Capítulo 14

—¿De quién fue la brillante idea —refunfuñó Edward, mientras Nick le anudaba el pañuelo al cuello— de marcharnos de este dichoso lugar justo el día después de lo que aquí entienden por fiesta?

—Del hijo de un duque —respondió Nick—. Pero no se lo tengas en cuenta. En general suele tener buenas ideas, pero está pasando por un momento delicado. ¿Tienes la aguja? —Edward se la entregó y él frunció el cejo, concentrado, mientras le atravesaba la fina tela con el noble metal. Con un golpecito, dio por bueno el resultado—. Listo.

Por toda respuesta, Edward hizo una mueca.

—Dare y yo nos encargaremos de que no te falte alcohol —trató de animarlo Nick con una sonrisa torcida—. Y seguro que siempre habrá terneritas jadeando ante la perspectiva de dar vueltas por la pista de baile con el hijo de un duque. Así que la espalda recta y el mentón alzado. El deber y el honor nos llaman y todo eso. Darius nos espera en la biblioteca, montando guardia al lado de la licorera.

—En ese caso, será mejor que vayamos a relevarle del servicio —replicó Edward. Suspiró y miró a su amigo, levantando una ceja—. ¿Jadeando? Las terneras no jadean.

Nick le dedicó una sonrisa traviesa.

—Tal vez no jadeen al ver al hijo de un duque, pero al ver a un conde reciente como aquí el tuyo afectísimo, vestido con sus mejores galas y tristemente alejado de su querida condesa, te aseguro que jadearán, como me llamo pequeño Nick.

Fueron a recoger a Isabella, que estaba muy guapa con un vestido veraniego de gasa azul, estampado con rosas pequeñas de un azul más oscuro. Se había recogido el pelo en un moño bajo, adornado con varias flores azules. El chal blanco combinaba con el mismo color de los guantes. El conjunto le recordó a Edward que Isabella era todavía una mujer joven.

Una mujer joven y preciosa.

Y en esos momentos, una dama muy nerviosa.

Estaba seguro de que, incluso cuando era baronesa, nunca había ido acompañada por un grupo tan impresionante como el de esa noche. Isabella iba a entrar en la fiesta de verano de Little Weldon del brazo del hijo de un duque, del heredero de un conde y de un conde novato. No estaba nada mal.

Nick ayudó a Isabella a entrar al carruaje de Edward —el único que se había hecho traer de la ciudad— y provocó que el coche se moviera de lado a lado al subir a continuación y sentarse junto a Darius en el asiento que miraba hacia atrás.

Nick y Darius se encargaron de que no faltaran las bromas y la conversación intrascendente, pero Edward tenía los ánimos tan por los suelos que cualquiera que lo hubiera visto habría pensado que iba al patíbulo. En su cabeza seguía sonando el canto fúnebre. Los violines se sobreponían a los violonchelos, mientras el fagot desgranaba su melodía melancólica.

Al levantar los ojos, vio que Isabella lo estaba mirando. Habían llegado ya al pueblo y Sean estaba haciendo que los caballos se detuvieran.

—Si le concedes el vals a otro, Isabella —murmuró mientras la ayudaba a bajar—, te aseguro que te daré unos azotes en los escalones de la iglesia.

—Lo mismo te digo —replicó ella, con una sonrisa dulce y melancólica—. Mira, el baile será al aire libre.

Efectivamente, la mitad del gran prado que hacía las funciones de plaza del pueblo estaba iluminado con farolillos, y habían montado un entarimado para los músicos. El piano, ese viejo amigo de Edward, ocupaba una posición central. Detrás de él, había dispuestas tres sillas. Sobre la tapa del piano descansaban dos violines y encima de una de las sillas vio una guitarra.

La pista de baile estaba delimitada por macetas con flores. Los niños corrían entre las piernas de los adultos, gritando de alegría. Tilden sacó un barril de cerveza a la puerta de El Gallo Cansado, y los jóvenes, vestidos con sus mejores galas, se reunieron a su alrededor. Las mujeres preferían acercarse a la gran ponchera que habían instalado debajo de un árbol. A Edward le recordaron a un ramillete de flores de verano.

—La asamblea se celebrará arriba —explicó Isabella—, y la comida se servirá dentro. Los sombreros, chales, bastones y todo lo que moleste se puede dejar dentro también.

—Es igual que un baile de Londres —bromeó Darius—, sólo que con mucho más aire fresco.

A medida que la noche iba avanzando, el buen humor y la energía de los asistentes parecían ir en aumento. Probablemente, la cerveza que Rafe distribuía con generosidad tenía mucho que ver con el grado de diversión. Edward estaba a punto de ir a buscar a Isabella y sugerirle que se retiraran discretamente cuando un músico avisó de que el siguiente baile sería un vals. Añadió que a continuación se serviría un bufet frío en las mesas instaladas en el otro extremo de la plaza, y que luego la comitiva se desplazaría al interior de El Gallo Cansado, donde tendría lugar el torneo anual de lanzamiento de dardos.

Un grito de alegría se elevó entre la multitud. Edward se abrió paso entre los asistentes hasta que encontró a Isabella cerca de la escalera que subía a la sala de reuniones.

—¿Me haces el honor de concederme este baile? —Se inclinó ante ella como lo habría hecho ante una duquesa y ella respondió con una elegante reverencia.

—Será un auténtico placer —respondió educadamente, alargando la mano.

Sosteniéndole los dedos sobre sus nudillos, Edward la alejó de la pared, pero en vez de dirigirse hacia los demás bailarines, la guió hacia un prado cercano a las caballerizas, un lugar tranquilo donde casi no llegaba la luz de los farolillos. Cuando empezaron a sonar los primeros acordes, Edward comprobó con alivio que se trataba de un vals inglés, más lento y dulce que el vienés.

