Capítulo 11

—¿Tienes algo en contra de los títulos? —preguntó Edward, esforzándose por mantener un tono de voz tranquilo mientras seguían paseando.

—Yo tengo uno —respondió Isabella—, así que como comprenderás no tengo nada en contra de los títulos. Pero tampoco soy especialmente aficionada ni los tengo en gran estima. Cuando Jacob murió, estuve rodeada de personas con título durante el funeral. Todos me dijeron frases amables y murmuraron las condolencias de rigor. Algunos incluso me escribieron después, diciéndome lo apenados que se sentían, pero te aseguro que después de ese día ninguno se ha molestado en saber cómo me iban las cosas.

—No te muerdes la lengua. Nick estaría de acuerdo contigo.

—Lord Reston —repitió ella con firmeza.

—Ahora es el conde de Bellefonte. Vizconde de Reston era su título de cortesía. El antiguo conde murió hace unas semanas. La pérdida aún es reciente. ¿De qué conoces a Nicholas? ¿Lo conocías bien?

—No —respondió ella, dándole una patada a una piedra del camino. Su voz había perdido beligerancia—. Nos presentaron dos veces, en un par de actos sociales, con varios años de diferencia el uno del otro. No creo que se acuerde de mí, pero resulta difícil pasar por alto a un hombre como él.

Desde luego. Entre su extraordinaria estatura, su pelo rubio y sus atractivos ojos azules ya sería difícil de olvidar, pero si a todo eso se le añadía su descarada afición a coquetear con todo el mundo, lo extraño hubiera sido que Isabella se hubiera olvidado de él. Las mujeres solían acordarse más de él que de su propio nombre.

—Nick desapareció de la escena social durante unos años porque no quería que lo obligaran a casarse —explicó Ed—. Se mudó a Sussex y se ofreció para trabajar como mozo de cuadra. Luego pasó a ser el jefe de cuadras de una finca.

—¿Trabajaba con sus propias manos? —preguntó ella, curiosa a su pesar.

—Supongo que preferiría usar una horca o un rastrillo. Yo lo conocí durante esa época. Por aquel entonces lo llamaba pequeño Nick. Era mi compañero de correrías en la ciudad. Si no cité su título fue por falta de costumbre, pero Nick tampoco lo ha echado de menos; si no, me habría corregido.

—Tienes razón, no lo ha hecho —reconoció Isabella, apoyándose más en el brazo de Edward. Éste agradeció su peso. Era reconfortante—. ¿Y tiene la costumbre de irte controlando por ahí?

—Se mueve mucho, viaja constantemente asegurándose de que sus amigos están bien —explicó él. No quería defender a Nick; no le parecía que éste necesitara que nadie lo defendiera, pero sí quería que Isabella entendiera por qué lo consideraba un amigo—. La pasada primavera pasé unas semanas en su casa. Acababa de regresar del norte, me sentía desorientado y no me apetecía nada alojarme en una de las residencias de mis padres en plena Temporada social.

—Empiezo a entender el interés que has puesto en tu nueva adquisición. Pensaba que te cansarías en seguida, pero ya no estoy tan segura.

—Cierto. Cada vez me resulta más atractiva —replicó él con una sonrisa—. Hasta ahora, mi hogar estaba en cualquier sitio donde hubiera un buen piano.

—¿Tanta era tu afición?

—Sí, pero entonces pasó esto —respondió, levantando la mano izquierda—. Algunas veces la vida nos obliga a cambiar de planes. Pasarme el resto de mis días en un banco de piano sin poder tocar no era un gran plan. —Ed comprobó sorprendido que podía hablar de ello sin rencor.

—Pero tú fabricas muebles —protestó Isabella—. Eso debe ocuparte buena parte del tiempo.

—Pianos. Fabrico pianos, Isabella —confesó Edward, sintiéndose curiosamente aliviado al admitirlo ante ella—. O, mejor dicho, mis empleados los fabrican. Es un negocio muy lucrativo, al menos de momento.

—¿Pianos? —Isabella se detuvo y se quedó mirándolo con la cabeza ladeada, en medio del camino.

Cullen aguardó, consciente de que su cerebro femenino estaba funcionando a pleno rendimiento, recordando cada dichosa palabra que había pronunciado sobre la fabricación de muebles o sobre cualquier otro asunto relevante.

—No puede decirse que me mintieras —admitió ella al fin, reanudando el paseo—, pero tampoco me dijiste toda la verdad. ¿Por qué?

—¿Qué hombre como Dios manda se dedica a fabricar pianos? Ninguno que se precie en tiempos de guerra. Los pianos, a diferencia de las sillas o las mesas, son un capricho frívolo, una extravagancia. La sociedad necesita sillas y mesas. —Se horrorizó al oír el eco de los argumentos del duque en sus palabras, aunque hacía años que no habían mantenido una conversación sobre el asunto.

—No lo dirás en serio, ¿verdad? —preguntó la joven, mirándolo consternada.

—Mucha gente piensa así, incluido mi propio padre. —Edward la soltó y le rodeó los hombros con el brazo—. Pero hay mucha más gente dispuesta a separarse de su dinero a cambio de adquirir uno de mis pianos, así que trato de no pensar en ello.

—Todavía tengo que hacerme a la idea de que fabricas pianos —reconoció Isabella mientras se acercaban a la terraza trasera—. Tiene que ser muy complicado.

—Es precioso, de verdad. —Edward la ayudó a subir los escalones que separaban los jardines de la terraza—. Trabajar la madera, el metal, los cables... y conseguir que de ellos salga un sonido tan sublime.

