—¡Lo que faltaba! ¡Menudo desastre! —exclamó Nick, observando los daños que la tormenta había causado en el tejado del granero—. Y cómo no, el maldito granero tenía que estar medio lleno.
—Hay más heno —dijo Edward—. Está repartido en varios lugares, bajo lonas impermeabilizadas, en cobertizos... Por lo menos, parece que el tiempo va a aguantar unos cuantos días y tenemos los materiales necesarios a mano. Dile a los hombres que comiencen a meter el resto del heno ahora mismo. Esta tarde empezaremos a cubrir el tejado. Si trabajamos rápido, lo tendremos todo recogido y el tejado completo antes de que acabe la semana.
—Es un plan ambicioso —advirtió Darius.
—Pero no imposible. La primera cosecha de heno ya está recogida; los potros, los corderos y los cabritos ya han nacido; las verduras están creciendo en los huertos. La canícula es un período tranquilo del año. Los demás cereales están madurando y no hay que ocuparse de ellos todos los días. Haré venir a todos los trabajadores de las granjas. Tú te encargarás de formar las cuadrillas.
—¿Y qué hago yo? —preguntó Nick, alzando una ceja—. ¿Me escapo a Kent y me llevo a tu querida Isabella conmigo?
—Aún no —respondió Edward, sin saber por qué dudaba tanto—. Dare y tú sabéis mucho más que yo sobre cómo llevar una propiedad. Si pudieras quedarte unos cuantos días más, te lo agradecería mucho.
—Ningún problema, puedo quedarme. —Nick siguió examinando el tejado—. Como acabas de decir, todo está muy tranquilo en esta época del año y puedo viajar sin problemas. Además, me gusta enterarme de los líos en los que te metes.
—Para poder ir luego a contárselo todo a mi familia —replicó Edward, con una sonrisa sardónica.
—Por cierto, ahora que sacas a colación el asunto de tu familia —Darius extrajo un sobre del bolsillo—, Jasper le dio esto a los chicos antes de marcharse. Les pidió que te lo entregaran cuando él ya se hubiera ido. Pero ayer estuvieron ocupados todo el día y después, por la noche...
—Sí, os dije que no me esperarais despiertos.
Ed tomó la carta y se dirigió hacia unos árboles cercanos mientras la leía. Nick lo acompañó, caminando en silencio a su lado, pero Darius se marchó a buscar a los arrendatarios para trasladar el resto de la cosecha de heno al granero antes de empezar a cubrirla.
—¿Qué dice? —se interesó Nick, mientras se acercaban al estanque.
Edward se detuvo y contempló las aguas tranquilas.
—Dice que él tardó dos años en volver a dormir una noche entera después de Waterloo, y que yo sólo le he dado dos meses a mi mano para recuperarse. Que no desespere.
—¿Tu mano? —Nick le miró la mano derecha, con la que sostenía la carta.
—La otra —respondió Edward, levantando la izquierda.
—No le veo nada raro. Parece que no te falta ningún dedo. —Nick le cogió la mano y la volvió hacia un lado y hacia el otro para examinarla más a fondo—. Demasiado bronceada para ser la mano de un caballero y lo mismo podría decirse de los callos, pero parece estar bien.
Edward se la miró con sorpresa y la flexionó.
—Estaba inflamada. Tanto que me impedía tocar el piano.
Nick se la soltó.
—Pues ahora no parece que tenga que doler mucho, aunque no todas las lesiones se ven a simple vista. Lo que más nos duele suele ser invisible.
—Tienes razón, pero en este caso eran muy visibles. Y ahora, ya no.
—¿Se te ha curado? —le preguntó Nick, sorprendido.
—Sí —admitió Edward en voz baja—, o al menos va por buen camino. De vez en cuando siento punzadas, y me molesta un poco por las noches, pero cada día está un poco mejor.
—La vida en el campo sienta muy bien. —Su amigo le rodeó los hombros—. Y lo mismo puede decirse de otro aspecto de la naturaleza. Ese que se disfruta tanto cuando se practica sobre una manta a orillas de un arroyo.
—¿Qué? —Edward se detuvo y fulminó a su amigo con la mirada.
—Whitlock y Axel te vieron el sábado disfrutando de la sombra con tu Isabella —respondió Nick, sonriendo—. Eres una bestia lujuriosa, Edward. Quiero pensar que en parte se debe al buen ejemplo que te he dado.
—¡Maldita sea! —Bajó la mirada, pero no pudo reprimir una sonrisa—. Supongo que debo sentirme agradecido de que no salieran corriendo colina abajo a buscar a los guardias.
—Supongo. Hablando en serio, creo que no debe subestimarse el poder curativo de un buen revolcón amistoso, sin complicaciones.
—Tú defiendes cualquier tipo de revolcón.
