Capítulo 15

Sean sujetó las riendas de Zeke mientras Edward se metía los guantes de montar en el bolsillo bajo la atenta mirada de Isabella. Era la viva imagen de la eficiencia esa mañana; todo lo contrario que ella, que se sentía aturdida y dolorida en todos los rincones del alma.

—Ven conmigo, Isabella. —Con los dedos entrelazados, Ed la guió hacia el cobertizo de la leña—. Quiero que me escuches con atención. Cuanto antes me marche, menos sol tendrá que soportar Zeke durante el camino.

Isabella asintió. Mientras Edward se concentraba en los asuntos prácticos —algo típico de los hombres—, a ella se le rompía el corazón.

—Te mudarás a la casa grande —empezó a decir, muy serio y solemne, como si fuera un duque—. Si Mike tiene previsto seguir atacándote, estarás más segura allí. El personal tiene órdenes de no permitirle la entrada y de velar por tu seguridad en todo momento. Supongo que querrás seguir pasándole las rentas a esa comadreja y no puedo impedírtelo, pero quiero que sepas que he contratado a un equipo de jardineros y que espero que los utilices.

—No puedo mudarme a tu casa —protestó ella débilmente—. Eso me convertiría en una mujer mantenida.

—Si te quedas en la tuya, pronto acabarás siendo un cadáver —replicó Edward, inflexible—. Me voy, Isabella, ¿no te das cuenta? Eres la propietaria de la finca y tienes tanto derecho a residir aquí como yo. Me sentiré mucho mejor sabiendo que estás aquí, segura, y no sola en tu casa, donde podría sucederte cualquier cosa que, de hecho, ya podría haber pasado. Quiero que me lo prometas.

Isabella se mordió el labio inferior, pero no pudo encontrar un buen argumento para negarse.

—Me mudaré a la casa grande. Te lo prometo.

—Bien. —Edward asintió con brusquedad y siguió con su retahíla de órdenes—. Quiero que te ocupes de recibir a las visitas, y no me estoy refiriendo sólo a sir Dewey y a Axel y Abby Belmont. Abby necesitará una amiga cerca cuando se acerque la hora de dar a luz y creo que se lo debes. Me imagino que vendrá su cuñada con el hermano de Axel cuando empiece el curso en Oxford, y se detendrán a visitarte.

—Me ocuparé de recibir a todas las visitas, no te preocupes. —No sabía de dónde sacaría las fuerzas, pero por él, lo haría.

—También quiero que invites al párroco y a su esposa. Y a la señora Bragdoll, si puede librarse de esa pandilla de bárbaros que tiene por hijos durante un rato. Ah, y me gustaría que mantuvieras correspondencia con mis cuñadas. —Ella se limitó a asentir, demasiado abrumada por el dolor de la separación para analizar sus palabras.

—¿Edward?

—¿Sí, mi amor? —Clavó en ella sus ojos verdes, mientras volvían un recodo del camino que se adentraba en el bosque.

—¿De verdad te vas? —preguntó Isabella, conociendo la respuesta.

—Me lo has pedido —le recordó él con delicadeza—. Estás convencida de que Mike no se detendrá hasta matarme si no dejo que las cosas sigan como hasta ahora entre vosotros. Y me has prohibido que lo rete a un duelo.

Isabella asintió y se apoyó en él. Mejor dicho, se cayó sobre él, porque las rodillas no la sostuvieron al darse cuenta de lo que estaba a punto de perder.

Edward la abrazó, sosteniéndola, y apoyó la mejilla en su pelo.

—Eres una mujer muy fuerte, Isabella Swan. Tengo fe absoluta en tu capacidad de abrirte camino en la vida, en tu vida. Estoy a punto de salir de ella y necesito que me digas que estarás bien aquí, sin mí. Así que —le puso un dedo debajo de la barbilla y la obligó a devolverle la mirada— ... dime unas cuantas mentiras para que pueda marcharme tranquilo. ¿Estarás bien?

Isabella parpadeó y, obediente, hizo lo que le pedía.

—Sí, claro.

—Entonces yo también —replicó Edward, con una sonrisa triste—. Me las apañaré estupendamente yo solo, como he hecho siempre. ¿Y tú?

—Perfectamente —sollozó Isabella, que no pudo contener las lágrimas por más tiempo y notó cómo le resbalaban por las mejillas—. Oh, Edward —Se abrazó a él con desesperación. No tenía palabras para expresar el suplicio que le suponía soportar una situación de la que no podía culpar a nadie más que a ella misma.

—Querida, queridísima Isabella. —Ed le besó las mejillas húmedas—. No debes tomártelo así. Me atormenta verte sufrir de esta manera. Esto era lo que querías, ¿me equivoco?

—No, no te equivocas —respondió ella, con un suspiro tan sentido que debió de haber movido el planeta entero. Quería que Ed estuviera a salvo de las infernales maquinaciones mortales de Mike y no se le ocurría otro modo de lograrlo. Estaba convencida de que Edward Cullen, un hombre decidido y muy competente (el hijo de un duque en todos los aspectos) sería incapaz de darse cuenta de que Mike representaba una auténtica amenaza hasta que fuera demasiado tarde.

Estaba en sus manos proteger al hombre que amaba y se aferró a ese pensamiento para seguir adelante con la única opción posible.

—No, no te equivocas. Nunca te equivocas.