La sujetó con fuerza, acercándola hacia sí más de lo que permitían los buenos modales. Ella se acurrucó contra él, pegando la mejilla a su hombro.

El pequeño grupo de músicos no lo hacía nada mal. Los violines sonaban al unísono, encargados de la armonía, mientras que el piano y la guitarra se ocupaban del acompañamiento, con más sensibilidad de la que Edward hubiera esperado dadas las condiciones en las que tocaban. Pero, por una vez, su atención no estaba del todo puesta en el sonido que le llegaba a los oídos, sino en especial en la mujer que bailaba con él.

—Háblame, Isabella —susurró Edward, mientras giraba con ella lentamente por el oscuro prado—. Me marcho mañana. Me prometiste respuestas y casi no nos queda tiempo.

—No, Edward. Ahora no, por favor. Aún nos queda un poco. Lo único que quiero en este momento es bailar contigo.

No quería discutir con ella. La abrazó todavía más fuerte y deseó que el vals no acabara nunca. Cuando las notas llegaron a su fin, Isabella se quedó quieta, rodeándole la cintura con los brazos y la frente apoyada en su pecho.

—¡Maldita sea! —Edward le acarició el pelo y le besó la sien—. Deja que te lleve a casa, Isabella. Mandaré el coche de vuelta para recoger a Nick y a Dare.

Ella negó con la cabeza.

—Todo el mundo se daría cuenta. Tú te marchas mañana, pero yo tengo que quedarme aquí y convivir con todos ellos.

Él le apoyó la barbilla en la coronilla.

—Debería sentirme más tranquilo al ver que no piensas salir huyendo hacia cualquier parte mientras yo esté fuera sin decirme adónde.

—Oh, Ed —replicó ella, con la voz cargada de cansancio y reproche.

—Deja que te lleve a casa —insistió él—. Tendremos la oportunidad de hablar. Creo que nos hace mucha falta. —En realidad lo que creía era que ella se lo debía.

Isabella dio un paso atrás que hizo que sintiera un nudo en el estómago y una sensación de frío que se le extendía por las entrañas.

—¿Isabella?

—Sé que te dije que te lo explicaría, pero —dijo ella, volviéndose de espaldas— ... ¿tiene que ser ahora?

—¡Por el amor de Dios! —exclamó Edward, pasándose los dedos por el pelo—. Si no es ahora, ¿cuándo será? Me marcho a Londres a primera hora de la mañana y el sol ya hace rato que se puso. Sólo nos quedan horas, Isabella, y tampoco demasiadas.

—Lo sé, pero no quiero verte los ojos cuando oigas lo que tengo que decirte. No quiero leer lo que sé que pensarás de mí escrito en tu cara.

Se acercó más a ella.

—Me estás pidiendo lo imposible y además estás siendo cobarde. No pensaba que lo fueras, Isabella Swan.

—¿Cobarde? —Hizo una mueca de dolor y cruzó los brazos ante el pecho—. Sólo te estoy pidiendo un poco de paciencia. Estamos en plena fiesta. Todo el pueblo está aquí.

—¿Paciencia? Has tenido semanas, Isabella —le reprochó Ed , perdiendo los nervios a causa de la frustración y el desconcierto—. Me alejas de ti y no me das ni siquiera una explicación.

—Puedo escribirte.

—Pero no lo harás. ¿Por qué demonios no puedes confiar en mí aunque sólo sea un poco? No logro entenderlo. Nada de lo que digas, hagas, pienses o imagines hará que deje de amarte. Yo no soy así.

Isabella sacudió la cabeza y Edward vio que estaba llorando.

—Oh, no. —Edward la rodeó con sus brazos—. Lo siento, Isabella. Siento haberte hecho llorar. Siento no poder ser más paciete. Siento que tengas tanto miedo. ¿Qué puedo hacer para ayudarte?

Ella respiró hondo, temblorosa.

—Deja que me recupere un poco. Es tarde y estamos cansados. Ve a buscar a Nick y a Darius. En seguida me reúno con vosotros.

Estaba pidiéndole con mucha educación que se retirara y la dejara tranquila. Tal vez la verdad era mucho más sencilla. Quizá simplemente se había cansado de él y era demasiado educada para decírselo a la cara. Puede que le estuviera haciendo creer que había cometido graves errores en el pasado para no herir sus sentimientos. Quizá creyera que estaba siendo amable con él al contarle una historia de parientes crueles y un destino aún más cruel. Porque, en realidad, ¿qué podía ofrecerle él? Su título era honorífico, su fortuna la había obtenido de un modo poco atractivo —el comercio—, y su talento musical le era desconocido.

Cuando Edward llegó a la improvisada pista de baile, comprobó aliviado que la gente estaba entrando en El Gallo Cansado. Los niños seguían corriendo y gritando. Las risas y el jolgorio alrededor de la ponchera y del barril de cerveza no habían perdido intensidad, pero en lo alto de la tarima, los músicos estaban recogiendo los instrumentos.

A Edward se le encogió el estómago. Mientras los vecinos de Little Weldon reían y disfrutaban, su mundo se estaba desmoronando. Otra vez. Y en esta ocasión, el Altísimo se había encargado de golpearlo en medio de una maldita fiesta.

Vio movimiento cerca de la puerta que llevaba a la sala de reuniones. Al fijarse y darse cuenta de lo que estaba pasando, se acercó rápidamente.

—¡Por el amor de Dios, tened cuidado! —exclamó en voz más alta y furiosa de lo que hubiera querido. Neal Bragdoll lo miró pestañeando, no demasiado sereno.

—Estamos subiendo el piano, jefe —explicó con el cejo fruncido—. No podemos dejarlo al relente toda la noche. —Los hermanos de Neal asintieron con entusiasmo, como si Edward fuera idiota por no darse cuenta.