—Cierto —confirmó Nick, muy serio—. Pero en tu caso, era muy necesario, Edward. Y no hablo sólo de retozar.
—Puede ser. —Ed empezó a caminar de nuevo y Nick lo soltó—. No voy a negarlo. Pero uno no siempre encuentra lo que necesita cuando lo necesita.
—Supongo que no, pero creo que estás haciendo un gran trabajo improvisando sobre la marcha, sin ayuda de partituras.
Cullen lo miró con curiosidad, pero no pudo averiguar si su amigo quería decirle algo más aparte de lo obvio. Los rasgos de Nicholas eran la viva imagen de la inocencia.
El martes por la tarde todos los arrendatarios estaban informados de los planes para la semana y ambos carros habían empezado a trasladar el heno. Las cuadrillas encargadas de la reparación de la casa habían comenzado a retirar las cimbras dañadas y a trasladar materiales de la casa al granero.
Edward se había reunido con Isabella al mediodía. La encontró colocando un jarrón con flores en lo que en teoría iba a ser el dormitorio de Ed. Había combinado rosas rojas y lirios de un color naranja brillante.
—Qué combinación tan interesante —murmuró él, entrando en la habitación y acercándose a ella por detrás. Se inclinó sobre la joven y aspiró su aroma, pero no la tocó—. Me gusta verte en esta casa, Isabella. —Ella se quedó inmóvil y Edward tuvo la sensación de estar viviendo unos instantes robados antes de que la joven desapareciera de su vida.
—Abrázame —le pidió ella, apoyándose en su pecho—. A mí no debería gustarme tanto estar aquí, pero me gusta.
—Cuando dices aquí, ¿te refieres a estar entre mis brazos —Edward la abrazó con fuerza por la cintura— o en mi casa?
—A ambas cosas. —Isabella se volvió hacia él y le rodeó la cintura con los brazos—. Y tampoco deberías pasar las noches conmigo.
—Lo hago para protegerte. —Ed la besó en el cuello.
Isabella ladeó la cabeza para facilitarle el acceso.
—Como si los cerrojos no sirvieran para eso.
—No lo hacen tan bien como yo. —Dando un paso atrás, le tomó la mano y dijo—: Mamá Nick ha requerido nuestra presencia en la fresquera. Y a Nick no se le hace esperar, que es peor.
—Es un tipo curioso, pero me cae bien.
—Su tamaño hace que destaque entre los demás —dijo él, mientras recorrían la casa—. Creo que se ha acostumbrado a ser distinto y se ha vuelto una persona muy independiente. Me alegro de que te guste. A veces puede resultar abrumador.
Isabella lo miró y lo que Edward vio en su mirada hizo que se detuviera.
—¿Qué?
—Ese hombre —Isabella sacudió una mano en dirección a la fresquera— que ató a un carro el árbol que cayó en mi patio como si lo hiciera todos los días... Ese hombre es conde, Edward. Tu hermano es conde y tu amigo Dare es el heredero de otro conde. ¿Podrías decirme a qué tipo de familia perteneces para tener tantos amigos y parientes con títulos nobiliarios? No pongo en duda el valor de tu hermano, pero fueron muchos los hombres que lucharon valientemente contra Napoleón en Waterloo y no todos fueron nombrados condes por eso. Por el amor de Dios, sir Dewey impidió que se declararan varias guerras y a cambio lo nombraron caballero... pero ¡no conde!
—¿Qué quieres saber exactamente? —preguntó él tratando de ganar tiempo, aunque una persistente vocecilla en su cabeza le repetía: «Díselo, dile que tu padre es duque; dile que tu otro hermano también es conde; ¡dile la verdad!».
—Apenas te conozco —admitió la joven, con tristeza—. No conozco a tu familia, no sé dónde has vivido antes de venir aquí ni cómo has acabado siendo fabricante de pianos. No sé... lo que esperas de la vida.
—Mi nombre completo es Edward Forsythe Cullen. —Se acercó a ella. No iba a permitir que se alejara de él, ni física ni emocionalmente—. Mi familia es numerosa y casi todos están asentados en la comarca de Kent. Ya conoces a mi hermano mayor y estaré encantado de describirte en detalle al resto de mi familia si lo deseas. Aprendí a fabricar pianos cuando fui a estudiar a Italia y me pareció que podría ser un negocio rentable en Inglaterra. Y lo que espero de la vida ahora mismo, Isabella Swan, eres tú. —La apretó contra su cuerpo, provocándola para que se atreviera a negarlo.
—Black —susurró ella contra su hombro—. Isabella Black.
—¿Por qué no Swan? «Maldita sea, ¿por qué no Isabella Cullen?»
Porque si lo decía en voz alta, ella saldría corriendo. Por eso mantuvo la boca cerrada y se limitó a abrazarla junto al porche de la cochera durante unos segundos robados.
