Capítulo 13

Cuando acabó de vestirse para la visita, a Edward le quedaba todavía una hora libre, así que volvió a la casa y se dirigió a la biblioteca. Se sentó tras el escritorio mientras reflexionaba qué podía escribirle a su padre que no pareciera una nota de agradecimiento para apaciguar a su madre. Su padre le había lanzado un desafío y Edward no era de los que no hacen caso de algo así. Y menos viniendo de Moreland. Y menos aún teniendo en cuenta su situación.

A su gracia, Carlisle, duque de Moreland, etcétera:

Se me ha ocurrido que, si una breve nota de agradecimiento no es suficiente, tal vez una larga, efusiva y absolutamente sincera carta de agradecimiento lo sea. A riesgo de parecer poco modesto, el instrumento que me habéis enviado es una maravilla y os lo agradezco mucho.

Me complace poder deciros que ya tengo una sala de música habilitada para albergar vuestro generoso regalo, a pesar de que, cuando llegué a la propiedad, este lugar no era habitable más que para las ratas, los vagabundos y los murciélagos. Ya no tenemos ese tipo de inquilinos y confío en que, en pocas semanas, las obras habrán acabado del todo.

Darius Lindsey, Axel Belmont y sus hijos me han ayudado muchísimo y ahora, además, cuento con el apoyo del mismísimo conde de Bellefonte. Nick se ha unido a la causa. El proyecto está resultando muy gratificante pero, al mismo tiempo, una fuente de preocupaciones, ya que el estado de abandono en que se encontraba la casa era sólo uno de los problemas a los que hemos debido enfrentarnos.

Creo que un tal Mike, barón Roxbury, nos ha estado complicando mucho la vida y todavía no he descubierto qué motivos lo mueven a actuar así. Ya no es el dueño de la propiedad, así que ya no debería tener ningún interés por la finca. Sin embargo, parece guardarnos un gran rencor tanto a mí como a la viuda del anterior barón. Cualquier información que su gracia pueda ofrecerme sobre la situación de Roxbury será bienvenida.

Recuerdos a mis hermanas y a McCarty, si lo veis antes que yo. Whitlock partió hacia el norte hace unos diez días. Espero recibir buenas noticias de él y de Alice muy pronto.

Quedáis en mis pensamientos y en mis oraciones.

Edward

—Disculpe que le moleste, señor Cullen, pero ha llegado su invitado —anunció el único criado que había contratado hasta la fecha, un lacayo llamado Davies. Había empleado personal para la cocina, pero de momento de manera temporal, sólo para la comida de ese día.

—Gracias, Davies. —Ed se levantó, se estiró el chaleco y se puso la chaqueta—. Por favor, hazlo pasar al salón y avisa a la cocina de que suban el té. ¿Sabe lord Bellefonte que ha llegado nuestro invitado?

—Sí, señor. He visto que se acercaba a la casa con intención de entrar por la puerta de la cocina.

Ed adoptó la expresión oficial de hijo menor de un duque: educada y ligeramente aburrida, pero benevolente y tolerante con todos los que estaban por debajo de él en la escala social. Al entrar en el salón, Mike Swan estaba al lado de una ventana mirando la parte inferior de un jarrón de cristal Waterford que tenía en sus manos, blancas como las azucenas.

—Buenos días, milord —lo saludó Cullen con una ligera sonrisa—. Espero que haya tenido un buen viaje desde la capital.

—¡Cullen! —Mike le devolvió la sonrisa y dejó el jarrón en su sitio—. Pasé la noche en Oxford para disfrutar de los atractivos del lugar y de unas buenas cervezas veraniegas. Esas cosas siempre me ponen de buen humor.

Edward rebajó la intensidad de su sonrisa varios grados para hacerle notar a su invitado que no había pasado por alto su descortesía al no usar el tratamiento correcto para dirigirse a él.

—Sin duda debió de ser muy agradable —repuso Edward, aunque su tono implicaba justo lo contrario—. ¿Nos sentamos?

—Oh, ¿vamos a tomar el té, con pastas y todo? Encantador. Tengo que decir que estoy impresionado por las molestias que se ha tomado con este viejo caserón.

Edward se encogió de hombros.

—La estructura era de calidad. Odio ver que una propiedad valiosa se echa a perder por simple falta de cuidados.

Mike alzó las cejas, pero la expresión de su cara quería transmitir que no entendía por qué debería sentirse ofendido por su comentario.

—Es comprensible —replicó con menos entusiasmo—. ¿Va a enseñarme el resto de la casa? Hace años que no la veo por dentro.

—¿Me está diciendo que la ha visto por fuera recientemente? —preguntó Edward, alzando una ceja.

—No... bueno... —Mike se subió un poco las mangas y luego se pasó un dedo por el cuello de la camisa—. Si paso por aquí cerca, a veces me desvío para echarle un vistazo a la finca.

—¿Para qué? Según dicen los arrendatarios, nunca se interesó por el estado de las granjas.

—¿Las granjas? ¿Por qué deberían interesarme las granjas? Los granjeros son ellos, no yo. Vaya, aquí está el té.

—Permítame que se lo sirva. —Edward se defendía estupendamente con una tetera. Había tomado el té cientos de veces con sus hermanas cuando era un niño. Servir bien el té era una habilidad que cualquier caballero que se preciara debía perfeccionar. Cuando le alargó la taza, Edward tuvo la satisfacción de comprobar que la mano de Mike temblaba ligeramente.

—¿Qué le parece —empezó a decir éste con una sonrisa radiante— si ya que estamos entre hombres, animamos el té con algo más fuerte para alegrar el día?

Edward le pasó la licorera llena de brandy de primera calidad que sin duda Mike había visto en cuanto entró en la habitación.

—¿Llego tarde? —Nick acudió al salón sin anunciarse ni llamar a la puerta—. Eso parece. Mis disculpas a la compañía. Roxbury —dijo, mirando al barón a los ojos pero sin inclinarse ante él, ya que su título era claramente superior al de Mike.

—Usted es Reston, ¿verdad? —inquirió el recién llegado, levantándose y alargando la mano con una nueva sonrisa.

—A causa de una reciente pérdida, ahora es Bellefonte.

