«Soy un hombre horrible», se reprendió Edward mientras regresaba a casa cruzando el bosque mojado por la lluvia que seguía cayendo. Isabella Swan no era el tipo de mujer que uno buscaba para pasar el verano jugueteando entre sus brazos. Era demasiado decente para eso. Demasiado buena persona. Demasiado inocente. Pero, mientras apartaba ramas y sorteaba troncos, sabía que no iba a ser capaz de dejarla.
Todavía no. No ahora que acababa de meterse en su cama. Por Dios bendito, no iba a poder pensar mal ni maldecir a san Jacob Swan nunca más. No ahora que sabía que, en su lecho de muerte, el pobre diablo tenía que haber sido consciente de que abandonaba a Isabella y dejaba universos de placer por descubrir.
Cuando estaba con ella, a su lado, todo era más sencillo y más agradable. Además, a pesar de que no sabía expresarlo, el tiempo le parecía más significativo, más trascendente. Era una sensación que no había tenido desde la muerte de Victor. Isabella calmaba algo en su interior y lo provocaba a compartir con ella confidencias y también palabras de apoyo que no sabía de dónde venían, y mucho menos por qué sentía esa necesidad imperiosa de compartirlas con ella.
En conclusión, era un hombre horrible. Un virtuoso de la maldad. Un depravado, un sinvergüenza y todo lo que había despreciado siempre en sus colegas miembros de la aristocracia malcriada y en los veleidosos artistas que frecuentaban los estudios y las salas de música.
Le iba a romper el corazón. Y el único consuelo que lograba encontrar era que ella le rompería el suyo al mismo tiempo.
Pero aún no había llegado el momento.
Siguió caminando bajo la lluvia. Era un hombre horrible y muy mojado. Por alguna razón, el agua le hacía sentir bien. No tenía ninguna prisa por secarse. Sin razón aparente, tal vez porque no le apetecía enfrentarse a nadie aún, se desvió de su camino y se dirigió al estanque, donde se quitó la ropa, la dejó bajo el alero del embarcadero y se tiró al agua.
Curiosamente, el agua del estanque parecía caliente en comparación con las gotas de lluvia que le alcanzaban la piel. Empezó a hacer largos, tratando de no pensar.
Pero en su cabeza, donde no debería haber habido nada, comenzó a sonar una tonada. Era una melodía sencilla, dulce, nostálgica, pero necesitaba una base sólida por debajo, por lo que añadió acompañamiento en el registro de barítono. Luego pasó la breve composición a las teclas centrales de su piano mental, pero no acababa de expresar lo que quería comunicar. Mientras seguía cortando el agua con sus brazadas, añadió unas cuantas notas graves, lo suficiente para anclar la pieza, pero no demasiadas para no ensombrecer su luminosidad esencial.
Sin embargo, afectó a su equilibrio, así que empezó a experimentar cruzando la mano izquierda sobre la derecha, para arrojar un poco de luz y de alegría sobre la tierna melodía.
Siguió dando vueltas y vueltas al estanque mientras en su cabeza daba vueltas y vueltas a la melodía, al acompañamiento, al contrapunto, a las armonías...
Finalmente se detuvo, porque no estaba seguro de cómo seguir. Estaba acostumbrado a tener un teclado delante para probar todas las posibilidades y resolver las dudas que le iban surgiendo a la hora de componer una melodía. Incluso entonces necesitaba dejar reposar alguna idea. Las dejaba a un lado mientras permitía que el tiempo obrara su magia. Subió al embarcadero y se dio cuenta de que había dejado de llover.
Llevaba tanto rato en el agua que los músculos se quejaban y su estómago había empezado a protestar.
Aunque no solía sentir la necesidad de comer cuando tenía una música tan bonita como ésa en la cabeza.
—¿A quién le apetece ir a visitar a los vecinos? —preguntó Edward, como quien no quiere la cosa, mientras acababan de dar cuenta de los platos y Dare y Phil se disponían a salir corriendo para su baño nocturno en el estanque.
—Me apunto —respondió Darius—. La alternativa es quedarse aquí con estos dos.
—Creo que deberíamos ir los tres —dijo Whitlock, acercándole un plato vacío a Darius—. Creo que los chicos pueden quedarse solos. Deben ir aprendiendo a ser responsables. Además, si vamos en grupo, impresionaremos más a los lugareños y —lo que es más importante— podré caminar un poco. Necesito bajar ese segundo plato de pastel de carne.
Darius introdujo los platos y cubiertos en un cubo de agua y se enderezó.
—Y exactamente, ¿qué mensaje queremos transmitir?
—Buena pregunta —respondió Edward, acabándose la cerveza y dejando la jarra en el cubo—. Tenemos que buscar motivos. Es mucho más fácil encontrar a los culpables de un delito o un ataque si se conocen los motivos que hay detrás. La cuestión es establecer quién de entre mis vecinos o conocidos tiene alguna razón para querer asustarme y echarme de aquí. —Cullen paseó la mirada entre Whitlock y Darius.
»Todos mis arrendatarios tienen motivos —se respondió el propio Edward ante el silencio de los otros dos—. Llevan cinco años sin nadie que los supervise y han perdido la práctica de cuidar de la finca.
—¿Realmente crees que tus arrendatarios te soltarían a sus hijos como si fueran una jauría? —preguntó Whitlock.
—No tengo ni idea. Sólo sé que mis arrendatarios tienen un motivo para desear librarse de mí. Y que si quisieran soltar a los chicos contra mí, lo tendrían más fácil que cualquier otra persona.
Whitlock hizo una mueca.
—Razón no te falta. ¿Ya se lo has comentado a sir Dewey?
—Supongo que ya se le habrá ocurrido, pero lo haré cuando lo vea.