—Ya me imaginaba que no habrías cambiado de idea. —Edward la arrastró de vuelta a la casa—. He dejado mi dirección anotada en la biblioteca. En el último cajón del escritorio encontrarás dinero para los gastos domésticos. Sé que preferirías cortar todos los lazos que nos unen, pero no me iré si no me prometes que te pondrás en contacto conmigo si me necesitas.

—Te lo prometo —dijo ella. Entre otras cosas, el dolor le había robado la voluntad.

—¿Isabella? —Edward se detuvo antes de llegar al establo—. Dos cosas más. La primera es darte las gracias. Este verano me has dado mucho más de lo que pude imaginarme y, desde luego, mucho más de lo que me merezco. Los recuerdos de la felicidad que hemos compartido me acompañarán siempre. En segundo lugar, si te hubieras quedado embarazada, te casarías conmigo.

—Eso no pasará —murmuró ella, volviendo la vista hacia el bosque que habían dejado atrás. ¿Le había dado las gracias? Le había hecho gastar una fortuna y había puesto en peligro su vida por ella, ¿y le daba las gracias?—. No te merezco. Ni ahora ni nunca.

—Escucha: si fuéramos a tener un hijo, prométeme que me avisarás. —Los ojos de Edward no mostraban amabilidad ni paciencia en ese momento. Transmitían una fuerza de carácter que sólo podía definirse como «ducal».

—Te lo prometo.

—Bien. En ese caso —Edward reemprendió la marcha—, creo que ya está todo dicho. Excepto, una vez más, que te quiero.

—Yo también te quiero —dijo Isabella, deseando habérselo dicho mucho más a menudo y en otras circunstancias.

—Adiós, amor mío. —Se inclinó hacia ella y le besó la mejilla, sin abrazarla—. Cuídate mucho y llámame si me necesitas.

Isabella asintió por última vez. Edward le deslizó su pañuelo entre las manos antes de montar ágilmente en Zeke y ponerlo a un trote ligero, que pronto se convirtió en galope. Con una mirada final de Nick llena de comprensión, Darius y él desaparecieron tras Edward entre el estrépito de los cascos de los caballos y una nube de polvo.

Y luego sólo quedó el silencio.

Durante los últimos cinco años Isabella había estado en estrecho contacto con el silencio y casi siempre lo había disfrutado. Pero en esa ocasión era distinto, ya que no era un silencio provocado sólo por la ausencia de sonido, sino, sobre todo, por la de Edward Cullen.

—Tiene una visita, lord Edward. —El mayordomo de David Worthington, igual que los demás empleados de la casa londinense de David, no sólo eran unos grandes profesionales, sino que transmitían siempre la sensación de disfrutar haciendo su trabajo. Edward levantó la mirada del escritorio de la sala de música y pestañeó.

—¿De quién se trata? —preguntó, echando un vistazo al reloj. Demonios, si ya era casi la hora del té.

—Su gracia, el duque de Moreland. —Aunque el mayordomo no alteró la expresión, en su voz Edward detectó unos labios fruncidos y un tono amargo.

—Imposible escabullirme entonces —murmuró Ed—. Enfrentémonos a él con la ayuda del té y algunos dulces. Los pastelitos de crema son sus preferidos, si no recuerdo mal. Ah, y será mejor que usemos el salón privado, ya que la sala de visitas da a la calle.

—Muy bien, señor. —El mayordomo se inclinó respetuosamente antes de retirarse.

Edward se bajó las mangas y se puso la chaqueta. Con una última mirada melancólica por encima del hombro, se equipó mentalmente con la armadura de indiferencia propia de la familia y salió de la habitación para dirigirse con paso decidido al salón privado.

—Su excelencia. —Edward se inclinó como correspondía—. Tiene buen aspecto. —Su padre estaba como siempre: alto, esbelto, con sus característicos ojos azules y su espesa mata de pelo blanco, vestido de manera impecable aún en un espantoso día de otoño como ése, frío y lluvioso.

—Tengo el aspecto de lo que soy: un hombre viejo —replicó el duque—. Y cansado —añadió—. Espero que estés bien.

—Puede decirle a la duquesa que estoy perfectamente —le aseguró Ed con una leve sonrisa—. ¿Nos sentamos?

—Por supuesto. —Su padre se desplomó en un pequeño y delicado sofá con un tapizado floral, sin duda elegido por Letty—. Estoy demasiado acabado para quedarme mucho rato de pie charlando. ¿Cuándo irás a ver a tu madre?

—Visité Moreland hace unas semanas.

—Y no has vuelto desde entonces —repuso el anciano—. Además, ¿qué clase de visita fue ésa? Pasaste una sola noche en casa y saliste corriendo a visitar a Bellefonte. Y ahora vuelves a Londres. ¿Cómo es que vas tanto arriba y abajo con el tiempo que hace, Edward?

—Bellefonte es un buen amigo —respondió, agradeciendo la llegada de la bandeja del té—. Ah, estupendo. Veo que, casualmente, tenemos pastelitos de crema. Y desconozco cuántos hay en la bandeja, así que no podré decirle a la duquesa los que se ha comido.

Los ojos del duque se iluminaron.

—Chico listo.

—¿Té o algo más fuerte?

—Té con montañas de azúcar y un chorrito de whisky, aunque el whisky que encontraremos aquí quizá no se merezca acabar así.

—La bodega de Fairly es envidiable, pero no creo que haya cruzado Londres con este tiempo para hablar de whisky.

—No, claro que no —replicó su excelencia, colocando ordenadamente tres pastelitos de crema en su platito. No cabían más—. Recibí tus cartas.