—Es como lograr que broten flores fragantes y brillantes de la tierra desnuda —replicó Isabella—. Dios tiene algo que ver en eso, no encuentro otra explicación.

—Exacto, eso es —dijo él con suavidad—. Algo divino. —No estaban solos a la pálida luz de la luna, así que se conformó con acariciarle la mejilla con los nudillos y darle la mano, aunque hubiera querido abrazarla. Tenían algo muy importante en común. Esa necesidad tan propia de los artistas, la de crear belleza, alimentarla, verla crecer y desarrollarse. La necesidad de que sus creaciones fueran un placer para los sentidos y para el alma.

Mientras ocupaban sus asientos junto a los demás, Edward tuvo que contener las ganas de llevarse a su hermano a un lado y decirle que no tenía razón. Porque Whitlock había defendido la idea de que Ed no tenía nada en común con nadie.

Y él lo había creído.

—Había pensado acompañaros hasta Little Weldon —comentó Whitlock a la mañana siguiente mientras cruzaban el pueblo—, pero parece que la tormenta fue peor aquí que en Candlewick. Hay más destrozos por todas partes. Me voy a quedar más tranquilo si me acerco con vosotros hasta la casa.

—No es necesario —trató de convencerlo Edward desde el carruaje—. Ya está aquí el pequeño Nick para hacerme de niñera. Darius está guardando el fuerte y los ojos y los oídos de nuestros queridos salvajes donde no llegan los míos.

—Bien dicho —corroboró Nick desde lo alto de su yegua—. ¿Quiénes son los «salvajes»?

—Yo —respondió Dayton alegremente.

—Y yo —añadió Phil.

—La casa está aproximadamente a unos cinco kilómetros de aquí —dijo Whitlock—. Acabaremos antes yendo hasta allí que discutiendo aquí parados.

—Como prefieras. —Ed chasqueó las riendas para que los caballos reemprendieran la marcha. Por suerte, el camino hasta la casa estaba despejado, con la excepción de un montón de hojas secas y alguna rama no muy grande. A la distancia, la casa no se veía afectada, y los edificios auxiliares seguían en pie.

—Veo que has tenido suerte... Ya te tocaba —apostilló Whitlock—. Salvajes, si os encargáis del carruaje, me despediré de mi hermanito.

Mientras Cullen ayudaba a bajar a Isabella del vehículo, Whitlock le pasó los nudillos a cada uno de los chicos por la coronilla y luego les dio un abrazo de oso que los dejó sin respiración. Nick le ofreció el brazo a la joven e insistió en acompañarla hasta su casa para que no cruzara el bosque sola. Volviéndose hacia Whitlock, lo saludó con la mano desde lejos.

—Mejor así. No me apetecía abrazarlo —murmuró éste, sonriendo a su hermano—. Mis instrucciones de despedida son que te cases con la viuda, te mudes aquí, y tengas varios niños para llenar tu casa sin nombre. A ella le he dicho lo mismo.

—Isabella no está interesada en el matrimonio. —No es que se lo hubiera dicho, pero tampoco había tratado de convencer a Edward para que pidiera su mano. Si hubiera estado interesada, lo habría hecho, ¿no?

—Pues hazla cambiar de opinión —replicó Jasper sin amilanarse—. Es una dama en apuros, Edward. Puedo olerlo, igual que lo olí con Rosalie o con Alice. Resuelve sus problemas y ponle un anillo en el dedo.

—No creo que sea lo que ella quiere.

—Eres un idiota. —Se acercó a él y le agarró el pelo de la nuca—. ¿Piensas que ahora que ya no tienes la banqueta del piano pegada al culo no eres digno de formar parte de la familia? ¿Por eso te escondes aquí y ocultas el hecho de que eres hijo legítimo de Moreland? ¿Piensas que ahora que ya no eres un dios del teclado y te has convertido en un simple mortal como todos los demás, ya no eres digno? ¿Todo esto por una mano dolorida?

—Pensaba que no te habías dado cuenta —repuso Edward, mirándose la mano.

—¿Pensabas que no me daría cuenta? —Whitlock gruñó y lo sacudió un poco como si fuera un cachorro travieso—. Cuando volví de Waterloo, te pasabas horas y horas tocando para que pudiera dormir. Me trajiste de vuelta de entre los muertos y luego tocaste para proporcionarme un salvavidas al que agarrarme. Y cuando salí huyendo a York, viniste a pasar el jodido invierno conmigo sólo para asegurarte de que estuviera bien. Eres el primer amigo que ha hecho Winnie. Cuando no es capaz de contarnos a Alice o a mí lo que le pasa, aporrea el piano hasta que a Scout le duelen los oídos. Nos íbamos a dormir cada noche acunados con tus melodías, me defendiste delante de las viejas, tú... ¡Maldito seas!

—Maldito seas tú también. —Edward se acercó y abrazó a su hermano, sobre todo porque quería dar tiempo a que se deshiciera el nudo que se le había formado en la garganta—. A veces —añadió, apoyando la frente en su hombro— me pregunto si lo que tocaba no era más que un montón de ruido. Me alegro de saber que alguien me escuchaba.

—Siempre te escuchaba. Cada nota. —Whitlock lo abrazó un poco más fuerte antes de soltarlo—. Cada una de ellas.

En los ojos de Jasper, Edward vio rastros del soldado agotado que había regresado de Waterloo. Rastros del desconcierto y la desesperación que habían acompañado a tantos veteranos a su regreso.