Nick inclinó la cabeza, pero no hizo caso de la mano de Mike. Desde su gran altura, lo fulminó con sus ojos azules, que habían adquirido un brillo glacial, hasta que Roxbury le devolvió la inclinación de cabeza.

—¿Té, Bellefonte? —Edward señaló la bandeja.

—Por supuesto. —Cuando vio la licorera, alzó una ceja con incredulidad—. Lord Edward, ¿no pretenderá estropear ese estupendo té con la profana costumbre de añadirle brandy?

—No, claro que no —respondió el aludido, satisfecho, mientras le servía una taza.

»Bellefonte estaba visitando a unos amigos en Candlewick —le explicó a Mike—, y ha sido tan amable de hacernos el honor de su visita. Tenemos lazos familiares.

Edward y Nick siguieron intercalando títulos nobiliarios en la conversación, mientras Mike trataba de desaparecer en su taza de té y lanzaba miradas de soslayo a la licorera.

Cuando las tazas estuvieron vacías, Edward se levantó.

—Ya hemos tomado el té y lord Roxbury no ha venido hasta aquí para oírnos hablar de los viejos tiempos. El objetivo de su visita era que viera cómo progresan las obras, así que vamos a dar una vuelta por la casa. ¿Vamos?

Edward los guió hasta la cocina. Habitación por habitación, les fue contando las reparaciones, restauraciones y mejoras que había llevado a cabo. Cuando acabó con las cuatro plantas de la casa, les mostró también las obras del tejado, patio, los edificios auxiliares y las tierras. La lista de reformas parecía inagotable. Mike debería haberse mostrado avergonzado, pero la única emoción que Edward percibió fue la ira de sus ojos.

Al finalizar la visita, lord Roxbury pidió permiso para usar el excusado y Edward lo acompañó hasta una habitación de invitados.

—Me reuniré con ustedes en la puerta, caballeros. Podemos dar un paseo por los jardines si les apetece —propuso el joven.

—Le esperaremos en la terraza —respondió Edward, sin mirar a Nick a los ojos para que Mike no sospechara de ellos. Salieron y lo dejaron teóricamente usando el aseo.

—No le des demasiado tiempo —murmuró su amigo mientras caminaban—. No se tarda mucho en escabullirse hasta el desván y prender fuego a una hoguera ya preparada.

Edward asintió. Al volver una esquina del pasillo, se encontraron con Darius, que los esperaba.

—Ese tipo es un idiota insufrible —susurró Dare, poniendo los ojos en blanco. Oyeron el sonido de una puerta que se abría y se cerraba, y luego unos pasos que subían por la escalera de servicio.

—Vamos —dijo Nick, tirando de la manga de Edward, pero éste le indicó con un gesto que aguardara un poco más.

—Ahora. Dejaremos la puerta abierta, Dare.

Subieron los escalones en silencio, deteniéndose a escuchar al llegar arriba. Mike estaba sacudiendo una lata llena de aceite, presumiblemente para distribuirla por todo el suelo. Oyeron cómo, una vez acabada esta operación, empezaba a rascar el pedernal para prender la yesca. En el silencio del desván, los sonidos eran fácilmente reconocibles. Edward se movió y Nick lo siguió en silencio.

—¿Por qué demonios no prendes, maldita sea? —murmuró Mike, hablando con la hoguera.

—Porque nos hemos ocupado de que la leña esté bien húmeda —respondió Edward—. Además, no creo que quiera que lo ahorquen por pirómano, Roxbury.

—¡Cullen! —Mike se incorporó, y la cara se le puso roja como un tomate. Se metió el pedernal en el bolsillo y miró hacia el techo, como si esperara que fuera a aparecer alguna excusa descolgándose de las vigas.

—Abajo —ordenó Edward, señalando hacia la escalera—. Ahora mismo.

—No tiene pruebas —se defendió Mike, en voz baja y desagradable, con los dientes apretados—. Es su palabra contra la mía.

—Y la mía —añadió Nick.

—Y la mía —apostilló Darius alegremente, apareciendo detrás de Edward—. Creo que lo han invitado a bajar, Roxbury. ¿Me equivoco?

Edward dejó que Nick y Darius escoltaran hasta el salón a un Mike que parecía haber perdido las ganas de hablar. El trayecto no era corto, ya que tenían que cruzar la casa de punta a punta y, además, bajar tres pisos. Durante el tiempo que tardaron, Edward no dejaba de preguntarse por qué no experimentaba una mayor sensación de triunfo. Su instinto no le había engañado. Isabella tampoco. Había sido él quien había estado detrás de los sabotajes. Lo que aún no sabía era por qué.

Se dio un plazo de quince minutos para averiguarlo.

Necesitaba saber la razón.

—Tiene una oportunidad —dijo Nick, en cuanto llegaron al salón—. Una única oportunidad para explicarnos por qué ha tratado de reducir la propiedad de lord Edward a cenizas. —Le dio un empujón a Mike en el pecho haciéndolo caer de culo en una silla. Éste miró de Nick a Ed y luego de nuevo a Nick.

—Yo confesaría —añadió Darius, encogiéndose de hombros—. Lo único que quiere es saber la verdad y, al fin y al cabo, nadie ha resultado herido.

Mike resopló, como si estuviera muy indignado.

—No entiendo a qué viene todo esto. Me habéis pillado jugando limpio. Asumiré las consecuencias y me iré a casa.

—¿Jugando limpio? —La voz de Edward era amenazadora—. Le recuerdo que perdió esta finca en una partida de cartas, Roxbury, y por si eso no fuera lo suficientemente idiota, ahora trata de prender fuego a la misma propiedad. En esta casa hay criados. En la cocina hay mujeres y niños que no se enterarían de que se ha declarado un incendio hasta que fuera demasiado tarde. En una casa tan antigua como ésta, el fuego se extendería incluso sin la ayuda del aceite de quemar que tan amablemente ha esparcido por el suelo.

—¿Cómo sabe que era aceite de quemar?

Nick miró a Darius poniendo los ojos en blanco mientras Edward no podía reprimir un resoplido. «¿Cómo alguien tan estúpido había estado tan cerca de conseguir sus objetivos?»

Lord Bellefonte se inclinó hacia Roxbury, dejando que su tamaño hablara por él.