Junto a una botella de whisky sorprendentemente buena, Edward acordó con Mortimus Bragdoll que las tierras que rodeaban la casa principal volverían a ser utilizadas para aprovisionar a ésta y a sus habitantes, aunque no le cobraría nada por los años que llevaba usándolas sin autorización. A cambio, Bragdoll aceptó limpiar los edificios a su cargo, cortar las malas hierbas, reparar las vallas y cualquier otra cosa que hiciera falta para devolver su parcela al estado original en que la recibió. El hombre tenía la misma constitución física que su caballo de carga y sus cuatro hijos pronto serían tan grandes como él. A Edward no le quedó ninguna duda de que la finca estaría bien cuidada.
Cuando Darius le preguntó, Bragdoll empezó a recitar una lista de mejoras que el actual lord Roxbury se había negado a efectuar, entre ellas la reparación del tejado del granero donde se almacenaba el heno.
Mientras se retiraban, Edward pensó que la noche había sido productiva. Sin embargo, la reunión en el porche de los Bragdoll no les había aportado ninguna luz sobre el asunto de si eran sus propios arrendatarios los que querían echarlo de su casa y dañar a Isabella al mismo tiempo.
—Regresaré mañana por la noche —anunció Darius, doblando la lista de reformas pendientes y metiéndosela en el bolsillo, mientras Bragdoll guardaba en alto la botella de whisky—. Si vienen los demás arrendatarios, podremos decidir qué es más urgente reparar cuando acabemos con el granero.
—Sí —replicó el hombre, tirándose de la oreja—. Y que venga mi Ina también. Es la más lista de todos nosotros y le dirá exactamente lo que hace falta.
Pareció que iba a añadir algo, pero quizá la lealtad marital ganó la baza a la necesidad de buscar consuelo entre miembros de su propio género. Edward, Darius y Whitlock se marcharon sin darse cuenta de que Hawthorne Bragdoll, el más pequeño de los cuatro hijos del matrimonio, los observaba desde el primer piso junto a su madre.
—¿Crees que lo dice en serio, lo de las reformas? —preguntó Thorn.
—¿El señor Cullen? —Ina frunció los labios mientras reflexionaba—. Sí, creo que quiere hacer las cosas bien, lo que no sé es si tiene idea del lío en el que se está metiendo, jovencito. Ese hombre es muy extraño. Me ha contado Deemus que nunca se quita los guantes, no importa lo que esté haciendo, como un auténtico lechuguino. Aunque, por otro lado, parece que trabaja duro, si Deemus o Soames no me están engañando.
Thorn asintió. Ni Deemus ni Soames solían exagerar, al menos cuando estaban sobrios. Era una lástima, porque eso significaba que el señor Cullen era un buen tipo que estaba gastando un montón de tiempo y dinero en una finca que se encontraba casi en ruinas. Y si el instinto de Thorn no le fallaba —y no solía hacerlo—, al pobre señor Cullen le esperaba una buena.
Y Thorn sabía por experiencia propia lo que era recibir una paliza que no habías hecho nada para merecer.
—Vuelve a dormir —susurró Edward. Durante las últimas tres noches, se había colado en la cama de Isabella después de que ella se hubiera acostado y se había marchado antes de que amaneciera. Durante el día se había cruzado con ella varias veces, pero asegurándose de que siempre hubiera alguien más presente, para darle tiempo a que se acostumbrara a estar cerca de su amante en público.
Estas reuniones, en mitad de la noche, eran otra cosa. No hacían el amor. El riesgo de que se quedara embarazada era demasiado grande, y no había encontrado la manera de hablarle de esponjas ni de vinagre. Aparte de que tampoco eran totalmente fiables. Y que no pensaba ir personalmente al boticario ni al herbolario a comprar las cosas necesarias. Podría haberse retirado a tiempo, por supuesto, pero también era arriesgado. Y mucho se temía que Isabella no se iba a conformar con medias tintas. Era preferible aguardar dos semanas.
Por otro lado, esperando dos semanas evitaba darle más munición a su conciencia para que siguiera atacándolo.
Por todas esas razones se limitaba a rodearla con sus brazos y a susurrarle palabras bonitas en la oscuridad. A veces se dormía un rato; otras se limitaba a abrazarla mientras ella dormía.
—No estaba durmiendo. —Isabella se estiró y se volvió hacia él. Le pasó un brazo por debajo del cuello y le cubrió la cadera con una pierna. Con un dedo le buscó los labios y se acercó hacia él para besarlo en la boca—. Te echaba de menos.
—Nos hemos visto a la hora de comer. ¿Ya me añorabas? —Edward sonrió—. Yo también —admitió, acariciándole un pecho—. Y a algunas partes de ti con especial intensidad.
—¿Por eso no me has hecho el amor desde el lunes?
—Te estás ruborizando. —Edward no le veía la cara en la oscuridad, pero al apoyarle la mano en la mejilla, lo notó.
—Así es. Y también te he hecho una pregunta.
Edward retiró la mano y volvió a acariciarle el pezón con suavidad.
—Te he dejado tranquila por varias razones, la primera de las cuales ha sido el respeto a tu persona. Recuerda que el lunes estabas bastante sensible.
—Oh. —La exclamación de sorpresa de la joven evidenció que ni siquiera se le había ocurrido que pudiera merecer esa consideración—. En ese caso, gracias. Y los hombres, ¿también acabáis sensibles en aquella zona?
—No tan fácilmente como las mujeres. Eso creo, al menos. Pero me inspiraste mucho el lunes. Te dediqué más tiempo del que acostumbro. ¡Dios! Me gusta lo que me estás haciendo.
Isabella le estaba recorriendo el miembro con una mano mientras le rascaba la tetilla con las uñas de la otra mano.