Edward tomó un sorbo de su té —sin adulterar— y se limitó a alzar una ceja.

—Me llevó un tiempo hacer las averiguaciones que me pedías. —Su excelencia acabó con el primer pastelito en dos bocados—. Ya sabes, en verano todo el mundo está en el campo, saltando de invitación en invitación y de cama en cama. No sabes lo feliz que me hizo su excelencia la duquesa al no sucumbir a esa locura este verano en Moreland.

—Me sorprende que aún no haya viajado a York. Debe de estar fuera de sí con la llegada de una nueva nieta.

—Estamos muy satisfechos. —Los ojos del duque brillaron—. Pero también nos estamos volviendo terriblemente viejos. Whitlock, que es un muchacho muy perspicaz, sugirió que quizá vendría con Alice, Winnie y el bebé a pasar el invierno al sur. A la duquesa y a mí nos gusta la idea. Así toda la familia podría disfrutar de la presencia de Jasper sin tener que hacer un viaje tan largo.

—Lo entiendo. Me encantaría volver a ver a mi hermano, a Win y a Alice, pero tampoco me apetece meterme en caminos embarrados ahora mismo.

El duque se encogió de hombros, apilando más pastelitos en el plato, que volvía a estar vacío.

—Whitlock es un viejo soldado y está acostumbrado a las marchas, por duras que sean. Me temo que va a tener que hacer ese viaje un montón de veces durante los próximos años. Por suerte, su condesa lo comprende. Estos pastelitos son excelentes, por cierto.

—Haré llegar sus felicitaciones a la cocinera. —Mientras siguiera habiendo pasteles en la bandeja, parecía que la conversación entre su padre y él iba a ser educada—. ¿Qué se sabe de Emmett y Rosalie?

—No mucho —respondió el duque con una sonrisa afectuosa—. Que mi heredero los tiene agotados, eso sí. Ese niño será alto como su padre. Esme cree que sacará sus ojos verdes... Pero, volvamos al asunto de tus cartas. Una gota más por favor, pero no te excedas con el té.

Edward se levantó a buscar la licorera y le sirvió a su padre dos dedos de whisky.

—¡Jesús, María y José! —exclamó el anciano, saboreando el licor con los ojos cerrados—. Esto es un whisky como Dios manda. Más que eso. Deberías tomar un poco antes de que tengas una esposa que te prohíba disfrutar de todo lo que te gusta. —Su excelencia sonrió, escondiendo la cara en la taza—. Bueno, de casi todo. Siempre le dije a la duquesa que eras demasiado listo para malgastar tu vida sentado al piano.

Edward hizo una mueca de dolor y luego deseó hacer otra al darse cuenta de que había mostrado sus sentimientos. Nunca había salido nada bueno de eso.

—¡Por el amor de Dios, muchacho! —exclamó el duque, dejando la taza en la mesa de un golpe—. Te hago un cumplido y te lo tomas como si te hubiera insultado. —Observó a su hijo menor con los labios fruncidos mientras éste se levantaba y se acercaba a la ventana que daba a los jardines—. Mi falta de entusiasmo por tu carrera musical tenía sus razones, aunque supongo que nada de eso tiene importancia ahora. Si tenemos que hablar a fondo sobre la situación con Roxbury, al menos podrías pedir que trajeran un poco más de esto.

Edward fue hasta la puerta y habló con el lacayo. Al poco rato regresó con más pasteles, acompañados por una selección de bombones, mazapán y violetas escarchadas, lo que impidió que el duque pudiera reprender su familiar letanía sobre la devoción de Edward por los asuntos musicales.

—Esto es lo que tu madre llamaría hospitalidad —anunció su excelencia, con los ojos brillantes al ver la nueva bandeja—. Y bien, ¿de qué estábamos hablando?

Edward se sentó frente a su padre.

—Pruebe las violetas. Son el postre favorito de Whitlock.

—¡Ah, sí! —El duque se detuvo a medio camino—. Ya me acuerdo. Whitlock estaba preocupado por ti en su última carta. Ha tenido una niña, quién se lo iba a imaginar, ¿verdad? —Estaba sonriendo, feliz—. Eh... tu carta. Esto es lo que tengo a día de hoy.

Se metió varias violetas en la boca antes de continuar.

—Muy feo, todo este asunto —empezó a decir, sacudiendo la cabeza—. Este tipo, Swan, es una auténtica cagada de paloma en el escudo de su familia. No se parece en nada a su primo. Conocí al anterior barón. Era joven, pero sensato. Se podía confiar en él. Siempre votaba lo que más le convenía al partido, a no ser que tuviera una razón poderosa y bien fundamentada para no hacerlo. Todo el mundo lo respetaba por ello.

—Pero ¿el actual barón? —preguntó Edward, forzándose a mantener la atención en el asunto y no en la pregunta que luchaba por abrirse paso en su mente después de la confesión del duque.

Éste se echó hacia atrás en el sofá. Su expresión había perdido todo rastro de alegría o sentimiento paternal.

—Durante la última sesión, ese sucio roedor vendió su voto al menos en seis ocasiones.

—¿Y eso es malo? —preguntó Ed.

—Pues sí. El voto es sagrado —le explicó su padre pacientemente—; no puede tomarse en vano. Es una delegación de responsabilidad, como una versión menor del poder divino de los reyes. Es un derecho que te otorga alguien que tiene mucho más poder que tú, llámalo Dios, llámalo el reino, lo que quieras. Puedes cambiar tu voto por algo realmente importante, pero aceptar dinero a cambio del voto es casi un sacrilegio.

