Capítulo 10

—Durante la comida tenías la misma expresión que se te ponía antes cuando pasabas demasiado tiempo lejos del piano —comentó Whitlock mientras él y Ed se hacían con el tablero de cribbage, una manta y una pequeña cesta de pícnic.

—Estoy preocupado —reconoció éste—, pero no tiene nada que ver con melodías. —Ojalá se tratara de eso y no de la alarmante conversación entre Isabella y Abby que había oído sin querer mientras estaba en el balcón, separado de ellas sólo por un rosal trepador. ¿Qué demonios podía haber hecho la baronesa Roxbury que fuera peor que asesinar a un marido?

»¿Cuál es el peor crimen que se te ocurre? —le preguntó Ed a Jasper, mientras registraban los cajones y armarios de la biblioteca de Axel buscando una baraja de cartas.

—¿Lo peor? ¿Hablamos de una cuestión de honor? —Whitlock observó a su hermano con curiosidad—. Supongo que traicionar a Winnie. Es una niña y, como tal, está más indefensa y depende más de mí que la condesa.

—Pero ambas son tuyas —repuso Cullen, señalando hacia una baraja cerca de donde estaba Whitlock—. Ya me entiendes. Es una manera de hablar.

—Te entiendo. Pero Winnie es un ser muy frágil. Fue el Todopoderoso quien la puso en mis manos para que me ocupara de ella en todos los sentidos: su salud, su felicidad, su educación, su bienestar espiritual...

—¿Te sientes abrumado? —Edward sonrió, comprensivo.

—Un poco, pero me apoyo en Alice y en Winnie. Nos las arreglaremos.

—¿Qué pasará con el título si no tenéis un hijo varón?

—Pasará al hijo mayor de Winnie, incluso si tengo un hijo varón con Alice.

Edward clavó la mirada en Jasper, tratando de decidir si estaba bromeando.

—¿Hablas en serio?

—Nunca he hablado más en serio —respondió Whitlock, haciendo un gesto a su hermano para que lo siguiera y saliendo de la biblioteca—. El duque vio los borradores de las letras patentes y supo desde un principio que yo no quería el condado. Finalmente acepté el título, pero con la condición de que a mi muerte pasaría a mi hija adoptiva, nuestra querida Bronwyn, quien en realidad es la descendiente directa del antiguo poseedor del título. Y ella, a su vez, lo pasará a sus descendientes.

—¿Y a qué tuviste que renunciar para conseguir que Moreland aceptara tus condiciones? —preguntó Edward, al llegar a la cocina.

—No tuve que renunciar a nada. —Dejó el botín que habían reunido sobre la encimera y se dirigió a la panera, de donde extrajo dos magdalenas de buen tamaño—. El duque sabía que yo no quería un condado, así que, a pesar de la insistencia de la duquesa para que me concedieran uno, pensó en esta solución. Fue idea suya. En las letras patentes se añadieron unas líneas donde se especifica que el título pasará a mi primogénito (de cualquier género) en vez de a mi primer hijo varón legítimo. ¿Por qué te cuesta tanto creer que el duque pueda actuar de manera noble, sin subterfugios?

—Sé que puede hacerlo —dijo Edward, tranquilamente—. Se ha comportado de manera más que noble con Rosalie, pero tiene tendencia a perseguir los objetivos que más le convienen.

—Es cierto que el duque se obsesiona con lo que desea —reconoció Whitlock, que envolvió las magdalenas en un paño de cocina limpio y las metió en la cesta—. Es un hombre que persigue lo que busca con perseverancia, sin rendirse nunca ni pensar en el precio que va a tener que pagar por conseguirlo. No le importa sacrificar su comodidad ni su tranquilidad de espíritu. Veo que te molesta mucho ese rasgo de su carácter.

Había algo muy irritante en las palabras de Whitlock. Suponía que era el tono de hermano mayor que estaba empleando. Parecía que pensara que él no entendía algo muy obvio.

—No utilizaría la palabra «molestar» —replicó Edward, frunciendo el cejo. ¿A qué demonios se debía de estar refiriendo su hermano?—, pero tiene una manera de actuar que resulta frustrante. Desde que sufrió el ataque al corazón es un poco más... humano. Me alegré mucho de que hiciera las paces contigo y con Emmett, pero él y yo nunca hemos tenido gran cosa en común.

Whitlock ladeó la cabeza y lo miró sonriendo con ironía.

—Querido hermano, ¿quieres decirme cómo puede alguien tener algo en común contigo si nos mantienes a todos a distancia? Dejaste de montar a caballo conmigo cuando aún eras un crío; has mantenido tus negocios escrupulosamente alejados de Emmett; apenas ibas a ningún sitio con Bart o con Victor. Te limitabas a acompañar a nuestras hermanas a todas partes. Y llevas casi toda la vida pegado a ese piano.

—Diría que esta discusión ya la hemos tenido antes. ¿Te sentirás muy ofendido si cambio de opinión sobre la partida de cribbage? —Su tolerancia a los interrogatorios fraternales tenía un límite.

—Por supuesto que no. Cambiaré de víctima. Le daré una paliza a Belmont, o a alguno de los mozos. O tal vez me eche una siesta debajo de algún árbol. Vete a buscar a tu dama. Te has pasado toda la comida añorándola.

—¿Tan obvio te ha resultado? —preguntó Edward, frotándose la cara con las manos.

—Llevamos un tiempo apartados, pero sigues siendo mi hermano y reconozco estas cosas. Hay pastel en la panera. Llévale un trozo.

—Un trozo para compartir, con un único tenedor.

—Así se hace, muchacho. Ah, y ¿Ed?

Éste, que ya se había hecho con un cuchillo para cortar el pastel, se volvió hacia Whitlock.

—El lunes, en cuanto os haya dejado sanos y salvos en Little Weldon, me marcharé. Voy a estar preocupado por ti hasta que no se descubra al culpable del sabotaje, pero no puedo quedarme más tiempo y ya sabes que Emmett está ocupado cambiando pañales. Me gustaría que consideraras la posibilidad de contarle al duque lo que está pasando. Necesitas a alguien que te cubra las espaldas.

Edward inspiró profundamente, asintió y se marchó.