—Confiese, Roxbury, ahora.

—Yo le haría caso —le aconsejó Darius—. Tiene un carácter del demonio y no le gusta que amenacen a sus amigos. Además, si tenía pensado hacer carrera en la Cámara de los Lores —se interrumpió y sacudió la cabeza—, será mejor que no se enemiste con este de aquí —añadió, señalando a Edward con la barbilla—. A Moreland no le gusta nada que le falten al respeto a su hijo, y tiene a la Cámara en su bolsillo ducal. —Darius le dedicó una sonrisa a Nick—. Sin menospreciar su influencia, señor.

—Por supuesto. —El rubio le devolvió la sonrisa, pero ésta desapareció al volverse hacia Edward—. Estamos perdiendo el tiempo, milord. Déjeme cinco minutos a solas con esta escoria y ya verá...

—¡Por favor! —Mike saltó de la silla como movido por un resorte, sólo para encontrarse con la enorme mano de Nick, que volvió a sentarlo de un empujón—. Puedo explicarlo todo. En realidad, es muy sencillo. Yo sólo... bueno... quería animarlo a que volviera a venderme la propiedad.

—¿Provocando un accidente detrás de otro? —conjeturó Edward, sentándose en una cómoda butaca—. ¿Empezando por unas cuantas tejas sueltas en el tejado? ¿Preparando un par de hogueras en el interior de la casa? ¿Tratando de echar abajo el granero mientras restaurábamos el tejado?

La cara del joven pasó del rojo más encendido al blanco más intenso en un instante.

—¿Cómo lo ha sabido?

Edward chasqueó los dedos y se levantó.

—¡Me olvidaba! También ha tratado de destrozar la casa de Isabella Swan forzando la caída de un jodido árbol. Por suerte, la dama no estaba en ese momento, así que lo único que se perdió fue su tranquilidad, su sensación de seguridad y cuatro ahorros. Bueno, y la casa entera, claro.

—¿Cómo lo ha descubierto? —volvió a gritar Mike—. No pretendía matar a nadie. Sólo quería ahuyentarlo para que se marchara y volviera a venderme la casa por cuatro chavos.

—Mike —Darius sacudió la cabeza lentamente—, si no lo sabía antes, ahora ya lo sabe.

—Dejadnos —ordenó Edward a sus amigos con los dientes apretados, sin molestarse en mantener la farsa de seguir hablando de usted.

—Edward —murmuró Nick—, no creo que sea buena idea.

—Yo tampoco —dijo Mike, mirando nerviosamente a su alrededor.

—Las ventanas están cerradas —le informó Edward—, y mis amigos estarán esperando detrás de la puerta. Aunque no interferirán si no se lo pido.

—Edward. —Mirando a su amigo fijamente, Darius levantó la mano izquierda y apretó el puño—. Ve con cuidado.

Éste asintió y guardó silencio. Nick salió detrás de Darius poniendo los ojos en blanco.

—¿Qué pretende, Cullen? —preguntó Mike, tragando saliva ruidosamente cuando oyó cerrarse la puerta con llave.

—Vamos a resolver este asunto como caballeros —respondió, quitándose la chaqueta—. Prometo no matarlo, pero sólo porque tengo entendido que es el último miembro de su linaje. No acabo de entender por qué me preocupo de su sucesión, pero supongo que a Isabella no le gustaría que el título se perdiera.

—¿Isabella? —Mike volvió a pasarse el dedo bajo el cuello de la camisa—. ¿Todo esto es por ella?

—Quítese la chaqueta, Swan —le recordó Edward, remangándose la camisa—. Le dejaré dar el primer golpe y sí, en parte, es por Isabella. ¿Qué clase de hombre piensa que es aceptable explotar a la viuda de su propio primo?

—Se las va apañando —murmuró Mike mientras se retorcía para quitarse la chaqueta—. Sabía que lo haría. Las mujeres como ella siempre lo hacen. Pero ¿cómo iba yo a sobrevivir con la miseria de asignación que tengo?

—Si ella se las apaña —Ed se quitó el sello del dedo meñique—, ¿por qué no iba a hacerlo usted?

—¡Porque un caballero tiene muchos gastos y necesidades! —exclamó Mike, histérico—. Debería saberlo. —Acabó de quitarse la chaqueta y levantó los puños.

—No es demasiado deportivo dejarse los anillos puestos —señaló Ed , haciendo ejercicios de calentamiento con los dedos.

—No la estaba explotando —replicó Mike, paladeando las palabras—. Me lo debía, Cullen. Isabella siempre estará en deuda conmigo. —Con esas palabras, Mike levantó los puños y adoptó la postura habitual entre los aristócratas que frecuentaban la academia de boxeo de Jackson.

Edward, siendo el menor de cinco hermanos, miró a su oponente de arriba abajo y resistiendo el impulso de darle las gracias a Dios, tiró al suelo a lord Roxbury de un solo puñetazo con la mano derecha.

Y aunque se quedó con ganas de continuar, se limitó a darle ese único golpe bien dado.

Darius retomó su papel de policía bueno y ayudó a Mike a incorporarse.

—¡Me ha hecho sangre! —se lamentó éste como un niño pequeño, mirándose la mano. Al volver a llevarse los dedos a los labios, comprobó que seguía sangrando.

—Creo que se ha mordido —le señaló Darius, ofreciéndole un vaso de agua mientras Nick y Edward lo ignoraban—. Le ofrecería hielo, pero todavía no estamos surtidos de ese producto en este entorno tan rural. Puede usar el pañuelo para detener la hemorragia. O la corbata.

—Pero la sangre deja unas manchas horribles —protestó Mike, arrastrando un poco las palabras—. Seguro que Stanwick, mi mayordomo, me abandonaría. ¿Qué haría yo sin él?

—No, claro, eso es impensable —convino Darius, sacudiendo la cabeza—. ¿Has mandado avisar al cochero de lord Roxbury?

—Su coche lo espera a la entrada —respondió Edward—. Sean está paseando a los caballos.

—¿Eso es todo? —Mike se levantó con dificultad, pero ya sin contar con el auxilio de Darius—. ¿Me da un puñetazo en la cara y estamos en paz?

