras ella se movía cada vez con más intensidad. Y cuando vio que estaba a punto de estallar, deslizó una mano entre los dos y la acarició justo en el húmedo punto donde se concentraban las sensaciones de placer y de tormento.

—¡No! —Isabella trató de resistirse, pero el brazo de Edward la mantuvo atrapada como un grillete mientras levantaba las caderas para aumentar la presión.

»Edward —jadeó—. ¡Oh, Dios, Edward!

Éste sintió que el cuerpo de Isabella empezaba a temblar y a convulsionarse y presionó las caderas hacia arriba con más fuerza, sin soltarla a pesar de sus propias necesidades. Siguió acariciándola sin descanso hasta que ella se desplomó sobre su pecho, temblorosa y empezó a llorar con la cara oculta en su cuello.

—Ha sido... demasiado —murmuró finalmente, como aturdida—. Más que demasiado. Nunca me imaginé que...

Edward estaba de acuerdo con ella. Había sido demasiado. No había pretendido que su orgasmo fuera tan... violento, pero Isabella se estaba resistiendo al placer y había tenido que obligarla a aceptarlo. Y lo peor era que quería volver a hacerlo. Una y otra vez hasta que ambos estuvieran tan saciados y agotados que no supieran ni dónde estaban.

Hasta compensarla por cinco años de frustración matrimonial y cinco más de viudedad.

—Deja que te abrace. Espera un momento hasta que recuperes el juicio.

—No lo voy a recuperar nunca —susurró Isabella, ovillándose contra su pecho—. Creo que nunca lo he tenido. ¿Puede saberse qué haces conmigo, Edward Cullen? Esto ha sido distinto de lo del día del sauce. Eres un hombre horrible, horroroso.

Su voz denotaba tanta exasperación y sorpresa, pero al mismo tiempo tanto afecto y alegría que Edward sintió que era todo lo contrario.

—No he debido ser tan brusco contigo. Eres una dama.

—He sido yo —protestó Isabella—. Yo he sido brusca contigo. Me he convertido en una bestia salvaje.

—Una bestia terrible.

—Dios mío —susurró ella, apoyada sobre el corazón de su amante—. Me he comportado de un modo espantoso, ¿no es cierto?

Sonaba tan orgullosa que Edward la abrazó con fuerza, mientras unas sensaciones muy curiosas le cruzaban el pecho.

—Una tigresa abalanzándose sobre su presa no me habría dejado tan sorprendido como lo has hecho tú. —Le acarició el cuello con la nariz—. Tienes una boca prodigiosa.

Isabella sacó la lengua y Edward se estremeció.

—Mujer, ¿no te da vergüenza? —la reprendió él, bromeando—. Eres una tigresa insaciable.

—Ajá.

La abrazó y dejó que pasara el tiempo. Porque sabía que a ella le gustaba, pero también por su propia necesidad de abrazarla, de acariciarla y de mantenerla cerca de él. Aunque no por eso dejaba de desearla. Su cuerpo entero seguía vibrando de excitación. Pero no podía volver a asaltarla tan pronto. Tal vez no podría volver a hacerlo nunca más.

No importaba que Isabella tuviera un aspecto absolutamente satisfecho, ni que él se sintiera muy a gusto por ser el responsable de esa satisfacción. Aprovechando un profundo suspiro, ella volvió la cabeza sin apartarla del corazón de Edward.

—¿Quiere decir esto que soy mala persona? —preguntó, totalmente en serio.

—Quiere decir que eres apasionada —la corrigió él, poniéndole un dedo bajo la barbilla y alzándole la cara para mirarla fijamente—. Y ser apasionado es bueno. Es la antítesis de pasar dormida por la vida.

—Dormida por la vida —repitió Isabella, como si sus palabras tuvieran mucho sentido. Frunciendo el cejo, añadió—: Me estaba durmiendo, ¿sabes? Antes de que llegaras estaba a punto de quedarme dormida. Dolía demasiado estar despierta.

—En cambio ahora —observó Edward con ironía—, no te duele nada, ¿a qué no? Y te encantaría echarte un sueñecito.

—Hum. —Isabella se acurrucó de nuevo, ocultando la cara antes de preguntar—: ¿Por eso a los hombres os gusta tanto hacerlo? ¿Porque después uno se siente en paz con el universo?