—¿Aparte de ser de mala educación? —preguntó Edward, que conocía lo suficiente a su padre para saber que eran cosas distintas.

—De pésima educación —respondió él—. Es burdo a más no poder. E implica tanto al que lo vende como al que lo compra. Por supuesto, casi siempre hay varios intermediarios que dificultan localizar al comprador. Roxbury se ha endeudado con gente de la peor calaña, y no se ha molestado en disimular su rastro. Es estúpido aparte de vergonzoso, la peor combinación posible.

—¿Ha conseguido declaraciones firmadas?

—¡Por supuesto! —respondió el duque, con los ojos brillantes de entusiasmo una vez más—. No sólo de los indeseables de siempre, sino también de banqueros y de otros miembros del Parlamento.

—¿Hay miembros del Parlamento dispuestos a testificar contra él? —preguntó Edward, reclinándose en el asiento con gran alivio. «Y Isabella creyendo que el tipo era tan poderoso.»

—Por supuesto. Todo el mundo se esfuerza por aparentar que está del lado de la justicia. ¿Quieres que te explique los documentos?

—Si es usted tan amable —asintió Edward, sintiendo por primera vez que sus esperanzas podrían estar justificadas.

Lo que vino a continuación podría definirse como una clase magistral de política parlamentaria. Su padre le explicó con mucha paciencia los particulares de cada proyecto de ley; sus puntos fuertes y sus puntos débiles; las razones por las que unas facciones se oponían y otras los apoyaban. El duque le habló de las complicadas estructuras formadas por comités y otros canales por medio de los cuales el joven barón se había acercado a varios miembros del Parlamento. Mientras Edward trataba de asumir los resultados del comportamiento de Mike, su excelencia seguía enumerando las consecuencias que había tenido que cada proyecto se aprobara y acabara convertido en ley o, por el contrario, que fuera rechazado, teniendo que retocarse o modificarse para no perjudicar a determinado interés o industria.

La información fluía de la fértil mente de Moreland en una presentación ordenada y bien orquestada, sin una nota fuera de lugar, todo perfectamente equilibrado.

Mientras las violetas escarchadas seguían el mismo destino que los bombones y los pasteles de crema, Edward experimentó una revelación que lo golpeó con la fuerza de la coz de una mula con buena puntería: su padre era un prodigio parlamentario, un mago de la política capaz de ejercer su influencia sobre los asuntos de gobierno de su época.

Los atributos propios del virtuoso, al igual que él lo era en el terreno musical, estaban allí, a la vista: un compromiso inquebrantable con el tema elegido; una fluidez ganada a base de muchos años de estudio, y una generosidad para compartir el conocimiento adquirido a lo largo de esos años. El conjunto de todos estos elementos era arte. Nada más y nada menos.

—Me gustaría pedirle otro favor, su excelencia —se oyó decir Edward, cuando el duque hubo acabado su exposición.

Su padre se echó hacia atrás en el asiento y sonrió sin reservas. No había dejado nada en la bandeja de dulces.

—Hoy es mi día de suerte. Pide lo que quieras, hijo mío. —Al oír lo que quería, el duque se echó a reír, asintió y se levantó dispuesto a retirarse.

—Su excelencia. —Edward se detuvo, con la mano ya en el pomo de la puerta—. ¿Qué razones tenía para oponerse a mi interés por la música?

—¿Cómo dices?

—Hace un rato ha dicho que tenía razones para oponerse a mi obsesión con el piano. ¿Puedo conocer esas razones?

El duque frunció el cejo.

—Porque no podía ayudarte.

—¿Que no podía ayudarme? ¿Eso es todo? Se aseguró de que tuviera los mejores maestros, los mejores instrumentos, numerosas oportunidades de practicar con las más prestigiosas orquestas; hasta convenció a su excelencia la duquesa para que me dejara viajar a Italia en un momento muy delicado. ¿Y no fue usted quien le sugirió a Kirkland que yo sería un buen director suplente? No lo entiendo. Me ha ayudado mucho.

Hasta ese momento, Edward no había sido consciente de lo mucho que lo había apoyado su padre a lo largo de su vida. Siempre lo había achacado todo a la influencia de su madre, pero hasta una duquesa tiene un poder limitado en asuntos relacionados con la política y las finanzas.

—No me refiero a cuestiones económicas —replicó el duque—. Era obvio que ibas a tener lo mejor de lo mejor. No en vano eres mi hijo. No iba a permitir que practicaras con un instrumento de baja calidad, del mismo modo que no te enviaría a la caza del zorro montado en un poni cojo. Me refiero a que no podía ayudarte físicamente. Cuando Whitlock y Bart se alistaron en el cuerpo de caballería, pude darles buenos consejos y usar mi influencia para que no acabaran en las peores posiciones. Emmett es el comerciante de la familia, dicho sea con todos los respetos, y estoy lo suficientemente familiarizado con el mundo de los negocios para poder darle un buen consejo de vez en cuando. Victor adoraba la vida social y la arena política, y pocas cosas se me escapan en ambos campos. Ya había elegido un pequeño condado que iba a ser perfecto para él.