—No hagamos esperar más a Nick. —Edward rompió el silencio y se obligó a sonreír para que no se notara la ansiedad que sentía—. Pero prométeme una cosa, por favor.
—¿Qué?
—Si tienes más preguntas, házmelas a mí y yo te las responderé. Y cuando hayamos atrapado al saboteador, quiero hablar contigo. Hablar en serio.
—Estás siendo honesto conmigo y supongo que, a cambio, querrás que yo lo sea contigo —dijo Isabella—. Me gustaría serlo, ojalá pudiera pero de verdad, no puedo.
—Sé que no te atreves, pero cuando estés lista para hablar conmigo, te prometo que te escucharé.
Isabella asintió. Cullen se maldijo por ser tan hipócrita, pero habían llegado a una especie de tregua y, de momento, iba a tener que conformarse con eso. Se consoló pensando que tal vez algún día Isabella se decidiría a confiar en él y le contaría sus secretos. Ya le había advertido que tuviera cuidado con Mike.
Se repitió una y otra vez que por algo se empezaba. Sabía que algunas veces se firmaban treguas mientras se preparaban la rendición total y la posterior retirada, pero se obligó a no hacer caso de esos pensamientos agoreros.
Al día siguiente, Isabella y los chicos fueron al mercado mientras Edward, Darius y Nick se quedaban para colaborar con la reparación del tejado del granero. A mediodía, Darius les recordó a todos que era la hora de comer. Todo el mundo se dirigió hacia el estanque, para almorzar junto a la orilla.
—¿Les acompañamos? —sugirió Dare.
—Es mejor que nos quedemos aquí con los caballos —rebatió Nick—. No me parece justo que todo el mundo vaya a descansar y las pobres bestias tengan que quedarse aquí.
—Con una bolsa de pienso colgando del cuello, además —añadió Edward—. Dentro del granero se está más fresco. Vayamos a la sombra.
—Apoyo la idea —dijo Darius—, aunque tengo tanta hambre que no me importaría que me colgaran una bolsa de pienso del cuello.
Habiendo llegado a un acuerdo, se dirigieron a la planta baja del granero con la cesta de pícnic, al espacio destinado a los animales. Hacía poco que Ed había mandado que lo despejaran. Lo habían limpiado, encalado y habían cubierto los suelos con grava nueva, por lo que estaba más limpio que muchas casas. Por el momento.
—Me gusta este granero —declaró Nick, mirando a su alrededor—. No tiene el techo demasiado bajo como otros. ¿Qué hay para almorzar?
Darius le pasó un emparedado a cada uno y vio cómo Nick le daba un buen trago al whisky antes de empezar.
—Deja algo para los demás —gruñó Dare, arrebatándole la botella de la mano mientras Nick se secaba la boca con el antebrazo y se reía.
—No está nada mal —dijo éste, apoyándose en una gruesa viga que iba desde el suelo hasta el techo.
La viga se movió y el sonido que hizo fue seguido por un silencio sepulcral.
—Vosotros dos, fuera de aquí ahora mismo —ordenó Nick en voz baja y tranquila.
—Dare, ve a buscar a los caballos —indicó Edward al mismo tiempo.
Edward se acercó a Nick y añadió su peso al de él para mantener la viga en su sitio.
Dare guió a los caballos al interior del granero y sujetó una cadena a la parte superior de la viga. Mientras los caballos la mantenían sujeta tirando de la cadena, Edward y Nick colocaban más cerchas para que ayudaran a soportar el peso del tejado.
Cuando se dieron por satisfechos con el resultado, dejaron a los caballos comiendo y se volvieron a inspeccionar la estructura.
—Alguien estuvo muy ocupado con la sierra el domingo —murmuró Edward—. Pensaba que habías pasado aquí buena parte de ese día, Darius.
—La mañana. —Dare se llevó la mano a la barbilla, reflexionando—. Por la tarde acompañé a los hijos de Bragdoll para que ayudaran a retirar árboles caídos de las granjas de los demás arrendatarios.
—Así que por la tarde cualquiera pudo acercarse. ¿Quién sabía que empezaríamos a reparar el granero tan pronto?
—Los Bragdoll —contestó Nick—. Lo que no sabían era que guardarías el resto de la cosecha de heno esta semana. Sin ese peso añadido, la viga central habría aguantado hasta que algún buey confiado la hubiera elegido para rascarse a gusto.
—Más sabotaje —murmuró Edward, haciendo una mueca—. No había pensado traer animales aquí hasta el otoño.
—Así que tal vez el plan era que el edificio se hundiera cuando el tejado ya estuviera reparado y el granero lleno de heno para todo el invierno —reflexionó Darius en voz baja—. Algunos animales habrían muerto en el acto y el resto de hambre durante el invierno.