—¿Cuáles son las otras razones?
—¿Para qué?
—Para abandonarme.
—¿Isabella? —Edward le agarró la mano, que seguía rodeándole el pene—. ¿Qué dices? ¿Quién te ha abandonado?
—Me haces el amor apasionadamente —respondió, sin rastro de humor— y luego te dedicas a evitarme, a menos que estemos en público o a oscuras en plena noche. Me abrazas con cariño y luego te marchas dándome un beso en la mejilla, Edward. No quiero que vengas sólo porque te sientes culpable o porque no sabes cómo salir de esta relación con elegancia.
—¡Maldita sea! ¿Cómo se te ocurre algo así?
—¿Porque es justo lo que has estado haciendo? Te has mantenido alejado, al menos en un sentido.
—¡Cariño! —exclamó él, inclinándose sobre ella—. Te equivocas. Si te hago el amor ahora podría dejarte embarazada. Y durante el día me he mantenido a una respetuosa distancia porque no quería invadir tu intimidad y quería darte tiempo para que te ocuparas de las flores y tus demás ocupaciones. Y me cuesta venir por la noche, porque sé que trabajas duro y me duele despertarte.
—Entonces, ¿mi comportamiento fue... adecuado? —preguntó Isabella con la cabeza escondida en el cuello de él.
—No. —Edward se incorporó y la joven no trató de retenerlo.
Se mordió la lengua mientras él se levantaba de la cama y encendía una lámpara de aceite usando una candela y las brasas del fuego. Le dio la máxima intensidad a la luz no sólo para que viera que estaba desnudo, sino también para que no malinterpretara sus expresiones.
—Mírame, Isabella Swan. —Se sentó a su lado y le tomó la mano—. Quiero que me mires a los ojos cuando te diga lo que te voy a decir. Quiero que sepas que no estoy tratando de seducirte, ni de sacar provecho. Que no estoy siendo lo que tú llamarías sofisticado y yo llamaría falso.
—Cuando digo que tu comportamiento no fue adecuado —continuó—, es porque la palabra «adecuado» no es del todo acertada en esta situación. Se queda muy corta. Eres la respuesta a todos mis deseos y todas mis plegarias. Eres mi sueño hecho realidad. Eres mi mayor fantasía devenida en algo verdadero. Eres una experiencia que ni siquiera mi creativa imaginación artística hubiera podido concebir en sus momentos más salvajes y egoístas. Tengo hambre de ti.
«Hambre.» Era una palabra mucho más potente. Y más ajustada a sus sentimientos que decir que la adoraba.
—Puedes apagar la lámpara —dijo Isabella, bajando la mirada.
—¿Me crees? —Edward se acercó un poco más a ella y le rodeó los hombros con ambos brazos.
—Te creo —respondió ella, sin apartar la frente del hombro de él.
—Deja que te abrace. —Él apagó la lámpara y se coló entre las sábanas otra vez. ¿Cómo demonios había sido tan descuidado? Las mujeres necesitaban que les demostraras tu amor constantemente. No debería sorprenderle. Por lo general era mucho más cuidadoso con estas cosas. Siempre había sabido qué decirle a una mujer. Si no tenía una gran figura, le decía que tenía la piel muy suave. Si sus besos no eran muy expertos, siempre podía alabar su entusiasmo. Si no lo excitaba, le decía que a su lado podía relajarse y sentirse en paz.
Al pensar en ello, se dio cuenta de que a Isabella no le había dicho ninguna de esas cosas.
Ella se merecía mucho más que el consuelo de cuatro cumplidos gastados. Se merecía mucho más que coqueteos, bromas o palabras amables.
Y desde luego, no se merecía que siguiera engañándola sobre su condición social.
—¿A qué viene ese suspiro? —Isabella estiró el cuello y le besó la mejilla. Estaba tumbada boca arriba y Edward pegado a su lado, con una pierna sobre su cadera. Isabella acercó la cara a su pecho y la dejó allí.
—No volverá a ser seguro hacerte el amor hasta dentro de una semana. Es una eternidad.
—Sí, la verdad es que parece demasiado tiempo.
—Algo se nos ocurrirá —dijo Edward. Lo cierto era que se le ocurrían bastantes ideas, pero no estaba seguro de querer compartirlas con ella.
—¿Como el otro día, bajo el sauce?
Finalmente no la hizo partícipe, pero la hizo reír y ruborizarse hasta bien entrada la noche y se lo pasó igual de bien o mejor. Le explicó qué significaban todas las palabrotas, insultos y palabras soeces que Isabella había oído en la taberna durante los torneos de dardos. Cuando Edward llevaba ya doce palabras distintas para definir «pene», tuvo que parar porque parecía que Isabella se iba a ahogar de tanto reír.
Pasar el verano en Londres era apestoso. Literalmente.
Pasar el verano en Roxbury Hall resultaba insoportable en todos los sentidos. Gracias a Dios, la asignación trimestral de Mike acababa de llegar y por fin podría regresar a la capital.
Mike se dirigió a los establos, donde un mozo llevaba una hora haciendo caminar a su bonito caballo castaño según sus instrucciones. No estaba de humor para tener que lidiar con un caballo fresco, lleno de energía y ganas de pasárselo bien. Subió al animal desde la escalera de montar, pensando que debería haber elegido la que utilizaban las damas, ya que los dichosos pantalones le apretaban demasiado y no había podido hacérselos arreglar.
Cuando llegó a Great Weldon, los pantalones ya se habían dado un poco de sí y Mike estaba de mejor humor. Iba a necesitar más dinero si quería estar listo para la temporada de caza en otoño y para pasar luego el invierno en Portugal. Por eso se desvió de su camino, dando un rodeo por la campiña del condado de Oxford. Tenía que asegurarse de que sus planes se iban desarrollando como había dispuesto.