—Escríbeme —le pidió Ed, incapaz de aguantarle la mirada—. Prometo contestar antes de dos años. —Caminó junto a su hermano hasta la yegua—. No corras riesgos innecesarios. Diles a Alice y a Winnie que las quiero. Y toma —añadió, sacando un trozo de papel doblado del bolsillo interior del chaleco—. Esto es para Winnie.

—¿Una carta? —Whitlock se la guardó en el bolsillo sin abrirla.

—Algo así. —Edward sonrió con timidez—. Tal vez sea una carta de amor. Venga, largo de aquí, y gracias por todo lo que has hecho.

—Ha sido un placer. —Jasper volvió a agarrarlo por la nuca, le plantó un beso en la frente y montó en su yegua—. Cásate con la viuda, hermanito. Te hace sonreír.

Él asintió sin decir nada porque el maldito nudo que había vuelto a formársele en la garganta se lo impedía. Al verlo alejarse al trote por el camino en su preciosa montura color castaño tuvo que reprimir el impulso de gritarle que no se fuera, que no lo dejara solo. Era un impulso muy fuerte, nacido en la infancia. Un eco de aquellos tiempos en que Whitlock regresaba de la guerra en España para pasar las vacaciones de Navidad con la familia, para marcharse en cuanto se le acababa el permiso, el día después de Año Nuevo. Bart también había vuelto a casa durante esos días, cargado de bromas, fanfarronería y anécdotas, hasta que un día no volvió.

Pero ése no era el único motivo. Edward también quería gritarle a Jasper para que volviera y le dijera una vez más que su música había tenido sentido para alguien. Que alguien la había estado escuchando.

Soltó el aire con fuerza y se volvió lentamente hacia la casa, donde los trabajadores ya habían empezado la jornada laboral. Esa semana acabarían con el tejado, y las reformas del interior avanzaban a buen paso. Pronto tendría que encargar muebles y contratar personal.

No sabía cómo había llegado hasta esa situación. ¿Qué haría cuando ya no hubiera nada que reformar? ¿En qué ocuparía el tiempo? Edward echó un vistazo al camino, ahora vacío, y el nudo de la garganta le dolió casi tanto como le había dolido la mano semanas atrás.

—Ya habéis vuelto —dijo Darius, saliendo de la casa—. No estaba seguro de que las carreteras estuvieran en condiciones después de la dichosa tormenta. ¿Whitlock se ha largado sin despedirse de mí?

—Estoy seguro de que no quería ofenderte. Nos hemos despedido de él tantas veces que entre todos hemos acabado con su paciencia. —Mientras lo decía, a Ed no le cabía ninguna duda de que su amigo se había quedado en el interior de la casa para ahorrarse las despedidas—. ¿Cómo ha ido el fin de semana?

—Pues aparte de la tormenta, muy tranquilo. Supongo que el cobertizo de la leña estará hecho un desastre, pero ayer estuve muy ocupado en la granja y aún no he ido a echar un vistazo. Ah, que no me olvide. Tu padre te ha enviado una misteriosa caja enorme, con instrucciones de que te quedes el carruaje y los caballos con los que la ha enviado.

—¿Me puedo quedar el carruaje? —McCarty había enviado uno a Whitlock como regalo cuando éste se mudó a York. Tal vez iba camino de convertirse en una tradición familiar. No pensaba negarse ni protestar. Le iba a ser de gran utilidad ya que Axel se llevaría el suyo cuando los chicos regresaran a casa.

—Ver para creer —exclamó Darius, con la vista clavada en un punto a la espalda de Edward—. ¿No es mi cuñado ese que corre llevando a rastras a la señora Black?

—Efectivamente. —Y Nick nunca corría si podía evitarlo—. Algo va mal.

—Edward. —Nick no parecía acusar el esfuerzo pero, a su lado, Isabella trataba de recobrar el resuello—. Tienes que venir a ver lo que le ha pasado a la casa de Isabella. No te va a gustar.

—¿Isabella? —Cullen alargó un brazo y ella se acercó a su lado y escondió la cara en su cuello. Él le rodeó los hombros con un brazo mientras regresaban a su casa cruzando el bosque. Edward comprobó que la tormenta había causado desperfectos. Uno de los viejos troncos resecos a los que Isabella se había referido se había caído, llevándose con él ramas y algún arbolito.

Maldita sea. El bosque encantado había cambiado a pesar de que a él no le gustaba asumir que las cosas cambiaban.

—¡Dios mío! —exclamó Darius a su espalda. Edward siguió la dirección de la mirada de su amigo y vio la preciosa casita de Isabella.

La que había sido una casita preciosa. Otro árbol se había venido abajo, y aunque casi todo había ido a parar al patio, su copa había cortado la casa de arriba abajo como un cuchillo haría con un pastel. El tejado había quedado inservible y las paredes se inclinaban de un modo amenazante.

La visión era siniestra. A Ed le pareció una profanación.

—Lo arreglaremos —dijo, alzando la barbilla de Isabella con un dedo para verle los ojos—. Justo en ese lado íbamos a construir el invernadero. Así que empezaremos las obras antes de lo previsto. Dare, ve a buscar a los trabajadores para que limpien. Necesitarán el carro. Y que Day y Phil busquen muebles y dejen una de las habitaciones lista para que Isabella pueda usarla.

Edward apoyó los brazos en los hombros de ella.

—Me vas a dejar que me ocupe de todo esto, no quiero discutir contigo, por favor. Por Dios. —La abrazó—. Si hubieras estado en casa... con tus bordados... o tus mermeladas...