—Si os quedarais sin heno para pasar el invierno, probablemente los arrendatarios se marcharían —concluyó Nick.
—Si el responsable es Mike Swan —y cada vez tenía menos dudas al respecto—, no creo que sepa valorar la importancia de una cosecha de heno perdida. No más de lo que significa perder tu turno en Almack's. Lo que sí sabe es que un granero inservible nos causará problemas y gastos. No creo que planee con tanta meticulosidad la pérdida de vidas, humanas o animales, ni que se le pase por la cabeza que la gente pueda perder su hogar o su modo de vida.
—Ese hombre es una joya —ironizó Nick—. Un auténtico tesoro. ¿Crees que lleva martirizándola todos estos años?
—Estoy convencido, aunque me gustaría saber la razón. No ha invertido ni un penique en la finca y se ha llevado un buen pellizco a cambio. No entiendo por qué lo hace.
—Todo este drama me ha abierto el apetito. —Nick regresó al granero, recogió la comida y le pasó la botella a Darius—. Busquemos un lugar seguro a la sombra de algún árbol y acabemos de comer. ¿Qué piensas hacer ahora, Ed?
—Ya le he enviado una invitación a Mike para que venga de visita. Le he dicho que quería que fuera el primero en conocer mi refugio campestre. —Se sentaron en la hierba y Edward se apoyó en el tronco de un árbol—. He avisado a sir Dewey de mis planes. No le gustan, pero tampoco puede hacer nada para detenerme.
—¿Le contaste lo ocurrido en la casita de Isabella? —preguntó Darius.
—Sí, ayer mismo. Y la nota de Mike también salió ayer. Lo invité a venir el miércoles que viene.
—Si llega el mismo miércoles, Isabella estará en el mercado. ¿No piensas avisarla de su llegada? ¿Y qué le dirás de esto? ¿Le explicarás que el desgraciado casi nos mata, a nosotros tres y a dos espléndidos caballos?
—Eso, eso —metió baza Nick entre bocado y bocado.
—Sí, le diré lo que ha pasado, y creo que los chicos también deben saberlo para que abran bien los ojos y vayan con cuidado en todo momento —expuso Edward—, pero no quiero que sepa que he invitado a Mike.
—Puedo llevármela a Kent —le recordó Nick—, o a Londres. Incluso a Candlewick, si no quieres que se vaya muy lejos.
—Si hacemos eso, sabrá que tramamos algo —se opuso Edward—. Y si sale huyendo, Mike gana la partida. A las lenguas de Little Weldon les gusta mucho moverse. Estoy seguro de que alguien le pasa información a Mike.
—Es posible. Y tal vez ni siquiera se den cuenta de que están perjudicando a alguien al contar sus chismes —reflexionó Darius, acabándose su sándwich.
—Lo que voy a contarte ahora no es ningún chisme —dijo Nick, echándose sobre la hierba y apoyando la cabeza en el muslo de Edward—. Creo que una siesta ahora mismo sería una gran idea. Aunque quizá sería mejor dar otro trago de esa bebida medicinal antes de dormir. —Alargó sus dedos hasta encontrar la botella, dio un sorbo y cerró los ojos.
—Creo que tienes toda la razón. —Darius se tumbó a su vez, usando la cesta de la comida como almohada—. Una siesta es justo lo que necesitamos.
Cullen permaneció sentado entre ellos. La cabeza de Nick era un peso sobre su pierna pero la presencia de los dos hombres aliviaba el peso mucho mayor de su pecho. Acababan de arriesgar sus vidas por él y ahora, como si fueran dos perros fieles, se tumbaban a su lado para dormir hasta que volviera a necesitarlos. Con la amenaza de la muerte tan presente y cercana, tener la seguridad de que alguien te quería y se preocupaba por ti era muy importante.
Hawthorne Bragdoll estaba sentado sobre su árbol favorito, reflexionando sobre la escena que acababa de presenciar en el granero. El maldito edificio había estado a punto de desplomarse y caer como un castillo de naipes. No lo había hecho gracias a la fuerza de un gigante rubio —que, además, era un jodido conde— y de la ayuda del señor Cullen. Éste también era grande y cada vez estaba más fuerte y musculado por el trabajo en la finca, pero el tipo rubio parecía casi una atracción de circo: el hombre forzudo o algo así. Le recordaba a los vikingos, sobre todo cuando sonreía.
Y sonreía mucho. Especialmente a las mujeres.
Neal se había alterado considerablemente cuando aquella descarada novia suya, Louise, le había devuelto la sonrisa al gigante. El pobre Neal no sabía que Louise Hackett hacía cosas mucho peores con la boca que sonreír al primer tipo guapo o con los bolsillos repletos que se le pusiera a tiro. Thorn no la juzgaba. Los tiempos eran demasiado difíciles como para rechazar unos ingresos extras, aunque para las camareras y los arrendatarios los tiempos nunca eran fáciles. De todos modos, Thorn esperaba no tener que ganarse nunca el pan de esa manera.