Golpeó con los nudillos la barra de madera pulida de La Oveja Colgada, la taberna local.
—Whisky, buen hombre.
Odiaba ese lugar, especialmente la imagen de la oveja sonriente que pendía sobre la puerta de entrada. Sin embargo, no era mal sitio para ocuparse de ciertos asuntos, así que se quedaría un rato.
Cuando le trajeron el whisky, lord Roxbury se inclinó para llamar la atención del tabernero.
—Sea bueno y dígale a Louise que me atienda en el reservado.
El hombre asintió y desapareció en la cocina. Una joven apareció minutos después, con una sonrisa tan falsa como genuina era su impresionante delantera. Mike lo sabía pero no le importaba.
—¡Señor! —exclamó radiante, mientras Mike le miraba los pechos sin ningún disimulo—. ¿Puedo traerle otra copa?
Mike arrugó la nariz.
—Es un brebaje espantoso, pero me queda un largo camino por delante, así que sí, tráeme otra.
La sonrisa de la joven perdió intensidad, pero Mike no estaba dispuesto a admitir que la bebida era buena y barata, cuando no era ni una cosa ni la otra.
—Muy bien, aquí la tiene —dijo, dejándola delante de él sin derramar ni una gota—. ¿Qué más puede hacer Louise por usted?
—Ya sabes lo que quiero —respondió Mike, mirando la copa con el cejo fruncido—: información. Han pasado dos semanas, muchacha. ¿Qué novedades hay?
—Hay un montón de novedades. —La sonrisa de la joven había recuperado su intensidad—. ¿Cuánto dinero ha traído?
La mirada que Mike le dedicó era tan calculadora como la sonrisa de ella. ¿Cómo se atrevía a ser tan descarada? ¿Pensaba que iba a llevarse su dinero sólo por contarle cuatro chismorreos y encargarse de que sus hermanos menores mantuvieran los ojos abiertos?
—He traído algo para ti, Louise —dijo Mike—, pero tendrás que esperar a que vayamos a un lugar más privado. Si no recuerdo mal, los establos son lo suficientemente adecuados para una mujer de gustos refinados como tú, ¿me equivoco? —Alargando la mano, la sujetó por la muñeca y tiró de ella para que se sentara a su lado—. Habla, Louise, y luego me acompañarás a buscar mi caballo.
Mike entrelazó los dedos con los de la joven y apretó con fuerza. La muchacha ni siquiera pestañeó. Los campesinos eran gente resistente.
—El padre de Neal dice que las reformas que el señor Cullen está haciendo en la casa vieja avanzan a buen ritmo. El tejado está casi acabado, los suelos y las ventanas ya están colocados, han empezado a enyesar y a pintar. Incluso los prados que rodean la casa parecen otros de tan cuidados como están.
—Encantador —replicó Mike con ironía—. ¿Y el resto de la finca?
—El señor Cullen se reunió con el padre de Neal y le dijo que se ocuparía de las reformas, ahora que era el dueño. Mort, Neal y los chicos tendrán que mantener la granja en condiciones, y el señor Cullen correrá con los gastos. Lo primero que van a reparar es el tejado del granero. Se van a dar prisa, porque ya han empezado a recoger el heno y no quieren que se moje si llueve.
—¿Y tus primos? ¿Pusieron la madera donde te dije?
—Sí, la pusieron —respondió Louise tratando de apartar la mano, lo que dio a Mike la oportunidad de demostrarle la superioridad de su fuerza.
—¿Y el aceite?
—Sí, sí, sigue allí.
—¿Dónde puedo encontrar a tu primo Dervid?
—Supongo que estará en las caballerizas.
Algo en el tono de voz de la muchacha le dijo que estaría en cualquier sitio menos en donde le decía.
—Ajá, tal vez le guste mirarnos entonces. —Mike sabía que le estaba haciendo daño pero también sabía que por ganarse unas monedas aguantaría el dolor y le proporcionaría placer con su boca grande y hábil—. Vamos, Louise. —Mike se levantó, arrojando unas monedas sobre la mesa—. Te recomiendo que te aflojes el corpiño. No querría tener que destrozarlo mientras te ganas tu dinero.
Pensaba romperlo de todas maneras. Unos pechos como ésos estaban pidiendo a gritos que un hombre se ocupara de ellos. A gritos.
Y Mike era un hombre después de todo.
Cuando Edward entró sonriendo en El Gallo Cansado, se propuso encontrar veinte nuevas maneras de llamar al pene. Isabella se había reído tanto que el sonido de su risa había llenado sus oídos de música. Melodías ligeras, huidizas, que requerían dedos ágiles y rápidos como relámpagos para tocarlas, pero que eran tremendamente divertidas de interpretar.
Pagó la pinta y compró algunas provisiones, envió diversas cartas para la familia, recogió las que le habían enviado y se detuvo en las caballerizas para avisar a los mozos de que tenía que hacer una última gestión antes de recoger a Ezekiel para el viaje de vuelta a la finca.
Estaba en deuda con Isabella, y no le gustaba sentirse así con nadie. Ella le curaba la mano al menos una vez al día; normalmente más. Edward cada vez tenía más cuidado al usarla. Aunque no se atrevía a admitirlo en voz alta, había empezado a sentirse más esperanzado durante la última semana.
Sabía que nunca iba a volver a estar como antes, pero también que podía reponerse. La mano estaba mucho mejor cuando no la usaba, y más aún cuando Isabella le aplicaba sus remedios. También mejoraba cuando se acordaba de no quedarse dormido encima de ella. Con esperanzas renovadas se dirigió a la botica, buscando otro de los eficaces preparados que le había recomendado David Worthington semanas atrás.