—Al menos con un trocito del universo. Pero no es sólo por eso. Tiene muchas otras cosas buenas.

—¿De verdad? —Isabella puso una mano sobre la otra y apoyó la barbilla encima para observarlo—. ¿Como por ejemplo?

—Verte abrumada de placer. Nunca había visto algo tan bello.

Edward vio que Isabella volvía a perder la confianza en sí misma.

—Bueno, ha sido una experiencia fabulosa —admitió, cerrando los ojos—. Por unos momentos, me has hecho sentir preciosa.

—No —la corrigió él con firmeza—. Eres preciosa siempre. Durante unos instantes te diste permiso para verlo, sentirlo y ser consciente de ello. —No había estado nunca tan convencido de algo.

—Quiero volver a estar debajo de ti —anunció Isabella de repente—. Por favor.

Quería consuelo, y sentirse protegida. Edward no se veía capaz de negarle absolutamente nada en esos momentos. Si le hubiera pedido que se cortara la mano derecha, se la habría entregado sin mediar palabra.

—¿Vas a llorar? —preguntó él en voz baja mientras rodaba con ella y se ponía encima, tal como le había pedido. Isabella se deslizó hacia abajo hasta que pudo apoyar la mejilla en el corazón de él y rodearlo con brazos y piernas.

—Es posible. No lo entiendo.

Sin necesidad de que ella se lo pidiera, Edward la abrazó con fuerza mientras ella se apretaba contra él.

—Soy tu amigo, Isabella —murmuró, acariciándole el pelo.

—Y mi amante —le recordó ella, estirando la cabeza para besarle el cuello mientras le acariciaba la nuca. Edward notó que la intimidad del contacto de sus cuerpos la estaba tranquilizando. Isabella se movió un poco y le acarició el muslo con su sexo. Edward entendió la invitación sin necesidad de palabras.

—¿Estás segura? Puedo ocuparme yo mismo si no lo estás.

—Quiero notarte dentro de mí. Por favor.

—Y yo quiero estar dentro de ti, pero necesito que confíes en mí, Isabella.

—¿Confiar en ti? ¿A qué te refieres? —preguntó ella, que estaba lamiéndole la tetilla como si estuviera cubierta del glaseado al brandy de algunas tartas de manzana.

—No quiero que me agarres por el pelo y me arrastres hasta tu cueva, tigresa —bromeó Edward, aunque lo decía en serio—. Si no voy con cuidado, puedo hacerte daño y no quiero sentir esa responsabilidad sobre mis hombros.

—Te prometo que trataré de controlarme, pero no me harás daño.

—Puedes estar segura de eso. —Edward gruñó, descendiendo por su cuerpo para mirarla a los ojos—. Pero acuérdate. Pellízcame si te hago daño. O, mejor aún, si ves que estoy a punto de hacértelo.

—Ajá. Pero en el... trasero —dijo ella, haciendo un esfuerzo al pronunciar la palabra— no cuenta, porque en según qué momentos, te gusta.

—Veo que me estabas escuchando.

Isabella le acarició el pecho con las manos.

—Y me imagino que, en según qué otros, te gusta que te pellizquen en otros sitios. Como aquí —añadió, probando a pellizcarle suavemente las tetillas. Su experimento fue recompensado con un gruñido de Edward, que no pudo mantener los ojos abiertos.

—Me encanta —admitió, más sorprendido de lo que pensaba reconocer—. Lo adoro, pero me has dicho que ibas a portarte bien.

—Me estoy portando bien —protestó ella pestañeando y apartándole el pelo de la cara—. Eres tú el que se está entreteniendo, Edward. Hazme el amor, por favor.

—Sí, amor mío. —Apoyó la frente en la de Isabella. La trascendencia del momento amenazaba con hacerle perder el control de sus emociones. La deseaba desesperadamente y ella estaba lista para recibirlo. Lista y ansiosa.

—Edward —la joven repitió su nombre mientras levantaba las caderas, rozando la punta de su miembro con su sexo. Él no se apartó, pero tampoco se lanzó sobre ella. Fue acercándose milímetro a milímetro.

—Bésame, Isabella —le ordenó—. Ahora.