Mientras recorría las habitaciones de la casa, trataba de averiguar qué era exactamente lo que lo había alterado de su conversación con Whitlock, pero no era capaz de identificarlo. El duque de Moreland era un aristócrata de la vieja escuela: autoritario, sibarita y que se creía por encima de los demás. Definirlo como una persona prepotente era quedarse muy corto.

Apartó a su padre de sus pensamientos al acercarse al dormitorio de Isabella. Se preguntó si debía molestarla. Al fin y al cabo, no podía decirle: «Perdona, ¿qué crimen has cometido? Es que me gustaría saberlo antes de cortejarte en serio».

¿Quería cortejarla en serio?

Al darse cuenta de que llevaba observando la misma página durante media hora, Isabella se rindió y dejó el libro a un lado. Era un libro de poemas de Catulo y Safo. ¿En qué estaba pensando Abby? Como si un libro de poemas amorosos fuera a consolar a una pobre baronesa viuda. No iba a dejarse llevar por el sentimentalismo. No se lo podía permitir. Pero entonces, ¿por qué había dejado que la idea de que se estaba enamorando de Edward Cullen se abriera camino en su cabeza?

La respuesta le llegó en forma de nueva revelación: porque era la verdad. Lo amaba a pesar del poco tiempo que hacía que lo conocía, a pesar de la diferencia de situación económica y social. Encontró un cierto consuelo al reconocerlo. Sabía que era una verdad incómoda y poco sensata, pero era la verdad. Admitirlo fue como contárselo a un amigo en quien puedes confiar. Amaba a Edward Cullen y, por lo tanto, sólo quería lo mejor para él. Cuando llegara el momento de la separación, se apartaría de su lado discretamente, con elegancia y trataría de sentirse agradecida a la vida por el regalo que le había hecho al ponerlo en su camino aunque hubiera sido por poco tiempo.

Porque el amor era eso, hacer lo mejor para el otro. Y cuando el amor era el motor de tu vida, hacer lo correcto se convertía en la única posibilidad. Dejaba de ser duro y difícil. Dejaba de ser demasiado para las propias fuerzas para pasar a ser, simplemente, lo que había que hacer.

Un golpecito en la puerta la sacó de sus cavilaciones. Sólo había logrado acercarse al borde de la cama cuando ésta se abrió, revelando al objeto de sus pensamientos.

—Estás despierta. —Edward sonrió y el corazón de Isabella le dio un brinco en el pecho. Era la viva imagen de la pulcritud, sin dejar por ello de ser un delicioso ejemplo de masculinidad. Sus ojos transmitían ternura. Era como si le estuvieran dando la bienvenida. El corazón de Isabella se aceleró sin que pudiera evitarlo.

—He dormido un poco. Abby trajo una botella de vino blanco y la estuvimos compartiendo mientras charlábamos. Era un vino delicioso, pero no estoy acostumbrada.

—Y cuando hace calor, uno siempre tiende a beber más de la cuenta y más de prisa de lo que es recomendable —apostilló Edward, sentándose a su lado—. Te he echado de menos durante la comida.

—Y yo he echado de menos la comida —replicó ella, bajando la mirada para que no viera que hasta esas sencillas y amables palabras lograban ruborizarla—. ¿Es pastel eso que llevas ahí?

—Sí, el vino no te ha nublado la vista —bromeó él, dejando el pastel en la mesilla de noche—. ¿Quieres seguir durmiendo? Había pensado que podríamos ir a sentarnos junto al estanque.

—Buena idea. —Isabella iba a disfrutar al máximo del tiempo que le quedara a su lado. Luego tendría que conformarse con disfrutar de los recuerdos que hubieran compartido—. Pero comámonos el pastel aquí. Así tendremos que cargar con menos cosas.

Edward asintió con solemnidad.

—Sí, es importante tenerlo en cuenta. Se me han ocurrido unos cuantos nombres más —dijo Edward, cogiendo el pastel en una mano y la muñeca de Isabella con la otra y arrastrándola hasta el balcón.

—¿Nombres? ¿De qué estás hablando? —Isabella lo siguió con gusto. El balcón quedaba a la sombra. Se estaba fresco y era un lugar mucho más seguro que la cama.

—Picha —respondió Edward, dejando el pastel en la mesa de mimbre—. Cipote, manubrio. Y he oído que algunos lo llaman serpiente.

Isabella se echó a reír, sin atreverse a mirarlo a la cara.

—Veo que has dedicado horas a documentarte.

—No creas, lo único que hago es memorizarlas cuando alguien las dice a mi alrededor para poder informarte luego. ¿Y tú? ¿A qué has dedicado las horas, señora Black?

«A pensar en el pasado», hubiera querido decirle, pero si quería construir recuerdos felices con Edward ese día no iba a poder ser honesta.

—A pensar en verduras y hortalizas —improvisó—. ¿Cuál es tu preferida?

Edward cortó un trozo de pastel con el tenedor y lo sostuvo ante la boca de Isabella.

—Durante la comida, mis favoritos han sido los espárragos con salsa holandesa, aunque los pimientos rIsabellaos de patatas y salchichas también estaban muy buenos.

—¡Vaya, eres un sinvergüenza! —A la joven se le hizo la boca agua al pensar en semejantes manjares, incluso cuando él le puso un trozo de pastel en la boca.

—No lo sabes bien. —Le dio el tenedor y la provocó con la mirada.

Quería que le diera de comer a él. Isabella sintió como si un relámpago le recorriera el vientre. De repente, el pastel que tenía en la boca le pareció más dulce, más rico, más agradable al paladar. Aceptando el tenedor, le ofreció un trocito. Él lo atrapó y cerró los labios y los ojos mientras ella retiraba el cubierto.

—Delicioso.

—¿Cómo lo haces? —preguntó Isabella, devolviéndole el tenedor.

—¿El qué? —la provocó, entornando la mirada—. ¿Comer pastel?

—Eres capaz de convertir un momento cotidiano en una experiencia apasionante. Usas la pasión, la sutileza y la complejidad de los sentimientos de los que no se habla en voz alta. Es como si estuviera caminando en aguas poco profundas y de repente dejara de hacer pie. Y al mirar hacia abajo viera que el fondo ha desaparecido por completo.

—Me gusta la analogía. —Ed le dio otro pedacito, empezó a retirar el tenedor, se detuvo y acabó de retirarlo del todo—. Pero no puedo atribuirme el mérito. Me sale de manera inconsciente. Es como hacer el amor o componer música. Supongo que forma parte del temperamento artístico. Cojamos una manta y estos libros y vayamos a buscar un sitio tranquilo a la sombra, lejos de miradas indiscretas.