—Buenos días, señor —le llegó el alegre saludo del boticario desde la rebotica. El establecimiento era pequeño y estaba ordenado, lo que tenía mérito porque estaba lleno hasta los topes de tarros, botes, bandejas y saquitos—. Soy Thaddeus Crannock —dijo aquel hombrecillo de piel apergaminada—. Encantado de conocerle. Supongo que usted debe de ser el señor Cullen.
—Para bien o para mal —confirmó Edward, sonriendo ligeramente mientras el señor Crannock buscaba sus gafas y se las ponía, sujetándoselas bien a unas orejas que no eran puntiagudas pero que tal vez hubieran debido serlo.
—¿Qué puedo hacer por usted, señor Cullen? —preguntó el boticario mirando a su cliente. A Edward le recordó a una tortuga a pleno sol. La piel de su cuello parecía cuero curtido, pero iba vestido de manera impecable, aunque no precisamente a la última moda.
—Estoy buscando una infusión en particular —respondió, mirando a su alrededor.
—Las infusiones y las tisanas están en aquel lado —dijo el boticario, abriéndose paso hacia allí—. Tengo docenas de distinta procedencia. Puedo hacerle la mezcla que quiera, en la proporción que más le guste. Las infusiones de menta son muy populares, igual que las de manzanilla, especialmente entre las damas.
—¿Tiene infusión de corteza de sauce?
—Oh, sí claro —respondió el señor Crannock, revolviendo entre los tarros de vidrio—. Cuando llegan las fiebres veraniegas, todo el mundo viene a buscar corteza de sauce. Es amarga, pero funciona.
—¿Y si la mezcla con otra cosa? —preguntó Edward, abriendo un tarro al azar y oliendo su contenido—. ¿Seguiría haciendo efecto?
—Sí, por supuesto —respondió el señor Crannock, encantado con su nuevo cliente—, siempre y cuando lo deje reposar el tiempo necesario. Además, el poleo le calmará los cólicos biliosos.
—¿Esto es poleo? —Edward volvió a oler el tarro—. Se parece mucho a la hierbabuena, ¿no es cierto?
—Así es —asintió el hombre—. También tengo hierbabuena, si lo prefiere. Y menta, o nébeda. ¿Quiere que le mezcle un poco de todo?
—Mejor póngamelas por separado —respondió Ed—. El sauce y el poleo por un lado; esto por otro —añadió, oliendo la menta—. Y además un poco de manzanilla.
—También tengo saquitos de hierbaluisa —le ofreció el boticario—, aunque ahora que lo pienso, supongo que podría pedírselos directamente a la señora Black, ya que es ella quien me los suministra.
—¿Qué más le vende? —se interesó Edward, que seguía observando la tienda, deteniéndose a oler el contenido de un tarro por aquí, o un saquito por allá.
—Sólo saquitos para pefumar los armarios y jabones —respondió el boticario, pesando las hierbas—. Le he pedido que cultive para mí algunas plantas medicinales o que haga algunas mezclas sencillas, tisanas... pero se niega. Dice que es muy fácil cometer errores.
—¿Y son muy peligrosos ese tipo de errores?
—¡Oh, Dios mío! —exclamó el señor Crannock, horrorizado—. Por supuesto. Se puede matar a un hombre con la poción equivocada, señor Cullen. La dedalera ayuda en los problemas de corazón, pero en una dosis excesiva, es mortal. Y el arsénico es igual de peligroso. Lo mismo sucede con la belladona o las uvas del diablo. Son tan peligrosas como las setas y los hongos. Y no provocan una muerte muy fácil.
—¿Está seguro de que sólo me ha vendido hierbas inofensivas? —bromeó Edward.
—No deje el poleo al alcance de las mujeres si no saben utilizarlo —le advirtió el señor Crannock—. Puede ayudar a resolver ciertas dolencias femeninas, pero también puede causar otras.
Edward puso unas monedas sobre el contador y recogió sus compras.
—Por suerte, no sufro ninguna dolencia femenina, así que no le haré más preguntas. Que tenga un buen día. Muchas gracias.
El boticario le devolvió el saludo, radiante de alegría.
—Buenos días. Dele recuerdos a la señora Black si la ve.
Edward salió de la tienda preguntándose si las últimas palabras del hombre habían tratado de sacarle información, si sólo habían sido una muestra de cortesía o si eran el reflejo de los rumores que corrían entre los vecinos del pueblo sobre su relación con Isabella. Su gracia el duque de Moreland siempre decía que había dos cosas que la gente nunca dejaría de hacer, y una de ellas era hablar. Edward tuvo que esperar a cumplir nueve años para que Whitlock se apiadara de él y le dijera cuál era la otra, aunque al enterarse le había parecido una tontería, ya que en aquella época sólo le interesaban los pianos y su poni.
Cuando Edward regresó al fin a la caballeriza, se encontró con Zeke ya ensillado y con un pequeño barril atado tras la silla. Una vez estuvo montado, el mozo le entregó una bandeja con un pastel de carne. Iba a tener que mantener a Zeke a un paso moderado durante todo el viaje de regreso.
Durante el trayecto, se iba preguntando qué pensaría el duque de Moreland sobre Isabella Swan. Para su sorpresa, el duque había dado la bienvenida a la familia a Rosalie James cuando ésta había llegado del brazo de McCarty, sin decir una palabra más alta que otra.
¿Podía saberse qué diablos, demonios y demás criaturas infernales estaba haciendo planteándose una boda con Isabella Swan?, se preguntó Edward, llegando a la casa. La mano había mejorado, cosa que hacía que se sintiera optimista, era innegable, pero eso no alteraba el hecho de que sólo hacía unas semanas que la conocía, y que ella no había mostrado ningún interés en una relación distinta de la que mantenían. Le había hecho el amor una sola vez. A conciencia y con resultados maravillosos, pero una sola vez. Estaban lejos de poder plantearse el asunto del matrimonio. Y el camino hasta llegar a ese momento no iba a ser fácil.