El domingo, en cuanto vio que venían a reclutarlos para recomponer los destrozos causados por la tormenta, se escabulló hasta su segundo árbol favorito para pensar, en el bosquecillo cercano a la casa grande. Y desde allí vio con sorpresa cómo un lechuguino desgarbado y barrigón se daba aires cerca de un árbol medio caído junto a la casa de la señora Black. Thorn vio horrorizado cómo aquel tipo le ordenaba a Hiram Hackett y al zoquete de su hermano Dervid que serraran el árbol para que acabara de caer sobre la casa de la viuda.
Días antes, Thorn había visto a Hiram y a Dervid haciendo viajes hacia la casa grande, cargados con leña y virutas de madera. Cuando los vio entrar con dos latas de aceite para lámparas, pensó que estaba a punto de contemplar el fuego más grande que se había visto desde el incendio de Londres.
No los había delatado porque sabía que en la casa no había nadie y, además, Cullen no era ni su amigo ni su pariente, pero destrozar por capricho la casa de una viuda sin más recursos...
Eso ya no era una travesura, era malicia, incluso para los niveles de tolerancia de Thorn, que eran elevados. La señora Black no era nadie, igual que él, pero el chico tenía la sensación de que era mejor persona que el resto de los vecinos del pueblo, aunque muchos la criticaran a sus espaldas. Thorn no solía sentir compasión por nadie, pero aunque no tenía hermanas, sí una madre. Y muy probablemente, dada la afición de su padre por la botella, esa madre sería viuda algún día.
Si a alguien se le ocurriera tirar un jodido árbol sobre la casa de su madre... Thorn apretó los puños al imaginárselo y luego se recostó sobre la rama del árbol para seguir reflexionando.
—Vaya, vaya, ¿qué tenemos aquí? —Mike Swan recogió la única carta que agraciaba la bandeja de la correspondencia en la sala del desayuno de su casa de Londres. Había dado instrucciones de que separaran las facturas y los requerimientos de los deudores antes de que bajara a desayunar cada mañana, para revisar las invitaciones —o en este caso, la invitación— con una taza de té. La correspondencia desagradable le esperaba en la biblioteca para cuando se decidiera a examinarla.
—¿Señor? —El tono de Stanwick era respetuoso, pero en sus ojos se veía la expresión sufrida de los que no cobran su salario con regularidad. Su amo no seguía ninguna de las leyes no escritas que caracterizaban a un caballero.
—Lord Edward Cullen me invita a almorzar para que compruebe de primera mano los avances que ha hecho en la remodelación de la vieja casa de Little Weldon. —Mike estaba encantado pero se esforzó en mantener un tono serio y aburrido. No era elegante mostrar las propias emociones delante del servicio.
—¿Piensa aceptar la invitación, señor? —preguntó Stanwick educadamente, mientras le servía una taza de té.
—No me lo perdería por nada del mundo. Llevaré el coche descubierto si ningún temporal me lo impide. No quiero que me hagan perder mucho tiempo. Me pasaré por ahí, le desearé lo mejor y me quedaré un par de noches en Oxford. —Con los estudiantes de vacaciones, el enjambre habitual de mujeres que se ocupaban de las necesidades de los alumnos estarían encantadas de hacerle de las suyas.
—¿Para cuándo quiere tener el equipaje preparado, señor?
—La invitación es para el miércoles, así que saldré el lunes —respondió Mike, golpeándose los labios con la invitación—. Stanwick, ¿puede saberse cuándo se dejaron de servir galletas con el té en esta casa? No se puede consentir que un lord del reino pase hambre, ¿no te parece?
—Iré a la cocina a ver qué hay, señor.
Mike lo observó mientras se alejaba, convencido de que el mayordomo no regresaría con las manos vacías a pesar de la deplorable impaciencia de los acreedores que no hacían más que reclamar el pago de sus facturas. Los buenos sirvientes comprendían que un lord del reino estaba por encima de esos asuntos tan mundanos, así que nunca faltaría comida en la mesa.
Estaba casi seguro de ello.
Considerando los ataques del fin de semana anterior, Edward decidió que se quedaría en la finca ese fin de semana. Animó a Isabella, a Nick, a Darius y a los chicos para que se fueran, diciéndoles que contrataría a los Bragdoll para que patrullaran la finca, pero sólo Dare aceptó su invitación, para ocuparse de unos asuntos en Londres.
Nick y Edward no sabían a qué tipo de asuntos se refería y tampoco se lo preguntaron.