»Pero tú... Cuando te sentabas en la banqueta del piano, sentía como si estuvieras en un pequeño bote de madera, sin remos, sin timón... a merced de las olas y el viento, y yo no tenía ninguna manera de acercarme a nado hasta ti y mantenerte a salvo. No sé nada de música, ni una sola nota aparte del Dios salve a la reina, aunque incluso ahí reconozco que sólo muevo los labios. A menudo me he preguntado si no habrías elegido la música por esa razón.

—¿Qué razón?

—Que no querías ser como yo —respondió el duque sin más—. Así que fuiste a donde yo no pudiera seguirte. No era demasiado sutil, pero sí tremendamente efectivo. Por suerte tu madre nunca te ha perdido de vista, pero no ha sido fácil, Edward. En cualquier caso, pocas cosas que merezcan la pena lo son, o eso me recuerda tu madre a menudo, especialmente cuando el asunto de conversación es su devoción hacia mí.

—Tiene razón. Pocas cosas que merezcan la pena son fáciles —admitió Edward, reconociendo de dónde había sacado su decisión y su fuerza de voluntad para conseguir cosas importantes partiendo de muy poco, y sin pensar demasiado en las consecuencias.

—¿Quién iba a decir que esta conversación fuera a resultar tan interesante? —El duque le dedicó una sonrisa a su hijo—. ¿Y cómo está esa mano? No me chivaré a tu madre.

—Mejor. —Levantó la mano izquierda y la flexionó—. Mucho mejor. Sólo tengo que aprender a no maltratarla. A usarla con cuidado.

—¿A qué te estás dedicando?

—Trabajo en un pequeño proyecto. ¿Le apetece que se lo enseñe?

—¿Crees que el personal de cocina de Worthington sería capaz de prepararnos comida de verdad? —Su gracia trataba de aparentar indiferencia, pero los ojos le brillaban como a un hombre que lleva casi treinta años esperando a que su niño le invite a ver sus juguetes.

—Se servirá rosbif para cenar. Podemos hacer que nos preparen unas bandejas y las lleven a la sala de música si quiere.

—¿Por qué no? Así hacemos tiempo hasta que deje de llover. Además, siempre me he preguntado si Fairly tiene cupidos desnudos pintados en el techo de todas sus habitaciones.

—Sólo en el baño —respondió Edward, muy serio.

—Supongo que no estaría bien... —su padre dejó la frase sin terminar.

—Por supuesto —replicó Edward, sonriendo abiertamente—, pero luego nos vamos a la sala de música.

Isabella estaba ocupando las horas de una bonita tarde en aligerar un macizo de lirios que crecía a lo largo de la fresquera. Ocupar el tiempo la ayudaba a no pensar en cierto hombre guapo de ojos verdes, con una gran habilidad en las manos, una voz preciosa y una vena de tozudez propia del hijo de un duque. Un hombre que vivía en su corazón, igual que ella vivía bajo el techo que él le había proporcionado.

Los bulbos de los lirios que arrancaba se venderían bien en el mercado, aunque las ventas ya habían sido muy buenas a lo largo del verano y lo cierto era que no necesitaba más dinero.

Edward también se había ocupado de eso.

—¿Lady Roxbury?

La voz, tan parecida a la de Edward, hizo que el corazón le diera un vuelco, pero al levantar la mano para cubrirse los ojos del resplandor del sol, la imagen del recién llegado la devolvió a la realidad. Por unos instantes —unos momentos de felicidad absoluta— había creído que se trataba de Edward, pero vio que era de otro hombre, con el pelo más claro y unos rasgos más austeros.

—¿Lord McCarty? —aventuró. Tenía que ser él, ya que le había enviado una nota dos días antes, avisándola de su visita. Si quería saludarlo con una reverencia, iba a tener que levantarse. No tuvo tiempo de hacerlo. McCarty la sorprendió arrodillándose a su lado.

—¿Lirios? —preguntó, señalando las flores con la cabeza—. ¿Podría pedirle unos cuantos? Mi mujer y su abuela los adoran y aún no hemos podido encargarnos de los jardines en nuestra casa. Rosalie quiere ocuparse personalmente, pero este verano hemos estado muy atareados.

—Han tenido un bebé, ¿no es cierto? Con un bebé en casa, no hay tiempo para nada más. Por supuesto, será un placer hacerle llegar lirios a su condesa.

McCarty le pidió que le enseñara a separar las raíces y a arrancar bulbos, y pronto estuvieron enfrascados en una animada conversación sobre bulbos y tubérculos. Isabella le ofreció enviarles también algunos narcisos y lo invitó a tomar el té, sorprendida por lo cómoda que se había sentido a su lado y lo rápido que había pasado el tiempo.

McCarty era una versión más tranquila y menos vibrante que Edward, pero se notaba que era alguien en quien se podía confiar. Tenía también el mismo sentido de la oportunidad de Ed, ya que habló sólo de asuntos inocuos hasta que la doncella trajo la bandeja del té y cerró la puerta del salón al salir.

—¿Cómo prefiere el té, milord?

—Más tarde —respondió McCarty con tranquilidad—, prefiero tomarlo más tarde, pero sírvase si le apetece. Sin embargo, tengo la sensación de que querrá oír lo que tengo que decirle antes.

—No se equivoca —asintió Isabella, volviendo a colocar la tetera en la bandeja—. Espero no arrepentirme.