¡Por todos los demonios del infierno! Edward jugueteó y mordisqueó sus labios mientras su miembro repetía los mismos movimientos sobre el sexo de Isabella. Ella le rodeó el cuello con los brazos y la cintura con las piernas y dejó que él tomara el control mientras le rozaba el pecho con sus senos y se enzarzaban en un combate de lenguas.

—Edward, por favor...

—Paciencia —repuso él, con la voz ronca por el esfuerzo de contención que estaba haciendo. Era difícil determinar cuál de los dos estaba más concentrado.

En ese momento, como si fuera la respuesta a las plegarias de ambos, la punta de su erección finalmente dejó de jugar y penetró en el interior de Isabella. Muy suavemente y muy despacio fue empujando sus paredes cálidas y húmedas. Isabella se revolvió, tratando de empalarse más profundamente, pero Edward se detuvo en seco y levantó la cabeza.

—Me has dado tu palabra —le recordó él, apartándole el pelo de la mejilla—. Es importante, mi amor, y me lo prometiste.

Isabella asintió mirándolo a los ojos y respirando hondo para calmarse.

—De acuerdo, pero por el amor de Dios, date prisa.

Edward sonrió al darse cuenta de que prácticamente se lo estaba suplicando.

—Me daré prisa —dijo él, bajando la cabeza para besarla en la mejilla—. Agárrate fuerte a mí.

Ella hizo lo que le decía y cerró los ojos. Esta vez no la besó, ni la distrajo con palabras, ni con caricias ni con otras sensaciones. Dejó que se concentrara en la maravillosa sensación de unirse a un hombre que apreciaba el privilegio como lo que era: un tesoro. Que no sólo se unía a ella físicamente, sino que le hacía el amor.

A ella. Por ser ella.

Edward siguió controlando sus impulsos. En vez de embestirla, continuó empujando en su interior muy lentamente. Empujaba un poco y se detenía. Se retiraba un poco y volvía a empujar, avanzando milímetro a milímetro. Progresaba, pero tan lentamente que era casi una tortura.

—Quiero moverme —murmuró Isabella.

—Aún no —musitó Edward, con los dientes apretados por el esfuerzo de contención.

—No me harás daño —le aseguró ella para romper sus reservas, pero cuando él echó las caderas hacia adelante, cambió de idea y no siguió insistiendo.

—Envuélveme dentro de ti. Como si quisieras capturarme con tu cuerpo y no dejarme escapar.

Con un poco de esfuerzo, logró hacer lo que le pedía.

—¡Dios, sí! —exclamó Ed, respirando hondo y soltando el aire muy despacio—. Ahora, suéltame.

Ella se relajó y él penetró un poco más en su cálido interior.

—Otra vez —ordenó él. Poco a poco, Isabella fue cogiendo el ritmo. Apretar, soltar, penetrar; apretar, soltar, penetrar. Edward la estaba llenando más de lo que hubiera pensado que era posible y no sólo con su miembro. También la estaba llenando de felicidad y de placer. Un placer que no se parecía a nada que hubiera conocido. El segundo orgasmo se presentó sin avisar, rompiendo el silencio que los rodeaba.

—Edward...

—¡Sí! —exclamó él, con la voz ronca de satisfacción, entrando y saliendo de ella con más fuerza, lo que intensificó el orgasmo de Isabella. Ni siquiera en ese momento se abandonó al placer, sujetando las riendas de la lujuria con mano de hierro. Quería seguir manteniendo el control de su encuentro. Ahora le tocaba a Isabella, que ya había aprendido que no debía resistirse al placer y se había dejado llevar por las oleadas que la recorrían de arriba abajo, sumergiéndose en las gloriosas sensaciones y buscando nuevos límites.

Mientras ella recuperaba la respiración, Edward esperó encima, moviendo las caderas con suavidad. Isabella ahora podía acogerlo en su totalidad, fácilmente y hasta con ganas, porque había sido paciente y había sabido esperar a que estuviera preparada. Le retiró el pelo de la frente en una delicada caricia. Notó que las emociones de Isabella estaban a flor de piel y le sujetó la cabeza con una mano, apoyándola contra su hombro, mientras le besaba la sien.

—¿Estás bien?

—Deshecha. Abrázame.

—Eres una mandona. —Él la abrazó más fuerte con un brazo, mientras con la mano del otro le levantaba una de las piernas en dirección a su cadera—. Pero como soy buena persona, no te lo tendré en cuenta.