—Casi le arrancáis las patas —le recriminó Ed —. Si no podéis ir con más cuidado, más vale que lo dejéis donde está. La lluvia y el rocío le harán menos daño que vosotros.

—Pero ¿qué dice, jefe? —preguntó Neal, soltando el instrumento. Un instante después sus hermanos lo imitaron—. Es un piano, no una mujer.

—¡Por todos los demonios! —gritó Edward, muy alterado—. Ya lo sé. Pero que no sea una mujer no os da derecho a tratarlo como si fuera un saco de patatas. No le hacéis caso en todo el año y luego esperáis que suene bien para la fiesta del pueblo. Mientras podáis dar brincos y cantar al compás os da igual lo demás. Este instrumento es tan antiguo que podría ser vuestra abuela, un poco de respeto, por favor. Hay música aquí dentro —continuó, dándole una palmada a la tapa—. Fabricar un instrumento así requiere mucha destreza. Aquí dentro hay... bondad y belleza. —Se detuvo unos instantes y cuando volvió a hablar, lo hizo en un tono de voz mucho más bajo—: Hay algo divino, que no puede tratarse de cualquier manera y esperar que siga estando allí pase lo que pase. No se puede hacer, y menos continuamente. No... se... puede.

El silencio respetuoso que siguió a sus palabras contrastaba con el bullicio de la fiesta que proseguía en el interior de la taberna. Cuando Edward alzó la vista hacia Neal, no le hizo falta mirar al grupo que se había reunido a su alrededor para saber que todos tenían la misma cara de estupor que el granjero.

—Muchachos —dijo sir Dewey, acercándose a Edward con Nick pegado a sus talones—. Vamos a intentarlo otra vez. Tratadlo como si fuera el ataúd de vuestra abuela, ¿de acuerdo?

Neal intercambió una mirada con sus hermanos. Uno de ellos se encogió de hombros. Los demás se pusieron en marcha y, con la ayuda de Nick, empezaron a subir los escalones.

—Querrá asegurarse de que queda bien colocado —sugirió el juez de paz, apoyando una mano en el brazo de Edward con suavidad.

Lo que él quería era que la tierra se lo tragase y se acabase ese día horrible e insoportable. Un día sin música, sin Isabella y sin nada mejor por lo que luchar que un viejo y desvencijado piano que llevaba siendo maltratado desde antes incluso de que los borrachos de los Bragdoll hubieran nacido.

Sir Dewey seguía mirándolo, con amabilidad pero con firmeza, y Edward no se resistió. ¿Para qué? Asintió y lo siguió escaleras arriba.

—Tómense una cerveza a mi salud, señores —les propuso el caballero cuando el piano volvió a estar en su sitio—. Díganle a Rafe que las ponga en mi cuenta.

—Gracias. —Neal se tocó la frente, le echó un último vistazo al piano y se marchó, mirando a Edward con preocupación.

—¿Se queda usted con él? —preguntó sir Dewey. Edward vio que estaba hablando con Nick, que asintió y empezó a apagar las velas de la sala de reuniones—. Tengo que volver a El Gallo Cansado antes de que pase algo. Cuando la gente empieza a mezclar bebidas, antes o después, se arma alguna buena.

—Gracias —dijo Edward.

—Sir Dewey —saludó Nick, sin dejar de apagar velas. Edward se sentó en la banqueta del piano, que estaba apoyada contra la pared del fondo de la sala, sin perder de vista a su rubio amigo.

—Esto parece una metáfora de mi vida —dijo Edward.

—¿Le hace falta que le pases un poco la gamuza? —bromeó Nick, cogiendo el último candelabro y acercándose al piano.

—¡Ni se te ocurra dejarlo ahí! —gritó Edward—. Lo siento —se disculpó, sacudiendo la cabeza—. Ponlo donde quieras.

Nick lo dejó en el suelo y se sentó al lado de Edward.

—¿Quieres explicarme qué tiene esta habitación en común con tu vida?

—Que la fiesta se ha acabado, es decir, que Isabella ya no está en mi vida. —Hasta a sus propios oídos las palabras sonaban a derrota, a rendición.

—Eso tiene que doler —admitió el reciente conde, sacándose un pañuelo del bolsillo.

—Pensé... —Edward apartó la vista del dichoso pañuelo—. Pensé que perder a Bart era lo peor que podía pasar, pero luego murió Victor y fue aún peor. Sigo muy enfadado con ellos por morirse, por dejarme. Sobre todo con Bart, porque su muerte fue absurda.

—Aún estás de duelo —apuntó Nick, doblando el pañuelo en cuadrados perfectos encima de su pierna—. Ha pasado poco tiempo desde su muerte y cada nueva pérdida te recuerda a las anteriores.

—Los echo de menos. —Cuatro palabras, pero en ellas se encerraban universos de dolor y de desconcierto. Y de enfado.

—Lo sé. —Nick apretó el pañuelo formando una pelotita—. Lo sé.

—He echado de menos tocar el piano —reflexionó Edward en voz alta—, pero no tanto como esperaba. —Alzó la cabeza y paseó la vista por la habitación en penumbra—. Sentía que tenía un talento especial. Pensaba que poseía algo que podía ofrecer a los demás porque era capaz de juntar cuatro notas.

—Tienes un talento especial —le confirmó Nick, en un tono de voz que no dejaba lugar a las protestas—. Eres jodidamente brillante.

Edward se echó a reír sin ganas.

—Sí, soy tan jodidamente brillante que pensé que si no paraba de tocar dejaría...

—¿Dejarías?

—Dejaría de sufrir. Dejaría de añorarlos —respondió Edward lentamente—. Soy patético. Pégame un tiro, por favor.

—¿Edward?

Nick era un amigo, un amigo querido, de los de verdad. Nunca se burlaría de él, ni lo juzgaría. Además, la dignidad de Edward había salido huyendo en el mismo momento en que le quedó claro que Isabella no tenía intención de confiar en él.