—Edward la ama —anunció el conde, frunciendo el cejo con un disgusto considerable—. No me lo ha dicho con todas las letras, pero me ha ordenado que me fije en cómo va vestida, en su aspecto en general, en cualquier signo de mala salud o de falta de ánimos. Tengo que interrogar al servicio durante mi estancia y estoy obligado a conseguir que me invite a pasar la noche aquí (al diablo con las reglas de buena educación y con lo que pueda pensar mi esposa), sólo para poder tranquilizar más tarde a mi hermano diciéndole que las puertas están bien cerradas por la noche, que un lacayo patrulla por los pasillos hasta la madrugada, etcétera.

McCarty se interrumpió y Isabella se dio cuenta de que la amabilidad que había mostrado hacía un rato no había sido más que una fachada muy elaborada. Ese hombre sería duque algún día y parecía sentirse a gusto con la autoridad y el poder asociado al cargo. Era un caballero de la cabeza a los pies, pero también era el hermano de Edward y venía dispuesto a protegerlo de la locura y el desengaño a cualquier precio.

Cualquier precio.

Isabella añadió crema de leche y azúcar a su té.

—En ese caso, tiene que decirme si se encuentra bien. ¿Duerme por las noches? ¿La mano, sigue mejorando? Y sobre todo, si sólo puede responderme a una pregunta, dígame, por favor, ¿es feliz?

La taza de té empezó a temblar ligeramente. Logró dejarla en la mesa antes de que se le cayera de la mano y se hiciera añicos contra la mesa.

—Es muy desgraciado —respondió McCarty, sin perder detalle—. Busca ocupaciones que le ayuden a pasar los días y la mano sigue mejorando, pero su alma languidece, así que usted, querida señora, va a aceptar mi invitación.

Después de varias semanas de días llenos de una soledad intolerable y de noches pasadas pensando que había cometido el peor error de su vida, Isabella escuchó con atención las palabras del conde y asintió. Si era lo que Edward Cullen deseaba, aceptaría, aunque le propusiera ocuparse de los jardines del infierno. Era una experta en infiernos.

—No se quede embobada —murmuró el conde de McCarty al oído de Isabella—. Va muy elegante y está en el palco ducal. Son los demás los que deben observarla a usted. El espectáculo que usted debe mirar está en aquella dirección —añadió señalando el escenario con discreción y sentándose a su lado.

—Ah, ¿ésta es la viuda de Edward? —preguntó una jovial voz masculina desde la parte trasera del palco. Al volverse, Isabella habría jurado que Emmett Cullen ponía los ojos en blanco.

—¡Carlisle! —exclamó una suave voz femenina—. Eres incorregible. Lady Roxbury es amiga y vecina de Edward. Milady, Esme, duquesa de Moreland, encantada de conocerla. Soy la madre de Edward y este desvergonzado es su excelencia, Carlisle, duque de Moreland.

Isabella, que se había levantado, se habría vuelto a caer de culo en la silla si McCarty no la hubiera sujetado con fuerza del brazo. Hizo una reverencia y murmuró alguna palabra educada, mientras su cabeza trataba de asimilar la presencia de tantos personajes augustos y la informalidad con la que se habían presentado.

Tal vez Edward no había estado al corriente de que sus padres pensaban acudir al palco esa noche, reflexionó Isabella. El viaje estaba resultando ser una sorpresa detrás de otra. McCarty sólo le había dicho que Edward deseaba que asistiera a la noche del estreno de la temporada sinfónica. Se la había llevado a la ciudad —habría sido inútil resistirse—; había pasado la noche en una de las casas londinenses más elegantes que había visto nunca; le habían entregado un vestido de seda de color bronce con todos los complementos y allí estaba.

—Veo que en la comarca de Oxford crecen muchachas tan bonitas como mi duquesa —le dijo el duque, dedicándole una sonrisa radiante.

Nunca se habría imaginado que los duques pudieran sonreír así. Algo en aquella sonrisa traviesa le resultó familiar.

—Edward y usted tienen la misma expresión, su excelencia —replicó Isabella. Volviéndose hacia la duquesa, una dama esbelta y majestuosa, añadió—: Aunque él tiene sus ojos.

La dama se inclinó hacia ella.

—Pero me temo que es usted quien se ha quedado con su corazón, ¿no es cierto? —susurró al oído de Isabella. Luego, tomando a su marido del brazo, le dijo—: ¿Nos sentamos, Carlisle? No podemos defraudar al público.

McCarty se retiró y Isabella se encontró sentada entre el duque y la duquesa. Estaba nerviosa, excitada y totalmente descolocada. ¿Dónde estaba Edward? ¿Para qué la había hecho ir? ¿Para que cambiara un poco de aires? ¿O para que Mike se diera cuenta del tipo de personas que la respaldaban?

La primera parte del programa pasó como una nebulosa, ya que la mente de Isabella seguía buscando explicaciones. En la penumbra, miró a su alrededor intentando dar con el rostro de Edward en los demás palcos. Poco a poco, la música se fue abriendo camino y Isabella se fue tranquilizando. Tal vez lo único que quería era que escuchara su música. La orquesta era muy buena y su familia la estaba tratando con mucha cordialidad.

Durante el entreacto, McCarty la tomó del brazo y la informó de que iban a dar una vuelta por el pasillo. Sólo salir del palco, Isabella oyó una conocida voz de barítono a su espalda.

—¡Vaya, vaya, si es mi jardinera favorita! —exclamó Nick Haddonfield—. Venga a darle un beso a un tipo solitario, milady. Prometo no protestar cuando me pellizque.

—¡Nick! —Isabella lo miró sonriendo. Hasta ese momento no se había dado cuenta de lo mucho que lo había echado de menos. Cuando la rodeó con sus largos brazos en medio del pasillo del teatro con la alta sociedad londinense mirando, Isabella sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas—. Le he echado de menos.