Edward se movió sobre ella y la acarició una y otra vez, provocándole un orgasmo tras otro. Sus manos sabían cuándo excitar y cuándo calmar. Más tarde, cambió de postura y se colgó del brazo una de las piernas de Isabella. Cambiando de ritmo y de ángulo, la sorprendió con un nuevo orgasmo. Tras una nueva pausa para que pudiera recuperar el aliento, ascendió un poco por su cuerpo para mirarla a la cara mientras le recorría los rasgos con un dedo. A todo eso, su miembro seguía clavado en sus profundidades.

Edward la soltó para entrelazar los dedos con los de ella y clavarle las manos a lado y lado de la cabeza. Sabía que le había exigido mucho, y se limitó a penetrarla con embestidas firmes pero controladas. Debajo de él, Isabella empezó a jadear otra vez, mientras las caderas se levantaban por voluntad propia para unirse a dichas embestidas.

—Tú también —logró decir Isabella, que no era lo suficientemente sofisticada para mantener el placer bajo control. Volvió la cabeza hacia su hombro y le clavó los dientes, sin apretar, sin llegar a morder, en un grito silencioso de pasión.

—Oh, Dios... Isabella. —Edward se hundió hasta el fondo y presionó con fuerza repetidamente, derramándose en lo más profundo de su ser mientras los oídos le bramaban, el cuerpo le temblaba y el alma cantaba. Sintió un tremendo alivio, no por el acto en sí, sino por el grado de unión que había conseguido. Mientras seguía embistiéndola, el placer y la alegría de lo que estaban haciendo le recorrió no sólo el cuerpo sino también el corazón. Isabella, bendita fuera, no lo soltó en ningún momento, manteniéndose abrazada a él incluso después de que se hubiera detenido del todo y de que el mundo hubiera vuelto a su lugar.

—Si no dejas que me aparte un poco no podrás respirar, mi amor —le advirtió, besándole la sien—. Te prometo que no me iré lejos, lo justo para dejarte hacerlo.

Isabella aflojó las manos y las piernas, y el cuerpo se le relajó. Pero cuando Edward empezó a levantarse, ella se lo impidió, agarrándolo con fuerza.

—Aún no —dijo, hundiendo la cara en su pecho.

Edward se quedó quieto al darse cuenta de que la separación iba a requerir tanta dedicación y esfuerzo como la unión. Las uniones, se corrigió. Lo que le pedía el cuerpo era desplomarse en la cama, ponerse a Isabella encima y quedarse así hasta el día del Juicio Final.

No sabía de dónde había sacado las fuerzas para comportarse como lo había hecho. Era un auténtico milagro. Nunca en todos sus años de relaciones, fueran estables, ocasionales o apaños rápidos, había alcanzado este nivel de virtuosismo. Tras semanas de abstinencia, su nivel de aguante debería haber sido escaso, pero no había resultado así. El placer de estar en su interior había sido tremendo y el de llevarla al orgasmo una y otra vez, aún mayor.

El orgasmo de Edward había sido como una cadencia entusiasta, una floritura final que deslumbra y hechiza a quien la escucha, pero completamente innecesaria para la composición en su conjunto.

Isabella había sido el centro. Y seguía siéndolo.

—En seguida vuelvo —le aseguró Edward—, pero si no me encargo de esto pronto, vamos a dejarlo todo hecho un desastre.

La joven había caído en una especie de languidez, como si no tuviera huesos, así que no hizo nada para impedir que se apartara de ella y se levantara. Mientras cruzaba la habitación hasta el aguamanil situado al lado de la chimenea, se sintió más suelto y más a gusto con su cuerpo de lo que lo había estado en mucho tiempo. Con el agua de la jarra mojó una toalla, la escurrió, se limpió y repitió el proceso.

Con la toalla húmeda en una mano, alzó las sábanas con la otra.

—Levanta las rodillas, cariño.

Ella obedeció y ahogó un grito cuando Edward le separó suavemente las rodillas para limpiarle sus partes más íntimas. No apartó la mirada mientras le frotaba con cuidado con la toalla. Más que mirar, parecía que la estuviera examinando como lo haría un médico.

—Me temo que te he dejado irritada. Un baño te vendría bien. Lo siento.