¿Qué podía perder?

—Duele ser invisible para tu propio padre —dijo al fin y se quedó en silencio, preguntándose de dónde había salido aquello. De pequeño había sido el renacuajo, demasiado pequeño, demasiado soñador y demasiado artístico para seguir a sus hermanos y a los amigos de éstos en sus correrías. De joven no había destacado ni en los estudios ni en las reuniones sociales. Tampoco mostraba interés por los negocios y el duque le había prohibido terminantemente que se alistara en el ejército. Por primera vez en su vida se preguntó si había elegido dedicar su vida al piano o si la música había sido su último recurso.

Nick lo miró con curiosidad.

—¿Hubieras preferido acabar como Bart o como Victor? ¿Que Esme y Carlisle hubieran tenido que enterrar a tres hijos en vez de a dos, mientras tú te ahorrabas el sufrimiento de vivir la vida que Dios te dio? Creo que la pregunta importante aquí, Edward, es si eres invisible a tus propios ojos.

—No, no lo soy —replicó éste, riendo sin ganas—. Me doy cuenta de que había caído en un pozo de obsesión y me había convertido en un esclavo de una simple habilidad manual, pero justo cuando empiezo a pensar que en la vida hay más cosas aparte de las teclas de un piano gracias a una mujer a la que amo, resulta que ella no me corresponde.

—No estoy de acuerdo contigo en eso —lo contradijo Nick, mientras Edward se levantaba y empezaba a andar por la sala—. Creo que ella te ama. Y de que tú la amas a ella no tengo ninguna duda.

Edward reflexionó sobre las palabras de su amigo. No eran ninguna novedad, pero oírlas en boca de otra persona le ayudaba a asentar algo en su interior. Tanto en su cabeza —en esa parte de su cabeza donde elaboraba sus estrategias— como en su corazón, donde residían la música y su amor por Isabella.

—Claro que la amo —confirmó Edward, sentado en la pequeña tarima—. No lo dudes. No hace falta que me lo recuerdes.

—Creo que voy a llorar —bromeó Nick, levantándose de la banqueta para ir a sentarse de nuevo al lado de su amigo—. ¿Y qué piensas hacer al respecto?

—¿Sobre Isabella? Bueno, en lo esencial estoy de acuerdo contigo. Ambos estamos enamorados. Pero a ella se le ha metido en la cabeza que debemos separarnos en nombre de ese amor. Yo en cambio creo que lo que nuestro amor necesita es estar juntos todo el tiempo que Dios nos conceda.

—En ese caso, tienes que convencerla —concluyó Nick—. ¿Alguna idea?

—Varias. —Eran ideas todavía sin elaborar, como los primeros compases de un tema musical. Tenues, sin desarrollar, pero se estaban apoderando de la mente de Edward con la misma tenacidad que una bonita tonada nueva—. Aunque sólo Dios sabe si funcionarán

Los dos hombres permanecieron un buen rato sentados cavilando sobre ellas, mientras los sonidos de la fiesta iban perdiendo intensidad a medida que los vecinos se iban retirando a descansar. Finalmente, Darius apareció en la puerta, seguido por Isabella.

—El coche está listo para llevarnos a casa —anunció—. Y yo estoy listo para marcharme en él.

—No me esperéis —replicó Ed, levantándose—, yo iré más tarde. Felices sueños, Isabella. Te veré mañana por la mañana.

No había nada en el tono de Edward que hiciera pensar que estaba enfadado cuando le deseó felices sueños. Sonaba cansado y resignado, pero amable. No como un rato antes. Lo había visto enfrentándose a los Bragdoll, aunque no había oído lo que les había dicho.

—Yo tampoco quiero retirarme todavía —dijo Isabella, cubriéndose con el chal.

—Le diré a Sean que os venga a recoger más tarde, entonces —propuso Nick.

—No hace falta. —Edward alargó la mano y le remetió la punta del chal en el hueco del codo—. Podemos ir paseando si a Isabella le apetece. Son menos de cinco kilómetros y hace una noche preciosa.

—Sí, me apetece. —Y si por el camino él le dedicaba algún otro gesto cariñoso, habrían valido la pena todas las lágrimas que iba a derramar por él en el futuro.

—Buenas noches, Isabella —se despidió Darius, dándole un beso en la mejilla. Nick, expansivo como siempre, la envolvió en un abrazo cuidadoso y, por si fuera poco, le dio un beso en la frente. Después de abrazar a Edward, rodeó la espalda de Darius con el brazo y se marchó con él.

La única vela que permanecía encendida parpadeó.

«Como mi espíritu», pensó Isabella observando la cara de Edward en busca de alguna señal que le diera pistas sobre su estado de ánimo. Sabía que se había marchado enfadado y sobre todo herido, pero en aquellos momentos no había sido capaz de consolarlo.

—Tengo algo para ti —dijo Edward, tendiéndole la mano.

—No tienes que darme nada más, Edward —replicó ella, entrelazando los dedos con los de él—. Ya me has dado demasiadas cosas.

—Las cosas son sólo eso: cosas. —Ed se encogió de hombros—. Cuatro clavos y cuatro tablones no es mucho, Isabella.

—No estoy hablando sólo del invernadero. —Isabella se secó las lágrimas de las mejillas con el dorso de la mano—. Me has dado mucho más que eso.

—Nada que se pueda explicar —replicó Edward, con una sonrisa sincera. Isabella no dejó de mirarlo mientras él la arrastraba hasta el escenario—. Hay algo que sí me gustaría regalarte. Vaya, me he olvidado de algo. —Con otra sonrisa, saltó y fue a buscar la banqueta del piano al otro extremo de la sala. Isabella se fijó en que caminaba a paso ligero. A diferencia de hacía un rato, parecía haber recobrado la paz interior.