—Claro que sí. —Nick asintió con la cabeza en señal de aprobación—. Las mujeres con criterio siempre me echan de menos. Yo también la he echado de menos, querida. No ha respondido a mis cartas.

—Una dama no mantiene correspondencia con un caballero, señor —lo reprendió Isabella, sin dejar de sonreír.

McCarty fulminó a Nick con la mirada.

—No se equivoque, no es un caballero, pero escribe unas cartas preciosas. La próxima vez, Bellefonte, te recomiendo que sigas el ejemplo de David y Letty con Edward. Ed le escribe una nota de dos líneas a David y una posdata de cuatro páginas a Letty.

—¡Ah, la estrategia es algo tan tedioso! —suspiró Nick—. Y aquí llega uno de mis dos cuñados favoritos.

Darius Lindsey también la abrazó al saludarla. Estaba impresionante vestido de etiqueta.

—Estoy seguro de que la duquesa estará encantada de veros a los dos —dijo McCarty—. ¿Por qué no acompañáis a lady Roxbury de vuelta al palco mientras hago una comprobación de última hora?

Los caballeros se intercambiaron una mirada tan cargada de intención que Isabella concluyó que el futuro duque tenía que ir al servicio. Permitió que Nick y Darius la acompañaran uno de cada brazo y estuvo encantada cuando la duquesa los invitó a quedarse con ellos durante la segunda parte del concierto. McCarty se coló en la última fila del palco cuando los acomodadores estaban bajando la intensidad de las lámparas.

—¿Así que ésta es la mejor parte? —le preguntó Nick.

—La pieza principal siempre se reserva para la segunda parte —explicó Isabella, aunque luego pensó que Nick habría acudido sin duda a muchos más conciertos que ella—. Así los rezagados no se la pierden.

—No me perdería esto por nada del mundo —murmuró Nick, lo que le hizo merecer un golpe de Darius en el brazo.

Isabella miró a su alrededor una vez más buscando a Edward. Por fin lo encontró. Estaba cruzando el escenario, y su avance iba acompañado por los murmullos de los asistentes.

Pero, qué guapo estaba, tan elegante, tan distinguido.

Tal vez un poco demasiado delgado, era difícil de decir desde tan lejos. Qué suerte que la escasa luz de las lámparas le permitiera ver su oscuro cabello y su figura elegante y musculosa mientras se acercaba al podio del director.

¿El podio del director?

Edward golpeó el atril con la batuta e hizo una señal en dirección al oboísta, que le dio el tono. Cuando los sonidos de calentamiento de los instrumentos se apagaron, Edward se volvió hacia el público.

—Damas y caballeros. —Su voz llegó hasta los últimos confines de la sala y se clavó como una flecha en el corazón de Isabella—. Hay un pequeño error de imprenta en el programa de hoy. La pieza final del concierto de esta noche es una composición propia, con la que tengo el honor de debutar. En el programa aparece con el nombre de Pequeña sinfonía de verano, pero el nombre correcto es Sinfonía de un verano en Little Weldon. La dedicatoria tampoco aparece, así que se la ofrezco personalmente.

»Isabella, sé que estás aquí conmigo esta noche, sentada con mis padres y nuestros amigos. Aunque no puedo verte, puedo sentirte, aquí —dijo, tocándose el corazón con la batuta—. Te siento siempre en mi corazón y espero poder seguir sintiéndote ahí toda la vida. Como su creador, esta obra no es perfecta, pero está llena de alegría, de gratitud y de amor, gracias a ti. Damas y caballeros, dedico esta obra a la mujer que me ha enseñado lo que significa amar y ser amado: Isabella, baronesa Roxbury, a la que espero convencer pronto de que acepte ser mi esposa. Esta modesta tonada y todo lo que tengo de valor va dedicado a ti, Isabella.

Se volvió y dejó que la música empezara a sonar, rompiendo el silencio de la sala.

Antes del final del primer movimiento, las mejillas de Isabella ya estaban llenas de lágrimas. La pieza empezaba modestamente, como una sonata de iglesia. La lenta introducción ocupaba prácticamente un movimiento entero. Comenzaba con dos flautas, que se alternaban y perseguían como dos mariposas volando alrededor de un rayo de sol. Luego la melodía se ampliaba y pasaba de dulce a tierna, y de tierna a triste. Isabella oyó el dolor y un deseo tan insoportable que le hizo desear agarrar el brazo de Edward para que las notas dejaran de bombardearle el corazón.

Pero al acabar la introducción, el segundo movimiento llegó cargado de adorables melodías. Melodías alegres como risas, como flores brotando en un prado meciéndose con la brisa veraniega. Era un movimiento lleno de música y de luz. Los pies de los que la escuchaban se movían al compás y los temas permanecían en la memoria al acabar.

«Mis jardines —pensó Isabella—. Mis jardines están en esa música. Y Marmalade, y los pájaros cantando, y los hermanos Belmont riendo y corriendo de aquí para allá.»

El tercer movimiento era tranquilo, como la luz del sol reflejándose en la superficie del estanque, como la paz que sienten los amantes después de haber hecho el amor. El tercer movimiento era dormir la siesta entrelazados en una hamaca, era volver a casa paseando de la mano a la luz de la luna. De los tres movimientos que había escuchado, el tercero era su favorito de momento. Sin previo aviso, la música cambió por completo y se convirtió en una canción de taberna que, tras vivir una intensa pero breve vida propia, se transformó en el cuarto movimiento, lleno de vida en ebullición y del propio gozo de la creación.