—Irritada, ¿dónde? —preguntó Isabella, mientras él doblaba la toalla y volvía a pasársela con cuidado sobre la piel.

—Aquí —respondió él, revolviéndole el vello púbico con la otra mano—. Soy un cerdo insaciable. Deberías echarme de tu casa y arrojarme a un lodazal.

—Ni hablar. Eres un tigre —lo corrigió ella, tirando de él y abrazándolo contra su vientre—. Magnífico, fiero, que no tiene miedo de apoderarse de la presa que se pone a su alcance. Tu lugar está en mi cama.

Le acarició el pelo con las manos, calmándolo, ayudándolo en la transición entre la pasión y la realidad. Pero el proceso fue largo y cuajado de peligros, en buena parte porque Isabella se había entregado a la práctica del amor con un entusiasmo asombroso.

Había hecho el amor. Con él. Edward sonrió, con la mejilla pegada a su vientre y fue ascendiendo poco a poco hasta quedar recostado en su pecho.

—Abrázame —murmuró, hundiendo la cabeza entre sus senos. Isabella lo rodeó con sus brazos, algo insegura, como sorprendida de que él pudiera sentir la misma necesidad de consuelo y protección que ella.

Se relajó mientras lo abrazaba y empezó a trazar letras de nuevo en su espalda. Edward cerró los ojos para descifrar lo que ella escribía. Antes había sido traviesa y atrevida con la elección de vocabulario. Esta vez deletreó su nombre y Edward se sintió satisfecho. Lo escribió completo. Él se relajó y estaba empezando a dormitar cuando se dio cuenta de que el patrón de letras que Isabella repetía una y otra vez había cambiado.

Le recordó a unos dedos practicando escalas.

Se obligó a resistirse al sueño y a prestar más atención: A-mo-a-V-a-l-e-n-t-i-n-e-W-i-n-d-h-a-m.

Edward sintió ganas de llorar de emoción, pero se quedó inmóvil, escuchándola practicar en silencio sobre su espalda hasta que el ruido de la lluvia sobre el tejado, la suave caricia de sus dedos y el agotamiento de después de hacer el amor conspiraron para que se durmiera.

Por primera vez en su vida, Isabella se despertó en los brazos de alguien que la quería. En los brazos de su amante, se corrigió, apretando los ojos con fuerza para saborear mejor las sensaciones. El pecho de Edward estaba pegado a su espalda. Le había deslizado el brazo derecho por encima de la cintura y tenían las piernas entrelazadas. El izquierdo le pasaba por debajo del cuello y seguía paralelo a la línea de las almohadas.

Isabella abrió los ojos y le miró la mano izquierda.

—Diría que tiene mejor aspecto —anunció, acercándose más para verla mejor. El color del pulgar y del índice distaba mucho de ser normal, pero no estaban tan inflamados. El dedo corazón tenía un aspecto casi normal.

Edward flexionó los dedos sin mover ninguna otra parte de su cuerpo.

—Me duele menos, pero es normal. Entre que pasé buena parte del jueves en Great Weldon y el fin de semana en Candlewick, esa mano lleva descansando casi cinco días. Aunque quizá —añadió, con la voz una octava más baja— si la besas con regularidad, mejorará más de prisa.

—Eres un hombre muy descarado —bromeó ella—. Dime ¿cómo vamos a actuar ahora?

—¿A qué te refieres? —preguntó Edward, besándole la nuca y acariciándole el cuello con la nariz.

—¿Vamos a levantarnos, vestirnos y seguir con nuestras actividades cotidianas como si... —Isabella se detuvo, frunciendo el cejo.

—¿Como si?

Al ver que la joven permanecía en silencio, tiró de ella con suavidad hasta que quedó tumbada de espaldas en la cama y pudo mirarla a la cara.

—¿Como si?

—Como si no acabáramos de portarnos de manera indecente.

Edward ladeó la cabeza y una sombra oscureció sus preciosos ojos verdes.

—¿Ahora vas a empezar a fustigarte y a echármelo en cara?

—No es eso. No es que me avergüence de lo que hemos hecho. Pero soy una persona tímida y reservada.

Edward alzó las cejas mientras los labios se le curvaban en una sonrisa.

—¿Tímida? Bueno, yo también soy tímido, ¿sabes?