Pero ni siquiera así pudo quitarse aquello de la cabeza completamente. Aún estaba dándole vueltas al asunto cuando Whitlock fue a su encuentro en el patio, frente al establo.
—Si nos repartimos el pastel entre los dos ahora —dijo, arrebatándoselo de las manos antes de que llegara a detenerse del todo—, podemos destruir las pruebas antes de que los chicos vuelvan de la granja. Sir Dewey y Darius están inspeccionando el estanque y pueden ayudarnos a eliminar los rastros del delito. Y el pastel debe ir acompañado de cerveza, no hace falta decirlo. Ve a guardar tu poni, Edward, y te reservaré un trocito.
—Se lo diré a la duquesa —replicó Ed, desmontando del caballo—. He recorrido casi diez kilómetros bajo un calor sofocante, me he gastado un dinero en ese pastel y lo he traído hasta aquí con mis propias manos.
—Tu vida es muy dura, hermanito —dijo Whitlock con solemnidad—. ¿Seguro que no te has olvidado de mencionar que tenías el viento en contra? El último que llegue al estanque es un picha floja.
—Picha —murmuró Edward, aflojando la cincha de su caballo—. Me olvidé de picha. Con ésa ya tengo trece.
—Eres idiota, Edward. Un hombre nunca se olvida de su picha —le espetó Whitlock, girando sobre sus talones para dirigirse al estanque.
Cuando Edward se unió al grupo en el estanque, llevando el barril y unas tazas de estaño, sir Dewey estaba sentado en el embarcadero. Se había quitado las botas y tenía los pies en el agua.
—¿A qué debemos el placer de su visita? —preguntó Cullen, mientras empezaba a imitarlo.
Sir Dewey se encogió de hombros.
—Pensé que sería buena idea dejarme ver por aquí. Que los delincuentes sepan que los hombres del rey no se olvidan de ellos. No he logrado sacar ni una palabra de los chicos del pueblo y el vicario no se ha enterado de nada de interés.
Los hombres se volvieron a mirar a Whitlock, que acababa de dejar el pastel en el suelo y se estaba quitando los pantalones.
—¿Por qué no vas abriendo ese barril, hermanito? Hace calor y voy a refrescarme un poco antes de comer. —Tiró la camisa al suelo y se acercó desnudo al final del embarcadero—. Tienes un estanque precioso, Edward.
Con movimientos ágiles y precisos, se lanzó al agua de cabeza. Whitlock poseía la combinación perfecta de fuerza y elegancia.
Darius siguió su ejemplo y se tiró tras él, mientras Ed se limitaba a chapotear con los pies en el agua, que estaba deliciosamente fresca.
—¿Siempre está tan callado? —quiso saber sir Dewey.
—Estoy oyendo una canción en mi cabeza —musitó Edward—. Una tonada traviesa con un compás de tres tiempos. Algo que un coro de hombres podría cantar en alemán.
—¿Una canción de taberna?
—Para un alemán, cualquier canción animada con un compás de tres tiempos es una canción de taberna. Y si corren la cerveza y el aguardiente, hasta una canción de misa sirve. Y a nadie le importa si el piano está afinado o no.
—Hay un piano que no está mal en la sala de reuniones, donde se celebran las asambleas, encima de las tiendas —le informó sir Dewey—. El pobre trasto está muy desafinado, pero a nadie parece importarle. Para cantar una canción de taberna serviría. Estoy seguro de que a nadie le importaría que lo usara.
—¿Por qué no se manda afinar?
—Contratar a un afinador para que venga hasta aquí por un solo instrumento sale muy caro —admitió el hombre frunciendo el cejo—. Little Weldon es un rincón apartado de la civilización, pero tienen un avanzado concepto de la economía. Casi diría que lo han elevado a la categoría de arte. Cada año me temo que vamos a acabar teniendo que aguantar a un par de violinistas durante la fiesta de verano, porque la humedad lo está perjudicando mucho.
—¿Quién se encarga de afinar su piano? —preguntó Ed, pensativo, formando círculos con los pies en el agua. Era muy agradable disfrutar del placer de remojarse los pies un precioso día de verano mientras en la cabeza una alegre melodía repetía um-papá, um-pa-pá.
—Sólo hace unos meses que me lo entregaron. Y como usted es tan generoso de enviar un afinador para que lo deje a punto en el momento de la entrega, todavía sigue sonando muy bien.
Edward levantó la mirada hacia el estanque.
—¿Por qué no vamos al agua para ganarnos ese pastel?
—No piensa afinar el piano de la sala de reuniones, ¿me equivoco? —observó sir Dewey, en voz baja—. Belmont me comentó que no había puesto un pie en la sala de música de su casa, lo que me pareció muy extraño. Usted es lord Edward Cullen, conocido por todo el mundo como el Virtuoso. Su reputación le precede, incluso en los círculos rurales que yo frecuento.
Edward observó el pastel con amargura. El precioso día de verano acababa de ensombrecerse.
—¿Desde cuándo enseñan a leer los posos del té en el ejército de Su Majestad? ¿Torturar a un vecino forma parte de las actividades de la caballería o es uno de sus pasatiempos?
—Le oí tocar una vez —explicó el hombre—. En una reunión de lord y lady Barringer el año pasado. Hubo actuaciones bienintencionadas y otras incluso competentes, y luego llegó la suya. Hasta yo sé reconocer el auténtico talento de un genio. Me compré un piano del mismo tipo que los suyos al día siguiente. Tiene un don, Cullen, y está negándoselo al mundo igual que se lo niega a usted mismo cuando no toca.