¿Cómo era posible, si aún no le había contado lo que quería saber?

Edward colocó la banqueta ante el pequeño piano y le dio unos golpecitos para que Isabella se sentara.

—Toco mejor ante un buen público.

Ella lo miró a los ojos.

—Pero Edward, tengo cosas que contarte. Son cosas duras y tristes, pero prometí contártelas.

—Lo sé. —Él se sentó y levantó la tapa del teclado—. Cosas que harán que te odie hasta el día de mi muerte y que te desee el peor de los destinos cada noche cuando me vaya a dormir. —Volvió a indicarle que tomara asiento con la más dulce de las sonrisas—. He llegado a la conclusión de que no necesito oírlas, Isabella. Si tú no quieres contármelas, no tengo ninguna necesidad de oírlas. Si quieres contármelas, estaré encantado de escucharte.

Isabella se quedó tan asombrada con esas palabras que casi se desploma sobre el banco.

—No vas a llevarme la contraria, según parece —observó Edward—, y eso me alegra porque tengo mejores cosas que hacer que discutir contigo. Quiero expresarte mis sentimientos y para hacerlo voy a necesitar la ayuda de este viejo amigo. ¿Por qué no te sientas un poco más cerca?

Con cautela, Isabella se aproximó un poco más a él, tanto, que Edward pudo besarle la mejilla sin dificultad.

—Bien. —Edward levantó los dedos sobre el teclado—. ¿Por dónde empezamos?

Antes, siempre que había tocado, lo había hecho con la secreta esperanza de que alguien estuviera escuchando, de que esas personas supieran valorar su talento, de que recordaran al chico Cullen que era tan bueno al piano. Todos lo hacían. De hecho, llegó un momento en que su talento al piano fue todo lo que la gente recordaba de él. Y más tarde aún, eso fue todo lo que él recordaba de sí mismo.

Pero ante Isabella no iba a tocar para impresionarla. Quería tocar para expresarse. No le importaba si notaba o no sus habilidades técnicas, su competencia, su virtuosismo. Quería que escuchara lo que había en su alma, su amor y su fe absoluta en ella. Iba a tocar para ella pero también para él mismo, para disfrutar de la alegría que le proporcionaba ser capaz de expresarse en un lenguaje tan bonito y exigente. Empezó a tocar abriendo no sólo las manos sino también el corazón, ofreciéndole todo lo bueno, noble y honesto que pudo encontrar en su interior y traducir en forma de notas y sonidos.

Los vecinos que aún permanecían en El Gallo Cansado se fueron callando gradualmente y fueron saliendo a la calle para oír mejor la maravillosa música que flotaba delicadamente en la noche de verano. Subido en el gran roble que daba sombra a las caballerizas, Thorn Bragdoll escuchaba embelesado, echando de menos su flauta. Los ancianos que habían estado compartiendo la última pinta en los escalones de la panadería, dejaron las jarras a un lado y se sacaron los pañuelos del bolsillo. Rafe y Tilden salieron de la taberna para unirse a sus clientes, y se quedaron mirando hacia las ventanas abiertas de la sala de reuniones.

Cuando Edward dejó que las últimas notas de la tierna melodía se perdieran dirigiéndose hacia las estrellas, apoyó las manos en el regazo y esperó que su música fuera lo suficientemente buena para la mujer que amaba. Cambiando de postura, pasó una pierna por cada lado de la banqueta y abrazó a Isabella por la cintura. Ella se refugió en su pecho y se abrazó a él como si se estuviera ahogando.

—Maldito seas, Edward Cullen —susurró contra su cuello—. Maldito, maldito seas. Todo el verano... —se interrumpió cuando los sollozos no la dejaron seguir hablando.

Edward esperó. Su alma estaba tranquila, preparada para cualquier cosa que ella quisiera decirle, siempre y cuando permaneciera entre sus brazos.

—Te has pasado el verano —dijo al fin— subiendo a árboles y tejados, colgando casitas para murciélagos, limpiando establos y castigándote las manos de mil maneras, cuando eres capaz de... oh, Dios mío, Edward.

Era evidente que la había sorprendido mucho, pero él no acababa de comprender del todo su reacción.

—Te he escuchado —dijo ella solemnemente.

No dijo «te he escuchado tocar» ni «he escuchado tu música», sino «te he escuchado». A Edward no le pasó por alto la diferencia. La expresión de su cara daba aún más fuerza a sus palabras.

—Te he escuchado —repitió— y te estoy muy agradecida por este privilegio. Más agradecida de lo que puedo expresar con palabras, pero ahora tienes que escucharme tú a mí.

—Estoy aquí, Isabella. —Alzó los brazos y la abrazó. Esperó a que ella se acomodara antes de añadir—: Te escucho.

—Mis hijos —confesó ella, con la voz rota por el dolor—. Edward, yo maté a mis hijos.

—Tú no mataste a tus hijos, Isabella. —Edward le acarició la cabeza, apartando con delicadeza las flores con las que ella se había adornado el moño hacía un rato—. No lograrás convencerme de lo contrario. Eres incapaz de hacer daño a ningún ser vivo que esté bajo tu cuidado. —Isabella se quedó inmóvil entre sus brazos, como si se hubiera olvidado de respirar—. ¿Amor mío?

—Oh, Edward. —Isabella soltó el aire—. Te amo. Sólo por lo que acabas de decir, te amo. Tu fe en mí caldea partes de mi alma que estaban heladas y lleva luz a lugares condenados a las sombras. Pero te equivocas.

—No me equivoco, pero dime por qué crees que sí.

—Me quedé embarazada tres veces —dijo ella lentamente—, pero ninguna de las tres el bebé llegó a nacer.

—Muchas mujeres no pueden llevar a cabo un embarazo hasta el final —señaló Edward, deshaciéndole el moño—. Los abortos no son culpa de nadie.