A Isabella ni se le pasó por la cabeza negarse. Dejó que la guiara a paso relajado hasta un lugar al lado de un arroyo donde el aire era algo más fresco; el fondo de dicho arroyo era de arena fina, perfecta para meter los pies.

Cullen le leyó fragmentos de una novela de Jane Austen, que resultó ser más entretenida de lo que esperaba; luego echó una cabezadita a su lado y al despertarse, la besó varias veces. La tarde fue pasando dulcemente, sin hacer nada, hasta que Isabella oyó la voz de Ed al oído.

—Cariño —le dijo, abrazándola por detrás y besándole el cuello—. No me digas que no llevas pololos.

—Hace demasiado calor —replicó Isabella, sonriendo al oír sus traviesas palabras.

—Puede que tengas razón. —La mano de Edward se deslizó hacia arriba siguiendo la línea de su pierna y levantando el vestido al mismo tiempo—. Puede que haga demasiado calor hasta para la ropa que llevas.

—¡Edward! —lo reprendió ella, abriendo los ojos—. Es de día y estamos a la vista de todo el mundo. ¿Quieres hacer el favor de portarte bien?

—¿Por qué? Portarse mal siempre es más divertido. Y a la luz del día, mucho más. Además, no te estoy pidiendo que te quites la ropa, sólo que me dejes que la aparte un poco.

—¿Conque era esto lo que querías desde que llegaste a mi habitación? —preguntó Isabella, tratando de mirar por encima del hombro para verle los ojos.

—¿Quieres que te responda con sinceridad? —Edward la miró con solemnidad—. Éste ha sido mi objetivo desde la primera vez que te besé. Y sí, me estoy refiriendo al beso de hace un año o más. Túmbate, Isabella. —Su voz se había vuelto más grave y sus caricias más convincentes—. Quiero darte placer.

—Pero no era seguro todavía, ¿no? ¿Acabarás... fuera? —Se sintió orgullosa de poder hablar con él de esos asuntos tan escandalosos. Aunque con él no le parecían escandalosos, sólo muy íntimos. Maravillosamente íntimos.

—Sí, acabaré fuera, aunque me cueste —la tranquilizó, dirigiendo la mirada hacia donde su mano estaba acariciando la rodilla de la joven—. La semana ha sido muy larga, amor mío, y aunque me encanta abrazarte y hablar contigo, quiero darte placer ahora que tenemos la oportunidad.

¿En qué estaba pensando? Isabella no se lo podía imaginar, aunque trataba de leer sus intenciones en el modo en que los ojos de Ed seguían el recorrido de su mano, que en esos momentos le estaba acariciando la cadera. La estaba mirando como si sus ojos pudieran ver a través de la tela del vestido, como si pudiera tocarla con la mirada.

Resultó que lo que estaba pensando tenía que ver con su boca, su preciosa, seductora, traviesa y experta boca y la parte más íntima de Isabella. A pesar de la sorpresa y de lo escandaloso de la situación, no podía negar que Edward mantenía su palabra: le dio placer.

Minutos después, con la ropa todavía revuelta, Isabella trató de recuperar el aliento mientras él revolvía en la cesta, se servía un refresco y, tras beber un poco, le ofreció la taza a Isabella.

—Es sidra —le aclaró—. Dulce, como tú.

—Santo Dios. —Isabella levantó la cabeza lo suficiente para tomar un sorbo de la taza que Edward le ofrecía—. Dios del cielo... ¿Dónde has aprendido a hacer estas cosas?

Edward se tomó sus palabras como prueba de que el querido Jacob no había hecho «esas cosas», al menos no con ella. El hombre había sido un auténtico idiota, un botarate, un mentecato por no haber sabido apreciar el regalo de tener una esposa apasionada y generosa.

«Esposa.» El concepto prendió como una flecha ardiendo en la leña seca que era la imaginación de Edward, pero logró arrancársela y rociarlo todo con el agua fría del sentido común. Ya volvería a planteárselo más tarde cuando estuviera a solas. Otra vez. Últimamente parecía no pensar en nada más.

Cullen sonrió, mirándola de arriba abajo. Ella seguía tumbada en la hierba, en todo su destartalado y saciado esplendor.

—Deja que te abrace. Y no, no te coloques la ropa todavía. Ya lo haré yo, pero no hay prisa.

Pero en vez de ayudarle con la ropa, la volvió de lado y la abrazó por detrás.

—Duerme —le dijo, buscándole un pecho con la mano y sosteniéndolo con delicadeza.

Isabella dejó de resistirse y se relajó entre sus brazos. No le había pasado por alto la satisfacción en la voz de Edward.

Él la protegió en la curva de su cuerpo y volvió a preguntarse qué crimen peor que el asesinato podía haber cometido una criatura tan inocente.

La cena del sábado por la noche fue muy animada. Phillip y Dayton fueron la fuente principal de entretenimiento, al contarles a sus padres algunas de las aventuras y peripecias de la semana que habían dejado atrás.

Al acabar de cenar, Abby se levantó de la mesa.

—Isabella, ¿me acompañas a tomar una infusión en la terraza trasera?

—Claro, será un placer —respondió ella, con una sonrisa sincera—. El día había estado lleno de emociones, pero la tarde y lo que llevaban de noche habían sido muy agradables. Una infusión en buena compañía sería un broche perfecto para la jornada. Los caballeros se levantaron y se dirigieron a la biblioteca mientras las mujeres salían de la casa, agarradas del brazo, hablando entre ellas.

—No has comido mucho esta noche —observó Isabella—. ¿Es por el embarazo?

—A veces me mareo un poco —admitió Abby—. Luego se me pasa, y una hora más tarde merodeo por la cocina como un lobo hambriento.

—Las infusiones de menta ayudan. Al menos a mí me ayudaban.

—No sabía que hubieras estado embarazada. ¿No te importa que pida que nos preparen una menta?

—Claro que no —la tranquilizó Isabella, sentándose en un balancín de mimbre—. Después de una comida tan copiosa, me vendrá bien.

Su amiga se sentó frente a ella en otro balancín, y se alisó las faldas.

—Entonces, ¿perdiste un bebé?