Para sorpresa de Edward, Axel y Abby Belmont decidieron ir a visitarlos el sábado. La excusa que pusieron fue que Axel quería echarle un vistazo al invernadero que iban a construir en la casa de Isabella, aunque sin duda el objetivo de la visita era ver a los chicos.
Esa mañana, Edward se despertó del mismo modo que las cinco mañanas anteriores: en la cama de Isabella, concretamente entre sus brazos. Y la falta de dormitorios preparados ya no era una excusa. Había las suficientes habitaciones listas como para poder acoger a los Belmont en condiciones si decidían quedarse a pasar la noche. Sin embargo, no quería renunciar a sus noches juntos.
Isabella se estaba preparando para huir. Edward lo presentía. Sus dos hermanos mayores habían hecho lo mismo al alistarse en la caballería para no tener que soportar la insufrible prepotencia de Moreland. Él también había salido huyendo hacia Italia. Su hermano Emmett había preferido arrojarse en brazos de las complejidades de una finca ducal con graves dificultades económicas, pero su opción no dejaba de ser una huida. Igual que Jazz al volver de la guerra. Primero se había refugiado en la bebida, pero había acabado huyendo al norte.
Así que Edward Cullen podía oler una huida a kilómetros de distancia. Isabella llevaba días haciendo el equipaje emocionalmente y él no podía evitarlo.
No obstante, ahora era un hombre con responsabilidades. En vez de quedarse en la cama dándole vueltas a la cabeza, se levantó cuando los primeros rayos del sol se colaron por la ventana, le dio un beso en la mejilla y recogió la ropa que había dejado la noche anterior de cualquier manera encima de la silla. La lista de asuntos pendientes era larga. Si no podía resolver la situación con Isabella, al menos tacharía unas cuantas cosas de la lista.
Se estaba volviendo como Moreland, que pensaba que aprobar unas cuantas leyes en el Parlamento compensaba el ser un padre inepto y avasallador.
—¿Edward?
—Estoy aquí, cariño. —Regresó a la cama y se agachó para mirarla. Vio que estaba aún adormilada—. Duerme un poco más. Casi no te he dejado hacerlo esta noche.
Isabella se acercó un poco más al borde de la cama y le rodeó el cuello con los brazos.
—¿Qué pasa? —murmuró Ed, sentándose en la cama y retirándole el pelo de la cara con suavidad.
Isabella se incorporó y se colgó de sus hombros.
—¿Cuándo vas a hablarme de tu familia? Hablarme de verdad, no darme unos cuantos detalles para que me calle.
Edward luchó en silencio contra la voz que le decía que no era el momento adecuado. Podía decirle: «Mi padre es uno de los hombres más poderosos del reino, uno de los más testarudos y fieles a su esposa. Y no aprobaría en absoluto que tuviéramos hijos ilegítimos, así que cuanto antes nos separemos, mejor». ¿Cómo reaccionaría ella entonces?
—¿Cuándo vas a contarme lo que pasa en realidad entre Mike y tú? —Prefirió contraatacar con otra pregunta. Le tomó la mano y le besó los nudillos, tratando de transmitirle la idea de que no pretendía juzgarla, sino sólo escucharla, pero los ojos de Isabella se llenaron de una desolación tan grande que Ed se arrepintió de sus palabras.
—Pronto. Pronto te lo contaré todo, y entonces desearás que no lo hubiera hecho.
—¿Traicionaste a Jacob? —preguntó él con delicadeza, llevándose la mano de Isabella a la mejilla.
—Sí —respondió ella, respirando agitadamente—, pero no de la manera que te imaginas. Nunca le fui infiel, aunque eso ya no importa.
Edward vio cómo la habitación estaba cada vez más iluminada, pero Isabella permanecía en silencio.
—Hablaremos cuando estés preparada —le prometió, dándole otro beso en la mejilla.
—¿Y tú? ¿Me hablarás de tu familia?
Edward le dedicó una sonrisa melancólica.
—Cuando lo haga, desearé no haberlo hecho. Y tal vez tú también.
—Todo está preparado —confirmó Darius, mientras veían alejarse el carro en dirección al mercado del pueblo el siguiente miércoles por la mañana—, a pesar de que te repito que no me gusta tu plan, Ed. Reunirte con ese tipo sin la presencia de la autoridad, y sin nadie aparte del pequeño Nick para que mantenga la paz.
—Ese pequeño Nick del que hablas —replicó el aludido— tiene un título superior al de ese bufón pusilánime, pesa el doble, es dos veces más alto que él y tiene por lo menos cinco veces más capacidad mental. Y si mi sola presencia y encanto personal no son suficientes para inspirar en ese individuo el deseo de comportarse como es debido, tú estarás en la retaguardia, cubriéndonos las espaldas.