—No —respondió Edward, mientras Nick ayudaba a Mike a ponerse la chaqueta—. Eso ha sido sólo una cuestión de honor. Lástima que haya sido un combate tan insatisfactorio, si es que puede llamarse combate a su penosa actuación. Daré parte al juez de paz y recibirá noticias mías, Roxbury.

La sangre del labio partido de Mike empezó a resbalarle por la barbilla. Al ver que nadie le ofrecía un pañuelo, acabó usando el suyo. Mientras se secaba la sangre, no apartó la mirada de Edward.

—La Cámara de los Lores no me condenará —dijo al fin—. Puede que sea el hijo de un duque, pero no tiene título propio. El mío, en cambio, es uno de los más antiguos del reino. Podría acusarlo de agresión.

—No he dicho que fueran a imputarle —replicó Edward tranquilamente—. Lo que sí digo, delante de estos testigos y hombres de honor, es que si vuelve a sacarle ni que sea un penique a Isabella Swan, lo perseguiré y le ataré las pelotas alrededor de su escuchimizado cuello hasta que muera. Y luego arrojaré su cadáver a los cerdos.

El joven apretó los labios pero luego soltó una desagradable risotada.

—No me denunciará —dijo, dándose golpecitos en el labio con el pañuelo—. Sé que ahora tiene todos los triunfos de la baraja en la mano, Cullen, así que me marcharé, pero antes de irme le diré algo que le interesará: Isabella Swan es capaz de matar. Mi lealtad familiar me impide denunciarla por los crímenes que ha cometido, pero le sugiero que se mantenga alejado de esa mujer, por muy encaprichado que esté de ella. Manténgala a distancia, no sólo de usted, sino sobre todo de sus futuros hijos. Esa mujer es peligrosa, no se equivoque. Si no me acerco a ella es por razones que mi difunto primo entendería perfectamente.

Cuando Mike salió del salón, Edward se aproximó a la ventana y no lo perdió de vista mientras Sean soltaba los caballos y se apartaba de su camino. Siguió vigilándolo hasta que desapareció en la distancia.

—¿Te dijo algo durante la pelea? —preguntó Nick.

Edward sonrió con tristeza.

—No, nada, aunque no le hicieron falta palabras para informarme de que no tiene ni idea de luchar. Jackson le ha sacado el dinero a cambio de nada.

—Cada uno se lo gana como puede. —Darius llenó tres vasos de whisky y los distribuyó—. ¿No estás satisfecho con el resultado de la reunión?

—No, en absoluto. Pero creo que lo primero que debemos hacer es declarar ante sir Dewey y ver qué opina de todo esto.

—Edward, estás pegado a esta ventana —comentó Nick, acercándose a él—. ¿Qué pasa?

—No querría que Mike se encontrara con Isabella —respondió éste—. Les pedí a los chicos que la entretuvieran en el pueblo hasta por lo menos las cuatro de la tarde, pero ella es como mi padre. Cuando se le mete una cosa en la cabeza, no hay quien la haga cambiar de opinión.

—Yo diría más bien que es como tú —murmuró Darius, acercándose a Edward por el otro lado—. Allí llega Sean con Ezekiel.

—Caballeros —dijo Edward, dándole su vaso a Nick—. Ha sido un placer, por decirlo de alguna manera. Contad con mi gratitud eterna. Me voy al pueblo.

—Menuda sorpresa —ironizó Darius—. Apuesto a que irás al galope.

—No, al trote como máximo —rebatió Nick—. Por el calor.

Edward los dejó charlando, con las últimas palabras de Darius resonando en sus oídos:

—Precisamente. A galope tendido —insistió Darius—, por el calor.

Edward respiró aliviado cuando llegó al pueblo y se encontró a Isabella tomándose una pinta tranquilamente a la puerta de El Gallo Cansado. Había vendido ya todo el cargamento, pero Phil y Day —chicos listos como pocos— le habían dicho que querían ir a ver los demás puestos y sacar un libro de la biblioteca.

—Sir Dewey —saludó Edward al llegar junto a Isabella y su acompañante—, me alegro de verle. Isabella, ¿ha ido bien el día?

—Muy bien —respondió ella con una sonrisa y Edward sintió que el corazón se le alteraba. Santo Dios, era preciosa. Sentada en un banco en plena calle, con una jarra en las manos, con un poco de polvo, algo cansada, con esa profunda y cálida mirada terrenal, le parecía la mujer más bonita que había visto nunca—. Creo que deberíamos avisar al señor Belmont de que sus hijos son dos conquistadores en potencia. Las damas compran muchos más ramos y saquitos de hierbas desde que los venden ellos.

—Belmont no se queda atrás en su encanto con las damas —puntualizó sir Dewey—. Si me disculpa, señora Black, veo que ya llegan los chicos, así que aprovecharé para pedirle al señor Cullen que me acompañe a las caballerizas.

—Claro. —Isabella frunció un poco el cejo—. ¿Van a discutir asuntos de la finca?

—No —respondió el caballero con una sonrisa, quizá para reforzar lo que Ed tomó por una mentira—. Voy a abusar de él una vez más, pidiéndole que afine el piano de la sala de reuniones del pueblo antes de que celebremos la fiesta del verano.

—¿Sabes afinar pianos? —preguntó Isabella, ladeando la cabeza.

—Sí —admitió Edward, deseando estrangular al juez de paz—. No es tan difícil si tienes las herramientas necesarias y sabes lo que tienes que oír.

—En ese caso, tienes que afinarlo sin falta —lo animó Isabella—. Incluso al final de la noche, cuando todos llevamos un buen rato disfrutando de las cervezas especiales de Rafe, ese pobre piano sigue saliéndose de tono. No ayuda en nada a la orquesta.

—Que ahora mismo consta de dos violines y una pandereta —añadió sir Dewey poniendo los ojos en blanco—. Tal vez podamos conseguir una guitarra e incluso una flauta, hasta que Thorn Bragdoll se canse de ver cómo sus hermanos le pisan los pies a las señoras.

—¿Cuál de ellos es Thorn?

—El pequeño. El que siempre se escabulle cuando hay trabajo que hacer —respondió sir Dewey—. De momento es un renacuajo, pero seguro que acabará siendo el más grande de la camada. Señora Black, ha sido un auténtico placer.