En el silencio que siguió a la pregunta, Isabella no se atrevió a levantar los ojos. Podía murmurar alguna vaguedad, alguna de esas frases hechas que te salvaban de las situaciones incómodas: «Fue hace mucho tiempo», «Se ve que no tenía que ser», «Estas cosas están en manos de Dios»...

Pero ése era precisamente el problema. Que no era Dios quien había tomado la decisión de que sus bebés no llegaran a este mundo.

—No, perdí tres —confesó Isabella, en voz baja y llena de amargura—. Los tres durante los primeros meses de gestación. Lo pasaba muy mal durante los embarazos. Casi todo lo que comía, lo echaba luego. Sobrevivía a base de infusiones de menta. —O lo que había creído que eran infusiones de menta, que Dios la ayudara.

—Vaya, querida Isabella —se lamentó Abby, tomando la mano de su invitada entre las suyas—. Lo siento. Lo siento muchísimo.

—No debería habértelo contado. No puede ser bueno oír estas historias en tu estado.

—No son historias. Forman parte de la vida —replicó Abby—. La primera esposa de Axel perdió dos bebés. Me contó que ésa fue, de todas las malas experiencias que superaron juntos, la que más la afectó. Él no sabía cómo consolarla. Ésa fue la causa de que, en siete años, sólo tuvieran dos hijos. A él le habría encantado tener una niña.

Isabella alzó la mirada hacia su anfitriona.

—Y lo único que quieres tú es tener un bebé sano que logre llegar a la edad adulta y que sea feliz.

—Pues sí —admitió Abby. Ambas mujeres guardaron silencio mientras compartían unos momentos de perfecta comunión femenina—. No hago más que rezar pidiéndoselo a Dios, y sé que Axel también lo hace. Pero deja que pida las infusiones y después podemos contemplar cómo sale la luna mientras hablamos de cosas más agradables.

Con esas palabras, Abby daba por zanjado el asunto y Isabella se lo agradeció mucho. No había hablado del tema con nadie, pero Abby se estaba convirtiendo en una amiga y cinco años era demasiado tiempo para pasarlo sin un solo amigo en quien confiar.

—Lo vas a necesitar —dijo Axel, ofreciéndole una copa de brandy a Edward.

—No te diré que no —replicó éste—. Nick me ha contado maravillas de tu comida, tu bodega y tu hospitalidad. Y hasta ahora, no ha exagerado.

—La conversación que tenemos que mantener no va a resultar agradable. —El botánico se sirvió una copa para él mientras hablaba—. Me temo que tengo que poner en entredicho el honor de una dama. Presuntamente.

—Y yo me temo que no vamos a hablar de Abby. ¿Me equivoco? —preguntó Edward, dejando la copa sobre la mesita auxiliar.

—Déjame sitio. —Su amigo se sentó a su lado en el sofá, frente a la chimenea, y empezó a quitarse las botas—. Puedes quitártelas tú también si te apetece. Sé que te has bañado hoy... y tengo dos hijos. —Guardó silencio unos momentos, con la mirada fija en el líquido ambarino—. Abby y Isabella también compartieron una botella de vino de mi bodega hace unas horas. Isabella le hizo unas confidencias a Abby y ella las ha compartido conmigo.

—Escuché sin querer parte de esa conversación, ya que las damas estaban en el balcón igual que yo —confesó Edward, mientras Axel dejaba las botas en el suelo—. Y eso no es todo. Isabella recoge los alquileres de la finca a través del procurador y luego los ingresa íntegros en una cuenta bancaria en Londres. Como titular de la propiedad, ella es la encargada de realizar las mejoras que necesite la finca, y como sabes, no ha hecho ninguna.

—¿Qué está haciendo con el dinero? ¿Para qué lo querrá? —se preguntó Axel, echándose hacia atrás en el sofá con un suspiro de alivio—. ¿Acapararlo para huir a Francia o a Italia?

—Podría ser, aunque se me ha ocurrido que tal vez alguien le esté haciendo chantaje.

Axel asintió, coincidiendo con Edward en que era una posibilidad que había que tener en cuenta.

—Por su terrible crimen, peor que asesinar a su marido, a quien se suponía que amaba.

—Estoy seguro de que lo amaba, igual que él a ella. Deberían haber seguido viviendo felices para siempre. Por mucho que lo intento, no logro imaginarme a Isabella como una asesina.

—No, yo tampoco. —Belmont dio un trago—. Pero no estaría de más que hicieras algunas averiguaciones. Podrías empezar investigando si el dinero sigue en la cuenta de Londres. Con eso sabrás si está ahorrando o si alguien la está extorsionando. En cualquier caso, su comportamiento parece estar motivado por la culpabilidad. Es evidente que se siente culpable de algo, aunque yo tampoco puedo imaginármela matando a nadie.

—¿Por qué no? —Edward dejó que el licor le quemara la garganta poco a poco. El fuego del brandy le ayudaba a resistir la necesidad de acabar esa penosa conversación, salir huyendo y tocar música rápida y complicada hasta altas horas de la madrugada.

—Le gusta sembrar —respondió Axel, contemplándose los pies—. Hace crecer cosas, no las destruye. Cada vez que veo sus jardines, me asalta la misma sensación de exuberancia. Sus flores no se limitan a crecer. Lo hacen con fuerza, con ganas, de un modo esplendoroso. Y siempre que he oído hablar de su matrimonio con sir Jacob, la impresión que me he llevado ha sido la misma, que el hombre disfrutaba de los cuidados de Isabella y vivía feliz a su lado.

A Edward no le gustaba oír eso.

—¿A qué te refieres?

—Cuando alguna vez me lo encontraba en el club, nunca se entretenía. Siempre que tenía gestiones en la ciudad, se apresuraba por hacerlas lo antes posible para volver junto a su esposa. Ni siquiera vino a jurar su cargo cuando ella estaba en estado de buena esperanza. Faltaban meses para el feliz acontecimiento, pero permaneció junto a ella, en el campo.

—¡Demonios! —«¿Isabella había estado embarazada?»

—Nunca invitaban a nadie a pasar los veranos con ellos —siguió rememorando Belmont—. La explicación que Roxbury daba era que prefería dedicar el tiempo a disfrutar de su esposa. No cabe duda de que él estaba enamorado y la sensación que daba era que su mujer le correspondía, que estaba contenta de haberse casado con él. Tú la conoces mejor que yo —añadió, alzando la copa en dirección a Cullen—. Si lo amaba, dudo mucho que acabara con su vida.