Ella asintió, con los ojos empañados, y dejó que la abrazara.

—¡Anda, mira! —exclamó Edward, señalando hacia la base del árbol—. Tu mayor tesoro está indemne. —Marmalade estaba sentado sobre su suave y esponjoso trasero color naranja, lamiéndose una de las patas delanteras como si no hubiera pasado nada.

—Quiero... —Ella alargó una mano hacia el gato, que aparentó no darse cuenta.

—Iré a buscarlo. —Le besó la punta de la nariz y se acercó al animal, que dio unos pasos hacia atrás, hacia lo que había sido la base del árbol. Edward alargó los brazos, pero al ver el tocón de cerca se quedó petrificado. Obligándose a reaccionar, cogió a Marmalade y con una última mirada a su alrededor regresó junto a Isabella, en cuyos brazos puso a Marmalade.

—Dice que lo has abandonado, que no tienes vergüenza y que sólo te perdonará si permites que te acompañe a la casa grande donde sus amigos, los ratones, lo están esperando para darle la bienvenida.

—Gracias, Ed. —Isabella logró sonreír entre lágrimas. Se apoyó en él mientras abrazaba al felino, que ronroneaba satisfecho—. Me alegro tanto de que esté a salvo... Eres un gato bueno, Marmie. Un gato bueno y muy valiente.

—Sí, pero también es un gato muy pesado —repuso Edward, volviendo a apoderarse del animal—. Regresemos a casa. Estoy seguro de que encontraremos un plato de leche por algún sitio, y una taza de té para ti. «O algo más fuerte.» Él, por lo menos, lo necesitaba. Isabella podía haber resultado herida. O algo peor.

Ese último pensamiento le hizo recapacitar. Era sólo una frase hecha, usada para referirse a alguien con lesiones graves, y él nunca se había planteado su veracidad, pero sabía que no era aplicable a Isabella. Aunque hubiera quedado malherida o tullida para siempre, Edward hubiera dado las gracias porque siguiera con vida y no perdería el interés ni por ella ni por su compañía. El giro que habían dado sus pensamientos lo sorprendió, pero no tenía tiempo para considerarlos en detalle, así que los depositó en la pila de asuntos pendientes para otro rato, cuando estuviera tranquilo y a solas. Dejó a Isabella en la cocina, con un vaso de brandy en la mano. Luego fue a buscar papel y lápiz para que hiciera una lista de las cosas que iba a necesitar con más urgencia.

Tendrían que guardar el resto de sus pertenencias en el granero o alguno de los edificios auxiliares. De momento, lo más urgente era habilitar alguna habitación de la primera planta para ella. Eso iba a ocuparles buena parte del día.

—¿Puedo dejarte sola mientras haces la lista?

—Sí, claro —respondió Isabella—. Soy una exagerada. Se han caído árboles por todo el condado. Vivo en un bosque, así que no debería haberme sorprendido tanto. Eres muy amable al ofrecerme tu casa.

—¿Amable? —Lo que Edward sentía no tenía nada que ver con la amabilidad. Tuvo ganas de gritar y de empezar a tirar cosas contra la cocina nueva—. No hables de amabilidad, Isabella. Sólo de pensar... —Edward respiró hondo para calmarse—. Hablaremos con calma más tarde, amor mío. De momento, tranquilízate y acaricia a tu gato mientras trasladamos tus cosas. —La abrazó con fuerza, la besó y salió en busca de Darius y de Nick.

Éste era más fácil de localizar, por su altura y su mata de pelo rubio, así que no le extrañó verlo en primer lugar. Además, llevaba en la mano las riendas del nuevo carruaje —el que había enviado Moreland—, guiándolo hacia casa de Isabella. No sabía qué había impulsado al duque a hacerle un regalo tan extravagante, pero lo cierto era que el vehículo no podía haber llegado en mejor momento. Edward iba a tener que escribir una nota dándole las gracias. No quería que la duquesa tuviera que recordarle sus modales.

—¡Nick! —Edward lo llamó para que lo esperara. No tardó en alcanzarlo, ya que los caballos no tenían ninguna prisa—. ¿Cómo te las has arreglado para engancharlos tan rápido tú solo?

—Porque el carruaje venía con un mozo —respondió Nick—. Tu padre ha enviado al viejo Sean. Dice que puedes quedarte con él hasta que te canses de oírlo gruñir y maldecir.

—¿Sean está aquí? —Edward alzó las cejas, sorprendido. Sean era uno de los mozos más veteranos de Moreland.

Nick se encogió de hombros.

—Dice que las yeguas ya han acabado de parir en Kent y que el duque suponía que aún no habrías contratado a nadie con el suficiente talento para cuidar de sus caballos.

—Su gracia el duque ha hablado, así que ahora no me queda más remedio que sacar adelante esta propiedad.

—Tal vez sólo quiere ser amable, Edward —sugirió su amigo con tacto.

—Tal vez —asintió. No quería perder el tiempo discutiendo—. Me gustaría enseñarte algo antes de que empieces a acarrear la leña del invierno que viene.

Nick hizo que los caballos se detuvieran y siguió a Edward hacia el lateral de la casa de Isabella.

—Fíjate en el tocón, Nick.

—Vaya, vaya, qué tenemos aquí —gruñó éste, resiguiendo el tronco del árbol con la mirada—. Este árbol se cayó sobre el vecino de al lado. —Señaló hacia otro sólido árbol que formaba parte del seto. En la corteza se veía un tajo profundo y reciente de unos diez metros de largo—, pero éste quizá aguantó el impacto sin problemas hasta que alguien serró lo que quedaba en pie. Maldita sea, amigo, tienes problemas.

