Capítulo 16

«No te olvides de nada de esto —se dijo Isabella—. No te pierdas ni un detalle.» Se ordenó guardar en la memoria el aroma a cedro del jabón de afeitar de Edward; el roce de su brazo sujetándola por la cintura, sentados en la dura banqueta; el agradable calor que desprendía su cuerpo, aún acalorado después del esfuerzo que había realizado. La adorada visión de su rostro, serio y cansado ahora que la excitación del debut se iba calmando.

«Recuerda todo esto. Puede que estos recuerdos tengan que durarte mucho tiempo.»

—Tienes que saber que Mike ha dejado el país y no es probable que vuelva.

—¿Mike se ha marchado? —preguntó Isabella cuando consiguió cerrar la boca, que se le había abierto por la sorpresa—. Pero si aborrece viajar. Sólo lo hace en coche de caballos y nunca durante mucho tiempo.

—Estará mejor fuera de Inglaterra, te lo aseguro. Gracias a sir Dewey y Benjamin Hazlit, mi investigador privado, hemos conseguido declaraciones juradas suficientes como para acusar a Mike de conspiración, intento de incendio provocado, de asesinato frustrado y allanamiento de morada entre otras cosas. Tengo una declaración jurada de la dueña del herbolario más cercano a la finca Roxbury. Mike le pagó generosamente para que le enseñara cuáles eran los efectos de las hierbas venenosas y más generosamente aún para que le vendiera una gran cantidad de poleo y lo envasara como si fuera menta. No sospechó de sus intenciones hasta que abortaste por tercera vez, pero entonces ya era demasiado tarde. Ella cree que también fue Mike quien mató a tu marido, pero eso nunca lo sabremos con certeza.

—Ojalá pudiera matarlo yo a él —declaró Isabella, mirando a Edward horrorizada.

—No tendrás que hacerlo —le aseguró Edward—. Debe dinero a tanta gente, sobre todo a tipos con los que es mejor no tener tratos, que ya se ocuparán ellos de eso. A esos individuos no les gusta que les tomen el pelo. Probablemente lo perseguirán para que le sirva de escarmiento. Y por si todo eso fuera poco, mi padre ha conseguido declaraciones que atestiguan que Mike vendió su voto en el Parlamento a cambio de dinero. Eso podría costarle el título, si Prinny así lo decide. ¿Te gustaría?

—El Regente saldría beneficiado.

—Muy beneficiado.

La joven sacudió la cabeza.

—No me parece justo que uno de los títulos más antiguos de Inglaterra cambie de familia sólo para beneficiar al Regente. No es un caso de herencia yacente; Mike tiene un heredero y puede que no sea mal chico.

—Mejor que Mike será, de eso no cabe ninguna duda, pero el futuro de los Roxbury ahora mismo me importa poco. Dime que te casarás conmigo.

—¿Estás seguro de que se ha ido? —preguntó ella, con la voz rota—. ¿Y de que no volverá? ¿Estarás a salvo de sus maquinaciones?

—Estaré a salvo de él —respondió Ed, mirándola fijamente—, y lo que es más importante, tú también. Te prometo una cosa, Isabella. Tienes mi palabra. Mi familia posee dos compañías navieras. Es imposible que Mike desembarque en un puerto inglés sin que nos enteremos. Ha partido hacia Italia, vía Portugal, porque ya se ha ganado enemigos poderosos en Francia. Podrá desplazarse un poco más con el dinero que obtenga de la venta de las joyas familiares que se ha llevado con él, pero piensa que está solo, que no habla italiano ni conoce las costumbres locales. Además, yo tengo buenos amigos en Roma que no lo perderán de vista. ¿Te casarás conmigo?

—¿Seguirás componiendo? —le preguntó Isabella, con expresión preocupada—. La música de esta noche, Edward, ha sido sublime. Casi podía oír las ranas croando y las lágrimas rodando por mis mejillas (bueno, algunas rodaban de verdad) y las flores... Podía oler las flores abriéndose al sol durante el segundo movimiento. Creo que los chicos Belmont también correteaban por allí, y Marmalade no estaba lejos. Tienes que seguir componiendo. Sin excusas. ¿Cómo tienes la mano, por cierto?

Él se apartó un poco de ella y la sujetó por los brazos.

—Si te prometo que seguiré componiendo, ¿te casarás conmigo?

—Sí. —Era una palabra muy sencilla y modesta, pero en aquel momento, la más radiante. Casi tanto como las notas de su sinfonía—. Sí, me casaré contigo Edward Cullen. Tú escribirás música y nuestras vidas siempre tendrán algo divino en ellas.

—Siempre. —La abrazó.

Y en su cabeza empezaron a sonar las notas de una nueva tonada: dulce, fuerte y clara, apuntalada por ritmos sólidos y armonías exuberantes y generosas. Era una tonada alegre y profunda a la vez. Mientras se inclinaba para besar a su futura esposa, Edward supo que se convertiría en algo que merecería la pena cuando tuviera tiempo de dedicarse a ella.

Los hechos le dieron la razón. El título de la pieza, que tuvo tanto éxito entre el público como su sinfonía de debut, fue Un bautizo veraniego en Little Weldon.