—Pero pudo causar su muerte de manera involuntaria. Tal vez le dio una dosis de láudano sin saber que alguien le había dado otra antes, o algo por el estilo.

—Un error. —Axel asintió—. Comprendo que quieras creer eso. Yo también quiero creerlo. En realidad, el único motivo por el que te he contado todo esto es porque creo que Isabella necesita un amigo.

—Soy su amigo. Quizá el único que tiene.

—Y precisamente como amigo suyo que eres, debes hacer esas averiguaciones. Investigar adónde va a parar ese dinero. Tal vez también escarbar un poco en el asunto de la muerte de su marido.

—Entiendo. —Aunque odiaba la idea de rebuscar en el pasado de Isabella sin su conocimiento ni su consentimiento—. ¿Alguna idea sobre cómo sacarle información a un procurador leal?

Axel resopló.

—¿Leal a quién? No a la baronesa viuda, de eso no me cabe duda. Pero si los procuradores que controlan las finanzas son los mismos que tenía el antiguo barón, quizá los criados también sean los mismos. Puedes probar con ellos, a ver qué recuerdan.

—O enviar a alguien para que hable con ellos —dijo Edward, pensando en una persona en concreto—. Pero, antes de empezar a violar la intimidad de Isabella sin dejar piedra por levantar, ¿no debería pararme a pensar por qué lo estoy haciendo?

—Porque estás enamorado de ella. —Belmont se dejó caer un poco más hacia atrás en el sofá, sujetando la copa sobre el regazo—. Y aunque no lo estuvieras, no está en tu naturaleza hacer caso omiso de una damisela en apuros.

—Puedo hacerlo perfectamente. Te olvidas de que tengo cinco hermanas.

—Cuando hablo de estar en apuros, no me refiero a haber perdido la cinta del pelo. Whitlock me ha contado lo mucho que cuidaste de Winnie el invierno pasado, casi sin separarte de su lado. Y Nicholas decía que adorabas a la pequeña Rose.

Nicholas y sus malditos chismes.

—Reconozco que me preocupo por los más débiles, pero pregunta a cualquier hombre con cuatro hermanos mayores y estoy convencido de que te dirá lo mismo.

—Eres noble, que es distinto —replicó Axel—. No toleras las injusticias, y eso es una cualidad en cualquier hombre, sea el primogénito o el benjamín.

—Cuéntaselo a Moreland —murmuró Edward, antes de beber un buen trago de brandy.

—Creo que ya lo sabe. —Axel bostezó—. ¿Harás algo respecto a Isabella?

—Sí. ¿Sabes si alguien podría llevar un mensaje a Londres esta noche?

El botánico miró por la ventana antes de responder.

—Ya ha salido la luna. No creo que a Wheeler le importe. ¿Te puedes permitir meterte en esto con los gastos que ya tienes?

Edward sonrió. Conocía a Axel y sabía que su pregunta se debía a la preocupación, no a un deseo de ofenderlo.

—Eres un buen amigo, Axel Belmont, y un hombre valiente. Comparado con todo el dinero que he invertido en la propiedad, esta investigación será una minucia. Y sí, puedo permitírmela. No sólo he fabricado unos cuantos pianos para las salas de música de las casas de la buena sociedad. También he importado bastantes instrumentos antiguos y muy valiosos de Francia. Napoleón ha dejado a muchas familias en la ruina, así que he podido comprar muy, muy barato y vender a muy buen precio.

—¡Vaya, el comercio! —exclamó Axel con una sonrisa—. Nadie quiere admitirlo en voz alta pero puede ser muy divertido.

—Divertido y provechoso. Además, me encargo de que esos instrumentos tan valiosos encuentren un hogar donde sean apreciados, los cuiden y, con un poco de suerte, hasta los toquen.

—Eres muy astuto —dijo Axel, mirándolo con respeto—. Whitlock me dijo que tu capacidad para los negocios no tenía nada que envidiar a la de McCarty. Ya veo que no me engañó.

—Puede, pero mi campo de acción es más limitado.

—No lo creo —replicó, levantándose. Se acercó al escritorio y le preparó el papel, la tinta, la pluma y la arena de secar—. Dejaré que te ocupes de la correspondencia mientras aviso a Wheeler para que vaya ensillando algún caballo.

—Gracias. —Edward se sentó tras el escritorio sin hacerse de rogar.

—¿Ed? —Axel se había detenido en la puerta—. No puedo quitarme de la cabeza la idea de que hay una relación que se nos escapa.

—¿Una relación? ¿Entre qué y qué?

—Entre el sabotaje de la finca y los problemas de Isabella. Parece que hay alguien empeñado en sabotear tanto tu futuro como el suyo. No logro encontrar la conexión, pero siento que la hay.

—A mí me pasa lo mismo. Veré qué puedo averiguar.

Tras escribirle una nota a Benjamin Hazlit y entregarla para que se la hicieran llegar a su dirección de Londres, Edward se quedó un buen rato sentado, reflexionando sobre las últimas palabras de Axel. Conocía la sensación de que alguien te estuviera saboteando el futuro y no era fácil de tolerar.

Isabella se despertó al oír cómo se cerraba la puerta de la habitación con mucho cuidado.

—Está a punto de caer una tormenta —anunció Edward en voz baja, apenas un susurro—. Quería estar contigo, pero vuelve a dormir.

—Puedo enfrentarme sola a una tormenta, Edward, no hace falta que me hagas compañía —replicó Isabella, pero hasta ella se dio cuenta de que había crispación en su voz. Intercambiar confidencias con Abby esa noche le había hecho reflexionar y percatarse de que se había enfrentado sola a muchas tormentas. Y que no le gustaba hacerlo.

—Tal vez sea yo quien no puede —dijo Edward, levantando las sábanas y metiéndose en la cama con ella—. Déjame sitio y date la vuelta para que te abrace, descarada.

—¡Cómo sopla el viento! —Isabella se acercó más a él. No le preocupaba la nieve que se apilaba en el jardín en invierno, ni la lluvia tan copiosa que caía, pero la fuerza del viento durante las tormentas de verano le daba miedo, aunque nunca se lo hubiera confesado a nadie.