—Y Isabella también —añadió Ed—. ¿Qué habría pasado si hubiera estado en casa durmiendo, o trabajando? ¿Cocinando o...?

—Prefiero pensar que la persona que hizo esto se aseguró de que no estuviera en la casa antes de actuar —lo interrumpió Nick—. Cortar leña, aunque sea unos centímetros, es una actividad bastante ruidosa.

—Ya, pero no pienso arriesgar la vida de Isabella —replicó Edward amargamente—. Lo peor del caso es que no sé si quien hace esto es enemigo mío o de ella. ¿Axel te contó lo de las hogueras?

—Sí. Debemos ser muy prudentes. Lo que es seguro es que tú eres uno de sus objetivos. Si tu casa se hubiera quemado, Isabella no hubiera resultado perjudicada.

—Pero destrozar su casa no me afecta a mí directamente. Quizá quiera perjudicarnos a los dos. —Caminó unos pasos, observando los daños—. Isabella adoraba su casita, Nick. Era todo lo que tenía y el único lugar en el mundo en el que se sentía segura. ¿Crees que debería apartarla de aquí? Tal vez podría llevarla a Kent. O a casa de David y Leah.

—Estoy seguro de que a Leah le encantaría tener compañía civilizada. Pero antes vamos a poner un poco de orden por aquí. Ya tendremos tiempo de decidir qué hacer más tarde. De momento, tienes una viuda a la que consolar.

—Esto es lo último —anunció Day, mientras él y Phil entraban cargados con las cosas que Isabella no se había dado cuenta de que necesitaría hasta que había empezado a hacer la cama. Phil llevaba algunos de sus cojines bordados, su vieja colcha, su taza favorita, el peine y el cepillo. Alargó los brazos para recoger sus cosas pero se detuvo en seco cuando vio la maceta que Day le ofrecía.

—¿Qué es eso, Dayton?

—Estaba en la encimera de la cocina. No estaba seguro de si la querría, pero me pareció triste. Necesita que alguien la riegue.

—¿La encontraste en la cocina? —Isabella le quitó la maceta de las manos, tratando sin mucho éxito de que su voz sonara calmada.

—¿Quiere que la devolvamos a su sitio, señora Black? —sugirió Day para apaciguarla.

—¡Maldito, maldito sea! —exclamó Isabella, tirando la planta por la ventana—. Gracias, muchachos, me gustaría estar sola —dijo, dándoles la espalda. No podía decirlo más claro.

—Señora Black, ¿quiere que vayamos a buscar al señor Cullen? —preguntó Phil, no muy convencido.

—No, gracias. —El tono de voz de Isabella no dejaba lugar a dudas y los chicos se retiraron rápidamente. Cuando estuvo segura de que se habían alejado lo suficiente, se echó en la cama a llorar. Otra vez.

En el patio, Phil y Day se encontraron con Edward y Nick, que regresaban de serrar leña, cargarla y ordenar el patio de Isabella.

—¿Os apetece un baño, chicos? —preguntó Edward a sus jóvenes ayudantes—. ¿O preferís que ataquemos las cestas primero? ¿Puede saberse qué hace esto en mi terraza? —inquirió al ver una maceta rota en el suelo, con una planta dentro.

—La encontramos en la cocina de la señora Black —respondió Day—. Pensé que sería una planta de interior y que tal vez le gustaría tenerla en su habitación, así que se la traje. Pero dijo que era una mala hierba y la tiró por la ventana.

Edward alzó las cejas, consternado.

—¿Isabella ha tirado una planta por la ventana? ¿Lo visteis con vuestros propios ojos?

—Sí, lo vimos los dos —corroboró Phil—, pero no es una mala hierba, es poleo. Es bueno para tomar en infusión. Tiene efectos digestivos como la menta.

Nick alargó el brazo y cortó una hoja.

—El hijo del botánico tiene razón —convino Nick, llevándose la hoja a la nariz—. El poleo se confunde con la menta muchas veces. Huelen muy parecido y saben casi igual, pero es poleo, no cabe duda.

Edward frunció el cejo, tratando de recordar qué le había dicho el herbolario sobre el poleo.

—¿Por qué no la trasplantáis en una maceta nueva? Se la llevaremos a vuestro padre el sábado. Él sabrá qué hacer con ella, pero mientras tanto sugiero que la mantengamos apartada de la vista de Isabella.

—Estoy de acuerdo —asintió Day—. Bien, ¿baño o cena?

—Mi voto es para la cena —contestó Nick—. El baño nos ayudará a hacer la digestión y nos iremos a dormir más frescos. —Los chicos mostraron su aprobación echando a correr hacia la fresquera.

—Eso me recuerda —dijo Edward, volviéndose hacia su amigo— que aún no hemos buscado un sitio en el que puedas quedarte. Los camastros de la cochera son demasiado pequeños hasta para Darius y para mí. Para ti serían instrumentos de tortura.

—He traído mi petate.

—Si lo prefieres, puedes dormir en una hamaca. Isabella tiene una que es muy resistente. No la echará de menos.

—Sería perfecto, gracias. ¿Y tú cómo sabes que es resistente?

—Cállate, Nicholas.

—¿Edward?

—¿Qué?

—El poleo tiene otros usos aparte del digestivo —respondió Nick, pensativo—. Es verdad que asienta el estómago, pero las mujeres lo usan cuando quieren que les baje la regla.