«La alegría de enamorarse —concluyó Isabella, sujetando el pañuelo con fuerza—. La alegría de amar y ser amado como uno necesita que lo quieran.»

Bueno, era demasiado, pero al mismo tiempo era perfecto. Cuando la sinfonía llegó a sus jubilosas notas finales, hubo un instante de profundo silencio, seguido por un espontáneo rugido de aprobación, un ensordecedor muro de aplausos, vítores, silbidos, golpes con los pies y gritos que pedían un bis. Edward se quedó quieto a un lado. Parecía sorprendido pero muy complacido. El primer violín tuvo que señalarle que regresara al podio. Hasta Isabella pudo oír desde su asiento cómo le pedía a gritos que saludara, por el amor de Dios. Los aplausos no disminuyeron hasta que Edward se volvió, indicó algo a los músicos y levantó la batuta.

La canción de taberna funcionó estupendamente como bis. Tuvieron que tocarla una tercera vez antes de que el público permitiera que la orquesta y el director se retiraran.

En el palco ducal, Isabella permanecía sentada. Estaba aturdida y tan feliz por Edward que no podía parar de reír y de llorar. Se sentía profundamente agradecida por haber podido vivir ese gran momento. Su exilio cobraba mucho más sentido. Durante los años y las décadas futuros, recordaría estos momentos mientras cuidaba de sus plantas. El recuerdo de la noche mágica en que Edward le regaló sus sentimientos delante de la alta sociedad londinense como si fuera una prima donna en el escenario la ayudaría a soportarlo todo.

Y no permitiría de ninguna manera que la preocupación por si Mike se enteraba de eso y volvía a perder los nervios empañara aquel momento de felicidad perfecta.

—Vamos. —Nick la tomó del brazo para ayudarla a salir del palco y abrirse camino entre la multitud.

—¿Adónde vamos? —le preguntó, al no reconocer el camino que habían tomado.

—A enfrentarnos al destino, milady —respondió Nick con los ojos brillantes. Isabella no se dio cuenta del significado de su comentario hasta que no llegaron a una ruidosa estancia detrás del telón—. La sala verde está por aquí —Nick seguía guiándola con seguridad—, pero en tu caso —añadió, tuteándola cuando nadie más podía escucharlos— la llamaremos la sala del trono. Damas y caballeros —gritó Nick, empujando a Isabella con suavidad para que entrara en una sala grande y bien iluminada—, dejen paso a la musa del artista y no se interpongan en el camino de un gigante decidido a alcanzar la ponchera.

La gente aplaudió para recibirla y abrió camino hasta donde Edward la aguardaba, en el otro extremo de la habitación, vestido impecablemente y con una copa en la mano. Aunque se notaba que estaba agotado, feliz e inseguro al mismo tiempo, Isabella nunca lo había visto tan guapo. Dejando la copa a un lado, Edward alargó la mano hacia ella.

—Mi Isabella —dijo, como presentándola. Ella trató de caminar sin perder la dignidad delante de todos aquellos desconocidos, pero a medida que avanzaba, iba más de prisa y luego, maldita fuera, se lanzó a sus brazos y se abrazó a él con todas sus fuerzas. No se movió de su lado ni cuando anunciaron la entrada del duque y la duquesa ni cuando sus numerosos hermanos y amigos fueron a felicitarlo. Seguía a su lado cuando el duque se acercó a ellos.

—Bien —empezó a decir Moreland, sonriendo a su hijo menor—, supongo que estaba equivocado.

—¿Su gracia?

Isabella detectó sorpresa y alegría en la voz de Ed.

—Tratando de apartarte de la música durante todos estos años, por miedo a que los plebeyos no apreciaran tu virtuosismo. —El duque dio un trago mientras recorría la sala con la vista hasta localizar a su esposa al lado de McCarty—. Me preocupaba en vano. Por supuesto que te apreciarán. Eres mi hijo, al fin y al cabo.

—Lo soy, no cabe duda —replicó Edward, mirando a su padre con cariño—. Lo seré siempre.

—Y si no me equivoco, pronto vas a ser el marido de alguien, ¿eh, muchacho? —añadió el duque como traca final digna de su reputación, guiñándole el ojo descaradamente a Isabella antes de retirarse.

—Mi padre está desesperado por tener nietos. Espero que no te hayas sentido ofendida.

Isabella negó con la cabeza.

—No, por supuesto que no, pero, Edward, tenemos que hablar.

—Tienes razón. —Él le hizo una seña a Nick, que estaba custodiando la ponchera. Su amigo le devolvió el gesto con disimulo y llamó a McCarty con un insulto absurdo, que éste le devolvió, llamando así la atención de los presentes mientras Edward y Isabella se escabullían por la puerta.

A la luz de una única vela de sebo, Edward guió a Isabella a una sala de ensayos desierta. Dejando la vela en el suelo, le tiró del brazo para que se sentara a su lado en la banqueta del piano.

—No puedo casarme contigo —aseveró ella sin rodeos, para asegurarse de que pronunciaba las palabras que tenía que decir sin echarse atrás.

—Escúchame por favor —replicó Edward en voz baja—. Creo que cuando oigas lo que tengo que contarte cambiarás de opinión. Rezo porque así sea, porque si no, mi talento, mi música y mi arte no tendrán ningún sentido.