Los caballeros se alejaron mientras los chicos se acercaban con unas cuantas compras.

—Me ha metido en un lío —protestó Edward, mientras se dirigían a las caballerizas.

—Ha sido una buena emboscada, ¿no cree? —Sir Dewey parecía muy orgulloso de sí mismo—. ¿De verdad le molesta?

—¿Afinar un piano? No, supongo que no. He afinado uno esta misma mañana y no me ha costado tanto como pensaba.

—¿Es eso todo lo que ha hecho esta mañana? —preguntó el hombre deteniéndose a la sombra de un venerable roble donde nadie podría escucharlos. Edward le puso al día de lo sucedido, acabando con el aviso de Mike respecto a Isabella.

—Es alarmante —admitió sir Dewey—. Pedí que me enviaran los informes sobre la muerte de Jacob Swan cuando Axel Belmont me indicó que tal vez los necesitaría y nada en ellos hace pensar que Isabella pueda estar implicada. Su esposo se estaba recuperando y todos los sirvientes declararon que su comportamiento con él era abnegado. Por cierto, ¿se ha dado cuenta de que usa su nombre de pila en público?

—No, no me había dado cuenta.

—Y ella no parece ofenderse. Supongo que es buena señal.

—No lo creo. Le haré llegar las declaraciones sobre lo sucedido esta mañana para que nos diga si falta algo.

—De acuerdo. —Sir Dewey rebuscó en su bolsillo y sacó una llave—. Si va a afinar el piano, necesitará esto. La sala de reuniones está encima de las tiendas —dijo, señalando por encima del hombro de Edward—. La puerta está entre la panadería y el boticario.

—Supongo que ya no puedo negarme —replicó él, guardándose la llave en el bolsillo sin mirarla.

—No, ya no. —El caballero sonrió satisfecho—. Estaré esperando esas declaraciones. Tal vez cuando venga a traérmelas pueda llevarse con usted cierto ejemplar canino de corta edad.

—¿Cómo? —Edward pestañeó sin comprender lo que le estaba proponiendo.

—Un cachorro. Tengo demasiados y el señor Lindsey sugirió que tal vez podría llevarse uno a su casa. Favor por favor.

—¿A qué favor se refiere?

—Me he pasado el día entero vigilando a todos los mozos guapos que se acercaban a bromear y coquetear con su dama. Me parece un favor que cabe tener en cuenta.

—Isabella ni se entera —comentó Edward, mientras Neal Bragdoll se detenía a hablar con ella. Era un hombre guapo, alto, fuerte, un buen granjero... y soltero.

Sir Dewey siguió la dirección de la mirada de Edward.

—¿De qué no se entera?

—De que es importante para la comunidad. Piensa que es invisible.

—Tal vez desea serlo —sugirió sir Dewey—. Hable con ella y luego venga a recoger el cachorro. Es lo justo. —Acto seguido, fue a por su caballo y Edward empezó a caminar en dirección a Isabella cuando lo que vio lo dejó helado.

Mike Swan se estaba acercando a toda velocidad en su coche de caballos examinando los puestos. Al llegar a El Gallo Cansado se detuvo frente a Isabella, que seguía sentada a la puerta, ahora en compañía de los hermanos Belmont.

—Vaya, vaya, ¿a quién tenemos aquí? Si es mi querida prima política —declamó Mike, tratando de sonreír con desdén, pero el labio partido se lo impidió.

—¡Apártese de ella! —gritó Edward. Su voz resonó por la plaza, apagando el sonido de la multitud que se estaba reuniendo a su alrededor, la mayoría para examinar el coche de caballos—. Fustigue a esos caballos y desaparezca, Roxbury. No quiero volver a verlo por aquí.

Isabella se volvió lentamente hacia Edward, sorprendida por sus palabras y, sobre todo, por su tono de voz.

—¿Edward?

—Lord Edward para ti —la corrigió Mike—. Y no te hagas una idea equivocada, lady Roxbury, él está muy por encima de ti en la escala social, igual que lo estaba mi primo. Pero no te preocupes, tus secretos están a salvo conmigo. Me considero un caballero, no como otros.

Mike tuvo el sentido común de marcharse, dejando a la multitud murmurando hasta que Rafe salió de la taberna gritando que o entraban a comer o despejaban la calle para que los clientes pudieran ver la puerta. Mientras los curiosos empezaban a dispersarse, el hombre clavó la mirada en Edward.

—Lo sabía —murmuró—, se lo dije a Tilden. Le dije que usted era un lord y siempre me figuré que la señora Black era una dama.

Mientras la gente volvía a circular arriba y abajo, Edward se volvió hacia los chicos.

—Id a buscar mi caballo, por favor. Y traed el carro también. —Ellos salieron corriendo a cumplir sus órdenes, y dejaron a Edward furioso con Mike Swan. Pocas veces había sentido tanta necesidad de hacerle daño a alguien. De hacerle más daño del que le había hecho.

—¿Lord Edward? —La voz de Isabella sonaba muy infeliz.

—Tenemos que hablar, aunque éste no es el momento ni el lugar.

—Supongo que tienes razón.

Regresaron a casa en silencio. Edward montado en Ezekiel y los chicos dormitando en la parte trasera del carro. Pero cuando llegaron, Phil y Day se espabilaron y se llevaron a Zeke al establo, mientras Ed ayudaba a Isabella a bajar y se quedaban mirándose con recelo ante los escalones de la entrada principal.

—No quiero hablar contigo donde puedan oírnos —habló él finalmente, tomándola de la mano. Aunque no dijo nada, Edward sintió que Isabella se retiraba más y más hacia algún lugar de su interior, donde no podía alcanzarla. El único lugar donde ella se sentía segura.

—¿Dónde entonces?

—En tu casa.

—Un lugar privado, es cierto —convino ella, pero no parecía satisfecha con la elección.

Edward la guió a través del bosquecillo que habían ido limpiando poco a poco desde el día de la tormenta, sacando tiempo de otras actividades más urgentes. Igual que el día que se conocieron, la luz del sol se colaba entre los árboles, los pájaros cantaban y la brisa transportaba el aroma del bosque hasta su nariz y su imaginación.