—¿Qué mujer querría tenerla? —planteó Edward, mientras se dirigían a la cochera—. Todas se quejan de los dolores y de lo incómoda que es.

—¿Cómo decirlo de manera delicada? Suelen usarlo las mujeres que quieren tener una menstruación que no llega. Que hace demasiado tiempo que no llega.

—¿Quieres decir para abortar? —Edward miró a su amigo con una mezcla de curiosidad y admiración—. Nick, las cosas que sabes nunca dejan de sorprenderme. ¿Es un remedio científico o un cuento de viejas?

—No sé si la ciencia se ha dedicado a estudiarlo, pero conozco a muchas mujeres que juran que les ha funcionado cuando lo han usado durante los primeros meses de embarazo. Desgraciadamente, también conozco a una que murió por tomarla en infusión cuando la gestación ya estaba muy avanzada.

—¿Me estás diciendo que esta planta es venenosa? Justo lo que necesitábamos.

—¿Qué es justo lo que necesitábamos? —preguntó Darius desde la puerta de la cochera—. ¿Y dónde están nuestros cachorros salvajes?

—Preparando las cosas para la cena —respondió Edward—. Alguien dejó una planta venenosa en la cocina de Isabella.

—Poleo —explicó Nick—. Y en cuanto la vio, Isabella la tiró por la ventana delante de los chicos.

—Si Isabella tiró una planta por la ventana, supongo que fue porque se sintió ofendida. No sabía que el poleo fuera venenoso. Pensaba que servía para ayudar a que viniera la menstruación y como digestivo.

Ed puso los ojos en blanco.

—¿Es que soy el único que no sabe estas cosas? Vayamos a cenar antes de que esa plaga de langostas acabe con todo. Nick, te elijo voluntario para ir a buscar a Isabella.

—Sí, su gracia. —Hizo una extravagante reverencia y se volvió sobre sus talones, mientras Darius, el muy patán, se reía a carcajadas.

La cena estaba deliciosa. Las cestas de comida estaban a rebosar, quizá para compensar la entrada de un nuevo miembro en el grupo. Y no era un miembro cualquiera. Era Nick. Isabella apenas participó de la conversación, pero cenó, sobre todo porque Nick se encargó de pincharla y provocarla constantemente para que comiera. Edward la observaba, deseando poder hacer algo más por ella que alimentarla y poner un techo sobre su cabeza. Eran necesidades básicas, de las que debería estarse ocupando Mike Swan aunque sólo fuera por obligación moral. Jacob no habría querido que le faltara de nada.

La tranquilidad del momento se vio alterada por el ruido de los cascos de un caballo que se aproximaba. Edward se levantó para ver de quién se trataba. Un jinete se estaba acercando a la casa grande a lomos de un caballo a todas luces extenuado. Al verlo, el recién llegado desmontó y se acercó a él.

—¿Es usted Edward Cullen? —preguntó un hombre menudo que le recordó a un gnomo y que le resultó vagamente familiar.

—Sí, soy Cullen.

—Entonces esto es para usted —dijo el hombre, entregándole un sobre sellado—. Espero respuesta. Mientras me la da, pasearé un rato. La pobre bestia está medio muerta por culpa del calor.

—Hay agua en el establo. —Edward echó una ojeada al sobre. No había remite, pero reconoció la letra de quien la enviaba—. El mozo de cuadras puede pasear al caballo. Pregunte por Sean y tápese los oídos cuando empiece a maldecir. Cuando se haya ocupado del caballo, vuelva. Le prepararemos algo de comer.

—Se lo agradeceré. —Acto seguido, se dirigió a los establos.

—¿Tenemos visita? —preguntó Darius, saliendo de la fresquera.

—Un correo de Hazlit —respondió, mirando el sobre con desconfianza.

—¿El fisgón? No sabía que habías contratado sus servicios.

—A la fuerza ahorcan. —Cullen se dio golpecitos en los labios con el borde del sobre—. Y es un investigador, no un fisgón. Desempeñó un papel primordial en la seguridad de tu hermana, así que haz el favor de ser más respetuoso.

—¿Ed?

Éste fulminó a Darius con la mirada como única respuesta.

—Isabella está a salvo —dijo éste suavemente—. Sé que ahora mismo lo único que te apetece es romperle la cabeza a alguien, pero te agradecería que no fuera a mí. Al menos hasta que haya podido ponerte al día en lo que respecta al estado de las granjas.

—Me temo que no van a ser buenas noticias.

—Ni buenas ni malas. La tormenta se ha ocupado de llevarse casi todo el tejado que quedaba en el granero. Los Bragdoll y yo pasamos la mayor parte del domingo cubriéndolo con tela impermeabilizada, pero si viene otra tormenta se la llevará volando.

Edward cerró los ojos. «¿Es que no va a salir nada bien hoy?»

—Tendremos que prescindir de algunos trabajadores en la casa para que empiecen con el granero cuanto antes.

—Me parece razonable. Una ala completa de la casa está acabada y la otra no parece correr peligro de desintegrarse de momento.

—Mañana a primera hora iré a inspeccionar el granero contigo y estableceremos un plan de acción más detallado. De momento, quiero asegurarme de que Isabella se va a dormir. Luego iré a remojarme al estanque, porque apesto y no tardaré en acostarme.

—Tienes razón, ha sido un día muy largo. Tal vez tu investigador tenga buenas noticias para variar.

—Que te jodan, Lindsey —replicó Edward, con una sonrisa cansada.