—Conmigo estás a salvo —la tranquilizó Edward, besándole la coronilla—. ¿Me crees?

—¿A salvo? —Ella frunció el cejo en la oscuridad, acurrucándose un poco más entre sus brazos—. ¿A salvo de qué?

—No dejaré que nada ni nadie te haga daño, Isabella. Y ahora, duérmete.

Qué declaración tan extraña, y qué maravilloso descubrir que Edward estaba tan desnudo como ella.

—¿Cómo puedo estar segura entre los brazos de un tigre?

—Los brazos de un tigre son el lugar más seguro para una tigresa. El único peligro que corre es el de no poder dormir en toda la noche.

Isabella guardó silencio mientras el viento ganaba velocidad y la lluvia empezaba a golpear los cristales con fuerza. La oscuridad y el hecho de que Edward hubiera acudido a ella hicieron que se sintiera atrevida.

—¿Puedo pedirte una cosa, Edward?

Él dejó de acariciarle la sien con la nariz.

—Puedes pedirme lo que quieras, Isabella. Eso es parte de lo que significa estar a salvo en compañía de otra persona. También estás a salvo en mi estima.

Ella se volvió hacia él y le susurró al oído:

—¿Puedo darte placer con la boca? —Para que no le quedaran dudas sobre lo que le estaba pidiendo, deslizó la mano sobre su torso liso y cálido, hasta su vientre. Tras acariciarle el miembro con suavidad, lo rodeó con los dedos—. He estado pensando en ello desde nuestro encuentro en el arroyo de esta tarde. No puedo quitármelo de la cabeza.

—¿Con... la... boca?

Isabella se acercó un poco más a él.

—¿Es malo? ¿No debería pensar en algo así?

No se habría atrevido a pedirle tal cosa a plena luz del día. Notó que la erección de Edward iba creciendo por momentos en su mano, mientras que el resto de su cuerpo estaba petrificado.

—No, no es malo. Nada de lo que compartamos en la intimidad es malo, Isabella, pero es algo que ningún hombre decente espera escuchar de labios de una mujer.

Isabella reconoció dudas en su voz, pero las dudas no eran lo mismo que la censura, el asco o el escándalo.

—Cuando estábamos junto al arroyo, Edward, me sorprendiste pero disfruté mucho. ¿Por qué me diste placer con la boca? Estoy segura de que ninguna mujer decente lo espera tampoco.

Él le rodeó la nuca con una mano y le sujetó la barbilla.

—Confiaste en mí. No dejaste que la timidez le ganara la partida a la curiosidad, y quería darte placer. —Guardó silencio unos instantes, mientras los dedos le recorrían los rasgos de la cara, como si estuviera trazando el mapa de los mismos en la penumbra—. Disfruté muchísimo dándote placer, Isabella.

Cuando Edward volvió a detenerse, Isabella le acarició el miembro que no dejaba de crecer bajo las sábanas. Tal vez lo que le estaba pidiendo era depravado, pero le costaba asociar el concepto de depravación a algo tan placentero y que le había proporcionado una sensación de intimidad tan grande con él. O con la ternura que le inspiraba el hombre que había ido a su encuentro en mitad de una tormenta.

Cullen apartó las sábanas y se tumbó de espaldas, señalándole con un gesto grandilocuente que estaba dispuesto a saciar su curiosidad.

—Gracias, Edward. —Isabella hundió la cara en su pecho, aspirando su aroma para reunir el valor que necesitaba. Esa vez no le dio instrucciones, ni avisos, ni consejos sobre reglas y pellizcos. Llegó a la conclusión de que había decidido seguir su ejemplo y confiar en ella.

Isabella se acercó un poco más a su objetivo y apoyó la mejilla en el vientre de Edward. Su olor allí era distinto. Igual de limpio pero más masculino. Con la mano, guió el miembro hasta su boca y le pasó la lengua con delicadeza sobre la piel más suave del glande.

Bajo la mejilla notó que el vientre se le tensaba y luego lo oyó suspirar. Tal vez iban a tener que intercambiar unas palabras al fin y al cabo.

—Si hago algo mal, dímelo por favor.

—No harás nada mal —la tranquilizó él, acariciándole el cabello y dejando descansar, a continuación, la mano sobre su nuca.

Isabella volvió a lamerlo y luego se entregó a la exploración, descubriendo las distintas texturas del miembro masculino y aprendiendo su contorno desde una perspectiva maravillosamente íntima y sensible. Lo humedeció con su lengua de arriba abajo y después lo rodeó con los dedos y usó la mano al mismo tiempo que la boca.

Sentirlo cada vez más excitado, más duro y más caliente, tanto en su mano como en su boca, estaba empujando a Isabella más allá de la curiosidad y de la necesidad de darle placer. Ella también se estaba excitando. Tomándolo más profundamente en su boca, estableció un ritmo parecido al que él había usado con ella, mientras el deseo iba circulando por sus venas.

—Isabella, voy a derramarme. —Ella lo oyó, aunque apenas reconoció la voz de su amante en ese susurro ronco que le llegó amortiguado por una nebulosa de deseo y excitación. Al identificar la desesperación en su voz, no sólo no se apartó sino que lo succionó suavemente a ritmo con el movimiento de la mano.

»Isabella... Por Dios...

Edward le sujetó la mandíbula y, tras separarse de ella con suavidad, se agarró el miembro firmemente con la mano, por encima de la suya. La fuerza de su brazo la sorprendió, así como sentir su semilla caliente brotando de su cuerpo sobre sus dedos entrelazados. Era escandaloso, pero más que eso, era algo muy... íntimo.

Cuando el orgasmo acabó, Isabella permaneció sin moverse, con las manos aún unidas alrededor de su miembro y la cabeza apoyada en su pecho. Se relajó sintiendo el ritmo de su respiración, mientras la erección iba desapareciendo y la ternura que sentía hacia él crecía tanto que amenazaba con abrumarla.

¿Sería eso lo que él sentía cuando le daba placer? ¿Sería esa sensación de confianza y comunión tan preciosa para él como lo era para ella?

—Necesito abrazar a mi tigresa. —Isabella detectó algo nuevo en su voz. Además del afecto, le pareció que le hablaba con admiración.