—Quiero besarte —dijo Ed , tirando de Isabella para que se detuviera. Habían llegado al lugar donde la había besado hacía más de un año. Quería atraparla en el bosque y dejar fuera el mundo. Cerrar las puertas al paso del tiempo, al impacto que la verdad iba a tener en sus vidas...

Para alivio de Edward, Isabella se refugió entre sus brazos cuando se volvió hacia ella.

—¿Me escucharás? —preguntó él, aspirando su aroma.

Isabella asintió sin separar la cabeza de su cuello.

—Te lo prometo.

Acabaron el trayecto abrazados por la cintura. Era evidente que a Isabella Black le apetecía tan poco esta sesión de confesiones como a él. Cuando llegaron al porche, lo invitó a sentarse en uno de los balancines mientras ella iba a buscar un par de vasos de sidra.

—Te quiero —empezó diciendo Ed sin poder evitarlo. Se preguntó de dónde demonios había salido eso antes de continuar. Se echó hacia adelante en el asiento, apoyando los codos en las rodillas y se pasó una mano por la cara—. Lo siento, he empezado... mal. Sin embargo —la miró por encima del hombro—, es la verdad.

Isabella se puso a masajearle el cuello formando pequeños círculos con los dedos. Era un gesto muy típico de ella, al que Edward se había acostumbrado.

—Si me quieres —dijo ella después de unos instantes de silencio—, cuéntame la verdad.

Edward buscó el lado positivo de sus palabras. No había salido corriendo, ni se había puesto a gritar, ni le había echado en cara sus palabras. De momento. Pero tampoco le había dicho que sentía lo mismo.

—Mi nombre es Edward Cullen, no te he mentido en eso —empezó a explicar lentamente—, pero no te he contado toda la verdad sobre mi familia. Es en lo único en lo que no he sido totalmente sincero.

—Cuéntamelo ahora —le pidió ella con delicadeza, deteniendo el masaje.

—Mi padre es el duque de Moreland. Pero yo soy un plebeyo. Mi título es una mera cortesía. Ni siquiera soy el sustituto del heredero. Cada vez estoy más apartado en la línea de sucesión, gracias a mi hermano Emmett, que está profundamente enamorado de su esposa.

—No parece molestarte —observó ella en voz baja.

—No quiero el título, Isabella. —Edward se volvió en el asiento. Necesitaba verle los ojos—. Ni para mí ni para mis descendientes. Fabrico pianos y me gano bien la vida. Puedo darte una vida cómoda, si me aceptas.

—¿Como tu querida?

—¡Maldita sea, no! —Edward se levantó y empezó a recorrer el porche a grandes zancadas. Cuando llegó al final, se volvió hacia ella—. Como mi esposa. Mi querida, amadísima esposa.

El silencio recibió sus palabras. Cada segundo que pasaba era una campanada por la defunción de sus esperanzas.

—Podría ser tu amante si quisieras, porque para mí también eres muy importante, pero no puedo ser tu esposa.

Él frunció el cejo. No eran las palabras que había esperado oír. Lo estaba rechazando de manera delicada, dándole tiempo para reponerse del golpe antes de seguir cada uno por su lado.

—¿Por qué no quieres casarte conmigo? —preguntó, cruzándose de brazos.

Ella lo imitó, cruzando los brazos a su vez.

—¿Qué más no me has contado?

—Me parece justo. —Edward se sentó a su lado y se estrujó los sesos—. Toco el piano. No aporreo las teclas para pasar el rato ni para distraer a las visitas. Tocar el piano solía ser toda mi vida.

—¿Eras músico?

Edward resopló.

—Era demasiado cobarde para admitirlo, pero sí, era músico, un virtuoso del piano. Pero entonces esta mano —se interrumpió para mirarse la izquierda, que tenía un aspecto totalmente normal— ... se rebeló contra los excesos a los que la tenía obligada. Enfermó, por decirlo de alguna manera. No podía tocar, por lo menos no sin arriesgarme a sufrir lesiones permanentes o a volverme adicto al láudano. Quizá las dos cosas.

—¿Por eso viniste aquí? —adivinó Isabella—. Aceptaste el reto de arreglar todo lo que yo había dejado que se echara a perder durante estos años. Pensaste que sería... ¿qué exactamente?

—Un modo de sentirme útil. O tal vez simplemente una manera de cansarme para no echar tanto de menos la música y que no me costara tanto dormir por las noches. Pero entonces...

—¿Entonces? —Isabella le tomó la mano entre las suyas, pero Edward no se sintió mejor por ello.

«¿Mi amante? Ni en broma.»

—Entonces me enamoré de mi vecina. Ella me cautivó. Es encantadora, adorable y paciente. Es una virtuosa de la jardinería. Se preocupó por mi mano y por mí, y eso que no me había oído tocar ni una sola vez. Eso me intrigó.

—Tú me intrigaste a mí —admitió Isabella, llevándose el dorso de la mano de Edward a la mejilla—. Aún lo haces.

—A mi Isabella le gusta crear belleza, como a mí. —Edward se volvió hacia ella y usó la mano que le quedaba libre para reseguirle la línea de la mandíbula—. Es tan independiente como yo y muy celosa de su intimidad, también como yo.

—¿No será que te sientes solo, Edward? —preguntó ella, inclinándose ligeramente sobre sus manos unidas. Al recordar algo, levantó la cara y frunció el cejo—. Lord Edward.

—Para ti, lady Roxbury, sigo siendo Edward, o Ed .

Isabella frunció el cejo con más saña.

—¿Qué estaba haciendo Mike en Little Weldon? —preguntó, enderezando la espalda.

—Lo invité a venir con la excusa de que viera cómo avanzaban las obras de reparación —explicó él, observando cómo los ojos de Isabella empezaban a brillar, no sabía si de emoción o de indignación—. Confesó que había sido el responsable de los ataques a la propiedad y lo hizo ante varios testigos. También me permití el lujo de darle un puñetazo en su fea cara, y le dejé claro que lo hacía por ti.

—¿Qué hiciste? —Isabella se levantó de un salto, soltándole la mano como si estuviera apestado—. ¿Pegaste a Mike? ¿Te enfrentaste a él?