—Vaya. Puede que así sea. —Edward empezó a sacar el tapón del barril—. Ya se sabe, los artistas somos unos tipos complicados. ¿Piensa bañarse o no?
Sir Dewey sacó los pies del agua.
—Cuando esté dispuesto a tocar para nosotros, me bañaré con ustedes, ¿qué le parece? ¿Hacemos un trato?
Ed frunció el cejo, mientras sir Dewey se levantaba e iba a buscar las botas. Sabía que esa conversación traería consecuencias, que en algún momento iba a tener que afrontar asuntos como la confianza, la aceptación y el exponer las propias vulnerabilidades ante los demás, pero en esos instantes prefería centrarse en el precioso día que hacía y en la cerveza que los estaba esperando. No tenía intención alguna de torturarse a sí mismo.
Y menos cuando esa encantadora tonada alemana de taberna seguía sonando en su cabeza.
—¿Cómo van las cosas? —preguntó Abby, haciendo que Isabella se diera la vuelta para desabrocharle los corchetes del vestido—. ¿Y cómo consigues abrocharte el vestido tú sola?
—Lo hago casi por completo antes de metérmelo por la cabeza, y luego me contorsiono. Es una maniobra que he tardado años en perfeccionar.
—Conozco esa maniobra, y también comprendo por qué sueles llevar ropa cómoda. ¿Quieres que te cepille el pelo?
Isabella trató de negarse educadamente. Abby Belmont era una mujer muy ocupada. Sus hijastros tendrían ganas de hablar con ella y la comida no iba a llegar sola a la mesa.
—¿No te importa?
—Claro que no. —Colgó el vestido de Isabella en el armario y cogió un cepillo del tocador mientras su invitada se sentaba en la silla de respaldo bajo frente al espejo—. Cuando estuve casada con aquel hombre, nunca tuve doncella. Decía que era establecer un mal ejemplo de pereza y de dependencia de tus subordinados. El coronel no decía más que tonterías. Tienes un pelo precioso.
—¿Cómo lo has hecho para superarlo? —preguntó Isabella, cerrando los ojos—. ¿Cómo soportas la idea de que estuviste casada con Stoneleigh durante todos esos años, sabiendo que en muchos sentidos fueron años perdidos?
—¿Años perdidos? Supongo que las viudas sabemos mucho de eso, ¿verdad? —preguntó Abby, con cuidado—. Respondiendo a tu pregunta, mi matrimonio con el coronel fue mi primera experiencia. No conocía otra cosa y no podía comparar. Stoneleigh no era particularmente cruel, así que no lo pasé mal. Además, creo que los años que viví con él me convirtieron en una persona más independiente y resistente a los golpes de la vida.
—La independencia es un frío consuelo durante las largas noches de invierno —replicó Isabella con una sonrisa tímida.
—No sabía lo que me estaba perdiendo —le recordó su amiga—. A veces me pregunto qué haría si Axel desapareciera, especialmente ahora, con el bebé en camino y los chicos en casa. No quiero ni pensarlo. Me volvería loca de dolor y rabia.
—Sí, te vas volviendo loca poco a poco —susurró Isabella—, pero el mundo no te hace caso. Tienes que seguir levantándote por las mañanas, vestirte, peinarte y alimentarte de todos modos.
Abby se inclinó hacia adelante y abrazó a Isabella durante un rato en silencio. Ésta sintió que le afloraban las lágrimas a los ojos pero tragó saliva y se obligó a mantenerlas bajo control. Se sorprendió por la intensidad de sus emociones y por el consuelo que obtuvo en la comprensión de Abby.
Ésta se enderezó y volvió a cepillarle el cabello.
—Axel siempre lo explica diciendo que él amaba a Caroline, igual que los chicos. En cierto modo la siguen queriendo, y me parece bien que lo hagan. Guardan un baúl con sus ropas en el desván, porque aún conserva su olor.
Mientras Abby hablaba, Isabella se dio cuenta de pronto de que buena parte de sus reticencias respecto a Edward Cullen provenían de su sentimiento de culpabilidad como viuda. No era tanto por haberle ocultado información o por miedo a que se viera envuelto en sus problemas como por ese sentimiento incontrolable.
La revelación fue como un rayo de sol que atravesara un cielo encapotado. Fue consciente de que cuando amaba a Edward Cullen no estaba traicionando a Jacob. Ni siquiera cuando mantenían encuentros íntimos. Su difunto esposo habría querido que ella hallara un nuevo amor, que amara y que fuera amada, en definitiva, que fuera feliz.
¿Amar? ¿Estaba hablando de amor?
Isabella advirtió que Abby la estaba mirando con preocupación.
—Tal vez no he debido hablar de asuntos tan personales...
—Por supuesto que sí —la tranquilizó ella, devolviéndole la mirada en el espejo—. Me alegro de que lo hayas hecho. Son cosas de las que nadie habla. Todos tenemos miedo de enfrentarnos al dolor. Una no puede ir a casa del vecino y empezar una conversación diciendo: «Echo de menos a mi marido que murió hace cuatro años. ¿Puedo llorar en su hombro?».
—Deberíamos, pero supongo que no, no lo hacemos.
—Yo, desde luego, no lo he hecho. —Isabella cerró los ojos mientras su amiga seguía cepillándole el pelo.
—Tal vez acabas de hacerlo, aunque sea un poco, ahora. ¿Por qué no te metes en la bañera y dejas que te lave el pelo? Hace tanto calor que se te secará en seguida.
Isabella dejó que Abby cuidara de ella, que le lavara el pelo y le sirviera una copa de vino mientras permanecía en remojo. Y luego la envolvió en una toalla grande cuando acabó. Eran lujos que no se había permitido desde que Jacob murió.