Isabella se liberó con suavidad de su abrazo, buscó a su alrededor hasta que encontró un pañuelo en la mesilla de noche y lo limpió con el mismo cuidado con que él la había limpiado a ella.

—Y tu tigresa también necesita que la abraces. —Arrojó el pañuelo al suelo y se acurrucó a su lado, cubriéndole las caderas con una pierna como si quisiera protegerlo con su cuerpo.

—Gracias, tigresa —susurró Edward, rodeándole los hombros con un brazo.

Isabella sintió la suave caricia de sus labios en el pelo. Mientras en el exterior la tormenta seguía rugiendo, bajo las sábanas se sentía caliente y segura, satisfecha con su tigre y consigo misma a la vez.

El ritmo regular de la respiración de Isabella le indicó que se había quedado dormida, pero él permaneció un buen rato en la misma postura, sin dejar de acariciarle el cabello, mientras escuchaba los sonidos de la tormenta.

La valentía de la joven, su generosidad y su confianza eran una fuente de inspiración para él. Los momentos de intimidad que habían compartido le habían salido del corazón y por eso la experiencia había sido más placentera que cualquier otra que hubiera vivido hasta ese momento.

Porque a Edward le pasaba lo mismo con la música. La mejor música que había compuesto no había sido fruto de la emoción al estar en un salón lleno de expertos melómanos, ni de la posibilidad de demostrar su maestría y su técnica, ambas adquiridas con esfuerzo, ante sus colegas en el conservatorio. Ni siquiera durante los ejercicios realizados ante sus maestros del conservatorio: la música más sublime que había creado había nacido de la necesidad de ofrecer algo de valor a alguien a quien amaba, bien fuera ánimo, consuelo, o alivio para el dolor o el abatimiento. La mejor música que había creado no había nacido de sus dedos ni de su mente musical, sino de su corazón.

Buena parte del día siguiente lo pasaron limpiando y recolocando lo que el temporal había tirado por tierra. Ni Axel, ni Edward, ni Whitlock, ni los chicos eran demasiado aficionados a asistir a la iglesia, así que emplearon el domingo en cortar, arrastrar y apilar árboles y ramas caídas.

—¿Dónde está el forzudo de Nick Haddonfield cuando se le necesita? —preguntó Edward, mirando al cielo cuando se detuvo para beber un poco de sidra.

—Supongo que en la cama con su flamante condesa —musitó Whitlock.

—Echas de menos a Alice —observó Axel, con una sonrisa divertida en la cara—. No ves el momento de volver al norte.

—Así es, aunque no querría dejar a mi hermano en una situación tan precaria.

—Mi situación no es precaria —lo tranquilizó el aludido, alcanzándole la taza para que bebiera—, aunque es verdad que ya tengo ganas de mudarme a la casa grande y vivir como una persona para variar. A veces me siento como un primate de los trópicos. ¿Por qué siempre se caen los árboles más grandes?

—No siempre. —Whitlock dio un trago y le pasó la taza a Axel—. Tus robles llevan resistiendo tormentas desde hace siglos.

—¿Mis robles?

—Sí, los que crecen a lo largo del camino que lleva a la entrada principal de la propiedad a la que te niegas a poner nombre.

—No es que me niegue —protestó Edward, colgándose al cuello las riendas de los caballos de tiro y sujetándolas bajo los brazos—. Es que todavía no se me ha ocurrido uno que me convenza.

—¡Nombres! —gruñó Axel, mientras cortaba a hachazos una gran raíz—. No consigo que Abby se decida por un nombre para nuestro bebé.

—Ya lo hará. —Whitlock cogió otra hacha y empezó a cortar la misma raíz alternando sus golpes con los del botánico, mientras Edward usaba la fuerza de los caballos para tensar el árbol. Al cortar hacían un ruido parecido a chop-chop, chop-chop y Edward empezó a oír una tonada que serviría como danza para bailar con zuecos. Música alegre, animada, que lograba ser optimista y contundente al mismo tiempo.

—Atento, Ed —le avisó Whitlock mientras levantaba el hacha para dar el golpe definitivo que partiría la raíz en dos. Los caballos dieron una sacudida, pero siguieron al unísono a Edward, arrastrando el árbol hasta un extremo del camino.

»Aquí tienes leña para caldear la casa durante una buena temporada —dijo Whitlock, secándose el sudor de la frente. Su hermano siguió guiando los caballos para acercar el árbol tanto como fuera posible al cobertizo de la leña.

—Éste era el último de los grandes. —Axel miró al cielo—. Debe de ser hora de merendar. Dejémoslo por hoy.

—Amen —murmuró Whitlock, mientras éste daba instrucciones a sus hijos a gritos, quienes saludaron desde donde estaban serrando ramas más pequeñas y por señas indicaron que pasarían por el estanque antes de volver a casa.

Una hora más tarde, los hombres se habían lavado y estaban ya listos y presentables para la cena, pero los chicos seguían sin aparecer.

—Vamos a tener compañía, esposa —dijo Belmont, ofreciéndole a Abby una copita de vino—. Los chicos deberían ser más puntuales en las ocasiones en que les permitimos compartir mesa con gente civilizada.

—No suelen ser maleducados —replicó Abby—. ¿Por qué no disfrutamos de las bebidas y les esperamos un poco más?

—¿Y no habría una bebida para un hombre cansado por el viaje? —preguntó una voz de barítono desde la puerta.

—¡Nick! —Edward vio cómo Abby le devolvía la copa a su esposo y cruzaba la habitación a la carrera para lanzarse en brazos del recién llegado—. ¡Oh, Nicholas Haddonfield, dichosos los ojos! Axel, ¿le pediste que viniera?

—Bueno, sabía que lo haría. —Sonrió al ver a su mujer casi desaparecer bajo el cuidadoso abrazo de un hombre rubio, de ojos azules, muy alto y tremendamente guapo.

—Profesor —lo saludó Nick con una sonrisa traviesa, propia de un pirata—. Veo que has estado ocupado y que el sagrado sacramento del matrimonio le sienta bien a nuestra Abby. Ah, y el pequeño Edward, que ha desaparecido en la campiña de Oxford y me ha dejado abandonado en Kent. Tu ausencia me ha destrozado, Ed.

—Casado estás mejor sin mí, Nick —bromeó el aludido, pero se acercó para darle un abrazo a su amigo.

—¿Y a quién tenemos aquí? —Nick se volvió hacia Isabella con una sonrisa radiante.