—Así es. Lo que ha estado haciendo hasta ahora podría haber acabado en un accidente y alguien podría haber muerto. No podía permitir que siguiera actuando a sus anchas. Su única motivación era recuperar la finca. Creyó que, provocando desastres, me asustaría y que yo saldría corriendo. Pero antes le vendería la finca por cuatro chavos. Y él podría volver a venderla por mucho más.

Isabella sacudió la cabeza.

—No, es por las rentas. Quiere dinero. Siempre quiere más dinero.

—¿Qué es lo que no me estás contando? —preguntó Edward, acercándose por la espalda a Isabella, que estaba contemplando sus jardines—. ¿Isabella? —insistió, pero ella permaneció inflexible incluso cuando él le rodeó la cintura con los brazos. Entonces, empezó a preocuparse.

»Isabella —dijo Cullen en voz baja—. Mike no volverá a molestarte. Me he ocupado de ello.

—No. —Isabella resopló—. El problema no está resuelto en absoluto, Edward. Lo único que has hecho ha sido agitar un capote rojo delante de un toro pequeño pero muy rabioso. Mike se retirará, se lamerá las heridas y planeará algo nuevo y más peligroso. Mike se enfurruña, se enfurece, merodea... pero nunca aprende de sus errores.

—Sigues guardándote secretos. —Edward le apoyó la frente en la nuca con suavidad—. ¿Por qué demonios no puedes confiar en mí, Isabella?

—Si te lo cuento todo, ¿te marcharás?

Esta vez fue Ed quien guardó silencio. Era su turno de reflexionar, de considerar lo que estaba en juego, de establecer si había espacio para la esperanza.

—No pienso irme a ninguna parte hasta que la casa y las granjas estén funcionando a pleno rendimiento. Eso llevará unas cuantas semanas.

—Unas cuantas semanas —repitió Isabella—. ¿Y luego te irás?

—Si cuando llegue el momento sigues queriendo que me vaya, me iré, siempre y cuando me satisfagan las razones que me des —accedió, poniendo su futuro en manos de un destino que últimamente no estaba siendo demasiado benévolo con él—. Y hasta entonces, ¿qué vamos a hacer?

—Seré tu amante —respondió Isabella, relajándose entre sus brazos.

—No. —Edward hizo que se volviera y le apoyó la barbilla en la sien—. Serás mi amor.

El período que siguió a esa conversación fue una época de gran alegría, mezclada con un dolor agudo. Respetaba la decisión que Isabella había tomado. Sabía que se sentía obligada a cumplirla, aunque no le resultaba fácil.

También esperaba que, cuando por fin le explicara sus motivos, pudiera discutir con ella, hacer que entrara en razón. La espera era lo peor. La esperanza y Edward Cullen eran viejos enemigos.

Enemigos íntimos.

Había esperado que su hermano Victor se recuperara, pero la tuberculosis no solía dejar escapar a sus víctimas una vez que clavaba sus garras en una.

Había esperado que su mano mejorara sola, hasta que no pudo ignorar el hecho de que casi no respondía.

Había esperado que su hermano Bart regresara de la guerra sano y salvo, y no en un maldito ataúd.

Había esperado que Whitlock escapara de la guerra sin heridas graves, sólo para comprobar que, aunque sus heridas no estaban a la vista, había dejado parte de su cordura y de su alma en Waterloo.

Había esperado poder hacer algo importante con su música, pero aún no sabía qué era exactamente.

Y ahora esperaba que Isabella y él tuvieran un futuro en común. La esperanza le alimentaba el alma pero al mismo tiempo lo torturaba. Cada segundo que pasaba a su lado se escurría entre sus dedos demasiado de prisa. Y ni siquiera pasaba con ella todo el tiempo que desearía, ya que Isabella reclamaba su espacio para cuidar de los jardines y organizar el invernadero.

Edward envió a Dayton y a Phil de vuelta a Candlewick con abrazos, agradecimientos y recuerdos para todos. Contrató a unos cuantos criados y le encargó unos cuantos informes más al astuto Hazlit. Le escribió a su hermano Emmett, que controlaba tanto las finanzas familiares de los Cullen como el talonario de cheques de Moreland. También escribió a David y a Letty Worthington, y no sólo para hablarles de casitas para murciélagos o huertos. Le escribió una larga carta a Edward Kirkland y otras no tan largas a varios amigos, todos aficionados a la música.

Cuando fue a buscar el dichoso cachorro a casa de sir Dewey, aprovechó el viaje para dejarle las declaraciones juradas. Hacía una tarde preciosa. El juez de paz lo invitó a sentarse. Mientras tomaban algo, Edward le pidió que se ocupara de la seguridad de Isabella en caso de que él no pudiera hacerlo personalmente.

Al montar en su caballo para regresar a casa, se dio cuenta de que se había olvidado de pasar por Little Weldon para afinar el piano de la sala de reuniones. Charlando con sir Dewey se había olvidado de todo, como les pasaba a esos tipos enamorados entre los cuales Edward se negaba a contarse.

Malhumorado, regresó al pueblo y dejó a Zeke —al que le había retirado la silla y la brida para que estuviera más cómodo— pastando en el prado comunitario donde los miércoles se celebraba el mercado.

Edward Cullen consideraba que cada piano tenía su propia personalidad, la cual se iba desarrollando con el paso del tiempo. No siempre era posible saber cómo iba a resultar un piano cuando salía del taller, pero después de tocarlo durante un rato, se hacía una idea aproximada.

Mientras se acercaba a la sala de reuniones, se preguntaba qué tipo de piano se encontraría: era un pequeño instrumento de color marrón situado en un lateral de lo que debía de hacer las funciones de escenario, en un extremo de la sala. Parecía antiguo. Sin duda era un antepasado de los pequeños pianos verticales que estaban empezando a hacerse populares. Medio oculto entre las sombras y cubierto por una capa de polvo, a Edward le recordó a una anciana viuda, olvidada en un rincón, con una cofia de ganchillo torcida en la cabeza, un pañuelo no muy limpio cubriéndole el escote y la mirada empañada.