—En efecto. ¿Qué le dirás a Mike sobre Isabella?
—Lo menos posible —respondió Edward—. Isabella no debería ser de la incumbencia de Mike, ni él de ella. El auténtico objetivo de esta reunión es asegurarme de que así sea.
—Al menos, estás haciendo algo al respecto —comentó Nick—. Aunque, a decir verdad, has hecho muchas cosas últimamente. Es impresionante la cantidad de asuntos que has resuelto en tan poco tiempo.
—Con el personal adecuado se puede conseguir cualquier cosa —replicó Edward, quitándose importancia—. Tengo que reconocer que me pone nervioso tanto silencio. Los oigo trabajando en casa de Isabella, pero echo de menos ver los andamios y oír la retahíla de palabrotas, los gritos y los golpes de martillo.
—Es que antes no oías nada que no fueran notas musicales —observó Nick—. Te estás acostumbrando a oír otras cosas.
—Quizá. —Edward reflexionó sobre las palabras de su amigo. Lo estaba acusando de no enterarse de nada. Una cosa era no escuchar y otra no oír. Era distinto. Era el duque el que nunca escuchaba a quienes lo rodeaban.
—Ya no te pierdes en tus reflexiones tanto como hace unos meses —añadió Darius—, y no aprietas el puño cien veces cada hora.
—¿Apretaba el puño?
—Sí, el izquierdo. Al principio pensé que estabas enfadado con alguien y que tenías ganas de darle un puñetazo. Llegué a pensar que era a mí a quien querías dárselo. Pero luego me di cuenta de que lo hacías de manera inconsciente.
Edward paseó la mirada entre los dos hombres.
—¿Estáis seguros de que caminaba sobre dos patas y de que hablaba nuestro idioma? Parece que estéis hablando de otra persona. No me reconozco. Es como si fuera un extraño para mí mismo.
—No, no eras un extraño —lo corrigió Nick—. Más bien te comportabas como un dignatario en visita oficial con aquellos que se preocupaban por ti.
Cullen guardó silencio, preguntándose qué más cosas habrían querido decirle sus amigos durante todo ese tiempo, sin atreverse, por culpa de esa tendencia suya de encerrarse en su mundo artístico incluso estando en compañía de otras personas. Al ver que sus amigos intercambiaban una sonrisa burlona, se dio cuenta de que lo estaba volviendo a hacer.
—¡Bueno, dejadme en paz! —Se abrió camino entre ellos con un empujón—. Voy a registrar la casa una vez más. Si tú registras los cobertizos y la cochera, Dare, y tú los establos, Nick, me quedaré un poco más tranquilo.
—Claro. —Nick se alejó y Darius se volvió hacia Ed.
—Has hecho un buen trabajo con la casa durante esta semana —afirmó—. Ahora ya está habitable. Supongo que te mudarás cuando Isabella vuelva a la suya.
—Tendría sentido —replicó él, que no tenía ganas de explicarle a su amigo lo poco que le apetecía hacerlo. Si Isabella regresaba a su casa, le resultaría aún más fácil desaparecer de su vida. Si ella decidía poner fin a su relación, Edward no soportaría vivir solo en la casa. No podría pensar un día tras otro que estaba trabajando en su jardín, lejos de él, separada por un bosquecillo y tres universos de tozudez.
—Bueno —dijo Darius suavemente, sacándolo de sus pensamientos—, ¿y cuándo vas a colocar el piano?
Edward se volvió bruscamente.
—¿Qué piano?
—El que tu padre envió con el carro —respondió su amigo—. El que lleva más de una semana en la cochera, metido en una caja.
Edward se encogió, avergonzado.
—¿Dejamos un piano en la cochera?
—A Mike le extrañará que no tengas un piano —insistió Darius—. Y tenemos toda la mañana por delante antes de que llegue. Deberíamos matar el tiempo con algo.
—Y emplear la nada desdeñable fuerza de Nick para que nos ayude. —Pero qué estaba haciendo. No debería sacar el maldito trasto de la caja. ¿Cómo se le ocurría al duque enviarle un piano en esos momentos? Qué típico de su padre querer hacer algo bien y elegir precisamente el momento menos adecuado. Ed se quedó mirando su mano izquierda. La verdad era que últimamente casi no se notaba la diferencia entre la izquierda y la derecha. Siempre podía volver a embalar el piano y enviarlo de vuelta.
—Acabemos con esto —musitó, diciéndose que ningún piano debería estar nunca en una cochera y menos en la suya.
—Si insistes...
—¿Piensas afinarlo? —preguntó Nick, pasándole un brazo a Ed por encima del hombro cuando hubieron colocado el instrumento en un saloncito de la primera planta—. Sé que siempre llevas las herramientas de afinación contigo.
Cullen apretó los labios pero no lo negó. Nunca se separaba de ellas.