Isabella negó con la cabeza.

—No fueron abortos espontáneos. Fueron provocados, Edward. Mis acciones fueron la causa de que esos niños murieran.

—Amabas a tu esposo y querías darle hijos. Sé que también amabas a esos niños, Isabella. Te conozco y estoy seguro de que los quisiste desde el primer momento. —Edward apoyó la mejilla contra la sien de Isabella, sintiendo una necesidad tan grande de protegerla que hubiera querido envolverla por completo con su cuerpo, más grande, más fuerte.

—Es verdad que los amaba, tanto a mi marido como a ellos. —Isabella se detuvo y respiró entrecortadamente—, pero fui incapaz de protegerlos. Los embarazos no eran fáciles. Tenía arcadas frecuentes. Desde el mismo momento de quedarme embarazada, era incapaz de mantener nada en el estómago. Lo devolvía todo. Jacob estaba muy preocupado. Todos le decían que pronto se me pasaría, pero no era así.

—Sigo sin ver que tuvieras nada que ver con el fin de los embarazos.

—Amor mío —dijo Isabella, usando el término cariñoso por primera vez, aunque Edward no había escuchado nunca una voz tan triste—. Te equivocas. Para tratar las molestias, bebía litros y litros de tisanas e infusiones. La que más me calmaba era una mezcla de hierbas que me trajo Mike. Nunca lo habíamos visto tan solícito como en esos momentos. Jacob se alegró mucho al ver que se preocupaba por mí, ya que Mike no era un joven demasiado prometedor en otros aspectos. Me alegré mucho al comprobar que me encontraba un poco mejor, pero luego perdí al niño. Y esto se repitió tres veces, la última unas pocas semanas antes del accidente de Jacob.

¿Tres abortos en cinco años, seguidos por la muerte de su esposo? Edward quería gritar. Era injusto. Quería amenazar a Dios con el puño y de paso darle unos cuantos golpes a Jacob por haberla dejado sola.

—Necesitabas tiempo para recuperarte. —Él empezó a deshacerle la trenza con la que se había hecho el moño—. Hubieras necesitado más tiempo para curarte las heridas del alma.

—No quería tiempo para recuperarme —se lamentó Isabella—. Quería darle un heredero a mi esposo. Él accedía a mis demandas con miedo, pero no podía negarse porque se lo pedía incesantemente.

—Entiendo que tu marido estuviera preocupado por tu salud y la historia me parece muy triste, Isabella —Edward le extendió la trenza a lo largo de la espalda y le acarició el cabello para tranquilizarla—, pero sigo sin comprender de qué te acusas. Eras joven y no entendías que a veces no puede irse contra la voluntad de Dios.

—No era la voluntad de Dios, Edward —insistió Isabella—. Era la voluntad de Mike. Aquellas reconfortantes infusiones que me traía, las únicas que me calmaban el estómago, eran básicamente poleo, aunque él me dijo que eran una mezcla de varios tipos de menta y yo no me di cuenta.

—¿Poleo? —La palabra le resultaba familiar, pero no sabía de qué—. Ah, la planta que tiraste por la ventana. Te disgustaste mucho al verla.

—El poleo ayuda a que venga la menstruación. Puedes preguntarlo a cualquier comadrona o médico. Es un remedio popular para acabar con los embarazos no deseados, pero preparado en infusión o en tisana sabe prácticamente igual que la menta, sobre todo si va mezclado con otras hierbas. Bebí el veneno que acabó con la vida de mis tres hijos voluntariamente, Edward. Nadie me obligó a hacerlo. Yo soy la única culpable de su muerte.

—No lo sabías, Isabella. Mike es el único responsable.

—No, es culpa mía. Al poco tiempo de mi boda, él vino a hablar conmigo y me propuso que fuéramos aliados. No era más que un muchacho desgarbado, solitario y lleno de granos, y sus palabras me enternecieron. Pero pronto empecé a conocerlo mejor y me di cuenta de que no era una buena persona. Cuando venía de visita los veranos, las doncellas siempre acababan marchándose de la casa. Cuando cumplió los dieciséis años, vino a vivir con nosotros.

—Es un abusón, un soplón y sinvergüenza redomado.

—Sugirió que podíamos compartir el dinero de mi asignación —continuó ella—, pero como había oído a los criados comentar las deudas de juego de Mike, no me pareció buena idea.

—Hiciste bien en negarte.

—Fui una idiota —replicó Isabella amargamente—. Mike explotó cuando me negué, no sé expresarlo de otra manera. Perdió el control y dijo cosas horribles. No le había contado a Jacob la propuesta de Mike porque no quería hablar mal de él. Mi esposo lo apreciaba mucho, pero cuando perdió los nervios de aquella manera, me di cuenta de que era alguien temible.

—Pero era un jovenzuelo todavía. Jacob hubiera debido castigarlo como se merecía.

—Jacob sólo veía lo mejor de Mike. Ese muchacho malhumorado, hosco, perezoso y manipulador era su heredero. El único miembro de su familia que le quedaba. No quería destruir su buena relación.

—Así que te ganaste un enemigo —concluyó Edward—. Uno tan cobarde que no le importó rebajarse a engañar y envenenar para conseguir sus objetivos.

—Exacto. Mike podía ser encantador cuando se lo proponía. Cuando apareció en mi habitación con la infusión, sus disculpas me parecieron sinceras. Se ofreció a jugar a las cartas conmigo o a leerme un libro para ayudarme a pasar el tiempo, y pronto me olvidé de su rabieta. Pequé de confiada.

—¿Cuándo descubriste la verdad? —preguntó él acariciando el pelo de Isabella, que le caía suelto por la espalda, libre de cualquier atadura. Aunque nadie lo habría adivinado al verlo, por dentro se estaba jurando acabar con la vida de Mike. Lo envenenaría y se aseguraría de que antes de morir ese hijo de Satanás supiera que lo estaba matando y por qué.