Se preguntó si se había estado castigando sin percatarse de ello. O si sólo se trataba de una gran necesidad de estar sola para curar sus heridas en privado.
—Salgamos al balcón. Te cepillaré el pelo al sol —propuso Abby, cuando Isabella se hubo puesto la bata y los rizos húmedos le colgaban por la espalda.
Abby se superó aún más cuando mandó que subieran a la habitación queso y fruta para acompañar al vino. Pasaron un buen rato charlando sobre vecinos, jardines, recetas de pasteles y los chicos.
—Son unos hombrecitos maravillosos —manifestó Isabella, que ya había apurado su segundo vaso de vino. ¿O era el tercero?—. Nos hacen mucha compañía a todos.
—La compañía es muy importante —dijo Abby—. Me sentí sola durante mucho tiempo y acabé enferma de soledad. Ahora ya nunca me siento así.
—Gracias al señor Belmont. Es un hombre impresionante.
Abby soltó una risita sobre el vaso de vino.
—Lo es, pero tu señor Cullen no lo es menos.
Isabella sacudió la cabeza y el paisaje se difuminó y empezó a dar vueltas.
—No es mi señor Cullen. —Volvió a sacudir la cabeza y la campiña volvió a girar. Era un efecto interesante—. Creo que estoy un poco achispada.
—Sí —asintió su amiga, lentamente—, yo también. De vez en cuando no va mal. ¿Por qué no es tu señor Cullen?
—Es demasiado bueno para mí. Soy una simple jardinera, por el amor de Dios. Él es un joven rico que sin duda querrá tener hijos.
—Hijos que tú podrías darle —replicó Abby, ladeando la cabeza—. No eres tan mayor, baronesa.
—No fui capaz de llevar un embarazo a término con Jacob —confesó Isabella, sintiendo que la agradable nebulosa que la había envuelto se disolvía un poco—. Además, no soy digna de él. Tiene una posición social muy superior a la mía.
Abby dejó la copa de vino.
—¿Por qué dices esa tontería?
Isabella debería haber guardado silencio. Debería haber hecho algún comentario intrascendente y dejar que Abby se olvidara del asunto, pero cinco años de soledad y de palabras irrelevantes —o tal vez la media botella de vino— se impusieron al sentido común.
—Oh, Abby. He hecho cosas horribles de las que me avergüenzo. Nunca podría volver a casarme. Nunca.
—¿Asesinaste a tu esposo? —preguntó la joven embarazada, fingiendo indignación—. ¿Has atracado diligencias? Ya lo tengo, ¡vendiste secretos de Estado a Napoleón!
—No, no asesiné a mi ma... marido —negó Isabella, luchando contra las lágrimas que amenazaban con salir con más fuerza esta vez—. ¡Oh, maldición! —exclamó. Era lo más fuerte que se atrevía a decir, pero no era suficiente para expresar la frustración que sentía. Ni siquiera una décima parte de esa frustración—. Hice algo mucho peor y no quiero hablar de ello. Quiero estar sola.
Abby se levantó y la abrazó, rodeándola con una nube de fragancia floral muy dulce.
—No sé de qué te culpas, pero sé que, sea lo que sea, los que te quieren sabrán perdonártelo. No lo supongo. Estoy convencida, Isabella.
—Yo no soy como tú —replicó ésta, con decisión—. Yo soy yo. El señor Cullen me importa y por eso mismo no voy a involucrarlo en mi pasado.
—Pero le estás abriendo las puertas de tu presente. —Abby volvió a sentarse, mirando a su amiga fijamente—. Y espero que también acabe formando parte de tu futuro.
—No debería —murmuró Isabella—. Pero tienes razón, está en mi presente y no me veo capaz de separarme de él ahora mismo. Espero que se canse de nuestra relación y entonces no haré nada por retenerlo y todo volverá a ser como debe ser.
—Estás diciendo tonterías. No quiero dejarte aquí sola.
—Pero debes hacerlo. Los caballeros habrán acabado de bañarse ya y estarán hambrientos. Yo te agradeceré mucho que hagas que me suban una bandeja a la habitación. ¿Te importa?
—De momento, te dejo el queso y la fruta —dijo Abby, no muy convencida—, pero creo que será mejor que me lleve el vino, si has acabado.
—Sí, pero una infusión me vendría bien. No me hagas mucho caso. A veces me pongo dramática sin venir a cuento.
—No lo haré. Te excusaré ante los caballeros y haré que te suban algo para leer con la comida.
—Muchas gracias.
Abby volvió a abrazarla. Cada una de las tres veces que había estado embarazada, Isabella había sentido la misma maravillosa necesidad de dar afecto a todos los que la rodeaban. Bueno, a casi todos, porque era imposible sentir afecto por Mike ni por ninguno de sus amigos.
—Tal vez me eche un rato a dormir —sugirió Isabella.
—No me imaginé que una siesta pudiera sentar tan bien —comentó Abby, recogiendo la botella de vino—. Y no me estoy refiriendo a ese tipo de siestas, que son deliciosas y también sientan muy bien, sino a unos minutos de descanso. Mi primer marido no las aprobaba, a menos que uno estuviera enfermo o sufriera de migrañas.
—Qué hombre tan fastidioso debía de ser. Y menudo contraste con el señor Belmont.
—El señor Belmont siempre me anima a que me eche la siesta cuando estoy cansada —admitió Abby con una sonrisa felina.
—Largo de aquí —le ordenó Isabella también sonriendo, señalando hacia la puerta—. Lárgate de una vez. Ah, y muchas gracias. Por la visita, el vino y la intimidad.
Aunque cuando Abby la dejó sola, Isabella no durmió. De hecho, tardó bastante rato en dejar de llorar.