—Hay tantas que querrían hacer realidad tu deseo. —Darius meneó un poco las caderas mientras caminaban y Edward sintió que las comisuras de la boca se le alzaban sin poder remediarlo. Tras dejar el sobre en el camastro de la cochera, regresó a la fresquera donde Isabella y los chicos estaban recogiendo los restos de la cena.

—Tú —Edward le puso una mano en el hombro a Isabella—, siéntate. Has tenido un día muy agitado. ¿Cómo está tu habitación?

—Muy bien, es preciosa. Aunque es tan grande como mi casa entera.

—Espero que la disfrutes. ¿Te han subido agua?

—Phillip y Dayton se han asegurado de que no me falte de nada —respondió, intentando sonreír, pero se notaba que estaba cansada y Edward no quiso obligarla a continuar la charla intrascendente.

—Vamos. —Ed la tomó de la mano y entrelazó los dedos con los de ella sin importarle quién los viera, lo que los demás pensaran, ni lo que pudieran decirle luego. Al salir del edificio, le rodeó la cintura con un brazo y la acercó más hacia sí. Isabella no se resistió, a pesar de que no estaban solos y eso lo alarmó mucho más que su fatiga o su falta de ganas de hablar.

Al llegar a casa, la soltó.

—¿Qué está pasando, Isabella? —le preguntó.

Ella tardó unos minutos en recobrar la compostura.

—Esa casa era todo lo que me quedaba en la vida. Era mi hogar, mi refugio, un lugar donde llorar y donde reponerme. Y ahora está destrozada.

Edward la observó unos instantes en silencio antes de darle la mano y acompañarla hasta su habitación. En un solo día había pasado de ser una habitación vacía a convertirse en un lugar acogedor y confortable. Los cojines bordados que ya conocía indicaban de quién era ese cuarto y la mullida cama le parecía una tentación casi irresistible. Salió con ella a la terraza, donde habían colocado dos balancines de madera con más cojines bordados.

—Tenemos que hablar —dijo Edward, haciendo que se sentara en una de las mecedoras, aunque lo que en realidad le apetecía era sentarse con ella en el regazo y abrazarla en silencio. Pero eso no solucionaría nada. Como mucho, aliviaría un poco la incesante ansiedad que había estado sintiendo desde que hablara con Axel en su biblioteca un par de noches atrás.

—Estoy muy cansada, Edward —replicó Isabella, pero lo que él vio en sus ojos era algo más que cansancio.

—Lo que estás es muy triste. Y disgustada. Tu casa volverá a estar como nueva antes de que te des cuenta. Mejor que nueva. Así que, dime, ¿cuál es el auténtico problema, Isabella?

Quería oírlo de sus labios antes de abrir la carta de Hazlit o cualquier otra que pudiera llegar más adelante.

Pero ella negó con la cabeza.

—No me digas que no pasa nada. Tiraste esa planta por la ventana. Sé que nunca arrojarías nada que estuviera vivo por la ventana si no pasara nada. Y menos algo tan tierno que aún está creciendo.

—Dios. —Isabella se abrazó el estómago y se dobló sobre sus brazos, pero siguió negándose a hablar.

—Isabella —suplicó Edward, susurrando—. Apesto como un pastor a trescientos kilómetros de casa y no quiero abrazarte antes de bañarme, pero tienes que decirme lo que pasa.

—No puedo —insistió ella, sin levantar la mirada del suelo.

—No quieres, que es distinto —replicó él, fatigado—. No quería contártelo, pero no me dejas elección. Si te fijas en el árbol que ha caído sobre tu casa, verás que en parte lo hizo porque alguien había cortado la base. Podría decirse que alguien le dio un empujoncito. Tal vez la persona que lo hizo sabía que no estabas en casa o tal vez no. De lo que no me cabe duda es de que alguien ha conseguido asustarte, Isabella, y eso me angustia. Y mucho.

No pudiendo soportar su silencio ni un segundo más, Edward se levantó y le acarició la cabeza.

—La casa está vigilada. Luego volveré a ver si estás mejor.

Isabella le agarró de la mano y apoyó la frente en su muslo, pero permaneció muda. Tras una última caricia, Edward se marchó en silencio. Cruzó la casa a oscuras y se aseguró de cerrar bien la puerta tras él. Empezó a caminar en dirección al estanque, pero cambió de idea y regresó a la cochera. Subió al altillo, recuperó el sobre y empezó a leer la carta de Hazlit a la luz de la lámpara.

Cuando Nick y Darius regresaron de su baño nocturno, él seguía sentado en la penumbra, con la carta abierta sobre su regazo.

—¿Malas noticias? —preguntó Nick, sentándose y apoyando la espalda en la barandilla del altillo.

—Toma —dijo Darius, plantificándole una botella delante de los ojos—. El licor no arregla los problemas pero ayuda a que parezcan menos graves, aunque sólo sea hasta la mañana siguiente. Nick y yo ya nos ocuparemos de que no te emborraches demasiado.

Edward dio un buen trago y le pasó la botella a Nick. Darius se sentó en la hamaca, pero la usó como asiento, dejando los pies en el suelo.

—Alguien cortó el árbol a propósito —aseveró Darius—. No se conformó con preparar hogueras dentro de la casa. Es imposible saber hasta dónde está dispuesto a llegar. ¿Qué dice Hazlit? ¿Algo que aporte luz o todavía lo complica todo más?

—El dinero de las rentas se deposita en una cuenta de la familia Swan —explicó Edward con la voz apagada—. Isabella podría retirar dinero de la cuenta si quisiera, pero nunca lo ha hecho.