Edward se ocupó de las presentaciones.

—Isabella, permíteme que te presente a Nick Haddonfield, el mayor bribón del reino y, desde el día de su matrimonio, el más feliz. Nick, Isabella Swan, baronesa Roxbury, mi vecina y amiga.

—Baronesa. —Nick hizo una reverencia impecable, pero estropeó el efecto besándole la mano en vez de limitarse a inclinarse sobre ella.

—No le hagas caso —la advirtió Axel—. Cualquier gesto, broma o comentario sólo sirven para darle alas. Es un seductor incorregible. Y eso después de haber conocido a una mujer que ha aceptado casarse con él.

—Y tener hijos conmigo —les recordó Nick, con los ojos brillantes. A partir de ese momento, la charla derivó hacia amistades comunes, familia y los distintos embarazos de su entorno.

—¿Y tu condesa? ¿Llora mucho? —preguntó Nick a Whitlock mientras se dirigían a la mesa—. La pobre Leah llora cada vez que ve un gatito, un perrito o un potrillo. Por supuesto, cuando le ocurre, yo tengo que consolarla y ella sabe que mi hombro está siempre a su disposición.

—¿Estás seguro de que no llora al verte a ti? —bromeó Edward.

—Bueno, eso también —respondió Nick, con un brillo travieso en la mirada y mostrando unos dientes tan brillantes como sus ojos al sonreír—. Llora de éxtasis.

—¡Nicholas! —lo reprendió Abby, pero Nick se limitó a sonreír más abiertamente.

—Pasadle los guisantes a este hambriento amigo mío —sugirió Nick—. Si no lo alimentamos bien, se me va a comer la pierna a bocados. ¿No te encuentras bien, Ed?

—Perfectamente. Es sólo que estoy trabajando más duro de lo normal —respondió, aunque aprovechó para servirse una buena ración de guisantes. Luego les añadió patatas. Y jamón. Y más jamón—. Ya se sabe que el trabajo tiende a acabar con la grasa. Tú en cambio tienes muy buen aspecto.

—Me encuentro muy bien, es verdad. Leah insiste en que pase más tiempo en el mismo sitio y mientras ella esté en ese sitio, no me cuesta nada hacerle caso.

—¿Y a qué se debe el honor de tu visita? —preguntó Abby—, aunque ya sabes que no necesitas ninguna razón especial para venir. Estamos encantados de verte.

—Lo mismo digo, cariño. —Nick le lanzó un beso—. Es que este de aquí —explicó, señalando a Edward con la barbilla— ha dejado abandonada mi casa de la capital para dedicarse a renovar su nueva propiedad y he venido a ver qué lo mantenía alejado de nosotros. Leah está preocupada por ti, y no podemos consentir que mi esposa haga tal cosa en su estado. Si ella se preocupa, yo no estoy tranquilo.

—No, no podemos consentirlo —admitió Edward entre mordisco y mordisco, sin poder disimular lo contento que estaba de ver a su amigo—. Entonces, ¿vendrás de excursión con nosotros mañana cuando volvamos a Little Weldon?

—Ésa es mi intención, pero sólo si crees que podrás soportarme.

—Ya sabes que estaré encantado de que nos acompañes, pero te advierto que las dependencias son rústicas, por definirlas de alguna manera.

—Estás hablando conmigo, Edward —se burló Nick—. No te olvides de que mi estatura me obliga a dormir en el suelo casi siempre que voy de viaje. Es imposible meterse en lo que los posaderos califican como «camas», así que no te preocupes, nos las apañaremos. Me muero de curiosidad por ver esa finca que te ha robado el corazón. Whitlock, háblame de ti. ¿Cómo te van las cosas en el norte? Tengo entendido que nuestras familias están emparentadas.

Sus palabras provocaron una conversación llena de frases del tipo: «¿Y eso en qué nos convierte?», y de palabras como «cuñado», «primo segundo» o «pariente político», ya que la esposa de Nick estaba emparentada con la hijastra de Whitlock y también con Abby.

—Abby —dijo Edward, durante una breve pausa en la conversación—. Sé que todavía falta el pastel de chocolate, pero creo que me vendría muy bien un paseíto antes de tomar el postre. ¿Qué te parece si después nos comemos el pastel en la terraza trasera?

—Es una idea genial.

—Y yo acompañaré a la anfitriona —sugirió Nick, mirando a la esposa de Axel—. Con tu permiso, profesor.

—¿Abby? —preguntó éste, ladeando la cabeza.

—Sí, me apetece dar un paseo —confirmó ella, levantándose y dándole un beso a su marido al pasar por su lado—. Especialmente si Nick se marcha mañana. Puede que sea mi única oportunidad de arrancarle alguna confidencia.

—Cuida bien de ella —le advirtió el botánico con una sonrisa— o tendré que matarte.

—Por descontado. —Nick hizo una reverencia y le ofreció el brazo a Abby.

—Isabella, ¿me acompañas? —preguntó Edward, alzando una ceja. Ella se acercó a él con lo que a Ed le pareció gratitud en la mirada y salieron de la casa en silencio.

—¡Qué diferencia! —observó Edward, mientras paseaban tranquilamente agarrados del brazo—. La tormenta de ayer fue muy violenta y en cambio hoy hace una noche preciosa. Me pregunto cómo se las apañarán los animales y las plantas para sobrevivir.

—No todos lo hacen. Axel se encargará del reposo eterno de unos cuantos árboles caídos este otoño. Me pregunto cómo habrá quedado tu bosque.

—No se me había ocurrido. —En realidad no había querido pensar en ello—. Estas tormentas de verano suelen ser bastante localizadas. Tal vez allí no afectó igual. Dime, ¿qué te ha parecido Nick?

—¿Nick? —preguntó Isabella, con una cierta frialdad—. ¿Te refieres a lord Reston? Lo había visto alguna vez, cuando Jacob vivía y pasábamos alguna temporada en Londres. Es encantador, aunque demasiado aficionado a los coqueteos para mi gusto. Pero a Jacob le gustaba.

»Lo que no logro entender, Edward, es por qué estás tratando de ocultarme que tu amigo —porque no me negarás que sois amigos— tiene un título. Además, ya me lo habías mencionado antes. ¿Puedes explicarme a qué vienen esas evasivas, por favor?