—Si tú lo dices... —Isabella trató de darle la espalda, pero él se lo impidió—. Pero no parece que tengas problemas de pudor ni de recato.

—Soy bastante pudoroso teniendo en cuenta que tengo cuatro hermanos. ¿Qué es lo que quieres saber exactamente?

—No lo sé —respondió Isabella, más calmada. No sabía si lo que Edward sentía era preocupación o sólo curiosidad. Con los hombres era difícil saberlo—. No me gustaría que nos sintiéramos... incómodos. Me parece asombroso estar aquí contigo en la cama, como Dios nos trajo al mundo, y ser capaz de mirarte a la cara sin morirme de vergüenza.

—Tú también me sorprendes, de muchas maneras. Pero dime ¿no crees que Axel y Abby harán lo mismo muchas mañanas? Abby está embarazada y no es un secreto para nadie que el niño llegará antes de que se cumplan los nueve meses de su boda.

—Hicieron sus propios votos antes de pasar por la iglesia —dijo Isabella, resiguiéndole una ceja perfectamente arqueada con un dedo—. A veces pasa. —De pronto, pensó en algo de lo que se había olvidado hasta ese instante—: Dijiste que tomaríamos precauciones, Edward. ¿Qué precauciones hemos tomado?

—Durante estos días del mes no eres fértil. No lo serás hasta dentro de unos cuantos días más. —Volvió la cara, rascando ligeramente la palma de Isabella con la mejilla—. La menstruación te vino el jueves pasado, así que tenemos unos días de margen. Más allá de pasado mañana empezará a ser arriesgado.

—¿Cómo sabes todo eso? —le preguntó ella con curiosidad.

—Whitlock me lo explicó cuando tenía doce años, entre otras cosas. También es menos probable que te quedes embarazada la semana antes de que empieces a menstruar, pero hay mujeres con patrones que no se ajustan a la norma. En realidad, hay un nombre para definirlas.

Isabella frunció los labios, algo disgustada.

—¿Qué nombre tienen?

—Madres —respondió Edward, riéndose con descaro—. O novias. Bueno, ¿vas a pasarte el resto del día tratando de averiguar qué te preocupa y luchando contra tus dudas o vas a compartir esa tarta de manzana con un tigre hambriento?

Isabella sonrió mientras él le mordisqueaba el cuello, juguetón.

—Tengo mis dudas.

—Lo sé, cariño. —Edward gruñó y le mordió el hombro esta vez—. Pero espero que tardes en resolverlas. Mientras tanto, ¿sabías que los tigres son muy aficionados a las tartas de manzana? Sobre todo a comerlas desnudos en la cama.

—Lástima que yo prefiera comérmelas vestida —replicó Isabella, alargando la mano para pellizcarle el trasero.

Edward suspiró exageradamente.

—Me ha pellizcado. Ya la adoraba antes, pero ahora sí que estoy perdidamente enamorado.

—No seas idiota —lo reprendió ella, aunque le encantaba verlo bromear de esa manera—, aunque te agradezco el esfuerzo.

—¿Qué esfuerzo?

—El que estás haciendo por distraerme. Y tengo que admitir que me encanta sentir tu cuerpo sobre el mío. Sé que lo estás haciendo todo para que no me sienta incómoda.

—¿Y funciona? —preguntó Edward, cerrando los ojos.

—Un poco. —Isabella entrelazó los dedos con los de él—. Un poco sí que funciona. Pero has mencionado tarta de manzana para el tigre, ¿no? Pues no hagamos esperar a la bestia.

Edward la dejó moverse esta vez. Y cuando ella alcanzó el punto en que tenía que soltar la sábana para levantarse de la cama, se echó hacia atrás.

—Me encanta mirarte, Isabella. Vestida, desnuda, despierta, dormida... Me encanta, lo adoro, me da fuerzas. Mirarte es mucho mejor que comerse una tarta de manzana.

Isabella asintió, agradecida por los ánimos y deseando creerle, porque a ella le pasaba lo mismo con él, que Dios la ayudara.

Mientras durara este asunto de ser una tigresa, las cosas iban a ser complicadas. Más de lo que nunca se habría imaginado. Gracias a Dios, el tigre que había invadido su jungla era un ejemplar magnífico, que justificaba todas las complicaciones y hacía que valieran la pena.