Le llevó horas. Aquel instrumento había olvidado dónde estaban los tonos y no le sentaba bien que se lo recordaran con insistencia. Edward tuvo que pactar con él en varias ocasiones. Corría el riesgo de romper una cuerda o una clavija o, Dios no lo quisiera, fisurar la sólida madera si le exigía un esfuerzo demasiado brusco. Así que se dedicó a tratar de persuadirlo, insistiendo y rogando hasta que consiguió algo parecido a una afinación. El sonido que salía de su interior era tan gracioso y alegre como Edward había sospechado que sería al verlo por primera vez. Se alegró por el piano, porque tuviera una nueva oportunidad de demostrar lo que valía.

—Aún tienes mucha música en tu interior, ¿verdad? —le dijo, dándole unos golpecitos afectuosos mientras recogía las herramientas. Era tentador, muy tentador, quedarse a tocar alguna canción para ver cómo respondía, pero se resistió. El pueblo entero lo oiría. Ya era bastante malo que supieran que sabía afinarlo.

Así que guardó los trapos que había usado para limpiarlo y los instrumentos de afinar y cuidadosamente bajó la tapa sobre el teclado. Antes de salir de la sala, echó un vistazo por encima del hombro. El pequeño piano seguía en su rincón, pero ya no tan polvoriento ni deteriorado. Era lo menos que podía hacer por un viejo instrumento como aquél.

Para su sorpresa, no le costó nada dejarlo atrás para ir a reunirse con Isabella.

—¿Edward? —La voz adormilada de Isabella lo llamó desde el dormitorio.

—Claro que soy Edward —respondió él, sin encender la lámpara. Durante los últimos días había aprendido a moverse por casa de Isabella en la oscuridad. Si ella no quería mudarse a la casa grande con él, él iría a buscarla a la suya—. Y en cuanto logre deshacer este maldito nudo, entraré en esa cama contigo. El día se me ha hecho eterno. Te he echado mucho de menos —siguió diciendo mientras se lavaba—. Y no sólo a la hora de comer. Dios me libre de los abogados de Londres.

—¿Han venido por algún asunto de negocios?

—Siempre hay negocios que tratar. Cuanto mayor me hago, más comprendo a mi padre. Ni él ni yo tenemos paciencia para estas reuniones interminables. Los abogados parecen pensar que sin ellos la civilización no avanzaría.

—Jacob también las odiaba —comentó Isabella bostezando—. ¿Vas a venir a la cama de una vez o no?

—Ya estoy aquí —respondió Edward, metiéndose en la cama—. ¿Qué haces tan lejos? —La rodeó con los brazos y la acercó hacia sí—. Te quiero, Isabella Swan. —Le dio un beso en la mejilla—. ¿Cuándo vas a decirme que me quieres?

—¿Por qué estás tan seguro de que te quiero?

—En primer lugar —respondió él, poniéndole una pierna encima de los muslos—, porque quieres que me aleje de aquí. Es una prueba irrefutable de que me quieres porque estás tratando de protegerme de algún grave peligro que sólo tú conoces.

Isabella contuvo el aliento y Edward supo que había acertado. Satisfecho, siguió con su discurso.

—Y en segundo lugar —le puso una mano sobre el pecho—, porque haces el amor conmigo sin reprimirte, Isabella. Nunca me niegas nada, y eres tan apasionada que me vuelves loco de placer cada vez que estamos juntos. —Ejemplificó sus palabras agachando la cabeza y succionándole el pezón con suavidad. Isabella gruñó y arqueó la espalda.

»¿Ves a lo que me refiero? —Edward sonrió en la oscuridad y levantó la cabeza—. Y todavía hay una tercera razón.

—¿Qué razón? —Isabella sonaba más sofocada que curiosa.

—Mi modo de hacer el amor contigo —respondió Edward, inclinándose sobre ella—. Se nota que confío en ti. Sé que eres humana y que harás lo que creas más conveniente, pero también sé que no harás nada que pueda perjudicarme. No tengo que ser prudente cuando estoy a tu lado, porque sé que me amas de verdad. No del modo en que lo hacen mis hermanos, aunque son muy queridos para mí. Tampoco es como el amor de mis padres, que es más por instinto que por elección reflexiva. Ni como el de mis amigos, que es un amor reflexivo y que valoro mucho.

—¿Cómo es entonces? —preguntó ella, separando las piernas para acogerlo íntimamente.

—Como quiero y necesito que me amen —respondió él en voz baja, apoyando su peso en el cuerpo suave y sinuoso de Isabella—. Es perfecto.

—Y sin embargo, te alejo de mí —le recordó ella, acariciándole la nuca con los dedos.

Edward se apoyó en los antebrazos y empezó a juguetear, rozándole el sexo con su erección.

—Se te está acabando el tiempo para contarme las cosas importantes. ¿No te habrás olvidado?

Si había previsto usar palabras para responderle, Ed retrasó el momento besándola con toda la pasión de la que era capaz. Ella le respondió del mismo modo. Para él, esa pasión decía tan enfáticamente como cualquier palabra que lo amaba todo lo que una mujer puede amar a un hombre.

Y que siempre lo haría.

—¿Por qué suspiras? —preguntó Edward, acariciándole el cabello cuando ambos estuvieron saciados—. ¿Ya me echas de menos?

—Claro que te echo de menos —resplicó ella, pegándose más a él—. Siempre voy a echarte de menos.

—No tendrías que echarme de menos si confiaras en mí —rebatió él en voz baja.

Isabella guardó silencio y por enésima vez aquel día, Edward sintió que el corazón se le rompía en mil pedazos. Luchó contra la desesperación.

—¿Isabella? —Le besó la coronilla—. La fiesta del pueblo se celebrará este sábado. Me marcharé al día siguiente, con Dare y con Nick.

Ella asintió, sin protestar ni tratar de convencerlo para que se quedara más tiempo.

Tumbado a su lado en la oscuridad, Edward oyó un canto fúnebre en su cabeza. Era una tonada lenta y lúgubre, con notas ascendentes, muy agudas, como un lamento. Un canto salido del alma, roto por el dolor. Una mezcla de ternura, disonancia, decisión y dolor. Siguió sonando y sonando, perturbadoramente triste. Ni su talento musical ni su imaginación de artista eran capaces de encontrar las notas finales.