—En ese caso debe de haber una cantidad impresionante en esa cuenta —concluyó Nick, devolviéndole la botella a Darius.

—No hay más que una cantidad simbólica. Mike Swan lo ha ido retirando todo regularmente durante los últimos cinco años.

—Así que es el bueno del barón quien le está chupando a su prima hasta la última gota de sangre. —Nick frunció el cejo en la oscuridad—. Qué falta de modales. Vas a tener que llamarle la atención a ese sinvergüenza.

Edward asintió con la cabeza.

—No lo descarto aunque no creo que Isabella lo aprobara. Pero hay más.

Darius volvió a pasarle la botella a Cullen.

—¿Qué puede haber peor que robar a tu pariente viuda, obligándola a ganarse la vida trabajando la tierra y a vivir apartada del mundo como una marginada?

—Las rentas deberían provenir de las seis granjas que tienen arrendatarios —prosiguió Edward—. Pero durante los últimos cinco años ha habido siete ingresos de siete fuentes distintas. Mike le ha estado cobrando rentas a Isabella por una tierra que es de su propiedad.

—¿Piensas matarlo? —preguntó Nick—. Porque conozco un sinfín de maneras de acabar con la vida de alguien que no me importaría compartir contigo.

—Nick —lo reprendió Darius—, no le metas ideas en la cabeza de las que luego se pueda arrepentir.

—No, no voy a matarlo —repuso Edward, tras dar otro considerable trago—, pero tal vez haga que desee estar muerto.

Nick alargó la mano para aceptar la botella que le pasaba su amigo.

—¿Qué piensas hacer?

—Voy a invitarlo a venir aquí. Le diré que quiero que sea mi primer invitado, para que vea el regalo que me hizo al perder esa partida a las cartas. Voy a mantener a mis amigos cerca y a mis enemigos aún más cerca.

—No debí permitir que pasaras esa temporada en Italia —comentó Nick, sacudiendo la cabeza y pasándole la botella a Darius—. Citando a Maquiavelo y urdiendo tramas complejas cuando un estacazo en la cabeza de ese idiota sería mucho más efectivo.

Edward sonrió sin ganas.

—No te rindas. Tal vez haga falta recurrir a medidas extremas si todo falla. Pero de momento prefiero pulir un poco más el plan, enviarle una carta al duque, acabar con las obras y quitarme la roña de encima de una vez. Voy a darme un baño.

—Ya nos lo sabemos —dijo Darius con ironía, balanceando la botella entre dos dedos—. No te esperaremos despiertos.

—¿Has cerrado la puerta con llave? —murmuró Isabella, acurrucándose contra el hombre que acababa de meterse en su cama. Se había tapado sólo con la sábana y con la brisa de la noche le estaba entrando frío. Edward desprendía más calor que un ladrillo puesto en las brasas y le proporcionaba mucho más que calidez.

—Sí. —Ed le besó la mejilla—. Descansa. Hablaremos por la mañana.

—¿Edward?

—¿Sí, mi amor?

«¿Su amor?» Amor era más que lujuria, más que deseo o que... ¿cómo lo había dicho? Más que adoración.

—No deberías decirme esas cosas, pero quiero explicarte algo —susurró Isabella, escudándose en la oscuridad.

—Puede esperar hasta mañana.

—No, puede que mañana no me atreva. —La voz se le rompió mientras le rodeaba la cintura con el brazo— y me odiarías.

—No te odiaré nunca —la tranquilizó, mientras ella apoyaba la cabeza en su hombro—. Háblame, por favor.

—Es Mike. El culpable de los ataques, el que está saboteando tu trabajo es él.

—No te preguntaré cómo lo sabes pero estoy de acuerdo contigo. Yo también creo que es Mike.

—¿Y qué piensas hacer? —preguntó Isabella, preocupada, aflojando su abrazo.

—No me sueltes. —Edward volvió a acercarla a su cuerpo—. De momento, pienso abrazarte, descansar y considerar las distintas opciones que tenemos. No quiero que te preocupes de nada, Isabella.

—Pues no sé cómo piensas evitarlo. Tú no lo conoces. No sabes de lo que es capaz.

—¿De provocar incendios? ¿Destrozar propiedades ajenas? ¿Intentos de asesinato?

—Supongo que sabía que no estaba en casa —dijo Isabella, aunque creía que era perfectamente capaz de acabar con una vida. Incluso con tres o cuatro—. Mike es un oportunista. Puede que pasara por aquí para ver cómo iban las obras y se dio cuenta de que la tormenta le había puesto en bandeja una nueva manera de martirizarme.

—Deduzco que lleva una buena temporada haciéndolo.

—Desde el día en que lo conocí, maldito sea —repuso, sin poder ocultar la amargura que sentía—. Prométeme que tendrás cuidado.

—¿Contigo? Tendré cuidado —bromeó Edward, besándole la sien—. Con él, aún más. Pero ahora duérmete y deja que me preocupe yo.

Cuando Isabella se durmió, acunada por sus caricias y su calor, Edward permaneció a su lado mirando primero el techo y más adelante su cara a la luz de la luna que se colaba entre las cortinas. Finalmente se había abierto a él. Aunque no le había contado gran cosa, sabía que le había costado un gran esfuerzo y se lo agradecía. Su confidencia le daba ánimos, pero al mismo tiempo le escamaba. ¿Por qué darle sólo una parte de la información a menos que pretendiera llevársela con ella cuando lo abandonara?