—Después del funeral de Jacob —respondió la joven. Las palabras sonaban distantes, como si Isabella tuviera que apartarse de sí misma para pronunciarlas, de tanto que le dolía recordarlo—. Mientras los abogados leyeron el testamento, Mike mantuvo la compostura, pero cuando nos quedamos a solas en el salón de Roxbury Hall volvió a perder los nervios, igual que la primera vez.

—A ver si adivino lo que viene a continuación —dijo Edward, queriendo ahorrarle el mal trago—. Jacob lo había apartado del testamento, al menos hasta que cumpliera los treinta años. En cambio, a ti te había dejado bien provista. Mike te amenazó con destrozar tu reputación. Te advirtió que si no cobraba la totalidad de las rentas te acusaría de haber abortado voluntariamente.

—No sólo eso. —Isabella soltó la cintura de Edward y le rodeó el cuello con los brazos—. Me dijo que me acusaría de comportamiento malintencionado. Que aseguraría que yo le había obligado a conseguirme las hierbas y que eso era un delito muy grave. Nadie sospecharía de él, que no era más que un niño inocente. Añadió que, si no me condenaban por la muerte de los bebés, demostraría que a una mujer capaz de acabar con la vida de sus hijos no le costaría nada acabar con la de su marido.

—Santo Dios, debí acabar con esa alimaña cuando tuve la oportunidad.

—No eres un asesino, Edward —replicó con firmeza—. Mike sí lo es. De la peor calaña. Es capaz de matar a seres indefensos.

—Tú tampoco lo eres, Isabella —declaró él, abrazándola con más fuerza.

—Pero podría ser acusada de asesinato. Podrían acusarme de la muerte de mis hijos y de mi marido.

Por medio de la rabia y del instinto de protección que le nublaban la mente, Edward trató de recordar lo que sabía de leyes.

—En primer lugar tus hijos aún no habían nacido, por lo que no se te podría acusar de asesinato según el código civil, si no recuerdo mal. Y en segundo lugar, la muerte de tu marido se investigó y nadie sospechó de tu culpabilidad.

Isabella apoyó la frente en el cuello de Edward.

—Fui desleal a mi marido al poner fin a mis embarazos. Eso es un crimen. Además, al haber usado poleo se demuestra que tengo conocimiento de las plantas y sus usos. Mike utilizará esos argumentos para que se reabra la investigación. Arruinará mi vida y la de cualquier persona que se me acerque, y disfrutará mucho haciéndolo.

—No podría perjudicarte si fueras mi esposa, Isabella. No lo permitiría. Además, mi familia es lo suficientemente influyente para expulsarlo del país.

—No pienso arriesgarme a comprobarlo. No quisiera ponerte en peligro, Edward. Ha acabado con la vida de varios niños y tengo la sospecha de que también mató a Jacob.

—¿Nadie lo investigó? —preguntó él, mientras la mente le funcionaba a toda velocidad.

—Era menor de edad en ese momento y representó muy bien su papel. Todos quedaron convencidos de que era un adolescente apabullado por las circunstancias, un huérfano que se había quedado sin su único pariente en el mundo. Lloró a voz en grito diciendo que no estaba preparado para ser el nuevo barón, que no quería serlo y que ojalá alguno de mis hijos hubiera llegado a nacer para evitarse la terrible obligación de ocupar el puesto de Jacob.

—Y en cuanto se dieron la vuelta, se apresuró a gastar los ingresos de tus tres propiedades.

Isabella levantó la cabeza de repente.

—¿Sabías lo de las otras dos propiedades?

—Jacob te quería mucho —respondió Edward con delicadeza—, y me contaste que había tenido dos semanas para poner sus asuntos en orden. El caserón estaba en muy mal estado así que me imaginé que habría otras propiedades. Tal vez Jacob se imaginó que no te llevarías bien con Mike y quiso que pudieras elegir dónde vivir. O simplemente te dejó lo que consideró que te merecías más que nadie.

—Pero ¿cómo lo sabías? —Isabella ladeó la cabeza—. ¿Y por qué no me dijiste nada?

—Me enteré hace muy poco. —Edward volvió a acercarla a su pecho—. Los abogados estaban preocupados por ti. Recibieron el encargo de cuidar de que estuvieras bien, incluso si les decías que te dejaran en paz.

—¿Quién les hizo semejante encargo?

—Tu difunto marido —respondió Edward con un beso—. Los abogados y procuradores lo tienen aún en muy alta estima. Como insististe en que se mantuvieran alejados de tus asuntos, sólo han podido ver cómo el dinero pasaba a los bolsillos de Mike por la puerta de atrás. Algún día me gustará ir a conocer esas otras propiedades tuyas, Isabella Swan.

—Es imposible, Edward. Si Mike supiera que te he contado todo esto, te mataría.

—¿Por qué no lo ha hecho contigo todavía?

—Por la finca de Little Weldon —contestó—. En el testamento se establecía que yo cobrase las rentas mientras estuviera viva. Son unas rentas lo suficientemente importantes como para que a Mike le salga a cuenta mantenerme con vida. En caso de que yo muriera sin descendencia, las otras dos propiedades irían a parar al señor Grey, un pariente lejano. Pero las rentas de esta finca irían a un fondo que Mike no podría tocar durante años.

—¿El señor Grey es el hipotético primo?

—Sí, pero si vuelvo a casarme y tengo hijos, las propiedades pasarían a ellos, o podrían ser vendidas para repartirse los beneficios a partes iguales. De ahí el interés de Mike en impedir que vuelva a casarme.

—Tenemos que considerar muchas cosas, Isabella —dijo Edward, sintiendo en su trasero los efectos de pasar demasiado tiempo sentado en una dura banqueta. No dejaba de ser curioso. Antes ninguna banqueta de piano le había parecido demasiado dura—. ¿Quieres que sigamos hablando mientras volvemos a casa?