—Tal vez a Isabella le apetezca tocarlo —sugirió Darius, que era la viva imagen de la inocencia.
—Bueno, que os den a los dos. —Edward se rindió con un suspiro. Al fin y al cabo, un piano no se podía dejar desafinado.
Sus empleados lo habían embalado con mucho cuidado (porque indudablemente era uno de sus pianos), y había llegado en muy buenas condiciones, por lo que apenas necesitó afinarlo. Cerró la tapa del teclado y buscó con la mirada la banqueta que también le había enviado su padre. La colocó delante del instrumento y se fijó en que un trozo de papel asomaba por debajo de la tapa del asiento.
Era una nota de él, escrita de su puño y letra.
Edward:
Tocas estos trastos mejor de lo que yo hago cualquier otra cosa, a excepción, tal vez, de amar a su gracia la duquesa. Fue ella la que eligió este modelo después de haber probado todos los que estaban a la venta en tus dos talleres. Dijo que los registros central y bajo sonaban particularmente bien, sea lo que sea lo que eso signifique. La duquesa dijo que te enviaría algunas partituras. Yo le comenté que sería mejor que vinieras personalmente a Moreland para recoger las que quisieras, ya que sería la única manera de que este viejo pueda ver a su hijo pequeño —y el único que le queda soltero—, pero es imposible razonar con tu madre sobre algunos asuntos.
Quédate con Sean, por favor. Los establos de Moreland son demasiado grandes y bulliciosos para una persona de su edad, pero no acepta reducir sus responsabilidades. Enviártelo fue idea de la duquesa; lo del piano idea mía.
Espero que estés bien. Yo lo estoy, cosa que sabrías si tuvieras la cortesía de escribirle a tu padre de vez en cuando. Y conste que las breves notas de agradecimiento que envías para apaciguar a tu madre no cuentan.
Moreland
Edward se echó a reír al leer la carta. Era una mezcla indescriptible de formalidad, familiaridad e indirectas descaradas. Aunque se pasara la vida intentándolo, el duque nunca podría ser una persona sutil. Era directo, inflexible y adoraba a su esposa. Desde que sufriera un ataque al corazón el año anterior, se había suavizado un poco, pero a él no se le escapaban sus descarados intentos de manipularlo. La nota era breve, pero dejaba claras varias cosas:
Que quería que le hiciera una visita.
Que pretendía que le escribiera más a menudo.
Que lo animaba a tocar el piano, aunque se había pasado toda su vida recordándole que la música era una actividad poco masculina. Siempre le decía que ningún hombre debía dedicarse a la música más que de vez en cuando. Que ahora le enviara un piano iba totalmente en contra de los sermones que le había echado siempre. Pero las cosas con su gracia eran así. Si cambiaba de opinión sobre algo, lo que antes pensara dejaba de existir, como tal cosa. Era una cualidad interesante esa de poder alterar la realidad a voluntad. El truco para lograrlo debía de ser el primer secreto que los duques de Moreland pasaban a su heredero. Tendría que preguntárselo a Emmett cuando volviera a verlo.
Cerró la tapa de la banqueta, no sin antes ver que dentro había otro papel: una orden de reparto con el sello de «pagado».
Era un instrumento precioso. Edward suspiró observando su brillante acabado. Era un piano de cola, por supuesto. Su madre no se conformaría con menos para él. Levantó la tapa y se sentó, jurándose que sólo iba a probar que estuviera bien afinado.
Para mantener su promesa, se limitó a tocar la nana que había compuesto para Winnie y que le había entregado a Whitlock para que se la hiciera llegar. A Winnie le costaba estarse quieta. Iba de una punta a otra de la finca como un tornado en miniatura, metiendo las narices en los asuntos de los adultos con Scout, aquel perro enorme, pegado a los talones. Por eso le había escrito una canción de cuna, para que la tocara cuando a Scout le costara calmar sus nervios caninos o por si le apetecía acabar los días con una música tranquila y bonita. No era la primera pieza que había compuesto para ella, aunque tal vez sí fuera la última.
Con mucha delicadeza puso los dedos sobre las teclas. El familiar frescor de su contacto le envió un escalofrío desde los brazos hasta el resto del cuerpo.
—Te he echado de menos, amigo mío —susurró—, pero sólo es una visita de cortesía.
Las notas brotaron con facilidad y naturalidad, y la suave brisa de la mañana las extendió por el patio. La melodía, lírica, sencilla, tierna y dulce flotó sobre las flores y entre los árboles, jugó con los rayos del sol y llegó hasta el estanque. En el balcón de la cochera, Darius y Nick intercambiaron una sonrisa mientras las últimas notas se apagaban.
—Es un comienzo —dijo Nick, en voz baja—. Un comienzo modesto, pero un comienzo.