—Sí. —La joven dejó que él la ayudara a levantarse, le recolocara el chal y le echara el pelo, ahora suelto, sobre los hombros. Bajaron la escalera cogidos de la mano.

La luna estaba en lo alto, iluminando el prado comunitario, ya desierto, aunque aún se oían risas y una armónica tocando en el interior de El Gallo Cansado.

Caminaron en la suave noche de verano, respirando el aire perfumado con el aroma de los lirios del campo. No era un paseo demasiado largo. En realidad, ella deseó que lo fuera más para poder estar más tiempo juntos. Cuando llegaron a casa de Isabella, Edward abrió la puerta y cruzó el umbral con ella en brazos.

Isabella sonrió, conmovida por la galantería y el simbolismo del momento, pero era una sonrisa triste. Cuando él la dejó en la cama y empezó a quitarse la ropa, ella no protestó. Luego la desvistió a ella y se ocupó de las abluciones nocturnas de ambos antes de meterse juntos bajo las sábanas.

Quería discutir con su amada, asaltarla con pasión, mantenerla a salvo y no separarse nunca de ella.

Durante las que Isabella creía sin duda que eran sus últimas horas juntos, lo que Edward quería sobre todo era hacer que se sintiera querida. Dejando de lado cualquier duda, recelo, plan o discusión, la estrechó entre sus brazos y le acarició la espalda hasta que al fin los dos se durmieron, exhaustos.

Al despertarse, oyeron el alegre canto de los pájaros, un sonido incongruentemente optimista, teniendo en cuenta lo que el día les deparaba. La casa todavía estaba a oscuras, pero pronto amanecería.

—Sigues aquí. —El cuerpo de Isabella, adormilado, caliente y precioso, se acurrucó contra el suyo.

Envuelto en una capa de somnolencia y confianza, Ed estuvo tentado de confesarle sus planes a la mujer que amaba, pero sabía que ella no estaría de acuerdo con el plan que había trazado. Discutirían y se separarían enfadados.

Ya habían hablado bastante al menos de momento, así que cuando se puso encima de ella se limitó a pronunciar un sentido «Te quiero» antes de permitir que sus manos, su boca y su cuerpo entero expresaran lo que las palabras no podían.

—Yo también te quiero —dijo ella, levantando las caderas para recibirlo y rodeándolo con sus brazos—. Siempre te querré.

Unieron sus cuerpos muy lentamente. Era como si Edward quisiera memorizar cada sensación y cada sonido: sus suspiros, el modo en que su cuerpo le daba la bienvenida a su cálido y femenino interior, la sensación de su pie acariciándole la pantorrilla, el placer que se arremolinaba en su vientre y se extendía por el resto de su cuerpo. La besó y le recorrió los rasgos de la cara con los labios. Luego se quedó quieto mientras ella lo exploraba de igual manera. Cuando volvió a moverse, fue con menos comedimiento y más desesperación.

—Quédate conmigo.

Ed oyó las palabras que Isabella pronunció contra su hombro y no las malinterpretó en ningún momento. Sabía qué le estaba pidiendo y qué no. No le estaba diciendo que no se marchara. De ser así, habrían oído sus gritos de alegría por toda la comarca. Le estaba suplicando que no se retirara de ella antes de acabar, que compartieran esta última vez totalmente, de una manera completa, hasta el final.

Cualquier caballero con una pizca de sentido común no lo habría hecho. Un hombre inteligente, que tuviera en consideración su propio futuro así como el de ella, quizá tampoco. Alguien sensato ni siquiera se lo plantearía, teniendo en cuenta las circunstancias.

Pero Edward era su amante y unirse a Isabella usando cualquier medio a su alcance estaba en consonancia con sus esperanzas, sus sueños y lo que su corazón necesitaba. Y aun en el caso de que esas razones no hubieran bastado para ayudarlo a decidirse, la conocía bien, y sabía que sus sueños y necesidades eran también las de ella.

Cuando Isabella rodeó a Edward con las piernas y enlazó los tobillos para no dejarlo escapar; cuando empezó a emitir un sonido agudo que parecía más un llanto que un grito; cuando las embestidas lentas y profundas le encendieron el cuerpo con llamaradas de placer, se dio permiso para quedarse con ella. En ella. La inundó de placer y se sumergió en la riada hasta que la pasión se agotó y la hora de separarse se presentó ante ellos como una realidad inexorable.

Cuando Edward se levantó al fin de la cama, la luz inundaba ya la casita y los pájaros habían dejado de cantar.

—¿Edward? —Isabella se incorporó, apoyándose en los numerosos cojines.

—¿Sí, mi amor?

—Gracias. Por todo. Te quiero.

Él sonrió. Sabía que, a pesar de sus palabras, o precisamente por ellas, le estaba confirmando su certeza de que tenían que separarse. Oyó la despedida en esas sencillas palabras, aunque lo último que quería era alejarse de ella. Era la misma despedida que había teñido su sonrisa cuando la había levantado en brazos para cruzar el umbral; o que había coloreado la historia que le había contado la noche anterior sobre la banqueta del piano en la sala de reuniones, o la pasión que habían compartido hacía escasos momentos.

No tenía otra opción. Se marcharía. La dejaría sola y permitiría que tanto ella como Mike creyeran que la partida había acabado. Lord Edward Cullen, artista, virtuoso sin partituras, tenía que resolver unos cuantos asuntos si quería asegurar la paz de espíritu de su dama y a ella misma. Isabella quería quedarse allí sin él, así que iba a tener que confiar en amigos, en el Todopoderoso, en sus planes para seguírselas apañando y en la buena suerte que el destino le debía hacía tiempo para mantenerla a salvo hasta que él pudiera regresar a su lado para siempre.